¡Hasta pronto, Antártida!

¡Hasta pronto, Antártida!

En los últimos días tuve la oportunidad de conocer la base italiana Mario Zucchelli. Nos organizaron por grupos para poder bajar y pisar por primera vez la Antártida. En aproximadamente dos horas hicimos un recorrido para conocer las instalaciones de la base y a algunas personas que trabajan allí; nos llevaron también a una casita de madera donde todos los que visitan la base escriben lo que quieran y plasman su firma. Fue una experiencia diferente e interesante, pues llevábamos más de un mes abordo, sin hacer mucho ejercicio y con el movimiento constante del barco.

Luego llegó el día del adiós. Dejamos el ‘Continente Blanco’ y tomamos rumbo a Nueva Zelanda. En ese instante me di cuenta de que el tiempo se había acabado. No sé en qué momento se pasaron casi 30 días en ese paraíso. Nos encontrábamos en frente de la estación italiana cuando la jefe científica de la expedición hizo sonar la bocina del barco en tres ocasiones, en señal de despedida. Yo simplemente me quedé afuera, observando el hermoso paisaje, mirando por última vez al volcán Melbourne, un volcán activo de alrededor 2700 metros de altura. En ese momento empecé a tomar fotos de la espectacular Antártida y me embargaron muchos sentimientos, no pude evitar que las lágrimas rodaran por mis mejillas. Sentí mucha alegría por haber tenido esta mágica experiencia, pero mucha tristeza por dejar el que, para mí, es el lugar más hermoso de la Tierra. Tengo mucha gratitud con el universo y con todas las personas que hicieron posible que este sueño se hiciera realidad. Hay muchos deseos de repetirlo.

Volcán Melbourne
Volcán Melbourne.

Así empezamos seis días de navegación con rumbo a Lyttelton (Nueva Zelanda). Desafortunadamente nos tocó pasar entre dos tormentas en el Pacífico Sur, por lo cual el movimiento se hizo más fuerte a medida que salíamos del mar de Ross. Tengo que confesar que no fueron días muy placenteros, de nuevo muchos de los investigadores se sintieron mal y tuvieron que pasar el mayor tiempo del viaje en cama. Yo sentía un poco de dolor de cabeza, pero lo malo es que no se puede hacer ninguna actividad, no podía sentarme a trabajar en el computador porque me mareaba, solo estuve los dos primeros días en el puente de la embarcación tratando de ver algún mamífero marino, luego me tocó estar en la parte más baja del barco, conversando con otros investigadores, tratando de tocar guitarra, tratando de hacer que el tiempo pasara rápido. Sin embargo, le dije a un investigador que si ese era el precio que tenía que pagar para ir a la Antártida, estaba dispuesta a pagarlo todas las veces que fuera necesario.

Cuando nos encontrábamos llegando a Nueva Zelanda, el clima se calmó un poco y pude volver a retomar los avistamientos. Así fue como observé saltando el lobo marino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri), sacando su cabeza del agua para ver el bote y nadando en varias ocasiones.  Su distribución se restringe a Nueva Zelanda y al suroccidente de Australia; puede llegar a medir entre 1.5 y 2 metros; tienen orejas externas y aletas traseras que rotan hacia delante; pueden bucear de 10 a 15 minutos y bajar a profundidades de hasta 300 metros. En la isla sur de Nueva Zelanda hay varias colonias de esta especie.

 

Lobo marino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri)
Lobo marino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri)

El último avistamiento que tuve fue el de los delfines de Héctor (Cephalorhynchus hectori). Fueron solo dos minutos en los que cuatro individuos se acercaron a la embarcación, luego jugaron en la proa y desaparecieron. Esta especie es endémica, es decir que solo la podemos ver en Nueva Zelanda. Desafortunadamente esta especie se encuentra en peligro de extinción, las mallas de pesca han sido las principales responsables de su estado de amenaza ya que muchas son hechas con materiales muy delgados y que en muchos casos estos animales no detectan cuando se alimentan. Este es uno de los cetáceos más pequeños, llegando a medir aproximadamente 1.5 metros y a pesar aproximadamente 50 kilogramos.

Delfín de Héctor (Cephalorhynchus hectori)
Delfín de Héctor (Cephalorhynchus hectori)

Quiero agradecer a la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana, especialmente al director del Departamento de Biología, Carlos Rivera Rondón, y a la productora general de la revista Pesquisa Javeriana, Claudia Marcela Mejía Ramírez, por su trabajo, apoyo y compañía, para vivir este sueño conmigo. También al jefe de la expedición, Riccardo Scipinotti, quien con su esfuerzo y alegría constante generó un muy buen ambiente de trabajo abordo; además, gracias a toda la tripulación del buque Laura Bassi y a los  investigadores con los que compartí momentos que quedarán por siempre en mi memoria.

>> Conoce aquí la aventura completa.


* La participación de la egresada javeriana en biología Nohelia Farías Curtidor a esta expedición cuenta con la financiación de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana.

Que los eventos naturales no causen desastres

Que los eventos naturales no causen desastres

“Deslizamientos y lluvias, principales preocupaciones en Hidroituango”; “Inundaciones en Japón: más de 100 muertos por fuertes lluvias”; “Una persona muerta y dos heridas deja avalancha en Girardot”. Estos titulares son pan de cada día en Colombia y en el mundo. Volcanes que hacen erupción, sismos que afectan poblaciones enteras, eventos de la naturaleza que causan miles de pérdidas humanas y económicas. ¿Cómo prepararse para una de estas eventualidades?

Perder más de 20 mil colombianos en el desastre de Armero en 1985 hizo sonar las alarmas. El país tenía que avanzar en esta materia, desde la geología, la sociología, la ingeniería y la comunicación, porque esa historia no podía repetirse. El Servicio Geológico Colombiano tomó medidas para estudiar los diferentes fenómenos naturales que amenazaban el territorio nacional, y hoy, más de 30 años después de la tragedia, vuelve a ser un referente para que el grupo de investigación Riesgo en Sistemas Naturales y Antrópicos, de la Pontificia Universidad Javeriana, estudie la gestión del riesgo.

La investigación surge en 2011, lleva tres fases y los investigadores, de la mano de sus colegas en la Universidad Católica de Colombia, se aprestan a continuar con la cuarta fase. Se trata, hoy y siempre, de un tema vital, por lo que es necesario aprender de lo sucedido.


La gestión del riesgo es demasiado importante

Dice Alfonso Mariano Ramos Cañón, profesor titular de la Facultad de Ingeniería y del Instituto Geofísico de la Javeriana, que para abordar el riesgo generado por un peligro natural es necesario considerar dos componentes: amenaza y vulnerabilidad. El primero responde a la pregunta: ¿cuál es la probabilidad de ocurrencia de un evento natural, como un deslizamiento, una inundación, una erupción o un sismo? Al respecto, hay una buena base de conocimiento en el país. Pero la vulnerabilidad se refiere más a aquello que se afecta cuando la amenaza se materializa. Y a pesar de que Colombia también ha avanzado en su estudio, al determinar, por ejemplo, cómo se afectaría la infraestructura simulando las magnitudes de los posibles eventos, “otras perspectivas de vulnerabilidad se han tocado con menos esfuerzo”, explica Ramos, quien desde hace más de un par de décadas trabaja el tema del riesgo por diferentes peligros de naturaleza geofísica, como sismos, deslizamientos y avenidas torrenciales.

“En 2011 empezamos a pensar que si han ocurrido desastres y siguen ocurriendo, ¿qué es lo que está pasando? No estamos aprendiendo, y a pesar de que la amenaza es cíclica, siguen ocurriendo los mismos desastres”. Se refiere, por ejemplo, a la temporada de lluvias que vivió el país justamente en ese año, con deslizamientos e inundaciones en varias poblaciones. “El invierno castigó a Colombia en el 2011”, titulaba El Universal de Cartagena; “Inundaciones en Colombia: igual a anegar Bogotá 27 veces”, informaba la revista Semana.

“Eso estaba muy vivo”, recuerda Ramos. Como no era la primera vez que sucedía, había que aprender de ello. Y así se inició el primer proyecto de investigación.

El enfoque del proyecto tiene su propio sello: no solo cuantifica lo que podría suceder, sino que considera al ser humano como afectado por dicha circunstancia. Así que los investigadores ―un equipo de profesionales de distintas disciplinas― empezaron a trabajar en cinco dimensiones, con base en categorías planteadas por el Departamento Nacional de Planeación: económico-productiva, político-institucional, ambiental, urbano-regional y sociocultural. Buscaban, en últimas, proponer medidas de prevención, corrección o mitigación, para lo cual asociaron unos indicadores a cada dimensión, como la cantidad de área protegida, de edificaciones construidas en la zona de amenaza, de camas disponibles en los hospitales de la zona, el promedio de personas por casa o las redes sociales en la comunidad.

Con esa batería de indicadores y un trabajo de ingeniería para el cruce de toda la información, crearon el Sistema de Información de Vulnerabilidad Territorial (SIVT) que entrega recomendaciones a las regiones sobre las acciones de preparación, reducción y manejo de desastres ante un evento natural. “Es como una cajita negra y uno lo que hace es meterle los indicadores para las cinco dimensiones, ella hace sus cálculos y a partir de ese análisis se puede entregar una serie de priorizaciones para la prevención”, explica Ramos.


El valor del componente social en la investigación

Junto con ingenieros de distintas especialidades y un filósofo, los investigadores incluyeron en la metodología la participación de los ciudadanos a través de talleres para conocer su percepción sobre las amenazas y proponer medidas a corto, mediano y largo plazo, y así disminuir la vulnerabilidad de las comunidades. Tomaron tres casos: San Marcos, en el departamento de Sucre, región de La Mojana; Manatí, en el sur del departamento del Atlántico ―en el norte de Colombia las inundaciones por fuertes lluvias son una constante―; y Armero-Guayabal, en el departamento del Tolima.

Dibujos de niños y jóvenes en las poblaciones donde se realizaron los talleres.
Dibujos de niños y jóvenes en las poblaciones donde se realizaron los talleres.

Hasta esas regiones se desplazaron los investigadores con sus estudiantes de pregrado, maestría y doctorado, quienes realizaban sus tesis de grado, y organizaron diferentes actividades dirigidas a niños, jóvenes y adultos mayores para conocer sobre creencias y valores, redes sociales e identidad, y resiliencia.

Allí hablaron sobre los dichos populares que los identifican en su cotidianidad y cuyo contenido procuran llevar a la práctica ―como “el que no oye consejos no llega a viejo”, o “soldado avisado no muere en guerra”―, sobre el significado del agua en la comunidad, o sobre Dios. Los invitaron a dibujar sus regiones, destacar allí las personas y los sitios más significativos, y a soñar en el futuro. Así obtuvieron respuestas muy elocuentes, como:

“Dios no tiene la culpa de que se inunde [la región], la culpa es por las lluvias. Él nos cuida de que nada malo mayor pase”.

“Ahora no se sabe cuándo va a llover, antes sí. Ahora se espera el invierno con agonía, antes con armonía”.

Los talleres fueron clave para apoyar la generación de indicadores, porque “aprendemos haciendo”, explicó la coinvestigadora Paula Andrea Villegas González, estudiante del Doctorado en Ingeniería de la Javeriana y profesora de pregrado en esta universidad, así como en la Católica. “Cuando en los proyectos se involucran las comunidades, como en este caso, no se impone la visión de la academia, sino que se promueve un diálogo de saberes y de conocimientos a partir del cual se construye el proyecto de investigación”, explica. “En ese sentido, el enfoque fue construir un sistema de indicadores y un conjunto de medidas con las comunidades donde ellas también fueran partícipes en el proceso de construir conocimiento”.


Los resultados en la práctica

Como producto de las primeras tres fases de la investigación, se lanzó un libro en julio de este año, titulado Gestión del riesgo en Colombia: vulnerabilidad, reducción y manejo de desastres, y se desarrolló un software para aplicar los indicadores de las cinco dimensiones en cualquier región del país. “El libro detalla la metodología completa, el software es la parte utilitaria”, explica Ramos, pero “la parte fuerte es justamente la conceptualización de las dimensiones y la manera como se quiere evaluar o cuantificar, o en ocasiones cualificar, cada una de esas dimensiones”.

Para Villegas, son dos las lecciones de esta investigación: trabajar con las comunidades y aprender de lo que ha pasado: “No es posible que después de tantos años todavía cometamos muchos errores porque no aprendimos del pasado”. Y para el futuro, la enseñanza es contar con unos criterios más amplios a la hora de sistematizar la información y caracterizar los eventos naturales que conllevan desastres.


Para leer más:

  • Villegas González, P. A., Ramos Cañón, A. M., González Méndez, M., González Salazar, R. E., De Plaza Solórzano, J. S. (2017). Territorial Vulnerability Assessment Frame in Colombia: disaster risk management. International Journal of Disaster Risk Reduction, 21, 384-395.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Retrospectiva de las catástrofes naturales en Colombia como insumo para la construcción de un sistema soporte de decisiones
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Alfonso Mariano Ramos Cañón
COINVESTIGADORES: Paula Andrea Villegas González, Mauricio González Méndez, Ramón Eduardo González Salazar, Juan Sebastián de Plaza Solórzano, Edwin Daniel Durán Gaviria y Holman Diego Bolívar
Grupo de investigación Riesgo en Sistemas Naturales y Antrópicos
Instituto Geofísico
Facultad de Ingeniería
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2011-actualmente

Las aves que Colombia perdió de vista

Las aves que Colombia perdió de vista

El Libro rojo de aves de Colombia trae noticias desalentadoras porque habla de aquellas especies que están en riesgo de extinción. Lo positivo es que advierte sobre el tipo de amenazas que vive cada una de las identificadas y hace propuestas para frenar su desaparición.

El volumen II analizó en detalle 114 especies, de las cuales 82 se encuentran bajo amenaza de desaparición y una se registra como “extinta” (ver recuadro). Pesquisa Javeriana presenta una galería de algunas de ellas con un alto grado de amenaza.


Podiceps andinus

Rojo 1
Ilustración: Robin H. Schiele.

La última vez que se vio a este zambullidor cira (Podiceps andinus), especie endémica colombiana, fue en 1977 en el Lago de Tota. Frecuentaba las lagunas de la sabana cundiboyacense, pero parece que la erosión, la contaminación, el drenaje y el deterioro en la calidad de las aguas la fue acabando. También se le atribuye su desaparición al cambio de vegetación en los hábitats que frecuentaba. Es la única que reportan los investigadores que está completamente extinta.


Thryophilus sernai – Scytalopus perijanus

Cucarachero paisa (izqu.) y tapaculo de Perijá.
Cucarachero paisa (izq) y Tapaculo de Perijá. Fotografías: Daniel Uribe y Juan Pablo López O.

No acababan de encontrar al tapaculo de Perijá (Scytalopus perijanus) y al cucarachero paisa (Thryophilus sernai) −dos especies nuevas para la ciencia−, cuando los investigadores descubrieron que ya están amenazadas. El primero habita en los bosques de niebla y páramos bien conservados y su desaparición responde, principalmente, a la pérdida y fragmentación de estos ecosistemas del Caribe colombiano por la extracción de madera y actividades agrícolas y ganaderas. Al cucarachero paisa le gusta volar a ambos lados del río Cauca, en el bosque seco tropical. Su canto lo delata pero ya no se oye con frecuencia, pues su población disminuye con rapidez.


Heliangelus Zusii

Rojo 3
Ilustración: Robin H. Schiele.

Es posible que este colibrí, también llamado heliangelus (Heliangelus zusii), de Bogotá, esté ya extinto. Solo se conoce un espécimen colectado en 1909, pero los investigadores intuyen que aún existen poblaciones en algún enclave seco de la cordillera Oriental o del Macizo colombiano. Poco se sabe de él.


Eriocnemis godini

Rojo 4
Ilustración: Robin H. Schiele.

Como el heliangelus, este colibrí llamado zamarrito gorjiturquesa (Eriocnemis godini) está en peligro crítico, casi extinto. Se le conoce por tres especímenes disecados en el Museo Americano de Historia Natural y otro en el Museo Británico de Historia Natural, aparentemente provenientes de los departamentos de Nariño y Cauca.


Netta erythrophthalm

Rojo 5
Ilustración: Robin H. Schiele.

Si bien el pato negro (Netta erythrophthalm) se encontraba fácilmente en Colombia y en gran parte de Suramérica, durante décadas desapareció en el país hasta que, en 2012, un grupo de funcionarios del Santuario de Fauna y Flora de la Ciénaga Grande de Santa Marta reportó cuatro individuos surcando sus cielos. La cacería y el deterioro de humedales puede ser la causa de que esta especie se encuentre amenazada.


Crax Alberti

Rojo 6
Fotografía: Daniel Uribe.

A este paujil o pavón colombiano también se le llama paujil de pico azul (Crax Alberti). Es endémico de Colombia y se encuentra, cuando se le avista, en cuencas medias y bajas de los ríos Cauca y Magdalena, generalmente por debajo de los 800 metros sobre el nivel del mar. La mayoría de los registros corresponden a machos que emiten pujidos de cortejo y, por otro lado, a hembras solitarias. Hoy en día habita en tres reservas regionales: el cañón del río Alicante y Bajo Cauca Nechí, ambas en Antioquia, y en la Reserva El Paujil, entre Boyacá y Santander.


Vultur gryphus

Rojo 7
Fotografía: Rodrigo Gaviria Obregón.

No podía faltar −desafortunadamente− el majestuoso cóndor de los Andes (Vultur gryphus), en peligro crítico de extinción y, dice el libro, que, de continuar la situación, pronto desaparecerá. Siendo el ave emblemática del escudo de Colombia, la población silvestre actual no alcanza los cien individuos y los reintroducidos son menos de 50. El deterioro y transformación de los hábitats por acción humana son sus principales amenazas, además de la cacería, por considerarse −equivocadamente− como un peligro para el ganado.

Números que deben preocupar

‘El libro rojo de aves de Colombia’ analiza el turbio panorama de la fauna en el país, encontrando:
1 especie extinta
2 especies en peligro crítico, probablemente extintas
9 especies en peligro crítico
30 especies en peligro
31 especies vulnerables
10 especies casi amenazadas
7 especies con datos insuficientes

De ellas, 29 son endémicas.


Leptotila jamaicensis
  Icterus leucopteryx

Tortolita caribeña (izq.) y turpial jamaiquino. Fotografías: Mikko Pyhälä y Daniel Uribe.
Tortolita caribeña (izq.) y turpial jamaiquino. Fotografías: Mikko Pyhälä y Daniel Uribe.

Estas dos especies −la tortolita o paloma caribeña (Leptotila jamaicensis) y el turpial jamaiquino o caribeño (Icterus leucopteryx)− se encuentran solamente en la isla de San Andrés. Su distribución es cada vez más reducida por la pérdida de hábitat y la vulnerabilidad a los huracanes. El macho y la hembra del turpial caribeño construyen nidos colgantes en forma de bolsa, que van tejiendo pacientemente con materiales flexibles como fibras de hojas de palmas y pelo de caballo.


Cistothorus apolinari
 – Pseudocolopteryx acutipeonis

Cucarachero de apolinar (izq.) y doradito oliváceo.
Cucarachero de apolinar (izq.) y doradito oliváceo. Fotografías: José Oswaldo Cortés Herrera y Daniel Uribe.

En los humedales y lagunas de la cordillera Oriental, especialmente en el altiplano cundiboyacense, se ven aún algunos individuos de este cucarachero de pantano o cucarachero de apolinar (Cistothorus apolinari). Pero la contaminación de los humedales y posiblemente la acción del cambio climático global parecen estar afectando las poblaciones. Los autores del Libro rojo de aves de Colombia llaman la atención sobre el control poblacional de ratas, gatos y perros para evitar su extinción. El doradito oliváceo (Pseudocolopteryx acutipeonis), por su parte, vive una situación similar a la del cucarachero: los registros son escasos en los humedales de la Sabana de Bogotá. Se desplaza mediante vuelos cortos entre los juncos de los humedales.


En los dos volúmenes del Libro rojo de aves de Colombia se encuentran la totalidad de las especies de aves residentes en el país de forma permanente o estacional; en el volumen II, los autores recomiendan encarecidamente proteger las montañas del Darién que albergan, junto con la Sierra Nevada de Santa Marta, la mayor concentración de especies amenazadas.

 

Medalla ambiental

La Fundación Alejandro Ángel Escobar otorgó el Premio Nacional Alejandro Ángel Escobar en la categoría “Medio ambiente y desarrollo sostenible”, a los investigadores que lideraron la publicación del Libro rojo de aves de Colombia.

En su fallo, la Fundación resaltó que este trabajo de más de 10 años de investigación, publicado en dos volúmenes, sirve “como soporte para definir prioridades de conservación, declaración de áreas protegidas, formular políticas, planes de manejo, asignar recursos y concientizar a la sociedad sobre la vulnerabilidad de la naturaleza”.

Coordinada por Luis Miguel Renjifo, vicerrector de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana, la investigación contó con los valiosos aportes de Ángela María Amaya, Juan David Amaya, Jaime Burbano (investigadores asociados a la Javeriana), Gustavo Kattan (científico de la Javeriana, sede Cali), María Fernanda Gómez (de ONU Medio Ambiente) y Jorge Iván Velásquez (del Instituto Humboldt).

El reconocimiento se entregará a los ganadores el 4 de octubre de 2017.

 

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