Resolución de Anla sobre permiso de caza: expertos javerianos piden revocarla

Resolución de Anla sobre permiso de caza: expertos javerianos piden revocarla

Luis Miguel Renjifo y Ángela María Amaya, profesores de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, explican por qué la Anla no debe permitir a la empresa Tesoros de Colombia Sustainable Farm la caza y recolecta de individuos de diferentes especies de anuros (ranas, sapos), lepidópteros (mariposas) y aves, algunos de ellos amenazados de extinción en Colombia y a nivel internacional, con fines de reproducción en cautiverio.

La Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder) solicitó en octubre pasado al Consejo de Estado que sea suspendida y revocada la licencia ambiental permitida a través de la Resolución 2370 del 3 de diciembre de 2019, aduciendo que cinco de las especies se extraerían de su jurisdicción para ser reproducidas en cautiverio.

Estos dos expertos, autores de distintas versiones del Libro Rojo de las Aves de Colombia,  argumentan en esta videocolumna que al desconocerse el estado poblacional de dichas especies, se debe mantener el principio de precaución, el cual implica que se tomen decisiones con el menor impacto posible sobre la biodiversidad. Por tal motivo, invitan a la Anla a que revoque dicha resolución.

En el siguiente video se encuentran esta y otras razones técnicas expuestas por los científicos  Renjifo y Amaya.

¡Que los corales del Pacífico sigan gozando de buena salud!

¡Que los corales del Pacífico sigan gozando de buena salud!

Los corales son a los arrecifes lo que los árboles son a los bosques. Con esa descripción, Mateo López-Victoria representa el valor que tienen esos ecosistemas marinos para la conservación de la biodiversidad del país.

Él, biólogo marino de profesión y profesor de la Pontificia Universidad Javeriana seccional Cali, lidera una iniciativa pocas veces vista en Colombia: la restauración de arrecifes coralinos en Parques Nacionales Naturales ubicados en aguas del océano Pacífico.

Este proyecto surgió hace cinco años del análisis de la degradación que sufren los corales ubicados en el Caribe y en otros lugares del mundo, situación que creen tarde o temprano llegará a las aguas del Pacífico debido, por ejemplo, al calentamiento global y la contaminación.

“Esos procesos de restauración son preventivos, para que cuando llegue el coletazo del deterioro de los arrecifes al Pacífico colombiano, nosotros ya estemos preparados y no empecemos a reaccionar, quizá muy tarde, sobre la marcha del deterioro”, explica López-Victoria.

Él agrega que es necesario anticiparse y prepararse científicamente con el fin de tener suficientes elementos para tomar decisiones con base en procesos que ya hayan probado ser exitosos. Por eso enfocan sus esfuerzos en el conocimiento de especies, técnicas para propagarlas y seguimiento a su desarrollo y desempeño en procesos de restauración aplicados, siempre en las condiciones naturales dentro del Parque, no en un laboratorio.

Gracias a esta exploración, científicos, profesores y estudiantes han logrado conocer profundamente cinco especies de coral, de 15 que tienen en el radar porque ellos son fundamentales para la salud de los mares, de acuerdo con el investigador javeriano. “Los arrecifes coralinos son el ecosistema más biodiverso que hay en el planeta. Por metro cúbico tienen más diversidad que las selvas húmedas tropicales. No hay nada más diverso en número de especies que un arrecife coralino”, complementa.

Incluso, López describe un fenómeno positivo que se da en aquellos presentes en los Parques Nacionales como Gorgona y Utría. Según sus análisis, en ellos se da un ‘efecto de desborde’, es decir, hay unos excedentes en peces, moluscos y otros seres producto de la reproducción que realizan en esas áreas protegidas, por lo que miles de ellos llegan a los lugares cercanos donde está permitida la pesca y extracción de recursos, beneficiando así a miles de personas.

 

Escalas de investigación

Todos los actores que participan en esta cruzada por la conservación de los arrecifes trabajan a diferentes escalas investigativas.

La primera de ellas tiene un énfasis en los trabajos de grado de los estudiantes, los cuales se ejecutan entre seis y 12 meses. “Ellos plantean una pregunta específica sobre la restauración del coral. A partir de eso identificamos la especie, la fragmentamos, probamos los sustratos en los cuales se siembra el coral, técnicas de pegado y cómo se construyen esos sustratos. De ahí se desprende cuáles son los tamaños ideales de corte para que el coral se desarrolle y tenga una alta tasa de supervivencia”, describe el biólogo.

La segunda escala consiste en integrar los resultados de los análisis e investigaciones en función de una pequeña área o arrecife que se quiera restaurar. Por ejemplo, en el Parque Gorgona se ejecutan acciones en el sector de El Remanso, un lugar donde hubo coberturas de coral, pero que se deterioraron en la década de los ochenta por el daño ambiental que sufrió la isla en tiempos en que funcionó el penal, y como consecuencia de fenómenos climáticos que están terminando de entender.

La tercera fase, que es la más robusta, es el programa de restauración de los arrecifes del PNN Gorgona. Este programa es ejecutado por representantes de la Javeriana Cali, como Juan Felipe Lazarus; Fernando Zapata, de la Universidad del Valle; Valeria Pizarro, de la Fundación Ecomares, y los funcionarios Luis Payán y Héctor Chirimías, del Parque Nacional. El objetivo es aplicarlo durante cinco años estableciendo proyectos piloto, e involucrar a otros actores como turistas, pescadores, escuelas de instrucción de buceo y otros científicos.

Además de replicar esta misma experiencia científica en Parques como Utría y Malpelo, López afirma que este modelo también puede servir como ejemplo de recuperación de ecosistemas de otro tipo, pues empodera a comunidades, estudiantes, científicos y pescadores de distintas regiones.

Programas de conservación de especies y legislación: ¡sí funcionan!

Programas de conservación de especies y legislación: ¡sí funcionan!

Muere el último ejemplar de una especie y hasta ahí llegó su existencia en el planeta. Desaparece y solo queda en el recuerdo, en los últimos registros fotográficos, en pinturas, en colecciones biológicas o en museos de historia natural. Con la especie desaparecen también algunas de las funciones que cumplen en los ecosistemas. Pero cuando se les sigue la pista, se monitorean, se identifican las causas que conllevan la disminución en sus poblaciones y se inician acciones para conservarlas, la historia toma otro rumbo.

Un estudio que revisó las especies de aves y mamíferos reportadas en estado inminente de extinción encontró que los programas de conservación y las legislaciones que protegen la biodiversidad funcionan: entre 28 y 48 especies que estaban en el riesgo más crítico de desaparecer aún están vivas y se han ido recuperando, como el loro orejiamarillo colombiano, el charrán chino o la cigueñuela negra neozelandés, entre las aves, y de los mamíferos el hurón patinegro de Norteamérica, el lince ibérico o el conejo ribereño surafricano.

En el caso del loro colombiano, la especie no se extinguió “por una combinación de medidas de conservación en las tres cordilleras y el hallazgo de nuevas poblaciones en la cordillera oriental”, de acuerdo con el vicerrector de investigación de la Pontificia Universidad Javeriana y coautor del estudio, Luis Miguel Renjifo.

Para definir las especies a estudiar, los 46 autores del artículo científico, publicado en Conservation Letters, tomaron como base 1993, año en el que entró en vigor el Convenio sobre Diversidad Biológica, así como el 2010, cuando se define el Plan Estratégico para la Diversidad Biológica (más conocido como las 20 metas Aichi), cuya Meta 12 indica que para 2020, “se habrá evitado la extinción de especies en peligro identificadas y su estado de conservación se habrá mejorado y sostenido, especialmente para las especies en mayor declive”.

“La tasa de extinción habría sido entre tres y cuatro veces mayor para el período 1993 – 2020, y entre 12 y 26 veces mayor en el período 2010 – 2020”, si no se hubieran adoptado medidas para salvarlos, concluyen los investigadores.

La información de las listas rojas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que muestra el grado de amenaza de las especies, fue el primer insumo para incluir las especies candidatas. Luego fueron reduciendo la muestra a aquellas que contaban con menos de 250 individuos maduros en 1993, quedando 368 aves y 263 mamíferos.

De ellas identificaron las que tenían amenazas persistentes y alguna medida de conservación vigente, quedando 48 aves y 25 mamíferos. Con toda la información recopilada, y luego de consultar a más de 130 expertos sobre el estado de esas poblaciones y la posibilidad de que se hubieran extinguido de haberlas dejado sin medidas de conservación, quedaron de finalistas 39 especies de aves y 21 de mamíferos.

Entre las acciones para protegerlas los autores destacan el control de especies invasoras, programas de conservación en los zoológicos, la protección del ecosistema, legislación al respecto y la reintroducción de las especies a sus hábitats naturales.

El estudio podría incluso subestimar los efectos de la conservación, dice Renjifo, porque es posible que otras excluidas de la muestra también se pudieron haber extinguido en el período 1993 – 2020. “Lo que pasa es que no fueron analizadas porque se escogieron las especies que estaban en la mayor inminencia de extinción”, agrega.

La afectación a los ecosistemas por la agricultura y la acuicultura, las especies invasoras y la caza son las principales amenazas que sufren aves y mamíferos, es decir, todas ellas son actividades producidas por la actividad humana.

En Colombia, dice María Piedad Baptiste Espinosa, investigadora adjunta del programa de Ciencias de la Biodiversidad del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, “tenemos programas nacionales o estrategias de conservación, siempre guiados por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible”, para el oso andino, el manatí, el cóndor andino, y otros que agrupan varias especies como el de felinos de Colombia o el de mamíferos acuáticos, por mencionar algunos ejemplos.

Los resultados del estudio “evidencian y hacen tangible cómo contribuyen ciertas herramientas de conservación en aves y mamíferos, lo cual es valioso porque demuestra que han funcionado”, dice Baptiste.

En diálogo con Pesquisa Javeriana, Phil McGowan, investigador de la Universidad de Newcastle en Inglaterra y líder del estudio con su colega Rike Bolam, llamó la atención sobre la tasa de extinción natural que, dijo, es muy baja comparada con la forma como el planeta está perdiendo especies actualmente por culpa de la actividad humana: “se estima que la tasa es cien o mil veces mayor a la tasa natural”.

Las especies vivas interactúan entre ellas y proveen beneficios para la humanidad, coinciden los tres entrevistados, y mencionan como ejemplo la polinización y la dispersión de semillas. “Si la tasa de extinción sigue siendo mucho más alta que el nivel natural de extinción”, explicó McGowan, “corremos el riesgo de perder tantas especies que cumplen funciones críticas en nuestro planeta, pérdidas que se pueden sentir a nivel local, regional o potencialmente global, y pueden ser de forma lenta e incremental, en lugar de una sola gran llamada de alarma”.

El informe de la Quinta Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica de Naciones Unidas, presentado el pasado 15 de septiembre, destaca los resultados del estudio cuando menciona los avances realizados en la implementación de las 20 metas Aichi para la biodiversidad en el 2020 que, dicho sea de paso en su mayoría no se han cumplido.

“El estudio demuestra que trabajar por la conservación de esas especies evitó su extinción”, concluye Renjifo; “o sea, vale la pena hacerlo”.

Águila crestada: un depredador en peligro de extinción

Águila crestada: un depredador en peligro de extinción

Con una canasta amarrada al tronco de su cuerpo, Pilio recorre los cafetales del sur de Antioquia recogiendo uno a uno los granos de café, al tiempo que Isabel, su esposa, alimenta con ‘puchos’ de avena y trigo a sus gallinas. Esta tarea la realizan desde hace más de 40 años, al ritmo de bambucos y pasillos, entre los cerros de Jardín, un pueblo ubicado a 134 kilómetros de Medellín. Para ella, las gallinas son su vocación pues además de ser su compañía se han convertido en fuente de alimento al poner cerca de 300 huevos al año. Sin embargo, el vuelo diario de un ave rapaz sobre su finca se ha convertido en un problema. Se trata del águila crestada, una especie que debido a la deforestación de zonas boscosas busca su alimento en hábitats rurales, y que actualmente está en peligro de extinción según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Tanto para Isabel como para Pilio y muchos campesinos más, esta ave representa una amenaza para la supervivencia de los animales domésticos en sus fincas, razón por la que hay una tendencia a matarlas. Debido a ello, con la intención de promover decisiones basadas en evidencia científica para mejorar las interacciones entre las personas y la naturaleza, Juan Sebastián Restrepo-Cardona, magíster en Conservación y Uso de Biodiversidad de la Pontificia Universidad Javeriana, se ha dedicado a estudiar por más de cuatro años nidos del águila crestada en los departamentos de Antioquia, Boyacá, Cundinamarca y Huila. Su propósito: analizar los factores socio-ecológicos que influyen en el conflicto entre los campesinos y el águila, y al mismo tiempo desarrollar un trabajo educativo en el que las comunidades den un significado a la vida silvestre a partir de ejercicios de ciencia participativa.

“Este es un proyecto muy enriquecedor porque trabajamos de la mano con las comunidades locales. Son los campesinos quienes nos dicen dónde están los nidos de las águilas, ya que esta es una especie de paisajes rurales y son las personas quienes están interactuando con ellas todo el tiempo. Los pobladores participan durante todo el proceso, son la clave para la conservación del águila”, afirma Restrepo-Cardona, biólogo de profesión.

Una parte del proyecto consiste en identificar la ubicación geográfica de los nidos de esta especie para colectar información sobre las presas con las cuales los adultos alimentan a sus polluelos durante los periodos de crianza, para posteriormente cruzar esos datos con los cambios del paisaje del ecosistema de la región. De ahí que, si bien los mamíferos arbóreos como perros de monte, micos, monos y zarigüeyas, entre otros, son fundamentales en su dieta, la reducción del bosque es un factor que lleva a esta águila a depredar aves de corral, especialmente gallinas (Gallus gallus). A esto se suma que por la deforestación la especie ha perdido el 60.6% de su hábitat original en el país. Con este resultado, el egresado javeriano y sus colaboradores hicieron una publicación en la revista Tropical Conservation Science en 2019 con el artículo Deforestation may trigger Black-and-chestnut Eagle predation on domestic fowl.

“La deforestación es una de las causas de la depredación de gallinas por el águila y encontramos evidencia científica que nos ayuda a soportar esto”: Juan Sebastián Restrepo-Cardona.

Por su parte, para identificar la percepción que las comunidades locales tienen sobre este animal, Juan Sebastián Restrepo trabajó con la organización The Peregrine Fund y la asesoría de Luis Miguel Renjifo y María Ángela Echeverry, de la Universidad Javeriana, en la implementación de 267 encuestas a personas mayores de 14 años en cuatro municipios elegidos para el estudio. Con este ejercicio, este egresado de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales encontró que en su mayoría la percepción de los campesinos hacia el águila era negativa por factores socio-demográficos como el manejo dado a las gallinas en las fincas y el género, debido a que una mujer rural como Isabel, en este caso, es quien vive de primera mano la experiencia de pérdida de sus aves domésticas por cuenta del águila crestada.

Estimativos indican que la población colombiana de águila crestada oscila entre 160 y 360 parejas.
Estimativos indican que la población colombiana de águila crestada oscila entre 160 y 360 parejas. Foto: Felipe Quintero

 

El conflicto entre los campesinos y el águila crestada

De acuerdo con los datos presentados en el Libro rojo de aves de Colombia, se estima que en la actualidad existen menos de 1.000 águilas crestadas en el mundo, distribuidas en la cordillera de los Andes y la Sierra Nevada de Santa Marta. Los interesantes resultados presentados en la primera etapa de su tesis de maestría llevaron a Restrepo-Cardona a preguntarse si la persecución por depredación de gallinas era una amenaza importante para Spizaetus isidori en el país.

Para validar esta pregunta, el investigador recurrió a archivo histórico, ejemplares de especies conservados en colecciones biológicas de varias universidades y centros de investigación del país, conocedores de la especie, bases de datos de corporaciones autónomas regionales y literatura profunda sobre el tema. El resultado fue revelador ya que, entre 1943 y 2019, los registros presentaron 81 casos de águilas que murieron o fueron capturadas: 47 ejemplares que recibieron disparos, 16 fueron capturadas (3 para ser traficadas) y dos se electrocutaron con líneas eléctricas de alta tensión.

Con esta información, Restrepo-Cardona y sus colaboradores concluyeron que la persecución hacia el águila ocurre como una prevención o represalia ante la depredación de gallinas, siendo la principal causa de mortalidad para la especie en Colombia, en donde ha perdido el 60.6% de su hábitat original y enfrenta otras amenazas como la electrocución y el tráfico ilegal. Con base en estos resultados, la revista PLOS ONE publicó en enero de 2020 el artículo Human-raptor conflict in rural settlements of Colombia, en el que está consignado el estudio.

 

De las 63 águilas que recibieron disparos o fueron capturadas, en el 60% la excusa fue la depredación de gallinas. Además, el 53% de los eventos ocurrieron entre 2000 y 2019.

 

 

Entre 2014 y 2019, al menos 23 águilas fueron cazadas o capturadas ilegalmente en Colombia.
Entre 2014 y 2019, al menos 23 águilas fueron cazadas o capturadas ilegalmente en Colombia. Foto: Felipe Quintero

 

Una responsabilidad de carácter social

A pesar de que los resultados de esta investigación son desalentadores en materia de supervivencia del águila crestada, existen oportunidades para lograr la conservación de esta especie. Por eso, surge un llamado urgente a tomar acciones para mitigar y prevenir el conflicto humano-águila en territorios reproductivos de esta ave a partir las siguientes recomendaciones:

  1. Mantener o incrementar los bosques.
  2. Aumentar las poblaciones de mamíferos arbóreos que ejercen el rol de presas.
  3. Reducir la exposición de aves domésticas con el uso de corrales adecuados.
  4. Otorgar compensaciones económicas a los campesinos al sufrir la pérdida de gallinas por ataques del águila, como en el posible caso de Pilio e Isabel.
  5. Desarrollar programas educativos e investigaciones socio-ecológicas.
  6. Implementar un trabajo pedagógico con comunidades locales.

 

“La planeación efectiva para la conservación del águila debe ir más allá del sistema de áreas protegidas e integrar enfoques socio-ecológicos en prácticas de conservación en paisajes dominados por humanos”, añade Restrepo-Cardona, quien actualmente participa en un proyecto de colaboración internacional para la conservación del águila crestada en Suramérica.

 

El trabajo en paisajes rurales es fundamental para la conservación del águila crestada en Colombia.
El trabajo en paisajes rurales es fundamental para la conservación del águila crestada en Colombia. Foto: Juan Carlos Noreña
Lecciones de la pandemia a la luz de la Encíclica Laudato sí

Lecciones de la pandemia a la luz de la Encíclica Laudato sí

Aplanar la curva de contagios por coronavirus ha sido un asunto de particular preocupación para los gobiernos. Transversal a este escenario han surgido una serie de reflexiones en torno a la necesidad de aplanar también la curva de la pobreza, desigualdad, discriminación, polarización, indiferencia y daño ambiental. En ese sentido, y con la intención de identificar las lecciones globales durante la actual pandemia, la Pontificia Universidad Javeriana llevó a cabo el pasado 28 de mayo el seminario web ‘Aprendizajes de la crisis del Covid-19 para afrontar el cambio climático’.

En esta jornada, a la luz de la Carta Encíclica Laudato Sí, expertos nacionales e internacionales presentaron las lecciones que como peregrinos de la ‘Casa común’ debe asumir la humanidad no solo para afrontar la actual situación sanitaria y social, sino también la crisis que vive el planeta con el calentamiento global.

“Somos parte de un todo, somos parte de la ‘Casa común’ y las transformaciones que se necesitan implican retos para el Gobierno y la sociedad. Esto significa, una nueva ética con la naturaleza”, afirmó Hernando García, director del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, quien también agregó el concepto de ‘salud planetaria’ al referirse a la preservación del equilibrio ecológico, solidario, natural y espiritual del hombre con el medio ambiente.

“La especie humana es un pequeño suspiro en la vida del planeta”, reflexionó García.

 

Se requiere una decisión clara de parte de los gobiernos y mercados internacionales para invertir en restauración de ecosistemas, recuperación de la agrobiodiversidad y control de la ganadería extensiva.
Se requiere una decisión clara de parte de los gobiernos y mercados internacionales para invertir en restauración de ecosistemas, recuperación de la agrobiodiversidad y control de la ganadería extensiva.

Manuel Pulgar-Vidal, exministro de ambiente de Perú y actual lider del Programa Internacional del Clima y Energía de WWF, añadió que la pandemia de la Covid-19 se debe interpretar desde la degradación del medio ambiente, la pérdida de especies y hábitats, el calentamiento global y la precaria calidad del agua y el aire en regiones de alta densidad poblacional, lo cual incide directamente en la proliferación de enfermedades como el Zika o el Chikunguña y, en este caso, la Covid-19.

Pulgar hizo un llamado al “renacimiento de la región”, basado en los aprendizajes de la pandemia. Resaltó que no existe un futuro sostenible sin consideraciones ambientales y climáticas, ni se puede pensar en una recuperación futura si no se incorporan las necesidades sociales. Abogó por una visión de sostenibilidad a largo plazo (año 2050) y finalmente dijo que es indispensable articular la economía mundial con la conservación de la naturaleza.

“La política y la economía tienden a culparse mutuamente por lo que se refiere a la pobreza y a la degradación del ambiente. Pero lo que se espera es que reconozcan sus propios errores y encuentren formas de interacción orientadas al bien común”: Jairo H. Cifuentes, Secretario General de la Universidad Javeriana, durante la apertura de la jornada.

Por otro lado, Jimena Puyana, coordinadora de Ambiente y Desarrollo Sostenible del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo de la ONU en Colombia, sostuvo que las enseñanzas que ha dejado el SARS-CoV-2 en materia de formulación de políticas públicas en países en vía de desarrollo, son: priorizar las inversiones que generan múltiples beneficios y propósitos a través de una ‘economía verde’; invertir en educación, salud e infraestructura desde una perspectiva de conservación, protección y sostenibilidad de la biodiversidad; apuntarle a impuestos que desincentiven la producción excesiva del carbono; apoyar las políticas de reforestación protectora y productora; invertir en las áreas protegidas; generar respuestas integrales -factores sociales, ambientales y económicos- para superar la crisis, y tener una conciencia clara de la vulnerabilidad humanidad evidenciada en la desigualdad y pobreza.

Citando a la revista científica Nature, Puyana destacó que “la pandemia ha ocasionado que el mundo reduzca entre el 17% y el 26% la producción de gases de efecto invernadero en comparación con el año pasado”.

El egresado javeriano Mauricio Rodríguez Castro, presidente de las firmas CO2Cero y EcoLogic, nutrió la conversación a partir de una perspectiva empresarial, desde la que es necesario implementar una economía circular mediante la reutilización de recursos; es decir, que los empresarios articulen sus proyectos con ideas de negocios sostenibles, amigables con el medio ambiente. En términos coloquiales, Rodríguez señaló que “la naturaleza nos está dando una cachetada”, razón por la cual, dijo, motivado por la situación de pandemia, que la sociedad debe pensar en una transformación profunda de su comportamiento, sus hábitos y cultura.

“Previamente se creía que las personas no eran productivas con el teletrabajo, pero la actual situación ha llevado a los empresarios a considerar esta nueva alternativa”, puntualizó Rodríguez Castro.

Finalmente, Andrés Rosas, decano la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas, y moderador del simposio, convocó a una rueda de respuestas alrededor de la pregunta ¿qué se puede hacer para cambiar el comportamiento de las personas frente a la crisis del cambio climático? Los panelistas afirmaron, en unanimidad, que la mejor forma para movilizar cambios sociales es entender que la humanidad es vulnerable y que la COVID-19 es un factor de sensibilización que debería llevar a las personas a conectar sus decisiones con su entorno, en este caso el medio ambiente, tal y como lo menciona la Encíclica Laudato Sí: “El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica capacidad de convivencia y de comunión”.

Este simposio se llevó a cabo en el marco de la celebración del quinto aniversario de la Encíclica Laudato Sí sobre el cuidado de la casa común y el acuerdo de las Naciones Unidas de la Agenda 2030 y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible. Lo invitamos a revivir la jornada aquí.

Entre 1970 y 2015, la huella del hombre ha transformado más del 50% de los ecosistemas naturales en Colombia. 
Entre 1970 y 2015, la huella del hombre ha transformado más del 50% de los ecosistemas naturales en Colombia.
La fauna silvestre nos habla

La fauna silvestre nos habla

El mundo se paralizó debido a la pandemia generada por la COVID-19 y, aunque difícil para los humanos, esta ha sido la oportunidad para que la fauna silvestre y los ecosistemas se tomen un respiro.

¿Qué pasará cuando regresemos a las calles y retornemos a la cotidianidad?, ¿los animales que hoy se hacen más visibles tendrán que volver a esconderse? Estas fueron algunas de las preguntas que surgieron en el conversatorio web La fauna silvestre nos habla, organizado por la Facultad de Ciencias, en cabeza del biólogo Ph.D y profesor del Departamento de Biología, Germán Jiménez, quien asegura que hay esperanza de cambio.

“Estamos en cuenta regresiva. Muchos lo han dicho, nos quedan entre 50 y 60 años para que empiecen a ocurrir colapsos mucho más graves en los ecosistemas, por lo que tenemos que aprender a contrarrestarlos. Estas acciones no serán cuestión de periodos cortos de tiempo, llevarán décadas”, afirma Jiménez, quien complementa que las sorprendentes imágenes de animales que circulan saliendo a pasear con libertad, de ecosistemas acuáticos libres de contaminación y mejoramiento de la calidad del aire, serán un panorama que no volveremos a ver si no implementamos cambios que puedan ser duraderos y que vayan más allá de lo que la cuarentena nos ha dejado de lección.

 

Ejes de deliberación

La especie humana es una especie inteligente, capaz de sentarse a reflexionar sobre lo que está pasando y generar cambios, dice Jiménez, agregando que “esta situación que hoy aqueja a la humanidad hay que aprovecharla para enviar el mensaje y unirse alrededor del mundo para hacer un llamado a cuidar los ecosistemas, pues es el punto de partida para conservar nuestros propios modos de vida”. Por esa razón el conversatorio se centró en exponer tres temas al público para comprender la dimensión de lo que está pasando con el medio ambiente.

En primer lugar, la reflexión giró en torno a las amenazas que el ser humano ha venido generando en muchos de los ecosistemas donde habita la fauna silvestre y cómo, con lo que está sucediendo de la pandemia, hay un contraste evidente al ver a los animales que salen y deambulan por zonas perimetrales o incluso, en el interior de las ciudades.

Como segundo tema, también relacionado con la pandemia pero desde la perspectiva de las enfermedades, Jiménez expuso la relación histórica entre el ser humano y la fauna, basada, en gran parte, en la explotación. Este hecho, dice el investigador, ha permitido generar espacios y posibilidades para que los animales nos transmitan enfermedades, “no porque ellos lo quieran, sino porque al ser muy cercanos al ser humano existen posibilidades de que puedan transmitirnos los mismos parásitos, bacterias, virus y hongos que traen consigo. Entre más cerca estén filogenéticamente (relaciones evolutivas entre especies) de nosotros, más fácil será la transmisión. Pero, esa es solo una parte, la otra es que también tenemos el potencial de transmitir enfermedades a los animales”, comenta Jiménez, quien tiene una trayectoria de 20 años en investigación y promoción del manejo y conservación de la fauna silvestre.

El tercer punto, que encierra los anteriores, fue una reflexión sobre cómo debe ser nuestra convivencia con los animales cuando termine el confinamiento. “Nosotros hasta ahora veíamos a la fauna en una especie de cuarentena; ahora, que somos nosotros los que estamos en aislamiento, los animales salen a merodear. Hay que saber entender el mensaje y de ahí el título del conversatorio, porque la fauna silvestre nos está hablando, nos dicen que los animales son capaces de convivir con nosotros solo si les damos el espacio para hacerlo, y para ello necesitamos que los ecosistemas permanezcan en su mejor estado”, puntualiza.

Después de abordar estas temáticas y de las intervenciones de los asistentes, una de las conclusiones esenciales es que los seres humanos deben poder relacionarse con la fauna silvestre y los ecosistemas de forma apropiada. La pandemia y el momento coyuntural debe traer tanto cambios positivos para el futuro de la humanidad, asegura Jiménez; como también para la conservación de todas las otras especies y ecosistemas que hacen parte de la tierra. “Nosotros potencialmente tenemos dos opciones: o continuamos con el mismo ritmo que traemos, el cual ya sabemos que es perjudicial para la fauna silvestre y nuestros ecosistemas, o cambiamos nuestra forma de ver el mundo y de relacionarnos y les permitimos sus espacios”, finaliza el investigador.

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¿Cómo lograr una convivencia adecuada con la fauna silvestre?

Se debe dejar de sobreexplotar y contaminar el ambiente para mantener los modelos económicos, dice enfático; es necesario buscar formas de desarrollo mucho más sostenibles que permitan mantener los ecosistemas y la fauna y flora silvestre. Esto, no es más que un bumerang, dice Jiménez. “Basta con ver el cambio climático, las ciudades que están contaminadas tienen la mayor escasez de recursos y todo eso es evitable solo si empezamos con lo que yo llamo ‘la gestión hacia el manejo y la conservación adecuadas de la biodiversidad’, que implica ser mucho más respetuosos con los espacios naturales de fauna y flora, y que comprendamos que no están ahí para ser solamente sobreexplotados y contaminados”, afirma.

También comenta que es necesario cambiar de mentalidad: “No podemos seguir con el mismo ritmo de vida porque el mensaje es claro. De aquí en adelante se viene un trabajo enorme acerca de cuáles van a ser los caminos que vamos a seguir y cómo vamos a presionar los espacios políticos, sociales y económicos para tomar las mejores decisiones”. Además, complementa: “esto es un trabajo tanto de los gobernantes como de la sociedad; en la medida en que nosotros nos comportemos sanamente con la naturaleza podemos exigir a nuestros gobernantes que también lo hagan a través de la implementación de modelos de desarrollo realmente sostenibles”.

Especial Javier Maldonado

Especial Javier Maldonado

JAVIER MALDONADO: EL CIENTÍFICO DE LOS PECES EN COLOMBIA

Tras un año de su fallecimiento, Pesquisa Javeriana hace un homenaje a este ictiólogo que se convirtió en un referente por el conocimiento de los peces que nadan por los ríos del país.

SU TRAYECTORIA CIENTÍFICA

Además de su experiencia como profesor universitario, su paso por el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander Von Humboldt, entre otras entidades con fines de conservación e investigación natural, Javier Maldonado dedicó parte de su vida a estudiar ecosistemas y la interacción humana con estos. A continuación, encontrará un repositorio de sus más de 50 investigaciones en revistas indexadas y libros desde 1999 hasta 2019, con aportes y avances para la ictiología nacional e internacional.

UN RECORRIDO DE ENSEÑANZA

Bajo el calor del Magdalena Medio, en lo que fue un trabajo de campo con cuatro comunidades olvidadas de la cartografía del país (Bocas del Carare, Las Islas, Barbacoas y San Rafael de Chucurí), Javier Maldonado recorrió la zona con el fin de trabajar con los niños y niñas que la habitan y así transmitir sus conocimientos acerca de la taxonomía y conservación del bagre rayado.

EL LEGADO DEL ICTIÓLOGO

Se cumple un año del fallecimiento del ecólogo y doctor en Zoología Javier Maldonado. Por eso, Pesquisa Javeriana destaca sus aportes y trayectoria académica, además de un sinnúmero de contribuciones a la apropiación social del conocimiento científico en zonas vulnerables del país y comunidades rivereñas.

ARTÍCULOS PESQUISA

La divulgación de la ciencia fue uno de los compromisos que el investigador asumió, lo cual lo llevó a hacer parte del proyecto periodístico Pesquisa Javeriana, en el que a través de un trabajo conjunto se publicaron más de 10 artículos alrededor de sus proyectos y aportes científicos. Encuentre aquí las notas del ecólogo.

JAVIER MALDONADO: EL CIENTÍFICO DE LOS PECES EN COLOMBIA

Hipopótamos en Colombia: un problema de enormes dimensiones

Hipopótamos en Colombia: un problema de enormes dimensiones

Salta el polvo sobre la tierra, el agua se mueve turbulenta sobre un estanque y lo que pareciera ser una estampida se aproxima con fuerza. Son más de cuatro toneladas de carne y huesos galopando, es un animal rígido, de piel gruesa que viaja a 25 kilómetros por hora sobre el noroeste de Colombia. Se trata del hipopótamo Hippopotamus amphibius, uno de los cerca de 70 ejemplares que están sueltos en el Magdalena Medio y por el cual biólogos, comunidades de la región, ambientalistas y entidades gubernamentales están seriamente alarmados.

Este animal es una especie invasora que llegó a Colombia hacia los años 80, cuando Pablo Escobar trajo de África cuatro especímenes —una hembra y tres machos—. Aunque para ese momento su intención era recrear la fauna salvaje del continente africano en su hacienda ubicada en Puerto Triunfo, en el departamento de Antioquia, años más tarde y luego de la expropiación de sus bienes, leones, jirafas y los exóticos hipopótamos terminaron conformando el Parque Temático Hacienda Nápoles, un atractivo turístico que abrió sus puertas al público en 2007 como un recinto para la conservación de especies amenazadas y en peligro de extinción.

Sin embargo, desde 2006, las especulaciones sobre encuentros entre hipopótamos y la comunidad del suroriente de Antioquia, y su posible creciente reproducción, llamó la atención de los biólogos David Echeverri de la Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare –Cornare-, encargada de implementar políticas ambientales en la región; Elizabeth Anderson, codirectora del Departamento de la Tierra y el Ambiente, Instituto del Agua y el Ambiente en la Universidad Internacional de La Florida, y Germán Jiménez, docente  del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana.

Según recuerda Jiménez, su primer acercamiento al tema ocurrió en 2015 cuando cruzó palabras con Anderson en un congreso de conservación en Bolivia. Allí descubrió que esta apasionada por la fauna salvaje estudiaba la misma especie que llegó a Colombia a finales de siglo XX desde el valle del Masái Mara, en África, debido a su latente riesgo de extinción. En la conversación, Anderson le comentó a Jiménez que esta no era su única preocupación ya que, producto de sus investigaciones con su colega Amanda Subalusky, encontraron que los hipopótamos eran unas máquinas demoledoras, unos voraces ingenieros de los ecosistemas que consumen más de 70 kilogramos de pasto al día para alimentarse. Aproximadamente, el 5% de su peso.

De este encuentro surgió la inquietud por recoger información sobre la biología, la ecología y las interacciones de los hipopótamos con los colombianos, y crear estrategias de conservación para el tratamiento de esta poderosa especie. Pasados algunos meses, Anderson volvió a comunicarse con Jiménez, esta vez para comunicarle excelentes noticias: National Geographic había decidido financiar su investigación —Introduced Hippos in Colombia: Consequences for Human and Natural Systems— junto con la participación de varios colegas más como Amanda Subalusky y Ana Rojas de la Universidad Internacional de La Florida;  Juan Felipe Reátiga y Laura Nova, egresados de la facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, y Sebastián García, de la Universidad de Antioquia.

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Las dimensiones del problema

Un viaje de 170 kilómetros en línea recta, 1.500 encuestas a comunidades y visitas a 10 localidades fue el resultado que dejó el recorrido de este equipo interdisciplinar entre Doradal, donde se ubica el Parque Temático Hacienda Nápoles, hasta Puerto Berrío en busca de evidencia histórica que diera cuenta de la presencia de los hipopótamos “prófugos”. La región es ambiente ideal para la supervivencia de estos voraces herbívoros por sus pozos, ríos y caños, temperaturas de 24 a 27 grados centígrados y una humedad relativa de más del 90%.

“La gente nos reportó hipopótamos que habían visto desde 2006 hasta 2016, fueron 10 años de registros históricos. Tomamos varios registros en total, de los cuales validamos 26 mediante fotografías, avistamientos, huellas y la relación con ambientes potencialmente propicios para estos animales”, afirma Germán Jiménez, quien también es miembro de la Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis) de la Javeriana.

Una vez procesada la información y validados los registros, el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt contactó a los investigadores con una propuesta inesperada: trabajar mano a mano en el estudio de especies invasoras biológicas a través de la creación de un biomodelo que presentara la distribución del hipopótamo en Colombia; es decir, un sistema que permitiera graficar la ubicación estimada de estos animales para esta cuenca. Esta información también permitiría incluir los datos del visitante africano en la ficha Reporte del Estado y Tendencia de la Biodiversidad (RET 2018).

/ Cortesía.
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Los hallazgos

¡Enormes! De gran magnitud fueron los retos que los investigadores encontraron con el proyecto, ya que evidenciaron que la tendencia de reproducción de los hipopótamos ha ido en ascenso, según datos de Cornare, porque de los cuatro ejemplares iniciales que llegaron a la Hacienda Nápoles en 1980 actualmente hay 28; y de los cerca de 70 hipopótamos que están deambulando por los alrededores de la finca actualmente, se espera que para 2050 lleguen a una cifra de aproximadamente unos 400 animales más.

Así mismo, la vegetación aportó su cuota de vulnerabilidad con graves consecuencias como el daño a ecosistemas que producen estos animales con su fuerte pisoteo, la disminución de pastos respecto a su alto requerimiento alimenticio y la contaminación de afluentes que generan los hipopótamos durante sus periodos de apareamiento dado que expulsan altas cantidades de materia orgánica que luego esparcen con su cola a manera de ventilador, proceso también conocido como eutrofización.

“El desplazamiento de la fauna nativa es una consecuencia debido a que los hipopótamos van a estar ocupando un nicho que antes estaba reservado a las especies nativas, y dado que estos animales presentan mejores adaptaciones, los hace una especie supremamente tolerante y resistente a las condiciones ambientales de la región. Esto va a desplazar a otras poblaciones como el manatí del Magdalena Medio, la nutria, el chigüiro y el caimán”, explica Echeverry, de Cornare.

Con esto en mente y el latente riesgo al que estarían enfrentadas las poblaciones aledañas a Doradal al encontrarse con estos corpulentos y territoriales animales, urge la necesidad de buscar alternativas viables para su control, pues acuerdos internacionales como The Convention on International Trade in Endangered Species of Wild Fauna and Flora —CITES—, así como los riesgos biológicos restringen el regreso de los hipopótamos a su lugar de origen debido a la importancia de conservar su material genético en el territorio en el que nacen; alternativas como la castración química o física son altamente costosas, al alcanzar valores de más de 20 millones de pesos por animal, y poco eficientes pues los hipopótamos continuarían afectando la vegetación, y la posibilidad de hacer control poblacional ha sido un asunto altamente debatido tras el fallo de la Corte Constitucional de prohibir su caza en la sentencia C-283/14.

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Y ahora, ¿qué sigue?

El grupo de investigadores se prepara para recibir en diciembre la primera publicación de los resultados de su investigación en la revista Oryx (Cambridge University Press), artículo que podrá ser consultado con el título Potential Ecological and Socioeconomic Effects of a Novel Mega Herbivore Introduction: the Hippopotamus in Colombia.

Sin embargo, los investigadores buscan abordar una segunda fase del proyecto para determinar cuáles especies estarían siendo afectadas por la presencia de este pesado mamífero y trabajar con inteligencia artificial en la simulación de escenarios futuros de los hipopótamos en terreno colombiano, en caso de que ambientes ideales, similares a los de África en temperatura, humedad y pastos, les sigan facilitando la vida a estos animales.

“Toda esta investigación evidencia la necesidad de levantar una alerta nacional que motive a organizaciones y corporaciones a financiar esta investigación para mirar cómo detener el problema. Nosotros conocemos las herramientas, sabemos cómo potencialmente detener el movimiento de los hipopótamos y su crecimiento, pero necesitamos la información de base: dónde están y cuántos hay”, puntualiza Jiménez.

Alerta roja para los mamíferos del mundo

Alerta roja para los mamíferos del mundo

La pérdida de diversidad genética en mamíferos como el mono aullador y el jaguar debido a la reducción y alteraciones en sus hábitats, puede generar graves consecuencias para estas especies y los ecosistemas de los que hacen parte. Esa fue la conclusión a la que llegó un grupo de investigadores a través del metanálisis, la técnica de revisión estadística que les permitió examinar el estado genético de 38 especies de mamíferos a nivel global al cruzar y analizar los datos de más de 30 investigaciones sobre el tema, detectando patrones generales, al considerar la variación que se presenta en cada una de ellas.

A partir de su especial interés por la biodiversidad y junto a cuatro colegas, Danny Rojas Martín, posdoctor en Biología, descubrió cómo el deterioro del medio ambiente en el que viven estos animales ha desencadenado una notable disminución en su abundancia y variabilidad genética.

En el artículo A meta-analysis of the effects of habitat loss and fragmentation on genetic diversity in mammals, publicado en enero de este año en la revista Mammalian Biology, examinan poblaciones de roedores, primates, murciélagos, marsupiales, zarigüeyas, búfalos y carnívoros ubicados en seis regiones biogeográficas que incluyen zonas de toda América, el sur de África, el oeste y centro de Europa, el este y sur de Asia, y el norte y sur de Australia.

En los mamíferos seleccionados Rojas y sus pares contrastaron marcadores genéticos como variación y riqueza alélica, heterocigosidad existente y esperada, y niveles de endogamia, entre otros. También compararon rasgos continuos, como su masa corporal, tasa de reproducción y tamaño de la familia; rasgos categóricos, para conocer cómo se mueven, qué comen y saber qué tan dependientes son del bosque. Además, encontraron que tanto la pérdida como la fragmentación de los hábitats que frecuentan han provocado varios efectos negativos en sus configuraciones biológicas.

El aislamiento, la reducción en el número parejas para aparearse y la falta de recursos alimenticios pueden tener como consecuencias la endogamia (reproducción solo con miembros de su propia familia) y la disminución reproductiva, factores que generan pérdida de diversidad genética y, por ende, disminución de las poblaciones; a veces, esta tendencia puede conducir a su extinción.

Sin embargo, no todas las especies estudiadas responden de igual forma a estas problemáticas. “Uno pensaría que todos los mamíferos de un bosque que se fragmenta, porque comienzan a realizar talas, se van a afectar de la misma manera, pero encontramos que no es así. Dependiendo del tamaño, de si viven en espacios más boscosos o más abiertos, de si son terrestres o voladores e incluso de su alimentación, la magnitud de disminución en su diversidad genética varía”, afirmó Rojas.

El estudio reveló que los animales grandes se ven más afectados que los pequeños debido a que necesitan áreas más amplias y mayores recursos para subsistir, mientras que las especies aéreas tienen más posibilidades de sortear las secuelas de estas modificaciones ambientales porque tienen la capacidad de movilizarse a otros hábitats de forma más fácil; asimismo, descubrieron que las especies de bosque se afectan más que las que viven en pastizales y que los herbívoros tienen mayor riesgo que los carnívoros.

El investigador javeriano aclaró que, aunque el equipo de científicos esperaba observar un decrecimiento en la variedad genética de todos los animales analizados, les sorprendió ver la influencia que tienen las características particulares de cada uno de ellos y de sus entornos en este proceso.

La disminución de los bosques tropicales se ha convertido en una amenaza para la conservación de los bullosos monos aulladores.
La disminución de los bosques tropicales se ha convertido en una amenaza para la conservación de los monos aulladores.

En su opinión, estos estudios de base proporcionan valiosas pistas a nivel macroecológico porque no solo brindan datos sobre la condición de las especies estudiadas,  también introducen indicadores sobre los hábitats en los que están inmersas. Al relacionar un amplio número de indagaciones, el metanálisis permite precisamente conocer tendencias generales sobre los ciclos de vida de estos animales y de las condiciones de sus entornos, lo cual es sumamente útil al momento de definir patrones de protección y conservación medioambiental.

En efecto, según cifras del Informe de Evaluación Global de la Plataforma Intergubernamental sobre la Biodiversidad y los Servicios Ecosistémicos (IPBES, por sus siglas en inglés), publicado este año, alrededor de un millón de especies animales y vegetales están en peligro de extinción.

Esta situación es inquietante, según Rojas, porque a fin de cuentas todos los seres vivos se configuran como conexiones de una red inmensa, cuyo equilibrio se pone en riesgo con la pérdida de uno de ellos. “Es como si le quitaras el hilo a una camisa: a veces puedes crear un hueco, a veces no sabes qué pueda pasar”, anotó el investigador.

Otro de los puntos que destacan los investigadores colombianos, portugueses, estadounidenses y brasileños fue la importancia de la investigación colaborativa para la ciencia hoy en día. La capacidad de tener múltiples perspectivas y contar con el respaldo de varias universidades le permitió al grupo filtrar y revisar cuidadosamente la información recogida en mucho menos tiempo.

“La colaboración es fundamental y más cuando se quiere conocer cómo funciona el mundo que nos rodea”, concluyó Rojas, resaltando que, al final del día, la academia y la naturaleza funcionan de forma similar: como una red de influencia, interrelación e interdependencia.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Un meta-análisis de los efectos de la pérdida y la fragmentación de hábitat sobre la diversidad genética en mamíferos.
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Ana Lino.
CO-INVESTIGADORES: Danny Rojas Martín, Carlos Fonseca, Erich Fischer y Maria João Ramos – Pereira.
Departamento de Ciencias Naturales y Matemáticas, Pontificia Universidad Javeriana Cali.
Departamento de Biología y Centro de Estudios Ambientales y Marinos, Universidad de Aveiro (Portugal).
Departamento de Ecología y Evolución, Stoony Brook University (EE.UU.).
Instituto de Biociencias, Universidad Federal de Mato Grosso do Sul (Brasil).
Departamento de Zoología, Universidad Rio Grande do Sul(Brasil).

La respuesta al cambio está en las semillas

La respuesta al cambio está en las semillas

La agricultura permitió la emergencia de la civilización y la explosión demográfica de la especie humana. Las semillas han sido nuestro principal sustento y su capacidad de durar y ser almacenadas ha permitido a la humanidad sobrevivir durante las épocas de escasez y sequía, y también durante las estaciones improductivas.

Las semillas y los cultivos se fueron adaptando a las condiciones cambiantes del medio ambiente en los distintos entornos colonizados por el hombre. Desde los albores de la agricultura, el intercambio y la selección de semillas han permitido la mejora de las especies cultivables en un proceso inscrito en la historia evolutiva de las especies y la evolución cultural de los pueblos.  Sin embargo, los cultivos nunca fueron una instancia aislada del resto de procesos ecológicos, sino que eran posibles justamente por los beneficios que los ecosistemas proveían: fertilidad del suelo, control de plagas y enfermedades, control de la erosión, ciclado de nutrientes, polinización, entre muchos otros. La observación del hombre permitió acentuar algunos de estos aspectos asegurando mayor productividad de sus cultivos por medio del conocimiento del entorno y su biodiversidad; de este modo, los cultivos y los pueblos evolucionaban con sus ecosistemas, asegurando el sustento del hombre y la diversidad de la vida.

Hoy en día, los sistemas productivos altamente simplificados en términos de biodiversidad y las variedades tecnológicas sembradas, producidas en un entorno aislado, necesitan de insumos controlados y estandarizados para prosperar, demandando al agricultor la compra de fertilizantes y plaguicidas, y, en ocasiones, de sobreexigir de los ecosistemas sus recursos escasos. Por otro lado, la propiedad intelectual a la que están sujetas estas semillas impide al agricultor guardarlas e intercambiarlas para próximas siembras. En este doble sentido, las compañías productoras de variedades tecnológicas hacen dependientes al agricultor, cuya suerte estaba antaño en manos de su destreza y conocimiento y de la prodigalidad de la naturaleza.

Autores como Vandana Shiva, investigadora india, doctora en física cuántica y activista ambiental, denuncian que en muchos de los casos las variedades tecnológicas no producen lo esperado, dejando a los agricultores endeudados y sin posibilidades de volver a cultivar. Por ello, muchos campesinos de India y otras partes del mundo han caído en la desgracia; otros tantos no encuentran salida sino en el suicidio.

Al ser un producto exterior a los ecosistemas en los que son sembrados, los cultivos tecnológicos perturban muchos de los ciclos naturales que mantienen la fertilidad de los suelos y la preservación de la biodiversidad. Los ecosistemas terminan arruinados, con sus suelos empobrecidos después de algunas cosechas, lo que es agravado por la toxicidad de los insumos requeridos, que son liberados al medio ambiente.

Con todo, hoy en día se plantea el retorno a las semillas y los usos tradicionales como forma de hacer frente al cambio climático global, con otro valor agregado: la agricultura orgánica o tradicional mantiene la materia orgánica del suelo, que es un excelente sumidero de carbono; no usa insumos como plaguicidas y fertilizantes, en cuya producción y aplicación se emiten grandes cantidades de gases de efecto invernadero (GEI); y conserva elementos del paisaje que contribuyen con la reducción de GEI, entre otros. De este modo, las prácticas agrícolas tradicionales atacan varios de los frentes de mitigación y adaptación al cambio climático requeridas en un contexto vulnerable, como el que pudimos registrar en las islas de Sundarbans.

El río Ganges desemboca en la Bahía de Bengala, en el delta de Sundarbans, en donde los sedimentos que aporta hacen posible la existencia del manglar continuo más grande del mundo. La India es uno de los países más vulnerables al cambio climático a nivel mundial, y Sundarbans, una de las regiones costeras —tanto de la India como de Bangladesh— más amenazadas por este fenómeno. Debido al aumento en el nivel del mar y de la intensidad y frecuencia de los ciclones, los suelos de las más de 100 islas de Sundarbans han experimentado un incremento en la salinidad con efectos directos en las actividades agrícolas, de las que dependen los ingresos económicos, la subsistencia y la seguridad alimentaria de millones de habitantes.

En Sundarbans, la agricultura es la principal actividad productiva, y antes de la llegada de la Revolución Verde a estas islas, acompañada de la introducción de variedades de alto rendimiento, se cultivaban semillas locales de arroz adaptadas a la salinidad de los suelos y a las condiciones climáticas de la región. Estas semillas tradicionales mantenidas de forma dispersa por algunos productores y usadas por sus ancestros, tuvieron que ser rescatadas debido a los efectos cada vez más intensos y frecuentes de los ciclones.

En 2009, el ciclón Aila provocó la inundación de cerca de 125.000 hectáreas de suelos productivos de estas islas con agua salada, afectando a más de 4 millones de productores. La búsqueda de estas semillas tardó alrededor de tres años y, finalmente, los productores decidieron a favor de la seguridad alimentaria, la preservación del saber ecológico tradicional, la disminución de los costos de producción, la agricultura orgánica, la mayor productividad, la adaptación de sus prácticas productivas a las condiciones del entorno y a los efectos del cambio climático y la resiliencia de sus agroecosistemas.

Esta experiencia, presentada en el documental Ganges, un viaje por los sentidos del agua, evidencia la relación directa entre la recopilación, recuperación, implementación, divulgación y mantenimiento del conocimiento ecológico tradicional, la conservación de la diversidad genética, la mitigación y adaptación al cambio climático y la disminución de vulnerabilidad ante sus efectos, el mantenimiento de procesos ecológicos por la eliminación de prácticas insostenibles, la seguridad alimentaria y la libertad y autonomía de los productores en la selección y el intercambio de semillas. Adicionalmente, busca resaltar la importancia de la agricultura, actividad que contribuye con cerca de un cuarto de las emisiones globales de gases de efecto invernadero), la cual, bajo ciertas prácticas de producción y de manejo de los agroecosistemas, puede convertirse en una solución de cara a los riesgos e incertidumbres que plantea el cambio climático.

 


*Roberto Restrepo es filósofo de la Pontificia Universidad Javeriana, director de cine de la EICAR, París, y especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central. Ha compaginado la investigación académica con el estudio de yoga y la filosofía india, a la par que ha desarrollado proyectos audiovisuales y documentales en torno a la relación entre cultura y la naturaleza.

Ana Milena Piñeros es ecóloga y magíster en Conservación y Uso de la Biodiversidad de la Javeriana, así como también especialista en Derecho Ambiental de la Universidad del Rosario. Se ha desempeñado como investigadora y consultora para diferentes instituciones ambientales del país en temas de biodiversidad, servicios ecosistémicos y cambio climático. Actualmente es coordinadora y docente de programas académicos sobre Derecho Ambiental y sobre Cambio Climático en su alma máter.

Ambos produjeron y dirigieron el documental Ganges, un viaje por los sentidos del agua, que se estrenará en las salas de cine colombianas el próximo 6 de junio. Puede encontrar el tráiler en este enlace.