Al minuto 92 del partido contra Alemania en el mundial de Italia 1990, Freddy Rincón recibió un pase del Pibe Valderrama, avanzó unos metros y definió con potencia para sellar un empate histórico. Fue uno de esos momentos que quedaron grabados en la memoria colectiva de los colombianos. Un año después, otra imagen recorrió el país: el arquero René Higuita visitaba en la cárcel La Catedral al narcotraficante Pablo Escobar. Ambas escenas, tan distintas entre sí, condensan las luces y sombras de una época en la que el fútbol, la política y la violencia se entrelazaban de maneras difíciles de ignorar.
La historia continuó en 1993, cuando Colombia goleó 5-0 a Argentina en el estadio Monumental de Buenos Aires y alimentó la ilusión de un país golpeado por el conflicto armado y el narcotráfico. Sin embargo, la participación en el mundial de Estados Unidos de 1994 terminó en una temprana eliminación. Días después, el asesinato del defensa Andrés Escobar convirtió una derrota deportiva en una tragedia nacional y dejó una de las imágenes más dolorosas de la historia reciente del país.
Dos décadas más tarde, el mundial de Brasil 2014 volvió a despertar la esperanza colectiva. La selección alcanzó los cuartos de final, ocupó el quinto lugar del torneo y vio a James Rodríguez convertirse en goleador del campeonato con un gol inolvidable ante Uruguay. Ese mismo año, Colombia reelegía a Juan Manuel Santos en medio de las expectativas por el proceso de paz. Una vez más, el fútbol y los anhelos de un país parecían caminar en paralelo.
No son episodios aislados. Desde la transmisión de un partido entre Millonarios y Unión Magdalena mientras ocurría la toma y retoma del Palacio de Justicia en 1985, hasta la influencia del narcotráfico en algunos clubes, las luchas de la selección masculina y las conquistas de la selección femenina —junto a sus disputas por mayor reconocimiento—, el fútbol ha sido mucho más que un deporte en el país. Ha servido para expresar alegrías, frustraciones, contradicciones, aspiraciones colectivas, y para incidir en la identidad nacional.
Mientras Colombia se prepara para una nueva elección presidencial y sigue de cerca el mundial que se disputa en México, Canadá y Estados Unidos, la camiseta amarilla vuelve a ocupar un lugar central en la conversación pública. Este deporte es un escenario en el que los colombianos imaginan quiénes son, celebran sus triunfos, procesan sus derrotas y disputan el significado mismo de la nación. Así lo presenta en esta entrevista Andrés Dávila, politólogo, doctor en Ciencias Sociales, profesor de Ciencias Políticas de la Pontificia Universidad Javeriana, aficionado y autor del libro Ganar sin ganar. Nación e identidad en la selección de fútbol de Colombia.
Usted lleva más de tres décadas estudiando la relación entre el fútbol y la identidad nacional. ¿Qué descubrió en ese recorrido?
Mi primer acercamiento surgió a partir del impacto que tuvo la selección de Francisco Maturana y, especialmente, el 5-0 contra Argentina. Lo que me interesaba entender era qué estaba pasando con los colombianos alrededor de esa emoción colectiva. Después, desarrollé ese trabajo en distintos proyectos y terminé escribiendo textos como La nación bajo un uniforme y más adelante Ganar sin ganar.
Lo que encontré es que el fútbol se convirtió en un espacio privilegiado para imaginar la nación. Colombia siempre ha sido un país muy regionalizado, con identidades locales muy fuertes. Sin embargo, la selección logra algo muy particular: amalgamar esas diferencias. En ella aparecen los jugadores del Pacífico, del Caribe, del interior, de Antioquia, del Chocó, y, por momentos, todos se convierten en una representación de un mismo país.
Además, la irrupción de Colombia en el fútbol internacional a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa fue muy significativa. Hasta entonces no existíamos realmente como potencia futbolística. De repente aparecieron figuras como René Higuita, Freddy Rincón, Carlos ‘El Pibe’ Valderrama o Faustino Asprilla, que se volvieron reconocidas en todo el mundo. Eso generó una sensación muy poderosa de reconocimiento internacional.
En sus investigaciones aparece una idea muy sugerente: que la identidad nacional se construye tanto en las victorias como en las derrotas.
Sí. Ese fue uno de los hallazgos más interesantes. Cuando trabajamos con la antropóloga Catalina Londoño para el texto “La nación bajo un uniforme: la selección Colombia”, publicado en el volumen Belleza, fútbol y religiosidad popular de la serie Cuadernos de nación, del Ministerio de Cultura, encontramos que la identidad no se construía solamente en el triunfo.
En las victorias aparecen todas esas narrativas positivas: somos resilientes, luchadores, creativos, capaces de competir con cualquiera. Pero en las derrotas también emerge algo muy colombiano, como la frustración, la autocrítica extrema y lo que después llamé la amargura y el canibalismo.
Porque los colombianos tenemos una tendencia curiosa: cuando ganamos somos los mejores del mundo; cuando perdemos somos los peores. La capacidad de pasar de la euforia a la destrucción simbólica es enorme. El caso más dramático fue el asesinato de Andrés Escobar después del mundial de 1994. Ahí la derrota dejó de ser solamente deportiva y se convirtió en una tragedia nacional.

De ahí nace el concepto de “ganar sin ganar”. ¿Qué significa exactamente?
Que buena parte de la historia del fútbol colombiano ha consistido en emocionarnos profundamente, sin conquistar grandes títulos. Si uno mira la trayectoria de la selección masculina, salvo excepciones muy puntuales, hemos construido identidad alrededor de empates memorables, campañas destacadas o momentos que quedaron grabados en la memoria colectiva.
Empatamos con Alemania en Italia 90, hicimos un gran mundial en 2014, logramos el 5-0 contra Argentina. Son hitos enormes. Pero si uno revisa estrictamente el palmarés, los títulos son pocos. Sin embargo, eso no impidió que millones de colombianos se identificaran profundamente con la selección.
Lo interesante es que el fútbol femenino está cuestionando esa idea. Las mujeres han conseguido resultados extraordinarios en un período mucho más corto y en condiciones mucho más difíciles. Por solo mencionar el reciente título que obtuvieron la semana pasada (9 de junio) como campeonas de la Conmebol Liga de Naciones Femenina al ganar 4-3 a Paraguay. Creo que el proceso que se está dando con el fútbol jugado por mujeres es una muy profunda revolución social al buscar romper paradigmas machistas. Por eso digo que mi libro ya se está quedando incompleto: ellas están empezando a ganar de verdad.
¿Qué papel juegan los ídolos del fútbol en la construcción de la identidad nacional? ¿Por qué en Colombia parece tan fácil pasar de admirarlos a cuestionarlos?
Los ídolos deportivos son fundamentales porque ayudan a que las personas se identifiquen con una historia colectiva. Hubo un momento muy interesante en los años ochenta, cuando muchos niños colombianos dejaron de querer ser Maradona o Platini y empezaron a querer ser Higuita, Trelles o los jugadores de la selección juvenil de 1985. Ahí se produjo un cambio simbólico muy importante: por primera vez los referentes estaban en casa.
Sin embargo, en Colombia existe una relación muy particular con sus figuras deportivas. Mientras en países como Argentina o Brasil suele haber una mayor disposición a reconocer y proteger a sus ídolos, aquí pareciera que siempre están bajo examen. Lo vemos con James Rodríguez y Falcao García o con los ciclistas Nairo Quintana y Egan Bernal. Después de haber generado enormes alegrías colectivas, muchas veces reciben críticas desproporcionadas, como si les debieran algo a los aficionados.
Eso tiene que ver con una característica que he llamado la amargura y el canibalismo. Cuando ganamos, los colombianos tendemos a exaltar a nuestros deportistas y convertirlos en símbolos nacionales; pero cuando las cosas salen mal, la crítica puede ser devastadora. Los medios de comunicación y, más recientemente, las redes sociales amplifican ese fenómeno. Hay periodistas y aficionados que cuestionan no solo el rendimiento deportivo, sino también la dignidad y la vida personal de los jugadores.
Por eso el fútbol resulta tan interesante para estudiar la identidad nacional. A través de nuestros ídolos se expresan aspiraciones, frustraciones, expectativas y contradicciones muy profundas de la sociedad colombiana. La forma en que los admiramos —y también la forma en que los destruimos simbólicamente— dice mucho sobre quiénes somos como país.
El fútbol colombiano también está atravesado por contradicciones muy fuertes: narcotráfico, violencia, amenazas, asesinatos. ¿Cómo encajan esos episodios en la identidad nacional?
Justamente ahí está una de las paradojas más interesantes. El equipo de Francisco Maturana fue, en muchos sentidos, el equipo de los narcos, porque el fútbol colombiano estaba profundamente atravesado por ese fenómeno. Pero no jugaba como los narcos.
Mientras el narcotráfico representaba la lógica del dinero rápido y la violencia, esa selección defendía otra idea: la importancia del juego bonito, de ganar jugando bien, de mostrar una personalidad distinta frente al mundo. Esa tensión sigue siendo fascinante porque refleja contradicciones muy profundas de la sociedad colombiana.
Se puede pensar que el fútbol no es un tema que involucre e interese a todos los ciudadanos. ¿Por qué pensar que sí influye en la identidad nacional?
La Encuesta Nacional de Fútbol de 2014, realizada por el Centro Nacional de Consultoría (CNC) y el Ministerio del Interior, reveló que el fútbol tenía una aceptación del 94% en Colombia y era considerado importante por el 72% de la población para alejar a los jóvenes de la violencia.
El fútbol tiene una capacidad de convocatoria difícil de encontrar en otros fenómenos sociales. La encuesta mostraba niveles de identificación altísimos con la selección y con el mundial, lo que confirma que quienes son indiferentes al fútbol constituyen una minoría. Más allá de gustos o posiciones ideológicas, el fútbol se instala en la vida cotidiana, en las conversaciones, los hábitos y los rituales colectivos.
Basta ver las celebraciones masivas que acompañan los grandes triunfos deportivos para entender su alcance. Lo más interesante es que logra reunir a personas con creencias, intereses y visiones muy distintas alrededor de una experiencia compartida. Esa capacidad de generar identificación colectiva es una de las razones por las que el fútbol resulta tan importante para comprender la sociedad colombiana.
¿Qué está pasando hoy con la camiseta de la selección en medio del contexto político que vive el país?
Creo que estamos viendo algo nuevo. Durante mucho tiempo la camiseta funcionó como un símbolo relativamente consensuado. Hoy está en disputa política.
No tengo una conclusión definitiva porque estamos viviendo el proceso en tiempo real. Pero sí veo que distintos sectores intentan apropiarse de ese símbolo. Y eso ocurre justamente en un momento en que concuerda una campaña presidencial muy polarizada y la expectativa por el mundial, escenario que no es excepcional de estos tiempos: los mundiales de fútbol y la definición de la Presidencia en Colombia ocurren en momentos simultáneos o cercanos. Por recordar, en 1970, coincidió el mundial de México y la tensión social cuando perdió Gustavo Rojas Pinilla las elecciones presidenciales con Misael Pastrana Borrero (quien finalmente fue presidente por los siguientes cuatro años).
Lo interesante será observar si la selección sigue siendo capaz de producir esos momentos de identificación colectiva que vimos en 1990 o en 2014, cuando millones de personas salieron a las calles simplemente para celebrar o acompañar al equipo.
En medio de esta coyuntura, ¿qué reflexión quedaría para los colombianos frente a estas tensiones simbólicas y de emociones extremas?
Espero que el fútbol nos gane. Más allá de las disputas políticas, es importante conservar esa capacidad de reunirnos alrededor de algo compartido. Las cosas no están fáciles y el país atraviesa tensiones importantes. Pero el fútbol sigue siendo uno de esos pocos espacios donde todavía podemos reconocernos como parte de una historia común.



