Las madres indígenas y sus bebés mueren, y no por causa natural

Las madres indígenas y sus bebés mueren, y no por causa natural

Su muerte pudo haberse evitado. En la ranchería de Jipumana, área rural del corregimiento de Urú, que hace parte de La Guajira, nadie entiende cómo una criatura tan indefensa pudo morir de esa manera. Ya son dos generaciones, cinco niños muertos durante el parto: dos de la misma mamá, tres de su hermana y dos de su tía. Es como estar viviendo una tragedia común. ¿Qué pudo haber sucedido?

La madre del bebé siguió cada uno de los pasos, acudió a la partera que le acomodó la barriga con masajes y le dijo que su hijo venía en buena posición. Ella había tenido un control paulatino de la posición de su bebé y el seguimiento había sido apropiado, pero después de estar en trabajo de parto en cuclillas, a pesar de que la partera trató de acomodar al bebé, para ella, la esperanza de tener un hijo se desvaneció por segunda vez: no salió la cabeza de primeras sino un piecito morado. Ellas presumen que el pequeño venía muerto desde el vientre. La primera vez que la mujer wayú perdió a uno de sus hijos tenía 15 años, y hasta cuando le iniciaron las contracciones sintió cómo el pequeño se movía dentro del vientre. El bebé murió.

La mujer wayú ‘corrió con suerte’ porque, aunque murieron sus dos hijos, ella sobrevivió. Por el contrario, en el asentamiento de indígenas Iku, que recibe el nombre de Yewrwa en el Cesar, una mujer ha muerto y no por causa natural. Después de que una partera la asistiera, nació su hijo, lloró y lo limpiaron, pero pese a los “sobos” en el abdomen y los senos, y las “tomas calientes” de ruda y altamisa para combatir el frío, tras 20 minutos del nacimiento, la placenta nunca salió; el órgano, que un día unió a madre e hijo, se aferró al vientre de la mujer, tanto como ella quiso aferrarse a su hijo.

Al esposo le preocupaba la falta de dinero, pero tenían que remitirla a un centro de salud. En medio de la lluvia, varios hombres la bajaron de la montaña por trocha cargando la hamaca tapada con un caucho; demoraron algo más de una hora en recorrer la distancia hasta el puesto de salud. Al llegar, ella gritaba: “¡Ayúdenme!, ¡Ayúdenme!, ¡Ayúdenme!”. La colocaron sobre una sábana tendida en el piso e inmediatamente intentaron canalizarla para ponerle suero, había perdido mucha sangre y el médico no estaba de turno. Y así, sin más, mientras organizaban todo para llevarla a Valledupar, falleció. Igual, en el puesto de salud no se le podía tratar porque no estaba habilitado para el manejo de emergencias obstétricas.

Estos casos se reproducen, uno tras otro, en las comunidades indígenas del país, pero con seguridad no son la expresión única y total de lo que allí sucede.

Ante la necesidad de buscar respuestas acerca de los factores determinantes de la mortalidad materna y neonatal en las poblaciones indígenas, investigadores javerianos del Instituto de Salud Pública, en convenio con el Fondo de Población de las Naciones Unidas —UNFPA—, la Organización Panamericana de la Salud —OPS/OMS—, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia —UNICEF— y el Programa Mundial de Alimentos —PMA—, tomaron sus morrales y se embarcaron en un viaje para llegar a las comunidades wayú y arhuaca más apartadas del Cesar y La Guajira. Su objetivo: analizar y proponer estrategias de intervención oportuna para la problemática.

En Colombia, según el informe desarrollado por los investigadores y titulado Determinantes sociales de las desigualdades en mortalidad materna y neonatal en las comunidades indígenas arhuaca y wayú: evidencias y propuestas de intervención del 2017, de 100.000 niños que nacen, mueren entre 50 y 93 madres. En cuanto a la mortalidad de neonatos, países como Cuba, Puerto Rico y Costa Rica presentan tasas inferiores a 10 muertes de niños por 1.000 nacidos vivos, mientras que Colombia se encuentra en el grupo de países con tasas de entre 14 y 20 decesos. Y aunque en la última década las muertes maternas en Colombia se han reducido de manera significativa, las grandes desigualdades socioeconómicas, regionales y poblacionales, como la falta de protección en salud y la falta de transparencia en la administración pública, han desencadenado la concentración de pobreza en las zonas rurales, en especial de indígenas y afrodescendientes, sostiene el informe.

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Por poner un ejemplo, de las madres que fallecen, el 20% tiene menos de 19 años y mueren más las que son menos educadas, las que no están afiliadas a algún servicio de salud y pertenecen a las poblaciones indígena y afro. Pero esto no es nuevo: los pueblos indígenas han sido históricamente excluidos y discriminados en América Latina. Son la expresión viva de la desigualdad regional, porque así como lo determinó la CEPAL en 2014, aunque ha habido una disminución global de los indicadores de pobreza, esta población sigue presentando bajos niveles de calidad de vida y altos índices de vulnerabilidad; allí es en donde se generan más muertes maternas y de neonatos.

Las condiciones estructurales e históricas ubican a los indígenas entre los más pobres y vulnerables por razones culturales, sociales, económicas y políticas. Ser indígena y vivir en zonas rurales apartadas hace de la geografía y de las particularidades culturales una barrera que limita el acceso a los servicios de salud y contribuye al aumento de la mortalidad. “El sistema ha dejado desprotegidos a los pueblos indígenas, quienes insisten en el apoyo gubernamental sin necesidad de maltratar su identidad,” dice Amparo Hernández Bello, doctora en salud pública e investigadora de la Pontificia Universidad Javeriana.

Las comunidades actúan de acuerdo con su cosmovisión: es su cultura, son sus valores y creencias, y no siempre coinciden con la formación occidental. “Creo que lo que no se ha captado es que hay una diferencia entre los servicios formales y la atención informal, una distancia, una brecha, una forma en la que los servicios culpan a la gente de sus problemas y la gente culpa a los servicios por no entender su cultura”, resalta Hernández Bello. La vida y la muerte de las mujeres de los pueblos indígenas está entre estos dos discursos: los médicos, políticos occidentales, y los políticos, ancestrales y de conocimientos tradicionales de los indígenas.

En el informe, los investigadores concluyen que, aunque la mayor parte de los nacimientos se produce en el territorio, esta circunstancia no constituye el problema. “Las mujeres indígenas deben tener acceso a toda la atención posible, tanto en sus comunidades como, complementariamente, en los servicios de salud”, explica la investigadora, y resalta la necesidad de implementar un sistema con enfoque diferencial, “que comprenda que existe diversidad, que existen desigualdades y que tú no puedes tratar a todo el mundo de la misma forma, porque en el momento en el que eso sucede se producen enormes injusticias”.

En especial porque cómo hace una mujer para ser atendida en un servicio de salud si este se encuentra a grandes distancias de donde vive; si al llegar —de lograrlo—, el centro de salud no está adecuado para su atención y además nadie le entiende porque no hablan su lengua.

“Se requiere superar la hegemonía que caracteriza a la política de salud y que limita las posibilidades de crear un sistema de salud intercultural que respete lo propio y se complemente con lo ajeno. Además de un enfoque diferencial que permita dar respuesta a las necesidades y demandas de las comunidades” puntualiza el informe.

La educación no salva a las niñas

La educación no salva a las niñas

Las cifras surgían, danzaban en la pantalla, y como datos fríos se reproducían sin el menor interés de la gran tragedia que estaban confirmando: ser niña en Colombia es una desventaja. Eso lo tiene claro Luz Karime Abadía, economista, doctora en análisis y políticas económicas y profesora asociada de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Javeriana, quien aporta evidencia para entender que a las niñas en Colombia les va tan mal que ni siquiera la educación puede considerarse una tabla de salvación.

Lo demuestra en su investigación Brechas de género en el rendimiento escolar a lo largo de la distribución de puntajes: Evidencia pruebas Saber 11, realizada en conjunto con la profesora javeriana Gloria Bernal, en la cual aplicaron estimaciones econométricas sobre los resultados de las pruebas oficiales, que todos los estudiantes de secundaria realizan en Colombia para acceder a la educación superior. Su resultado confirmó una verdad incómoda, reconocida en el exterior pero subvalorada en el país: las niñas tienen peores puntajes que los niños en las pruebas que definen su futuro profesional.

“Encontramos que las brechas de género no son homogéneas a lo largo del país, hay departamentos donde son mucho más grandes, otros donde no hay diferencia y los demás, que son muy pocos, donde a las niñas les va mejor en matemáticas y en ciencias”, explica Abadía.

Su interés por el tema surgió hacia 2013, cuando cursaba su doctorado en la Universidad del País Vasco. Analizando las conclusiones de las pruebas PISA aplicadas en 2012, se interesó en ahondar en una verdad de las pruebas estandarizadas según la cual a las mujeres les va peor en matemáticas y ciencias porque su gran fuerte es el lenguaje. Una primera consulta en la bibliografía le permitió encontrarse con trabajos de psicólogos como Kim Cornish, Diane Halpern o Ann Gallagher, según los cuales existe una predisposición biológica en el cerebro femenino que lo hace diferente al masculino en lo que concierne a su funcionamiento, los patrones cognitivos y las habilidades viso-espaciales.

Pero había algo que no cuadraba: aquella brecha era significativamente menor (incluso no existía) en los países desarrollados, como los escandinavos, que habían implementado políticas de género para erradicar las diferencias abismales en el mercado laboral o en la educación. Al analizar los datos existentes, esa distancia entre niños y niñas se ampliaba en los países en vía de desarrollo, en especial en los latinoamericanos, lo que la llevó a consultar la obra de sociólogos, antropólogos o economistas, como David Baker, Catherine Riegle-Crumb o Roland Fryer Jr., donde se aseguraba que el potencial de las niñas se consolidaba bajo sociedades igualitarias.

Aquella pista le indicó que el de Colombia podía deberse, ante todo, a una cuestión cultural. “Desde pequeños nos condicionan con qué jugar: las niñas con muñecas y los niños arman y desarman Legos”, asegura, resaltando que el mensaje es tan poderoso que se va replicando en aspectos trascendentales como la escogencia de una carrera profesional: “La sociedad condiciona sus elecciones, y terminan preguntándose por qué tienen que ser tan buenas en matemáticas si van a estudiar otra carrera”.

Un primer artículo, redactado como parte de su tesis doctoral sobre brechas de género en la educación y salarios, vio la luz en 2014, pero algo le decía que no era suficiente para indagar sobre esta tragedia. Un año después, ya como parte del grupo de investigación en Política Social del departamento de Economía de la Javeriana, ganó una convocatoria del ICFES para promover la investigación de sus bases de datos. El grupo se decantó por analizar el examen de entrada a la educación superior: “A diferencia de PISA, las pruebas Saber 11 permiten saber qué es lo que pasa en cada departamento”, explica Abadía.


Una confirmación preocupante

La primera parte de la investigación se basó en un análisis descriptivo de las pruebas Saber 11 aplicadas en 2014 a 504.085 estudiantes, de los cuales 54,4% fueron niñas. Por medio de una operación simple, la resta de promedios, se pudo evidenciar que, en el puntaje global, los niños obtuvieron 5,8 puntos más que sus compañeras; un resultado similar se obtuvo en las pruebas de matemáticas (2,2) y ciencias (2,9), ambas favorables a los alumnos, mientras que el lenguaje el resultado es positivo a las niñas por una diferencia mínima: 0,64 puntos.

“Nuestra brecha es la peor en matemáticas frente al resto de países del mundo”, asegura Abadía, y apunta a que la situación pasa de castaño a oscuro cuando se habla de la competencia de lenguaje: “Algo está pasando con las niñas en el país, pues, en las pruebas que les favorecen, son las colombianas las que tienen la menor ventaja frente a los niños en el mundo”.

Para poner este punto en perspectiva, el análisis que la OCDE y la Fundación Santillana realizaron de las pruebas PISA 2015 (las de aplicación más reciente) sostiene: “En el conjunto de los países que participaron en PISA, el rendimiento promedio en lectura de los chicos es inferior al de las chicas. Sin embargo, en los diez países iberoamericanos analizados en el presente informe, excepto la República Dominicana, la brecha es menor que en el conjunto de los países de la OCDE en promedio”.

A simple vista, se podría inferir que esta diferencia de género se puede rastrear fácilmente por la calidad de educación, y señalar a las ciudades capitales como las de menores distancias entre niños y niñas, pero, de nuevo, se trata de una suposición equivocada: la quinta peor brecha de género es la de Bogotá, Antioquia tiene la décima, el Valle del Cauca se queda con la décima quinta y Atlántico, con la vigésima octava. Solo cinco departamentos muestran una distancia favorable a las niñas en el país: San Andrés, Guainía, Vichada, Magdalena y Chocó (ver gráfico).

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El liderazgo
insular, no obstante, tendría matices: “Necesitaríamos más información para analizarla, pero es posible que exista una baja cobertura porque los jóvenes dejan la educación para trabajar y rebuscarse la vida. Así, es posible que aquellas niñas que no desertan durante el bachillerato sean las de mejor rendimiento académico, sesgando la muestra”.


Las cifras frías

“Solo restar los promedios no es una buena medida, es solo un indicio”, explica Abadía, como un preámbulo de lo que significó la siguiente parte de su investigación: “Las diferencias en el rendimiento dependen de muchas variables, como la educación de los padres, si se estudia en colegio público o privado, si se vive en área rural o urbana, si se estudia en la capital o en otro lugar, la composición de la familia (si el hogar es disfuncional o con papás separados, o si vive con familiares no familia nuclear)”.

Para controlar todas las variables que pudieran explicar las razones de esta desigualdad entre géneros, los investigadores aplicaron técnicas econométricas como la de mínimos cuadrados ordinarios (para hallar criterios poblacionales) o la regresión cuantílica (para determinar las distancias entre grupos de resultados). Así fueron saliendo a la luz otros datos que generan escalofríos, por ejemplo, que en los puntajes altos, considerados como los mejores, las niñas obtienen 13 puntos menos que los niños; en los medios, esa distancia baja a seis puntos; y en los bajos, no hay diferencia considerable. Esto indica que entre mejor desempeño académico se tenga, mayor es la brecha de género.

El análisis iberoamericano de PISA 2015 ofrece una interpretación: “Las niñas en los países iberoamericanos refieren mayores niveles de ansiedad que los chicos al abordar la materia de las matemáticas y una menor confianza en su capacidad para resolver con éxito los problemas matemáticos. Estos sentimientos negativos, que a menudo se originan en los estereotipos respecto a las asignaturas «masculinas» y «femeninas», pueden desalentar a las mujeres jóvenes que son capaces y están interesadas en las matemáticas o las ciencias, en cuanto a la opción de emprender diversas carreras en el ámbito de las ciencias, la tecnología o la ingeniería”.


El origen de la desventaja

El análisis de los datos regresó a Abadía a sus años de colegio en Arauca, la capital del departamento homónimo (su investigación arrojó que allí es donde se encuentra la peor brecha, por encima del 10%). Aún mantienen vivo el comentario que uno de sus profesores solía hacerles a ella y sus compañeras cuando se equivocaban en alguna respuesta: “Niñas, la cabeza no es solamente para ponerse moños”.

Es en este tipo de estereotipos donde se originaría la razón de las abismales diferencias entre sexos. Los estereotipos masculinos se van inculcando desde pequeños, señalando verdades culturales que, por la edad, parecen irrefutables, como que las niñas son débiles y los niños fuertes; ellas tienen su lugar en la casa y ellos deben salir a trabajar. “Los llanos son una región muy machista, y suele escucharse que los padres se esfuerzan por mandar el niño a la universidad, pero que la niña aprenda a cocinar, que debe conseguirse un buen marido y ya”, dice.

Aunque se antoje una realidad lejana, en el día a día tiene implicaciones serias sobre el rol que tienen las mujeres en la vida laboral. “A pesar de los avances conseguidos en términos de equidad, sobre los hombros de la mujer sobre los hombros de la mujer continúa estando mayoritariamente el cuidado del hogar, y ahora se suma que debe aportar económica y profesionalmente a la sociedad” explica Félix Antonio Gómez, decano de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, quien agrega: “Eso, además de generarles una sobrecarga, no les permite a las mujeres definir un horizonte claro desde y para ellas mismas, ni les facilita tomar decisiones frente a su futuro”.

A veces, simplemente, no tienen otra opción. Sobre todo cuando se considera que las pruebas Saber 11 son el pre-requisito no solo para entrar a la educación superior, sino para acceder a becas y programas de apoyo, como Ser Pilo Paga, que garantiza la entrada a las mejores universidades del país y ayuda a financiar el costo de una carrera profesional, pero un puntaje tan desfavorable pone a las estudiantes muy lejos de las llamadas carreras STEM: todas las relacionadas con las ciencias, las matemáticas, la tecnología y la ingeniería. “Está demostrado que son las carreras que tienen los mejores salarios promedio en el mercado laboral, que son las que se necesitan para hacer doctorados de relevancia e innovación”, explica Abadía.

De esta forma se está condenando a las niñas colombianas a una vida por debajo de su mayor potencial, porque esas diferencias difícilmente se superan cuando ejercen su profesión. “En proporción, las mujeres que se gradúan de pregrado son un 52% frente a los hombres, pero eso cambia cuando deciden hacer estudios de posgrado en carreras científicas. Ahí, inmediatamente, cambian las cifras y comienza a aumentar el número de hombres”, explica Ángela Camacho Beltrán, doctora en Física, profesora de la Universidad de los Andes y presidenta de la Red Colombiana de Mujeres Científicas.

Su experiencia laboral está en el campo de la investigación, en el desarrollo de proyectos de innovación científica y tecnológica, y en ese campo ha comprobado que las mujeres parten con desventaja: “Las posiciones altas a nivel administrativo y los cargos de responsabilidad y de dirección son, generalmente, de hombres. Hay muy poquitos grupos de investigación dirigidos por mujeres porque ellas le pueden dedicar menos tiempo al trabajo de investigación, precisamente, porque tienen que responder en la casa por un número de tareas que se les ha asignado desde que son niñas. Y eso hace que, en el trabajo, prefieran tomar responsabilidades de segunda y tercera categoría. Pueden hacer un trabajo muy bueno pero nunca serán jefes de laboratorio”.


¿Hay alguna salida?

A la hora de discutir, pensar, proponer una solución a este problema, todo apunta a una quimera: se necesita un cambio cultural profundo en la sociedad colombiana. Uno que le enseñe a los hombres que las mujeres, primero, pueden aportar a la par de ellos; segundo, que las tareas del hogar no están condicionadas a un género y no pueden ser la excusa para hacer un estudio de posgrado; y tercero, que la educación es un elemento tan valioso como para dejar a la mujer a un lado.

De allí que sea vital eliminar los estereotipos que, en el subconsciente colectivo, rebajan el papel femenino en la sociedad. “Es muy importante resaltar el papel de mujeres sobresalientes. Eso hace la diferencia porque es un mensaje que cala en las niñas; en un modelo de roles aspiracionales, las niñas quieren ser como ellas, imitarlas”, señala Abadía. En su investigación encontró que el 52% de las madres de quienes presentaron las pruebas Saber 11 en 2014 estaban dedicadas a las labores domésticas, mientras que el 98% de los padres tenían un trabajo fuera de casa.

A nivel del sistema educativo, es vital empoderar la figura del profesor, seguir pasos como los de Finlandia donde los salarios más altos de destinan a los docentes y se les exige que tengan, mínimo, maestría obtenida en las mejores universidades del mundo. La experiencia escandinava ha demostrado que los mejores profesionales forman a los estudiantes sin estereotipos de género que incidan, más adelante, en desventajas educativas. O que desemboquen en desigualdades profundas al interior del hogar, en aspectos como la división de las tareas domésticas o las responsabilidades financieras.

De hecho, es en este campo en donde se concentra buena parte del trabajo de la Red de Mujeres Científicas. “Con las niñas de Quinto a Once, hemos hecho actividades en colegios privados para motivarlas, para que no generen miedo hacia las ciencias y las matemáticas, para que sigan por ese camino y se convenzan de sus capacidades. Estamos tratando de hacer un convenio con la Secretaría Distrital de la Mujer, en Bogotá, para extenderlas a los colegios distritales”, cuenta Camacho, y explica que su iniciativa está adscrita a la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Su trabajo también se enfoca en las universitarias, a quienes les enseñan a estructurar proyectos de investigación y a someter sus resultados en publicaciones científicas, además de asumir los ambientes laborales en igualdad de condiciones. “La mujer siempre tienen la sensación de que tiene que ser perfecta. Y, como no puede lograr hacerlo todo perfecto, no pelea para que su salario sea bueno”, explica.

También los expertos recomiendan promover políticas y legislación que favorezcan a las mujeres, como la posibilidad de ascender en los escalafones dentro del sector académico o que les facilite el ascenso laboral en otros campos cuando hay niños pequeños. Medidas como las guarderías en el sitio de trabajo o una ley mucho más favorable cuando se está en embarazo o se tienen hijos recién nacidos, puede impulsar a que las mujeres desarrollen su máximo potencial profesional.

Parecen pasos pequeños, pero los separa un inmenso abismo. Basta mirar las cifras de Medicina Legal para encontrar que, en 2016, el 59,13% de los casos de violencia intrafamiliar se produjo hacia las mujeres, quienes también fueron víctimas del 86% de los casos de violencia de pareja y del 73,98% de los de delito sexual.

En casa está la respuesta para que Colombia deje de ser ese país donde ser niña es sinónimo de una tragedia diaria y un futuro desolador.