La salud de los sistemas de salud

La salud de los sistemas de salud

El 2020 será recordado por el coronavirus SARS-CoV-2, el microorganismo que puso en jaque a los sistemas de salud de todos los países del planeta. Ninguno estaba preparado para semejante pandemia, pero la dupla de los sistemas de salud y el manejo que los diferentes gobernantes le han dado a la situación han exigido volver la mirada y revisar el estado en el que se encuentran, tomar medidas políticas, sociales y económicas, y, entre estas últimas, asignar presupuesto para invertir en recurso humano y en dotaciones, que van desde lo más sencillo, como tapabocas, hasta las tecnologías más avanzadas, y responder así a los requerimientos de los pacientes contagiados con la COVID-19, acrónimo del inglés coronavirus disease.

La situación de Colombia, según un estudio realizado en 195 países, estaba más o menos bien, cuando se midió el acceso a la calidad en salud (HAQ, por su sigla en inglés): su índice fue de 67,8 sobre 100, superado en la región de América Latina y el Caribe por Chile (76), Cuba (73,5), Costa Rica (72,2), Uruguay (72), Perú (69,6) y Argentina (68,4). A la región que mejor le va es Europa occidental, con un índice de 86,8. Y la que llevó la peor parte fue África subsahariana, con 42,4.

El estudio se concentró en medir el acceso a salud de calidad, entendida como “la capacidad de un sistema para evitar muertes por condiciones de salud que se consideran susceptibles de ser tratadas”, explicó Lope Hugo Barrero, actual decano de la Facultad de Ingeniería de la Pontificia Universidad Javeriana, y uno de los cientos de especialistas que se unieron a la investigación.

A diferencia de otras mediciones, lo que revisaron los científicos fue la cantidad de muertes en un país debido a situaciones que, si son tratadas a tiempo y adecuadamente, no tienen por qué terminar en muerte. Por ejemplo, hoy en día la gente no debería contagiarse ―ni morir― de tuberculosis u otras infecciones respiratorias, ni de difteria o tétano ―enfermedades contra las cuales existen vacunas―, ni por diarreas, ciertos cánceres o enfermedades cardiovasculares. “La existencia de buenos recursos médicos, buen entrenamiento, camas, equipos, etcétera, y su uso eficiente para que le lleguen los servicios a quien lo necesita” son una manera de prevenir que esto ocurra, continúa Barrero.

“Esta investigación se enmarca en el Estudio de la Carga Global de las Enfermedades, liderado por el Instituto de Métricas de la Salud de la Universidad de Washington, en el que participan múltiples grupos interdisciplinarios de investigación en el mundo”. Lope Hugo Barrera, Decano Facultad de Ingeniería

Para cada país, se comparó esta situación en 1990 y luego en 2015, con el fin de estimar su evolución. “La capacidad global para dar acceso a salud de calidad a las personas ha mejorado”, de acuerdo con los resultados de la investigación. Sin embargo, el estudio demuestra que no por tener los gobiernos más capacidad de invertir en salud sus ciudadanos tienen mejor acceso, porque las inversiones pueden no ser las que necesita el país, “por ejemplo, tener médicos en una especialidad en la que no se enferma tanto un grupo poblacional, o tener menos camas en sitios donde la gente se enferma más”, explica este ingeniero interesado en los medios de prevención en salud de grupos poblacionales.

Los investigadores hacen un llamado a continuar avanzando en mejorar los índices HAQ: “Comprender cuánta mortalidad o carga de enfermedad se puede evitar sobre la base de proporcionar acceso a atención médica personal de alta calidad y modificar los riesgos ambientales y de comportamiento a través de iniciativas de salud pública es de gran interés político”.

China y Corea del Sur, dice el estudio, “no solo progresaron en acceso, como lo hicieron la mayoría de los países, sino que lo hicieron más rápido que otros”. Frente a la pandemia actual, se destaca el uso de robots en China para medir la temperatura, lo que evita que el personal de salud lo haga, o la rapidez para construir un hospital, o la acción rápida para detectar casos en Corea del Sur, que, a pesar de vivir un segundo pico, ha controlado la enfermedad con pocos ciudadanos fallecidos en relación con el número de habitantes.

“La lección más clara es que la eficiencia de un sistema de salud y su humanidad tienen amplio margen para cumplir su objetivo: salvar vidas”, según Barrero. Y esa ha sido la meta al enfrentar la pandemia, como lo es en el caso de Colombia, que, aunque no estaba del todo preparada, ha sido capaz de ampliar su capacidad en corto plazo con medidas coordinadas. “No obstante”, continúa el investigador, “el reto no está superado, y todavía está por verse si el sistema de salud está preparado para atender los nuevos casos que se vayan dando al ritmo al que se ha venido liberando la actividad económica”.

En el futuro, los estudios que implementen el índice HAQ, en combinación con la cobertura de las intervenciones de salud y la prevalencia de factores de riesgo que pueden modificarse a través de iniciativas de salud pública, podrían proporcionar un mecanismo más sólido para rastrear el progreso de la cobertura universal de salud en múltiples dimensiones de la acción del sistema, concluye el estudio.

La ingeniería tiene muchas oportunidades para aportar, añade Barrero: “Soluciones de telemedicina, seguimiento en línea del progreso de los pacientes y el uso de herramientas diagnósticas y de tratamiento avanzadas se nutren de la ingeniería. Justamente nuestra oferta académica más moderna le apunta a ese tipo de contribuciones, con programas como el pregrado en Bioingeniería, las maestrías en Inteligencia Artificial y en Ingeniería del Internet de las Cosas, y el Doctorado en Ciencia y Tecnología de los Materiales, entre otros”.

Para leer más:
VV. AA., Healthcare Access and Quality Index based on mortality from causes amenable to personal health care in 195 countries and territories, 1990-2015: A novel analysis from the Global Burden of Disease Study 2015. Recuperado de: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/28528753/


 

TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Healthcare Access and Quality Index based on mortality from causes amenable to personal health care in 195 countries and territories, 1990-2015: A novel analysis from the Global Burden of Disease Study 2015
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Christopher J. L. Murray, Institute for Health Metrics and Evaluation, Universidad de Washington
COINVESTIGADORES: Barber et al. (incluyendo a Lope H. Barrero)
Facultad de Ingeniería
Departamento de Ingeniería Industrial
Grupo de investigación: Centro de Estudios de Ergonomía
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2016-2017

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La UCI del Hospital San Ignacio, con las alarmas encendidas

La UCI del Hospital San Ignacio, con las alarmas encendidas

Un tema que ha cobrado gran importancia en la opinión pública por estos días es la ocupación de las Unidades de Cuidados Intensivos para pacientes con Covid-19. En las últimas semanas varias capitales del país superaron el 80% de ocupación. Según la Secretaría de Salud de Bogotá, para la atención de la pandemia la ciudad contaba al 26 de julio con 1.445 camas, de las cuales 1.356 son usadas (una ocupación del 93,2%) para el cuidado crítico. Es por esto que autoridades del orden nacional, distrital y expertos tienen las alarmas encendidas pues la curva de contagio aumenta de manera significativa.

Frente a este panorama, Pesquisa Javeriana habló con el doctor Luis Carlos Triana, jefe de la Unidad de Cuidado Intensivo del Hospital Universitario San Ignacio para conocer más sobre la situación de la atención hospitalaria.

¿Qué es una UCI? ¿Qué sucede allí?

Una Unidad de Cuidado Intensivo es un lugar, dentro de un hospital de tercer o cuarto nivel de atención, con una infraestructura física, recursos tecnológicos y humanos, que permite la atención de pacientes que presentan una condición clínica con alteración importante de la funcionalidad de uno a más órganos, por lo que requieren monitoreo (control) continuo y en muchos casos soporte con dispositivos y medicamentos de mayor complejidad o cuidado en su aplicación, para su recuperación.

¿Cuáles son los requerimientos de personal, máquinas e implementos para atender la pandemia del Covid-19?

Según los datos recogidos en estos casi siete meses, la mayoría de los pacientes no requieren atención y cuidados distintos a los de una resfriado o gripe común. El 15 % de los infectados requieren hospitalización y el 5% presenta un cuadro más severo, requiriendo ingreso a la unidad de cuidado intensivo. Esta unidad requiere, aparte de la infraestructura física, camas especiales, salida de gases medicinales (oxígeno y aire) vacíos para succionar, diversos equipos como ventiladores mecánicos, monitores de signos vitales y variables hemodinámicas, cardiodesfibriladores, medicamentos, vías de acceso venosa y respiratorio, entre otros. En cuanto al talento humano, médicos especialistas en cuidado intensivo, enfermeras profesionales y fisioterapeutas especializadas en la atención de pacientes críticos, auxiliares de enfermería con experiencia en pacientes críticos, personal de servicios generales de aseo y alimentación con entrenamiento específico para trabajar en estas áreas. También personal de logística para mantenimiento preventivo de los equipos. Sumado a todo lo anterior y en el contexto de la pandemia, los elementos de protección personal que utilizamos los profesionales para protegernos del riesgo del contagio.

¿Cómo se atiende esta situación desde el Hospital San Ignacio?

Desde el inicio de la pandemia, el Hospital Universitario San Ignacio se ha preparado para enfrentarla. Inicialmente elaboró un plan de contingencia para esta situación coyuntural mediante un proceso de educación al personal sobre el uso correcto de los elementos de protección y sobre las particularidades de la infección por COVID-19, con énfasis en la atención del paciente crítico, mediante una revisión multidisciplinar sobre las guías de diagnóstico, atención y tratamiento de esta condición clínica. Adicionalmente se llevó a cabo una reorganización en algunas áreas, tanto de hospitalización como de cuidado intensivo para atención exclusiva de estos pacientes. También se compraron y alquilaron equipos adicionales y se recibieron algunos en comodato del Gobierno Nacional.

Al 18 de julio de 2020 el hospital ha notificado 3.239 pacientes, de los cuales 2.392 son negativos y 847 positivos para SARS-COV-2.

¿Está funcionando la estrategia creada por las autoridades en Bogotá para la atención de pacientes contagiados?

Ha funcionado, en especial en lo referido a seguimiento y control de casos incluida, la cuarentena general y ahora las sectoriales, así como los programas de atención domiciliaria. En cuanto a las Unidades de Cuidado Crítico, la Secretaría de Salud de Bogotá ha trabajado de la mano de las instituciones de salud, tanto públicas como privadas, aumentando la capacidad instalada de unidades de cuidado intensivo, entregando a varias instituciones, incluida la nuestra, nuevos ventiladores mecánicos. Sumado a lo anterior, mantiene un monitoreo estrecho de la ocupación de las unidades, lo cual le permitió hace un par de semanas decretar la alerta naranja y centralizar el manejo de las camas libres de cuidado intensivo favoreciendo la referencia de los pacientes y eliminando la barrera del aseguramiento. En mi opinión se ha realizado un gran esfuerzo para mejorar la cobertura en la atención y la contención del virus.

Las autoridades han encendido las alarmas sobre la posibilidad de tener que elegir a qué pacientes se debe dar prioridad en el uso de respiradores por la alta demanda. Otras voces dicen que se trata más de una estrategia de persuasión para inculcar el autocuidado y que es poco probable que se llegue a ese punto. ¿Es real esa posibilidad?

En las últimas 3 semanas, hemos visto un aumento del número de contagios, lo que genera aumento de los casos severos que requieren la atención en las unidades de cuidado intensivo. El porcentaje de ocupación de las UCI en Bogotá ha estado sobre el 90%, presentado unos días de alta ocupación con trabajo intenso y permanente. Para la posible sobredemanda de pacientes, las instituciones de salud, en la medida de sus posibilidades, han desarrollado planes de expansión para así aumentar la oferta de camas de cuidado intensivo. Con este esfuerzo, desde los hospitales y la Secretaría de Salud, sumado a la cuarentena sectorizada y las otras medidas como la del distanciamiento social, esperamos no llegar a este colapso funcional.

En caso de presentarse esta situación extrema, la toma de decisiones en el Hospital Universitario San Ignacio sigue los principios confesionales que nos caracterizan con una base ética bien establecida (basada en la justicia distributiva, transparencia y beneficencia).

La posibilidad de llegar a un momento en que debamos elegir, ante igual gravedad, a qué paciente se le da prioridad para ventilación mecánica asistida es cierta, como se ha visto en varios países, esperamos y hacemos todo lo posible por evitar ese momento. Si llega el caso aplicaremos estándares éticos y científicos.

El mensaje final que dejaría a los lectores, sin generar miedo o pánico, es que el enfrentamiento de esta pandemia nos corresponde a todos, a las instituciones de salud cumpliendo su labor de cuidadores, pero también a toda la sociedad, recordando la importancia que tiene la situación actual y el no olvidar las medidas fundamentales, como el lavado de manos, el distanciamiento social y llevar tapabocas, que son las medidas demostradas en disminuir el número de contagios.

 

Educación virtual, ¿el desafío es solo tecnológico?

Educación virtual, ¿el desafío es solo tecnológico?

La COVID-19 detuvo al mundo y lo obligó a reinventarse en materia de educación. Según cifras de la Organización de Naciones Unidas (ONU), alrededor de 1.370 millones de estudiantes vieron interrumpidas sus clases presenciales, por lo que se generaron nuevos escenarios de aprendizaje.

En Colombia, por ejemplo, se cancelaron los exámenes de Estado ICFES y se aplazaron las Pruebas Saber 11. La cuarentena fue extendida y las instituciones de educación públicas y privadas debieron migrar a las clases virtuales hasta finales de mayo.

Según un análisis hecho por el Laboratorio de Economía de la Educación (LEE) de la Pontificia Universidad Javeriana, el 96% de los municipios del país no tiene los recursos ni la cobertura para desarrollar cursos virtuales. Y es que a pesar de las acciones implementadas a través del Decreto 464 de 2020, que garantiza un paquete mínimo vital de comunicaciones otorgado por los operadores de la industria móvil de Colombia, hay lugares sin acceso a la red donde no aplicarían. Más de un millón de personas en zonas rurales no cuenta con servicio de internet, según el último estimado realizado por el Mineducación en el marco de su Plan Especial de Educación Rural en 2018.

María Clemencia Torres Castillo es la clara muestra de esa situación. Ella vive en la vereda Salitre, en Sutatausa (Cundinamarca). Tiene dos hijas que estudian en la Escuela Rural Salitre, las cuales desde el 16 de marzo no reciben clases presenciales. Además, el 30 del mismo mes salieron a vacaciones obligatorias. Durante la primera semana recibieron, vía chat, algunos talleres.

El panorama en las ciudades revela otras falencias. Muchas instituciones educativas, en especial las de carácter privado, han logrado implementar virtualmente los contenidos diseñados para aplicar en los salones de clase. Sin embargo, “la contingencia que nos tocó vivir con esta circunstancia del virus no es educación virtual, son los procesos educativos presenciales siendo intermediados por herramientas tecnológicas. Es decir, no hay procesos de educación virtual”, afirma Mónica Brijaldo Rodríguez, docente de la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana.

Una de las características principales de la educación virtual, agrega Brijaldo, es que “en la educación presencial uno puede ir construyendo el proceso a medida que pasa cada semana y de acuerdo con el proceso del grupo de estudiantes. En el tema de lo virtual hay que tener el curso diseñado de principio a fin, es decir, el curso debe estar completo al momento de publicarlo”.

Colombia tiene varios antecedentes en modelos de educación a distancia que podrían ser un punto de partida para crear opciones que se ajusten a nuestros contextos: con la fundación de la Radio Difusora Nacional en 1940 se ofrecieron espacios de formación rural como Radio Sutatenza, además de procesos como el bachillerato por radio y la televisión educativa (con la creación de Inravisión en 1963), los cuales se complementaban con cartillas entregadas a través correo certificado.

“Con la educación virtual se dio una tecnificación de las herramientas de la educación a distancia, incrementando el potencial de lo que pueden representar esas herramientas en términos de comunicación y producción de contenido, y a la vez incrementando las relaciones que se podían causar entre ellas”, analiza Mónica Bermúdez, doctora en educación y directora de pregrados en la Facultad de Educación de la misma universidad.

En Colombia, la migración obligatoria de la educación a los espacios por internet evidenció que el país no está preparado para asumir toda la carga académica de forma remota. De hecho, Brijaldo asegura que a “la educación virtual le hace falta investigación en todos los sentidos. No tenemos criterios frente al proceso de aprendizaje, tampoco criterios para la generación de nuevas experiencias en entornos diferentes a las aulas presenciales”.

Según esta investigadora, el desconocimiento o la subutilización de las herramientas, la escasez o exceso de labores escolares (multitarea) y la demasía en la autogestión son, entre otras, desventajas asociadas a la falta de procesos pedagógicos virtuales. Los imaginarios de informalidad y baja calidad académica rodean desde hace varios años los programas de educación vía web.

Por lo anterior, las instituciones educativas deben entender las circunstancias ocasionadas por la coyuntura de la pandemia como una oportunidad pedagógica para diagnosticar, desarrollar y fortalecer sus procesos. “Yo creo que la educación virtual garantiza la calidad de la formación. Hay metodologías virtuales que están bien integradas a modelos pedagógicos que tienen que ver con la manera en cómo se contextualiza la pedagogía, reconfigurando así las relaciones, los propósitos y los contenidos de los procesos educativos”, afirma la profesora Bermúdez.

Según cifras de la ONU, en Latinoamérica son más de 156 millones de estudiantes que vieron canceladas sus clases por la crisis sanitaria ocasionada por el coronavirus. En lo que respecta a la educación virtual en Colombia, está todo por hacer. Los retos en cobertura de servicios y tecnologías son enormes, pero ante todo “es un momento interesante para mirar cómo es asumido el rol de docente, para mirar la importancia de la autocrítica frente a las estrategias de aprendizaje y para la autorreflexión de cómo reconfigurar la práctica docente dentro de estos nuevos espacios de encuentro, diálogo, intercambio y construcción de conocimiento”, concluye Brijaldo.