La hegemonía cultural: una utopía autoritaria

La hegemonía cultural: una utopía autoritaria

Por: Laura Gil // Fotografía: Editorial Pontificia Universidad Javeriana

Si tuviera que explicar en pocas palabras por qué leer Historia, nación y hegemonía. La Revolución Bolivariana en Venezuela 1999-2012, de la Editorial Javeriana y escrito por Martha Lucía Márquez diría solo esto: Márquez trata a su sujeto con respeto.

No es fácil escribir de Hugo Chávez en Colombia. La instrumentalización de la crisis venezolana con fines político-electorales —el fantasma del ‘castrochavismo— convertido la conversación sensata sobre la historia del vecino país en casi un imposible. El debate público quiere condenas o apologías, ataques o defensas, reproches o aplausos. Márquez no ofrece ni lo uno ni lo otro. No hay emoción en este texto, sino reflexión y estudio.

“Venía trabajando el tema del populismo en Venezuela desde 1999 y sentía que estaba agotado”, afirmó Márquez. Volteó, entonces, su interés hacia el nacionalismo y se centró en el uso de los relatos en la revolución. El libro, una adaptación de su tesis doctoral, describe los hallazgos de un análisis estructural de contenidos de las alocuciones de Hugo Chávez y de las historiografías de los investigadores del Centro de Memoria Histórica, por un lado, y de los escritos de Elías Pino Iturrieta, un historiador de la oposición, por el otro.

El discurso de Hugo Chávez pretendió hacer de Simón Bolívar un mito, usó la figura del Cristo en su aspecto más tirano, fue valorizando cada vez más el papel de las Fuerzas Armadas y, poco a poco, se acercó al autoritarismo con la construcción de la imagen de un pueblo necesitado de orientación y saber. Aun así, a pesar de sus altos niveles de popularidad, Chávez no logró imponer su narrativa. La resistencia no provino solo de los más duros opositores.

Mientras Elías Pineda se dedicó a develar las mentiras de los mitos construidos por Chávez, desde el Centro de Memoria Histórica, una institución nacida de la revolución, el pueblo recobró el papel dignificante que el comandante le venía quitando. Las mujeres, los indígenas, los trabajadores se proyectaron, en contra de los planteamientos de Chávez, como los verdaderos motores del progreso. El Centro se erigió como el verdadero defensor de la democracia participativa y directa y su personal no se convirtió en el lacayo del régimen. ¿Por qué un gobierno que se destacó por cerrar radios y periódicos no protestó ante un discurso contrahegemónico que no debió haber pasado desapercibido?

“Los relatos de nación no son verdaderos ni falsos”, me advirtió Márquez. “La memoria es frágil y todos recordamos de distinta manera” y, por supuesto, las narrativas nacionales se basan en diferentes interpretaciones de los recuerdos. “Los ciudadanos necesitamos defender los espacios para que las memorias se encuentren y conversen”, insistió.

Para Márquez, su investigación nos deja con una pregunta: ¿la hegemonía cultural se construye o siempre se está disputando? Chávez se propuso conseguirla y Márquez nos deja claro que fracasó.

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