Lo que hemos visto en Chile en los últimos días podríamos verlo en Colombia

Lo que hemos visto en Chile en los últimos días podríamos verlo en Colombia

En las últimas semanas en América Latina han estallado fuertes protestas en Ecuador y ahora en Chile, que se suman a otras que están ocurriendo alrededor del mundo.

La Silla Académica entrevistó a Carolina Cepeda, profesora de movimientos sociales y relaciones internacionales de la Universidad Javeriana, autora de “Resistencias contra el neoliberalismo: una conceptualización de su ejercicio entre lo local y lo global” y “La ciudad de Bogotá: entre el “giro a la izquierda” y el “giro a la derecha” en América Latina”, sobre cómo ha sido la evolución de las movilizaciones sociales en el mundo, a qué responden y qué se puede esperar de ellas.

Cepeda cuestiona la creencia de que los colombianos no nos movilizamos y analiza los efectos que pueden tener las medidas del presidente Iván Duque e, incluso, los resultados de estas elecciones en la movilización social.

La Silla Académica: Usted ha estudiado muchas de las movilizaciones desde los 90 como resistencias al neoliberalismo ¿las recientes en Chile y Ecuador, pero también en Hong Kong o Cataluña, pueden considerarse parte de eso?

Carolina Cepeda: Hay una gran tentación a meterlo todo en el mismo paquete.

En el caso de Chile y Ecuador sí son reacciones contra el neoliberalismo, pero no entendido como una sola cosa, que funciona igual en todo el mundo.

En Londres, por ejemplo, ha habido manifestaciones desde el año pasado para presionar al Gobierno para que tome medidas contra el cambio climático; uno podría pensar que se trata de ambientalistas solamente, pero al desagregar las organizaciones que hay detrás, muchas de ellas tienen vínculos con actores que se oponen a los modos de producción y consumo capitalistas y al neoliberalismo.

Lo de Cataluña obedece a razones políticas, identitarias, de reconocimiento, pero en esas reivindicaciones se cuelan también las otras.

Carolina Cepeda, foto de Cesar Pachón

LSA: ¿Es posible que estas movilizaciones no sean ni de derecha ni de izquierda, sino que agrupen a personas diversas afectadas en sus condiciones de vida?

C.C.: Uno no tiene que ser de izquierda para marchar y en ese sentido el caso de los chalecos amarillos en Francia es interesante. En esas movilizaciones confluyeron también sectores conservadores, proteccionistas, que se opusieron al neoliberalismo en la forma que los estaba afectando a ellos que era el alza de la gasolina.

En Bolivia, ahora mismo, hay protestas porque un grupo de ciudadanos ya le había dicho a Evo que no se reeligiera y ahora le está reclamando un presunto fraude electoral.

Posiblemente, ahí está metida la élite reaccionaria, pero hay otros sectores populares que también están pidiendo que se rote el poder, gente que posiblemente habría votado por un candidato de la línea de Evo, pero diferente a él por una cuestión de principio.

Hay muchas razones que motivan a la gente a movilizarse y no todos los movimientos son progresistas. También hay unos reaccionarios, los movimientos pro vida, por ejemplo, que cumplen con todas las características: son organizados, solidarios, comparten valores, tienen diferentes formas de acción.

LSA: Usted entiende el neoliberalismo como una forma de racionalidad política ¿qué implica eso?

C.C.: Wendy Brown, una filósofa estadounidense, lo define así, lo que implica que el neoliberalismo no solo se refleja en las políticas económicas, o en las políticas sociales, sino que termina disciplinando a las personas.

Es la lógica del costo/beneficio empresarial, la lógica economicista, que se traslada a todos los aspectos de la vida social, incluso individual y que permea incluso las relaciones afectivas. Como dice Brown, toca el alma de los sujetos y los transforma.

Suena como algo fatalista de lo que no hay escapatoria, pero ayuda a entender que para que el neoliberalismo funcione tiene que operar en muchas esferas y no solamente tiene los impactos estructurales ya conocidos de la desigualdad, desmejora de las condiciones laborales, sino otros que afectan directamente la vida de las personas y contra los que éstas terminan reaccionando.

LSA: En el caso de los chalecos amarillos en Francia y de Ecuador, el detonante fue el alza en la gasolina. En el de Chile fue el alza en el tiquete del metro ¿tiene que ver esto con esos otros impactos a los que usted se refiere?

C.C.: Es importante distinguir la movilización hacia adentro y hacia afuera.

Hay personas que constantemente están construyendo movimientos sociales hacia adentro, reuniéndose con gente, haciendo educación popular y formación política.

Generalmente, lo que vemos es el pico de las movilizaciones, cuando la gente bloquea una avenida o se salta los torniquetes del metro. En esas movilizaciones se encuentran los de los movimientos sociales que se han venido formando y también la gente que ese día dijo ya no más. Que venía acumulando malestar y encuentra una vía de escape cuando los tocan muy en su vida cotidiana.

El caso de Chile lo ilustra bien porque arranca por el metro y luego la gente conecta con otras frustraciones que tiene.

Puede que el aumento del pasaje del metro no sea significativamente mayor al de años anteriores, pero se junta con el hecho de que invierto demasiado tiempo en transporte, de que el salario que estoy recibiendo no ha aumentando de la misma forma, y de que quizá el trabajo que tengo no me permite desarrollar todas mis capacidades.

LSA: Algunos medios han registrado que hace dos décadas aproximadamente Chile no vivía algo así, ¿por qué ahora?

C.C.: No estoy de acuerdo del todo con esa afirmación. Chile tuvo un movimiento estudiantil muy fuerte entre 2010-2011, con manifestaciones grandes que también le tocaron a Sebastián Piñera.

Eso podría llevar a pensar que todo le ha tocado a la derecha, pero a Michelle Bachelet, en 2006, también le tocaron las movilizaciones de los “pingüinos”, que eran estudiantes de secundaria.

Chile ha venido en una escalada de movilización social. Estoy de acuerdo que no en la magnitud de ahora, pero eso no significa que no hubiera habido antes estallidos de descontento.

Hay que entender que no todos los momentos son buenos para movilizarse ni para expandirse, pero las movilizaciones son todo menos espontáneas. No se dan porque un loco se para en la calle y le dice a los demás ‘vamos a bloquearla’.

LSA: ¿Cuándo es un buen momento para movilizarse?

C.C.: Siempre hay unos líderes, los “madrugadores”, que son los primeros que salen, que tienen experiencia porque han convocado a marchas antes. Unas veces los demás les copian y otras no; depende de que logren construir un símbolo que aglutine a otros.

Sidney Tarrow, un estadounidense experto en movimientos sociales, dice que la pregunta más importante no es por qué ni cómo sino cuándo. Siempre hay opresión, discriminación, hambre, pero la gente no se moviliza todo el tiempo.

Lo hace cuando salir a la calle es más rentable que seguir llevando su vida cotidiana.

Estamos en un momento de auge de la movilización que es muy interesante en el contexto latinoamericano.

LSA: ¿Por qué?

C.C.: Después de que en la mayoría de países de la región se diera una transición hacia la democracia, se implementaron políticas neoliberales y se le vendió a la gente la idea de “un mejor mañana”: ‘ahora nos abrochamos el cinturón pero vendrá un futuro mejor’. Lo que ha pasado es que ese futuro cada vez está más distante o la gente se ha dado cuenta que no era para ellos sino para el vecino.

Chile no está mucho peor que otros países de la región en desigualdad, según cifras de la Cepal de 2017. De hecho, está por debajo del promedio de la región que es 0,47.

La desigualdad, entonces, no solo hay que medirla en términos de lo que la gente gana o los servicios a los que accede sino de lo que a la gente le dijeron que podía tener en una economía de mercado y de lo que puede lograr en la realidad. Los estudiantes son un buen ejemplo porque en muchos países para estudiar pueden acceder a créditos pero quedan endeudados por muchos años.

En contraste, hay una clase alta que sigue concentrando los ingresos sino que tiene bienes de consumo a los que los demás no pueden aspirar.

En sociedades como la chilena o la colombiana la desigualdad es palpable, no hay que escarbar mucho.

Hay una tentación de decir que es puro resentimiento y en todo caso es entendible que a una persona le produzca un poco de rabia que le muestren lo que hay en el mundo: ‘esta es la finca que tiene su patrón, pero usted nunca va a tener algo así’ pero es, sobre todo, una cuestión de frustración.

LSA: Usted estudia la evolución de los movimientos sociales desde los 90, ¿estamos viendo algo diferente?

C.C.: En América Latina se implementaron políticas neoliberales en dos grandes fases. Al comienzo, para estabilizar las economías y, una vez relativamente estables, para abrirlas al mercado. Para ello se recurrió a la privatización de empresas y a la reducción del tamaño del Estado en cuanto a sus obligaciones sociales, por ejemplo.

Los primeros en movilizarse fueron los directamente afectados con esas medidas, sobre todo trabajadores sindicalizados y después, todos los demás que fueron despedidos o dejaron de tener acceso a servicios públicos (como en Bolivia que a varias personas les expropiaron los acueductos comunitarios en la zona periférica de Cochabamba).

Se trata de una movilización muy sectorizada hasta ese momento.

Hay organizaciones de los 90 como los zapatistas en México, los Sin Tierra en Brasil, sectores del movimiento Piquetero (de los trabajadores desocupados) en Argentina, que siguen haciendo parte de la movilización y son referentes en el plano simbólico. Pero del 2005 en adelante aparecen otros actores en escena, como el movimiento estudiantil que ya existía pero se expande o el feminista, por ejemplo, y la movilización se vuelve más diversa y plural.

LSA: ¿Cuál es la razón?

C.C.: Lo que ha pasado es que los efectos de esas políticas han ido abarcando una porción más grande de la sociedad: los que trabajan en bancos u otros sectores privados, son de clase media, han tenido educación, pero ahora sus salarios no alcanzan porque el costo de vida es muy alto.

Dado que el neoliberalismo impacta muchas esferas de la sociedad, se pueden unir en su contra sectores que en principio serían antagónicos.

LSA: ¿Es factible que, como ha dicho Maduro, las movilizaciones que hemos visto recientemente hayan sido planeadas en el Foro de Sao Paulo que se celebró en Caracas?

C.C.: Ese tipo de aseveraciones le hacen mucho daño a los movimientos sociales, no tanto porque los alineen con Maduro, que soñaría con tener tal control y ser así de poderoso, sino porque tratan de vender la idea de que los movimientos son marionetas de una cabeza maestra, sea quien sea, y eso les quita agencia y autonomía.

A los movimientos les conviene tener aliados que puedan canalizar sus demandas pero Maduro no tiene capacidad para evitar que aumenten el tiquete del metro, o más aún, para lograr que reformen los fondos privados de pensiones o mejoren el acceso a la educación que son peticiones de fondo de los chilenos, o para que bajen el precio de la gasolina en Ecuador, por ejemplo.

El Foro de Sao Paulo, además, no concentra el poder de la izquierda en el Continente.

LSA: Muchos han comparado las protestas con el suicidio con la idea de que ambos son contagiosos ¿está de acuerdo?

C.C.: En los movimientos sociales hay ciclos de protesta. Siempre que hay un gran estallido, se puede esperar que pase lo mismo en otros países. Ha sido así a lo largo de la historia. Entre los 50 y 60 hubo manifestaciones por derechos civiles en muchos lugares, después vino el movimiento pacifista y luego el estudiantil de 1968, del que hicieron parte México, Francia, Checoslovaquia con la Primavera de Praga.

Es sencillo: si una persona lo hace y le funciona, otros pueden pensar que a ellos también les puede funcionar.

El miércoles, el presidente Sebastián Piñera dijo que hará reformas. En otras palabras, cedió ante la presión de la movilización social, lo que la legitima como una vía de cambio y transformación social.

LSA: ¿Usted cree que en Colombia la única forma de participación política que tenemos instaurada son las elecciones?

C.C.: No lo creo. Es cierto que en Colombia no nos movilizamos de la misma manera que en otros países de la región, pero es injusto decir que no lo hacemos. Generalmente los referentes que tenemos son de nuestro círculo, pero por fuera de él hay gente que se moviliza o que está creando movimiento hacia adentro desde hace décadas, así no la veamos.

Durante los gobiernos de Uribe, Pastrana, Samper hubo manifestaciones, aunque no de gran magnitud, pero con la Mane en 2011 se inauguró la movilización masiva en la calle en el país, que es claro que ha venido en aumento.

LSA: ¿Por qué no hay más movilización?

C.C.: Hay varias razones que explican que en Colombia la movilización de quienes siempre están movilizados no se expanda al resto de la sociedad.

La protesta ha sido fuertemente estigmatizada. En el marco del conflicto armado, durante décadas se le asoció con la guerrilla.

Además somos la sociedad del miedo. En Colombia la primera desaparición de que tenemos registro oficial fue en 1977, pero a diferencia de Chile o Argentina, no sabemos cuál es la última porque no ha cesado. Hemos sido disciplinados para ‘no meternos en problemas’.

La tutela también ha permitido que la gente tramite de forma individual demandas que podrían ser sociales y con razón, porque tienen la posibilidad de que en 72 horas le den una solución a su caso concreto, mientras que vía movilización quizá tenga que esperar cinco meses, sin saber el resultado.

Algo similar pasa con el clientelismo. El congresista o el concejal, por ejemplo, tramitan asuntos que afectan directamente la vida de las personas como pavimentar la vía, conseguir una cita médica o cupo en un colegio, lo que calma los ánimos de la gente, pero cambios estructurales en el sistema de salud o en el educativo siguen pendientes.

LSA: ¿Podríamos ver algún tipo de “contagio” en Colombia?

C.C.: En los últimos años la cultura política ha ido cambiando.

Las marchas a favor del Acuerdo de Paz fueron muy importantes. No eran las más contestatarias ni estaban pidiendo un cambio en el statu quo, de hecho estaban respaldando al Gobierno de turno, pero por eso mismo fueron pacíficas y eso ayudó a que gente que nunca antes había salido a marchar le perdiera el miedo y desmitificara que es una práctica sólo de vándalos o de la “chusma”, sino una forma de acción política al alcance de cualquier ciudadano.

Lo que hemos visto en Chile en los últimos días también podríamos verlo en Colombia si se dan algunas condiciones.

LSA: ¿Cuáles?

C.C.: Los estudiantes, de las universidades públicas pero también de las privadas, como hemos visto, juegan un papel muy importante. No es solo cuestión de que están en la “primavera revolucionaria” sino de problemas prácticos como el alto costo de los créditos del Icetex, las altas tasas de desempleo en los jóvenes o salarios muy bajos.

A esto se suma que si este Gobierno sigue profundizando las políticas regresivas más gente va a salir a las calles.

Quizá ampliar la base gravable del IVA, aunque nos afecta a todos, no es tan visible porque son 200 o 300 pesos más en cada alimento o en los bienes de consumo, pero cuando empieza a tocar temas como el salario mínimo que impacta al grueso de la sociedad en su cotidianidad o las pensiones de la gente que hoy tiene entre 30 y 40 años, las causas de movilización se vuelven más sólidas y palpables para la gente.

LSA: ¿Cree que en las protestas de los últimos años el uso de la violencia se ha intensificado? pienso en las cerca de 70 estaciones de metro de Santiago afectadas y en el incendio de edificios también en Quito.

C.C.: Es importante cuestionar qué se espera de los manifestantes. Claramente uno ve en las imágenes fuego y se asusta, pero no creo que sea la constante.

Las Madres de Plaza de Mayo en Argentina hacen una ronda todos los jueves a las 3 p.m., pero empezaron haciéndola los sábados, que era cuando no tenían que trabajar, y se dieron cuenta que habían sido poco hábiles porque ese día sólo había familias departiendo.

El efecto que tiene entre semana es que incomoda: le obstruye el paso al que va para la oficina, logra la atención de los que trabajan en el Ministerio del Interior. La movilización social por esencia es disruptiva e implica hacer cosas para las que el sistema político no está preparado y no puede responder de forma inmediata, generar caos.

El problema es fijar los límites porque la noción de violencia varía de persona a persona. Quizá desnudarme y pintarme el torso ya es violento para algunos. Es muy difícil pedirle a un grupo de manifestantes que no bloqueen una calle, que no rayen una pared, que no rompan un vidrio, lo que pasa es que no estamos acostumbrados.

Como sociedad fallamos cuando frente a una protesta nos preguntamos qué está pasando pero no por qué. Si lo hiciéramos, seríamos más comprensivos con la movilización social y con las vías de hecho.

Tampoco se le puede pedir al Estado que no actúe, pero su capacidad de respuesta no es igual a la de los manifestantes.

Con la militarización de la ciudad que ordenó Piñera casi que autocumplió su profesía de que estaban en un escenario de guerra.

Los cocteles Molotov o las piedras que normalmente usan los protestantes no se comparan con las armas ni tanquetas que tiene la fuerza pública, por ejemplo.

LSA: En Cataluña han registrado que los protestantes se están coordinando a través de una aplicación que se llama Tsunami Democràtic, ¿Cómo ha cambiado la tecnología la protesta social?

C.C.: Los movimientos sociales se caracterizan, sobre todo, por ser creativos en la medida que son capaces de apropiarse de lo que parece más negativo y volverlo una oportunidad.

Charles Tilly en su libro “Los movimientos sociales 1768 a 2008” muestra cómo han construído su repertorio a lo largo del tiempo con lo que tienen a la mano, desde la imprenta o el telégrafo, hasta llegar al uso de las redes sociales, pero éstas no son la causa ni la esencia de la movilización social.

Las aerolíneas de bajo costo, que posiblemente explotan a sus trabajadores y hasta representan un riesgo para la seguridad de los usuarios, también les dan una ventaja para poder viajar y conectarse con grupos de otras regiones, y por eso las usan.

LSA: ¿Qué implicaciones tiene para la movilización el giro hacia la izquierda o la derecha que se está jugando con las elecciones de Bolivia, Uruguay, Argentina, Canadá?

C.C.: No es posible desconectar lo electoral de las movilizaciones pero tampoco construir relaciones de causalidad.

En América Latina sí se dio cierto giro hacia la izquierda o por lo menos hacia gobiernos distintos a lo que había antes, y ese cambio estuvo precedido por fuertes movilizaciones sociales en la calle o por la acción de movimientos hacia adentro muy fuertes en los diferentes países.

En 2015 la región cambia y ganan opciones de derecha, con el slogan de “recuperar algo”, incluso ese fue el de Peñalosa en Bogotá.

Pero eso no significa que los electores se hayan vuelto de derecha. Los electores en general son muy variados, no son tan juiciosos al escoger por quién o por qué votan y tampoco representan a toda la sociedad.

Lo que está claro es que la gente en América Latina ha logrado conquistas y no está dispuesta a perderlas. Esto se observa, por ejemplo, con el hecho de que en Argentina están a punto de volver a elegir el proyecto kirchnerista aunque en otra presentación, después de que Macri los devolviera a 1999, 2000.

También se observa en el hecho de que con las recientes protestas en Ecuador, Lenin Moreno, que se hizo elegir con el programa de su antecesor pero está gobernando con el de la oposición, está bastante avisado.

LSA: ¿En esa clave, hace alguna diferencia quién gane en estas elecciones en Bogotá o Medellín?

C.C.: El neoliberalismo necesita individuos convencidos en instituciones clave que permitan la continuidad de políticas, no es una cosa que tenga vida propia, por eso las elecciones siguen siendo importantes.

No es lo mismo un Estado o una ciudad gobernados por un partido de derecha neoconservador alineado con políticas neoliberales, que por un progresista.

Un ejemplo claro lo demuestra. Con Gustavo Petro el tiquete de Transmilenio era más barato en las horas valle, Peñalosa lo desmontó y de hecho aumentó la tarifa argumentando un hueco en el sistema. Más allá de si es así o no, este cambio afecta a la gente en su día a día, sobre todo a aquellos que literalmente cuentan monedas para alcanzar el final del mes.

LSA: ¿A dónde cree que nos van a conducir estas movilizaciones?

C.C.: Lo que está pasando en Chile encendió una chispa que va a empoderar el movimiento social, gente que probablemente no estaba organizada en ese país, lo va a hacer y en el mediano o largo plazo tal vez tenga un impacto en los resultados electorales.

En el libro “Los Días del Arcoíris” se narra cómo previo al plebiscito que terminó con la dictadura de Pinochet la gente iba en el metro, muerta del susto, y de repente alguien empezaba a tararear la canción “Chile, la alegría ya viene” y aunque no hablaban, había gente que sonreía; se dieron cuenta que había muchos más como ellos, que no son los locos del paseo y que había que hacer algo al respecto. Una persona sola no lo hace, pero si son muchos se puede animar.

No son un actor unificado y probablemente van a tener muchas diferencias, pero ya saben que tienen cosas en común.

En Ecuador, Lenin Moreno ya sabe que no va a poder distanciarse tanto del programa de su antecesor como hubiera querido.

En cuanto a nuestro país, en redes está circulando un meme que dice que Colombia despertó pero está mirando una chancleta. No creo que sea así. Colombia siempre ha estado despierta pero intentan dormirla a golpes, aunque ahora los golpes parecen ser menos efectivos que en años anteriores.

De repente la gente quiere ver en llamas la Séptima, pero eso no se compadece ni con el movimiento estudiantil ni con la minga indígena que acaba de pasar, por ejemplo. La gente poco a poco está perdiendo el desprecio por la protesta social.

Para citar:

Cepeda, C. (2018). Resistencias contra el neoliberalismo: una conceptualización de su ejercicio entre lo local y lo global. Revista Relaciones Internacionales n.39.

Cepeda, C. (2019). La ciudad de Bogotá: entre el “giro a la izquierda” y el “giro a la derecha” en América Latina. Revista Estudios Sociales del Estado v.5 n.9

Cepeda, C. (2011). Levantamientos Sociales en la Unión Europea: ¿un Ciclo de Protestas Contemporáneo? Revista Sul-Americana de Ciência Política, v.1 n.2

De Carcasí a Brasil, los niños científicos viajeros

De Carcasí a Brasil, los niños científicos viajeros

Col Bryann Avendaño

Para Heyber y Edilmer, montar en avión, conocer otro país o incluso salir de su vereda nunca había sido una opción. Son las 5:00 de la mañana y Heyber camina casi dos horas y media para llegar a su escuela, la institución educativa El Tobal, en zona rural de Carcasí, Santander. Edilmer, por su parte, llega 10 minutos antes todos los días para revisar sus experimentos, tomar los datos y salir a clase de matemáticas como el resto de sus compañeros de aula. A estos dos estudiantes de décimo grado los une una razón: su pasión por la ciencia. Desde hace cuatro años integran el semillero de investigación ’Viajeros de la Selva Invisible’, cuyo nombre representa el universo selvático que descubren al observar algas a través del microscopio.

Su trabajo en ficorremediación (el estudio de cómo las algas limpian los desechos), motivado por el profesor Bernardo Rey Moreno, ha sido avalado por el programa Ondas de Colciencias, desarrollado en Santander en el marco del programa Generación ConCiencia liderado por la Universidad Autónoma de Bucaramanga.

En su laboratorio casero, Heyber y Edilmer buscan estandarizar un método para descontaminar el agua residual producto de la industria láctea (lactosuero) en su vereda, utilizando microorganismos como fuente de remediación natural. Están obsesionados con algas microscópicas que, dicen, son la fuente de la vida. En el único microscopio de su colegio observan algunas de las características, identifican y describen las especies mediante diversos experimentos apoyados en sus tubos de ensayo. Deben ser recursivos y tienen presente que el error es parte fundamental de cualquier aprendizaje.

Hace tres años era impensable para ellos que este proyecto de ciencias los llevara lejos: después de un viaje a Estados Unidos en 2017, por invitación de Colciencias, a la Feria Intel Isef para representar a Colombia con un proyecto innovador, el año pasado empacaron de nuevo sus maletas para mostrar su trabajo en Novo Hamburgo, Brasil. Trabajaron tarde y noche durante dos años, y después de la jornada de clases preferían dedicar a su investigación dos horas más de trabajo en el laboratorio que ellos mismos ayudaron a montar en lugar de regresar a casa a ver televisión.

Sin descuidar los demás deberes propios de un adolescente en edad escolar de su municipio, que implica también apoyar a sus familias en las labores propias del campo, ambos adolescentes fijaron en su mente un sueño: ganar la Feria Infantil y Juvenil de Ciencia, Tecnología e Innovación que se realiza cada año en Santander, y de este modo obtener un cupo para asistir a la feria nacional y competir con estudiantes investigadores de otras regiones, pero jamás imaginaron que los llevaría aún más lejos.

Sueño cumplido. En el 2017, después de ser finalistas en Santander, estaban más que preparados para representar a su departamento a nivel nacional. Debían preparar su mejor “pitch científico” y, de este modo, ganar un cupo para representar a Colombia en Brasil, y así sucedió. Estos logros han sido orgullo para todos sus compañeros de colegio y, por supuesto, para su maestro, el profe Berna, como lo conocen en la región. Un maestro que sabe que sus pequeños científicos pueden ser tan buenos como los mejores del mundo, y que solo se necesita apoyo y oportunidades para aprovechar su máximo potencial.

Ellos se atrevieron a presentarse en la feria más grande de escolares en América Latina: MOSTRATEC, en Brasil, que reúne a los mejores 200 proyectos de investigación de 20 países de la región. En jornadas extenuantes, según las palabras de Heyber, tenían que superar diversas etapas de pruebas de habilidades y conocimientos ante jurados muy exigentes. “Era la primera vez en un país diferente. Nos levantábamos a las seis de la mañana para estar listos y que el bus nos recogiera en el hotel, llegábamos a las once porque había que darle tiempo también a conocer ese lindo país. ¡Ah, y había tiempo para un chico de fútbol! Como buenos colombianos, también nos llevamos ese triunfo”, comenta entre risas y una esperanzadora sonrisa.

Ganaron el primer lugar en la categoría Ciencias Ambientales; el profe Berna, Heyber y Edilmer no cabían de la dicha cuando los llamaron a la tarima a recibir su premio: una entrada para la feria internacional en Buenos Aires. Un triunfo que, con perseverancia, traía esperanza a dos niños que sueñan con ser científicos. “Nos estamos preparando para la feria de Argentina, sabemos que tenemos que mejorar. Gracias al intercambio científico con otros estudiantes y al empeño del profe Bernardo, haremos un buen trabajo en la feria de octubre”, dice Edilmer, quien a sus 14 años ya lee artículos científicos en inglés sobre ficología y sistemática, y a quien, sin importar el dominio de esa lengua, sus ansias por entender el mundo de la ciencia le permiten analizar resultados de investigaciones, interpretar gráficas y modelos estadísticos.

Este es solo un ejemplo, de los muchos de participantes del programa Ondas de Colciencias que han salido del país gracias a su amor por la ciencia y la tecnología, al apoyo de sus maestros, así como a su perseverancia en el trabajo científico y, por qué no, por su aspiración a trascender con experimentos sencillos, que prometen ser una ventana a innovaciones científicas y tecnológicas más adelante.

Abrir las oportunidades a estudiantes de secundaria para que vivan el mundo de la investigación, con los retos que implica, permitirá que sean parte de redes internacionales de colaboración. Les enseñará a ver su región desde otras latitudes, empoderarse de la ciencia para ver su país con ojos de optimismo y retornar a su región tan pronto como sea posible, para seguir construyendo soluciones para su comunidad y demostrar que también es posible regresar a hacer más y mejor.

Heyber y Edilmer trabajan en este laboratorio casero, construdo en su escuela de Carcasí, Santander.
Heyber y Edilmer trabajan en este laboratorio casero, construido en su escuela de Carcasí, Santander.

 


*        Científico en ScienteLab, miembro de Clubes de Ciencia Colombia y líder en Educación STEM; becario del Programa de Liderazgo en Competitividad Global de la Universidad de Georgetown, Washington D.C.

De las estrellas a las aulas

De las estrellas a las aulas

Col Bryann Avendaño

Desde septiembre de 2017, Ana Salvador y Ángel Rivas emprendieron un viaje como mochileros en Argentina y hoy llegan a Colombia, en una Volkswagen Kombi modelo 88 que convirtieron en casa rodante y bautizaron como “Vera Z Rubin”, cargada de historias, recuerdos y mucha ciencia. Sí, ciencia. Ellos son jóvenes científicos: Ana es física y Ph.D en Cosmología por la Universidad Autónoma de Madrid, y Ángel, físico y desarrollador de software. Juntos viajan por el mundo divulgando temas de ciencia, como los orígenes del universo o bases de astronomía, a cambio de alojamiento o algo que les ayude con el propósito de recorrer el mundo. Su sueño es cambiar la percepción que las personas tienen acerca de los científicos y mostrar que cualquier persona que se lo proponga puede estudiar una carrera en ciencias.

Su proyecto se llama ‘Acoge a un científico’ y, a enero de 2019, habían recorrido nueve países de Suramérica, 94 escuelas e instituciones educativas donde han realizado más de 150 talleres y charlas para una audiencia de más de 6.700 niños y jóvenes. Su sustento para los gastos de viaje es la venta de libros que ellos mismos han escrito sobre la historia del universo y algunas postales o calcomanías sobre temas de ciencia.

Esta forma de economía colaborativa no solamente tiene impacto en la visión que su audiencia va adoptando sobre la forma como se hace público el conocimiento científico, también da cuenta de la valiosa oportunidad que tienen los científicos de motivar e inspirar nuevas generaciones en las llamadas carreras del siglo XXI o carreras STEM —en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas—. Motivarlas no solo con historias de éxito, también con las cotidianas, las humanas, las emocionales y las de cumplir anhelos. Las de recorrer Suramérica enseñando por vocación.

Ana y Ángel resaltan el potencial que tiene el asombro en los niños. En su viaje han llegado a colegios en varias provincias argentinas, pueblos alejados de las fronteras uruguayas, comunidades paraguayas de aprendizaje, escuelas rurales muy recónditas en las montañas bolivianas,  institutos y observatorios de investigación en medio del desierto peruano, universidades chilenas y también aulas en medio de la selva ecuatoriana.

No en vano, cada parada que hacen en su ‘combi’ tiene el objetivo de enseñar, de manera gratuita, temas de cosmología y física como el origen del universo y de la materia oscura, el uso de escalas físicas, cómo realizar observaciones nocturnas para analizar constelaciones de estrellas y hasta hacen un trabajo práctico con datos reales de supernovas, para así comprobar la expansión acelerada del universo; todo en medio de juegos, preguntas y dinámicas sobre curiosidades científicas.

Experiencias como ésta llenan de esperanza un sistema académico que busca acercarse cada vez más a la sociedad. Un sistema cuyas dinámicas competitivas no logran vincularse con la realidad que viven los niños y jóvenes en zonas rurales en Latinoamérica. Audiencias que no olvidan a ese científico naturalista, cuya esencia está en la pregunta de investigación y la genuina curiosidad de comprobar hipótesis. Así, el proyecto ’Acoge a un cientifico’, de Ana y Ángel , hace hincapié en la gran responsabilidad que, como hombres y mujeres de ciencia, tienen frente a la futura generación de científicos: una generación que propenda por la colaboración, que mezcle el desarrollo de habilidades técnicas con habilidades socio-emocionales y, sobre todo, que vea el potencial de cooperar como la oportunidad de construir una ciudadanía que valore y construya una cultura científica en medio de tanta desinformación.

 


* Científico en ScienteLab, miembro de Clubes de Ciencia Colombia y líder en Educación STEM. Becario del Programa de Liderazgo en Competitividad Global de la Universidad de Georgetown, Washington D.C.