Durante mucho tiempo, la investigación en las ciencias sociales significaba observar, es decir, mirar al otro, describirlo e interpretarlo. Sin embargo, ¿qué pasa cuando ese ‘otro’ deja de ser objeto de estudio y comienza a ser participante activo? Pues bien, Etnografías con niños, niñas y jóvenes: prácticas y saberes emergentes en el trabajo de campo parte de esta pregunta y la lleva, literalmente, al terreno.
Lejos de ser un manual, esta obra funciona como una colección de historias de investigación. Así, desde sus primeras páginas, el texto deja claro que no se trata de metodologías estrictas, sino de una constelación de relatos de investigación que están atravesados por una pregunta común: ¿qué pasa con la etnografía cuando las infancias y las juventudes —desde situaciones de vulnerabilidad, como recorrer territorios con incidencia de cultivos ilícitos— intervienen, interpretan y transforman la producción de conocimiento?
Para responder a esta pregunta, cada capítulo ofrece una respuesta situada, anclada en territorios concretos y en vínculos que se construyen durante el trabajo de campo. Así, en algunos apartados, el lector camina con los niños, niñas y jóvenes por sus territorios, y son ellos quienes marcan los pasos y los puntos de interés; en otros, las historias surgen a partir de intercambios epistolares, memes en redes sociales o conversaciones informales en espacios escolares. Es decir, que no hay un único método, sino una disposición compartida: escuchar y tomar en serio los saberes infantiles y juveniles que se comparten, especialmente cuando estos desbordan las categorías académicas.
Con esto en mente, uno de los aportes destacados del libro es que no se limita a las técnicas investigativas clásicas, sino que incorpora prácticas que emergen de la propia experiencia: juegos, recorridos, escritura colectiva, producción visual, entre otras. Y, a pesar de que esto pueda generar desafíos por las diferencias de poder, las dificultades metodológicas y los cambios de rumbo, es justamente en esas tensiones que aparece el aporte más valioso de este trabajo: una visión de la etnografía más flexible, creativa y atenta a lo que ocurre en el campo y que muestra que el conocimiento no se extrae, sino que se construye en la interacción con ese otro.
Es especialmente sugerente la manera como los diferentes textos se vinculan con el territorio y el conocimiento, pues allí no solo se documentan prácticas sociales, sino que también se revela cómo los niños, niñas y jóvenes, desde sus experiencias y a través de sus relatos, interpretan su entorno, reconstruyen memorias colectivas y producen sentido alrededor de fenómenos tan complejos como la migración, la adopción, la vida urbana o el conflicto armado. Incluso, en varios capítulos, estos procesos se vuelven intergeneracionales, ya que los protagonistas dialogan con personas mayores y ayudan a la reconstrucción de las memorias colectivas de sus territorios.
En conjunto, Etnografías con niños, niñas y jóvenes es una compilación que se mueve con soltura entre la reflexión académica y la narración de campo, y si algo deja claro, es que investigar no siempre consiste en tener todas las respuestas: es también aprender a hacer mejores preguntas y, en muchos casos, recordar que esas inquietudes vienen de quienes habitan los territorios a diario.
En un momento en el que las ciencias sociales buscan maneras más horizontales y situadas de producir conocimiento, esta obra propone un giro sencillo, pero contundente: dejar de hablar por otros y darles una voz al investigar con ellos. Escuchar a la infancia, entonces, no es solo un gesto de mera inclusión; es, en este sentido, una manera distinta y necesaria de aprender y entender el mundo social con otros ojos.
Lea la introducción del libro a continuación:



