Investigadores comprobaron la teoría que un antropólogo colombiano postuló en los ochenta

Investigadores comprobaron la teoría que un antropólogo colombiano postuló en los ochenta

Esta nota fue publicada originalmente en la edición 57 de Pesquisa Javeriana con el título de El Bajo Magdalena y Venezuela, ligados genéticamente.

El legado de Carlos Angulo Valdés ha trascendido. Y es que, aunque muchos lectores quizás desconocen este nombre, hace referencia a uno de los antropólogos más importantes que tuvo el Caribe colombiano en los años ochenta del siglo pasado. En la actualidad, sus estudios se relacionan con el Instituto de Genética Humana de la Pontificia Universidad Javeriana y el Laboratorio de Arqueología de la Universidad del Norte.

Antropología y genética

Transcurría el año 1976, cuando la Universidad del Norte, en Barranquilla, contrató a Carlos Angulo Valdés, quien comenzó a consolidar la investigación arqueológica en esta universidad.

Por esa misma época, cuenta el profesor e investigador Alberto Gómez Gutiérrez, los genetistas de la Pontificia Universidad Javeriana “bajábamos de una suerte de torre de Babel y salíamos de nuestros encapsulados laboratorios para realizar la Gran Expedición Humana. Es decir, tomábamos la decisión de aproximarnos al trabajo de campo para conocer muy de cerca la labor de los arqueólogos”. Y aunque el antropólogo costeño no logró conocerse con los genetistas de la Javeriana, sí consiguió aportarles, a través de sus discípulos, el legado con el que actualmente se intenta dar evidencias que prueben algunas de sus hipótesis arqueológicas.

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“Angulo Valdés, desde la década de los ochenta, venía planteando y proponiendo una relación entre el Bajo Magdalena y la Orinoquia venezolana”, señala Juan Guillermo Martín, arqueólogo y director del Laboratorio de Arqueología de la Universidad del Norte.

En esa época se atrevió a establecer dicha relación mediante el estudio y la documentación de cerámica con casi 3000 años de antigüedad que tenía una decoración muy particular: patrones lineales hechos sobre la arcilla fresca que representaban la fauna propia del Bajo Magdalena, elemento que coincidió con la cerámica analizada por unos colegas suyos en el Bajo Orinoco, en Venezuela, que presentaba el mismo tipo de decoración.

Desde ese momento, Angulo Valdés propuso una posible comunicación entre ambas sociedades, no solo por la similitud en la cerámica, sino por el procesamiento de algunas plantas empleadas para la alimentación, particularmente la yuca amarga.

A pesar de estas evidencias, la hipótesis de Angulo Valdés no se pudo corroborar completamente, por lo que, además de recibir muchas críticas, se le consideró un investigador osado para su tiempo. No obstante, estos reproches fueron zanjados, gracias al diálogo que generaron los genetistas de la Javeriana y los antropólogos de la Universidad del Norte.

El estudio interdisciplinar propiciado por los investigadores en estas dos áreas permitió analizar el ADN de los restos óseos humanos que habían sido encontrados en las excavaciones de Angulo Valdés y, para sorpresa de todos, se logró obtener evidencia genética y, de esta manera, corroborar por completo la asociación establecida, en su momento, con los ancestros de Venezuela. Así, la hipótesis trascendía la mera suposición y presentaba evidencia contundente con un hallazgo genético que sumaba a la certeza obtenida desde el punto de vista cultural.

“Angulo Valdés, desde la década de los ochenta, venía planteando y proponiendo una relación entre el Bajo Magdalena y la Orinoquia venezolana”.
Juan Guillermo Martín, Uninorte

ADN precolombino

El proyecto que llevan a cabo la Javeriana y la Universidad del Norte, titulado Bioarqueología del Magdalena, hace referencia específicamente al “ADN de los individuos que habitaron la región antes de la migración europea, es decir, antes del siglo XVI y previamente a la llegada de Colón”, según señala Gómez Gutiérrez. “Resulta que, alrededor del mundo, las diferentes poblaciones tienen una letra adjudicada a cada una de acuerdo con parte de su composición genética, es decir, una letra que indica la pertenencia a cierto grupo poblacional, oriundo de una determinada región, con características propias de la misma. Esto se conoce gracias a los estudios moleculares que, a lo largo del tiempo, han realizado los genetistas”.

En la América precolombina, por ejemplo, las letras adjudicadas son A, B, C y D para los genes que se encuentran en el citoplasma. Suponga que estas letras corresponden a su nombre, denominado en genética como haplogrupo. Pero usted también tiene unos apellidos, y a estos apellidos se les conoce como haplotipos, identificados con letras diferentes que se combinan con números. Como ejemplo, una persona de un haplogrupo B, con haplotipo 5g, sería B5g.

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Precisamente, el análisis de los restos óseos excavados en el Bajo Magdalena, específicamente en Malambo, permitió identificar ADN correspondiente a la variante B. La investigadora María Claudia Noguera, que está a cargo de los experimentos de ADN precolombino en el Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, explicó cómo lograron, desde el punto de vista genético, determinar la relación existente entre las poblaciones del Bajo Magdalena y de Venezuela:

“Tras la identificación del haplogrupo B en los restos óseos precolombinos de Malambo, comenzamos a establecer una serie de variantes que nos llevaron a determinar que se trataba de un haplotipo B2j; un haplotipo que solo se encontraba hoy en las bases de datos en un individuo de Venezuela en toda Suramérica, evidencia que pudimos obtener a partir de las revisiones bibliográficas realizadas en diversas bases de datos internacionales, que permitieron, a la vez, determinar la relación biológica entre estas dos culturas o poblaciones”.

Aporte social

Son varios los aportes sociales, de acuerdo con Gómez y Noguera, de este trabajo: quizás ha llegado el momento de comprender, tal y como argumentan varios pueblos indígenas y algunas comunidades católicas, que ‘todos somos hermanos’. Hecho que cobra relevancia una vez confirmada la hipótesis, mediante estudios de ADN, de que todos venimos de los africanos. Tal y como afirma Gómez Gutiérrez: “Hasta el finlandés más blanco del mundo es afrodescendiente”.

Para los arqueólogos Javier Rivera y Juan Guillermo Martín, docentes de la Universidad del Norte, son tres aportes importantes los que quedan para la región Caribe. En primer lugar, dar a conocer a la población la historia de los antepasados indígenas.

En segundo lugar, la riqueza cultural que reposa en la colección arqueológica del Museo Mapuka, de la Universidad del Norte, ubicado en la ciudad de Barranquilla, y cuyo auge se ha incrementado y extendido en toda la región Caribe.

En tercer lugar, ampliar la investigación arqueológica en la zona, pues históricamente ha sido un territorio muy inexplorado debido a la violencia padecida durante años y a las escasas o nulas inversiones por parte del Estado en temas de investigación. Para Rivera, el Caribe es importante porque “las poblaciones que vivieron en el altiplano tuvieron, sí o sí, que haber pasado por la costa Caribe”. Pero, lastimosamente, este hecho ha sido muy poco explorado.

Por último, el trabajo de estos investigadores deja en evidencia la importancia de la interdisciplinariedad y la relevancia de la investigación en ciencias sociales.

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Continuidad de la investigación

La historia es infinita, así como lo es su estudio. La publicación de estos investigadores sobre la comunidad precolombina de Malambo es la primera de cuatro lugares más que están en estudio actualmente en el Atlántico: Tubará, Valle de Santiago, Ciénaga del Guájaro y Barrio Abajo, en el centro histórico de Barranquilla.

Los investigadores de ambas universidades cuentan con los restos óseos de las excavaciones hechas en estos sitios y esperan publicar muy pronto resultados adicionales obtenidos del estudio del patrimonio genético precolombino.

Para leer más:
• Noguera Santamaría, M. C. et al. (2020). Análisis genético de restos humanos precolombinos del Bajo Magdalena sugiere una ruta migratoria y continuidad genética matrilineal en el norte de Suramérica. Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, 44(12).

Recuperado de https://raccefyn.co/index.php/raccefyn/issue/view/205/297

TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN:

Bioarqueología del Magdalena

INVESTIGADORA PRINCIPAL:

María Claudia Noguera Santamaría

COINVESTIGADORES:

Alberto Gómez Gutiérrez, Javier Rivera, Juan Guillermo Martín, Ignacio Briceño Balcázar
Instituto de Genética Humana
Facultad de Medicina Pontificia
Universidad Javeriana
Laboratorio de Arqueología
Universidad del Norte

PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN:

2016-2019

La curiosidad cultivada en el jardín de la abuela: Alejandra Riveros

La curiosidad cultivada en el jardín de la abuela: Alejandra Riveros

A sus 22 años, María Alejandra Riveros ya es joven investigadora e innovadora del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, Minciencias. Su tema: migración, personas mayores, salud pública y salud mental. Se pregunta sobre la percepción que tiene el ciudadano común y corriente sobre las enfermedades. Por eso, finalizando su pregrado en Antropología ya está vinculada con el Instituto de Salud Pública de la Pontificia Universidad Javeriana y con Lancet Migration and Health – Latin America, red que agrupa actores de distintos sectores para fomentar la investigación en migración y salud, y traducirlas en acciones a nivel comunitario y regional.

La imaginación como fórmula creativa

Los primeros pasos de su camino como investigadora los dio cuando era niña en el jardín de la casa de su abuela. Allí tuvo un breve interés por la entomología (ciencia que estudia a los insectos), mientras observaba con asombro los bichos que aparecían sobre el terreno. En el mismo jardín también exploró la perfumería casera. Se dedicó a mezclar flores para crear fragancias que no terminaron contenidas en un frasco pero que sí cultivaron su curiosidad por la experimentación.

Después de la perfumería y los bichos llegó el colegio. Allí pensó en estudiar Medicina, pero con el tiempo empezaron a interesarle las ciencias sociales. Como monografía para obtener su título de bachiller realizó una propuesta para convertir la tienda de su colegio en una más saludable.

Riveros creció en Chía, un municipio de Cundinamarca, y desde niña labró dos cualidades que considera fundamentales para ser investigadora: el entusiasmo y la curiosidad. “Uno a medida que crece no puede perder esas dos cosas. Desde pequeña ambas me sacudieron”, dice.

“Nunca me he sentido pequeña y eso que mido 1.55 metros”, María Alejandra Riveros

Antropología, salud mental y migración

Riveros eligió estudiar Antropología en la Javeriana por el énfasis en salud, pues así podía combinar sus dos temas de interés: la medicina y las ciencias sociales.

Su primer paso fue ser parte del semillero Afro-Amazonas de la Facultad de Ciencias Sociales en el marco de un proyecto de migrantes que se desplazaban del Pacífico colombiano hacia la región amazónica.

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Para la estudiante, investigar sobre migración es fundamental porque es un proceso presente en la vida cotidiana de la mayoría de personas. “Cada vez que alguien cuenta una historia, desde el principio hay migrantes en ella. El relato de mis antepasados fue eso: migrar del campo, de Choachí, a la Sabana de Bogotá en busca de oportunidades”, menciona.

En los procesos migratorios, dice Riveros, existen otras circunstancias que los acompañan, por ejemplo, la imposibilidad de acceder a una atención médica. En especial, por las consecuencias que conllevaría ir a un centro de salud sin tener resuelta la situación migratoria, entre ellas, la deportación.

Riveros entró al programa de Jóvenes Investigadores e Innovadores del Minciencias para hacer parte de un grupo de científicos involucrados en un proyecto sobre salud mental y migración venezolana en Cúcuta, Colombia, y Florida, Estados Unidos, del Instituto de Salud Pública de la Javeriana y la Universidad de Central Florida.

En Cúcuta encontraron un panorama distinto al que está en el plan de respuesta al fenómeno migratorio en el campo de la salud. “Aunque el Ministerio de Salud ha hecho esfuerzos, todo lo hacen con las uñas. Si no hubiera cooperación internacional sería una situación más compleja”, dice.

Para la joven investigadora, un factor que no está presente en los estudios y en las políticas estatales es la salud mental de las personas migrantes. “Existe el síndrome del inmigrante sano, en el que solo se tiene en cuenta la salud física y no la mental. Es importante, en términos de salud pública, incluir ambas”, afirma.

La ciencia para alguien o para algo

Riveros planea seguir el camino de la investigación porque cree que es un recurso que aporta al momento de tomar decisiones de cualquier tipo, sean sociales, económicas o políticas.

Su tesis de pregrado consistió en describir la experiencia de las personas mayores y el impacto de factores sociales, individuales y políticos en personas mayores durante el confinamiento por la pandemia. “En este tiempo su experiencia estuvo marcada por la soledad, además de dificultades económicas. Las cuarentenas solo exacerbaron las desigualdades que están presentes en lo cotidiano de la vejez en Colombia”, comenta.

Actualmente está estudiando para certificarse como programadora digital porque abre horizontes a otros lenguajes, como el inglés o el francés, dice ella, para poder profundizar en la ciencia de los datos y confía en que eso le abriría un gran camino a su carrera profesional.

Ser investigadora le ha traído varios aprendizajes, entre ellos, no dejar a un lado su curiosidad, su entusiasmo y siempre ser perseverante. Se quiere dedicar a la ciencia aplicada de la salud pública y la migración, como dice ella, para alguien o para algo. “En eso estoy ahorita, tratando de seguir el camino de la investigación que, aunque no es fácil, es el que me gusta y lo que me hace feliz”, finaliza.

¿Reactivar la economía o más bien repensarla?

¿Reactivar la economía o más bien repensarla?

La sesión plenaria de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aprobó, en 2009, una declaración formal que reconocía a las cooperativas como promotoras de desarrollo social. Esta declaración, sin duda, apalancó y afianzó estas organizaciones como un componente importante ―más allá de las empresas capitalistas― en la estructura económica de los países. Sin embargo, lo anterior no ha sido suficiente para que se potencie su visibilidad en el ámbito territorial por parte de los gobiernos. Tampoco ha hecho que los investigadores, en los centros educativos, generen evidencia documentada de la potencialidad de las cooperativas ―que hacen parte del conglomerado empresarial― para construir progreso social en Colombia. 

Eso, por lo menos, es lo que piensa Juan Fernando Álvarez, profesor de planta del Departamento de Desarrollo Rural y Regional, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, de la Pontificia Universidad Javeriana: “Tradicionalmente, el estudio de este tipo de organizaciones solidarias no se cubre de manera transversal, cuando de organizaciones se trata. Esto ni en antropología, ni en sociología, ni en administración, ni en derecho… Mucho menos en economía. Se cree que la única forma de organización es la empresarial, la capitalista. Por eso no existen muchos acercamientos empíricos y conceptuales que demuestren la incidencia de las cooperativas en aspectos como la sostenibilidad empresarial, la dinamización de los territorios y las condiciones para el desarrollo local, lo que es problemático, porque no se tienden puentes entre las economías solidarias, la academia, la sociedad y los gobiernos”. 

Por eso, desde hace varias décadas, el profesor Álvarez, junto con el equipo de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, ha desarrollado proyectos investigativos que evidencian, de manera empírica, la potencialidad e importancia de las cooperativas en la sociedad en general, desde la aplicación de metodologías cuantitativas.  

Una de esas investigaciones, que desarrolló con el profesor Miguel Ángel Alarcón Conde, de la Universidad de Castilla La Mancha, en España, relacionó las contribuciones de las cooperativas ―a través de sus siete Principios Cooperativos― en las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). 

¿Cuánto aportan los resultados de las cooperativas a los ODS? Esa fue la cuestión. 

Y para responderla, los profesores Álvarez y Alarcón se valieron de dos metodologías. La primera es la encuesta Delphi, con base en la cual los investigadores indagaron entre 16 líderes de cooperativas colombianas y estudiosos cuál podría ser la relación entre los Principios Cooperativos y los ODS. A partir de ese resultado estadístico, desarrollaron la segunda metodología: el análisis de redes sociales, un método matemático en el que se entrelazan nodos ―en este caso, los Principios Cooperativos con más incidencia sobre los ODS― para expresar lazos entre ellos. De esta manera, aplicando una escala de las aportaciones de los Principios a los ODS, identificaron las relaciones más intensas y, a partir de estas, demostraron el impacto, en general, que puede tener, por ejemplo, un principio cooperativo específico ―como la igualdad― en un ODS específico ―el fin de la pobreza―. 

Con base en lo anterior, los investigadores encontraron, por ejemplo, que las cooperativas destinan cerca de un cuarto de sus excedentes a acciones que contribuyen a los ODS, sobre todo en “actividades de preservación medioambiental, captura de carbono, trabajo decente y educación”, de acuerdo con el documento académico.

También descubrieron que más de un 80 % de las cooperativas realiza o financia iniciativas sostenibles. Adicionalmente, entre otros hallazgos, evidenciaron que el principio cooperativo que más contribuye a los ODS es la preocupación por la comunidad, y que este tiene un impacto significativo en dos objetivos: ciudades y comunidades sostenibles, y educación de calidad. 

En ese sentido, concluyen ―a partir de indicadores verificables y contrastables― que las prácticas de algunas cooperativas en Colombia, gracias a su “no prioridad del ánimo de lucro personalista”, están en sintonía con los ODS. 

Ahora bien, advierte el profesor Álvarez, estos resultados son tan solo una generalización: “Son una aproximación susceptible de debates y mejoras y, a su vez, abiertas a su réplica en diferentes contextos”. 

De cualquier forma, la investigación y sus resultados son un aporte a la consolidación del cooperativismo ―y, en general, al estudio de las economías solidarias― desde una perspectiva académica. Ese es su valor: “Imagínate un iceberg. En la punta están todos los estudios económicos sobre el impacto de las empresas capitalistas a la economía, pero abajo están las otras formas de hacer economía y también las otras formas de estudiar y medir los beneficios, que van más allá de los valores monetarios. Bueno, eso es lo que hacemos: medir lo de abajo del iceberg”. Y concluye: “Nosotros insistimos en medir lo que importa medir. ¿Y qué es? ¡Pues el resultado! La capacidad de transformar […]. El indicador no es el dinero”. 

Al profesor Álvarez lo acusaban de “soñador” ―aún hoy― por este tipo de comentarios y apuestas. ¿Cómo así que la plata no es el indicador estrella del éxito de una empresa? 

Pensaban que éramos un grupo dogmático. Nos preguntaban qué habíamos tomado para plantear que la medición de las organizaciones está en su capacidad de generar transformaciones”, sonríe. “Y mira, en octubre el papa Francisco publicó su encíclica social Fratelli tutti y en esta él nombra 14 veces a las economías solidarias y a las cooperativas como una forma para cambiar nuestros hábitos de consumo y producción”, vuelve a sonreír.  

El papa Francisco también es parte de este grupo de supuestos dogmáticos. Ahí está la prueba.

LOS SIETE PRINCIPIOS COOPERATIVOS SON:  

  • Asociación voluntaria y abierta 
  • Control democrático de los miembros 
  • Participación económica de los asociados 
  • Autonomía e independencia.
  • Educaciónformación e información 
  • Cooperación entre cooperativas 
  • Preocupación por la comunidad. 

LOS ODS CON MAYOR IMPACTO GRACIAS A LOS PRINCIPIOS COOPERATIVOS SON:   

  • Ciudades y comunidades sostenibles 
  • Educación de calidad. 

 

Para leer más:  Alarcón Conde, M. Á. y Álvarez Rodríguez, J. F. “El balance social y las relaciones entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible y los Principios Cooperativos mediante un análisis de redes sociales”. Revista de Economía Pública, Social y Cooperativa, 2020, (99), 57-87. 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: El balance social y las relaciones entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible y los Principios Cooperativos mediante un análisis de redes sociales.
INVESTIGADORES: Juan Fernando Álvarez Rodríguez y Miguel Ángel Alarcón Conde.
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2019-2020.

 

                            

Así son las sinergias investigativas entre las ciencias sociales y naturales

Así son las sinergias investigativas entre las ciencias sociales y naturales

Uno de los retos centrales del encuentro de Exposemilleros, organizado por la Vicerrectoría de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana, es formular un proyecto de investigación en el que se aborde una problemática a través de la unión de diferentes disciplinas.

Con la propuesta Minería e incidencia de enfermedades de transmisión sexual (ETS): Un estudio interdisciplinar en dos departamentos de Colombia (Antioquia y Boyacá), los semilleros Estudios estructuralistas, de la Facultad de Antropología, e ISPOR Javeriana Student Chapter, del Departamento de Epidemiología Clínica y Bioestadística, lograron unir las ciencias sociales y las de la salud para profundizar sobre las infecciones de transmisión sexual de los trabajadores de las minas.

Este es un logro más de los investigadores del grupo de Estudios estructuralistas, quienes ya han presentado sus resultados académicos en ciudades como Paris, Filadelfia, Atenas, Zaragoza, Bogotá, México, Buenos Aires, entre otros. Sus nombres ya figuran en algunos capítulos de libros, sus artículos académicos han sido publicados en revistas indexadas y otros en grandes medios del país. Así lo informó a Pesquisa Javeriana el profesor Jairo Clavijo Poveda, líder del semillero de Antropología.

¿Cómo lo hacen?

Las ciencias no solo son biología, química, física o exactas; y no todos los científicos pasan sus días en laboratorios, con bata, gafas de protección y el ojo puesto en la lente de un microscopio. Según Clavijo, el semillero de Estudios estructuralistas es muestra de ello pues los antropólogos se dedican a investigar el mundo desde otro punto de vista: el del “macroscopio”. Día a día se encargan de demostrar que la ciencia va más allá de un laboratorio o de los lugares donde se hacen las salidas de campo, pues “el campo de estudio se construye a partir de lo que nos interesa saber del mundo”, complementa Juan Camilo Ospina Deaza, coordinador del grupo.

Para seleccionar los temas, sus integrantes tienen un único filtro: “Por extrañas que puedan llegar a ser las cosas que deseamos indagar, deben despertar un interés personal para que cada uno de los miembros del equipo disfrute la experiencia investigativa y que ésta sea una completa aventura para escudriñar los insumos que dan respuesta a las preguntas que nos planteamos”, complementa el profesor Clavijo.

En el proceso, los investigadores centran su labor en la puesta en práctica de las teorías estructuralistas de diferentes pensadores, para comprender problemáticas sociales que están presentes a diario. Ejemplo de ello es que empiecen a proponer pesquisas que pueden ir desde la política hasta series de la plataforma Netflix, que posteriormente son analizados desde estas posturas teóricas.
Clavijo Poveda propone “entender las teorías estructuralistas y posestructuralistas como un medio para observar el mundo social desde sus relaciones complejas”. En sus proyectos se encuentran análisis de la serie americana Doctor House, Star Wars, el videojuego Pokémon Go, la tauromaquia, la mitología y otros temas pocas veces estudiados en el país.

Además, lo que este profesor destaca del proceso del semillero es el modelo pedagógico que utilizan como guía, el cual toma varios aspectos de la misma teoría que ha inspirado su camino como la pedagogía participativa y la producción colectiva del conocimiento. “El trabajo en equipo es fundamental. Investigando en las biografías de Pierre Bourdieu, Michel Foucault y Lévi Strauss, nos dimos cuenta que ellos nunca trabajaron solos. A pesar de que los antropólogos tienden a ser muy individualistas, en nuestra pedagogía tratamos de no dejarnos llevar por eso”, asegura.

Los integrantes de este semillero han logrado profundizar en diferentes temáticas, han viajado por diferentes partes del mundo para mostrar sus hallazgos y han demostrado la capacidad de unir esfuerzos para hacer de la ciencia un trabajo colectivo. Hoy en día son un espacio que reafirma las diversas posibilidades para investigar más allá de las ciencias naturales, para cuestionarse, para tener en cuenta el contenido teórico y aplicarlo en la marcha. Muestra de ello es el planteamiento metodológico para indagar sobre las enfermedades de transmisión sexual en el sector minero, lo que los hizo ganadores de Exposemilleros 2019.

Bienvenidos a la selva

Bienvenidos a la selva

Este sábado 9 de noviembre es el día de los Parques Nacionales. Gracias a las 59 áreas protegidas que tiene el país y las selvas y bosques que son el hogar de nuestra biodiversidad es que se puede seguir haciendo investigación para conocer y conservar la riqueza natural que nos rodea.
Con este preámbulo les presentamos el ejercicio científico del antropólogo Carlos del Cairo y su grupo de trabajo en el Guaviare.

Nathalí Cedeño nunca había estado en el Guaviare. Ni siquiera conocía la Amazonía colombiana, pero sí se la imaginaba. Tal vez era por historias que escuchó, o tal vez por fotos o películas, pero “la imagen que tenía era una selva exuberante, con animales salvajes, mucha vegetación y sin humanos”, cuenta Cedeño, la diseñadora gráfica que hizo parte de un proyecto de investigadores javerianos que buscaba fortalecer las estrategias ecoturísticas de algunas comunidades de esta región.

Por eso, cuando cruzó el río para llegar a la vereda Playa Güío, a unos 17 kilómetros de San José del Guaviare, lo primero que la sorprendió fue ver una casita de madera con su jardín. Había viajado durante ocho horas desde Bogotá, y efectivamente empezaba a ver vegetación, animales salvajes y ríos, “pero también había personas viviendo una cotidianidad que yo no me esperaba encontrar”.

Era 2015, y unos meses antes la habían invitado a ser parte del grupo de investigación del profesor Carlos del Cairo, en el que también participaban varios estudiantes y egresados de antropología. Este grupo ya llevaba dos años involucrado con Playa Güío en un proyecto de investigación enfocado en las relaciones entre campesinos asentados en zonas de protección ambiental y su entorno. Durante todo ese tiempo ―de 2013 a 2015―, el grupo analizó las dinámicas de una comunidad de unas 50 familias que por décadas han vivido la guerra de diferentes maneras, pero que finalmente han aprendido a habitar este lugar.

El antropólogo Juan Sebastián Vélez explica que se usaron tres estrategias investigativas en el proceso. La primera “fue el trabajo etnográfico, que consistió en convivir con la comunidad mucho tiempo y, paralelamente, registrar su cotidianidad en un diario de campo y con fotografías”. En segundo lugar, organizaron grupos focales para conversar sobre la historia de la comunidad y sobre la biodiversidad de la zona. Y como tercera estrategia, “hicimos entrevistas semiestructuradas a profundidad para recolectar relatos biográficos y anecdóticos de estas personas sobre temas específicos”.

El profesor Del Cairo recuerda que, cuando terminaron de recoger toda la información, las personas de Playa Güío les manifestaron su interés en que siguieran trabajando en la comunidad, pero ya no solo en la investigación social convencional, sino en aportarles algo más concreto para su desarrollo. “Querían contar su historia tanto a la gente de afuera como a los niños y jóvenes de la vereda, y al mismo tiempo fortalecer su proceso de ecoturismo”, recuerda Del Cairo, quien añade que a mediados de la década de 2000 la misma comunidad había creado la Cooperativa Ecoturística Playa Güío (Cooeplag), para ese fin.

Así que al principio pensaron en unas cartillas que recogieran la historia de Playa Güío, sus atractivos naturales y los datos de contacto. Luego invitaron a Nathalí Cedeño a participar en el equipo para que se encargara del diseño de este material, “pero yo veía que había bastante información para proponer algo un poco más ambicioso”, recuerda la diseñadora.

Ilustrar Playa Güío

En 2014 arrancó el proyecto, que ganó la convocatoria San Francisco Javier, de la rectoría de la Universidad Javeriana, una iniciativa para apoyar estrategias con enfoque social que fomentan el desarrollo de las comunidades. Para ese momento, el equipo de investigación ya había organizado la información recolectada. Ahora no pensaba en cartillas, sino en “otros lenguajes gráficos, como infografías, mapas, recopilaciones de historias narradas por la misma gente, ilustraciones y videos”, afirma el profesor Del Cairo.

Para ilustrar toda la información de la vereda, Cedeño viajó a Playa Güío con el equipo en 2015. Durante cuatro días, identificaron aspectos clave para la construcción del material, recopilaron testimonios adicionales de la gente y se reunieron con adultos y niños para que ellos mismos hicieran dibujos del territorio. Además, recolectaron datos de la fauna local, de la agricultura, y de la oferta ecoturística, como el hospedaje en cabañas construidas por la misma comunidad, alimentación con productos locales como plátano, legumbres y pescado, y actividades como recorridos por ríos y lagunas, avistamiento de aves y micos, apreciación de pinturas rupestres, senderismo, entre otras.

Después, el equipo elaboró unas propuestas impresas que compartió con la comunidad para su validación, y, finalmente, con el apoyo de la Editorial Pontificia Universidad Javeriana, imprimió una colección de libros llamada Playa Güío: ecoturismo y esperanza, que incluye la historia de la vereda, una recopilación de relatos de la comunidad, un cuento ilustrado para niños, la reflexión metodológica del proyecto, un mapa de la fauna de Playa Güío y un calendario agroecológico. Además, se creó el sitio web de la cooperativa de ecoturismo y se montaron en plataformas virtuales cinco videos sobre la vereda, su gente, su tradición oral y su territorio.

Bienvenidos a Playa Güío

En total se imprimieron 300 copias de la colección; algunas se entregaron a los investigadores y otras se conservaron en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad. Pero la mayoría fueron enviadas al Guaviare: una parte para distribuirla entre las familias que participaron en el proyecto, otra para la cooperativa ecoturística y otra para ser repartida en bibliotecas, colegios, institutos técnicos, otras entidades públicas de San José del Guaviare y algunos municipios cercanos.

Un año después de terminar el proyecto, Nathalí Cedeño volvió a Playa Güío, pero esta vez como turista. Se puso en contacto con la cooperativa a través de su página web, y coordinó el hospedaje y la alimentación con don Álvaro, uno de sus representantes. Recuerda que había otros visitantes en la vereda, y don Álvaro les compartía con mucho orgullo ejemplares de los libros y se los prestaba para que los leyeran. Tal vez había pasado muy poco tiempo para medir el impacto real del proyecto, pero para la diseñadora “fue muy emocionante que este hombre se estuviera apropiando del material para compartirlo con los visitantes, porque finalmente ese era nuestro objetivo desde el principio”.

Casos comparados

Bocas del Raudal es otra vereda de la región y está ubicada en la entrada del raudal del río Guayabero. Damas del Nare, por su parte, está en las riberas del río Guaviare. Ambas tienen aspectos en común: fueron fundadas por campesinos del noroccidente amazónico, han sido afectadas por varios ciclos de violencia, y en algún momento dedicaron su economía a los cultivos ilícitos. Pero lo que más atrajo al investigador Carlos del Cairo y a su equipo fue la decisión de algunas familias de estas veredas de usar el ecoturismo como fuente de ingresos.

Desde 2017, y luego de terminar el proyecto en Playa Güío, el equipo se ganó dos convocatorias Laudato si’, de la Vicerrectoría de Investigación de la Universidad Javeriana, enfocadas en apoyar proyectos relacionados con las problemáticas identificadas en la encíclica papal del mismo nombre. Con la primera, “nos dedicamos a elaborar un artículo con reflexiones sobre la relación entre ecoturismo, conflicto, posconflicto y explotación de recursos naturales”, explica Juan Sebastián Vélez, uno de los antropólogos investigadores.

Con la segunda convocatoria, y basándose en los resultados académicos de la investigación, diseñaron avisos para los senderos ecológicos con la información relevante de cada vereda, mapas del territorio, infografías con las especies de fauna y flora más importantes, y un libro con la historia de ambos lugares y de cómo el ecoturismo ha sido fundamental en su desarrollo.

Según Vélez, este proyecto logró que las comunidades compartieran sus experiencias y reflexionaran sobre alternativas para gestionar su ecoturismo de una forma más organizada y consciente del entorno natural. “Parte de eso se debe a la investigación, pero también a la determinación de ambas comunidades de aprender y de sacar adelante sus estrategias”, insiste el antropólogo.

Para leer más


TÍTULOS DE LAS INVESTIGACIONES: Estrategia para el fortalecimiento de las actividades organizativas, campesinas y ecoturísticas de la Cooperativa Ecoturística Playa Güío Dinámicas socioecológicas y ecoturismo comunitario: un análisis comparativo en el eje fluvial Guayabero-Guaviare
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Carlos del Cairo
COINVESTIGADORES: Nathalí Cedeño, Juan Sebastián Vélez, Tomás Vergara, Daniel Ortiz, Stephany Paipilla, Iván Montenegro, Juan Eduardo Ortega, Angie Rodríguez, Sebastián Gómez, Juan Manuel Díaz
Facultad de Ciencias Sociales Departamento de Antropología
PERIODO DE LAS INVESTIGACIONES: 2013-2015 y 2017-2018

Migración: la experiencia de los niños según los niños

Migración: la experiencia de los niños según los niños

Hasta hace unos veinte años las investigaciones en antropología, las ciencias sociales y de la salud se enfocaban, en su mayoría, en estudios sobre los niños y no con los niños. En general, asumían que no era necesario tenerlos en cuenta en las investigaciones porque, tal vez, eran vistos como un apéndice de las familias: con raras excepciones se les entrevistaba, eran los padres quienes asumían la vocería. Esto pasaba en los estudios indígenas, afros, sobre la violencia y sobre la migración, claro. La caracterización de las migraciones dentro y fuera del país se lograba a partir de la voz de los adultos: de sus experiencias, vivencias y dramas.

A comienzos del siglo XXI las migraciones internacionales de colombianos aumentaron de manera notoria y varios investigadores relacionaron este fenómeno con las rupturas del núcleo familiar. Algunos juzgaron a los hijos de padres en situación de migración como personas abandonadas, peligrosas y perezosas. Se empezó a hablar de esas «malas madres» que los dejaban «botados»; se empezó a hablar de esos padres a quienes solo les interesaba el dinero.

Bajo ese contexto –en medio de ese paraguas «teórico»–, la enfermera y antropóloga de la Pontificia Universidad Javeriana, María Claudia Duque, decidió realizar su tesis de doctorado en Antropología, sobre migración desde la perspectiva de los niños –en este caso, desde la perspectiva de niños colombianos que vivían en Tampa, Florida, en Estados Unidos–. Gracias a esa decisión –no bien vista por algunos colegas–, desde hace unos quince años Duque se convirtió en una de las primeras investigadoras del país y de América Latina que vio a los niños como agentes que influyen y construyen realidades sociales; o sea, como informantes claves para comprender la cultura.

En su tesis doctoral de 2004 –Colombian Immigrant Children in the United States: Representations of Food and the Process of Creolization­– Duque concluye que los niños migrantes son agentes y actores capaces de construir identidades que se expresan en sus prácticas y gustos alimentarios.

Después del doctorado Duque volvió a Colombia y analizó, a través de entrevistas individuales y grupales, y encuestas, las experiencias de varios niños de Risaralda y Bogotá en circunstancias de migración parental. Descubrió que ellos son agentes que, aunque comparten realidades comunes con ciertos miembros de las familias, viven sus experiencias propias. Descubrió que la mayoría de niños entiende la migración de sus padres, a pesar de ser una situación difícil y dolorosa, como un sacrificio para el bien de toda la familia –incluyéndolos. Y lo anterior, desde la mirada de ellos, a veces vale la pena, a veces no, todo depende de la edad del niño, de qué padre se ha ido –si es uno, si son los dos, si es una madre cariñosa, si no lo es. También depende de los cuidadores que se encargan de su cuidado –si lo tratan bien– y, desde luego, depende de las estrategias para mantener los vínculos afectivos –las remesas, regalos que recibe desde el exterior, llamadas, fotos… Duque demostró que los niños colombianos viviendo migración parental no son hijos abandonados, imaginario que aún perdura entre algunas oenegés, medios de comunicación e investigadores sociales–.

«Las narrativas de los niños en su mayoría no hablan de rupturas, sino de transformaciones y formas familiares diferentes a la nuclear (padre, madre, hijo) (…) Los niños viviendo situaciones de migración parental pueden ser al mismo tiempo poderosos e impotentes miembros de sus familias», escribió la investigadora en su artículo Niños colombianos viviendo migración parental, en 2011.

«Las investigaciones de María Claudia sobre migración con niños fueron innovadoras y respondían a una necesidad investigativa que, hace diez años, pocos asumían por sus grados de dificultad –no es nada fácil trabajar con niños de seis años para adelante», dice William Mejía, economista y Magíster en Migraciones Internacionales, profesor de la Universidad Tecnológica de Pereira y coordinador de la red sobre migraciones Latinoamericanas, Colombiamigra.

Lo de María Claudia Duque ha sido una brega por romper estereotipos y evidenciar mundos complejos que no se pueden representar, simplemente, con un «pobrecitos» o un «malos padres». Eso de que la migración es un hacha que corta raíces, bueno, no es tan cierto, no es tan negro ni blanco. Las conclusiones de sus estudios no son maniqueas y abordan el tema desde su complejidad… Y esa complejidad tiene una intención: deconstruir los estereotipos y los prejuicios, y, así, delimitar los problemas, definir las acciones de intervención y políticas sociales: «La investigación tiene que ser política», dice la investigadora, y concluye: «Sí. Tiene que ser política, mas no politizada ni manipulada».

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Migración y niñez (serie de investigaciones desde 2003 hasta 2011).
INVESTIGADOR PRINCIPAL: María Claudia Duque Páramo.
Facultad de Enfermería – Departamento de Enfermería en Salud Colectiva – (Profesora jubilada).
PERÍODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2003 – 2011.

Marta Zambrano: el rumbo de la política de ciencia

Marta Zambrano: el rumbo de la política de ciencia

Durante más de 20 años, el trabajo académico de la profesora Marta Zambrano se ha centrado en las relaciones de poder, las jerarquías sociales y los dispositivos del saber que han subalternizado a colectivos y agentes sociales, tales como la población indígena de Santa Fe de Bogotá en el período colonial y en la ciudad multicultural contemporánea. También ha examinado el choque y la confluencia entre memorias hegemónicas y disidentes, reflexionando sobre el lugar de las mujeres, la sexualidad y el colonialismo en la producción y olvidos de la historia oficial.  

“Las perspectivas críticas de las  ciencias sociales y del feminismo nos ayudan a contar otras historias y memorias” , dice esta antropóloga de la Universidad Nacional, doctora en Antropología de la Universidad de Illinois en Urbana Champaign.

El fruto de su trabajo ha quedado consignado en artículos académicos publicados en revistas indexadas y en libros como Trabajadores, villanos y amantes: encuentros entre indígenas y Españoles en la ciudad letrada. Santa Fe de Bogotá (1550-1650).

Marta Zambrano, doctora en Antropología.
Marta Zambrano, doctora en Antropología.

Ha sido merecedora de reconocimientos como el Premio Beth Dillingham, otorgado por la estadounidense Asociación Antropológica de los Estados Centrales, y el Premio de Docencia Meritoria, de la Universidad Nacional.

Marta Zambrano es uno de los conferencistas invitados al XIV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana, en el cual hablará sobre el futuro de la ley de ciencia y tecnología en Colombia. El 14 de septiembre, en el Auditorio Alfonso Quintana S.J. del edificio Jorge Hoyos S.J. (edificio 20 del campus universitario), a las 8:00 a.m., hablará sobre la política pública de ciencia y tecnología en Colombia.

Si desea asistir a la conferencia, puede inscribirse aquí.

Transformaciones culturales de la geografía colombiana

Transformaciones culturales de la geografía colombiana

Desde el periodo colonial, empezaron a circular ciertas representaciones sociales sobre las poblaciones, que apelaban a las influencias de los climas, los paisajes y los particulares tipos de mestizajes. De esta manera, se fueron estableciendo asociaciones entre ciertos lugares y las características de la gente que los habitaba, lo cual se acentuaba por el aislamiento derivado de la particular geografía del país y los ineficaces esfuerzos para posibilitar su comunicación. “Muchas de estas representaciones”, dice el antropólogo javeriano Eduardo Restrepo, “tienen sus orígenes en concepciones propias del determinismo climático, geográfico o racial, hace mucho tiempo refutadas por la ciencia”.

Biodiversidad, multiculturalismo y patrimonio fueron los tres ejes de la investigación “Identidades regionales en los márgenes de la nación. Políticas y tecnologías de la diferencia en el Caribe, los Llanos Orientales y el Pacífico”, en la que confluyeron distintos estudios de las universidades Javeriana y Magdalena, para evidenciar, como concluye el trabajo, que “desde las mismas regiones o desde afuera se han creado ideas que hacen ver a los llaneros, chocoanos y costeños como pueblos inferiores en términos raciales y culturales, y como si fueran entidades homogéneas”.

A través del concepto de formación regional de la diferencia, elaborado por los investigadores, se demuestra que concebir al país como fracturado en regiones responde a “políticas e intervenciones concretas que refuerzan o transforman las representaciones sobre la naturaleza, la historia y la cultura en el Caribe, los Llanos y el Pacífico”.

Liderado por Restrepo, su colega Julio Arias Vanegas, ambos profesores e investigadores de la Universidad Javeriana, y por Fabio Silva, de la Universidad del Magdalena, el trabajo parte de varios estudios de caso. “Lo más valioso de esta investigación”, dice Restrepo a Pesquisa, “es haber apoyado tesis de pregrado y de maestría en estas tres regiones y desde una dinámica de trabajo de grupos de investigación”.

En los Llanos orientales

En dos municipios del Meta, Puerto Santander y San Martín, Ingrid Díaz estudió el patrimonio, entendido como “aquello que construye la idea del pasado o del presente y que fue o debe ser dejado como herencia para el futuro”, según se lee en su tesis. Díaz se enfocó en dos casos: el museo arqueológico de la cultura guayupe, que tiene piezas arqueológicas relacionadas con el pasado indígena de la región de Puerto Santander, y las Cuadrillas de San Martín, consideradas patrimonio cultural de la nación. Estas consisten en “danzas” que representan las batallas entre grupos definidos, como españoles, árabes, indios y negros, en las que intervienen 48 jinetes.

Díaz advierte que, al analizar los discursos y las prácticas desarrolladas por quienes toman decisiones sobre el patrimonio, “funcionarios y entidades, a través de programas y legislaciones, definen e intervienen, no solo el patrimonio, sino la cultura, los territorios, las poblaciones, la historia y las identidades de las poblaciones involucradas en la patrimonialización”, esta última referida al patrimonio cultural.

Sergio Ramírez trabajó la dimensión ambiental de los Llanos, analizando cómo la idea de conservación empieza a atravesar políticas públicas, de desarrollo sostenible y de turismo en Puerto Gaitán, municipio que ha sido calificado como “paraíso natural”. Rocío Martínez, por su parte, profundizó en la transformación de la manera de mirar a los indígenas, que pasaron de no ser considerados seres humanos a ser pensados como parte del multiculturalismo nacional.

El profesor Arias, quien coordinó el equipo en los Llanos, hizo una lectura histórica de las formas en que ha sido concebida la naturaleza de esta región, primero como “natural”, para la ganadería extensiva, y más reciente y aceleradamente como “natural”, para la agroindustria a gran escala. Arias muestra así que estas distintas concepciones han estado asociadas a formas específicas de exclusión de la tierra, y de jerarquización racial y cultural de sus pobladores rurales.

En el chocó

La investigación de Mónica del Valle versó sobre la imagen de la naturaleza y su relación con lo humano en la literatura chocoana, principalmente en la obra Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, de Carlos Arturo Caicedo Licona, escritor de Quibdó, y cómo esa representación configura una identidad chocoana.

El trabajo de Sonia Serna, “En blanco y negro. Paisas y chocoanos en Quibdó”, se aproximó a la diferencia en la concepción de identidades dentro de la propia región. “La gente en el bajo Atrato tiene unas maneras de elaborar identidades locales —como el chocoano, el costeño, el chilapo, el cholo, el libre—, que no necesariamente operan en Nuquí o en Quibdó”, explica Restrepo. La investigación esbozó las categorías con que la gente se piensa a sí misma y piensa a los otros, y planteó límites entre las diferencias que existen de lo “chocoano” dentro del propio departamento.

¿Cómo la imagen del Chocó como región inhóspita, de naturaleza agreste, donde la civilización está ausente, se convierte en una gran riqueza por su biodiversidad y su valor genético y biológico? Esto se debe, de acuerdo con la investigación, al discurso ambientalista de los últimos años. Pero el del multiculturalismo también ha incidido mediante el proceso de etnización, lo que significa pasar de pensar en una gente que habita la zona occidental del país como campesinos o raza, a concebirla como grupo étnico, con tradiciones, prácticas particulares de producción y una relación armónica con la naturaleza.

En el caribe

La región caribe, coordinada por el profesor Silva, incluyó trabajos que demuestran cómo el discurso de “lo caribeño” se empieza a arraigar y reemplaza el de “lo costeño”, en un intento por reconceptualizar la región. Se trata de “un discurso que surge en un momento muy particular de la historia del país por parte de una élite de intelectuales y de poder”, explica Restrepo.

Andrés Forero hizo una etnografía del Museo del Caribe, en Barranquilla, y encontró que la narrativa se concentra en resaltar que “la región caribe es la más mestiza de Colombia, la más diversa en todos los sentidos de la palabra, y por el hecho de ser parte del Caribe insular”. Forero explica que “hay una intención consciente en el museo de no mencionar los conflictos sociales: las diferencias que se exponen no tienen que ver con la desigualdad social, sino con su carácter cultural”.

Por su parte, Álvaro Acosta se concentró en el proceso de creación del Centro Histórico de Santa Marta, una iniciativa apoyada por sectores económicos para generar proyectos turísticos, cuyo propósito es transformar el entorno, abandonado por la gente que tradicionalmente lo ocupaba, como los vendedores ambulantes. En este trabajo, dice Restrepo, Acosta explica “cómo se dan esas disputas por el espacio desde esta política de patrimonio del Centro Histórico”. Siguiendo la línea del turismo, Laura Chaves enfocó su trabajo en la perspectiva histórica de pensar este sector de la economía en los años setenta —al “estilo Rodadero”— en contra- posición a un turismo ecológico. “Ella muestra cómo, detrás de la producción de un espacio para que sea consumido como turístico, hay procesos políticos, militares e intereses económicos que se ponen en juego”.

Biodiversidad, multiculturalismo y patrimonio

Otros investigadores, como Álvaro Acevedo, estudiaron aspectos del concepto de lo caribeño en redes sociales; la producción artesanal como mercancías con identidad fue investigada por Daniel Ramírez; y Julián Montalvo hizo sus aportes al identificar instrumentos para la posible construcción de una identidad regional en el Caribe.

Uno de los resultados arrojados por la investigación fue que los discursos sobre la biodiversidad han impactado de manera más fuerte en el Chocó que en las otras dos regiones estudiadas porque, en términos de políticas públicas, allí está más claro el discurso de la conservación; y, en términos de procesos organizativos, el vínculo entre multiculturalismo y biodiversidad es evidente.

Con respecto al discurso del multiculturalismo, el estudio concluye que “ha transformado radicalmente las identidades regionales, pero sobre todo en ciertos sectores poblacionales” de una misma región.

Las conclusiones en cuanto al patrimonio también son diferentes de acuerdo con las regiones: mientras que en los Llanos el concepto está más ligado a procesos de apropiación locales, en el Caribe se articula más con el turismo para el “otro”.

“En últimas”, concluye Restrepo, “lo que hacemos es socavar la inocencia de las narrativas de la colombianidad, porque son producidas desde unos lugares, desde unas visibilidades, y también desde unas invisibilidades que ordenan gentes y geografías en proyectos, en nombre de los cuales se los somete: el desarrollo, la modernidad, la iniciativa empresarial, los trenes. Y nada de eso es inocente”.


Para saber más:
  • »  Restrepo, e.; Arias, J. & silva, F. (dirs.). (2011). “Identidades regionales en los márgenes de la nación: políticas y tecnologías de la diferencia en el Caribe, los Llanos Orientales y el pacífico”. Manuscrito.
  • »  Valle, M. del. (2011, julio-diciembre). “Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia: cinco lentes para mirar el Chocó”. Perífrasis (Bogotá) 2 (4): 71-85.

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Investigar con la gente: Nicolás Cárdenas Ángel

Investigar con la gente: Nicolás Cárdenas Ángel

Todo empezó en Dibulla, el 16 de agosto de 1970, con el asesinato de Hilario Valdeblánquez por parte de José Antonio Cárdenas. Desde ese momento las familias, pioneras de la colonización dibullera de la Sierra Nevada, y opulentas, gracias a la llamada bonanza marimbera, comenzaron una venganza de sangre.

Ése fue el relato que Nicolás Cárdenas Ángel oyó de boca de los habitantes más viejos en Villanueva, Guajira, cuando en julio de 2001 suspendió un semestre de su carrera de Ciencias Políticas en la Universidad Nacional para emplearse en el programa Computadores para Educar. Desde entonces, su primer viaje a la zona más septentrional de Suramérica no fue el único.

Cuatro años después, al empezar su trabajo de grado, no lo pensó dos veces: agarró su mochila y junto al también politólogo Simón Uribe partió hacia la costa atlántica a desentrañar una de las historias más famosas de la región. El resultado fue La guerra de los Cárdenas y los Valdeblánquez, una investigación casi antropológica de una guerra familiar que duró cerca de 20 años debido a “un lío de faldas”.

Fuera de los enfoques de análisis del Estado y del sistema político, se arriesgaron a explorar una sociedad casi hermética para dos cachacos que corrieron con suerte al encontrar una especie de padrino bogotano en Dibulla y le apostaron a una escritura sencilla, testimonial, de tal manera que “la pudiera leer hasta la mamá”, como dice Cárdenas.

El proceso de investigación incluyó un arduo trabajo etnográfico en lugares como Villanueva, Riohacha, Dibulla, Santa Marta y Barranquilla, con el cual los jóvenes alcanzaron uno de sus propósitos más importantes: corroborar la riqueza de la tradición oral y entender lo invaluable del conocimiento del otro en la producción de registro histórico.

El estudio empezó a dar frutos cuando fue laureado y publicado por el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional. A la vez, los autores fueron merecedores del primer lugar en el área de Ciencias Sociales y Económicas del Concurso Nacional Otto de Greiff de Mejores Trabajos de Grado, año 2006.

Como parte del premio, Cárdenas recibió la beca Jóvenes Investigadores otorgada por Colciencias. Fue acogido entonces por el grupo de investigación Política Social y Desarrollo de la Pontificia Universidad Javeriana, consiguió hacerle el quite al mundo oficinista que aborrece y, entre el calor y los vallenatos, siguió descubriendo la realidad caribeña, esta vez bajo una propuesta titulada: La cultura política en la sociedad criolla de La Guajira.

Conducido por su inquietud profesional vivió en Villanueva durante 2007, año de las elecciones departamentales y municipales. Con el objeto de conocer cómo la cultura intervenía en la participación política, realizó una inmersión en las prácticas cotidianas que los villanueveros tenían para acceder al poder del Estado y a sus instituciones.Concluyó que las elecciones en esta región eran como una dramatización conformada por escenarios, actores y estrategias, en las que los candidatos parecían gallos de pelea, los electores ponedores y el voto, una simple apuesta.

Según Socorro Vásquez, directora del departamento de Antropología de la Pontificia Universidad Javeriana y tutora de este proyecto, Nicolás, “además de tener un alto interés por el conocimiento, siempre estuvo dispuesto a aprender y a someter su escritura a la crítica de profesores y grupos de estudio que enriquecieran su trabajo”.

El análisis de los fenómenos sociales desde la interdisciplinariedad, la constante interacción con la gente y su autoexigencia le han permitido forjar con éxito un camino en el campo investigativo; sin embargo, ésta no es su única destreza. Cárdenas también ha sido profesor de ciencias sociales, editor, diagramador y redactor de revistas universitarias como Vanalidades y Juventud Titiritera y, además, actualmente es pieza clave de Chanfle, el equipo de fútbol de ex alumnos del Colegio San Carlos de Bogotá.

Este politólogo de 29 años, para quien la investigación en Colombia es una opción de vida y una herramienta de trasformación social, desea seguir trabajando en programas sociales que le permitan ampliar su visión de mundo, tal como sucedió con los talleres de recuperación histórica que impartió en los corregimientos guajiros de Mingueo y Tomarrazón y, como sucede hoy, cuando adelanta junto al Instituto Colombiano de Antropología e Historia un estudio sobre el impacto de la declaratoria como patrimonio cultural en San Basilio de Palenque.


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Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Con estupor, un hincha del equipo visitante del fútbol profesional colombiano en el estadio El Campín observa cómo, 15 minutos antes de acabarse el encuentro, la policía le pide el favor de que abandone la tribuna. “¡Todavía no se ha acabado, faltan 15…!” reprocha el aficionado, pero la intención de la autoridad no cede.

“¡Por favor, haga caso que es por su seguridad, es peligroso para usted porque aquí las barras son muy bravas, es mejor que se retire!”, reitera el uniformado, mientras los hinchas locales, en total desafío contra el frío bogotano, cantan al unísono con la camiseta de su equipo en la mano. Ellos, los locales, extienden orgullosos su bandera de grandes proporciones, sus símbolos guerreros, mientras cantan ofensas al hincha contrario.

Detrás de esos símbolos, los uniformes y los cánticos a favor de un equipo y en contra de los rivales, se esconden aspectos como la territorialidad, la violencia y la identidad de miembros de la sociedad que deciden vivir y hasta morir en torno a una barra de fútbol.

Una investigación de tesis doctoral en antropología —efectuada en la Universidad Sorbonne Nouvelle Paris 3 por Jairo Clavijo Poveda, docente del Departamento de Antropología de la Javeriana— estudia estas manifestaciones colectivas. En ella el profesor buscó establecer la naturaleza de las prácticas sociales de los barristas.

En esta investigación etnográfica fue necesario convivir con dos de las barras de Bogotá y realizar una observación participante —como metodología— en la que se aplicaron entrevistas semiestructuradas, entre otros métodos de recolección de información.

“El elemento clave de análisis de las barras es el lenguaje, pues la acción más notoria de los barristas es reunirse para expresarse colectivamente a través de sistemas de representación tales como el habla, pero también formas no verbales como las imágenes, los signos, los símbolos utilizados”, comenta el investigador.

“Todos los domingos en la tarde.
Me voy a la cancha a ver al más grande.
En mi cabeza no me importa. Lo que diga todo el periodismo y la Policía”.

Antecedentes

Las primeras barras estructuradas en el país surgieron en 1987 y 1986 con los Saltarines del equipo Santa Fe y Escándalo verde del Nacional, respectivamente. Hacia 1991 se fundó la barra Blue Rain de Millonarios y posteriormente nació Comandos Azules. Todas adoptaron nuevas formas de comportamiento en los estadios para alentar a su equipo.

“Estos nuevos grupos adoptan los cantos barristas argentinos y movimientos en las tribunas, lo que empieza a llamar la atención de muchos jóvenes hinchas”, resalta la investigación.

En un inicio las acciones de los barristas se centraban en el estadio, pero no tenían como medio de expresión la violencia física. Sin embargo, sus integrantes fueron adoptando un lenguaje más agresivo contra los adversarios, lo que condujo a los primeros enfrentamientos con la policía dentro y fuera del estadio.

Sentido de pertenencia: entre territorialidad y violencia

Aunque en el imaginario del ciudadano común las barras están compuestas por jóvenes y adultos de clases medias y bajas, se comprobó en esta investigación que su proveniencia social es heterogénea. “A pesar de las posibles diferencias sociales todos se comportan de manera similar de acuerdo con unas reglas y jerarquías internas, bajo un compromiso implícito de inclusión”, afirma Clavijo.

Las barras construyeron una noción de territorialidad sobre los espacios en los que tienen existencia social. “Si un territorio es considerado de propiedad de la barra, se rige por una regla de exclusividad: no se admite ningún aficionado o barrista del otro equipo. Estas zonas les confieren un sentido de pertenencia y de legitimidad territorial, pues han sido conquistadas y defendidas por ellos. Frente al riesgo de invasión, los territorios son marcados por grafitis y por la presencia de barristas con camisetas y símbolos del equipo”, señala la investigación.

Mientras la Alcaldía de Bogotá ha contribuido a legitimar esos territorios al dar el estatus de dirigente a algunos integrantes de las barras y con dineros públicos se pintó el estadio con los colores de esas organizaciones, la policía concentra a los barristas en un sitio determinado.

Una de las conclusiones es que, por lo general, la violencia —una de las manifestaciones más distintivas de las barras—, es de carácter simbólico hacia los demás barristas, aficionados, equipos, árbitros y la policía. Estas acciones son símbolos inteligibles en el lenguaje barrista o en general del fútbol.

Aunque existe una idea general en las personas ajenas a las barras de fútbol sobre que se ejerce una violencia que trasciende el mundo del deporte, la investigación arroja resultados que controvierten este pensamiento colectivo.

“Toda violencia física y no física ejercida por los barristas es simbólica, pues se encuentra codificada y funciona como un lenguaje pleno de significaciones. Esta violencia se inscribe en el contexto de los partidos, que representan un tipo de ritual urbano para los barristas. Se puede afirmar que la violencia barrista no es exacerbada, se trata sobre todo de una violencia controlada”, explica la investigación.

Un ejemplo de ello es la lucha cuerpo a cuerpo, el uso de piedras, garrotes y armas blancas y no de armas de fuego en las que no se presenta un contacto corporal entre los agresores. Todas las acciones violentas son siempre pruebas de aguante o resistencia y de pertenencia al grupo. Es decir, la violencia funciona como un lenguaje cuyo fin es defender un territorio o el prestigio, escenificar la identidad y demostrar la pertenencia al grupo.

“Se puede evidenciar que la violencia barrista funciona como un sistema de intercambios entre barristas (agresiones, cantos, venganzas por razones de disputa territorial o deportiva) donde la utilización de códigos comunes de comunicación (actitudes, marcas, amenazas, peleas, etc.) define los espacios de las barras en la sociedad. Este sistema es posible ya que se deriva de la práctica del fútbol, un deporte que refleja la sociedad”, señala Clavijo.

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Barristas e identidad

“La identidad de los barristas en general funciona como sentimiento de pertenencia que se renueva durante el espacio ritual del partido. Este sentimiento funciona en dos sentidos: uno hacia la ciudad o región y otro hacia el propio grupo en tanto se es miembro de él. Se fortalece y se renueva gracias a unas prácticas sociales que se inscriben en un espacio ritual, pero también al reconocimiento individual y colectivo de inclusión al grupo y de exclusión a otros grupos. Este reconocimiento también proviene de la sociedad y del Estado, por ello, ciertos códigos de comunicación barrista son reconocidos socialmente”.

Como resultado de la interacción con los integrantes de las barras, la investigación concluye que los jóvenes buscan a través de estos grupos la inclusión que la sociedad en general les niega. En ellas son ‘alguien’, tienen una identidad y un sentimiento de fidelidad extremo, en este caso por un equipo de fútbol.

“Podemos afirmar que las prácticas barristas como su organización, acciones y símbolos, permiten pensar el fútbol como un espacio propicio para la toma de conciencia de los jóvenes barristas acerca de su existencia social como grupo contestatario”, concluye la investigación.


Para leer más:
Estudio de barras bravas de fútbol de Bogotá: Los Comandos Azules, Jairo Clavijo, Universitas Humanística, N. 58, P.U.J., Bogotá, jul. – dic. 2004. Disponible en: https://www.javeriana.edu.co/Facultades/C_Sociales/universitas/58.html
 

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