Un canto de nostalgia a la reconciliación

Un canto de nostalgia a la reconciliación

Como un caballo de paso cae la lluvia sobre las tejas de zinc del municipio de Samaná, en Caldas; son las dos de la mañana y Adela no pega el ojo, quizá porque solo unos ganchos de metal y un par de ladrillos sostienen el techo de su casa o tal vez porque sabe que en cualquier momento un grupo armado podría tumbar la puerta de su hogar para usarlo como trinchera.

Adela se mueve de lado a lado sobre su cama, está incómoda; se inquieta con el tic tac de las manecillas del reloj, al mismo tiempo que empieza a sudar frío. De repente escucha cómo una multitud de botas negras, de caucho, se acercan hacia ella. No van caminando, parece que fueran trotando. Se abre la puerta y en un parpadeo ella ya está acostada sobre el suelo. El latido de su corazón se acelera, se hace cada vez más fuerte, más rápido. Sin esperarlo ruge el cielo, cae un rayo que estremece la tierra e inmediatamente abre sus ojos.

Era solo un sueño, una mala jugada de su memoria, la misma que le recuerda que este tipo de escenas fueron una realidad en el corregimiento de Berlín, su hogar, entre 1998 y mediados del 2005. Fue testigo del conflicto armado entre paramilitares y la guerrilla; según ella, la violencia llegó al municipio de Samaná a mediados de los 90 cuando la roya hizo que la producción de café cayera y los campesinos trabajaran en la siembra de hoja de coca como actividad productiva alterna.

Sin saberlo, esto llevó a Berlin a quedar en medio de una confrontación por el control territorial entre el frente 47 de las FARC, liderado por alias ‘Karina’, y las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, lideradas por Ramón Isaza. No obstante, la fuerte presencia militar del Estado diezmó la guerrilla y condujo a los paramilitares a su entrega en el proceso de Justicia y Paz en 2008.

Durante los siguientes años, campesinos de veredas como La Reforma, Lagunilla y Piedra Verde retornaron a la región con el deseo de pisar nuevamente sus tierras y encontrar en ellas, y en la construcción de megaproyectos como La Miel I, hidroeléctrica de Isagen, una nueva forma de sustento y vida.

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‘Adelita’, como le dicen sus vecinos, recuerda haberlo visto todo. Fue testigo del desplazamiento de amigos y familiares por causa de amenazas, miedo y la dispersión de glifosato para erradicar los cultivos ilícitos en sus fincas. Esta dura situación no fue impedimento para que viera crecer a sus hijas y nietas, tres generaciones de Adelas que, aunque diferentes entre sí, comparten las mismas pasiones: la cocina y el arte.

Ellas tienen un estilo propio cuando de preparar un plato se trata. Adela, quien ahora es abuela, es experta haciendo arepas blancas. Primero muele el maíz, lo mezcla con sal y agua, lo amasa y lo pone sobre el fuego; los huevos son la especialidad de su hija, ella los bate con papa y espinacas tomadas de la huerta y los riega sobre el sartén. La menor tiene ‘el toque’ del aguatinto, una tintilla color canela: una cucharada de café por dos pocillos de aguapanela.

Así son sus desayunos, grandes y poderosos. Por eso, desde hace tres años estas tres mosqueteras han alimentado a Milena Camargo, Mélida Lozáno, Mario Mora, Diana Rodriguez y José Ignacio Barrera, líderes del proyecto de restauración ecológica y reconciliación en el corregimiento de Berlín a través de los programas Plan de restauración ecológica del trasvase río Manso y Plan de conservación de la especie amenazada Gustavia romeroi.

Este equipo de ingenieros forestales, biólogos, ecólogos y psicólogos llegó a la región en 2014, luego de que Isagen los contratara para reparar el desastre medioambiental que dejó la obra ingenieril transvase Manso en la hidroeléctrica La Miel I: la ruptura de acuíferos (nacimientos de agua subterránea) y 22 quebradas a punto de secarse.

La decisión de la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales (ANLA) para ese entonces fue permitir que Isagen comprara los terrenos afectados por la construcción del trasvase y realizara un plan de restauración ecológica en el área. Así, esta institución contactó a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Pontificia Universidad Javeriana para iniciar un trabajo colaborativo, en el que la ERE debía implementar las investigaciones desarrolladas previamente sobre la rehabilitación medioambiental; sin embargo, durante este proceso los investigadores javerianos no solo encontraron un ecosistema deteriorado, también una comunidad fragmentada por la violencia, el odio y el rencor infundado en una guerra que no les pertenecía.

Adela recuerda no haber estado presente en las estrategias de restauración, en el cultivo de palos de aguacate o cacao en las fincas, en la siembra de árboles en el borde de las quebradas para proteger sus cauces o en la limpieza periódica de las bocatomas de Berlín con el equipo de restauradores, pero sí fue testigo de las largas jornadas en las que los profesionales javerianos visitaban a los campesinos de la región, presentándose como los ‘médicos del ecosistema’ con un único fin: la salud integral del corregimiento.

“Cuando llegamos al territorio encontramos un tejido social fracturado por el tema del conflicto armado”, dice la investigadora  Milena Camargo. Por eso, continúa, “creemos que ese tejido se debe seguir trabajando y acumulando experiencias positivas para que haya una verdadera reconciliación. Así es como le apostamos a la encíclica Laudato Sì del papa Francisco, la cual nos recuerda que tenemos que cuidar nuestra casa, nuestra integridad como seres humanos”.

Por tres años (2015-2018), el equipo de investigadores hizo talleres de integración con las comunidades, mingas o convites en las que el sancocho de pollo y arroz con menudencias eran el plato principal, trabajó con las personas en la recuperación del tejido social, en la restauración de relaciones familiares con quienes no habían vuelto a hablar y apoyó a quienes han sufrido las consecuencias del desarraigo por causa del desplazamiento.

De hecho, uno de los encuentros más conmemorativos de la comunidad ocurrió en abril de 2018, cuando campesinos de las veredas Montebello, Piedra Verde y La Reforma, alumnos del colegio Berlín, miembros del grupo ecológico de la misma institución y estudiantes de la clase de Restauración de Ecosistemas, de la Javeriana, se reunieron para trabajar juntos alrededor de un tema en comun: el bienestar social.

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A las cinco de la tarde inició la jornada de reconciliación, encuentro que fue un canto de nostalgia y esperanza a Samaná, al corregimiento de Berlín y a los más de 29.000 hombres y mujeres víctimas del desplazamiento por la violencia. Fue un escenario en el que sonrisas y abrazos se abrieron paso en medio de miradas tímidas de quienes han anhelado por años la paz y el perdón.

¿Cómo vivir en paz? ¿Dónde hallar la felicidad? ¿Por qué perdonar?, fueron las preguntas con las que Mélida Lozano, líder del componente social del proyecto de restauración ecológica, abrió la jornada, mientras que las voces de la comunidad entonaban al unísono la canción Alegría, de Cirque du Solei.

El espejo de la verdad fue la respuesta a sus inquietudes, un ejercicio en el que los asistentes tenían que escribir sobre un papel las actitudes que cada uno ama y odia de sí mismo para entender el secreto de la felicidad y la clave del bienestar: reconocer quiénes son y aprender a perdonar.

“La felicidad solo puede existir cuando hay experiencias que no son tan buenas”, dice Mélida, ya que “no podríamos percibir la felicidad si no hubiera dolor porque entonces, ¿con qué la comparamos? No podría existir si no hay sufrimiento, retos, carencias. Entonces, la felicidad depende de eso que no nos gusta, de las experiencias que rechazamos”, añadió.

‘Adelita’ hizo su labor tras bambalinas. No fue el ‘trabajo pesado’ en las fincas sino el constante, el diario. Por meses se dedicó a tejer flores; cada puntada, cada pétalo era una forma de hilar conciencia, trenzar perdón y construir sociedad. Pasó horas enteras detrás de agujas de croché, lienzos, pintura y colbón para darle brillo a sus creaciones. El resultado fue una docena de rosas de lana, unas blancas, rosadas, amarillas y otras azules y rojas, tejidas entre sí para darle forma a la paz, a ese sentimiento que ha sido tan anhelado en sus corazones.

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Con estas creaciones se cerró el evento con un intercambio de plantas artesanales, hechas por las familias de la región. Unos detalles que significaban más que cartón, fomi, pintura, cucharas o pitillos: era la representación de una vida en unidad, perdón, reconciliación e igualdad.

Luis Wilches, vecino de Adela, fue uno de los invitados a la jornada. Él, de brazos color canela, un pecho firme como de marfil y una mirada tan penetrante y profunda como el amanecer despuntando el alba, recuerda que no dejó la región, él se quedó en su finca, en la vereda Piedra Verde, a pesar de la guerra.

Wilches vivió cada segundo como si fuera el último; su humildad y resiliencia le permitieron dominar el deseo de venganza para someterlo al de la justicia a través del perdón. No es de extrañarse que las manos que en algún momento se hicieron gruesas al labrar la tierra, sean ahora las que levantan en alto flores de la mansedumbre, misericordia y transparencia. Una imagen que, como dice Adela, quedará grabada en la memoria de sus vecinos.

“Este trabajo de reconciliación nos ha servido mucho, me ha servido mucho, para la convivencia como personas y para estar en comunidad”, dice Luis. “Por eso es que hacemos más juntos que uno solo y eso es magnífico”, añade.

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Así como en algún momento la incertidumbre del pasado irrumpió sus vidas, ahora, con la restauración de los lazos comunitarios y el perdón como práctica diaria, esta comunidad está cultivando en sus tierras y en sus corazones una semilla de amor y esperanza. Por eso Adela sabe que construir sociedad es un trabajo que implica tiempo, voluntad y constancia; que perdonar significa reconocer las faltas propias para deshacerse de ellas y sanar, y que tejer sociedad es una labor de todos, una que se hace a pulso, como el que ella tiene cuando hace edredones de punta a punta para mantener el calor de su hogar.

Así es Adela, una mujer que sabe que sus sonrisas son el ingrediente secreto para alimentar el espíritu de bondad en su comunidad.

¿Víctimas en el arte o víctimas del arte?

¿Víctimas en el arte o víctimas del arte?

A principios de 2015, los profesores Juan Carlos Arias y José Alejandro López, de la Facultad de Artes de la Pontificia Universidad Javeriana, en Bogotá, retomaron un tema que parecía finalizado: las construcciones discursivas en lo audiovisual. En 2008 habían desarrollado un proyecto de investigación y creación sobre el documental y los límites entre la ficción y la realidad. En ese entonces llegaron a la conclusión de que todas las imágenes son ficción, pero algunas se muestran ‘objetivas’, porque el autor las construye a partir de su técnica de montaje –o sea, seleccionando y ajustando los elementos para que parezcan ‘reales’–.
Así, pues, publicaron dos textos académicos y crearon una pieza audiovisual, con lo que cerraron el proyecto. Después cada uno viajó fuera del país a ocuparse de sus propios problemas académicos. Arias se fue a la Universidad de Illinois, Estados Unidos, a hacer su doctorado en Historia del Arte, y López partió a la Universidad Federal de Río de Janeiro, en Brasil, a hacer su doctorado en Artes Visuales.

“Estábamos finalizando nuestros estudios y empezamos a intercambiar correos electrónicos”, cuenta Arias. “Yo le conté a José Alejandro sobre una inquietud que me estaba rondando, a propósito del diálogo de paz entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y a él le interesó. “Entonces compartimos bibliografía y coincidimos en que queríamos crear algo y decidimos formular un proyecto de investigación”.

Apenas volvieron a Bogotá se presentaron a la convocatoria de Creación de la Asistencia para Creación Artística, resultaron beneficiados e iniciaron el proyecto –o lo reiniciaron– que se llamó “Las ‘víctimas’ en el arte: procesos de visibilización y representación”. Así como en la investigación de 2008 se preguntaron en términos discursivos qué definía al cine documental, buscaron precisar –de nuevo en términos discursivos- cómo definía este a la víctima. La intención no era cuestionar su realidad, sino la noción de “víctima” y su experiencia en las representaciones del medio.

“Nuestro trabajo no pretender esolver un problema
–cerrarproyectos–, sino darle  cara a unproblema…
Eso es lo que debehacer la inve stigación en arte”.
Juan Carlos Arias.

“Nuestro interés radicó en cuestionar un supuesto fundamental del cual parten la mayoría de representaciones audiovisuales de las víctimas en Colombia: su preexistencia como realidad autónoma por fuera de sus mismas representaciones”, dice Arias, y ejemplifica el asunto a través de los microdocumentales de la iniciativa La Ruta Unidos, de la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas. Estas piezas narran –a través del testimonio de las víctimas– cómo la guerra llegó a ciertos territorios del país.

La forma en que se logra lo anterior es simple: un personaje describe el lugar en el pasado (idílico, tranquilo, en paz), luego el argumento gira para contar cómo irrumpió la violencia en las vidas de los habitantes, provocando el desplazamiento y el miedo entre ellos; finalmente, luego de la tempestad, una voz narra el cambio y la esperanza puesta en el futuro, después de la guerra. Esto se repite una y otra vez dentro y en cada pieza documental: las víctimas interpretan el mismo papel. Las experiencias no dan cuenta de una singularidad –de un contexto– mientras que la repetición de los códigos –la música, el discurso, la narración- invisibiliza la voz. Al final las voces resultan sobre expuestas.

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“Este es el tipo de oportunidades que puede asumir la academia… No es cuestión de destruir por destruir, sino de desarmar, para dar cuenta de la complejidad de las relaciones”, aclara el profesor Arias. Para lograr lo anterior, los investigadores desarrollaron la crítica de la categoría “víctima” en dos artículos de investigación –uno que se publicará el primer semestre de 2018 y otro que está en proceso de redacción– y también problematizaron el tema mediante dos piezas de arte. Una de ellas se llamó Copistas y se exhibió en la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, en Bogotá, en 2016. La otra pieza, una videoinstalación creada por Arias, se llamó En la ventana y fue expuesta en la sección de Documental Expandido, de la Muestra Internacional Documental de Bogotá, en 2016.

“Las obras no aplican los conceptos de los artículos. No. No se trata de que una sea el resultado de la otra”, dice Arias: “Hay cosas que no da lo académico, pero sí lo visual. Así mismo, hay cosas que no nos da la imagen, como sí ofrece la performance. En ese sentido, las obras artísticas fueron una estrategia para que la voz se dislocara, para mostrar distintos modos de visibilización y deconstrucción: afectar la voz de la víctima y mostrar su complejidad”. Hace una pausa y termina: “Nuestro trabajo no pretende resolver un problema –cerrar proyectos–, nuestro trabajo pretende darle cara a un problema… Eso es lo que debe hacer la investigación en arte”.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Las “víctimas” en ela rte: procesos de visibilización y representación
INVESTIGADOR PRINCIPAL: José Alejandro López
COINVESTIGADOR: Juan Carlos Arias
Facultad de Artes, Departamento de Artes Visuales
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2015-2017

Desde hoy, la edición 43 de Pesquisa Javeriana

Desde hoy, la edición 43 de Pesquisa Javeriana

Las elecciones para Congreso y Presidencia han marcado el inicio de este 2018. Siendo un tema de trascendencia, Pesquisa Javeriana le ha dedicado su informe especial de la edición 43, la primera del año, al análisis académico sobre cómo los partidos y los candidatos han configurado la actual campaña y qué pueden esperar los votantes en el corto plazo.

También lo invitamos a leer en este número:

  • Nuestra editorial sobre el papel que la ciencia está jugando en el actual panorama político.
  • Un reportaje sobre cómo se está transformando la Amazonía andina por cuenta de los proyectos hidroeléctricos en su cuenca.
  • La investigación que recaba información genética para prevenir o tratar tempranamente el cáncer de seno y de ovario en las mujeres.
  • El Proyecto Tramas, iniciativa de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, que rastrea las prácticas de prevención del VIH en la comunidad homosexual femenina.
  • La crónica sobre la transformación del teatro costumbrista colombiano al teatro moderno.
  • Analizamos cómo el cine documental está representando a las víctimas de la violencia.
  • La iniciativa académica de Colombia, Argentina y México para fortalecer la democracia en torno al manejo de los recursos naturales.
  • Infografía sobre los aportes que las investigadoras javerianas han realizado a la ciencia y el arte del país.

Si usted desea acceder a estos contenidos y no es suscriptor de El Espectador, puede descargar la edición digital (PDF) de nuestro número 43 en este enlace.

Postales de una nación que busca reconciliarse con la esperanza

Postales de una nación que busca reconciliarse con la esperanza

A pesar de que la violencia en Colombia les ha ocasionado la muerte a más de 218.094 personas, el 81% de ellas civiles, según el Centro de Memoria Histórica, la reconciliación se ha convertido en uno de los aspectos más importantes para las víctimas del conflicto armado en el país.

Por eso, con el apoyo de un grupo de investigadores de la Universidad Javeriana, más de 227 colombianos de diversas regiones del país golpeadas por la violencia y que hoy son espacios libres de guerra se atrevieron a plasmar en fotografías lo que para ellos significa la reconciliación.

Comprender cómo el concepto ‘reconciliación’ se ha configurado en los grupos víctimas del conflicto armado fue el punto de partida para que investigadores de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana desarrollaran el proyecto ‘Caras de la Reconciliación’. Una iniciativa auspiciada por la agencia para el desarrollo internacional USAID e implementada en Colombia por ACDIVOCA a través del Programa de Alianzas para la Reconciliación (PAR).

El proyecto fue liderado por Carlos Gómez- Restrepo, médico especializado en psiquiatría y decano de la Facultad de Medicina, y coordinado por la psiquiatra María José Sarmiento, quienes, junto a un grupo de investigadores, viajaron a 10 municipios de Colombia priorizados por sus altos índices de incidencia del conflicto: Apartadó, Arauca, Arauquita, Bojayá, Ciénaga, Florencia, Quibdó, San Vicente del Caguán, Turbo y Vista Hermosa. Viajaron con el fin darle voz a quienes no la tienen e identificar y caracterizar el significado de la palabra ‘reconciliación’ en cada zona a través del lente de una cámara.

“Diseñamos una serie de talleres de fotografía participativa que consistían en ir a los municipios para enseñarles nociones básicas de fotografía a los participantes –personas de la comunidad– y luego hacer un ejercicio práctico en el que debían tomar una foto de lo que para ellos significa la reconciliación”, señala Sarmiento, quien resalta: “No les enseñamos nada sobre la reconciliación durante el taller porque queríamos que el resultado fuera lo que la gente realmente piensa.

Así obtuvieron 1.600 fotografías, 200 de ellas escogidas por los habitantes de los municipios. Posteriormente los investigadores  clasificaron las opiniones de los participantes en el software NVivo 11. De este proceso fue posible describir el concepto ‘reconciliación’ en ocho categorías de análisis: acciones, actitudes, estrategias, actores, emociones y sentimientos, relación con el medio ambiente, relación con el territorio e historia y valores.

El resultado es el libro Caras de la reconciliación, una producción artística que da cuenta del antes, durante y después del proyecto, de las fotografías tomadas por los participantes y sus comentarios, la clasificación por municipio y el contexto histórico de cada lugar, al igual que las reflexiones que resultaron de la investigación.

“Con este proyecto esperamos que se puedan alinear las políticas públicas y académicas con el fin de hacernos responsables de lo que ellos quieren, necesitan y están pensando. Ahora queremos empezar a diseñar estrategias que nos permitan fortalecer los valores y fortalecer los valores y diseñar estrategias y proyectos que nos permitan llevar procesos de reconciliación en estas comunidades”, menciona Sarmiento.

Con el propósito de hacer visible los resultados de este proyecto, las fotografías estarán disponibles durante todo el mes de febrero, como una exposición itinerante, dentro del campus de la Universidad Javeriana.


Reconciliación (de la raíz latina conciliatus: “caminar juntos”)

Apartadó
El 2 de enero de 1994 fue uno de los días más tristes para Apartadó. Ese día el Frente V de las FARC ingresó a la finca La Chinita, que posteriormente se convertiría en barrio Obrero, y abrió fuego contra quienes estaban allí. El saldo de esta masacre fueron 35 personas muertas y 17 heridas.

/Bibiana Guisao Villegas.
/Bibiana Guisao Villegas.

Sin título
Foto por:
Bibiana Guisao Villegas (30 años)
“…Cuando tenemos un conflicto con otra persona, no queremos ver la otra cara. Si existe la comunicación se puede lograr la alegría. Debemos vivir en amor en este mundo tan complicado”.


Arauca
El municipio de Arauca fue víctima de una de las épocas más violentas del país luego de que, entre los años 80 y 90, paramilitares compitieran con el ELN y las FARC por el control del paso fronterizo a Venezuela. De esa lucha resultaron tres masacres en las que murieron 14 personas, un alcalde, un concejal y monseñor Jesús Emilio Jaramillo, quien fue beatificado por el papa Francisco.

/Jonathan Santiago Botero Valcárcel.
/Jonathan Santiago Botero Valcárcel.

Uniendo diferencias
Foto por:
Jonathan Santiago Botero Valcárcel  (17 años)
“Estrechando la mano es el mejor comienzo para una reconciliación”.


Arauquita
Ubicado al norte del departamento de Arauca, Arauquita ha sido uno de los lugares con mayor incidencia de grupos armados debido a las disputas de las FARC–EP y ELN por el control territorial y las economías ilegales, como el narcotráfico y el contrabando. Algunos de los actos terroristas ocurrieron en La Esmeralda y en los oleoductos de Caño Limón – Coveñas.

/Tania Peña Márquez y Edgar Franco Comas
/Tania Peña Márquez y Edgar Franco Comas

Vamos, camarita
“Significa hacer las paces con esa persona que siempre se va a aceptar a pesar de sus defectos e indiferencias, significa un lazo que no se rompe”.


Bojayá
Este municipio, ubicado en el corazón del departamento del Chocó tiene un gran registro de víctimas causadas por el desplazamiento forzado, homicidios y actos terroristas. Uno de los hechos más graves ocurrió el 2 de mayo de 2002 cuando el fuego cruzado entre las FARC y las AUC ocasionó la explosión de un cilindro bomba sobre la iglesia, lugar donde se resguardaban los habitantes del pueblo. El saldo, 79 muertos y más de 100 heridos.

/Yoofari Allin Velásquez.
/Yoofari Allin Velásquez.

La reconciliación en nuestra cultura
Foto por:
Yoofari Allin Velásquez (15 años)
“Bojayá es un ejemplo claro de que el perdón y la reconciliación sí existen”.


Ciénaga
Ubicada en el Magdalena, ha sido una de las zonas con mayor concentración de grupos armados ilegales debido a sus ventajas geoestratégicas y económicas. En los años 80, las FARC, el ELN y las AUC llegaron al lugar para apropiarse de los recursos derivados del narcotráfico, explotar el medio ambiente, instalar minas antipersonales y cobrar vacunas a ganaderos y exportadores de banano.

/Andrés Eduardo Quiroz Madrid.
/Andrés Eduardo Quiroz Madrid.

Tranquilidad
Foto por:
Andrés Eduardo Quiroz Madrid (22 años)
“Me ayuda a traer paz con solo ver los maravillosos rayos de colores que trae mi atardecer”.


Florencia
Las historias de la violencia en la capital de Caquetá tienen su origen el 14 de mayo de 1984, cuando guerrilleros del M-19 se tomaron la plaza central y dominaron el territorio. Años después y con la llegada de las FARC, este lugar se convirtió en un escenario de enfrentamientos contra las AUC y las Águilas Negras –quienes se dedicaron a hacer ‘limpieza social’–.

/Yohari Alejandra Correa.
/Yohari Alejandra Correa.

Conviviendo con alegría
Foto por:
Yohari Alejandra Correa (6 años)
“Alegría con amor y apoyo”.


Quibdó
La capital del departamento de Chocó ha sido víctima de graves actos de violencia que han llevado a reconstruir la población más de una vez. Uno de los eventos más desafortunados ocurrió el 26 de octubre de 1966 cuando un incendio destruyó toda la ciudad, seguido de la llegada de grupos armados como las FARC, ELN, AUC, EPL y, recientemente las Bacrim.

/Blanca Rosa Romero.
/Blanca Rosa Romero.

El diálogo protege
Foto por:
Blanca Rosa Romero (26 años)
“…Si nos reconciliamos con nosotros mismos será más fácil reconciliarnos con el planeta completo, incluyendo los animales, la naturaleza y el entorno que nos rodea. Así tendremos una vida mejor”.


San Vicente del Caguán
La historia de violencia en este municipio, al norte del departamento de Caquetá, se debe a que fue nombrada como Zona de Distensión por el Gobierno del expresidente Andrés Pastrana para realizar los diálogos con las FARC-EP y ponerle fin a la guerra (1999-2002); sin embargo, las conversaciones no llegaron a feliz término por lo cual se generaron violaciones a los derechos humanos, atrocidades de guerra en la zona y la estigmatización nacional del pueblo.

/Rigna Jara Embres.
/Rigna Jara Embres.

El mercado
Foto por:
Rigna Jara Embres (65 años)
“Allí encuentro con qué alimentarme, así doy gracias a Dios pues mi corazón está alegre, por lo que puedo dar alegría y paz a quien me rodea”.


Turbo
Este municipio es uno de los más grandes de la región del Urabá y, a la vez, uno de los más azotados por la violencia en el país. La bonanza marimbera y cocalera de los años 70 e inicios de los 80 ocasionó la proliferación de grupos guerrilleros y paramilitares, y con ello también el narcotráfico. De ahí, la aparición de grupos armados como las FARC – EP y el ELN que luchaban por hacerse cargo del manejo de droga.

/Yurledis Carvajal Rivero y Over Luis Puerta.
/Yurledis Carvajal Rivero y Over Luis Puerta.

Entre familias
Foto por:
Yurledis Carvajal Rivero (30 años) y Over Luis Puerta (40 años).
“Elegimos esta foto porque en ella está representada la unión entre las familias, el compartir y brindarnos apoyo mutuamente”.


Vista Hermosa
Este municipio del Meta ha sido altamente codiciado por grupos al margen de la ley dadas sus condiciones geográficas y la proliferación de cultivos ilícitos, lo cual ocasionó el desplazamiento forzado de la población. Además, al haber sido nombrada como Zona de Distensión durante el gobierno de Andrés Pastrana y el estereotipo negativo que surgió de ello, los habitantes decidieron abandonarla.

/Gloria Esperanza Mesa y Ester Julia Rada.
/Gloria Esperanza Mesa y Ester Julia Rada.

Paz y reconciliación
Foto por:
Gloria Esperanza Mesa (53 años) y Ester Julia Rada (47 años)
“En la época del conflicto crudo, los habitantes de la margen derecha no podían pasar a la izquierda porque eran ajusticiados y así sucesivamente. En un día la guerrilla pasó más de 200 personas, de las cuales regresaron tres. […] Hoy en día respiramos esa paz tan anhelada y podemos decir que estamos en reconciliación con todos los habitantes de todas las veredas”.

En busca del antídoto contra el odio

En busca del antídoto contra el odio

“Olvidar para pasar la página”. Esta es una de las lecciones que arroja la investigación Creer en la reconciliación. Convivir en un mundo dividido, adelantada por la Iglesia Menonita de Colombia –de la que surgió la iniciativa–, la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana y la organización holandesa Kerk in Actie. Luego se unieron las iglesias Bautista de Cali y Reformada de Barranquilla, que realizaron labores de acompañamiento al proyecto. En ese sentido, se trata de una verdadera experiencia ecuménica que es en sí misma un ejemplo de reconciliación.

El proyecto se desarrolló a partir de encuentros de los investigadores –el teólogo católico Edgar López, de la Pontificia Universidad Javeriana y su colega protestante Enrique Vijver– con dos comunidades profundamente impactadas por la guerra: la de Trujillo (Valle del Cauca) y la de Pie de Pepé (Chocó). El enfoque se basa en la lectura contextual de la Biblia, una forma comunitaria de leer el texto sagrado de todo el cristianismo, nacida en Brasil, con la teología de la liberación. El ejercicio se adelantó en tres momentos: ver, juzgar y actuar.

Tras el repaso de un episodio bíblico, que seleccionan de común acuerdo los académicos y los asistentes, el grupo comienza por ‘ver’, esto es, hacer un diagnóstico de la situación que vive la comunidad; “juzgar es iluminar esa situación a partir de los textos bíblicos y actuar es transformar esa realidad”, explica López.

Del diálogo acerca del argumento, los personajes y sus mensajes, surgen preguntas como: ¿con cuál personaje se identifica? o ¿usted conoce historias parecidas?

Según López, “entonces la gente dice ‘sí, esta historia se parece a la mía’, y comienza la circulación entre el texto y la vida. Lo que pasa en el texto, pasa en mi vida, y cosas que no están en el texto sí puedan estar en mi vida. Se comienzan a llenar así los vacíos narrativos”.

Y ocurre que la Biblia está llena de narraciones de violencia, de guerra, de crímenes, y la gente se identifica, a pesar de los contextos diferentes. “Esto tiene un trasfondo teórico: decimos que la Biblia es un texto revelado, porque cuando se lee despliega su sentido. Los textos transforman la vida de la gente, y la gente transforma los textos, porque los hace significativos”, dice el investigador.


Los episodios que transforman

Entre las lecturas seleccionadas hay una que narra cómo el hijo menor de una familia pide su herencia, abandona el hogar, desaparece muchos años y dilapida el dinero, hasta que retorna donde su padre para pedir perdón; este lo recibe lleno de alegría y lo colma de atenciones. El hijo mayor, que había permanecido juicioso a su lado, no demora en advertir en todo esto una gran injusticia.

“Un grupo guerrillero se desarma y quiere participar en la democracia, y muchos que no hemos sido víctimas directas del conflicto decimos: ‘no pueden entrar, tienen que ser castigados’, la actitud del hijo mayor es la de buena parte de la población colombiana”, explica López.

Otro de los relatos utilizados es el del conflicto entre dos hermanos, Esaú y Jacob, en el cual, luego de reconciliarse, cada uno se va a vivir a un país diferente. Esto tiene un significado importante: “la reconciliación no implica que tengamos que vivir juntos para siempre. De lo que se trata es de dejar atrás un pasado y que cada cual pueda vivir tranquilo, sin hacerse daño”, continúa.


¿Perdón y olvido?

Contrario a lo que muchos predicadores del cristianismo señalan, esta investigación sostiene que, en el plano moral, interpersonal, nadie está obligado a perdonar: “obligar a perdonar es una revictimización. La persona hace su proceso y verá si se siente capaz. Y debemos respetar esa decisión”, sostiene el investigador López.

La investigación contempló tres momentos esenciales: ver, juzgar y actuar.
La investigación contempló tres momentos esenciales: ver, juzgar y actuar.

Explica que si la gente logra perdonar se libera de una presión que hace mucho daño. Y no es ‘borrón y cuenta nueva’, porque no es olvido. “Si yo olvido”, continúa López, “no puedo perdonar, no me acuerdo de qué pasó”. La gracia es recordar de una manera sana. Procesar el pasado para vivir el presente, y eso puede conducir a una mayor calidad de vida de quienes han sufrido. Como cuando las víctimas les decían a los investigadores: “yo perdoné porque tengo que seguir viviendo” o “yo no puedo pasarles este odio a mis hijos”.

En el plano político, donde actúan las instituciones, la cosa es distinta: “para que se reciba perdón tiene que haber un reconocimiento del daño causado; un propósito de no repetirlo; tiene que haber disposición para reparar y una justicia que restaure, que recupere el tejido social. La única justicia no es la cárcel”. López hace énfasis en esta perspectiva, según la cual Cristo ama por igual a quienes padecen el daño y a quienes lo generan, porque con frecuencia los roles se confunden, lo que comprobaron al entrevistar a paramilitares y guerrilleros desmovilizados; “nos impresionó mucho que sus historias eran muy parecidas a las de las víctimas”, dice.

Así, a lo largo de tres años de investigación, los académicos ayudaron a procesar el dolor, al tiempo que se nutrieron de las experiencias de las personas con las que tuvieron contacto. “Esa es la sabiduría de la gente que sufre. Ellos ven cosas en la Biblia que nosotros, con toda la teología que tenemos encima, no vemos”, reconoce López.

Las relaciones que los académicos y las comunidades tejieron en estos encuentros adquirieron un carácter perdurable; han surgido nuevas iniciativas, como un proyecto en Trujillo alrededor de la reconciliación con el medio ambiente, con base en lecturas bíblicas sobre el agua.

Esta experiencia permitió comprender cómo la violencia del narcotráfico y la minería ilegal, así como las otras violencias de orden cultural, impiden hacer realidad los sueños de una paz total, por lo menos a corto plazo. Hay territorios en los que la reconciliación todavía es una posibilidad remota. Lo que hay es trabajo, y mucho.


Para leer más

  • Vijver, E. y López, E. (Eds.). (2014). Creer en la reconciliación. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.
  • López, E. (2017). Más allá de la venganza: la generosidad de dar perdón y el valor de pedir perdón. En Fundación para la Reconciliación, ¿Venganza o perdón? Un camino hacia la reconciliación. Bogotá: Ariel.

INVESTIGACIÓN: Creer en la reconciliación. Convivir en un mundo dividido.
INVESTIGADORES PRINCIPALES: Edgar Antonio López y Enrique Vijver.
Facultad de Teología
Iglesias Protestantes de Holanda, Iglesia
Menonita, Iglesia Bautista (Cali) e Iglesia
Reformada (Barranquilla)
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2012-2015

La Claraboya de Pesquisa | Episodio 1: Arrullos y currulaos (parte 2)

La Claraboya de Pesquisa | Episodio 1: Arrullos y currulaos (parte 2)

¡Hola de vuelta!

Hoy tenemos como invitada a Ana Camila Jaramillo, estudiante de Sociología de la Pontificia Universidad Javeriana y artista visual. Ella recorrió Colombia de norte a sur para registrar con su cámara cómo el arte ha contribuido a la sanación de las víctimas del conflicto armado. En esta ocasión conversa con Óscar Hernández, quien dirige las iniciativas de Creación Artísticas de la Vicerrectoría de la Javeriana, sobre el poder de catarsis de la música y el arte.

También destacamos el libro Arrullos y currualos, escrito por Juan Sebastián Ochoa, Leonor Convers y Óscar Hernández, el cual recopila todo el conocimiento recogido a través de la investigación y se convierte en un material para abordar el aprendizaje de la música tradicional del Pacífico surcolombiano.

Más información en: https://arrullosycurrulaos.tumblr.com/
Encuentra aquí nuestro videorreportaje sobre el trabajo de Ana Camila Jaramillo.

El arte, una forma de sanar y perdonar

El arte, una forma de sanar y perdonar

En un mismo día le propusieron dos proyectos con propósitos parecidos. El primero, trabajar con la Unidad para la Atención y Reparación Integral de las Víctimas en la producción de una serie de microdocumentales de reparación colectiva sobre 25 pueblos en Colombia; el segundo, realizar un documental sobre el Grupo por la Defensa de Tierra y Territorio en Córdoba (GTTC) para el Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP). “No los busqué, pero llegaron a mí”, afirma Ana Camila Jaramillo, realizadora audiovisual desde hace cinco años y actual estudiante de Sociología de la Pontificia Universidad Javeriana. Ella aceptó ambos.

Fueron 14 meses de entrevistas con las víctimas, grabaciones, edición y viajes a Sucre, Magdalena, Cesar, Córdoba, Antioquia, Nariño, Valle del Cauca, Amazonas y Cundinamarca. Ana cuidó los detalles que consideraba importantes para los microdocumentales. Por ejemplo, registrar que Don Miguel, un señor que vive en Córdoba, siempre asistió a todas las reuniones con un periódico que cuenta la noticia de una masacre en su región, y que guarda desde entonces. Además, en su posición de observadora, se dio cuenta de que había un factor común: en cada una de las zonas que visitaba, las víctimas creaban obras de teatro y danzas, escribían poemas, componían canciones, tejían y pintaban dibujos que relataban las historias por las que ellos y sus regiones vivieron, como si esas expresiones artísticas fueran una necesidad que sale naturalemente de ellas.

 “Ayer lloraba un abuelo,
entonces le pregunté
por qué es que lloras mi viejo,
por qué es que llora usted.
Yo quiero vivir en paz, el abuelo contestó.
También yo quiero regresar
allá de onde vine yo”
Relato de Pedro Ramón Gonzáles, en Córdoba.

Así, su cámara se fue llenando de grabaciones de versos como Anhelos y Esperanza, de Germán Agámez, y fue conociendo expresiones como las obras de teatro de la organización juvenil Talento y Futuro, que son creadas para recordar, mejorar y construir realidades nuevas porque “así, como se construye un guión para una obra de teatro, se lo construye para la propia vida”, según Ramón García, uno de sus integrantes.

En un semillero sobre el desarraigo y justicia social que se llevó a cabo en la Pontificia Universidad Javeriana, Ana explicó que los trabajos que realizó no solo se trataron de empoderar a las víctimas con la cámara sino colaborar en conjunto con ellas para hacer un reconocimiento de emociones y atmósferas que sean transmitidas. De esa manera, buscó la perspectiva de las víctimas pero también la de ella como artista externa a las diferentes historias. “El artista puede ver cosas que una víctima, como lo vivió, no lo puede analizar de la misma forma. Esas dos visiones en conjunto son las que se necesitan y las que apoyan a un país en posconflicto”, asegura.

“Resistente en él estoy,
de mi pueblo yo no me voy.
Esta vieja trocha por donde voy
me atrapa el recuerdo de lo que soy.
Supervivientes con corazones de valientes
soportamos la violencia y nos apodan resistentes.
¡Valientes! Eso gritaba mi gente,
cuando ya estaba cansada
del maltrato delincuente”.
Fragmento de la canción Supervivientesdel grupo de rap Afromúsica, en Sucre.

“El desarraigo es una pérdida de sentido, tanto simbólico como físico, y desde Aristóteles el arte es un acto de reconocimiento”, dice Ana. Así, concluye que esas diferentes expresiones artísticas que fue encontrando son una forma que tienen las víctimas de construir ese sentido perdido, hacer catársis y perdonar.

El arte puede ser de mucha ayuda para los lugares que han pasado por periodos de extrema violencia y las producciones audiovisuales pueden aportar a que esas historias no solo sean conocidas, sino que por medio de ellas se visualice el porvenir y la superación de las distintas situaciones por las que han pasado las víctimas.

Realizar estos trabajos le ha dado pie a Ana para cuestionarse sobre la historia del conflicto armado, la función que la producción audiovisual tiene en la construcción de esa historia, el problema de difusión que existe con este tipo de proyectos y el porqué no son tan conocidos en un país que está en pleno posconflicto; sin embargo, haber trabajado en ellos la ha encaminado para querer seguir haciendo de la producción audiovisual y la sociología su proyecto de vida.