Una catástrofe como la vivida en el suroccidente colombiano tras el terremoto del pasado 10 de agosto puede contarse en muertos, heridos, desaparecidos, viviendas destruidas y afectadas. Las cifras son indispensables para medir el daño y organizar la respuesta, pero no dan cuenta de lo que significa una casa llena de recuerdos que ya no está o un edificio con siglos de historia convertido en escombros. Tampoco registran el miedo, el duelo, la tristeza o la sensación de abandono.
Es frente a esas realidades donde la fotografía, la música, el teatro, la danza o el dibujo pueden expresar lo que los números no alcanzan. Las artes son capaces de convertir una experiencia íntima en algo compartido, ayudar a transitar lo vivido y abrir la posibilidad de imaginar otros futuros.
Estas fueron algunas de las reflexiones planteadas por Vicente Durán Casas, SJ, rector de la Pontificia Universidad Javeriana, seccional Cali, durante la inauguración del VII Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad este lunes 14 de septiembre en el Auditorio Alfonso Quintana SJ. Bajo el lema “Creación para un mundo compartido y habitable”, la primera jornada estuvo dedicada a la transformación social, la justicia y la equidad, y tuvo como conferencia inaugural Imaginar futuros que nos gusten, de Noela Salas Sharim, gestora cultural, productora y artista escénica chilena.

La imaginación cuando el suelo se mueve
Noela Salas ha vivido tres terremotos a lo largo de su vida. Conserva de esas experiencias una idea que amplía el significado de la catástrofe: “hay terremotos que se ven y hay terremotos que no se ven”, afirmó la exsubsecretaria de las Culturas y las Artes de Chile. Los primeros sacuden el suelo y levantan el polvo a los ojos de todos; los otros, aunque no se vean, están siempre ahí y pueden fracturar comunidades, aislar territorios o deprimir individuos, reduciendo su capacidad de pensar una realidad distinta. Es ahí donde el arte encuentra un campo de acción para alcanzar a imaginar lo que puede venir después.
La capacidad de imaginar otros futuros resulta especialmente importante en América Latina y el Caribe. El informe Democracias bajo presión: Reimaginar los futuros de la democracia y el desarrollo en América Latina y el Caribe, publicado en mayo de 2026 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), advierte que las crisis sociales y económicas de la región no se explican únicamente por la falta de recursos o instituciones, sino también por el debilitamiento de “la capacidad colectiva de imaginar alternativas, generar acuerdos y convertir esas alternativas en resultados”.
“Para construir futuros deseados, necesitamos ser capaces de imaginarnos, interrogar aquello que damos por sentado, observar la realidad desde diversas perspectivas y explorar posibilidades”.
Luis Fernando Múnera Congote, SJ, rector de la Pontificia Universidad Javeriana sede Central
La imaginación, desde esta perspectiva, no es materia exclusiva de artistas y creadores. Es una capacidad que nos permite a todos, como sociedad, tomar distancia de lo dado, relacionar experiencias y concebir posibilidades que aún no existen. “Imaginar es poder relacionarnos con la realidad sin quedar completamente atrapados en ella”, señaló Salas. Sin imaginación no hay transformación social, de ahí que ampliar las posibilidades de imaginar también implique preguntarse por las condiciones que permiten hacerlo.

Una de ellas es el tiempo. Para Salas, el ocio ofrece un espacio necesario para observar, relacionar ideas y encontrar estímulos, pero buena parte de ese tiempo está hoy ocupado por un consumo digital continuo. “Para imaginar debemos inspirarnos y esa inspiración requiere de estímulos y tiempo”, sostuvo.
El tiempo libre transcurre hoy entre contenidos breves, recomendaciones automatizadas y desplazamientos casi ininterrumpidos en la pantalla. Para Salas, el riesgo aparece cuando esa dinámica empieza a uniformar los referentes y, con ellos, las aspiraciones. “El problema no es el formato, el problema es cuando este elimina la diversidad”, afirmó.
Además, no todas las personas disponen del mismo tiempo para imaginar. El proyecto chileno Ocio: Fronteras de la Productividad en los Campos Culturales, por ejemplo, ha identificado brechas de tiempo de ocio entre hombres y mujeres, y entre personas con distintas condiciones económicas. Esto es importante porque quienes cuentan con más tiempo libre tienen también mayores posibilidades de explorar intereses, acceder a otros estímulos y proyectar futuros diferentes.
“El ocio es un tiempo para defender, un tiempo a resguardar. Allí, en la profundidad de ese tiempo, aparecen las cosas nuevas”.
Noela Salas Sharim

Lo que se conserva y lo que se transforma
Si imaginar requiere tiempo y diversidad de estímulos, la pregunta siguiente es qué ocurre con aquello que alcanzamos a imaginar. Para Salas, la imaginación hace parte de una secuencia en la que concebir una posibilidad permite ensayar una forma distinta de actuar sobre el presente. En su conferencia lo planteó a partir de tres conceptos que se necesitan entre sí: la imaginación, que permite pensar lo que todavía no existe; la creatividad, la cual pone esas posibilidades en movimiento; y la esperanza, que sostiene la acción cuando los resultados no son inmediatos.
Por eso, “la esperanza no es optimismo, ni consiste en esperar que las condiciones cambien por sí solas”, dijo Salas. Para ella es “una invitación a la acción”, una manera de enfrentar el miedo y la incertidumbre sin quedar inmovilizados por ellos.
En ese mismo sentido, el padre rector de la Pontificia Universidad Javeriana sede Central, Luis Fernando Múnera Congote, SJ, durante su intervención en la inauguración del VII Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad, citó al padre general de la Compañía de Jesús, Arturo Sosa, para afirmar que “quien tiene esperanza, no solo tiene fe en que otro mundo es posible, sino que se comporta desde ahora como si viviera en él”.

Pero crear algo nuevo tampoco supone borrar lo anterior. Salas cuestionó la idea de que un futuro distinto tenga que comenzar desde cero: “esta capacidad creativa es una mezcla entre memoria y lo que está por nacer”, señaló. La memoria aparece entonces no como una oposición al cambio, sino como uno de los materiales con los que se construye. Antes de decidir qué transformar, Salas propuso preguntarse también qué merece permanecer.
El territorio también condiciona lo que una comunidad puede imaginar, puesto que no es posible pensar un futuro por fuera del lugar que habitamos, de su historia, de sus conflictos o de las relaciones que allí se han construido. No se trata de aceptar el pasado y las herencias sin discusión, pero tampoco de desconocerlas. De esa relación entre lo que permanece y lo que cambia surge la posibilidad de construir un relato común.
“Un mundo compartido y habitable es aquel en el que construimos las condiciones, las relaciones y los bienes comunes que nos permiten vivir juntos con dignidad. Se trata de crear las condiciones para que todas las personas y las comunidades puedan florecer, cuidar y ser cuidadas, construir vínculos, participar, preservar la memoria y proyectar un futuro cada vez mejor”.
Luis Fernando Múnera Congote, SJ, rector de la Pontificia Universidad Javeriana sede Central.
Imaginar futuros distintos también obliga a preguntarse por las condiciones que permiten sostenerlos. “Una experiencia cultural puede nacer de una iniciativa pequeña y producir cambios que tardan años en hacerse visibles”, continuó Salas. Para que ese proceso continúe hacen falta recursos, espacios y personas que puedan dedicarle tiempo. El trabajo cultural entra entonces en una discusión más amplia sobre las condiciones que hacen posible imaginar y crear sin que todo dependa de esfuerzos personales difíciles de mantener.
La precariedad termina afectando algo más que la estabilidad de quienes trabajan en estos campos. También define cuánto puede durar un proyecto y hasta dónde puede crecer. “Y cuando cada iniciativa depende de empezar de nuevo, buscar recursos o resolver urgencias, buena parte de la energía se consume en garantizar su propia existencia”, advirtió Salas.
En ese sentido, “reconocer la importancia de la creación implica también preguntarnos por quienes hacen de ella una trayectoria y una forma de vida. Esto nos obliga a preguntarnos qué ecosistema necesitamos construir para que artistas y creadores puedan desarrollar proyectos sostenibles y dignos”, concluyó el padre rector, Luis Fernando Múnera Congote, SJ.
Precisamente, preguntarse por las condiciones que hacen posible crear y sostener la creación hace parte de la reflexión que propone el VII Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad bajo el lema “Creación para un mundo compartido y habitable”. La conversación continuará mañana, 15 de septiembre, con una jornada que girará en torno a la pregunta ¿qué es la creación?



