Barrismo, un asalto a una tribuna y sentido del deporte

Barrismo, un asalto a una tribuna y sentido del deporte

El martes 3 de agosto, luego de más de un año de estar cerrado al público a causa de la pandemia, se abrió con pompa el estadio El Campín, o como lo llaman muchos: “el Nemesio”. El partido: un clásico entre Santa Fe y Nacional, muy esperado y con optimismo por parte de ambas hinchadas.

Asistieron más de seis mil aficionados a todas las tribunas, pero de repente, en el entretiempo y ante el registro de las cámaras, algunos hinchas de Nacional treparon la tribuna familiar y agredieron a seguidores de Santa Fe. En respuesta, la barra de Santa Fe (llamada La Guardia), saltó a la cancha desde el otro extremo del estadio y corrió hacia norte a confrontar al rival. Se esperaba tremenda gresca entre barras, pero intervino la policía y el ambiente se calmó.

Hacía mucho tiempo no se veía algo así dentro del estadio, todo fue grabado y los hechos se convirtieron en un acontecimiento mediático. Seis heridos, varios detenidos, reuniones de urgencia, culpables aquí y allá. Reaccionaron todos, la alcaldesa, el presidente, el general, el ministro, y señalaron como si se hubieran puesto de acuerdo, nuevamente “a los desadaptados” del deporte como responsables.

Nacional, Santa Fe y barrismo

Los medios llevaron las agresiones vueltas espectáculo a las primeras planas, todo el mundo opinó como si fuera algo sorprendente. Y se tomaron medidas: los hinchas de Nacional no podrán volver al Campín en un año, no se deben juntar barras rivales en los clásicos y otras ciudades piensan en fórmulas semejantes.

No sé cuántas veces he escuchado que esto no se puede repetir, pero la explicación “del inadaptado” hizo agua, no dice nada, es un tic de lenguaje periodístico. Lo interesante es que en los años que llevamos estudiando el barrismo en el fútbol, estos hechos se repiten incansablemente en diferentes escenarios y momentos.

El barrismo ya se ha consolidado, no es un fenómeno, sino que hace parte del escenario del fútbol. Muchos aprendizajes y estudios se conocen, y en este contexto surge la primera pregunta: ¿A quién se le ocurre meter en un estadio barras rivales, y más después de 14 meses de confinamientos por la pandemia y en un contexto de protestas sociales?

Las barras se mueven con unos principios de acción semejantes. El primero es la territorialidad que se origina en las tribunas, pero que se extiende metafóricamente a barrios y ciudades. Bogotá es el territorio legítimo de las barras de los equipos locales y la presencia de otras barras ponen en juego una constante disputa territorial. Lo mismo ocurre en Medellín frente a Nacional y el DIM (Deportivo Independiente Medellín). Entonces, ¿cómo se minimizan las agresiones? Respetando los territorios; de lo contario viene la gresca.

Segundo, las barras no se componen de sujetos aislados, sus acciones son grupales. Tercero, el cuerpo del barrista es otro territorio que marca sobre sí mismo una identidad, es el medio legítimo de tener “aguante” y dar la pelea con él y sobre él, como el fútbol mismo, que es un deporte de contacto.

Las acciones parecen producto del caos, pero no, hay reglas que todo barrista aprende. Su lógica de justicia reposa sobre una frágil balanza sostenida por una reciprocidad del “ojo por ojo”, la entrada en batalla es producto de una búsqueda de equilibrio en el universo de las barras.

A pesar de esto, los medios focalizaron sus preguntas en si el partido debía haberse suspendido, contrario a lo que pasó, ya que luego de una hora de espera se jugó el segundo tiempo. Muchos hinchas habían salido del estadio por miedo, no a lo que pasara en las tribunas, la gente sabe cómo “es la cosa”, sino por temor a la pelea que se veía venir afuera y en algunos barrios. En efecto, lo mejor fue mantener contenidas las barras dentro del estadio y vigilar los alrededores mientras llegaban refuerzos policiales.

Hay un hecho que llama la atención y es la imagen de los hinchas trepando desde la tribuna oriental a la familiar. En un marco de desigualdad social, quizás si podamos entenderlo como un ataque de clase, por ello es pertinente preguntarse por qué se dirigió el ataque contra la tribuna familiar y no contra sus rivales naturales los barristas en sur.

No creemos que se trate del ataque de un enemigo de la sociedad llamado “el inadaptado” a la institución de la familia como algunos han sugerido, y tampoco podemos olvidar el estado emocional de rabia que hay en el país en este año de pandemia, de paro y estallido social. Todo se juntó y explotó. No se puede perder de vista que la mayoría de los miembros de las barras habitan barrios periféricos, son jóvenes sin oportunidades, muchos desempleados y con las puertas cerradas al estudio.

Ojalá sigamos aprendiendo y que las autoridades entiendan que el barrismo está anclado en una realidad social compleja, por eso se proyecta en la vida de las ciudades y no se circunscribe solo a los estadios.

Finalmente, cabe preguntarse por qué se ha naturalizado el arreglárselas por mano propia, ¿será una marca de la colombianidad o una expresión más de los vacíos de Estado frente a la sociedad?

* Jairo Clavijo es profesor Departamento de Antropología en la Pontificia Universidad Javeriana y parte de su trabajo lo ha dedicado a estudiar el barrismo en el fútbol.

Las exposiciones de arte vuelven a la Universidad Javeriana

Las exposiciones de arte vuelven a la Universidad Javeriana

Llega a la Pontificia Universidad Javeriana la exposición Vida y diferencia en el vacío de los monumentos, que presenta proyectos de investigación y creación de once universidades del país.

Estas obras dan cuenta de los estallidos sociales de los últimos tiempos, especialmente en Latinoamérica, los cuales evidencian el deseo de la sociedad por alterar una normalidad política que desatiende las necesidades de la ciudadanía, dando lugar a la manifestación de múltiples resistencias interviniendo directamente el espacio público, e incluso, de monumentos como forma simbólica de protesta.

La exposición está abierta al público en la Galería del Edificio Gerardo Arango, S.J. de la Pontificia Universidad Javeriana, del 21 de julio hasta el 5 de agosto, solo por tres días a la semana, a través de dos visitas guiadas por día, en el horario de 5:00 p.m. a 8:00 p.m.

Para asistir deberá realizar una inscripción previa (en este enlace), con el fin de controlar el aforo y acatar las medidas de bioseguridad para proteger a los asistentes.

¿Qué ver en la exposición?

Quienes visiten esta exhibición, desarrollada en el marco del IV Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad del 2020 que se extiende al día de hoy para apostarle al desarrollo de eventos presenciales, podrán encontrar 21 obras de artistas de Cali, Pereira, Pasto, Bogotá y Pamplona, “entre ellas hay videoarte, videoinstalación, ensamblaje escultórico, despliegues de archivo, fotografía, muestras de intervenciones en espacio público, entre otros”, señala Óscar Hernández, asistente para la creación artística de la Javeriana.

Exposición universidad Javeriana
Ensayo sobre el foto trampeo. Quinaya Qumir, Universidad Tecnológica de Pereira.

El evento, que se encuentra en cabeza de la Asistencia para la Creación Artística, cuenta con la curaduría de Sylvia Suárez y Ricardo Toledo y la participación de profesores del Departamento de Artes Visuales de la Javeriana. Busca darle continuidad a la iniciativa que comenzó con muestras como Artistas al tablero (2016) y Desmárgenes (2018), exposiciones que han querido visibilizar proyectos de investigación y creación de universidades colombianas a través de la producción en artes plásticas y visuales.

“Todas las formas que saltan a la expresión en la protesta y que se han visto en los últimos días con el paro nacional cuestionan privilegios, activan afectos reprimidos, convocan saberes olvidados, abren espacios de cuestionamiento y oposición a los poderes instaurados y, además, orientan a la creación de nuevas obras artísticas”, señala Hernández. Así, los reclamos y necesidades de la sociedad pueden convertirse en distintas expresiones artísticas que se reunirán en un mismo espacio.

Si quiere ver de forma digital las obras que se exhiben en la exposición puede consultar el Catálogo de Obras Artísticas de la universidad.

Protestar en la calle: ¿funcionan otros mecanismos de participación ciudadana?

Protestar en la calle: ¿funcionan otros mecanismos de participación ciudadana?

Cuando hay manifestaciones que obstaculizan las vías públicas es común encontrarse con frases como: “Esas no son formas de protestar”, “están afectando al mismo pueblo”. En el marco del paro nacional que comenzó el pasado 28 de abril, parte de la discusión nacional ha sido cuál es la mejor forma de expresar las inconformidades.

Aunque el debate inspire las posiciones más opuestas, en la Constitución colombiana existen consagrados cinco mecanismos de participación ciudadana que eventualmente podrían ayudar a conseguir los cambios que se procuran durante las manifestaciones.

Patricia Inés Muñoz es profesora y directora de posgrados del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Una de sus áreas de investigación es la cultura política del país. Para la docente es necesario revisar el estatuto de participación ciudadana (ley 1757 de 2015), pues si bien los mecanismos están estipulados, los requisitos incluyen creación de comités, recolección de firmas, umbrales de votación y otra serie de procedimientos que los hacen complicados.

“En términos generales los mecanismos fueron concebidos bajo una serie de requisitos que la mayoría de las veces hacen difícil el éxito del uso del mecanismo por parte de los ciudadanos”, dice Muñoz.

Y las cifras parecen respaldarla. Desde 1991, que existen estos mecanismos, solo un alcalde ha sido removido de su mandato a través del mecanismo popular de revocatoria. Fue en el municipio de Tasco, Boyacá, en 2018. Esto a pesar de las decenas de solicitudes que llegan a la registraduría. En 2017 se presentaron 47 y actualmente cursan 67 solicitudes contra alcaldes. Estos procesos se vieron frenados por la pandemia ante la imposibilidad de recolectar firmas.

En referendos las historia no es muy diferente. En diálogo con El Espectador, Clara Rodríguez, profesora e investigadora del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional de Colombia, recordó que en el país solo se ha votado un referendo a nivel nacional. Este fue propuesto por Álvaro Uribe en 2003, constaba de 14 preguntas y solo una alcanzó el umbral de aprobación: la de la muerte política a condenados.

Adicionalmente, estos procesos están lejos de ser prácticos. Su aplicación puede tomar más de un año, por lo que no serían una alternativa efectiva para cierto tipo de decisiones que requieren mayor urgencia y sin contar los costos que implican.

Según la Registraduría Nacional del Estado Civil los procesos de revocatorias del mandato que están hoy en curso costarían cerca de $200 mil millones. Solo en una ciudad como Medellín, este proceso estaría rondando los 1500 millones de pesos.

La cifra aumenta si se consulta una decisión a nivel nacional. El plebiscito que refrendó los acuerdos de paz con las FARC (única vez que se ha usado esta figura) costó $350 mil millones según la misma Registraduría.

¿Por qué la gente prefiere manifestarse en las calles?

La docente Muñoz expone que como los mecanismos existentes son útiles en muy reducidos espacios, “la movilización de los ciudadanos en las calles es la única forma de hacerse escuchar porque sienten que no hubo otros espacios o mecanismos para interactuar”.

Esta situación ha sido evidente durante los últimos días en el país, que aún en medio de la pandemia, ha vivido una movilización ciudadana en diversas regiones, de diferentes sectores sociales y con múltiples reclamos.

Manifestaciones en Colombia

En este caso la investigadora analiza un malestar social generalizado por demandas que ya se venían presentando desde el paro del 2019 y que fueron interrumpidas por la cuarentena. Esta inconformidad se incrementó por el contenido y la forma como se presentó la reforma tributaria y los impactos que iba a tener sobre la economía diaria. Un tercer factor, analiza la experta, es la pérdida de confianza en la institucionalidad, el gobierno y los actores políticos por parte de los ciudadanos.

Según el Barómetro de Confianza de Edelman, para el cual se encuestaron a más de 33 mil personas en 28 países del 19 de octubre al 18 de noviembre de 2020, en Colombia, la confianza en el gobierno está 20 puntos por debajo del promedio global, siendo el cuarto país que más desconfía después de Nigeria, Sudáfrica y Argentina.

La encuesta revela que la confianza en los líderes políticos llega apenas al 24 %, tres puntos porcentuales menos que en 2020 y que la credibilidad en los voceros del gobierno es del 21 %, dos puntos menos que el año anterior.

“Todos estos estudios de cultura política vienen mostrando una pérdida progresiva de la confianza en las instituciones por parte de los ciudadanos en Colombia”. Paricia Muñoz

Muñoz argumenta que todo este malestar finalmente generó reacciones más alteradas por el mismo contexto de la pandemia, y fue canalizado hacia las manifestaciones en vía pública.

Para la investigadora los mecanismos existentes se quedan cortos para, por ejemplo, consultar a la ciudadanía sobre el contenido de la reforma tributaria. El gobierno requiere, de forma urgente, recaudar recursos por los gastos que ha dejado la pandemia, pero no puede esperar los 12 o 18 meses que tomaría consultar a la ciudadanía mediante dichos mecanismos.

Ante tal complejidad para el uso de las herramientas constitucionales, ¿qué hacer?

La Ley 1757 de 2015 hizo más flexibles los requisitos de algunos de estos mecanismos, norma que para la investigadora Patricia Muñoz es necesario revisar de nuevo buscando que sea más efectiva. “Estamos en mora de evaluarla porque creo que ha habido algunos logros, revocatorias de mandato, por ejemplo, que nos pueden mostrar que efectivamente estuvieron al alcance de los ciudadanos, pero quizás le podamos introducir mejoras para hacerlos todavía más flexibles”, explica.

Pero el problema de fondo, continúa Muñoz, pasa por la relación entre los actores políticos y los ciudadanos. Afirma que más allá de los mecanismos formales que ya existen, lo importante es la voluntad política de los gobernantes para identificar las demandas, necesidades y expectativas de los ciudadanos.

Esta relación se puede construir por fuera de dichas herramientas. “Siempre habrá la posibilidad de convocar mesas de trabajo con partidos políticos, centrales obreras, organizaciones de la sociedad civil, gremios, academia, grupos organizados. Lo importante es la voluntad política de los mandatarios de abrir canales de diálogo”, manifiesta.

Si bien estas discusiones pueden tomar tiempo, la investigadora sostiene que cuando los gobiernos tienen en cuenta a sus ciudadanos al momento de tomar las decisiones, la norma expedida contará con acogida y respaldo, y eso es finalmente lo que construye la legitimidad de los gobiernos.

“Cuando se quiere gobernar de espalda a la ciudadanía, uno de los efectos es lo que estamos viviendo, ¿por qué?, porque al imponer una reforma tributaria sin consultar y con la gente agotada y empobrecida, allí los ánimos llegan a un punto en que se generan otras reacciones, como las que hemos visto estos días”, dice Muñoz.

La investigadora resalta que aun cuando no exista un mecanismo que se llame movilización, este es por esencia un acto de participación ciudadana, el más sencillo para el ciudadano porque no requiere atender una serie de procedimientos para hacerlo efectivo. Finaliza haciendo un llamado a los diferentes gobiernos a mantener el diálogo con los ciudadanos para planificar mejor las decisiones.

El ABC de cómo informarse en momentos de crisis

El ABC de cómo informarse en momentos de crisis

Desde el pasado 28 de abril miles de personas se han manifestado en las calles (y en redes sociales) por diversos temas. Desde el proyecto de reforma tributaria que ya se retiró del Congreso hasta por la forma en que el presidente Iván Duque ha liderado el país. En esta discusión se han propagado noticias falsas, como esta que registra Colombia Check, un portal de verificación de información:

La desinformación originada a través de la creación de contenidos falsos se ha prestado para causar más confusión y se ha convertido en un potente mecanismo de control político en los momentos de crisis. Según el informe ‘Cómo combatir la desinformación’, de la Organización Digital Future Society, una iniciativa transnacional sobre la tecnología y sus impactos en la sociedad, “los que actúan desde la mala intención llevan a cabo campañas de desinformación para manipular el debate público”.

“Lo que vemos en los últimos días es la saturación de información usando la tecnología, una sobrecarga. Sin embargo, no veo mucha reflexión ética ni crítica en la acción de compartir estos videos tan brutales. Estamos guiados por un contenido muy intenso, muy emocional”, comenta Andrés Lombana-Bermúdez, profesor de la Pontificia Universidad Javeriana y miembro del Centro Berkman Klein para el Internet y la Sociedad de la Universidad de Harvard.

Lombana se refiere a los videos que se han propagado en redes sociales desde que iniciaron las manifestaciones en Colombia. Muchos de ellos incluyen contenido violento como abuso policial, daños a la infraestructura pública y agresión a policías y son compartidos muchas veces de forma descontextualizada.

Las burbujas informativas

Además de la desinformación y las noticias falsas, expertos reconocen que los algoritmos (el conjunto de reglas de programación que determinan cómo se muestran los contenidos en redes sociales) crean ‘burbujas informativas’.

“Los algoritmos han detectado cuál es la información que me gusta y en ese sentido me va a llegar toda la información que tiene que ver con mis propios gustos, tendencias, valores y miedos”, explica Juan Carlos Quintero, profesor de la Javeriana y doctor en Ética y Democracia.

“Si yo tuviese, como ciudadano de a pie, la claridad de que si consumo información en redes sociales, lo que voy a recibir está directamente relacionado con mis gustos y valores, quizás podría intentar romper esa burbuja buscando más información”, añade Quintero.

Para Lombana, “estas plataformas y redes tienen unos diseños sociotécnicos particulares (interacción entre la tecnología y las personas) que llevan a priorizar conversaciones entre las personas que te gustan, que tienen tus mismos valores o son de tu mismo partido político. Existe una limitación, quizás, para sostener el diálogo democrático y plural en esas plataformas”.

Una forma de mantenerse informado y darle un contrapeso a los contenidos que se reciben en redes sociales es seguir páginas y personajes públicos con los que no se comparten los mismos ideales.

¿Cómo informarse en momentos de saturación de información?

En noviembre del año pasado, The New York Times publicó ‘Cómo combatir la crisis de la desinformación’. El artículo explica que para evitar la propagación de noticias falsas, además de verificar lo que se lee e instalar aplicaciones como InVid para constatar si las imágenes de los videos son verídicas o no, las personas pueden realizar un simple ejercicio: hacer una pausa y mantener una pizca de escepticismo.

Además de este manual, también se puede consultar la guía de la organización First Draft acerca de cómo navegar en medio de la infodemia, el manual de la UNESCO sobre noticias falsas y la estrategia para combatir la desinformación de la Universidad de Palermo.

“Lo mejor, en este momento, por el escalamiento de la violencia, sería no amplificar información con contenido delicado inmediatamente. Guarden esos contenidos para utilizarlos en procesos de investigación y una vez verificada la evidencia, publíquenlos explicando el contexto de los acontecimientos. Esto no es censurar contenido, es entender que hay maneras de circular información que puede ayudar a frenar la violencia en las calles y en el discurso público”, dice Lombana.

Además del escepticismo, siempre es necesario contrastar y consultar plataformas que se encargan de comprobar, a través de hechos y datos, las noticias, las declaraciones de personajes públicos y los acontecimientos noticiosos, como lo hace la organización Colombia Check o el Detector de mentiras de La Silla Vacía. Además, la Fundación Gabo publicó un listado de 100 páginas para verificar contenido.

El Ctrl + F y la lectura lateral

Sam Wineburg, profesor de Historia en la Universidad de Stanford, ha reflexionado sobre el proceso de enseñanza y aprendizaje de esta asignatura. En su último libro llamado Why Learn History (When It’s Already on Your Phone, Wineburg hace una reflexión crítica de cómo los jóvenes no tienen la capacidad de juzgar adecuadamente la información que consumen en internet.

Un ejercicio que propone Wineburg, y que desarrollan la mayoría de plataformas de chequeo, es la lectura lateral y la triangulación de información. Consiste en leer un artículo en internet mientras, al mismo tiempo, se contrasta la información. En otras palabras, es abrir más de una pestaña en el navegador y empezar a hacer preguntas como: ¿Cuál es la evidencia?, ¿qué dicen otras fuentes?

Este proceso funciona con todo tipo de información: trinos, imágenes en Instagram, cadenas de WhatsApp, publicaciones en Facebook y noticias en medios de comunicación. Basta con abrir otra pestaña en el navegador y hacer consultas.

Para guiar de mejor manera la búsqueda de la información, otra recomendación es ubicar en el documento que se está leyendo la palabra clave o lo que realmente se quiere saber. “Según un estudio de Google Research, el 90 % de los usuarios no utilizan Control + F para localizar una palabra en los documentos. Eso es como si fuéramos en la autopista de la información sin saber qué significa la luz roja”. Explica en su libro el profesor de la Universidad de Stanford.

El comando Ctrl + F es una herramienta que puede ayudar a buscar información de manera más rápida en un documento, noticia o artículos.

El silencio estratégico

La cantidad de información que se produce por minuto y su difusión instantánea genera una dinámica de reacciones iguales en las personas. “Tengo que actuar rápido, y eso no me permite reflexionar qué estoy compartiendo”, advierte Juan Carlos Quintero.

Además de la inmediatez, el profesor Quintero, quien además es filósofo, explica que la información en redes sociales tiene otro componente que la hace aún más compleja: la gestión de las emociones.

“Cuando se trata de información relacionada con temas sociopolíticos hay contenidos que se producen de manera malintencionada que buscan actuar sobre la emocionalidad y potenciar elementos como el miedo, el asco y la exclusión frente a quienes no piensan como yo”, puntualiza.


Así que una opción de respuesta es el silencio estratégico, dice Lombana. “Cuando no nos estamos escuchando, una posibilidad es hacer silencio estratégico y no crear esa batalla de amplificación para silenciar al otro”.

Esta estrategia no significa desentenderse por completo, sino hacer una pausa y, como recomienda The New York Times, tener un grado de escepticismo frente a lo que se lee, escucha y observa. El silencio estratégico también permite reflexionar acerca de la información que se comparte.

Para el profesor Quintero, algo fundamental en el propósito de reducir la propagación de violencia en las redes sociales es reconocer la responsabilidad que tiene cada persona con una reproducción de un video, el retuit de un trino y la difusión de una cadena de WhatsApp. Además, puntualiza que es importante no hacer parte de monólogos y discursos de odio.

Aunque los algoritmos de las redes sociales, además de la producción malintencionada de noticias, condicionan parte del diálogo y la discusión en las plataformas, cada usuario puede tener un rol protagónico al realizar una lectura más crítica de lo que lee y ve; de esta manera puede aportar con la circulación de información contrastada y en pro del debate y la resolución de diferencias, y no se limita a la reproducción de contenido emocional e intenso que incita a la propagación de violencia.

La simbología detrás de ‘vandalizar’ monumentos

La simbología detrás de ‘vandalizar’ monumentos

Los bogotanos amanecieron el 7 de mayo con la noticia del derribamiento de la estatua de Gonzalo Jiménez de Quesada (fundador de Bogotá), que estaba ubicada en una plazoleta frente a la Universidad Rosario. “Es un acto de justicia espiritual organizado por las mujeres originarias y mestizas del Movimiento de Autoridades Indígenas de Colombia AICO”, argumentó Didier Chirimuscay líder de la comunidad misak.

El pasado 28 de abril, primer día del paro nacional que aún continúa, manifestantes derribaron la estatua de Sebastián de Belalcázar en la ciudad de Cali. Al igual que meses atrás en Popayán, esta acción fue realizada por un grupo de indígenas de la comunidad misak, nasa y pijao.

El año pasado, luego del asesinato de George Floyd que impulsó el movimiento Black Lives Matter en diferentes partes del mundo, cayeron estatuas como la de Cristóbal Colón o el Rey Leopoldo II en países como Estados Unidos, y la del esclavista Edward Colston en Reino Unido.

Una práctica histórica

Comprender que este fenómeno cultural hace parte de nuestra historia permite ver qué acontecimientos, como la caída de estatuas de dictadores como Sadam Hussein (2003), o del muro de Berlín (1989) y hasta del edificio Reichstag (1933), también implicaron la destrucción de monumentos. En Afganistán (2001), se destruyeron los gigantescos Budas de Bamiyan con más de mil años de antigüedad.

“La vandalización es una realidad polisémica llena de preguntas, enfoques y diferentes perspectivas por todo lo que implica físicamente, legalmente, simbólicamente, socialmente y estéticamente”, enfatiza María Isabel Tello, directora del Instituto Carlos Arbeláez Camacho, ICAC, de la Javeriana.

Este es un fenómeno social que implica la destrucción del patrimonio cultural; bienes comunes que en la mayoría de los casos están ubicados en el espacio público. Para el caso específico de los monumentos, conocidos como Bienes de Interés Cultural (BIC), ‘vandalizar’ tiene varias implicaciones de acuerdo con los diferentes ámbitos de valoración del patrimonio.

Es decir, para aquel “que considera el patrimonio como un objeto terminado que representa la historia institucional y oficial, vandalizar es producto de un acto delincuencial porque transgrede la ley”, analiza Tello, arquitecta restauradora.

Vandalismo en monumentos y estatuas

Desde esta visión, el vandalismo es penalizado por el Código Nacional de Policía con una acción reparatoria y una multa de 16 salarios mínimos.

Otro ámbito de valoración del patrimonio que determina el concepto de ‘vandalizar’, se ve reflejado en el individuo que en nombre de su fe o de su gusto estético, colecciona partes o pedazos de un monumento. Asimismo, la vandalización como acción comunicativa implicaría una valoración desde los antivalores, que el que ‘vandaliza’ quiere deponer. 

“Desde el punto de vista de la gestión pública de la conservación, y derivado de ello del manejo, la sostenibilidad y la ejecución de recursos para el cumplimiento de sus objetivos, el asunto es un claro problema. Una restauración puede llegar a implicar la inversión de cientos o miles de millones de pesos, dependiendo de la magnitud de la obra y del daño que se le haya causado”, complementa la arquitecta Tello.

¿Por qué conservamos ciertos monumentos?

Pero también existe la mirada de quien se pregunta si realmente lo que conservamos representa lo que mejor representa nuestra historia. Este puede ser el caso de la reivindicación de la comunidad misak respecto al imaginario histórico alrededor de Sebastián de Belalcázar.

Desde la mirada de la historia institucional, Belalcázar es el fundador de las ciudades Asunción de Popayán y Santiago de Cali. Desde la mirada de las comunidades indígenas misak, nasa y pijao es un genocida que los despojó de sus tierras.

En este caso, la noción de delito o acto delictivo se nubla en medio de las narrativas y los relatos de la comunidad indígena. La experta en patrimonio plantea como reflexión que “es tan simbólico el objeto monumental conservado, como el acto de su vandalización”

Según Tello, la historia ya no puede ser contada solo por los grandes hechos históricos. “Hasta el siglo XX empezamos a pensar que había una arquitectura contextual no monumental, que también debía ser valorada y conservada, puesto que también se constituye en testimonio de la historia de nuestros grupos humanos”.

Así, cada caso de vandalización de un BIC es distinto y se hace necesario analizar el contexto en el que sucede cada uno: ¿cuáles son los móviles?, ¿qué tradición representa el monumento?, ¿cuál es la coherencia de que esté o no en ese lugar?, ¿cuáles serían las implicaciones de mantenerlo o reubicarlo?, ¿qué comunica el monumento y qué su vandalización?, ¿cómo ponemos en dialogo los dos relatos?, ¿dónde comienza y termina el vandalismo y la manifestanción social?

“Yo sí creo que se deben buscar consensos. Se deben poner en diálogo las dos necesidades; es tan necesario conservar y mantener en buen estado el patrimonio, como necesario darles la posibilidad a los individuos de expresarse, sobre lienzos que se sobreponen”. Para la arquitecta, esos consensos deben llevar a construir una conciencia histórica diferente.

La directora del ICAC concluye que, adicional a la motivación de comunicar que moviliza a los grupos sociales al acto vandálico, el rol que, tanto el monumento como el acto en sí mismo, cumplen al tener como escenario el espacio público, es necesario leerlos desde lo que para la sociedad de hoy implica la noción de lo público.

Nos encontramos en el décimo día de un paro nacional opacado por la violencia. Ante la pregunta de si iban a seguir vandalizando monumentos, Didier Chirimuscay, líder de la comunidad misak, respondió: “No podemos pasar por alto los símbolos de la desmemoria. Esta responsabilidad no es solo del pueblo misak, es de todo el pueblo colombiano a contar la historia que es”.

¿Será posible alcanzar el consenso donde sea posible construir en colectivo esa nueva conciencia histórica que propone la profesora Tello, sin destruir esos monumentos de la desmemoria histórica a los que se refiere el líder misak?

Protestas no violentas: ni pasividad ni tibieza

Protestas no violentas: ni pasividad ni tibieza

Que las grandes revoluciones se conquistaron con mecanismos de protesta violenta, es cierto. No se podría hablar de Revolución francesa sin la toma de la Bastilla ni de Independencia en Colombia sin la campaña libertadora que implicó cientos de confrontaciones.

“Uno siempre se imagina que los grandes cambios se derivan de revoluciones y, ¡Por supuesto!, por eso son revoluciones, pero si uno mira la historia como un proceso de larga duración, ni la abolición de la esclavitud ni el voto femenino se consiguieron con una revolución, y muchas de esas protestas no fueron violentas”, explica Carolina Cepeda, quien ha trabajado en temas de movimientos sociales, es politóloga de la Universidad Nacional con maestría y doctorado en Ciencia Política de la Universidad de los Andes, y es profesora de Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana.

“Pero que sean no violentas no significa que funcionen como les gustaría a muchas personas en Colombia: que se realicen el sábado a las 6 p.m. en un andén. Una protesta no violenta es lo que vimos en el 2016 a favor del acuerdo de paz, no hubo confrontación con la policía, no se rompieron vidrios y fue masiva. Mucha gente, que seguramente se habría ido a la primera piedra lanzada, a la primera papa bomba que sonara, se manifestó, ¿y qué se logró? No se revirtió el resultado del plebiscito, pero se pudo acompañar el proceso de paz, el poscauerdo y demás”, añade.

La idea de la “no violencia” es un concepto al que la politóloga estadounidense Erica Chenoweth le ha dedicado gran parte de sus investigaciones más recientes. Chenoweth la define como “una forma de conflicto activo donde los civiles desarmados utilizan una variedad de tácticas no violentas – como huelgas y protestas – para lograr un cambio político sin usar la violencia o amenazar con usar la violencia física contra un oponente”. Así lo explica en una conferencia en la que habló de su libro Civil Resistance Works: The Strategic Logic of Nonviolent Conflict, publicado junto a la también politóloga María Stephan.

A largo plazo es más efectiva la protesta sin violencia

En su libro, Chenoweth y Stephan analizaron más de 300 campañas violentas y no violentas entre 1900 y 2006, y encontraron que el 26 % de las protestas con violencia fueron exitosas, mientras que las no violentas alcanzaron el 53 %. Las manifestaciones analizadas tenían como objetivos cambiar un régimen, pronunciarse en contra de la ocupación internacional y la secesión (separatismo). Además, las politólogas solo tuvieron en cuenta aquellos eventos que convocaran a por lo menos mil personas.

En la conferencia mencionada, Chenoweth explica que puede suceder que las manifestaciones analizadas en algún momento tuvieran un componente violento, sin embargo, “puedes ver una serie de huelgas que duran seis meses con miles de personas participando y luego hay un grupo que hace explotar las cosas. Si la violencia no se convierte en el modo principal del enjuiciamiento de conflictos, sigo contando eso como una campaña no violenta”, explica la politóloga estadounidense.

Cuando hay una inconformidad que convoca a la gente en las calles, permanece latente la posibilidad de un enfrentamiento, ya sea porque un grupo de los manifestantes recurrió a la violencia o como respuesta al control policial.

“Que la policía llegue y tire gases no vuelve la manifestación violenta por sí misma, que haya cinco o seis personas o un grupo que quiere romper todo, no vuelve la manifestación violenta por naturaleza; y el hecho de que la manifestación sea pacífica no quiere decir que sea estéril, que no afecte a nadie, porque la esencia de la manifestación es que genere caos, que incomode”, explica Carolina Cepeda.

No violencia

¿Qué es ser violento?

Para la profesora javeriana puede que el término de lo que significa ser violento no tenga mucho consenso. “Para muchas personas salir a cortar una calle puede ser un acto violento, para otras lo es pintar un grafiti y romper los vidrios de un banco, pero para otros puede no serlo”, incluso, Cepeda menciona que puede que haya más puntos en común sobre lo que no es violento, como hacer un plantón, “pero igual alguien puede interpretarlo como violento en la medida en que debe pasar para llegar a su trabajo y siente que está siendo violentado por los manifestantes”.

Cuando una manifestación violenta triunfa (entendiendo la violencia como la base de la protesta y logrando el objetivo propuesto) “a largo plazo no es tan exitoso”, explican en su libro las politólogas Chenoweth y Stephan.

“Los peores resultados a largo plazo tienden a provenir de revoluciones violentas exitosas, pues brindan las peores perspectivas en promedio para la democracia. Esto se ha explicado al observar que la violencia exitosa lleva al poder a personas que saben cómo usar la violencia pero que no son tan buenas para resolver problemas sin violencia”.

Las expertas concluyeron que “la violencia, esencialmente, no tiene impacto en la democratización. La no violencia construye la democracia, mientras que la violencia perpetúa la tiranía, en promedio, a largo plazo”.

La masividad: la clave del éxito de una protesta no violenta

“Chenoweth habla de la cifra mágica del 3.5 %”, explica Carolina Cepeda. Este número hace referencia a que cuando al menos ese porcentaje de la población se une a la manifestación, tiene más posibilidades de ser exitosa. “Cuando más gente se siente llamada a salir-y creo que eso se sintió en el 2019 en Colombia y se siente ahorita-, va creciendo el número de manifestantes y la protesta se calma”.

La razón para que esto suceda, según Cepeda, es que “cuando se logra movilizar hasta el 3.5 % de la población, la policía ya no sabe si ahí está su vecino, su amigo, si hay gente muy cercana y tiene miedo de usar la fuerza desmedida; eso los desincentiva en el uso de la fuerza y en la medida en que el Estado deje de ejercerla, eso hace que más gente se sume, lo que produce cambios en la percepción de la que ya no se dan de forma abrupta en confrontación con el Estado, sino que hay una aplicación del consenso a nivel social. Entre más gente sale, más gente comparte la demanda y la respuesta del Estado tiene que ser de largo plazo para satisfacer a la mayor cantidad de manifestantes posibles”.

Protestas sin violencia

¿Qué acciones son no violentas?

Carolina Cepeda pone sobre la mesa las movilizaciones en favor del aborto legal y seguro en Argentina y que llegó a encontrar eco en diferentes países de Latinoamérica. “Comenzaron a crecer desde hace tres o cuatro años, convocaron más gente y se ejerció una presión grande en el Congreso para que se votara en favor de la protesta”.

Otro gran ejemplo fue lo que se conoció como la Revolución de las rosas, en Georgia, cuando en 2003 y después de más de 20 días de protestas, un grupo de manifestantes que buscaban derrocar al presidente Eduard Shevardnadze, quien estaba envuelto en escándalos de corrupción, irrumpió en el parlamento llevando rosas en sus manos. Esto conllevó a su renuncia y a convocar nuevas elecciones.

Aunque en el caso de Georgia fue clave que las fuerzas de seguridad no respondieron con violencia, lo que facilitó una protesta democrática no violenta, consiguieron un gran cambio en su estructura política, pues con las elecciones presidenciales y de parlamento, el país comenzó a vivir un renacer de la mano de una relación más abierta con Occidente.

Protestas en Colombia

¿Funciona protestar con memes, hashtags y likes en redes sociales?

“Siempre fui escéptica, me alineé con la corriente de Charles Tilly, quien decía que era un repertorio más, pues los movimientos sociales siempre han usado lo que tienen a la mano, la imprenta, la radio y en este caso el internet, pero sí he visto un cambio importante y todos hablan de la seguridad que trajeron las redes para grabar y transmitir lo que pasa. Esto no ocurría en los 70 y no había tanta conciencia de la brutalidad policial, por ejemplo”, explica Cepeda.

Para la politóloga, lo que está ocurriendo con hashtags como #SOSCOLOMBIA y la tendencia de poner la foto de la bandera de Colombia al revés en el perfil personal de diferentes redes sociales, puede que se vea como algo intrascendente, pero no lo es del todo, incluso, puede ser una forma de protesta no violenta.

“Que un ciudadano común y corriente que entre a Instagram y empiece a ver que todos escriben #SOSColombia, lo motiva a hacerse preguntas, dice: ¿por qué está pasando esto? Y en la misma medida, busca respuestas. Supongamos que no veo noticias, pero si entro a redes sociales y me entero de esto, de alguna manera cambia la percepción acerca de ciertos temas, que busquen información es valioso”.

Por otro lado, Cepeda apunta que “la movilización social no solamente está orientada a objetivos de corto plazo, sino que busca cosas a largo aliento y es lo que estamos viviendo, y ese tipo de acciones que uno desdeña porque parece que lo que realmente vale es ir y estar en la primera línea contra el ESMAD (Escuadrón Móvil Anti Disturbios), puede aportar bastante. Que pasen esas cosas vía internet poco a poco va cambiando mentalidades y ahora vemos el resultado de todo eso, de difundir las cosas, de ejercer resistencia en niveles más sutiles”.

La no violencia no es indiferencia

En los días más recientes de las manifestaciones en Colombia fue común ver tanto la brutalidad del control policial con marchantes pacíficos, como los ataques en grupo hacia los policías, incluso, circuló un video en el que se ve cómo algunas personas queman un CAI en el que se encuentran policías adentro.

Por esas (y muchas más) razones, es común que algunos ciudadanos no se sientan representados en quienes ejercen la violencia para protestar. Entonces surgen iniciativas como bailes, conciertos, performances artísticos y hasta besatones, a las que muchos considerarían como formas poco efectivas de comunicar una inconformidad, pero como lo señalaron en sus investigaciones las politólogas Chenoweth y Stephan, las manifestaciones no violentas pueden lograr su objetivo.

“La no violencia no es sinónimo de pasividad. Tampoco es ser tibio”, opina Carolina Cepeda. “Si hay algo que es difícil en la vida es jugársela por esas opciones pacifistas. Esto no es ser indiferente, es tener unas ideas muy claras con respecto a los límites y fines que se pueden tener como ciudadano. Es leer al contrario como un antagonista y no en clave de enemigo, por eso el uso de la violencia no es una opción”.

La politóloga argumenta que “para muchos grupos y manifestantes, el ´otro´ es un interlocutor que sigue siendo válido y con el que se quiere un diálogo. El uso de la no violencia no es sinónimo de tibieza o indiferencia y requiere de mucha fortaleza. Puede llevarse por un camino que alcanzaría el éxito, es quizás más largo y arduo, sí, pero más exitoso que la confrontación inmediata”, concluye.

Lo que hemos visto en Chile en los últimos días podríamos verlo en Colombia

Lo que hemos visto en Chile en los últimos días podríamos verlo en Colombia

En las últimas semanas en América Latina han estallado fuertes protestas en Ecuador y ahora en Chile, que se suman a otras que están ocurriendo alrededor del mundo.

La Silla Académica entrevistó a Carolina Cepeda, profesora de movimientos sociales y relaciones internacionales de la Universidad Javeriana, autora de “Resistencias contra el neoliberalismo: una conceptualización de su ejercicio entre lo local y lo global” y “La ciudad de Bogotá: entre el “giro a la izquierda” y el “giro a la derecha” en América Latina”, sobre cómo ha sido la evolución de las movilizaciones sociales en el mundo, a qué responden y qué se puede esperar de ellas.

Cepeda cuestiona la creencia de que los colombianos no nos movilizamos y analiza los efectos que pueden tener las medidas del presidente Iván Duque e, incluso, los resultados de estas elecciones en la movilización social.

La Silla Académica: Usted ha estudiado muchas de las movilizaciones desde los 90 como resistencias al neoliberalismo ¿las recientes en Chile y Ecuador, pero también en Hong Kong o Cataluña, pueden considerarse parte de eso?

Carolina Cepeda: Hay una gran tentación a meterlo todo en el mismo paquete.

En el caso de Chile y Ecuador sí son reacciones contra el neoliberalismo, pero no entendido como una sola cosa, que funciona igual en todo el mundo.

En Londres, por ejemplo, ha habido manifestaciones desde el año pasado para presionar al Gobierno para que tome medidas contra el cambio climático; uno podría pensar que se trata de ambientalistas solamente, pero al desagregar las organizaciones que hay detrás, muchas de ellas tienen vínculos con actores que se oponen a los modos de producción y consumo capitalistas y al neoliberalismo.

Lo de Cataluña obedece a razones políticas, identitarias, de reconocimiento, pero en esas reivindicaciones se cuelan también las otras.

Carolina Cepeda, foto de Cesar Pachón

LSA: ¿Es posible que estas movilizaciones no sean ni de derecha ni de izquierda, sino que agrupen a personas diversas afectadas en sus condiciones de vida?

C.C.: Uno no tiene que ser de izquierda para marchar y en ese sentido el caso de los chalecos amarillos en Francia es interesante. En esas movilizaciones confluyeron también sectores conservadores, proteccionistas, que se opusieron al neoliberalismo en la forma que los estaba afectando a ellos que era el alza de la gasolina.

En Bolivia, ahora mismo, hay protestas porque un grupo de ciudadanos ya le había dicho a Evo que no se reeligiera y ahora le está reclamando un presunto fraude electoral.

Posiblemente, ahí está metida la élite reaccionaria, pero hay otros sectores populares que también están pidiendo que se rote el poder, gente que posiblemente habría votado por un candidato de la línea de Evo, pero diferente a él por una cuestión de principio.

Hay muchas razones que motivan a la gente a movilizarse y no todos los movimientos son progresistas. También hay unos reaccionarios, los movimientos pro vida, por ejemplo, que cumplen con todas las características: son organizados, solidarios, comparten valores, tienen diferentes formas de acción.

LSA: Usted entiende el neoliberalismo como una forma de racionalidad política ¿qué implica eso?

C.C.: Wendy Brown, una filósofa estadounidense, lo define así, lo que implica que el neoliberalismo no solo se refleja en las políticas económicas, o en las políticas sociales, sino que termina disciplinando a las personas.

Es la lógica del costo/beneficio empresarial, la lógica economicista, que se traslada a todos los aspectos de la vida social, incluso individual y que permea incluso las relaciones afectivas. Como dice Brown, toca el alma de los sujetos y los transforma.

Suena como algo fatalista de lo que no hay escapatoria, pero ayuda a entender que para que el neoliberalismo funcione tiene que operar en muchas esferas y no solamente tiene los impactos estructurales ya conocidos de la desigualdad, desmejora de las condiciones laborales, sino otros que afectan directamente la vida de las personas y contra los que éstas terminan reaccionando.

LSA: En el caso de los chalecos amarillos en Francia y de Ecuador, el detonante fue el alza en la gasolina. En el de Chile fue el alza en el tiquete del metro ¿tiene que ver esto con esos otros impactos a los que usted se refiere?

C.C.: Es importante distinguir la movilización hacia adentro y hacia afuera.

Hay personas que constantemente están construyendo movimientos sociales hacia adentro, reuniéndose con gente, haciendo educación popular y formación política.

Generalmente, lo que vemos es el pico de las movilizaciones, cuando la gente bloquea una avenida o se salta los torniquetes del metro. En esas movilizaciones se encuentran los de los movimientos sociales que se han venido formando y también la gente que ese día dijo ya no más. Que venía acumulando malestar y encuentra una vía de escape cuando los tocan muy en su vida cotidiana.

El caso de Chile lo ilustra bien porque arranca por el metro y luego la gente conecta con otras frustraciones que tiene.

Puede que el aumento del pasaje del metro no sea significativamente mayor al de años anteriores, pero se junta con el hecho de que invierto demasiado tiempo en transporte, de que el salario que estoy recibiendo no ha aumentando de la misma forma, y de que quizá el trabajo que tengo no me permite desarrollar todas mis capacidades.

LSA: Algunos medios han registrado que hace dos décadas aproximadamente Chile no vivía algo así, ¿por qué ahora?

C.C.: No estoy de acuerdo del todo con esa afirmación. Chile tuvo un movimiento estudiantil muy fuerte entre 2010-2011, con manifestaciones grandes que también le tocaron a Sebastián Piñera.

Eso podría llevar a pensar que todo le ha tocado a la derecha, pero a Michelle Bachelet, en 2006, también le tocaron las movilizaciones de los “pingüinos”, que eran estudiantes de secundaria.

Chile ha venido en una escalada de movilización social. Estoy de acuerdo que no en la magnitud de ahora, pero eso no significa que no hubiera habido antes estallidos de descontento.

Hay que entender que no todos los momentos son buenos para movilizarse ni para expandirse, pero las movilizaciones son todo menos espontáneas. No se dan porque un loco se para en la calle y le dice a los demás ‘vamos a bloquearla’.

LSA: ¿Cuándo es un buen momento para movilizarse?

C.C.: Siempre hay unos líderes, los “madrugadores”, que son los primeros que salen, que tienen experiencia porque han convocado a marchas antes. Unas veces los demás les copian y otras no; depende de que logren construir un símbolo que aglutine a otros.

Sidney Tarrow, un estadounidense experto en movimientos sociales, dice que la pregunta más importante no es por qué ni cómo sino cuándo. Siempre hay opresión, discriminación, hambre, pero la gente no se moviliza todo el tiempo.

Lo hace cuando salir a la calle es más rentable que seguir llevando su vida cotidiana.

Estamos en un momento de auge de la movilización que es muy interesante en el contexto latinoamericano.

LSA: ¿Por qué?

C.C.: Después de que en la mayoría de países de la región se diera una transición hacia la democracia, se implementaron políticas neoliberales y se le vendió a la gente la idea de “un mejor mañana”: ‘ahora nos abrochamos el cinturón pero vendrá un futuro mejor’. Lo que ha pasado es que ese futuro cada vez está más distante o la gente se ha dado cuenta que no era para ellos sino para el vecino.

Chile no está mucho peor que otros países de la región en desigualdad, según cifras de la Cepal de 2017. De hecho, está por debajo del promedio de la región que es 0,47.

La desigualdad, entonces, no solo hay que medirla en términos de lo que la gente gana o los servicios a los que accede sino de lo que a la gente le dijeron que podía tener en una economía de mercado y de lo que puede lograr en la realidad. Los estudiantes son un buen ejemplo porque en muchos países para estudiar pueden acceder a créditos pero quedan endeudados por muchos años.

En contraste, hay una clase alta que sigue concentrando los ingresos sino que tiene bienes de consumo a los que los demás no pueden aspirar.

En sociedades como la chilena o la colombiana la desigualdad es palpable, no hay que escarbar mucho.

Hay una tentación de decir que es puro resentimiento y en todo caso es entendible que a una persona le produzca un poco de rabia que le muestren lo que hay en el mundo: ‘esta es la finca que tiene su patrón, pero usted nunca va a tener algo así’ pero es, sobre todo, una cuestión de frustración.

LSA: Usted estudia la evolución de los movimientos sociales desde los 90, ¿estamos viendo algo diferente?

C.C.: En América Latina se implementaron políticas neoliberales en dos grandes fases. Al comienzo, para estabilizar las economías y, una vez relativamente estables, para abrirlas al mercado. Para ello se recurrió a la privatización de empresas y a la reducción del tamaño del Estado en cuanto a sus obligaciones sociales, por ejemplo.

Los primeros en movilizarse fueron los directamente afectados con esas medidas, sobre todo trabajadores sindicalizados y después, todos los demás que fueron despedidos o dejaron de tener acceso a servicios públicos (como en Bolivia que a varias personas les expropiaron los acueductos comunitarios en la zona periférica de Cochabamba).

Se trata de una movilización muy sectorizada hasta ese momento.

Hay organizaciones de los 90 como los zapatistas en México, los Sin Tierra en Brasil, sectores del movimiento Piquetero (de los trabajadores desocupados) en Argentina, que siguen haciendo parte de la movilización y son referentes en el plano simbólico. Pero del 2005 en adelante aparecen otros actores en escena, como el movimiento estudiantil que ya existía pero se expande o el feminista, por ejemplo, y la movilización se vuelve más diversa y plural.

LSA: ¿Cuál es la razón?

C.C.: Lo que ha pasado es que los efectos de esas políticas han ido abarcando una porción más grande de la sociedad: los que trabajan en bancos u otros sectores privados, son de clase media, han tenido educación, pero ahora sus salarios no alcanzan porque el costo de vida es muy alto.

Dado que el neoliberalismo impacta muchas esferas de la sociedad, se pueden unir en su contra sectores que en principio serían antagónicos.

LSA: ¿Es factible que, como ha dicho Maduro, las movilizaciones que hemos visto recientemente hayan sido planeadas en el Foro de Sao Paulo que se celebró en Caracas?

C.C.: Ese tipo de aseveraciones le hacen mucho daño a los movimientos sociales, no tanto porque los alineen con Maduro, que soñaría con tener tal control y ser así de poderoso, sino porque tratan de vender la idea de que los movimientos son marionetas de una cabeza maestra, sea quien sea, y eso les quita agencia y autonomía.

A los movimientos les conviene tener aliados que puedan canalizar sus demandas pero Maduro no tiene capacidad para evitar que aumenten el tiquete del metro, o más aún, para lograr que reformen los fondos privados de pensiones o mejoren el acceso a la educación que son peticiones de fondo de los chilenos, o para que bajen el precio de la gasolina en Ecuador, por ejemplo.

El Foro de Sao Paulo, además, no concentra el poder de la izquierda en el Continente.

LSA: Muchos han comparado las protestas con el suicidio con la idea de que ambos son contagiosos ¿está de acuerdo?

C.C.: En los movimientos sociales hay ciclos de protesta. Siempre que hay un gran estallido, se puede esperar que pase lo mismo en otros países. Ha sido así a lo largo de la historia. Entre los 50 y 60 hubo manifestaciones por derechos civiles en muchos lugares, después vino el movimiento pacifista y luego el estudiantil de 1968, del que hicieron parte México, Francia, Checoslovaquia con la Primavera de Praga.

Es sencillo: si una persona lo hace y le funciona, otros pueden pensar que a ellos también les puede funcionar.

El miércoles, el presidente Sebastián Piñera dijo que hará reformas. En otras palabras, cedió ante la presión de la movilización social, lo que la legitima como una vía de cambio y transformación social.

LSA: ¿Usted cree que en Colombia la única forma de participación política que tenemos instaurada son las elecciones?

C.C.: No lo creo. Es cierto que en Colombia no nos movilizamos de la misma manera que en otros países de la región, pero es injusto decir que no lo hacemos. Generalmente los referentes que tenemos son de nuestro círculo, pero por fuera de él hay gente que se moviliza o que está creando movimiento hacia adentro desde hace décadas, así no la veamos.

Durante los gobiernos de Uribe, Pastrana, Samper hubo manifestaciones, aunque no de gran magnitud, pero con la Mane en 2011 se inauguró la movilización masiva en la calle en el país, que es claro que ha venido en aumento.

LSA: ¿Por qué no hay más movilización?

C.C.: Hay varias razones que explican que en Colombia la movilización de quienes siempre están movilizados no se expanda al resto de la sociedad.

La protesta ha sido fuertemente estigmatizada. En el marco del conflicto armado, durante décadas se le asoció con la guerrilla.

Además somos la sociedad del miedo. En Colombia la primera desaparición de que tenemos registro oficial fue en 1977, pero a diferencia de Chile o Argentina, no sabemos cuál es la última porque no ha cesado. Hemos sido disciplinados para ‘no meternos en problemas’.

La tutela también ha permitido que la gente tramite de forma individual demandas que podrían ser sociales y con razón, porque tienen la posibilidad de que en 72 horas le den una solución a su caso concreto, mientras que vía movilización quizá tenga que esperar cinco meses, sin saber el resultado.

Algo similar pasa con el clientelismo. El congresista o el concejal, por ejemplo, tramitan asuntos que afectan directamente la vida de las personas como pavimentar la vía, conseguir una cita médica o cupo en un colegio, lo que calma los ánimos de la gente, pero cambios estructurales en el sistema de salud o en el educativo siguen pendientes.

LSA: ¿Podríamos ver algún tipo de “contagio” en Colombia?

C.C.: En los últimos años la cultura política ha ido cambiando.

Las marchas a favor del Acuerdo de Paz fueron muy importantes. No eran las más contestatarias ni estaban pidiendo un cambio en el statu quo, de hecho estaban respaldando al Gobierno de turno, pero por eso mismo fueron pacíficas y eso ayudó a que gente que nunca antes había salido a marchar le perdiera el miedo y desmitificara que es una práctica sólo de vándalos o de la “chusma”, sino una forma de acción política al alcance de cualquier ciudadano.

Lo que hemos visto en Chile en los últimos días también podríamos verlo en Colombia si se dan algunas condiciones.

LSA: ¿Cuáles?

C.C.: Los estudiantes, de las universidades públicas pero también de las privadas, como hemos visto, juegan un papel muy importante. No es solo cuestión de que están en la “primavera revolucionaria” sino de problemas prácticos como el alto costo de los créditos del Icetex, las altas tasas de desempleo en los jóvenes o salarios muy bajos.

A esto se suma que si este Gobierno sigue profundizando las políticas regresivas más gente va a salir a las calles.

Quizá ampliar la base gravable del IVA, aunque nos afecta a todos, no es tan visible porque son 200 o 300 pesos más en cada alimento o en los bienes de consumo, pero cuando empieza a tocar temas como el salario mínimo que impacta al grueso de la sociedad en su cotidianidad o las pensiones de la gente que hoy tiene entre 30 y 40 años, las causas de movilización se vuelven más sólidas y palpables para la gente.

LSA: ¿Cree que en las protestas de los últimos años el uso de la violencia se ha intensificado? pienso en las cerca de 70 estaciones de metro de Santiago afectadas y en el incendio de edificios también en Quito.

C.C.: Es importante cuestionar qué se espera de los manifestantes. Claramente uno ve en las imágenes fuego y se asusta, pero no creo que sea la constante.

Las Madres de Plaza de Mayo en Argentina hacen una ronda todos los jueves a las 3 p.m., pero empezaron haciéndola los sábados, que era cuando no tenían que trabajar, y se dieron cuenta que habían sido poco hábiles porque ese día sólo había familias departiendo.

El efecto que tiene entre semana es que incomoda: le obstruye el paso al que va para la oficina, logra la atención de los que trabajan en el Ministerio del Interior. La movilización social por esencia es disruptiva e implica hacer cosas para las que el sistema político no está preparado y no puede responder de forma inmediata, generar caos.

El problema es fijar los límites porque la noción de violencia varía de persona a persona. Quizá desnudarme y pintarme el torso ya es violento para algunos. Es muy difícil pedirle a un grupo de manifestantes que no bloqueen una calle, que no rayen una pared, que no rompan un vidrio, lo que pasa es que no estamos acostumbrados.

Como sociedad fallamos cuando frente a una protesta nos preguntamos qué está pasando pero no por qué. Si lo hiciéramos, seríamos más comprensivos con la movilización social y con las vías de hecho.

Tampoco se le puede pedir al Estado que no actúe, pero su capacidad de respuesta no es igual a la de los manifestantes.

Con la militarización de la ciudad que ordenó Piñera casi que autocumplió su profesía de que estaban en un escenario de guerra.

Los cocteles Molotov o las piedras que normalmente usan los protestantes no se comparan con las armas ni tanquetas que tiene la fuerza pública, por ejemplo.

LSA: En Cataluña han registrado que los protestantes se están coordinando a través de una aplicación que se llama Tsunami Democràtic, ¿Cómo ha cambiado la tecnología la protesta social?

C.C.: Los movimientos sociales se caracterizan, sobre todo, por ser creativos en la medida que son capaces de apropiarse de lo que parece más negativo y volverlo una oportunidad.

Charles Tilly en su libro “Los movimientos sociales 1768 a 2008” muestra cómo han construído su repertorio a lo largo del tiempo con lo que tienen a la mano, desde la imprenta o el telégrafo, hasta llegar al uso de las redes sociales, pero éstas no son la causa ni la esencia de la movilización social.

Las aerolíneas de bajo costo, que posiblemente explotan a sus trabajadores y hasta representan un riesgo para la seguridad de los usuarios, también les dan una ventaja para poder viajar y conectarse con grupos de otras regiones, y por eso las usan.

LSA: ¿Qué implicaciones tiene para la movilización el giro hacia la izquierda o la derecha que se está jugando con las elecciones de Bolivia, Uruguay, Argentina, Canadá?

C.C.: No es posible desconectar lo electoral de las movilizaciones pero tampoco construir relaciones de causalidad.

En América Latina sí se dio cierto giro hacia la izquierda o por lo menos hacia gobiernos distintos a lo que había antes, y ese cambio estuvo precedido por fuertes movilizaciones sociales en la calle o por la acción de movimientos hacia adentro muy fuertes en los diferentes países.

En 2015 la región cambia y ganan opciones de derecha, con el slogan de “recuperar algo”, incluso ese fue el de Peñalosa en Bogotá.

Pero eso no significa que los electores se hayan vuelto de derecha. Los electores en general son muy variados, no son tan juiciosos al escoger por quién o por qué votan y tampoco representan a toda la sociedad.

Lo que está claro es que la gente en América Latina ha logrado conquistas y no está dispuesta a perderlas. Esto se observa, por ejemplo, con el hecho de que en Argentina están a punto de volver a elegir el proyecto kirchnerista aunque en otra presentación, después de que Macri los devolviera a 1999, 2000.

También se observa en el hecho de que con las recientes protestas en Ecuador, Lenin Moreno, que se hizo elegir con el programa de su antecesor pero está gobernando con el de la oposición, está bastante avisado.

LSA: ¿En esa clave, hace alguna diferencia quién gane en estas elecciones en Bogotá o Medellín?

C.C.: El neoliberalismo necesita individuos convencidos en instituciones clave que permitan la continuidad de políticas, no es una cosa que tenga vida propia, por eso las elecciones siguen siendo importantes.

No es lo mismo un Estado o una ciudad gobernados por un partido de derecha neoconservador alineado con políticas neoliberales, que por un progresista.

Un ejemplo claro lo demuestra. Con Gustavo Petro el tiquete de Transmilenio era más barato en las horas valle, Peñalosa lo desmontó y de hecho aumentó la tarifa argumentando un hueco en el sistema. Más allá de si es así o no, este cambio afecta a la gente en su día a día, sobre todo a aquellos que literalmente cuentan monedas para alcanzar el final del mes.

LSA: ¿A dónde cree que nos van a conducir estas movilizaciones?

C.C.: Lo que está pasando en Chile encendió una chispa que va a empoderar el movimiento social, gente que probablemente no estaba organizada en ese país, lo va a hacer y en el mediano o largo plazo tal vez tenga un impacto en los resultados electorales.

En el libro “Los Días del Arcoíris” se narra cómo previo al plebiscito que terminó con la dictadura de Pinochet la gente iba en el metro, muerta del susto, y de repente alguien empezaba a tararear la canción “Chile, la alegría ya viene” y aunque no hablaban, había gente que sonreía; se dieron cuenta que había muchos más como ellos, que no son los locos del paseo y que había que hacer algo al respecto. Una persona sola no lo hace, pero si son muchos se puede animar.

No son un actor unificado y probablemente van a tener muchas diferencias, pero ya saben que tienen cosas en común.

En Ecuador, Lenin Moreno ya sabe que no va a poder distanciarse tanto del programa de su antecesor como hubiera querido.

En cuanto a nuestro país, en redes está circulando un meme que dice que Colombia despertó pero está mirando una chancleta. No creo que sea así. Colombia siempre ha estado despierta pero intentan dormirla a golpes, aunque ahora los golpes parecen ser menos efectivos que en años anteriores.

De repente la gente quiere ver en llamas la Séptima, pero eso no se compadece ni con el movimiento estudiantil ni con la minga indígena que acaba de pasar, por ejemplo. La gente poco a poco está perdiendo el desprecio por la protesta social.

Para citar:

Cepeda, C. (2018). Resistencias contra el neoliberalismo: una conceptualización de su ejercicio entre lo local y lo global. Revista Relaciones Internacionales n.39.

Cepeda, C. (2019). La ciudad de Bogotá: entre el “giro a la izquierda” y el “giro a la derecha” en América Latina. Revista Estudios Sociales del Estado v.5 n.9

Cepeda, C. (2011). Levantamientos Sociales en la Unión Europea: ¿un Ciclo de Protestas Contemporáneo? Revista Sul-Americana de Ciência Política, v.1 n.2