Me atrevería a decir que, si le piden que diga el nombre de un animal, lo último que pasaría por su mente serían los corales o las obelias. No es que esté mal, es que la idea de ‘animal’ suele estar sesgada por características más familiares a nosotros, como que tengan ojos, patas, pelo, plumas o que se muevan. Pero hay una larga lista de organismos que rompen ese estereotipo.
“Pensé que era un pedazo de barro pegado a un palito”, recuerda la bióloga Carolina Gómez-Posada sobre la primera vez que vio a las esponjas de agua dulce. Hacía un recorrido por las Colecciones Biológicas del Instituto Humboldt —que actualmente coordina— cuando se topó con este organismo que la llevó a replantear su concepto de ‘animal’. “Estas esponjas viven adheridas a las rocas, los troncos y a las plantas de ríos y lagunas. Se llaman poríferos (su cuerpo está lleno de poros) y tienen la función de filtrar el agua y comerse el plancton, casi como las ballenas, pero a menor escala”, añade.

A Adriana Sáenz, profesora del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana, le pasó algo similar: “yo sé que no parece, pero esto es un animal”, dijo, señalando en la pantalla algo que para mi ojo no entrenado parecía una mancha color aguamarina con puntos verdes. Ella, por su parte, la compara con un sedimento marino flotando en el agua. Lo cierto es que se refería a Trichoplax adhaerens, la especie más estudiada de los placozoos, un grupo taxonómico de animales marinos invertebrados que representan una de las formas de vida pluricelulares más primitivas y simples del planeta.

“Y estos —dijo refiriéndose a los ctenóferos (conocidos comúnmente como ‘medusas peine’)— parecen una nave extraterrestre”. Y, aunque su nombre confunde, no son medusas. También son animales marinos transparentes y gelatinosos, pero forman un grupo independiente: el filo Ctenophora.

La misma confusión ocurre con los corales, las obelias (familiares de las medusas), los platelmintos (gusanos planos), los balanos (pequeños crustáceos) y tantos otros seres que a simple vista se podrían confundir con plantas u objetos inanimados, pero que pertenecen al mismo reino que leones, delfines, hormigas o serpientes: el reino animal.
Entonces, ¿qué hace que un organismo sea considerado un animal?
Si la apariencia fuera el criterio, probablemente nadie pondría a una esponja, un coral o un placozoo en la misma categoría que un león o un delfín. Sin embargo, tanto Gómez-Posada como Sáenz explican que todos los animales comparten una serie de características fundamentales que permiten reconocerlos como parte de un mismo reino.
La primera es que los animales son organismos multicelulares. A diferencia de las bacterias y de algunos hongos y algas, que están formados por una sola célula, los animales están compuestos por millones de células que trabajan juntas y se especializan en distintas funciones, desde transportar nutrientes hasta desarrollar tejidos o participar en la reproducción. Esa división del trabajo es la que permite que existan organismos tan complejos como un elefante, pero también otros tan ‘simples’ como un placozoo.
A diferencia de las plantas, que producen su alimento a través de la energía del sol, los animales obtienen su energía consumiendo otros organismos, como plantas, animales, hongos o materia orgánica. El coral, por ejemplo, captura alimento con sus tentáculos, y la esponja filtra el agua para alimentarse de partículas diminutas.
Las similitudes aparecen incluso antes de nacer. “Casi todos, desde las esponjas hasta los vertebrados, comparten una célula flagelada (con ‘cola’), que es el espermatozoide”, explica Sáenz y agrega que este fecunda al óvulo. Pero lo que hace únicos a los animales, añade Gómez-Posada, es que cuando están empezando a formarse después de la fecundación, siempre pasan por una etapa embrionaria específica llamada blástula: una pequeña ‘esfera’ de células que luego dará origen a un cuerpo complejo.

Tampoco es necesario tener patas, alas o aletas para pertenecer al reino animal. Aunque algunos animales adultos son sésiles, es decir, viven pegados a una superficie y no se desplazan, todos tienen capacidad de movimiento en alguna etapa de su ciclo de vida. Los corales, por ejemplo, comienzan como larvas que nadan libremente por el océano antes de elegir un lugar donde establecerse.
Finalmente, la mayoría de los animales poseen tejidos especializados que les permiten responder a lo que ocurre a su alrededor. En muchos casos esto incluye sistemas nerviosos y musculares complejos, aunque en otros apenas se trate de redes sencillas de células coordinadas. La diversidad de formas es enorme, pero detrás de ella existe una historia evolutiva compartida que conecta a las esponjas, los corales y los placozoos con organismos mucho más familiares para nosotros, como las aves, los perros o los seres humanos.
Placozoos, un ejemplo de avance científico
Bien sabemos que la ciencia es dinámica. Gracias a las nuevas tecnologías y la investigación continua, cada vez tenemos más evidencia e, incluso, rectificaciones a lo que en algún momento se daba por sentado. Uno de los ejemplos que mejor ilustran esto en el reino animal son los placozoos y cómo, en pleno siglo XXI, se formalizó todo un filo (categoría de clasificación taxonómica que se ubica entre el reino y la clase).

La historia es larga, pero lo vale. En 1883, el zoólogo Franz Eilhard Schulze encontró una pequeña “placa peluda” de apenas 2 mm en las paredes de un acuario en Austria. No tenía tejidos, órganos, boca ni simetría alguna. Schulze lo describió como Trichoplax adhaerens, la primera especie de los placozoos y que, según él, representaría el estado más primitivo de todos los animales pluricelulares, situándose en la base de la evolución animal.
Sin embargo, algunos científicos no estuvieron de acuerdo, pues les parecía extremadamente raro que un animal tan simple no tuviera ya una categoría taxonómica clara. Por lo que, siete años después, fueron clasificados erróneamente como turbelarios acelomados adultos (un grupo de gusanos planos marinos). Casi dos décadas después, el argumento volvió a cambiar y los identificaron como larvas de cnidarios (el grupo de medusas, corales y anémonas). El tema quedó ahí y durante décadas no se investigó más sobre ellos hasta que, en los años 70, volvieron a considerarlos como un linaje propio y se formalizó el filo Placozoa.
A pesar de los avances, seguían considerándolos como un grupo simple y homogéneo que tenía una sola especie. Así fue hasta que, en 2018 y 2019, se describieron nuevos géneros y especies. Y en 2022, una publicación de Frontiers in Ecology and Evolution propuso la primera clasificación para todo el filo Placozoa: se establecieron dos nuevas clases, cuatro nuevos órdenes, tres nuevas familias, un nuevo género y una nueva especie. “Este podría ser el único caso en el siglo XXI en que se formaliza toda una clasificación taxonómica superior para un filo completo de animales”, indican los autores en el texto.
Es decir, se necesitó más de un siglo para que se reorganizara todo un filo animal, que es la tercera categoría más amplia en la taxonomía, después del dominio y el reino. Carolina Gómez-Posada explica que esto es poco común. Describir una nueva especie o un género a estas alturas es un hito, pero reorganizar un filo en pleno siglo XXI es sorprendente y, para ella, demuestra lo mucho que nos falta por conocer la biodiversidad del planeta. “Para nosotros los biólogos es como una carrera contra el tiempo porque no podemos proteger lo que no sabemos que existe”, añade.
Claro, también hay otros factores para tener en cuenta, como que aún falta mucha más investigación en invertebrados y, sobre todo, en las profundidades de los océanos. Y es que estos organismos “atípicos” suelen habitar grandes profundidades marinas, donde la presión del agua y la falta de equipos de sumersión especializados dificultan su recolección y estudio, explica la profesora Sáenz. Además, los recursos muchas veces son insuficientes y tenemos una diversidad gigantesca que nos tomará años conocer (si es que alcanzamos a hacerlo a tiempo).
Pero cada vez hay más avances. La biología molecular, por ejemplo, ha revolucionado la forma en que los científicos identifican y clasifican la vida. Gómez-Posada la compara con un código de barras: así como un producto puede reconocerse por una secuencia única de líneas, los organismos pueden dejar rastros en fragmentos específicos de su ADN. Esos fragmentos permiten distinguir especies o linajes que, a simple vista, parecen iguales.
Además, esas huellas genéticas pueden buscarse incluso en muestras de agua, suelo o aire, mediante técnicas de ADN ambiental. No se trata de ver directamente al organismo, sino de detectar el rastro molecular que dejó en el ambiente.
Por eso, Gómez-Posada considera que la biología molecular ha sido un motor de cambio. Gracias a estos análisis, la ciencia ha empezado a reconocer la diversidad que antes pasaba desapercibida y a reorganizar grupos que durante años parecían simples u homogéneos, como ocurrió con los placozoos.
¿El reto? Que para identificar esos rastros genéticos se necesitan registros previos con los cuales compararlos, dice la investigadora. Por eso, por ahora, una parte del trabajo consiste en subir esa información a bases de datos abiertas con la esperanza de que otros investigadores hagan lo mismo y, en algún momento, sea posible cruzar los datos. Esto es clave en la conservación, pues permitiría saber qué especies están presentes en un lugar, cuáles podrían estar desapareciendo y cuáles ni siquiera hemos aprendido a reconocer.
Todo esto, en esencia, nos recuerda la importancia de ver la ciencia como una red de conocimientos que va encontrando nueva evidencia con el paso del tiempo. Por eso, tanto Carolina Gómez-Posada como Adriana Sáenz coinciden en que cambios como los ocurridos con los placozoos no son un retroceso, sino una muestra de cómo el conocimiento científico se vuelve más preciso.
Bonus: cuando los animales engañan al ojo
Además de que no les veamos rostros tiernos o, en ocasiones, luzcan como objetos inanimados, hay otras razones por las que a veces no vemos a los animales que tenemos enfrente: el camuflaje y el mimetismo.
Estos, según Gómez-Posada, son mecanismos de supervivencia con los que los animales buscan pasar desapercibidos, ya sea para la presa o para los depredadores. “La diferencia está en el modelo que imitan: en el camuflaje, el animal se confunde con su entorno; mientras que en el mimetismo, el animal imita la apariencia o el comportamiento de otro ser vivo”, explica la investigadora.
Ella lo resume con este ejemplo: imagine un animal que vive sobre un fondo oscuro y nace blanco. En ese ambiente, sería mucho más visible para sus depredadores y tendría menos posibilidades de sobrevivir y reproducirse. En cambio, si nace más oscuro, puede pasar desapercibido, sobrevivir más tiempo y dejar descendencia. Con el paso de las generaciones, esos rasgos pueden volverse más frecuentes. Así actúa la selección natural.
Algunos ejemplos de camuflaje son los insectos palo, que estiran sus patas hasta parecer ramas; el ave conocida como ‘mira el cielo’ (Nyctibius griseus), que puede permanecer inmóvil sobre un tronco y confundirse con la corteza; ciertos saltamontes y grillos que imitan hojas con tal precisión que sus cuerpos parecen tener nervaduras e incluso bordes mordidos por otros insectos; y una especie de mantis (Hymenopus coronatus) que se asemeja a la orquídea para atraer a su presa y cazarla fácilmente.



El mimetismo, por su parte, lleva el engaño visual a otro nivel. El polluelo de la plañidera cenicienta (Laniocera hypopyrra), por ejemplo, se enrosca y se mueve de forma similar a una oruga urticante, lo que puede disuadir a posibles depredadores. También están las falsas corales, que son serpientes no venenosas o menos peligrosas que imitan los patrones de color de las corales verdaderas, asociadas con venenos potentes.


Estos mecanismos muestran que, en el reino animal, la supervivencia a menudo depende de “engañar al ojo” del observador, rompiendo por completo nuestra expectativa de cómo debería lucir o comportarse un animal.
Más allá de la mirada humana
¿Por qué una esponja o un coral se pueden ver tan lejanos a lo que conocemos como un animal? La respuesta, para Gómez-Posada, podría remitir a un sesgo antropocentrista. “Los humanos interpretamos el mundo desde nuestra propia experiencia biológica”, dice.
A su vez, Sáenz agrega que es un error común pensar que los animales “simples” son menos evolucionados o primitivos. “Estos animales también evolucionaron, se adaptaron y responden a estímulos, aunque sus cuerpos funcionen de maneras muy distintas a las de los animales que nos resultan más familiares”. La evolución, enfatiza, no es una escalera de progreso hacia la complejidad, sino un camino donde los rasgos se ganan, se transforman o se pierden según las presiones del entorno.
Lo mismo ocurre con los animales que se camuflan o se mimetizan: su apariencia tampoco es una casualidad. En algunos casos, esa forma de confundirse con una rama, una hoja, una flor o incluso con otro animal ha sido una estrategia para sobrevivir, evitar depredadores o acercarse a sus presas. Por eso, la pregunta no es solo por qué algunos animales no parecen animales, sino por qué seguimos esperando que lo parezcan.
Entender que eso que parece un pedazo de barro o un sedimento flotante tiene la misma validez biológica que un mamífero, es un ejercicio que nos invita a ampliar la mirada. No solo para reconocer la diferencia, sino también para entender que cada organismo cumple una función dentro del ecosistema.
Gómez-Posada compara los ecosistemas con una pared de ladrillos: cada especie es una pieza que ayuda a sostener la estructura. “Cuando nosotros vamos quitando especies, el ecosistema se va desestabilizando”, explica. Por eso, un ecosistema diverso y estable puede resistir mejor eventos fuertes, como un desastre natural, una sequía o una intervención humana, y eventualmente recuperarse. Pero si empezamos a perder especies, incluso aquellas que no reconocemos o que confundimos con piedras o plantas, también debilitamos funciones ecológicas que todavía no entendemos del todo.
Al final, si dejamos de buscar solo lo que nos resulta familiar, ¿cuántos otros animales habrán pasado desapercibidos justo frente a nuestros ojos?
Este texto hace parte de Naturaleza Excéntrica, una colaboración entre Pesquisa Javeriana y Red Macana en la que contamos historias sobre biodiversidad y las expresiones más excéntricas de la naturaleza. Si quiere conocer el trabajo de Red Macana, haga clic en la siguiente imagen:




