Elizabeth Hodson, una científica sabia

Elizabeth Hodson, una científica sabia

A Elizabeth Hodson de Jaramillo le encanta jugar solitario en el segundo piso de su casa, en un estudio que tiene un televisor pequeño y unas fotografías familiares colgando en la pared. Le encanta porque es de un solo jugador, porque puede ver televisión mientras lo hace ―el televisor y ella― y porque puede pasar horas y horas moviendo las cartas ―el tiempo y ella―, sin afanes, reflexionando.

Sin embargo, lo que más-más le encanta de jugar solitario es que el juego se parece a su vida o, bueno, a lo que ella ha hecho en su vida como científica e investigadora, como fisióloga vegetal: a partir de un problema (un manojo de cartas desorganizadas, por ejemplo) encuentra, paso a paso, pacientemente, un orden lógico y una solución: disponer en cuatro grupos las cartas organizadas por color, signo y valor, por ejemplo, o transformar genéticamente las plantas para mejorarlas, o solucionar la falta de investigación científica en una universidad como la Pontificia Universidad Javeriana en los años 80, por ejemplo.

Es la menor de tres hermanos. Su papá era un ingeniero metalúrgico inglés que vino a Colombia para incentivar la industria del acero en el país, y su mamá era una traductora oficial colombiana. En las comidas todos se reunían y hablaban de las noticias del día: que el presidente de Estados Unidos hizo, que el gobierno colombiano dijo, que aquel científico inventó tal cosa. Los papás les hacían preguntas a sus hijos, los incitaban a resolver problemas y a argumentar sus respuestas. Hablaban de Leonardo da Vinci y de Marie Curie: los personajes favoritos de Elizabeth.

A los 15 años terminó el colegio, entró a la Pontificia Universidad Javeriana, y aunque quería estudiar ingeniería química ―que la Javeriana no ofrecía―, se inscribió a Bacteriología porque era la única carrera con cupos. Allí hizo la práctica hospitalaria y no le gustó nada: la sangre le olía a diablos. Pero le encantaba la bioquímica ―“¡Les daba sopa y seco a todos!”, cuenta Jorge Jaramillo, su esposo―, y le encantaba el laboratorio de investigación y los análisis, o sea, los microorganismos, entre ellos las bacterias, que bajo el lente del microscopio hablan de la vida, así como las estrellas, arriba, hablan del universo.

Un semestre empezó a ver clase con una ‘gringa’ sobre investigación en bioquímica y ella la recomendó para un trabajo en el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA). Allí descubrió la fisiología vegetal y la complejidad de las plantas:

“¡Miércoles! Y entendí cómo funcionaban. Entendí sus sistemas de supervivencia, los mecanismos que tienen para protegerse, sus pelitos, cómo atraen a los animales… ¡Y todo estando amarradas!”, dice, y mientras lo hace, los dedos de sus manos se entrelazan y mueve los pulgares en círculo, rápidamente: el movimiento representa las idas y venidas de sus pensamientos. Elizabeth es muy enigmática, reservada y racional, y su vida la narra de la misma forma: objetivamente, desde lejos y con mucha mesura.

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En el ICA era investigadora asistente en fisiología vegetal. Luego se casó, se fue a vivir a Belencito, en Boyacá, y trabajó como profesora en la Facultad de Agronomía de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. Después de un par de años volvió a Bogotá, donde finalizó su maestría en Fisiología y Genética Vegetal en el ICA-Universidad Nacional, investigando los metabolismos de las plantas y estudiando los factores de resistencia de las papas a las heladas.

“Ay no… Yo he hecho muchas locuras”, confiesa. Todos los días cogía un bus que la llevaba de Sogamoso a Tunja, se sentaba en el puesto del copiloto y chismoseaba con el conductor. Todos los días hablaba con los campesinos de la región sobre sus cosechas y productos. Todos los días les hablaba a las plantas para saber cómo estaban, cómo se sentían, cómo crecían y cómo se llevaban con sus plantas vecinas.

En 1973 nació su hijo, se graduó de la maestría y empezó a trabajar en la Universidad Nacional de Colombia, en la carrera de Agronomía. Allí, un día, Julio Latorre, director del Departamento de Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana, se la encontró y le preguntó que qué hacía ahí: la invitó a trabajar en la universidad.

“Y llegué a la Javeriana a abrir el panorama para la microbiología”, dice Elizabeth, orgullosa, con una sonrisa.

Jairo Bernal Parra la conoció a principios de los años ochenta cuando ella entró bravísima a su oficina en la Vicerrectoría Académica, en la Pontificia Universidad Javeriana, y le reclamó por qué no le habían aprobado una plata para unas investigaciones. Él hizo un par de llamadas, habló con algunos funcionarios y solucionó el problema. Luego le preguntó si quería un café, le ofreció un cigarrillo y hablaron sobre el laboratorio de biología vegetal, que en ese entonces dirigía Elizabeth, y sobre las investigaciones que desarrollaba.

“El trabajo lo hacía con las uñas”, recuerda Bernal. En esa época él era el asistente del vicerrector académico Agustín Lombana Mariño, y era el encargado de la conformación de un comité ―lo llamaban, entre chistes, el “comité de locos”― que pretendía impulsar la investigación en la Javeriana. Le propuso a Elizabeth que hiciera parte y ellos, junto a otros investigadores, evaluaron, presentaron, publicaron, fomentaron y financiaron proyectos de investigación en toda la universidad.

“Elizabeth era un modelo en eso… Ella era muy buena formando equipos y grupos de investigación. Conseguía becas y financiación… ¡Ella hacía investigación en serio!”, cuenta Bernal, entusiasmado. Y concluye: “¡Ay! ¡Trabajamos muy rico!”.

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Desde su llegada a la Pontificia Universidad Javeriana se dedicó a mover cartas. Fundó el grupo de investigación en biotecnología vegetal y fue la pionera en la creación de la Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis), de la Unidad de Saneamiento y Biotecnología Ambiental (USBA) y del laboratorio de cultivo de tejidos, el de manejo de semillas y el de agrobiotecnología. Abrió el panorama de financiación del departamento a través de apoyos de Colciencias, del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (Canadá) y de la Unión Europea. Buscó y consiguió los recursos para la creación del edificio Jesús Emilio Ramírez, donde se construyeron los laboratorios de biología de la universidad, el primer paso para la modernización de la investigación en el Departamento de Biología.

“Ella marcó un corte importante en la Facultad de Ciencias… Los cambios desde finales de los 80 y hasta principios del nuevo siglo tienen un nombre: Elizabeth”, dice Sandra Baena, una de sus pupilas más queridas y hoy en día profesora asociada de la universidad, en la Facultad de Biología.

“Ella era muy buena… ¡Era durísima! Todos los estudiantes le teníamos pánico: era muy exigente y desbarataba todos los informes de laboratorio: no aceptaba errores en la presentación, pedía claridad en las ideas y organización, rigor científico, rigor en las palabras, tener pensamiento claro y saber defender los proyectos. Y todo en un contexto de respeto, sin salirse de las casillas”, cuenta Baena.

Durante mucho tiempo la vida de Elizabeth ha estado en “ modalidad sándwich”, como ella misma llama eso de trabajar y trabajar. En una época su “dieta laboral” estaba dividida en la dirección del programa de biotecnología vegetal en la universidad, en sus clases, en la coordinación de su grupo de investigación ―además de liderar la investigación científica en la universidad, en general―, en su doctorado en Fisiología Vegetal ―en la Universidad de Nottingham (Reino Unido)― y en su trabajo de investigación, en el que manipuló genéticamente plantas de Passiflora edulis (que da las maracuyás) para hacerlas resistentes a un virus que estaba afectando la producción de algunos agricultores del país.

En otra época su dieta se dividía en la coordinación del Programa Nacional de Biotecnología de Colciencias, sus clases en la universidad, su nombramiento como miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, y su participación en el ad hoc technical expert group en evaluación y manejo de riesgo del Protocolo de Cartagena en Bioseguridad, del Convenio de Diversidad Biológica (CDB).

Hace unos años ―he aquí el postre― fue declarada profesora emérita de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana y, en 2018, ascendió a miembro de número de la Academia de Ciencias, lo que le significa dejar de ser un 10 de tréboles y pasar a ser un as de tréboles en la historia de la ciencia del país.

Fred, la mascota de Elizabeth Hodson de Jaramillo, tiene sofá propio y se comporta como el rey de la casa.
Fred, la mascota de Elizabeth Hodson de Jaramillo, tiene sofá propio y se comporta como el rey de la casa.

Sin embargo, después de todas las partidas, para Elizabeth no hay siesta. Hoy en día es uno de los 17 miembros de la Comisión Mundial en Ética del Conocimiento Científico y Tecnología de la Unesco (Comest, por su sigla en inglés) ―la única latinoamericana―, fue nombrada como uno de los 47 miembros de la Misión de Sabios, y es una de las personas que más impulsa la bioeconomía en Latinoamérica a través de investigaciones, publicaciones y proyectos piloto en regiones de Colombia.

“Yo no puedo quedarme quieta. ¡Uy no, qué pereza! A mí me toca moverme porque no me gusta la monotonía. Al final mi objetivo de verdad es sentirme útil… Y llámeme egoísta, pero quiero que me recuerden con gratitud y con una gran sonrisa, que digan ‘¡uy, qué vieja tan loca!’… Yo quiero dejar huella, pero no unas huellas tiesas, no, no, no, quiero ser una de esas huellas en movimiento, las que se les ven los pasos”, mira la mesa y coge una uchuva. Se come una mitad y la otra la sostiene entre sus dedos:

“Una solanácea. Mírela cómo es de linda”, la señala y se ve el centro circular con esa suerte de riñones a sus lados, con colores amarillos y naranjas brillantes. Unos puntos rodean por capas el fruto desde el centro hacia afuera.

Elizabeth se come la otra mitad de la uchuva: “¿Algo más? Tengo que terminar de preparar un arroz de leche para una reunión”.

Morfologías dispares

Morfologías dispares

Bajo los pasillos de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana se encuentran gabinetes llenos de huesos y tarros con especímenes como si fueran conservas, cajas de Petri con criaturas microscópicas que crecen sobre diferentes sustratos, plantas y hongos archivados en cajones y carpetas. Todos hacen parte de las Colecciones Biológicas, que conservan estos seres y la información que pueden aportar a los investigadores de ciencias naturales. Este espacio nos abrió sus puertas para que, como estudiantes de Artes Visuales, lleváramos a cabo nuestras prácticas profesionales de creación aportando nuevas miradas a un lugar reservado a la investigación científica.

La pionera de este proceso fue Isabella Sánchez, quien se acercó a Dimitri Forero, coordinador de Colecciones Biológicas y del laboratorio de entomología. La atractiva multitud de cajones llenos de carcasas inertes de insectos empalados en alfileres fue el insumo para un año de producción de dibujos, collage y fotomontajes sobre el proceso de descomposición, donde los bichos están siempre implicados. Este material estuvo expuesto la última semana de enero de 2019 en el Edificio Pablo VI, antigua Facultad de Artes, y abrió un camino con pretensiones hacia algo más formal. Así se materializó la exposición Morfologías Dispares.

Visitamos ese espacio en 2017, pues queríamos aprender cómo funcionaba y si podíamos pedir el material biológico para unas sesiones de dibujo. Desde el momento en que Dimitri nos abrió las puertas, surgió nuestro interés por las diferentes secciones que tienen las Colecciones (como el herbario y la colección de microorganismos) y las diferentes imágenes que pueden suscitar; así vimos el potencial que esto tenía para realizar nuestros proyectos, ligados a esas traducciones de lo natural. Ya en 2018 la práctica profesional de Artes Visuales se formalizó, permitiendónos el acceso por más tiempo y brindándonos nuevas miradas sobre ese espacio para realizar lo que fue Morfologías Dispares.

En la exposición, tres columnas de papeles suspendidas se alzaron sobre pedestales donde yacían placas de Petri con microorganismos hechos en papel, cera, acrílico y resina. Cada uno de estos papeles contenía impresiones sin color, solo en relieve, de microscópicas visiones de hongos, bacterias y polen, esas entidades que, como las columnas, ocupan el espacio de manera silenciosa. Los visitantes pudieron llevarse las impresiones haciendo eco de los procesos de dispersión que utilizan estos seres para tomarse y conformar los espacios.

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Esta obra, llamada La escala de lo ubicuo, fue resultado de un ejercicio de diálogo entre Isabela Izquierdo y el equipo de curadoras de la Colección de Microorganismos, Ángela Alvarado y Eliana Rodríguez. Los cultivos en cajas de Petri, la visión a través del microscopio y lo que implica este acercamiento permite generar imágenes que, como se busca en nuestra labor como artistas en formación, pueden traer estos mundos imperceptibles a nuestra experiencia. Con esta instalación, Isabela brinda una mirada a eso que siempre está allí haciendo parte de nuestra vida cotidiana (en el  suelo, el agua, las hojas de las plantas…), y que sólo lo reconocemos como parte esencial del mundo una vez lo traemos a nuestra experiencia.

Unos carritos circularon también por el espacio de la exposición: los Dispositivos andantes de memoria, resultado de un ejercicio de deriva de Eduardo Merino por varias de las secciones de las Colecciones Biológicas. Las tablas recogidas de sus propias caminatas por la ciudad se convirtieron en contenedores de pinturas, que se representan lo que veía mientras visitaba, una y otra vez, los gabinetes que conservan el material biológico. También contenían dibujos en miniatura hechos en tambores de bordados, realizados mirando a través de los estereoscopios, partiendo de actividades como las disecciones e identificaciones de material biológico que se realizan en los laboratorios de la Javeriana.

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En un panel cercano a los carritos, estaban los Sellos Taxomónicos: imágenes de animales y plantas tallados en borradores, junto con un huellero y papeles donde cada visitante podía imprimir su sello para llevarse un pedazo propio de las Colecciones Biológicas. Así permitimos que las visiones de los recorridos en ese espacio, y las memorias que allí se guardan con recelo para su conservación, encontraran otras maneras de circular y abrirse a otros espacios.

Morfologías Dispares fue el resultado de esos primeros acercamientos formales hacia miradas distintas de los procesos científicos. Creemos que las barreras de las disciplinas se borran generando interés en toda clase de públicos, sobre todo en quienes trabajan con las ciencias naturales todos los días. Todavía hay estudiantes de artes que se interesan por las ciencias  y enriquecen sus procesos, así como estudiantes de ciencias que se interesan por ver otras posibilidades en su trabajo; esta muestra fue un ejemplo para incentivar esas nuevas intuiciones.

 


* Estudiantes de la  carrera de Artes Visuales.

El investigador que hace ciencia desde las aulas

El investigador que hace ciencia desde las aulas

Desde niño, Bryann Esteban Avendaño Uribe supo que quería comprender el mundo y que las visitas a zonas rurales durante las vacaciones con sus papás no eran en vano. A sus ocho años, la inquietud por responder ciertas preguntas —como por qué las plantas son verdes o qué define el tono de voz de una persona—  fue motivo suficiente para soñar con ser un científico destacado, capaz de transformar la historia de la investigación en Colombia.

Este biólogo y ecólogo de 27 años, egresado de la Pontificia Universidad Javeriana, fue becario del Programa de Liderazgo en Competitividad Global de la Universidad de Georgetown, en Washington D.C. (EE.UU.); ha trabajado en modelos de gestión participativa con campesinos, indígenas y afrodescendientes; y ha liderado estrategias de educación STEM (science, technology, engineering and mathematics).

Fue en el voluntariado Misión País Colombia, en una visita a San Martín de Amacayacu, en el Amazonas colombiano, donde tuvo una experiencia reveladora que lo llevó a estudiar paralelamente biología y ecología. “Yo estaba caminando con un curaca —líder indígena de la comunidad tikuna— y durante el recorrido arranqué un pedazo de liquen de un árbol para observarlo. Su mirada me lo dijo todo, fue una mirada diciente, me habló sin palabras”, recuerda este apasionado de los libros de ciencia ficción y del estudio de los hongos.

Entre 2011 y 2012, Avendaño participó en la investigación “Manejo integrado del cultivo de la guadua”, liderada por la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana, en asocio con algunas entidades públicas, en la cual llevó a cabo su proyecto de grado. La inquietud por seguir indagando lo llevó, en 2013, a convertirse en joven investigador de Colciencias, como parte del Semillero de Investigación Agricultura Biológica, de la misma institución.

Pero su vida tomó un nuevo rumbo en 2014 cuando empezó a trabajar con consejos comunitarios de colectividades negras del alto y medio Dagua y del bajo Calima, en zona rural de Buenaventura, en un proyecto marco de la Unión Europea sobre gobernanza y gestión comunitaria de recursos naturales en América Latina, en alianza con la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana.

Fueron casi dos años de investigación. Allí conoció la diferencia cultural entre un refrigerio con papas y gaseosa, al estilo evento de Bogotá, y uno con sancocho ‘trifásico’, al estilo del Pacífico; aprendió que, para acercarse a la realidad de un pueblo, no basta con visitarlo sino que es necesario sumergirse en él; y confirmó que su vida como científico no debía estar en un laboratorio sino en campo, con las comunidades. Y en las aulas, con los jóvenes.

Por eso, desde 2016, Bryann trabaja como docente de la Asociación Alianza Educativa, en Usme, como parte del programa Enseña por Colombia, y encontró la combinación perfecta entre ciencia y educación en el proyecto Clubes de Ciencia Colombia, iniciativa que lleva científicos nacionales e internacionales a zonas rurales para expandir la educación científica de niños y jóvenes.

Escalar al aire libre es su hobby. Reconoce que este deporte es una metáfora de su vida, porque cada cima que ha alcanzado es fruto de su disciplina, persistencia y liderazgo, y que el sacerdote jesuita Francisco de Roux y el matemático Antanas Mockus son sus modelos de vida y quienes lo han motivado a participar en la construcción de la política de creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia, junto con otros investigadores, asesorando a los senadores que la proponen.

Este joven no solo lleva en su maletín una bata de laboratorio, sino una agenda llena con bocetos de la ruta que debe seguir para escalar el monte más alto, su misión de vida: “Mejorar las condiciones para que los científicos puedan hacer ciencia en Colombia e inspirar a las futuras generaciones de investigadores a través de la educación de alta calidad”.

Sofía: de niña curiosa a sabia investigadora

Sofía: de niña curiosa a sabia investigadora

Sofía está a menos cinco grados bajo cero (-5ºC). El frío es terrible y a duras penas reconoce cómo el sol se asoma entre las colinas de Sheffield, el lugar más verde de toda Inglaterra. Peak District fue su hogar, un pequeño pueblo a las afueras de esta ciudad donde vivió desde 2007, cuando se aventuró a sacar adelante su doctorado en ciencias. Fue su casa, su laboratorio de experimentación con semillas, su motivo, su razón. Estas diminutas partículas dadoras de vida, y el olor a pasto podado en la mañana, la mantenían atada a Colombia, a los recuerdos de las intensas heladas de los 70 cuando su mamá ponía sobre la mesa un jarrón con flores mientras la preparaba para ir a estudiar.

Hoy, siete años después de haber regresado a Bogotá, son esos 8.434 Km y 13 horas, 55 minutos de vuelo lo que lamentablemente la separa de sus más grandes amores: las colinas y los laboratorios donde pasó semanas completas analizando semillas, y un inglés que le cambió la forma de ver el mundo: Geoffrey, quien le hizo ver que “con él, la vida es mejor”.

Ella es bumanguesa de origen pero ‘rola’ de corazón. Llegó a la capital a los dos años, cuando su papá fue trasladado. Su cabello era color café, con destellos dorados; su sonrisa siempre fue característica, ingenua y un tanto pícara. Creció junto a sus dos hermanos menores, José y Luis, con quienes jugaba a “los autos”. Ella tenía un gusto particular por su maquinaria, sus ruedas. Aunque fue la niña consentida de papá, era la del ‘temple’ en casa, la mujercita con carácter y ‘berraquera’, la misma que heredó de su mayor inspiración: su abuela Alejandrina Herrera.

Sofía recuerda que le encantaba escuchar las historias de vida de su papá, Orminso Basto, un campesino que creció en Armero y desde los seis años recogía arroz para pagarse la educación, y claro, las de su madre, Concepción Mercado, oriunda de El Guamo, Bolívar, quien por años se dedicó a la costura para sacar adelante su hogar. Su madre era una mujer firme, de convicciones fuertes y una determinación ejemplar ante la cultura machista de la Costa Atlántica de mitad del siglo XX; de hecho, fueron ella y su abuela quienes le inculcaron la pasión por la educación, ese deseo efervescente por sumergirse entre las páginas viejas de los libros en las bibliotecas. Sofía leía todo lo que podía, no en vano su nombre proviene del griego sophia, que significa “sabiduría”. El resultado de una mezcla entre la genética y la influencia familiar.

Inquieta, carismática y con una sonrisa tan brillante como su intelecto, su gusto por la lectura y las curiosas historias que su padre le contaba en las noches la hicieron persistente, incluso un poco intensa en su capricho por aprender a escribir lo más rápido posible. Así, un pizarrón y unas cuantas tizas de colores terminaron en su casa; era un recuadro verde, colgado sobre la puerta de la cocina, un tablero donde esculpía con palitos y bolitas lo que resultó ser su más grato recuerdo de la niñez: aprender las vocales siguiendo las instrucciones de su mamá.

Sofía no olvida su primer día de clase. Como todas las mañanas, se despertó con un intenso olor a mazorca y café tostado, sobre el comedor la esperaban un par de envueltos de maíz con tinto; pero ese lunes de 1977 fue diferente: por fin repasaría las planas sobre sus cuadernos ferrocarril junto a más niños como ella. Todavía conserva el recuerdo de su padre asomado sobre la ventana, con sus ojos llenos de lágrimas al dejarla en el salón.

De ahí en adelante, el colegio Nuestra Señora del Pilar, en Bogotá, se convirtió en su aliado. Fue por doce años su manual de estrategias para escapar de los “problemas de los adultos”. A sus seis años su vida tomó una nueva dirección: su padre partió de casa. Sofía decidió asumir la responsabilidad de ayudar y cuidar a sus hermanos menores, sin embargo, no olvida que su papá le contaba cada noche la historia del “lado oscuro de la luna”, un cuento con el que descubrió que el hombre viajó al espacio y que le hizo determinar radicalmente que se dedicaría a explorar la ciencia. Su destino.

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La filosofía fue cómplice en la misión de sobrevivir. En décimo grado reflexionó, durante sus clases, sobre el sentido de la vida. Tenía 16 años cuando tomó la decisión de no tener hijos. En Once, recuerda, por primera vez rompió los esquemas, se liberó de una educación restrictiva, autoritaria y poco crítica. Las taras de mitad de siglo. Soy rebelde, de Jeanette, se convirtió en su canción favorita. Fueron esos versos los que hablaron por ella, sobre lo que estaba viviendo en los momentos de crisis durante su adolescencia:

“Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así /
porque nadie me ha tratado con amor /
porque nadie me ha querido nunca oír. /
Yo soy rebelde /
porque siempre sin razón /
me negaron todo aquello que pedí”.

Terminó el colegio. Con el tiempo empezó a ver de a poco a su padre mientras él seguía influenciando su vida académica, inculcándole la importancia de estudiar para salir adelante y enseñándole lo valioso de hacer las cosas bien hechas. Sofía llevaba una vida disciplinada, no salía al parque, al cine y mucho menos pensaba en las ‘rockolas bailables’. Sus grandes ojos se tornaron muchas veces rojos al pasar horas entre las páginas de inmensos libros de ciencias. Eso sí, sus notas eran tan altas como sus aspiraciones: estudiar biología y llegar a una maestría y un doctorado en un país de habla inglesa aún sin conocer el idioma.

Esta joven siempre tuvo un gusto particular por las ciencias, por la sensación que le despertaba descubrir y explorar nuevos mundos. Con los años se volvió tímida, callada y muchas veces introvertida, pero eso no fue un impedimento para que sus notas hablaran por ella. Hacia 1989 dio el primer paso para cumplir sus sueños al inscribirse en la carrera de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana tras recibir una beca del Sena por sus altas calificaciones. Estudiar era su hobbie; nunca practicó algún deporte pero ejercitaba su mente todos los días en la Biblioteca Alfonso Borrero Cabal S.J. Tenía el deber de obtener las mejores notas porque, de no hacerlo, perdería su beca.

Fisiología vegetal y el curso de invertebrados fueron sus materias favoritas. Para entonces, Sofía ya vivía con su familia en el barrio Álamos Norte, en Bogotá, y tardaba más de una hora en llegar a la Javeriana. Su lonchera siempre iba cargada de frutas: manzanas, bananos, peras, unas cuantas fresas y a veces uvas, porque era un privilegio que no se veía todos los días. “Yo creo que desde niña tenía una tendencia vegetariana. No me gustaba el huevo y ahora me toca de a poco; no me gusta la carne roja, pero después, cuando empiezas a ver que es escasa, entonces las cosas son distintas”, menciona.

Por esa misma época abrió sus ojos a un mundo rico en conocimiento, a un universo fílmico, literario y musical. Carl Sagan se convirtió por muchos años en su amor platónico; la película Como agua para chocolate, en su plan de fin de semana; y la obra Air, de la Suite Orquestal Nº 3 BWV, de Johann Sebastián Bach, las melodías y armonías perfectas para acompañar sus horas de estudio. Terminó su pregrado con 24 años, pero no podía pensar en pagar sus estudios de posgrado o doctorado porque ahora debía, junto con su tía Rosiris, proveer para su hogar. Su madre sufría de quebrantos de salud y sus hermanos estaban estudiando en la Universidad Nacional: José, Arquitectura, y Luis, Economía.

Sofía empezó a dictar clases en 1993, eran monitorías en Fisiología Vegetal y Fundamentos de Biología. Después de terminar sus estudios de pregrado, visitó por varios meses las oficinas administrativas de la Facultad de Ciencias en busca de una plaza como docente, pero no la encontró. Un martes de 1996 “se le hizo el milagrito”. Fue contratada como maestra de hora cátedra con su primera clase: Biología evolutiva, la misma que hoy, 23 años después, dicta a estudiantes de Nutrición y Dietética, Bacteriología, Enfermería, Biología y Ecología. Sofía considera que su habilidad para enseñar y la empatía con sus estudiantes son las razones por las cuales está a la cabeza de los cursos básicos para esas carreras. “Siempre me ha gustado y se me ha facilitado enseñarle a la gente; desde muy pequeña enseñaba matemáticas en el colegio, de ahí fue cómo empecé a ayudar en la Universidad”, añade.

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Su deseo insaciable por explorar y descubrir nuevos mundos, por superarse y salir adelante, la llevó a pagar sus cursos de inglés en el Centro Colombo Americano. Sabía que la ciencia sobre la que aprendía con diccionario en mano estaba en inglés. Un reto más en su vida, un peldaño más para escalar. Así se propuso con su primer sueldo ahorrar para pagarse los cursos y postularse en universidades extranjeras para hacer su maestría.

Obtuvo tres becas para viajar al exterior, pero las tres se las negaron en la etapa final por no tener un puntaje alto en el idioma: las dos primeras, en 1998 y 1999, para estudiar en Holanda, y la tercera en 2000 para estudiar en Nueva Zelanda. Fue una época triste y desoladora. Lloró y lloró mucho. Aprender inglés se había convertido en su mayor reto. Pero, aunque todo se desvanecía, tomó la decisión de limpiarse el polvo de sus rodillas e iniciar de nuevo, terminar esta tediosa etapa y empezar, en febrero de 2005, su maestría en Biología en su alma mater. El idioma ya era un problema superado, lo había dejado atrás.

“Soy una persona muy perseverante; si me caigo, me levanto, y si me toca 20 veces, 20 veces me levanto. Si inicio algo, lo termino. Soy muy responsable”.

Sin embargo, no fue su final feliz. Recuerda que el momento más emocionante de su vida ocurrió el 12 de junio de 2006, al recibir dos noticias que cambiaron su destino: la aprobación de una beca que entrega la Javeriana a los profesores para apoyar su formación y perfeccionamiento en inglés, y la beca del Programa Alβan, (becas de alto nivel de la Unión Europea para América Latina) para hacer un Ph.D en la Universidad de Sheffield, Reino Unido, en Ciencia Animal y Vegetal.

Tuvo un mes para estar en Inglaterra, radicarse allí e iniciar clases; menos de una semana para entender los problemas de los ecosistemas que estaba estudiando; un par de días para acostumbrarse a esta nueva cultura, una sociedad totalmente independiente, y casi que, en tiempo real, desarrollar la habilidad de grabar y transcribir sus clases de estadística avanzada en inglés para entenderlas. Según recuerda, sus compañeros definían su doctorado como una “historia de terror”. No tenía las condiciones apropiadas para alimentarse, vestirse o incluso vivir porque era eso o terminar satisfactoriamente sus investigaciones, era eso o pagar la parte de la matrícula que no alcanzaba a cubrir con sus becas para que no la devolvieran a Colombia.

Fueron cuatro años de trabajo arduo, días completos dentro del laboratorio analizando los efectos del cambio climático y la polución por nitrógeno en los bancos de semillas. Cuatro años extrayendo muestras para conocer las especies de semillas que estaban en el suelo de las parcelas, en las colinas del Peak District, donde nació un amor intenso y profundo por Geoffrey Odds, un contador con alma de artista, como Sofía lo define.

“Yo lo conocí en 2008, a los seis meses de estar en Inglaterra. Compartimos la vida en Sheffield durante tres años y medio, luego nos casamos en 2016 pero ahora él está allá y yo acá, en Colombia. No es tan fácil, exige sacrificio y compromiso, además es necesario enfocarse porque mi tarea ahora consiste en dictar clases y hacer investigación”, menciona esta científica apasionada por el mango y el color azul en cualquiera de sus variedades.

Sofía regresó a Colombia en marzo del 2012. Como fruto del amor por la ciencia, su perseverancia y disciplina, escribió dos artículos para revistas del grupo Nature, reconocido por incluir las publicaciones científicas más serias, prestigiosas e importantes del mundo. Su investigación sobre los efectos del cambio climático en los bancos de semillas en condiciones de extrema sequía y humedad también fue publicada en la revista npj Climate and Atmospheric Science, mientras que su estudio sobre el efecto de la polución por nitrógeno circuló en las páginas de la revista Nature Communications.

Su investigación sobre la respuesta de las semillas ante las perturbaciones antropogénicas y el cambio climático ha convertido a esta mujer en una de las científicas más destacadas de la Javeriana, en un referente de perseverancia, constancia y valor y un ejemplo de cómo una pizca de curiosidad puede hacer que una niña ingenua llegue a ser una mujer apasionada por la ciencia.

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Comprender y predecir la vulnerabilidad de los ecosistemas frente al aumento de las sequías y la contaminación atmosférica ha sido su tarea por años. Porque, como ella bien sabe, “la ciencia es un mundo maravilloso, es lo que me hace feliz, es mi forma de vida y sí, quienes se dediquen a ella pueden ser felices haciendo ciencia, porque descubrir y entender cómo funciona el mundo es maravilloso”. Por ahora, Sofía busca liderar en Colombia un proceso de comprensión de las semillas, motivar a sus estudiantes para que vean en ella y en muchas mujeres más que sí es posible llegar a ser una consagrada científica, con calidad humana y un buen corazón. Y en un futuro no muy lejano, regresar a los brazos de su amado Mr. Odds.

Premio al protector de aves

Premio al protector de aves

Luis Miguel Renjifo, actual vicerrector de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana, recibió el Premio al Servicio Distinguido, sección América Latina y el Caribe, durante el Congreso Internacional Biología para la Conservación 2018 que se realizó entre el 25 y el 27 de julio en St. Augustine, en Trinidad y Tobago.

Este biólogo y ecólogo ha concentrado sus estudios e investigaciones en las aves con especial énfasis en aquéllas en peligro de extinción, lo que lo llevó a publicar el Libro Rojo de Aves de Colombia, el cual ha venido actualizando gracias a sus permanentes salidas de campo, trabajos con sus estudiantes y con el apoyo de la ciencia ciudadana, actividad que ha promovido en los colombianos.

El premio que entrega la Sociedad de Biología para la Conservación (SCB por sus siglas en inglés), reconoce individuos, grupos o instituciones que se hayan distinguido por su dedicación en cualquier campo asociado con la biología de la conservación, y cuyo trabajo haya aportado nuevo conocimiento a la conservación de la diversidad biológica del planeta.

En el caso del vicerrector, investigador y profesor Renjifo, el premio le reconoció tres “contribuciones extraordinarias”:

Por la evaluación del riesgo de extinción de especies de la avifauna colombiana.


Por influir en las políticas de conservación.


Y por promover la capacitación en esta disciplina científica, la ornitología, en la región.


En 1987, cuando fue entregado por primera vez este reconocimiento, lo recibió el ambientalista británico Norman Myers; en 1991, el biólogo y naturalista estadounidense E.O. Wilson, autoridad mundial en hormigas; en 2002, la ecóloga y conservacionista británica Georgina M. Mace, de la Fundación Charles Darwin de las Islas Galápagos; en 1994, el exvicepresidente de los Estados Unidos y ambientalista Al Gore; y en 2003, la ambientalista y ecóloga marina Jane Lubchenco, que dirigió en Estados Unidos la Administración Nacional del Océano y la Atmosfera (NOOA por sus siglas en inglés) y formó parte del equipo asesor de ciencia del expresidente Barak Obama.

En 2018, Luis Miguel Renjifo se suma a este selecto grupo de ganadores.

 

Más allá de lo evidente

Más allá de lo evidente

Por aquella época los días tenían una facilidad enorme para estirarse, para no acabarse, para mantenerse firmes, incambiables en el calendario. Lo peor de todo era que el teléfono no sonaba: ninguna razón, nadie que le avisara de la suerte del primer proyecto de su carrera. Avanzaba 1988 y Sandra Baena, recién graduada de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, había regresado a Cali, a su casa paterna, a la espera de que una llamada le confirmara que su tesis de grado iba a convertirse en realidad.

Pero muy poco pasaba: la llamada recurrente que recibía era la de Elizabeth Hodson de Jaramillo, su mentora y tutora, siempre insistente: “Me decía que no me acelerara porque todo iba a salir bien”, recuerda hoy Baena, con una sonrisa.

Las buenas noticias llegarían en mayo de aquel año. Con la aprobación administrativa empacó maletas, regresó a la capital y se puso al frente del proyecto de evaluación de un sistema natural de tratamiento de aguas residuales domésticas que utiliza pastos forrajeros, el mismo que empezó a construirse en el campus de la universidad, en la zona verde junto al edificio Jesús Emilio Ramírez, S. J., en la esquina de la carrera Séptima con calle 45.

Con ese proyecto nacería la Unidad de Saneamiento y Biología Ambiental (USBA) de la Javeriana, que con el tiempo se convertiría en el grupo de investigación con el que Baena alcanzaría sus mayores logros científicos y académicos. Claro que en sus primeros días generaba risas entre los colegas: “Mis amigos me decían: ‘El grupo es de uno: es usted. Si falta, se acaba’”, recuerda. Realizaba sus primeros análisis de demanda biológica de oxígeno (DBO) de las aguas residuales en un rincón del laboratorio dirigido por Hodson, en horas en las que nadie más estuviera presente.

Ese fue su primer paso, uno que había anticipado en su infancia. Hija de ingeniero químico y de abogada, se formó en un hogar abierto a las preguntas y las inquietudes. Fue en ese ambiente, haciendo las tareas acompañada de sus cinco hermanos, cuando se despertó su afinidad por temas como la biología celular o el funcionamiento del sistema solar. “Desde que estaba en el colegio lo único que me gustaba eran las ciencias. Nunca pensé que pudiera ser administradora de empresas, economista o ingeniera. Me gustaban la química y la biología”.

Su elección estuvo marcada por la profesora Carmen Elisa, quien en el Colegio de la Sagrada Familia, de Cali, le enseñó los secretos celulares a través de dinámicas de clase que fomentaban la opinión: “Era muy buena gente, y lo que más me descrestaba es que sabía. Lo que uno le preguntaba, ella lo sabía. Todo lo explicaba muy fácilmente”.

Todos esos recuerdos los llevó consigo a Bogotá, donde, a comienzos de los años 80, inició la carrera de Biología en la Javeriana. En sus aulas, de la mano de la profesora Hodson y de Martín Llano, su profesor de ecología, encontró el norte de su carrera: los sistemas biológicos para descontaminar aguas residuales. De hecho, su tesis de grado consistió en aplicarlos al tratamiento de aguas residuales basados en la hidroponía, técnica que Carlos Fonseca, entonces subdirector de Medio Ambiente del Inderena, buscaba implantar en el país, especialmente en municipios pequeños. Esta técnica consistía en una estación en la que se sembraban en grava pastos forrajeros, y los microorganismos de las raíces, al entrar en contacto con el líquido, degradaban sus contaminantes y removían nutrientes (principalmente fósforo y nitrógeno), los cuales, a su vez, nutrían todo el sistema.

Se trata de un sistema biológico sencillo, pues funciona gracias a la interacción entre las plantas y el microbioma asociado principalmente a las raíces. “Esta interacción es la que realiza el trabajo”, comenta Baena, y explica que su amor por esta especialidad surgió cuando entendió que se trataba de una solución adaptada al trópico, donde la duración de la luz del sol es constante a lo largo del año y facilita el trabajo biológico: “No eran sistemas complejos desarrollados en países industrializados, sino soluciones pensadas en las ventajas competitivas del trópico para solucionar este problema ambiental”.

Sin embargo, ella no quedó satisfecha con ese logro. Mientras buscaba que estos sistemas se implementaran en municipios pequeños y empresas, al tiempo que dictaba clases en pregrado y las recibía en la Maestría de Saneamiento y Desarrollo Ambiental, seguía inquieta sobre lo que sucedía en ese mundo invisible descontaminante. Una pasión que llevó a fondo a comienzos de los años 90, cuando Colciencias la becó para adelantar un doctorado en Ciencias en la Universidad de Aix Marseille, al sur de Francia. Fue allí en donde realizó su tesis doctoral en el laboratorio de microbiología de anaerobios –sistemas que trabajan sin la presencia de oxígeno– del Institut de Recherche pour le Développement (IRD), laboratorio que hoy hace parte del Institut Méditerranéen d’océanologie (MIO).

Baena P44 1iAsí, con el entusiasmo por aprender más sobre las interacciones entre los microorganismos en los sistemas anaerobios de tratamiento de aguas residuales, partió a Marsella, lejos de París, donde su esposo, el biólogo herpetólogo e investigador javeriano Julio Mario Hoyos, hacía su doctorado en el Museo de Historia Natural. El cambio fue duro: tuvo que instalarse en un pequeño estudio de la ciudad universitaria de Luminy y conoció las consecuencias de las clásicas huelgas a la francesa, en las que los servicios públicos de transporte se suspenden; también tuvo que convivir con el estilo marsellés de conversaciones de tono alto y palabras de grueso calibre. Aún recuerda con emoción los imponentes paisajes de las calanques alrededor de Luminy, unos valles de bordes muy empinados que se encuentran en la costa del mar Mediterráneo.

Pero, sobre todo, aprendió lo que no sabía en Colombia: el cultivo de bacterias anaerobias en laboratorio, los marcadores moleculares para hacer identificación taxonómica y análisis filogenético de procariotas y, principalmente, cómo eran las interrelaciones de microorganismos en ambientes anaerobios que degradaban la materia; en síntesis, se zambulló en un universo que no se percibe a simple vista. “Dentro de la biodiversidad se ignora aquello que no podemos ver. A veces nos parece que los microorganismos no tienen un papel relevante en el mundo, pero ellos son los encargados de transformar la materia orgánica, de mover los ciclos biogeoquímicos, son la base de las cadenas tróficas. Sin su actividad, difícilmente podríamos existir”, explica.

Fueron cuatro años de estudio dedicado, que también le abrieron la puerta al conocimiento de los microorganismos que habitan ambientes extremos gracias a las investigaciones que llevaba a cabo su tutor francés, Bernard Ollivier, en estos ambientes, como aguas termales, ecosistemas salinos, biomas de frío intenso o cualquier lugar donde, a simple vista, se crea que no es viable hallar vida.

En su regreso a la Javeriana tuvo que implementar este conocimiento desde cero, pues el laboratorio del grupo de investigación no estaba diseñado para este tipo de estudios. Fue a comienzos del siglo XXI cuando Baena regresó a un país con profundos problemas sociales, políticos y económicos, con recursos escasos para la investigación y para la creación de infraestructuras que era necesario adecuar si quería generar nuevo conocimiento sobre la diversidad microbiana, así que se dio a la tarea de formular y presentarle proyectos de investigación a todas las instancias posibles: empresas, entidades oficiales, organismos de cooperación internacional, etc.

Baena P44 2CLos últimos 18 años los ha dedicado a la investigación en campo, al estudio de microorganismos de manantiales termales y salinos y de microorganismos que puedan producir enzimas o metabolitos de interés, y así, junto con su estudiante de doctorado Gina López, su trabajo le ha valido la obtención de la patente sobre una lipasa modificada, aislada de un organismo que habita en manantiales con alta temperatura y en condiciones ácidas que puede transformar grasas y aceites utilizados en la industria alimentaria, cosmética y, posiblemente, farmacéutica. Pero, ante todo, se ha dedicado a formar estudiantes de la misma forma con la que aprendió a trabajar en los laboratorios franceses: cada uno sabe lo que tiene que hacer y todos trabajan con compromiso por el grupo. “Siempre les digo a los que trabajan conmigo que pueden preguntar todas las veces que quieran para evitar equivocarse por no preguntar”, explica.

Aunque reconoce que su trayectoria no está completa, un reconocimiento a su arduo trabajo se dio en 2014 cuando la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales la aceptó como uno de sus miembros. “Fue un reconocimiento a una labor silenciosa, a un trabajo constante y bien hecho”. Durante la ceremonia de entrada dictó una conferencia sobre la diversidad metabólica y filogenética de los manantiales salinos colombianos; allí la acompañaron su esposo, Julio Mario, sus amigos, su familia extendida (estudiantes que ha formado a lo largo de estos años) y Elizabeth Hodson, su tutora y amiga.

Hoy su rutina transcurre con más calma. Gracias a su trabajo disciplinado ha aprendido no solo a dominar los silencios de la incertidumbre, también a disfrutar aquellos espacios externos a su pasión, que es su trabajo científico. En su casa, las noches y los fines de semana son de “cerebros caídos”: en el refugio que ha construido con su esposo está prohibida cualquier referencia a los proyectos en curso, las tesis dirigidas o las clases que vienen. Aquellas jornadas se dedican a la música –su esposo es un melómano del rock clásico, en especial del rock progresivo italiano–, al cine y a la literatura, una de las aficiones de Baena. En su biblioteca abundan las obras de Roberto Bolaño, Javier Marías, Julia Navarro, Alice Munro o Nancy Houston: “Me gusta cómo pueden llevar las situaciones a los extremos para generar una historia”.

En los estantes de su casa también reposa una libreta. Sus hojas están llenas de cuidadosas anotaciones sobre las plantas y los árboles de su infancia, que ha ido construyendo poco a poco gracias a las conferencias telefónicas que sostiene desde Cataluña con su mamá. “Me gustan los jardines, quiero tener una casa con un jardín grande”, comenta cuando habla de los días aún lejanos de su jubilación, en los que también planea estudiar historia y seguir dando clases, ya no desde la formalidad de la academia sino a niños, por ejemplo, sobre el ambiente que los rodea.

Sin embargo, es la primera en aceptar que no se debe apurar el tiempo. Es un aprendizaje que ha asumido gracias al trabajo duro y consciente, a construir, resultado tras resultado y proyecto a proyecto, un tejido humano de conocimientos aplicados que sigue reinventándose todos los días. Por eso sigue atenta a los pliegues de la rutina diaria, porque los años que vienen se antojan, ante todo, intensos: “Más que al futuro, tenemos que trabajarle al día a día. Tenemos unos días muy lindos acá”.

El biólogo que les ‘devolvió la vista’ a los escorpiones

El biólogo que les ‘devolvió la vista’ a los escorpiones

No hace falta que él diga que es un amante de los escorpiones: lleva en su antebrazo derecho tatuado uno de ellos. “La gente les tiene miedo porque pican o porque piensan que son grandes y feos, pero a mí, de todos los animales, me llaman la atención”, dice Daniel Gutiérrez Kemenes, quien sostiene que los escorpiones son artrópodos muy antiguos y, a la vez, poco estudiados en Colombia y en el mundo. Para la investigación que presentó como su tesis de pregrado en Biología quiso enfocarse en sus ojos laterales y la información era incluso más escasa. Sin embargo, algunos archivos científicos como The Biology Of Scorpions, del aracnólogo Gary Allan Polis, que según Gutiérrez es la biblia de los escorpiones, aseguran que los ojos laterales no funcionan. Así empezó la curiosidad, ¿funcionan o no?

“Yo estaba muerto de ganas de saber de escorpiones”, dice. Aunque no encontraba mucha información sí conoció a Ricardo Botero, exalumno de la Pontificia Universidad Javeriana que vive en Argentina pero viajó a Colombia en diciembre de 2015. Estuvo con él tres días aprendiendo de escorpiones y de las investigaciones que se han hecho en Argentina. Botero se convirtió en su mentor y con él llegó la fascinación por estos animales. Por ejemplo, el veneno, que es por lo que son más temidos estos animales, que para los nativos norteamericanos son un símbolo de protección, o porque en realidad muy pocas veces un escorpión puede llegar a matar a una persona. Cada nuevo dato fue aumentando su interés, pero la pregunta seguía: ¿funcionan los ojos laterales?

Los 14 especímenes del escorpion chactas sp fueron recolectados en el Valle del Cauca.
Los 14 especímenes del escorpión ‘chactas sp’ fueron recolectados en el Valle del Cauca.

Su investigación arrancó en enero de 2017, el mismo mes en que se tatuó un escorpión. El primer paso fue viajar junto con Dimitri Forero, director del Laboratorio de Entomología de la Javeriana, a Yotoco, Valle del Cauca, para recolectar varios especímenes. Fueron siete jornadas de recolección durante el día y la noche, aunque por la oscuridad era más fácil, según Gutiérrez, ya que los escorpiones brillan de color verde al ser alumbrados con la luz de una linterna ultravioleta. También se ayudó de una pinzas largas y un guante de carnaza anti punzante y así recolectó seis machos y ocho hembras de una especie aún no identificada en Colombia (chactas sp) que cuenta con seis ojos en total: cuatro laterales y dos medios.

La manera como puso a prueba los ojos de los escorpiones fue la fototaxis, la reacción que estos organismos puedan tener a la luz. Para ello se volvió ‘arquitecto’ y construyó un coliseo de madera dividido en nueve partes, iluminado con bombillos LED diferentes: una sección con luz ultravioleta, las demás de azul, verde, amarilla, roja, infrarroja, blanca y otras dos partes sin iluminación. Así pasó de arquitecto a observador. Hizo una grabación de 14 horas, desde las 5:00 de la tarde hasta las 7:00 de la mañana con ayuda de una cámara con lente ojo de pez, que tiene un ángulo de visión amplia, para estudiar el comportamiento de un escorpión frente a la luz durante la noche. Luego cubrió los ojos medios de los escorpiones con silicona de moldes dentales, que también es utilizada en experimentos con arañas y no dañan al animal porque no es tóxica, para observar el comportamiento de sus ojos laterales, que era lo que le interesaba.

Daniel Gutiérrez en el laboratorio, con el escenario de pruebas.
Daniel Gutiérrez en el laboratorio, con el escenario de pruebas.

De esa manera, su curiosidad y fascinación se convirtieron en emoción. No solo comprobó que los escorpiones ¡sí usan sus ojos laterales!, también captan diferentes longitudes de onda y ven en diferentes colores. “Al encontrar estos resultados me dio un poco de miedo porque contradecía muchos años y a muchos autores, pero fue algo muy emocionante”, dice Gutiérrez.

Resultados
Escorpiones ojos destapados
Machos: les atrae la luz blanca
Hembras: les atrae la luz roja
Machos y hembras: les atrae la luz amarilla

Escorpiones con ojos medios cubiertos y ojos laterales destapados
Machos: 
les atrae la luz ultravioleta
Hembras: les atrae la luz azul

Fueron, en total, cuatro meses de investigación; de conocer personas que lo guiaron como el biólogo y director de su tesis André Riveros; de salir corriendo a buscar cucarachas pequeñas para alimentar a los escorpiones cuando se le acababan las larvas de cucarrones que les daba de comer; de experimentar el dolor de ser picado por uno de ellos; de retarse a obtener resultados en pocos meses y superar las desmotivaciones que sentía al no encontrar información.

Pero esto no ha terminado. Gutiérrez quiere seguirles la pista a los escorpiones haciendo investigaciones sobre el impulso nervioso de sus ojos, profundizar en su comportamiento o en el de otros artrópodos. El 84 % de todos los animales de La Tierra son insectos, así que hay mucho por explorar. Sin duda, seguirá siendo uno de los investigadores y seguidores de este tema.


Título de la investigación: Evaluación de conductas fototácticas del escorpión chactas sp.
Investigador: Daniel Gutiérrez Kemenes.
Facultad de Ciencias, Departamento de Biología.
Periodo de la investigación: enero – mayo 2017.

Cazadores de huellas

Cazadores de huellas

En uno de los bosques andinos de la cordillera central colombiana, el sonido de la hojarasca y las corrientes de agua acompañan la excursión por el lugar. Con pasos cuidadosos, miradas fijas en el suelo, y con un GPS amarillo en mano, un grupo de biólogos rastrea las huellas de los mamíferos medianos y grandes de El Santuario de Flora y Fauna Otún Quimbaya ubicado en Risaralda.

Llevan ocho años en una misión casi titánica buscando rastros de pumas, dantas, osos de anteojos y zorros. Con esas pistas, han logrado monitorear la distribución y abundancia de las especies del lugar y proponer esquemas para la conservación de estas poblaciones silvestres.

Gracias al rastro en forma de huella que dejan por los senderos estos animales, los investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana han podido estudiar su comportamiento y el impacto del hombre sobre sus hábitats naturales. Esta aventura, en lo profundo de la naturaleza, les ha mostrado cómo el turismo no controlado que recorre la cuenca del río Otún se convierte en detonante de la sobreexplotación, una de las mayores amenazas para estos mamíferos, cuyas poblaciones están disminuyendo.

Asociado a este factor se encuentran los gatos y perros que acompañan a sus amos, pues se vuelven depredadores potenciales de las especies de fauna silvestre más pequeñas del lugar, así como transmisores de enfermedades, como ocurre entre los perros domésticos y los zorros.

La verde y espesa vegetación hace que un tercer detonante aparezca. Este corresponde a la cacería ilegal que presiona la concentración de dantas o tapires en ciertas zonas del Santuario, un comportamiento contrario a la naturaleza libre y salvaje de esta especie identificada por su alargado hocico. Pero eso no es todo, la modificación de los hábitats por la tala de árboles también ha sido un factor de amenaza para estas especies pues la vegetación que estos mamíferos usan para protegerse y como alimento es cada vez más escasa.


Un banco que almacena huellas de animales

Los investigadores del Banco de Huellas de mamíferos medianos y grandes de Colombia, ubicado en la Javeriana, han adelantado más de cinco proyectos de investigación recorriendo buena parte del territorio nacional. Actualmente es el único banco con estas características en el país y por ello su papel ha sido fundamental. Desde hace diez años Germán Jiménez, biólogo y profesor de la universidad, ha liderado este proyecto junto a su semillero de investigación en manejo y conservación de fauna silvestre, conformado principalmente por estudiantes de la carrera de biología.

La idea surgió porque no existía en el país una base de datos que respaldara la información obtenida en campo. Las “huellas tipo”, que fueron colectadas tras visitar diez zoológicos de Colombia, junto con una colección que Jiménez trajo de Costa Rica, se convirtieron en la referencia para comparar las muestras tomadas en campo. De esta manera ha sido posible verificar las especies a las que pertenecen. Hoy el banco cuenta con 1500 moldes de huellas para 23 especies de mamíferos que son identificados con un número único de colección.

Como resultado de los proyectos se ha promovido la apropiación social de este conocimiento llevando la ciencia a diversas regiones del país como Chocó, Amazonas, Boyacá y los Llanos orientales. Por ejemplo el que se desarrolló en el Chocó durante el 2008 donde una comunidad dedicada a la cacería de mamíferos, a partir de sus experiencias, empezó a construir su propio banco de huellas. El objetivo fue crear conciencia para salvaguardar las especies como venados, ñeques, lapas y chanchos, lo que benecifió a pobladores y animales. El resultado de este trabajo fue la publicación de su propio catálogo en colaboración con la autoridad ambiental.


¿Cómo se ‘caza’ una huella de mamífero?

“Obtener huellas de mamífero es una labor que requiere mucha constancia, entrenamiento y pericia” dice Jiménez. Es preferible hacerlo cuando inician las lluvias en la región. Luego se buscan los mejores sustratos o tipos de suelos, generalmente suaves y uniformes, donde las huellas quedan marcadas. Al recorrer los posibles senderos por donde suelen pasar los mamíferos se identifican los patrones que dejan las huellas, las cuales son capturadas por medio de moldes de yeso odontológico de secado rápido.

Este método indirecto, basado en la interpretación de los diferentes rastros dejados durante las actividades diarias de los animales, permite reconocer de manera económica los mamíferos que viven en un área sin necesidad de atraparlos o hacerle daño. Entre las ventajas está el conservar de manera física y a escala real la huella permitiendo su manipulación en el laboratorio para futuros estudios. Además facilita la identificación de las especies ayudando a entender cómo utilizan el hábitat y cómo varia su abundancia en el tiempo.

“Para los biólogos la huella es testigo del paso del animal”, continúa Jiménez, quien observó en una de sus investigaciones cómo el zorro cangrejero o perruno, empezaba a adaptarse a los humanos, al encontrar que consumía desperdicios de basureros y de vez en cuando cazaba pequeños animales de granja. Estos cánidos son portadores del parásito de la leishmaniasis, que puede afectar al ser humano.

Los estudios también mostraron que esa especie es generalista de hábitat, lo que implica que no es muy estricta en sus requerimientos a la hora de buscar un lugar para vivir, pues es capaz de explorar un territorio más amplio en busca de recursos alimenticios y de cobertura. Jiménez identificó hábitos crepusculares confirmando así la teoría de que la mayor parte de las especies pertenecientes a la comunidad de mamíferos de esta cuenca es de hábitos nocturnos, en gran parte a causa de la presencia humana. Este comportamiento les permitiría a los mamíferos evitar el contacto con las personas como medida de protección.

Las huellas en el camino son pieza clave para estos biólogos, quienes han podido promover acciones de conservación, con cambios positivos en la forma como se relacionan los humanos con su fauna silvestre, en un país tan biodiverso como Colombia. Después de algunos días, los biólogos vuelven a sus laboratorios con respuestas pero también con nuevas preguntas. Esperan una nueva oportunidad de salir a campo y seguir investigando en estos sitios que cautivan con sus verdes paisajes.

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Gustavo Kattan: Conversar con la naturaleza para aprender a conocerla

Gustavo Kattan: Conversar con la naturaleza para aprender a conocerla

Su amor por la naturaleza nació espontáneamente y fue, como dice él, el resultado de su insaciable curiosidad. “Hace muchos años tuve varios hobbies, pero observar la naturaleza es el único que sobrevive. Adentrarme en los bosques absorbió todo lo demás. Lo único que me interesa es salir a ver qué están haciendo los pájaros”.

Esa pasión por estudiar la biodiversidad hizo que, en 1994, junto con su esposa y colega Carolina Murcia, se vinculara a la Wildlife Conservation Society para desarrollar un programa de investigación y entrenamiento para la conservación de la biodiversidad en Colombia. Durante 13 años entrenaron a alrededor de 50 jóvenes investigadores y conservacionistas en bosques andinos en Colombia. El programa tenía su centro de operaciones en la cuenca del río Otún en Pereira, funcionó con el apoyo de la Corporación Autónoma Regional de Risaralda y de la unidad de Parques Nacionales Naturales, con financiación de la Fundación MacArthur.

Investigador y verdadero maestro definen al profesor de la Carrera de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana Cali Gustavo Kattan, lo que lo ha hecho merecedor de importantes reconocimientos, como el Biotropica Award for Excellence in Tropical Biology Conservation de la Association for Tropical Biology and Conservation.

Sus inicios en la investigación

Estudió Biología en la Universidad del Valle y se orientó hacia la ecología. Fue en su pregrado donde se enamoró de las aves, por influencia del profesor Humberto Álvarez, con quien empezó a estudiarlas, al igual que el comportamiento general de los animales. “Uno se contagia de la pasión de los profesores y, en la medida en que se empiezan a estudiar los problemas científicos relacionados con la biodiversidad, lo ‘pica’ la curiosidad”.

Recuerda una frase de uno de sus profesores de pregrado, quien decía que “hacer investigación es sostener una conversación con la naturaleza”, pero, añade, “hay que aprender a conversar con ella, hacer la pregunta correcta y saber interpretar la respuesta”.

Para hablar con la naturaleza, el profesor Kattan sale cada semana a caminar con ropa cómoda que le permita mimetizarse entre los paisajes que recorre. Entre sus sitios favoritos están el kilómetro 18 y La Teresita, ubicada en los Farallones de Cali, sitios que conoce como la palma de su mano. “Casi sé dónde está cada árbol”, dice. A veces sale a caminar solo para no distraerse, porque le gusta conversar con los árboles, saber cómo están, y preguntarles a los pájaros qué están haciendo. “Para hablar con la naturaleza hay que entender lo que dice”. Aunque a sus salidas de campo va con su cámara, confiesa que es pésimo fotógrafo, pero buen dibujante, un pasatiempo que ha dejado, pero que espera retomar.

“Dibujo lo que voy viendo en mis recorridos, sobre todo las aves, porque los escarabajos me quedan feos”. Muchos dibujos los hace de memoria, tratando de recrear —con trazos de lápiz y tiza pastel— cada detalle del animal.

Taxonómicamente, dice, las aves son el grupo más estudiado y, sin embargo, lo asombroso es que todavía se siguen encontrando especies nuevas. Cuando se refiere a ellas, sus ojos brillan y la emoción contagia a su interlocutor. Le fascinan por su majestuosidad y quisiera volar como ellas. Pero hay algo que las hace todavía más asombrosas y es que, según el investigador, las aves son dinosaurios. Entonces, estos no se extinguieron.

“Una de las características más importantes de las aves son las plumas; es el único grupo de animales que las poseen. En las últimas dos décadas se han descubierto fósiles muy interesantes, sobre todo en China, donde se han encontrado dinosaurios con plumas. Entonces las aves son un linaje de dinosaurios que sobrevivió”, explica el biólogo, ahora convertido en ornitólogo.

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En 1984 se fue a la Universidad de Florida a estudiar la maestría en Zoología y obtuvo el doctorado en la misma área y la misma universidad, en donde investigó sobre el comportamiento animal desde la ecología conductual en un marco evolutivo. Hizo un estudio sobre un fenómeno social denominado parasitismo de crianza en las aves. Hay un 2% de especies de aves que no crían a sus polluelos, sino que parasitan otras aves, es decir, ponen sus huevos en otros nidos y son otras aves las que se encargan de criar los hijos ajenos hasta que crecen y se independizan.

En 2008 se vinculó a la Universidad Javeriana Cali, en donde tuvo como principal objetivo trabajar en la estructuración del programa de Biología, el cual inició en 2009. El programa tiene el sello de este investigador. Durante su periodo como director, del 2009 al 2012, impulsó las actividades académicas extracurriculares como mecanismo para que los estudiantes aprendan entre ellos y se emocionen por su carrera.

Kattan se ha dedicado a estudiar los bosques de las montañas de los Andes. Actualmente investiga los árboles llamados higuerones, importantes en los bosques tropicales por su producción permanente de frutos, lo que los hace una pieza clave para la alimentación de la fauna, especialmente de aves y mamíferos. Estos árboles pueden dar respuesta a la conservación y restauración de los bosques tropicales.

Su personalidad introvertida le ha servido para concentrarse en la investigación, por lo que Colciencias lo ha clasificado como ‘investigador senior’. Es un apasionado por la lectura y devora principalmente libros de ciencia. Su autor preferido es el biólogo Bernd Heinrich, con el cual se siente identificado. “Es otro entrometido como yo, no puede ver a un animalito porque quiere saber qué está haciendo. Se puede gastar páginas enteras explicando cómo un escarabajo abre un hueco y uno está emocionado leyendo”.

Un tema que le queda todavía en el ‘tintero’ al doctor Kattan es investigar sobre las estrategias digestivas de las pavas. Estas son aves que comen follaje y vuelan, lo que es contraintuitivo, dice, porque el follaje aporta muy poca energía. Además, muchas especies están amenazadas por la cacería y la pérdida de hábitat.

Un tema que le queda todavía en el ‘tintero’ al doctor Kattan es investigar sobre las estrategias digestivas de las pavas. Estas son aves que comen follaje y vuelan, lo que es contraintuitivo, dice, porque el follaje aporta muy poca energía. Además, muchas especies están amenazadas por la cacería y la pérdida de hábitat.