Los peces de agua dulce vistos con otros ‘ojos’

Los peces de agua dulce vistos con otros ‘ojos’

Para estudiar a los animales es necesario conocerlos, verlos en vivo, seguirlos día tras día, descubrir sus costumbres, incluso tocarlos. ¿Y qué pasa cuando se trata de los peces de agua dulce que, por lo general, no los vemos en su ambiente natural y son tan rápidos y escurridizos que literalmente se ‘escapan entre los dedos’, como por ejemplo estas miniaturas?

/ Jorge Enrique García-Melo
/ Jorge Enrique García-Melo

Estos peces, muy pequeñitos y transparentes (Belonion dibranchodon y Gymnorhamphichthys rondoni), se encuentran en las remotas aguas del río Bita (Vichada), uno de los primeros afluentes protegidos en el mundo. Son especies que por sus características muy pocas veces han sido documentadas en vivo.

Para describirlas científicamente, los ictiólogos (biólogos dedicados al estudio de los peces) regularmente lo hacen a través de especímenes de museo, pero características como los colores o la forma de nadar pueden no ser tan evidentes debido a la falta de métodos estandarizados en campo que permitan su documentación en vida, especialmente en áreas apartadas.

Esta situación impide ver la multitud de formas, colores y adaptaciones de las casi 1.500 especies con las que cuenta el país, posicionándolo como el segundo grupo vertebrado más diverso después de las aves. Pero, ¿qué se puede hacer para VER todas sus características?

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

Investigadores javerianos, docentes de las universidades del Tolima y de Ibagué y de la Institución Educativa Técnica Ismael Santofimio Trujillo, de la capital tolimense, desarrollaron un sistema de fotografía de peces y otros organismos acuáticos usando un innovador acuario para capturarlos en acción, obteniendo fotos de alta calidad y con un alto grado de detalle. ¿Alguna vez había pensado, por ejemplo, en las diferentes bocas de los peces?

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

La posición y la forma de la boca es una característica muy especial; se relaciona con sus costumbres alimenticias —no todos los peces tienen los mismos gustos gastronómicos— y son datos importantísimos para clasificar las especies, es decir, para realizar su taxonomía.

Por ejemplo, el siguiente detalle  fue revelador para los científicos, pues muestra la disposición de los poros del sistema latero-sensorial de su cabeza, que, en el caso de este pez eléctrico (Sternopygus aequilabiatus), les permite detectar a su presas y potenciales depredadores.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

Con esta innovación técnica es mucho más fácil  fotografiar diferentes especies que regularmente viven en los mismos ambientes de los ríos. El movimiento —o baile— captado por la cámara expresa la naturalidad y el dinamismo que tienen los peces; así se convierte en una herramienta clave para la difusión, educación y conservación.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

Llegó el momento de conocer este equipo que han bautizado con el nombre de Photafish. De acuerdo con el biólogo y fotógrafo Jorge E. García-Melo, es un sistema práctico, portátil, versátil y económico que puede implementar en campo cualquier persona con conocimientos mínimos de fotografía. Puede llevarse a lugares lejanos durante expediciones biológicas y se instala en tan solo 15 minutos.

Phota 7

“El sistema tiene tres componentes esenciales: el equipo fotográfico (cámara, lente, trípode); el Acuario Ensamblable para Fotografía (APP), construido en acrílico y vidrio templado; y la iluminación (flashes y fondos). Además, cuenta con algunos accesorios que facilitan la obtención de imágenes en sitios remotos donde es difícil acceder a agua transparente, como, por ejemplo, un sistema de filtrado para reutilizar el agua y una lámpara conectada a una batería recargable para hacer fotos en la noche, con la posibilidad de alternar entre fondos negros y blancos de manera rápida”, explica García-Melo.

Los investigadores pensaron en todo: explican que los fondos homogéneos de las fotos permiten enfocar la mirada del espectador solo en el pez y contemplarlo en toda su dimensión, eliminando aquellos elementos distractores  que lo rodean. Pero también concluyeron que es importantísimo el uso de fondos negros y blancos, porque cada uno puede acentuar un color diferente en alguna estructura del cuerpo, como las aletas. Además, sugieren intercambiar los fondos para conseguir información más precisa.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

De esta forma, los autores introducen el término Fotos Taxonómicamente Informativas, o TIPs por sus siglas en inglés (Taxonomically Informative Photos), para referirse a “una imagen auténtica y de alta calidad tomada en campo, de la cual es posible extraer información útil para la identificación o descripción precisa de un organismo con un alto nivel de confianza. El sistema permite obtener TIPs gracias a que el uso del acuario facilita la toma de una gran cantidad de fotos de los organismos en diferentes planos. Así, el pez permanece vivo mientras se fotografía con diferentes niveles de detalle”, explica García-Melo.

/Cristian Granados
/Cristian Granados

Este producto es parte del estudio de doctorado del ictiólogo javeriano Jorge E. García-Melo, en cuya investigación también participaron sus hermanos, el biólogo Luis J. García-Melo y Jesús D. García-Melo; la bióloga Diana K. Rojas-Briñez y el ecólogo Giovany Guevara, así como el profesor investigador Javier A. Maldonado-Ocampo (QEPD).

Todos ellos son autores del artículo Photafish system: An affordable device for fish photograhpy in the wild, publicado en febrero de 2019 en la revista Zootaxa.

Fotografías como esta son posibles gracias a Photafish.

/Jorge Enrique García-Melo
/Jorge Enrique García-Melo

“Sin el Photafish System, conseguir la imagen de la boca desde una vista dorsal hubiese sido casi imposible”, explica Jorge García-Melo. La especie —Gnathodolus bidens— “se caracteriza por tener una boca muy extraña, de forma invertida, poco común entre los peces, con una modificación que les permite alimentarse en sitios asociados a raudales con muchas rocas y donde son notoriamente difíciles de muestrear, como lo son los hábitats en el río Vaupés”.

Y tiene razón: lo lograron con la ayuda de la comunidad local indígena donde se encontraban el pasado mes de marzo, “entre ellos, niños que tenían claramente más habilidad que nosotros para pescar. Fue una de las últimas fotos hechas junto a Javier Maldonado utilizando el Photafish System, precisamente el día de nuestro accidente”.

Phota 11

Para ellos lo importante no es solamente aportar nuevo conocimiento a la ciencia, sino compartirlo con otras audiencias, mejor aún si es con las mismas comunidades que les ayudan a realizar su trabajo en campo. García-Melo recuerda a Maldonado diciendo que el Photafish “era un gran aporte a la ictiología neotropical porque permite democratizar la fotografía de peces”. En esa salida al Vaupés también cumplieron con ese objetivo: “Hacer las fotografías en campo y, con la ayuda de un panel solar, una impresora portátil y una laminadora, entregar las fotografías impresas a las comunidades locales (en este caso, indígenas), para apropiarles de ese intercambio de conocimientos que se estaba generando de manera inmediata. No pueden imaginar la forma en que se sorprendían estos pescadores viendo sus peces más diminutos o coloridos, ‘vistos con otros ojos’”.

El equipo ya se encuentra trabajando en la versión 1.1 del sistema y el desarrollo de una posible patente, la cual incluye varias mejoras en cuanto a portabilidad, comodidad para el transporte y uso. Lo presentarán durante el XV Congreso de Ictiólogos Colombianos y el V Encuentro de Ictiólogos Suramericanos, que se realizará los días 15 y 16 de julio de 2019 (Enlace a) en Medellín, en donde rendirán un homenaje póstumo al profesor Maldonado; allí, los investigadores dictarán un curso sobre el Photafish System.

El aventurero errante

El aventurero errante

Inquieto, juguetón e intrigado por objetos viejos y las cosas abandonadas, así creció Germán Ortegón. Desde que tenía 13 años, recuerda, colgaba sobre su cuello una cámara Olympus duplicadora que pertenecía a su madre, con un lente fijo y un pequeño zoom. Recorría las calles capturando imágenes, sin llegar a imaginarse que este hobbie lo convertiría en fotógrafo de la BBC y no propiamente por su rigurosidad periodística, sino porque era el designado para bautizos, bodas y comuniones. Sí, primeras comuniones.

Germán Ortegón

Nació en Manizales, en el seno de una familia de pura cepa: los Ortegón Pérez.  Aunque su pasión escondida siempre fue la fotografía, decidió, durante su adolescencia, estudiar comunicación social y periodismo. Se especializó en televisión, en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba, y el Instituto RTVE en Madrid, España.

Desde joven este manizaleño supo que lo suyo era narrar, narrar las historias de personas, sus experiencias y su memoria. Por eso dirigió el programa Agenda CM& en el Canal Uno, produjo los Juegos Centroamericanos y del Caribe – Cartagena (2006) para Señal Colombia, y realizó el magazín Los Ojos de mi Calle para RCN (2005).

Las primeras publicaciones sobre su trabajo con cámaras ocurrieron cuando era periodista del diario La Patria,  en Manizales. Aunque su función no era hacer fotoperiodismo, recuerda que las postales que tomaba le servían como un ejercicio de memoria personal. En su catálogo de fotografías todavía conserva alrededor de 27.000 imágenes.

Lo que fuimos 1

Con el paso de los años Germán supo que contar historias audiovisuales no era suficiente, que el país estaba cansado de ver muertos, tragedias y desastres; y que él también, como periodista, estaba molesto de encontrar cómo los protagonistas de sus producciones terminaban amenazados o revictimizados. A inicios de 2010, y con el objetivo de narrar desde otros puntos de vista, descubrió en las fotografías una forma de contar realidades. Una metáfora de la vida que, aunque cruda y dolorosa, también puede ser bella.

Este fue el gran salto en su carrera profesional. Notó, por primera vez, que no necesitaba de secuencias fotográficas para contar anécdotas, sino que una sola imagen podría contener millones de historias según la posición espacio-temporal del observador. Eso fue suficiente para darle un giro a su vida y emprender un diálogo con los objetos desde una estética bizarra mediado por la sensibilidad. Ellos le hablan de sujetos que aun los habitan y que dejaron su espíritu en su interior, tal como dice.

Trincheras de paz 3

“Descubrí que la gente se estaba volviendo insensible por lo que sucedía en el día a día”, enfatiza Germán Ortegón. Porque, según él, este ejercicio le permitió encontrar en las imágenes “…las experiencias de las personas, de lo vivido y no vivido. Encontrar sentimientos estremecedores sobre aquello que, aunque no experimentaron, sí se los contaron o asociaron con su pasado”.


Nuevos retos

En 2014 este amante de los viajes asumió el reto de recorrer el país con trípode en mano y maleta al hombro para contar, a través de su lente, la memoria de las víctimas del conflicto armado. Caminó toda la región de Gualivá, en el departamento de Cundinamarca, por alrededor de cuatro años. De este ejercicio resultaron 70 fotografías de objetos desgastados, personas y paisajes que evidencian el maltrato, abandono y desplazamiento de campesinos colombianos.

No fue un ejercicio de reportería, sino un encuentro programado por el destino con los testimonios que le contaban las cosas viejas. Entabló un dialogo con los objetos, sentía sus voces, llamándolo y observándolo. Así entendió que esos elementos que alguna vez usó para contextualizar los documentales que les presentaba a los televidentes, ahora le permitían narrar la complejidad de la violencia. Aunque no se considera un hombre sensible, reconoce que aprendió a ver diferente. A entender que “…en el universo, todo dialoga con todo”.

En marzo de 2017, Ortegón, quien también es profesor de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, registró la serie fotográfica Lo que fuimos en el Catálogo de Obras Artísticas de la misma institución Según Óscar Hernández, asistente para la Creación Artística de la Vicerrectoría de Investigación, su obra cuenta con un valor patrimonial y estético de especial importancia para la Universidad.

Lo que fuimos 2

“Cuando muestro por primera vez Lo que fuimos, me encuentro con personas que empiezan a llorar viendo las imágenes; mi interés no era que lloraran, sino tocarlos. Lo que pretendía era indagar en la sensibilidad y las vivencias de las personas y es que a veces surgen sentimientos estremecedores que no se pueden evitar”, recuerda Ortegón.

Su misión no terminó allí. De hecho, en diciembre de 2017, Ortegón y seis estudiantes del Semillero de Investigación Aplicada en Periodismo Audiovisual de la Javeriana viajaron al Sahara Occidental, a la República Árabe Saharaui Democrática gracias a una invitación hecha por su embajador Mujtar Leboihi Emboiric. Este territorio, su población y gobierno son autónomos; sin embargo, su soberanía no ha sido reconocida internacionalmente.

El propósito de este viaje fue realizar trabajo social con la comunidad saharaui, construir casas, hacer actividades con los niños, conocer los hospitales y al mismo tiempo recorrer los campamentos de refugiados para fotografiar el concepto del dolor de la guerra, ya que esta región ha vivido en conflicto constante entre el Frente Polisario,  Marruecos y Mauritania por mantener el dominio militar y colonial de la zona desde mediados de los años setenta.

Memorias de arena 1

Una grata experiencia, según cuenta Germán, ocurrió a los pocos días de llegar al desierto. Porque, aunque viajaron en diciembre del 2017 y las especificaciones del tiempo para la época correspondían a sequía, el grupo javeriano presenció una fuerte tormenta de arena y, poco común, una tarde lluviosa. De ahí, nació una de las fotografías más bellas de la colección Memorias de arena, se trata de una gran duna vestida por un rojo intenso ocasionado por el agua que la bañó.

memorias de arena 5

Esta obra, conformada por 20 imágenes, se prepara para presentarse a lo largo de 2019 en países como Sudáfrica, la Liga Árabe, Francia, Alemania, Estados Unidos y España, con el apoyo de la embajada saharaui. Memorias de arena ya tocó territorio colombiano al haberse exhibido en las pantallas gigantes de la Javeriana y estar en proceso de registro en el Catálogo de Obras de la misma institución.

Memorias de arena 2

Como si fuera poco, el gusto por comunicar formas de vida involucró a Germán desde hace un par de años en el proyecto de la docente javeriana Paula Ospina Saavedra: Hacia una cartografía discursiva de la reconciliación en Colombia, de la Facultad de Comunicación y Lenguaje. ¿Su objetivo? Entender los discursos de actores sociales sobre el proceso de reconciliación sin caer en lugares comunes de revictimización.

“Mi aporte a esta investigación siempre ha sido una reflexión de cómo difundir las experiencias de reconciliación sin dañar y en especial buscando no revictimizar a nadie”, menciona Ortegón. Desde aquí hace una propuesta fotográfica para rendir homenaje a las mujeres víctimas y victimarias en La Macarena – Meta, “ambas han vivido los dos roles en diferentes momentos” aclara. El ejercicio de narrar fue fotografiando los pies de las mujeres porque, según él, “lo importante no es saber quién es guerrillera o campesina, ya que al final todas son campesinas”. Este trabajo no tiene un nombre definido aún, sin embargo, lo reconoce como Huellas.

Lo que fuimos 3


Del lente al papel

Cada vez que Ortegón encuentra un objeto le asaltan preguntas. ¿De quién será? ¿Qué habrá pasado con su dueño? ¿Para dónde se fue? Porque, como reconoce, para saber a dónde ir es necesario conocer de dónde se viene, por eso lo primero que hace antes de iniciar una sesión fotográfica es recordar su pasado.

Él es paisa, muy paisa. Su acento lo delata. Incluso, mucho más que el tinto con panela y la arepa blanca que se ‘zampa’ al desayuno. Aunque lleva más de 29 años en Bogotá, no ha perdido sus raíces. Su familia paterna proviene del norte de España, de una comunidad de desplazados que llegó a América y a Colombia por el departamento de Santander. Quizá por eso considera que los objetos, esos que en algún momento fueron desechados, son los que ahora conducen sus creaciones.

Es riguroso y metódico. Trabajar con ‘basura’, con objetos despreciados, como muchos le dicen, no implica desorden. Él es estricto con la calidad de sus fotografías. No imprime en papel tradicional, lo hace en tipo barytas por sus fibras en algodón; no utiliza tinta láser sino pigmentos naturales para realzar la calidad de la imagen; y no emplea marcos unidos en sus esquinas sino de una sola pieza. Todo lo hace en calidad museo, nada se toca con las manos, todo se toma con pinzas. Eso habla de su trabajo, de él mismo.

Debido a este ejercicio y a su trayectoria profesional, Ortegón, quien también es director audiovisual del medio de comunicación javeriano Directo Bogotá televisión, fue invitado como conferencista a la XXV Cátedra Unesco de Comunicación en la categoría Memoria, verdad y comunicación, que se realizará el próximo 2 de noviembre en la Javeriana.

Mar eterno 1

Allí conversará sobre la relación entre memoria, subjetividad, credibilidad y las pugnas por el sentido a partir del trabajo fotográfico que ha desarrollado con Lo que fuimos, Memorias de arena, Huellas y otras producciones independientes, como Trincheras de paz, que aborda la arqueología de la memoria en los municipios de Mesetas y la Macarena, en el departamento del Meta; Hombres de Maíz, un recorrido de cuatro años por México, Guatemala, Honduras y Belice contando la historia maya a través de las piedras; y la mística del caribe colombiano con Mar eterno.

6776b8_2c7c39ff3499474a8d68bab2f4eee401_mv2_d_1920_1280_s_2

Este hombre de piel trigueña, apasionado por la música, el arte y la literatura, halló su pasión en la belleza del dolor, luego de 35 años retratando las historias de colombianos; descubrió que ya no es él quien caza historias sino que ellas lo buscan, y que, así como alguna vez gozó de la inocencia de su niñez, ahora con sus fotografías puede llevar a sus espectadores al pasado para revivir en ellos lo que alguna vez los hizo vibrar: sus raíces, su memoria y su cotidianidad.

Indígenas y misioneros en las imágenes de principios del siglo XX

Indígenas y misioneros en las imágenes de principios del siglo XX

Desde 1911, los informes de las misiones de comunidades religiosas en el territorio nacional incluyen imágenes, principalmente fotografías, que publican para dar cuenta de su labor como redentores, pues su objetivo era “civilizar a aquellos que consideraban salvajes para convertirlos en hijos de Dios y de la patria”. Las fotografías pretendían demostrar que estaban allí presentes, eran benefactores de los indígenas y “se sometían a todo tipo de sacrificios para redimir a los pobrecitos y desgraciados indios”.

Estas frases que surgieron de la lectura principalmente de los informes de misiones no solo en Colombia sino en otros países de América Latina sorprendieron a la historiadora Amada Carolina Pérez Benavides, docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana, porque lo que más le generaron fue preguntas. Como ratón de biblioteca y dado el interés por entender las relaciones que se vivían entre misioneros e indígenas, se dedicó a leer cuanto documento llegaba a sus manos que le diera pistas para comprender lo que allí sucedió en los primeros 30 años del siglo XX.

Se concentró en las imágenes en periódicos, revistas, informes de misión, libros, postales, recorrió nueve ciudades y actualmente, junto con la investigadora Alexandra Martínez, tienen más de 14.000. “Lo que nos interesaba era analizar la manera como se producían las imágenes, cómo circulaban y cómo se usaban, pues a partir de ellas se construyeron los imaginarios de ciudadanía y de diferencia”, le dice a Pesquisa Javeriana.

Postal Ensayos de agricultura en Sibundoy, Misiones de padres capuchinos (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.
Postal Ensayos de agricultura en Sibundoy, Misiones de padres capuchinos (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.

Esta postal exhibe lo que se ha denominado performance civilizatorio. En ellas se presenta a los frailes dirigiendo a los indígenas en labores relacionadas con el progreso y la civilización: la agricultura.

Las misiones recibían recursos del Estado para la educación de las poblaciones marginadas y el desarrollo del territorio, y de la Iglesia para evangelizar a las comunidades apartadas. Los misioneros, por tanto, debían rendirle cuentas al Presidente de la República y al Nuncio Apostólico, por lo que las misiones se convertían en un establecimiento entre privado y público. El uso de fotografías era una manera de demostrar lo que plasmaban en los textos.

Pérez se concentró en las imágenes de indígenas, que buscó en archivos de Bogotá, Bucaramanga, Cali, Cartagena, Medellín, Pasto-Sibundoy, Popayán, Quibdó y Santa Marta. En ellas “entra en juego una serie de negociaciones para definir qué es la ciudadanía pero también cómo los indígenas van señalando sus propias rutas de construir su presente y su futuro, porque, efectivamente, las misiones se imponen como una manera de construir la civilización pero los indígenas no son pasivos frente a ellas. Hay muchas formas de resistencia que se configuran y en las imágenes podemos ver esas tensiones de diferente forma”, explica.

Durante las primeras décadas del siglo XX se consideraba que la fotografía mostraba la realidad y se usó como registro incontrovertible del progreso. Pero como las imágenes no son neutras, el análisis buscó responder varias preguntas: quién las produce, para qué, cuáles son las características de los formatos y a qué público están dirigidas. “No las entendemos como reflejo sino como representación y ese es uno de los temas centrales de la investigación; es decir, constituyen una manera de ver el mundo pero, de alguna manera, también constituyen el mundo”.

Pérez se detiene en la imagen de las niñas vestidas con la ropa que les regaló el Ropero de Lourdes de Bogotá. “En la fotografía vemos a las niñas vestidas con esta ropa”, dice la investigadora; “sin embargo, vemos que no están cómodas. En la imagen hay una tensión muy fuerte porque están mirando hacia abajo, hacia el lado o tapándose la cara. El fotógrafo no logra configurar la escena por más que quiera hacerlo”, continúa.

Las niñas en la escuela de Santiago, vestidas con la ropa que donó el Ropero de Lourdes de Bogotá, por conducto de la Junta Arquidiocesana Nacional de las Misiones en Colombia. /Fuente: Las misiones en Colombia. Obra de los misioneros capuchinos en el Caquetá y Putumayo, 1912.
Las niñas en la escuela de Santiago, vestidas con la ropa que donó el Ropero de Lourdes de Bogotá, por conducto de la Junta Arquidiocesana Nacional de las Misiones en Colombia. /Fuente: Las misiones en Colombia. Obra de los misioneros capuchinos en el Caquetá y Putumayo, 1912.

Al leer los textos que acompañan las fotografías se confirma la interpretación de la imagen por parte de la investigadora, porque los misioneros mencionan que las niñas regalaban la ropa o la botaban en los ríos. Claro, era algo impuesto, atuendo muy diferente al que acostumbraban en sus comunidades.

Las imágenes eran tomadas por los misioneros, con sus pesadas cámaras, y ellos mismos seleccionaban las que saldrían publicadas en los diferentes formatos, que podían ser sus informes pero también en periódicos y revistas, o en postales que ponían a circular retratando prácticas específicas como la agricultura, la enseñanza de carpintería, la participación en fiestas cívicas y religiosas, etc. Era su manera de publicitar su labor para que los feligreses hicieran donaciones y legitimar su pertinencia frente a la Iglesia y el Estado. “Las publicaciones se convertían en un espacio de exhibición narrativa y visual de unos pobladores considerados otros para la sociedad mayoritaria”, de acuerdo con el artículo Fotografía y misiones: los informes de misión como ‘performance’ civilizatorio, publicado en la revista Maguaré, de la Universidad Nacional de Colombia. Los informes estaban dirigidos a sus patrocinadores –en Colombia, en otros países de América Latina y en Europa–, los libros, a un público más amplio, y las revistas se repartían en parroquias y escuelas.

Uno de estos textos, publicado en 1911, hablaba de los beneficios de la educación impartida por los misioneros: “Niños que hace poco no se distinguían exteriormente de las bestias, y que tenían aversión innata a los blancos, viven ahora gozosos en el pueblo, juegan y se divierten con sus compañeros y van dejando insensiblemente sus instintos salvajes. En sus corazones, que parecían insensibles a todo sentimiento delicado, se despiertan ya nobles aspiraciones. Por medio del canto suavizamos sus costumbres, y con la agricultura procuramos crearles afición a la propiedad”.

“No es simplemente una imagen objetiva sino que viene cargada con toda la subjetividad del misionero, pero también con toda la subjetividad de la mirada de Occidente, de la manera de producir verdad y generar una sensación en quienes ven esas imágenes que les permita luego aportar, a través de la caridad, a las misiones”.
Amada Carolina Pérez.

Pero los indígenas demostraban su inconformismo ante una situación que restringía su posibilidad de autodeterminación y su libertad, y en ese análisis ‘de filigrana’, como lo describe Pérez, es donde se concentra su investigación: “En esas tensiones es en lo que trabajamos, en qué es lo se muestra y lo que no se está mostrando”.

Aún queda por estudiar la apropiación de las imágenes por parte de diferentes públicos. “Podemos tener algunas pistas sobre cómo las usaban o si estaban en un contexto y luego las pasaban a otro, por ejemplo, de una revista a una postal”. Pero ¿cómo las interpretaron los diferentes públicos? Todavía no hay respuesta precisa a este interrogante. Será motivo de la segunda fase de la investigación.

Postal Indígenas mocoanos, Misiones de padres capuchinos, Caquetá (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.
Postal Indígenas mocoanos, Misiones de padres capuchinos, Caquetá (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.

En esta postal un hombre y tres mujeres posan con sus vestidos tradicionales para la foto, con la vegetación de fondo; dos de las mujeres miran hacia el piso mientras que la tercera mira a la cámara con una actitud corporal de retraimiento; el hombre mira de frente, con los brazos cruzados y una actitud corporal altiva. Parece que todos están incómodos con la fotografía que los exhibe con una viñeta en la que se ubica su tipo social y se lo enmarca en las misiones capuchinas colombianas.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Imágenes e impresos. Los usos y circulación de las imágenes en la construcción de la ciudadanía y la diferencia. Colombia, 1900-1930
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Amada Carolina Pérez Benavides
COINVESTIGADORA: Alexandra Martínez
Facultad de Ciencias Sociales
Departamento de Historia
Grupo de Prácticas Culturales, Imaginarios y Representaciones
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014-2016

El valor de los registros fotográficos en la era preantibiótica

El valor de los registros fotográficos en la era preantibiótica

Morir sin saber cuál era la dolencia. Pasar años esperando una respuesta. La enfermedad es una incógnita y se acude a los médicos en busca de respuestas. ¿Y si no las hay? Si no es posible un diagnóstico que permita desencadenar los procesos posteriores de tratamiento, acompañamiento, esclarecimiento y pronóstico, ¿qué pasa con el paciente, qué hacen los médicos, cómo se viven estas situaciones?

Con un espejo retrovisor es posible acercarse a determinadas épocas de la historia, del propio desarrollo de la ciencia o de la práctica médica, en las que los galenos tuvieron ante sí casos clínicos especiales, casos únicos que representaban enfermedades en estados avanzados, tumores de gran tamaño, estados pre y posoperatorios, piezas anatomopatológicas y registro de enfermedades de las cuales desconocían el diagnóstico definitivo.

En Colombia, la Colección Sanmartín-Barberi de la Academia Nacional de Medicina contiene un acervo fotográfico de más de 1.200 imágenes en blanco y negro sobre papel baritado, tomadas entre 1929 y 1930 por la sección de Fotografía y Anatomía Patológica del Laboratorio Santiago Samper del Hospital San Juan de Dios, que representa un grupo de pacientes que sigue esperando un diagnóstico, una respuesta que explique su dolencia. La Colección, por años, estuvo olvidada, no se conservó adecuadamente y sufrió la indolencia nacional típica ante el valor de la historia, los archivos y la memoria.

Noventa años después de que médicos tratantes de la época, entre los que se encontraban figuras importantes de la historia de la medicina en Colombia, como el Dr. José Ignacio Barberi, el Dr. Rafael Ucrós Durán y el Dr. José Nepomuceno Corpas, vieran la importancia de documentar ese tipo de casos a través de un minucioso registro fotográfico, un grupo de investigadores del Instituto de Genética Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana, liderado por el Dr. Fernando Suárez Obando, emprendió la tarea de ordenar el material fotográfico de la Colección, digitalizar las imágenes y llevar a cabo un análisis clínico de cada caso, con el fin de determinar los posibles diagnósticos, así como de establecer el estadio de cada enfermedad.

La Colección, cuenta a Pesquisa el Dr. Suárez, “es una ventana a un momento histórico en el que el diagnóstico temprano era infrecuente y el concepto de enfermedad apenas comenzaba a reconocer la existencia de organismos microscópicos, aún no existían los antibióticos y la esterilización era precaria. La población, mayoritariamente rural, tenía que desplazarse a las ciudades en busca de tratamientos. No se realizaban vacunaciones masivas, no había redes hospitalarias y la epidemiología apenas se asomaba como una explicación más o menos convincente de las plagas y epidemias. En esas condiciones, los médicos se sorprendieron ante hallazgos semiológicos extraordinarios, personas con padecimientos que representaban no solamente un estadio avanzado de la enfermedad sino enfermedades que cuestionaban al científico que había en cada médico, al detective que se obsesionaba con encontrar la verdad”.

Adentrarse en la Colección fue un trabajo significativo en el que participaron también los doctores Jaime Bernal y Alberto Gómez, del Instituto de Genética Humana, y el doctor Egon Lichtenberger, de la Academia Nacional de Medicina, ya que destaca aspectos de la medicina colombiana que deberían estudiarse en profundidad, entre los que se encuentran la capacidad de registro fotográfico y documentación de la enfermedad, la sabiduría y la habilidad quirúrgica de los médicos de la época, y que merecerían, como dice Suárez, la admiración de las actuales generaciones de médicos.

Imágenes para una interpretación multidimensional

Quien no trajina habitualmente en el mundo de la medicina o la investigación se pregunta qué retos implicó describir, explicar, diferenciar y clasificar la manifestación de lo infrecuente a partir de fotografías que registran casos médicos especiales. El investigador principal comparte su experiencia y señala que, aunque los académicos vinculados al proyecto están acostumbrados a la enfermedad, las imágenes en blanco y negro resultaron impresionantes, y que, más allá de la propia enfermedad, “cada imagen registra toda la dimensión humana, el dolor, el sufrimiento, la incertidumbre, la tensión entre la desnudez, el pudor y la lente fotográfica. En cada caso era inevitable imaginar cómo sería vivir con ese tipo de carga; con un tumor o una lesión claramente visible, vivir con los señalamientos, las burlas, la compasión, el dolor, y acostumbrarse a existir con esa aflicción”.

Para los investigadores, hubo preguntas complejas de responder: ¿cómo reconocer una enfermedad que nunca estudiaron u observaron en sus carreras?, ¿cómo hacer un diagnóstico sin datos demográficos, sin historia clínica, sin examen físico? El reto fue entonces “inferir a partir de la imagen, disecar la semiología registrada en la fotografía y acudir a los libros, preguntar a otros expertos y, no en pocos casos, rendirnos ante la ignorancia. Es probable que en 1930 supieran lo que ocurría con el paciente, pero no siempre sabían qué hacer, y nosotros en el siglo XXI no sabemos exactamente lo que sucedía, pero tal vez, si lo conociéramos, sí sabríamos cómo proceder. En cualquier caso, ya es tarde para el paciente, pero no para la construcción de la memoria y la historia del conocimiento médico colombiano”.

A estas dificultades se sumó la de digitalizar en alta resolución las imágenes, catalogarlas, ordenarlas y reconocer entre varias cuáles constituían diferentes ángulos de un mismo paciente o de un mismo caso.

Con los resultados de esta investigación, un estudiante de Medicina tiene la oportunidad de encontrarse con elementos esenciales de la historia de la medicina colombiana, comprender las transformaciones de la mirada médica, valorar la importancia de la fotografía médica de comienzos del siglo XX o preguntarse por qué la escasez de museos médicos, por qué las cátedras insuficientes de historia de la medicina o por qué este tipo de colecciones se encuentran escondidas y hasta abandonadas. En Colombia, afirma Suárez, “tenemos excelentes facultades de Medicina que están al día con el desarrollo científico, pero que olvidaron su pasado. Rescatar parte de la memoria de la medicina colombiana es el aporte más importante de esta investigación”.

La investigación “Patología exótica en la Colección Sanmartín-Barberi de la Academia Nacional de Medicina” dio nueva vida a esta importante colección. Hoy, sus fotografías originales y las restauradas están en el Museo de Historia de la Medicina de la Academia Nacional de Medicina, la colección digital se encuentra bajo custodia de los investigadores en el Instituto de Genética Humana de la Pontifica Universidad Javeriana y se publicará un libro junto con un atlas digital (CD-ROM) con el trabajo realizado.

Una tradición por revisitar

La Colección Sanmartín-Barberi es quizá la más extensa en fotografías médicas de la época con que cuenta el país. Sin embargo, también es probable que en alguna facultad de Medicina se conserven acervos similares, diferentes a este y a la Colección de Ceroplástica del Museo de Historia de la Medicina de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia.

El contenido de la Colección es un buen ejemplo de la tradición de la fotografía médica en Colombia, un campo de amplio desarrollo, como se manifiesta en la gran cantidad de artículos y libros sobre casos clínicos y especialidades médicas en los que la fotografía ilustra la enfermedad, el resultado de un tratamiento, una presentación clínica atípica o una enfermedad infrecuente. Al preguntarle al profesor Suárez por esta tradición en el país, cuenta que hay especialidades médicas, como la cirugía plástica o la dermatología, en las que la fotografía médica ha jugado un papel importante. Trabajos representativos son los de los profesores de la Universidad Nacional, doctores Felipe Coiffman, en cirugía plástica, y Gerzaín Rodríguez, en la enseñanza de enfermedades que son semiológicamente complejas. Recuerda también que en el área de la genética clínica se ha usado la fotografía médica como medio para analizar las enfermedades representadas por culturas precolombinas en figuras de cerámica —trabajo del Dr. Jaime Bernal Villegas, profesor de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana— o en los estudios del profesor Pedro Pinto Núñez, de la Facultad de Medicina de la Universidad del Norte, sobre malformaciones congénitas, que comprenden más de doscientas fotografías que ilustran los signos clínicos de diversos síndromes y enfermedades congénitas. También está el Atlas de semiología médica y genética, publicado por el Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, en el que se compilan más de cuatrocientas imágenes que ejemplifican los diversos signos clínicos que definen las enfermedades genéticas.

El cuidadoso registro fotográfico de la Colección Sanmartín-Barberi se da en la era preantibiótica de la medicina, momento en el que el modo de plantear las preguntas es diferente y en el que las claves para develar las enfermedades están en el campo macroscópico; de ahí la importancia del registro fotográfico. Hoy lo visible al ojo humano, explica Suárez, ha perdido importancia. Se mira lo molecular, la célula, el marcador biológico, no al paciente, por lo que se entiende al enfermo de forma fragmentada. La historia, enfatiza Suárez, le da sentido a la actualidad, contribuye a contrastar la evolución de la enfermedad en épocas distintas a la nuestra y amplía la comprensión del saber médico.

Al preguntarle por los dilemas que pueden plantearse al divulgar registros fotográficos de lo que algunos llaman enfermedades exóticas, plantea que “la mirada de la sociedad ante la diferencia, ante lo inusual y ante la enfermedad debe transformarse a través del conocimiento, y el conocimiento no se oculta, se difunde”. La dificultad radica en que existen formas de difusión, como los circos de rarezas o el amarillismo periodístico, que poco contribuyen a la construcción de tolerancia y respeto. Explica Suárez que el objetivo de llevar a cabo la difusión de la información fotográfica y médica de la Colección, con análisis y sustento científico, se planteó claramente desde el inicio del proyecto de tal manera que, con la representación médica de la enfermedad, la búsqueda del diagnóstico etiológico y el uso de la semiología médica en la descripción de los signos clínicos, se aportara a la sociedad haciéndole entender que se trata de enfermedades graves y no de condiciones que resulten de eventos sobrenaturales. En esa medida, la mirada médica y la mirada científica evitan la presencia y el arraigo de la estigmatización.


Para leer más:

+ La Colección Ceroplástica del Museo de Historia de la Medicina de la Universidad Nacional de Colombia. Disponible en: https://www.museos.unal.edu.co/sccs/plantilla_museo_3.php?id_subseccion_museo=279&id_museo=8. Recuperado en 18/10/2011.


Descargar artículo