Todos hemos escuchado alguna vez esa voz rápida que aparece al final de los comerciales de bebidas alcohólicas para recordar que “el exceso de alcohol es perjudicial para la salud”, un mensaje que durante años ha acompañado la publicidad en Colombia. Sin embargo, hoy esa advertencia se pone en tela de juicio, luego de que la Corte Constitucional le pidiera al Congreso y al Ministerio de Salud revisar la política pública sobre el alcohol a la luz de la evidencia científica más actualizada. Esto reabre el debate sobre si ese mensaje sigue siendo suficiente para reflejar lo que hoy sabe la ciencia sobre sus riesgos.
Existe amplia evidencia científica sobre los daños que el alcohol puede causar en la salud. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), a nivel mundial 2,6 millones de muertes fueron atribuibles a su consumo en 2019, lo que representa el 4,7 % de todas las muertes registradas ese año. De ellas, más de medio millón (578.000) correspondieron a enfermedades digestivas como la cirrosis y otros daños graves al hígado. A esto se suman 474.000 muertes por enfermedades cardiovasculares, como infartos y accidentes cerebrovasculares, y 401.000 por distintos tipos de cáncer. De manera indirecta, el consumo de alcohol también se asoció con 724.000 muertes por lesiones y accidentes.
En Colombia, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Consumo de Sustancias Psicoactivas de 2019, el 84 % de las personas entre 12 y 65 años afirmó haber consumido bebidas alcohólicas alguna vez en su vida. El 54,5 % reportó haber consumido alcohol durante el último año y el 30,1 % durante el último mes. Además, se observó mayor prevalencia entre los hombres (63,1 %) que entre las mujeres (46,6 %).
Las cifras también muestran diferencias según el nivel socioeconómico, pues el consumo de alcohol aumenta a medida que se incrementa el estrato, pasando del 32 % en el más bajo al 42 % en el más alto. Sin embargo, aunque en el estrato 1 el consumo es menor, las consecuencias negativas asociadas son más frecuentes. En los estratos 4, 5 y 6 el consumo es más alto, pero presenta menores niveles de uso perjudicial.
El alcohol dentro del organismo
Cuando una persona toma una cerveza, una copa de vino o un aguardiente, el principal ingrediente activo que entra en su organismo es el etanol. Una parte se absorbe en el estómago y otra en el intestino delgado, desde donde pasa al torrente sanguíneo y se distribuye por todo el cuerpo. En pocos minutos alcanza el cerebro, el hígado, el corazón y otros órganos.
En el cerebro modifica la forma en que las neuronas intercambian señales químicas. Algunas regiones reducen su actividad, especialmente aquellas relacionadas con el autocontrol, la toma de decisiones y la evaluación de riesgos. Por eso, después de beber, hablamos con mayor soltura, reaccionamos más lentamente o tenemos dificultades para coordinar movimientos que normalmente realizaríamos sin esfuerzo.
Al mismo tiempo, el organismo intenta eliminar esa sustancia que de inmediato reconoce como dañina para las células. La mayor parte de ese trabajo ocurre en el hígado, en donde el etanol es transformado en acetaldehído, un compuesto que participa en procesos inflamatorios y en mecanismos asociados con el desarrollo de algunos tipos de cáncer.
El cuerpo cuenta con una segunda línea de defensa que transforma el acetaldehído en acetato, un compuesto menos tóxico y más fácil de eliminar. Sin embargo, cuando el consumo de alcohol es frecuente o abundante, el hígado debe repetir ese proceso una y otra vez. Con el paso de los años, ese esfuerzo sostenido puede favorecer la acumulación de grasa en sus células, desencadenar procesos inflamatorios persistentes y deteriorar progresivamente el tejido hepático. Ese es el camino biológico que está detrás de enfermedades como el hígado graso, la hepatitis alcohólica y la cirrosis.

El alcohol también interactúa con el sistema cardiovascular, el aparato digestivo, el sistema inmunológico y numerosos procesos hormonales. Esa capacidad para intervenir simultáneamente en distintos órganos explica por qué la OMS lo relaciona con más de 200 enfermedades y trastornos de salud.
Algunos estudios han encontrado que las personas que consumen pequeñas cantidades de alcohol podrían tener un menor riesgo de ciertas enfermedades cardiovasculares y de diabetes tipo 2 en mujeres. La propia OMS reconoce esos hallazgos cuando el consumo es bajo y no incluye episodios de embriaguez. Sin embargo, estudios recientes han señalado fallas metodológicas en las investigaciones que reportan esos beneficios, además de cuestionar si estos se deben realmente al alcohol o a otros factores relacionados con el estilo de vida.
Según la OMS, “a nivel individual, cualquier consumo de alcohol se asocia con riesgos a corto o largo plazo para la salud y el bienestar, pero estos riesgos difieren en magnitud y no siempre se manifiestan como daños reales a la salud y el bienestar de una persona a lo largo de su vida. Sin embargo, a nivel poblacional, cualquier nivel de consumo de alcohol suele tener un impacto negativo en la salud pública”.
En otras palabras, una persona puede consumir alcohol y nunca experimentar consecuencias graves asociadas a ese hábito. Sin embargo, cuando ese mismo riesgo se multiplica por millones de personas, se traduce en un aumento de enfermedades, lesiones y muertes que termina afectando la salud pública en su conjunto. Por lo tanto, hoy todas las autoridades sanitarias en el mundo, bajo directriz de la OMS, sostienen que cualquier nivel de consumo implica algún grado de riesgo para la salud.
Comunicar los riesgos del consumo de alcohol para la salud
La revisión jurídica de la etiqueta que llevan las bebidas alcohólicas parte de una preocupación planteada por quienes consideran que la frase “el exceso de alcohol es perjudicial para la salud” se ha quedado corta. La palabra “exceso” puede transmitir la idea de que existe un nivel de consumo completamente seguro. Desde esta perspectiva, la comunicación del riesgo debería dejar claro que cualquier consumo de alcohol implica algún grado de afectación para la salud, aunque ese riesgo aumente a medida que se incrementa la cantidad ingerida.

Luz Helena Alba Talero, directora del Departamento de Medicina Preventiva de la Pontificia Universidad Javeriana apoya esa idea: “existe un nivel de bajo riesgo, lo cual implica que cualquier consumo de alcohol en esencia es perjudicial. En este momento, el hecho de que ningún consumo de alcohol sea seguro para la salud es algo que ya se puede afirmar desde el punto de vista médico”.
Por otro lado, Augusto Pérez Gómez, director de la Corporación Nuevos Rumbos, e investigador y terapeuta en el área de drogas y alcohol de la Universidad de los Andes, considera que parte del debate se ha desplazado desde la ciencia hacia posiciones que, a su juicio, exageran los hallazgos disponibles. Para él, el problema no es reconocer los daños asociados al alcohol —algo que considera indiscutible— sino presentar cualquier consumo como necesariamente peligroso para toda la población:
“No hay la menor duda de una gran cantidad de problemas y de enfermedades asociadas al consumo de alcohol. Pero empezaría por preguntar: ¿qué cantidad de qué es seguro para qué? hay personas que pueden consumir grandes cantidades de alcohol sin que les pase nada nunca en la vida. Y, por el contrario, hay otras que con cantidades reducidas de alcohol pueden tener graves problemas.” afirma.
Para Alba Talero, precisamente porque el riesgo existe desde el primer consumo, la palabra “exceso” resulta peligrosa porque es un término subjetivo que puede ser interpretado por cada persona de forma diferente. “Para mí, exceso pueden ser dos tragos, pero para otra persona pueden ser dos botellas. No creo que afirmar ‘el consumo de alcohol es perjudicial para la salud’ sea alarmista porque tiene todo el soporte científico”, concluye la también experta en epidemiología clínica.
Desde esa perspectiva, Pérez Gómez considera que la discusión pública debería concentrarse menos en eliminar la palabra “exceso” y más en definirla con precisión. “Yo pensaría que la palabra exceso podríamos refinarla y poner, por ejemplo, ‘más de cinco tragos por ocasión puede ser muy perjudicial para su salud’. Cuantificarlo, no ponerlo con una palabra valorativa que no tiene una definición concreta”, concluye el también investigador emérito del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.
Su propuesta se basa en el criterio utilizado por la OMS y otras autoridades sanitarias para identificar episodios de consumo intensivo generalmente definidos como la ingesta de 60 gramos o más de alcohol puro en una sola ocasión, una cantidad equivalente aproximadamente a cinco tragos estándar.
Lo que sí parece claro es que el alcohol implica riesgos para la salud en cualquier nivel de consumo y que los supuestos beneficios asociados a pequeñas cantidades son cada vez más cuestionados por la evidencia científica reciente. Por ahora, la Corte Constitucional, mediante la Sentencia C-489 de 2025, mantuvo la advertencia “el exceso de alcohol es perjudicial para la salud”, al considerar que se basa en evidencia científica aceptada, no resulta engañosa para los consumidores y forma parte de una política pública legítima de prevención. Sin embargo, también exhortó al Ministerio de Salud y al Congreso a revisar y actualizar la política pública sobre alcohol a la luz de la mejor evidencia disponible, dejando abierto el debate.



