¿Cómo es ese, el que se va?

¿Cómo es ese, el que se va?

Por: Isabella Portilla Portilla // Fotografía: Ilustración de Víktor Barrera | especial para Pesquisa

El viaje. La huida. El asentamiento. El pasado, la tierra abandonada. El presente extraño, sorpresivo. La novedad. ¿Cómo es el sujeto que migra en las novelas colombianas contemporáneas? ¿Cómo describen los escritores colombianos a ese, el que está fuera de su lugar?

Huyó porque en Colombia no podía ser él. Ni su familia, ni sus amigos, ni la sociedad se lo permitían. Entonces se fue lejos. Viajó a Nueva York, donde sus esperanzas tenían la posibilidad de concretarse y donde su identidad —una encrucijada complicada e inhóspita— no se veía menoscabada. Porque, claro, él lo sabía; a pesar de su preferencia sexual, era un hombre, como todos, pero las mentes parcas y cegatas que habitaban su terruño no lo entendían.

Santiago Martínez Ardila, Sammy, formó su propio hogar en un apartamento en Times Square. Allí escribía. Desde ese lugar del mundo vivía como había soñado desde chico. Nueva York le permitió ser él. El exiliado respiró el aire de la libertad que le daba permiso de actuar como una mujer en el cuerpo de un hombre. Sin embargo, esa aventura entre dos mundos era la suma de sus tensiones.

Sammy, el personaje central de Luna latina en Manhattan, la novela de Jaime Manrique, es tan solo un ejemplo de lo que ha pasado con miles de colombianos que migran a otros lugares en busca de sus sueños, cualesquiera que estos sean. La novela refleja la partida, pero también el asentamiento de quien se va y se convierte en otro, un sujeto amalgamado por dos culturas y dos sociedades, un ser que muta de manera presencial y a la distancia, como en una atemporalidad.

La apuesta del empirismo

Fue en el recuerdo lejano de su tierra y en el presente estructurado de un país del primer mundo donde Liliana Ramírez empezó a cuestionarse sobre la figura del emigrante.

La filósofa, egresada de la Universidad de los Andes, ya había cursado una Maestría en Español y Portugués en la Universidad de Massachusetts, en Estados Unidos, y había decidido estudiar en el mismo lugar el doctorado.

En ese proceso académico, que duró siete años, y a través de su experiencia personal, halló a cubanos, mexicanos y suramericanos que habitaban junto a ella en un pueblo diminuto llamado Amherst, cercano a la ciudad de Springfield. Por medio de ellos y de sus propias vivencias, pudo comprobar cómo, para estas personas, el exilio había sido un elemento determinante en su formación profesional, en su rutina de vida y en la forma de apreciar el mundo.

Poco a poco se fue acercando a la literatura que narraba el tránsito de las personas de un país a otro, y se interesó tanto por el tema que optó por trabajar, en su tesis del Doctorado en Literaturas Hispánicas, el curso de sujetos latinoamericanos entre fronteras en tres diferentes novelas: Balún-Canán, de Rosario Castellanos; Dreaming in Cuban, de Cristina García; y Chambacú, corral de negros, de Manuel Zapata Olivella.

Su trabajo le sirvió para visibilizar los límites y linderos de América Latina con afrodescendientes, indígenas y US latinos, y le reveló cómo, a partir de esos asentamientos, se construyeron nuevas subjetividades dentro de una cultura formada por emigrantes.

A su regreso a Colombia, Ramírez ya contaba con una postura teórica y, a medida que avanzaba en el tema, se percataba del poco interés que la investigación y la academia le prestaban a la figura del sujeto migrante en la literatura colombiana contemporánea. Como excusa, se tendía a homogeneizar ese tipo de temáticas.

Sin embargo, la investigadora se dio a la tarea de estudiar diferentes movimientos de migración en el país. Empezó a leer las obras de los escritores que vivían en exilio y se ocupó de una pregunta fundamental: ¿cómo da cuenta la literatura colombiana de esos procesos de migración?

Plantearse esta pregunta, cuando la literatura colombiana de los últimos quince años ha explorado de manera notable el exilio, significó postularse otros interrogantes: ¿se replantea la identidad colombiana al abordar las experiencias de sujetos que viven en fronteras culturales, lingüísticas y raciales? ¿Cómo son los sujetos migrantes que se están construyendo en la narrativa colombiana contemporánea? ¿Manejan estos textos una retórica de la migración que se basa en la noción tradicional de identidad esencial y estable o proponen una identidad sincrética de las fisuras de la condición migrante? ¿O acaso son discursos descentrados que postulan al sujeto migrante como en un reposicionamiento de identificaciones continuas? ¿Qué horizontes del sujeto predominan en las representaciones en ellos expuestas? ¿Cómo son presentados los lugares de llegada y origen? ¿Desafían la tradicional identidad colombiana o, más bien, perpetúan los discursos de la identidad tradicional concebida como una unidad integradora?

La identidad: ¿una construcción literaria?

Para establecer una concepción de sujeto migrante, Ramírez tuvo en cuenta la definición que propuso Antonio Cornejo Polar, cuando participó en el debate sobre la identidad latinoamericana en los años setenta. El pensador peruano describió al exiliado como un sujeto heterogéneo, lo que significa que no es el resultado de una síntesis armónica, sino, más bien, de un proceso conflictivo.

“No es verdad que en situaciones de cruces de frontera uno no es A ni la suma de A y B. Los mestizajes corresponden a heridas abiertas, pues las mismas fronteras son heridas abiertas”, explica Ramírez. En esa medida, la investigación de la docente del área de Teoría Literaria Latinoamericana de la Pontificia Universidad Javeriana quiso indagar sobre la identidad del sujeto migrante una vez vivida su experiencia en el país extranjero, sobre su situación social en medio de un entorno ajeno y sobre su perspectiva personal desde una ubicación diferente a la de su lugar de origen. Fue preciso también reconsiderar la noción de hibridez de Néstor García Canclini, que se entiende como: “Procesos socioculturales en los que estructuras o prácticas discretas, que existían en forma separada, se combinan para generar nuevas estructuras, objetos y prácticas”.

Con estas definiciones claras, la investigación no debía responder cómo es el colombiano que migra, sino, más bien, cómo se construye la identidad colombiana en los textos literarios; y quién habla del migrante, cómo lo hace, desde qué categorías y para quién.

Autores y obras expatriadas

La diáspora, el exilio y el nomadismo están tan presentes en la literatura colombiana que, si se tuviera que plantear una clasificación de este tipo de relatos, el número de obras sería considerable.

Algunos autores han escrito desde el exilio, pero otros no han tenido que transitar pagos ajenos para reflejar en sus líneas el complejo mundo del viajero que encuentra otra realidad tras dejar atrás las costumbres de su país. Sin embargo, en el panorama literario colombiano no solo el migrante habla, sino que también hay autores no migrantes que lo representan.

Un gran puñado de ellos vive en Estados Unidos, como Luz Macías, Jaime Manrique y Alister Ramírez. Otros optaron por escribir desde Europa, como Eduardo García Aguilar, Anabel Torres y Juan Gabriel Vásquez. Alfredo Molano y Antonio Ungar son algunos de los que mantienen vigente su tránsito por distintos lugares. Y otros, casi desconocidos en el mercado editorial colombiano, como Julio Olaciregui, no han publicado nunca en el país.
Escoger escritores y obras —dentro de la gran gama que brinda la literatura colombiana contemporánea— constituyó un reto para la investigación. Sin embargo, explica Ramírez, poco a poco se pudo resolver esa problemática, “tras el hallazgo de escritores que hablaban sobre el exilio, aunque ellos mismos no se hubieran exiliado, y de quienes sí estaban o habían estado refugiados en otro país. Otro aspecto a tener en cuenta fue la diversidad temática”.

A partir de esa taxonomía y de una delimitación cronológica, Ramírez encontró que la migración, como tema central de la obra literaria, estaba problematizada en novelas como La multitud errante, de Laura Restrepo; Luna latina en Manhattan, de Jaime Manrique; Paraíso Travel, de Jorge Franco; Zanahorias voladoras, de Antonio Ungar; y La celda sumergida, de Julio Paredes, entre otras.

Según la investigadora, en novelas como Luna latina en Manhattan y Paraíso Travel se demuestra el tema de la representación. En la primera, Manrique apunta pedazos de su propia vida en Nueva York y evidencia su condición de US latino cuando el narrador, que es un escritor homosexual (como el escritor), no habla como habitante del mundo, sino como un colombiano ante los ojos de los demás.

En Paraíso Travel, Jorge Franco narra la vida de varios colombianos en Nueva York; sin embargo, la localización del narrador que cuenta su vida es otra. Marlon, el protagonista, no es en este caso un US latino, sino un paisa que viaja detrás de una mujer. La localización del narrador, señala Ramírez, “es la de un colombiano en la diáspora, no un sujeto entre culturas, necesariamente. La vida de los seres en la diáspora aparece en el texto como una exageración del centro, de Colombia misma”.

Y esto se acentúa en las palabras de uno de los personajes: “Cuando la gente sale de su país se convierte en la caricatura de los que se quedan”. Por lo que se concluye que el texto aborda al sujeto migrante solo como extensión del centro: Marlon no deja de ser colombiano, Marlon no es el sujeto roto del que habla Cornejo ni el reposicionado de García Canclini.

La multitud errante coincide con Paraíso Travel en la intención que tiene el protagonista con la migración: el personaje que viaja, viaja en busca de otro. Sin embargo, la novela de Restrepo difiere de la de Franco en que su personaje migra hacia el interior del país. Dice Ramírez: “La multitud errante explora, más que la identidad como sujeto, la condición misma del sujeto que migra. Un sujeto en movimiento, que busca un centro y usa la voz para nombrarse y posicionarse”.

En Zanahorias voladoras, Ungar, en cambio, narra el desplazamiento y el delirio de un hombre que migra a Barcelona y después recorre diferentes ciudades europeas.

A pesar de abordar el tema migratorio de manera diferente, todas las obras tienen en común un vuelco de la narración por el proceso de migración hacia el interior de los personajes: nociones de migración que tienen que ver con el exilio personal, el exilio interior.

Otra coincidencia encontrada es que estas novelas tienen como narradores a personajes masculinos, quienes les asignan a las mujeres un rol específico dentro de los procesos migratorios. Además, como curiosidad, todos estos hombres, protagonistas de las obras, son amantes de la palabra; si no son escritores, están en proceso de serlo.

¿De dónde viene, para dónde va?

Otro aspecto clave de la investigación consistió en ubicar específicamente los lugares de la migración en las obras. En esta búsqueda, Ramírez encontró textos que hablan sobre migraciones hacia el interior del país y de desplazamientos dentro de ese territorio, aunque no se mencione la ubicación geográfica. Desterrados, de Alfredo Molano, algunos cuentos de la antología Lugares ajenos, de varios autores, y La multitud errante, de Laura Restrepo, son algunos de ellos.

Para Ramírez, estos escritos problematizan la construcción de identidad del sujeto migrante desde la clase social y el género, pero descuidan otros factores importantes para dar cuenta de una realidad totalizadora: la lengua, la raza o la preferencia sexual.

Otro es el caso de los libros que hablan de las migraciones de colombianos hacia otros países: El síndrome de Ulises, de Santiago Gamboa; Luna latina en Manhattan, de Jaime Manrique; Paraíso Travel, de Jorge Franco; La ciudad interior, de Freddy Téllez, entre otros.

Personajes como los de Franco y  Manrique migran hacia Estados Unidos, mientras que los de Ungar, Téllez y Gamboa lo hacen a Europa. En este punto, Ramírez establece una diferencia, pues dice que no es lo mismo viajar a Europa que a Estados Unidos: “Los personajes que migran hacia Europa son, en varios textos, como Zanahorias voladoras y El síndrome de Ulises, hombres, intelectuales, de clase media, quienes, como anota Blanca Inés Gómez en su artículo “Postcolonialidad y exilio en la literatura nacional”, pertenecen a la tradición colombiana narrada desde De sobremesa de José Asunción Silva hasta El síndrome de Ulises de Gamboa, pasando por Años de fuga de Plinio Apuleyo Mendoza”.

El lugar adonde se migra, entonces, está relacionado con las causas de la migración y las proyecciones del sujeto migrante, así como con la clase social, la preferencia sexual y la expectativa de un cambio económico. Este último es el caso de los personajes de Franco y Manrique: protagonistas de clase media baja que, en busca de mejores condiciones de vida, viajan a Estados Unidos tras el famoso sueño americano.

¿Costumbre social o exilio interior?

Señala Ramírez que los textos de Lugares ajenos hablan de la migración como consecuencia de condiciones sociohistóricas. La celda sumergida, Zanahorias voladoras y Paraíso Travel, en cambio, postulan la migración o el exilio como una condición humana, en el sentido en que todos perdemos el paraíso cuando perdemos la infancia. Es así como estas obras dejan a un lado las condiciones históricas que son las causas de la migración colombiana en la
mayoría de los casos.

La multitud errante, por su lado, es descrita como “una metáfora de una cadena de desplazamientos: la narradora pretende hacer presente a un ser que no tiene ni nombre (Siete por Tres), quien a su vez intenta hacer presente a Matilde Lina, su amada, que nunca aparece”.

Otro es el caso de los cuentos de Lugares ajenos (obra en la que participan varios autores, como Andrés Burgos, Juan Diego Vélez e Ignacio Piedrahíta) que postulan la migración desde las condiciones históricas que llevan a los personajes a vivir un exilio obligatorio.

De esta manera, se llegó a concluir que la narrativa colombiana contemporánea mantiene una tendencia: presentar a un sujeto migrante pensado desde las nociones tradicionales del sujeto mismo, “un sujeto esencial y unitario que es migrante por su propia condición humana más que por las condiciones históricas, sociales y económicas”.

La preocupación desde la academia recae, entonces, en una problematización que perpetúe los discursos desde los que se representa al sujeto. Así, dice Ramírez, se evidencia la brecha entre los discursos literarios y las prácticas sociales.


Para leer más:

<style=”color: #808080;”> +Ramírez-Gómez, L. (2008). “Sujeto migrante en la literatura colombiana contemporánea”. Cuadernos de Literatura, 13 (24). Bogotá.
+Cornejo Polar, A. (1996). “Una heterogeneidad no dialéctica: sujeto y discurso migrantes en el Perú moderno”. Revista Iberoamericana, LXLL (176-177). Disponible en: https://www.cholonautas.edu.pe/modulo/upload/corn.pdf. Recuperado en 07/09/2011.


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