Volver a la escuela: una cuestión de derechos

Volver a la escuela: una cuestión de derechos

La incertidumbre del retorno a clases bajo la modalidad de alternancia, propuesta por el Gobierno Nacional, está en veremos, pues las preocupantes cifras de contagios por el actual coronavirus en lo que va corrido del año ha dificultado la implementación efectiva del plan de regreso. Busca combinar estrategias de trabajo educativo presenciales en las instituciones con trabajo en casa, priorizando la protección y el cuidado de los miembros de la comunidad educativa.

Esta dilación en el reingreso ha agudizado problemáticas de acceso, socialización de los niños con compañeros y adultos por fuera del medio familiar, violencia en casa y vulneración de derechos a los niños, de acuerdo con Olga Alicia Carbonell, psicóloga javeriana y experta en desarrollo infantil y familia. Por ello, entidades como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) insisten en que el cierre nacional de las escuelas debe evitarse en la medida de lo posible. Al respecto, dice la psicóloga, “es una necesidad apremiante volver a la escuela, pero, para esto también se debe preservar el derecho a la salud, por lo que hay que conciliar medidas de bioseguridad que protejan tanto a estudiantes como a docentes.

Expertos y padres coinciden en que hasta que no se garantice la bioseguridad para niños y docentes el drama continuará. Pero, ¿cómo hacemos para que el Estado sea garante tanto del derecho a la calidad educativa como del derecho a la salud? Carbonell dice que esta es una oportunidad para que familia, escuela y ministerios de salud y educación se unan en la formación de líderes de cuidado y promoción del autocuidado y el Estado provea los recursos vitales de bioseguridad. “Si yo aprendo a cuidarme, le enseño a los otros cómo deben cuidarse en la escuela, nos recordamos y estos aprendizajes los transmitimos en otros escenarios como, por ejemplo, la casa”, asegura la psicóloga.

 

“La generación actual es nativa digital y gran parte de sus relaciones las hacen a través de los medios virtuales; pero, de todas maneras, necesitan estar con sus pares”. Olga Alicia Carbonell

 

Organizaciones como UNESCO, UNICEF y la OMS promueven el retorno a las aulas e invitan a los Gobiernos a garantizar la seguridad en las escuelas durante la pandemia, de manera que en el 2021 la educación presencial sea una realidad, siempre que la situación epidemiológica lo permita, se evite el agravamiento de brechas de desigualdad y se garantice el bienestar de la población, poniendo en marcha sistemas de alternancia, grupos reducidos y el uso de espacios abiertos. Por otro lado, es esencial asegurar el acceso al agua y mecanismos de higiene y desinfección, ampliar la conectividad; informar a las familias y comunidad educativa; acompañar y fortalecer las condiciones de trabajo y las habilidades de directivos y docentes para transitar esta emergencia.

 

Importancia de volver a la presencialidad

Martha Fernández* lleva más de 13 años como profesora de un colegio departamental y asegura que, sin conocer mucho de las nuevas herramientas tecnológicas, el año pasado se retó en favor de sus estudiantes, construyó guías, garantizó encuentros frecuentes por plataformas digitales y acompañó a los chicos que no podían conectarse a través de WhatsApp y llamadas telefónicas. “Sé que no es lo mismo que la presencialidad, pero he tratado de hacerles sentir a los niños que estoy ahí y que la escuela está cerca; y no es que los docentes se reúsen a regresar a las aulas; el problema es que no hay garantías de implementos de seguridad que resguarden nuestra vida y la de los niños”, comenta.

A pesar de los esfuerzos por parte de los docentes, son muchos los que, como la profesora Martha, reconocen que el contacto en persona con los estudiantes es vital, no solo porque facilita el aprendizaje y hace del colegio una experiencia mucho más grata, sino porque en medio de la desigualdad democratiza un poco la situación. Carbonell asegura que “vuelven a la escuela y tienen a los profesores y todos los recursos pedagógicos allí, a pesar de que sean limitados; y aunque la calidad no sea la misma para todos, ya que existen inequidades en términos de calidad educativa entre educación rural y urbana, pero, por lo menos el Estado es garante de derechos para quienes no tienen fácil acceso a la virtualidad”.

Según declaraciones de Henrietta Fore, directora ejecutiva de UNICEF, el cierre de las escuelas por la pandemia afectó al 90% de los estudiantes de todo el mundo y privó de acceso a la educación a distancia a más de una tercera parte de los niños en edad escolar. Así que, de no actuar rápidamente, se prevé que este año el número de niños y niñas a nivel global que no van a la escuela aumente en 24 millones.

Si bien el modelo de educación remota (virtual) ha sido el salvavidas para seguir ofertando la enseñanza, la falta de accesibilidad es solo uno de los múltiples factores a los que se ven enfrentados algunos de los niños del país. Están quienes dependen de los menús escolares, otros que no disponen de cuidadores que acompañen su educación, o, quienes son víctimas de violencia en sus hogares.

Ante este último caso, dice Carbonell que la agresión y el trato humillante en pandemia ha aumentado y es más evidente en contextos donde hay patrones generacionales de violencia, es decir, familias que han crecido con la idea de que la solución de conflictos está dada a través del maltrato, tanto físico como verbal. “Colombia, desafortunadamente por su historia padece de una tendencia a actuar de esta manera y transmitir dichos comportamientos de generación a generación”, asiente.

Así, la doctora Olga Alicia insiste en que para darle manejo a situaciones en las que predominan respuestas de este tipo y el desespero empieza a pasar factura, el recurso principal, antes que cualquier grito, golpe o trato humillante, es la disciplina sensible que crea vínculos afectivos entre los niños o adolescentes y los adultos, sean familiares o educadores, la cual implica el diálogo, la negociación y la explicación de las consecuencias a los actos. “Es poner normas y límites a través de la reflexión, con una actitud afectuosa y sin ningún tipo de violencia. Ojo, esto aplica tanto para la casa como para la escuela”.

 

“No enviar a los niños a las instituciones es vulnerar su derecho a la educación y a la socialización y no garantizar los recursos de protección necesarios a su vez vulnera su derecho a la salud”. Olga Alicia Carbonell

 

El drama de la guerra entre padres y maestros

Esta situación también ha visibilizado una guerra de no acabar hasta que no haya un encuentro empático y de cooperación entre padres y docentes, afirma la investigadora Carbonell. Por un lado están los padres con las exigencias a los docentes y comentarios como ‘son mediocres, no hacen bien su trabajo, solo envían guías’, y por el otro, están los docentes, quienes aseguran impartir su esfuerzo y su tiempo con el fin de educar en medio de las dificultades. Ese es el caso de la profesora Fernández: “las jornadas son más extensas, algunas veces iniciamos a las 7 am y terminamos en horas de la noche recibiendo llamadas de los papitos, quienes son exigentes y eso está bien, pero algunos son poco colaboradores con la enseñanza en casa”.

En este sentido, la escuela y los padres juegan un papel muy importante en la educación de los estudiantes; ambos quieren lo mismo: el bienestar para los niños y jóvenes. Entonces, el contexto escolar y el contexto familiar deben trabajar en conjunto, es decir, bajo un sentido de corresponsabilidad y compromiso, finaliza la psicóloga, quien además afirma que “hay que volver si o si a clases”, ya que la escuela, más allá de su función en el aprendizaje, tiene un rol central en el bienestar integral de niños, niñas y adolescentes, y, “aunque en la internet está toda la información para aprender, la escuela es generadora de identidad, relaciones, sociabilidad, cultura; impulsa la mirada crítica del mundo; con el juego se aprenden normas, reglas y límites; y el pedagogo en el día a día del salón de clase orienta en valores, en contextos del país y sus problemáticas”.

Para ver más: Lineamientos para la prestación del servicio de educación en casa y en presencialidad bajo el esquema de alternancia y la implementación de prácticas de bioseguridad en la comunidad educativa

* Nombre cambiado por solicitud de la fuente.

Pedagogía mestiza: pedagogía con sabor

Pedagogía mestiza: pedagogía con sabor

El cuatro es un instrumento con mucha presencia en América Latina; tiene similitudes con la guitarra y hace parte de la familia de los aguitarrados, cuyos orígenes están posiblemente ligados al oud (laúd) árabe. En Colombia y Venezuela, su presencia es imprescindible para la música llanera, particularmente para el joropo.

El interés de Andrés Samper Arbeláez, doctor en educación musical del University College of London (Inglaterra), por entender cómo se estudia y cómo se podría enseñar la música y en especial el cuatro llanero lo llevó a observar y rastrear por medio de etnografías, entrevistas, grupos focales y diarios de campo todas esas formas de aprendizaje que han sido utilizadas para este instrumento. En esta investigación participaron 44 cuatristas de origen colombiano y venezolano, cuya formación musical varía entre lo formal y lo informal.

“Ellos se mueven con mucha versatilidad dentro de un ecosistema musical que incluye el ‘parrando’ (fiesta), los festivales, las casas de la cultura, la familia, las academias y los conservatorios”, afirma Samper. A partir de esas conductas surgieron interrogantes sobre cómo la academia podría enseñar lo que llaman sabor, estilo, deleite, ‘tumbao’ o empatía musical.

Durante el análisis de todas estas caracterizaciones, este educador musical encontró dos tendencias contrastantes en la pedagogía del cuatro, que se dan de forma simultánea y que denominó paradigmas o formas de transmisión abiertas y cerradas (controladas).

Uriel Blanco y Gerardo Blanco. Hermanos músicos araucanos tocando arpa y cuatro en Ritmo de Seis. Video cortesía Andrés Samper.

Para el investigador, las formas abiertas hacen parte del mundo informal. Los procesos de aprendizaje están muy enlazados con el territorio y alrededor de las expresiones culturales se va aprendiendo música: “En estos contextos, la música se aprende de una manera holística, mediada por la experiencia. Se aprende haciendo música”, asegura.

También explica que en el paradigma abierto de transmisión, el aprendizaje se da por imitación, por la oralidad, por la escucha, adquiriendo el conocimiento en la familia desde temprana edad y en las experiencias cotidianas como las fiestas, la danza y los festivales.

El maestro Juan Carlos Contreras dicta una clase en la ASAB (Academia Superior de Artes de Bogotá).Video cortesía Andrés Samper.

Por otro lado, las formas cerradas de transmisión están mediadas por una visión muy científica del mundo. Es la formalidad representada en la academia y el conservatorio. Según Samper, este paradigma “aísla la música para estudiarla por fuera de su contexto, la fragmenta y la secuencia en órdenes que van de lo simple a lo complejo, lo que se conoce como método. Así se aprende en la academia”.
Para el investigador javeriano, cada una de las formas de transmisión tiene sus propias fuerzas, ambas produciendo niveles de técnica muy altos. En el caso de las formas abiertas, los músicos desarrollan capacidades para tocar de oído, con sabor y estilo, además de contar con importantes habilidades para improvisar e interpretar varios instrumentos. Con los sistemas controlados, los músicos desarrollan capacidades analíticas sobre la música: saben leer y escribir partituras, determinar armonías, tonos, compases, además de realizar arreglos a piezas o composiciones.

La propuesta pedagógica

Sin embargo, estas formas de transmisión del aprendizaje del cuatro y en general de la música, tienen también sus limitaciones propias. Aquí nace la propuesta de este educador y guitarrista: una pedagogía mestiza. Él propone una integración de las dos formas de transmisión donde el centro de la formación sea la celebración colectiva de la música (abierto) y el desarrollo de la técnica sea más un sendero de exploración personal (controlado).
Esta iniciativa es controversial ya que el centro de la formación académica, en la actualidad, es el desarrollo de la técnica. “Cada músico, desde sus intereses, desarrolla su propio programa académico. El centro es la experiencia colectiva, ya no se piensa en el músico solista ensayando varias horas, sino en uno que hace música diariamente con ensambles de diferentes tipos, donde se perciben el sabor y el estilo, donde se puede aprender apreciación de la música, historia de la música, cómo hacer arreglos e interactuar con otros géneros musicales, cómo leer y escribir esa música y eso difiere mucho de la forma como se enseña a nivel universitario en la actualidad”, explica el investigador.
La parte más innovadora de la pedagogía es la inclusión de pasantía para que el aprendiz de músico tenga la posibilidad de viajar al territorio y acercarse a los saberes locales, donde el instrumento forma parte del contexto cultural y donde el diálogo de saberes complementa la formación.

Actualmente, el profesor Andrés Samper implementa esta pedagogía en el semillero de investigación ‘Música, pedagogías y diversidad’, que busca generar puentes vitales entre la investigación académica y los conocimientos empíricos producidos por estudiantes, docentes y comunidades de práctica en música y pedagogía dentro de una perspectiva de diálogo de saberes e interculturalidad.

Este músico publicará próximamente, a través de la Editorial Javeriana, un estudio sobre el cuatro, producto de investigación-creación complementario de su tesis doctoral.

Inglés, más que un instrumento de trabajo. ¿Para qué aprenderlo?

Inglés, más que un instrumento de trabajo. ¿Para qué aprenderlo?

La enseñanza del inglés y la necesidad de hablantes de inglés en contextos globales e internacionales se ha discutido en foros lingüísticos, educativos, económicos y sociales. Sin embargo, el impacto del inglés en la vida de los aprendices no está ampliamente investigado. Publicaciones recientes relacionadas con el tema evidencian el impacto de esta lengua en contextos globales en los ámbitos económicos y educativos. Si bien algunos de sus autores brevemente enuncian la influencia del inglés sobre las vidas profesionales de los individuos se quedan cortos a la hora de determinar el impacto de esta lengua en la vida de los estudiantes.

Del mismo modo, la literatura en ESOL (Inglés para Hablantes de Otras Lenguas, abreviatura tomada del inglés) discute el impacto de esta lengua en términos de reconocer su importancia en la vida económica y cultural de las comunidades, pero muy poco se habla del impacto que tiene esta lengua en la vida de los estudiantes.

Frente a esta necesidad, el profesor de lenguas de la Pontificia Universidad Javeriana, Carlos Rico Troncoso, adelantó un estudio cualitativo comparativo con colegas suyos de cinco ciudades en tres continentes en el que participaron estudiantes de ESOL en Salford, Reino Unido, algunos egresados de la Universidad de Leeds Beckett del mismo país quienes tomaron cursos de inglés como segunda lengua o lengua extranjera; también se contó con graduados del programa de formación docente en Qufu, China; estudiantes de últimos niveles de inglés de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá y estudiantes universitarios del Politécnico de Abu Dhabi, Emiratos Árabes Unidos, quienes estudiaban inglés con propósitos académicos.

Hablar inglés no solo es útil en la vida de las personas que lo han aprendido como su segunda lengua. Saber inglés contribuye a la autoestima, amplía las redes de amistad, da acceso a oportunidades culturales y recreativas, e incluso da sentido de pertenencia a una ciudadanía global. Esta es una de las conclusiones del estudio.

El estudio buscaba profundizar en la necesidad de reconocer la importancia que ha tenido el inglés en la vida de los estudiantes en los contextos globales, más allá de los aspectos lingüísticos, educativos o económicos. Con una lente de mayor detalle, los investigadores querían medir el impacto de esta lengua en la vida en general de los estudiantes, no solo en los dominios del trabajo y la educación.

Utilizando varios métodos de análisis, los investigadores iniciaron con sesiones de lluvia de ideas, en las que los estudiantes debían jerarquizar las actividades que –gracias a saber inglés- más habían impactado en sus vidas. A través de la configuración de una línea de tiempo los estudiantes debían indicar situaciones o hitos claves en sus vidas y si el inglés jugó o no un papel importante. Las situaciones dadas podrían estar vinculadas con decisiones sobre la elección de asignaturas en la universidad, la elección de la universidad, la necesidad de obtener un empleo, la graduación, el matrimonio, un duelo o pérdida o un cambio de ciudad. Los hitos también podrían incluir momentos significativos, por ejemplo, una reunión, un incidente o una película que hubiese marcado la vida del estudiante. Fundamentalmente, lo que se esperaba con esta actividad era determinar si había o no un impacto positivo o negativo del inglés en las experiencias de vida de los estudiantes.

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Posteriormente se desarrolló una entrevista semi-estructurada para conocer más en detalle estas situaciones o experiencias que impactaron la vida de los estudiantes y en donde el inglés fue protagónico. “Los hallazgos de la actividad de clasificación sorprendieron y fue el análisis de estos datos lo que nos condujo a explorar áreas como el conocimiento y la comprensión del mundo, el autoestima y la confianza en sí mismos se evidenciaron en las entrevistas. Mientras que la educación y la comunicación estaban, previsiblemente clasificadas dentro de las tres áreas principales de impacto del inglés, la segunda área más importante donde el inglés jugó un rol destacado fueron las habilidades interpersonales como el trabajo en equipo y acceso al conocimiento”, dice el artículo publicado como resultado de la investigación, The impact of English on learners’ wider lives.

En el caso de Bogotá, el profesor Rico, actual director de programas académicos de la Vicerrectoría Académica de la Pontificia Universidad Javeriana, lideró el estudio con estudiantes de su universidad. “Uno pensaría que el inglés ha impactado más desde la formación que se ha recibido en la escuela”, explica; “y resulta que se vincula más por las experiencias individuales  y personales de los estudiantes y en las cuales el inglés ha jugado un papel muy específico y ha marcado notoriamente la vida de ellos.”, como por ejemplo un viaje al exterior, así haya sido por un corto periodo de tiempo (generalmente vacaciones) escuchar canciones, ver películas o por las relaciones que se establecen a través de los video juegos.

Y se sorprendieron aún más cuando concluyeron que las experiencias positivas se referían a circunstancias de la vida en general y las negativas se asociaban a contextos académicos, como por ejemplo, las lecturas que ponían de tarea los profes o tener que realizar actividades que consideraban aburridas y a las cuales debían responder para sacar “una buena nota” o para pasar un curso.

A la luz de los hallazgos preliminares, los autores resolvieron indagar por aspectos que no necesariamente tenían que ver con apuestas curriculares, a través de categorías como la capacidad de funcionar en sociedad, las relaciones personales, la independencia, experiencias culturales o de entretenimiento, actitudes frente a la vida o modos de pensar. En esta línea, las respuestas llamaron aún más la atención: entender mejor la percepción de los estudiantes frente al uso del inglés en su cotidianidad implicaba empezar a diseñar cursos de inglés más efectivos.

La situación fue similar en las cinco ciudades, lo cual hizo que los investigadores se cuestionaran en sus formas de enseñar. ¿Cuál debe ser el inglés que se debe enseñar en contextos universitarios y cómo debe hacerse?, ¿Qué habilidades son las que deberían estarse desarrollando en esos mismos contextos? “Tenemos que hacer otro tipo de apuestas distintas en relación con la enseñanza”, continúa Rico, “pensar en modelos mucho más hibridados, en los que tú puedas desarrollar competencias generales comunicativas, (por ejemplo, entablar una conversación con otra persona y lo puedas hacer bien); como también desarrollar habilidades de pensamiento ‘crítico’ para producir textos, discursos coherentes, propios de una disciplina y propios de la formación académica de los estudiantes”.

Los resultados prenden las alarmas frente a una estandarización nacional y mundial de la enseñanza del inglés como segunda lengua, donde existen tensiones frente a las presiones del Estado por normalizar la actividad y frente a qué es lo que los estudiantes quieren y verdaderamente necesitan. “Cuando hacemos esos cruces de información nos damos cuenta que hay unos vacíos severos y que pueden tener resultados nefastos”, concluye Rico. “Esto que se ve con lo que se impone en el sistema educativo no guarda coherencia”.