Lagos de páramo colombianos, ni las zonas de protección los salvan

Lagos de páramo colombianos, ni las zonas de protección los salvan

Los páramos son reconocidos como ‘fábricas de agua’, no porque en realidad la produzcan, sino por su capacidad de condensar el vapor que está en el aire a bajas temperaturas. De ahí su importancia, pues este tipo de ecosistema es la fuente de abastecimiento del líquido para muchas poblaciones urbanas y rurales.

Una investigación de la Pontificia Universidad Javeriana revela que a pesar de estar en zonas protegidas y de difícil acceso, las condiciones ambientales y la intervención del hombre tienen en riesgo a estos cuerpos de agua.

¿Qué cuenta la investigación?

Carlos Rivera, director del Departamento de Biología de la Javeriana y uno de los investigadores del estudio, argumenta que estos resultados demuestran que dichos ecosistemas son muy sensibles a las condiciones ambientales locales y que por causas climáticas demoran mucho más tiempo en recuperarse.

El metabolismo de este tipo de ecosistemas es lento por las bajas temperaturas y el poco oxígeno, dadas las alturas a las que se encuentran. Cualquier alteración física o en la temperatura tomará periodos de tiempo prolongados para su recuperación.

paramos-en-colombia

Expone Rivera que la poca profundidad de los lagos estudiados puede resultar problemática, pues tienen menor capacidad para amortiguar los impactos ambientales y los causados por los humanos. “Los lagos se estratifican, se hacen más cálidos arriba y el agua cerca al fondo suele ser uno o dos grados más fresca. Los lagos profundos pueden mitigar más los cambios de temperatura que suceden en la superficie”, explica.

El investigador muestra preocupación, pues más del 70 % de los lagos estudiados tienen menos de 10 metros de profundidad, lo que no permite una estratificación muy pronunciada y así la temperatura es relativamente homogénea en toda la columna de agua.

Según el estudio, los lagos de páramo en Colombia son relativamente pequeños, pues la mayoría no supera las diez hectáreas y están entre los 3.700 y los 4.300 metros sobre el nivel del mar. Esta localización geográfica mantiene temperaturas entre los 10° y los 12°centígrados.

Pero un aumento de la temperatura implicaría que se acelere la descomposición de la materia orgánica vegetal. A mayor materia descompuesta, mayor liberación de nutrientes o compuestos químicos que consumen el oxígeno del agua. Así, el líquido ya no es potable.

Esto podría llevar a un proceso de eutrofización en el que las cianobacterias, un tipo de microalgas, se pueden multiplicar al punto de generar una capa en la superficie que impide el paso de la luz y la oxigenación del agua.

La afectación a los lagos repercute directamente en el estado de todo el ecosistema. “Alrededor de un 60 % del agua que se consume en la región andina proviene directamente de los páramos”, dice Rivera. “A nivel ecosistémico permite una enorme diversidad de flora y fauna por los humedales y lagos que están esparcidos a lo largo de las cordilleras”, agrega.

lago-de-paramos-colombia

Dice el estudio titulado Lagos de páramo de Colombia: una descripción general de su distribución geográfica y características fisicoquímicas, que en Colombia hay 3.250 lagos de páramo y que el 71 % se ubican en zonas protegidas. Además, el 44 % del total están en la cordillera Oriental, que fue justamente donde los investigadores eligieron 51 para hacer análisis químicos y conocer su estado.

Cifras del DANE -Departamento Administrativo Nacional de Estadística- calculan que en la región andina colombiana habitan cerca de 34 millones de personas, alrededor de un 70 % de la población nacional. Según Parques Nacionales Naturales de Colombia los páramos proveen el 70 % del agua potable que tiene todo el país. No se trata de un riesgo menor.

Para Rivera “debido a su posición geográfica son muy buenos almacenando el registro de cambios climáticos en el pasado. Los lagos a estas alturas funcionan como una memoria de variaciones hasta de varios cientos de años. Parte de nuestro interés es tener una base de referencia para entender qué tanto han cambiado”.

Una problemática global

La ley 99 de 1993 fundamentó la política ambiental del país y reconoció a los páramos como objeto de protección ambiental, ofreciendo así herramientas legales para su cuidado y resguardo de actividades humanas que implican riesgos para su funcionamiento.

Sin embargo, antes de esta normativa se realizaba ganadería, agricultura, construcción de represas, introducción de especies exóticas como las truchas, que aún se pueden ver en algunos de los lagos de la cordillera Oriental, y minería, que ha disminuido gracias a la reglamentación.

Pero para el profesor Rivera hay indicadores de afectación que van más allá. El docente pone sobre la mesa los efectos de la industrialización y la contaminación  en el planeta. “En los últimos 50 años se liberaron muchos contaminantes a la atmósfera, algunos de estos ricos en nitrógeno y azufre. Eso causó que a escala global cayera mucha lluvia ácida en los ecosistemas”, afirma.

A pesar de que Colombia no ha tenido un desarrollo industrial muy amplio, para el investigador es indudable el efecto de este tipo de contaminación en ecosistemas apartados. “Hay datos de Groenlandia o la misma Antártida que están muy lejos de las zonas de desarrollo industrial que demuestran que allá también llovió nitrógeno y azufre”, manifiesta.

Aun estando en zonas protegidas por la legislación colombiana, la contaminación global termina impactando en los ecosistemas de páramo al agregar compuestos químicos que afectan el pH y su normal funcionamiento. En Colombia todavía faltan estudios que midan estos impactos.

El cambio climático: el gran enemigo

Dentro de las muchas amenazas que tienen los lagos de páramo, Rivera alerta sobre el cambio climático. Las proyecciones del aumento de la temperatura media del planeta se calculan entre un grado y un grado y medio, pero manifiesta que estas son más cercanas para ecosistemas de tierras bajas. Para los ecosistemas de montaña, como los páramos, el calentamiento es más alto y puede llegar a ser del doble.

“Los ecosistemas acuáticos son particularmente eficientes reciclando. Son muy buenos evitando que se pierdan los nutrientes. Ellos siguen trabajando y hacen que el sistema sea muy productivo. Con el aumento de la temperatura muchos de estos humedales probablemente se van a llenar de cianobacterias que afectan la calidad del agua”, explica.

¿Y ahora?

Frente a este panorama, poco alentador, las acciones deben enfocarse en reducir los riesgos de colapso de los lagos de páramo, y para el profesor Rivera lo primero es asegurar la protección de este tipo de ecosistemas.

“Definitivamente el tema de ciertos usos en la zona de páramo hay que seguirlos revisando. Por razones históricas había algo de ganadería y este tipo de actividades hay que seguirlas restringiendo a largo plazo. No son convenientes”, manifiesta.

Rivera también es crítico frente a la propuesta de minería dentro de la zona de páramo por la cantidad de contaminantes que genera.

“Hay que asegurar que la protección se esté dando, pero eso tiene que estar conectado con los usos y las necesidades de las poblaciones locales. Son ellas las que están más cercanas y dependen directamente de estos ecosistemas. Lo que se haga ahí, se debe negociar con las comunidades para que funcione a futuro”.

¡Ojo con Chingaza por la posible construcción de un ecohotel dentro del parque!

¡Ojo con Chingaza por la posible construcción de un ecohotel dentro del parque!

Según María Mónica Monsalve, reportera de El Espectador, el pasado mes de junio y en el marco de una visita de periodistas al Parque Nacional Natural (PNN) Chingaza, el director de Parques Nacionales, Orlando Molano, habló de un proyecto de glamping dentro del parque. Al ser interrogado sobre el porqué de una construcción nueva -que no es permitida según la Resolución 531 del 2013– señaló que se trataba de infraestructura liviana, la cual, según la misma resolución, se define como “infraestructura modular, fácilmente armable y removible…”.

Además, en esta misma columna se menciona que según una persona cercana al PNN Chingaza, el plano de un ecohotel fue socializado hace aproximadamente un mes con tres funcionarios de Parques Nacionales. En Twitter, Manuel Rodríguez, exministro de Ambiente y actual presidente del Foro Nacional Ambiental, publicó una imagen que mostraba el proyecto, sin embargo, desde la cuenta de Parques Nacionales de la misma red social respondieron que no era una propuesta definitiva y que lo invitaban a conocer la iniciativa real.

En entrevista con Blu Radio, el director de Parques Nacionales afirmó que no es un nuevo hotel y que se va a realizar mejoramiento a la infraestructura, sin embargo, no se ha evidenciado suficiente claridad sobre el proyecto, pues esta información resulta contradictoria frente a lo que Molano le dijo a los periodistas en la visita de junio.

El tema cada vez se está volviendo más controversial. El representante a la cámara Juan Carlos Losada radicó el 3 de agosto un derecho de petición en el que pregunta por las políticas de ecoturismo dentro de los parques nacionales, solicita información con respecto a lo que se quiere hacer y cuestiona sobre si se cuenta con los estudios de impacto ambiental y otros que sean necesarios para realizar el proyecto.

Desde el 3 de agosto se viene adelantando una twitteratón con los hashtags #ElFuturoDeChingazaEs #TurismoComunitario pidiendo, entre otras cosas, claridad frente al proyecto y que la ciudadanía pueda conocer exactamente qué es lo que se quiere hacer en Chingaza.

Proteger la biodiversidad en Chingaza

chingaza-venado

Ante la polémica generada por la posible planeación de un ecohotel dentro del Parque Nacional Natural Chingaza, vale la pena recordar su importancia como un recurso hídrico y biodiverso que debe ser protegido mientras se exige claridad frente a este tipo de proyectos.

Para empezar le cuento que este parque, creado en 1977, está ubicado sobre la cordillera de los Andes, al noreste de Bogotá y su extensión, de 76.600 hectáreas, abarca parte de once municipios, siete del departamento de Cundinamarca: Fómeque, Choachí, La Calera, Guasca, Junín, Gachalá y Medina; y 4 del Meta: San Juanito, El Calvario, Restrepo y Cumaral.

Su temperatura está en un rango entre 4°C a 21.5°C, con altitudes desde los 800 hasta los 4020 msnm. Además de ser un área protegida, desde 2020 Chingaza se encuentra incluido en la Lista Verde de Áreas Protegidas y Conservadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), esto quiere decir que cuenta con altos estándares de manejo con respecto a la gobernanza y la conservación.

Ahora que sabe un poco de dónde se ubica le voy a contar por qué es tan importante en términos biológicos y ambientales.

En cuanto a ecosistemas podemos encontrar bosque tropical, bosque subandino, bosque andino y páramo (Vargas y Pedraza, 2003), es decir, una gran cantidad de ecosistemas que consecuentemente tienen diversidad de especies de plantas y animales dadas las condiciones específicas de cada uno. Gracias al páramo, principalmente, se genera la retención del agua que se permea a través del suelo y los musgos hacia lagunas, ríos y quebradas.

La captación de agua que se presenta en este lugar le permite ser fuente fundamental del Sistema Chingaza del Acueducto de Bogotá, que provee de este recurso a diez millones de habitantes de la capital colombiana y algunos municipios vecinos.

Por otro lado, en este parque se albergan más de mil especies y podemos encontrar la Espeletia uribei, un frailejón endémico, es decir, que habita únicamente en esta región de los Andes colombianos.

Con respecto a su fauna se pueden encontrar alrededor de 400 especies de aves, entre ellas el cóndor de los Andes (Vultur gryphus) y el gallito de la roca (Rupicola peruvianus). Uno de los animales más representativos y que usted tiene probabilidad de observar si visita esta zona protegida es el oso de anteojos, o Tremarctos ornatus, que es la única especie de oso que habita en Suramérica y se encuentra en categoría de amenaza vulnerable según la UICN.

laguna-de-chingaza

En este parque se encuentran otras especies de fauna representativa del país, como el venado colablanca (Odocoileus virginianus), y el puma (Puma concolor), por nombrar solo algunos ejemplos.

Hasta junio de 2020 se habían realizado alrededor de 151 estudios únicamente de fauna en este parque. Además, el parque ha sido foco de diferentes investigaciones en clima, cultura, servicios ecosistémicos, gestión ambiental, restauración, entre otros.

Por la protección de la biodiversidad en Chingaza

En este breve resumen que le acabo de hacer sobre Chingaza estamos hablando solamente de su importancia en términos biológicos -porque en términos culturales y sociales también la tiene, por eso la ciudadanía está solicitando claridad y transparencia en el cuestionado proyecto del ecohotel.

Siempre hay un impacto ambiental sobre determinado sitio y sus especies cuando se presenta intervención humana, pero de nosotros depende la magnitud del impacto y cómo lo vamos a manejar.

Algunos de los impactos ambientales que se presentan cuando hay construcciones y ecoturismo en un ecosistema pueden ser pérdida de cobertura vegetal; contaminación visual y auditiva, la cual puede generar migración de fauna y cambios en las dinámicas de los animales, pues podrían alejarse de la zona procurando evitar la interacción con los turistas.

Estos impactos se pueden generar en cualquier espacio natural en el que se realice una construcción y ecoturismo, sin embargo, dada la regulación y las razones por las cuales un área se declara como protegida, este tipo de proyectos deben pensarse para otras zonas pero sin perder de vista que los impactos ambientales deben reducirse al mínimo.

El ecoturismo produce afectaciones dentro de las zonas donde se realiza, pero, siempre y cuando este sea realizado de una forma responsable y consciente, estos se minimizan y logran otros objetivos, como el conocimiento de los ecosistemas así como la concientización de su conservación.

Por favor no le pierda la huella a esta discusión, pues hasta el momento de la escritura de esta columna siguen preguntas que necesitan ser respondidas y pienso que el poder que dan las redes hoy en día nos permite estar informados y conectarnos con otros en causas comunes, debemos aprovecharlo.

¿Cómo llegar a Chingaza?

Si no conoce este parque, por favor visítelo, le puedo decir que la experiencia es maravillosa, aprenderá muchísimo y podrá comprender aún más la importancia de este tipo de lugares.

Para recorrerlo primero debe realizar reserva y puede llegar allá saliendo desde los cascos urbanos de La Calera, Fómeque o Guasca. No olvide que el ingreso de plásticos de un solo uso está prohibido en las áreas del Sistema de Parques Nacionales Naturales de Colombia, de la cual hace parte este parque.

Si quiere contactar a Karol Vera puede hacerlo a través de LinkedIn y su cuenta de Instagram.

Biodiversidad y salud humana

Biodiversidad y salud humana

german-jimenez¿Qué tienen en común la degradación de ecosistemas, la pérdida de biodiversidad y la salud humana? Nuestros escenarios de desarrollo, en donde prima la productividad inmediata para satisfacer nuestras demandas y niveles de consumo ha propiciado la aparición de amenazas como la sobreexplotación de especies (tráfico y consumo ilegal de fauna silvestre) que, asociada a la contaminación, potencian la fragmentación y perdida de hábitat. Estas amenazas favorecen que los efectos del cambio climático aceleren procesos de extinción de especies lo cual tiene consecuencias sobre la perdida de funciones esenciales de los ecosistemas, entre otras, aquellas que tienen que ver con el control de enfermedades que provienen de la naturaleza, y en particular de la fauna silvestre (zoonosis).

Hace ya varios años se viene evidenciado que la aparición de enfermedades, o zoonosis, denominadas emergentes, o la reaparición de otras que se creían eliminadas y denominadas reemergentes, guarda una relación con las amenazas que estamos generando sobre la fauna silvestre, como componente fundamental de la biodiversidad.

Cuando alteramos ecosistemas y eliminamos especies de flora y fauna estamos, por así decirlo, quitando los “seguros ecológicos” que tienen estos sistemas biológicos para el control de la dispersión de microorganismos, entre otros, como los virus (Ej. Hanta, ébola, SARS, fiebre amarilla), que, al carecer de mecanismos de control natural, pueden encontrar en otros organismos, incluido el nuestro, huéspedes perfectos para multiplicarse y persistir en el tiempo. Estos mecanismos de control dependen de las relaciones ecológicas que han establecido los virus con sus ambientes y sus vectores u hospederos, entre ellos, muchas especies animales (Ej. Garrapatas, mosquitos, monos, murciélagos, pangolines), a lo largo de su historia evolutiva.

Todos los seres vivos somos portadores de una carga de virus, y ellos viven en los ambientes de todas las especies que habitamos este. Cuando estos ambientes se desestabilizan por amenazas a la biodiversidad, los virus o se extinguen, o adquieren una capacidad mayor de multiplicarse y conquistar a otros organismos, es decir otros ambientes, y es en ese momento cuando pueden volverse patógenos, o generadores de enfermedad; recordemos que se pueden mover, con sus vectores u hospederos naturales, a estos nuevos ambientes. Esta capacidad de ser patógenos se potencia en la medida que presionamos a un número cada vez mayor de virus, que estaban controlados naturalmente, y los obligamos a que exploren posibilidades de colonización de nuevos ambientes.

Estas presiones ponen en funcionamiento mecanismos de selección que promueven la sobrevivencia de variedades más resistentes a los cambios ambientales, con incrementos importantes en la diversidad de agentes patógenos y con ello posiblemente más virulencia, lo que los convierte en los futuros invasores, competidores, depredadores y patógenos, no solo de nuestras especies nativas, sino también de nuestras especies domésticas y de nosotros mismos.

Así, la pérdida de biodiversidad contribuye a la pérdida de procesos claves como el control de enfermedades, un servicio fundamental desde la naturaleza, para nuestra propia supervivencia. Esta pérdida está reduciendo nuestra calidad de vida ya que cada vez será mayor la cantidad de retos que tendremos que enfrentar en ambientes cada vez más inciertos y cambiantes, y con más enfermedades. Si seguimos confiando nuestra suerte a modelos de desarrollo inmediatistas, los cuales nos ofrecen falsas promesas de bienestar, mediadas por el deterioro que generan sobre la biodiversidad y su capacidad de ejercer sus funciones de controlador natural, entre otros, el costo social, económico, y a final de cuentas ambiental, será muy alto. Podría decirse que un mundo menos biodiverso será, seguramente, un mundo más propenso a enfermarse.

Esto nos lleva a pensar que nuestra gestión para la conservación de la biodiversidad, en medio de escenarios de desarrollo, es muy pobre y que apenas se limita a tratar de cubrir el daño con soluciones “blandas” y mal panificadas que realmente no contribuyen a recuperar procesos y especies que generan relaciones importantes para el mantenimiento de procesos biológicos y evolutivos. El control de estas enfermedades, o zoonosis, es uno de estos.

Es necesario entonces incluir la gestión hacia la conservación adecuada de la biodiversidad, asociada a nuestros modelos de desarrollo. Este tipo de acciones seguramente permitirá que aumenten nuestras probabilidades de sobrevivencia y bienestar futuros, además de las del resto de las especies que conviven con nosotros en este planeta. Es urgente y necesario acudir al llamado que nos hace la naturaleza y rectificar nuestras relaciones negativas con la biodiversidad. No podemos seguir pensando que está ahí para que la arrasemos sin esperar consecuencia alguna, ya que esta actitud ingenua y despectiva nos pone en un camino muy difícil de sortear. La actual pandemia de la COVID-19 es un claro ejemplo de lo que sucede cuando no generamos relaciones positivas con la biodiversidad.

* Germán Jiménez es profesor asociado e investigador en manejo y conservación de fauna silvestre en la Unidad de Ecología y Sistemática (UNESIS), adscrito al Departamento de Biología de la PUJ, desde 2001. Biólogo Universidad de Los Andes, con maestría en Conservación de la Biodiversidad CATIE (Costa Rica) y doctorado en Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana

En defensa de las polillas: Colombia es el segundo país en diversidad de lepidofauna

En defensa de las polillas: Colombia es el segundo país en diversidad de lepidofauna

Hace algunos años decidimos dedicarnos al estudio de los lepidópteros nocturnos o polillas. Desde entonces, cada vez que se nos pregunta qué estudiamos, es rutinario que nuestra respuesta termine en un discurso en defensa de las polillas. Y es que de estas se dicen muchas cosas, la mayoría negativas, pero todas sin razón o base científica alguna.

¿Quién no lo ha escuchado algo como que las polillas son de colores opacos, desprenden un polvo cegador, se comen nuestra ropa y pueden influenciar nuestra suerte o ser mal presagio?, afortunadamente, a medida que avanzábamos en la carrera de Biología, nuestro interés fue creciendo, y sin darnos cuenta, entre salidas de campo, visitas a colecciones biológicas, y junto al acompañamiento de investigadores colombianos como Ángela Amarillo y Giovanny Fagua, quedamos totalmente enamoradas de estos increíbles insectos.

Pese a que las polillas se encuentran entre los organismos más diversos y exitosos del planeta, mucha gente no las distingue correctamente; tampoco las reconocen como fundamentales para el mantenimiento de los ecosistemas que habitan.

en-defensa-de-las-polillas

 

Las polillas no solo exhiben una diversidad inmensa de formas, tamaños y colores; sino que además realizan una serie de funciones ecológicas claves en la regulación de los servicios ecosistémicos. Por ejemplo, son grandes polinizadores nocturnos y el componente principal en la dieta de numerosas poblaciones de aves, murciélagos y parasitoides. Adicionalmente, muchas especies tienen importancia cultural, como aquellas que nos brindan la seda; importancia médica por las larvas urticantes; importancia agrícola por las especies consideradas plagas, e incluso, importancia forense debido a aquellas que consumen pelo o plumas.

En Colombia se estima que hay 19.000 polillas y poco más de 4.000 mariposas; cifras que ubican al país como el segundo con mayor diversidad de lepidofauna. A pesar de esto, el estudio taxonómico de nuestras polillas es incipiente. La mayoría de las polillas colombianas no han sido descritas, y las que sí se conocen no cuentan con información básica sobre su historia natural; esto dificulta la realización de estudios, estimaciones de diversidad y endemicidad, así como el desarrollo de planes de conservación. Ante la acelerada pérdida de hábitats que sufren los ecosistemas colombianos, espectamos la extinción de especies que aún desconocemos.

Teniendo en cuenta esto, aspiramos a promover a través de una estrategia didáctica el reconocimiento de Colombia como país megadiverso en polillas. En un trabajo colaborativo entre lepidopterólogos colombianos y extranjeros, como Yenny Correa, Julián Álzate y Ryan St Laurent, realizamos una miniserie de posters divulgativos de polillas endémicas y nativas. Estos muestran las familias más populares que encontramos en el territorio, que comprenden más de 150 especies endémicas.

Con esta iniciativa buscamos que cada vez más colombianos puedan identificar las polillas por su morfología, nombres científicos y sepan en qué regiones se encuentran para que se interesen por su conservación.

Esperamos incentivar y apasionar a las generaciones actuales y venideras en el estudio de estos organismos valiosos pero muy poco conocidos, para que a futuro Colombia sea un país posicionado científicamente en el campo de la entomología y de la conservación de su territorio.

Liliana Prada Lara es bióloga de la Pontificia Universidad Javeriana, ha sido integrante de los semilleros de Investigación ENTOMOCENO de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales y de SEIRPA de la Facultad de Ciencias. Actualmente trabaja con la familia de polillas Notodontidae y se encuentra culminando un Diplomado en Entomología Forense*.

Andrea C. Jiménez Bolívar es estudiante de Biología de la Universidad del Atlántico, integrante del grupo de investigación Biodiversidad del Caribe Colombiano. Trabaja con polillas de la familia Saturniidae, y es creadora de la iniciativa de divulgación científica @mothsofcolombia, que busca sensibilizar y bioalfabetizar a la comunidad sobre el gran valor y diversidad de las polillas colombianas*.

Biodiversidad de riesgos por la caza de fomento para repoblamiento de especies

Biodiversidad de riesgos por la caza de fomento para repoblamiento de especies

El uso y aprovechamiento de la fauna silvestre están estipulados en la normatividad colombiana, por ejemplo, con la caza de fomento para repoblamiento de especies. Sin embargo, la reglamentación e implementación de esta actividad no es clara y perjudica la biodiversidad colombiana. Así lo explica Nicolás Urbina-Cardona, profesor del Departamento de Ecología y Territorio de la Pontificia Universidad Javeriana, quien analiza los riesgos que tiene la caza de fomento sobre la biodiversidad y, específicamente, sobre algunas especies de ranas amenazadas que han sido autorizadas para su aprovechamiento económico.

Guácharos, sembradores de árboles amazónicos

Guácharos, sembradores de árboles amazónicos

Los guácharos son curiosos, audaces y tienen un poderoso olfato. Viven en cuevas o criptas, y aunque no son murciélagos, sí comparten un mismo poder: la ecolocalización para ubicarse en su hábitat. Se trata del ave de las cavernas o pájaro aceitoso, popular por su capacidad de consumir frutos de hasta cinco centímetros de longitud. Esta cualidad lo convierte en un dispersor ideal de semillas de gran tamaño y un instrumento de conservación de la biodiversidad de la Amazonía, una región que entre enero y marzo de 2020 sufrió la deforestación de cerca de 64.000 hectáreas de bosque, de acuerdo con el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam).

 

El guácharo fue descrito por Alexander von Humboldt en la Cueva del Guácharo, en Caripe (Venezuela), durante su viaje a Sudamérica en 1799.

 

Con el fin de conocer cuáles son los hábitats más visitados por estas aves, qué uso les dan a los ecosistemas en los que se mueven e identificar la relación entre su movimiento y la dispersión de semillas, Sasha Cárdenas, magíster en Conservación y Uso de Biodiversidad de la Pontificia Universidad Javeriana, desarrolló un proyecto de investigación entre 2017 y 2019, con la dirección de María Ángela Echeverry-Galvis, profesora de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la misma universidad, y con la colaboración de funcionarios de Parques Nacionales Naturales de Colombia.

“Los guácharos pueden pasar tres, cuatro o cinco días fuera de las cuevas buscando alimento; ellos solo están muy amarrados a las cavernas cuando crían porque allí están sus nidos, probablemente porque en estas zonas se reducen las tasas de depredación”, describe María Ángela Echeverry-Galvis, quien es directora de la Maestría en Conservación y Uso de Biodiversidad de la Universidad Javeriana.

El Parque Nacional Natural Cueva de los Guácharos, ubicado en los departamentos del Huila y Caquetá, fue el lugar elegido por Cárdenas para la implementación de su investigación. El primer paso fue identificar los hábitos diarios de estas aves y para ello ubicó GPS en siete de ellas con la intención de rastrear sus movimientos, comprender su relación con los ecosistemas que habitan e identificar la altitud en la que permanecen.

Luego de días de seguimiento y rastreo, Cárdenas halló que estos pájaros alcanzan distancias de hasta 55 km en busca de alimento, en especial de los frutos de los aguacatillos (Persea caerulea), un árbol propio de Suramérica, reconocido por su abultado follaje, grandes bayas color verde oliva y tronco robusto que les permite a las bandadas de guácharos asentarse sobre ellos.

 

Estudios colombianos y venezolanos sugieren que los guácharos recorren largas distancias, llegando a volar fuera de las cuevas entre 40 km y 300 km diarios.

 

Asimismo, esta bióloga encontró que una vez las aves están fuera de su cueva, prefieren moverse en alturas que oscilan entre 500 m y 2.000 m y sus ecosistemas predilectos son los bosques densos de tierra firme, lo que involucra zonas donde hoy hay cultivos de café y cacao con árboles de gran tamaño, también conocidos como cafetales o cacaotales con sombrío.

“Nosotros tenemos una hipótesis: al haber árboles con troncos grandes, los guácharos no tienen que pasar la noche solos, dado que estos troncos pueden soportar muchos individuos”, puntualiza Echeverry-Galvis, quien también es una apasionada por el avistamiento de aves, en especial de las rapaces y las grallarias o tororois.

caripensis-scollazos
Steatornis caripensis. Fotografía: Sergio Collazos.

Los aspersores de semillas en el sur de los Andes

De acuerdo con el Ideam, en Colombia se deforestaron cerca de 158.894 hectáreas de bosque en 2019, de las cuales 62 % correspondían a la región amazónica. Con esta información y ante el histórico porcentaje de pérdida de cobertura boscosa en este territorio durante 2018 -cerca del 70 %-, Cárdenas se preguntó si los guácharos podrían jugar un papel importante para la dispersión de semillas en bosques fragmentados con el fin de regenerar estos ecosistemas.

Ella se dedicó a averiguar qué tipos de semillas consumen los guácharos, identificar su calidad y capacidad de germinación después de pasar por el tracto digestivo del ave e identificar las zonas donde dispersan las semillas a través sus deposiciones. Para lograr estos objetivos, el equipo investigativo instaló seis trampas cerca de las paredes de la cueva principal del PNN La Cueva de los Guácharos, con el fin de recoger las semillas que depositaban allí. Esto les permitió identificar no solo nueve diferentes tipos de frutos, que posteriormente pasaron por un proceso de monitoreo de seis a diez meses, sino también un 98 % de éxito en su germinación en algunas de ellas.

Y luego, ¡Eureka! Resultó que dos de las nueve semillas de los árboles que germinaron se encuentran en categoría de riesgo de extinción: la palmera Geonoma undate y el árbol Ocotea rugosa, apetecidos por la industria maderera. Ante este hallazgo y luego de identificar que estas aves se mueven en un rango de unos 5.000 km2 pasando noches fuera de la cueva, fue posible concluir que los guácharos tienen el potencial para cumplir un papel importante en la dispersión de semillas de gran tamaño, tanto para aquellas que están en peligro, las cuales en contextos de tala selectiva son más afectadas, como para especies comunes que son importantes elementos de paisajes amazónicos.

 

Una cueva de guácharos puede contener cerca de 100.000 individuos, en promedio.

 

A pesar de que la investigación finalizó en 2019, con este hallazgo el trabajo hasta ahora inicia. Así, el llamado es a comprender que los guácharos son sembradores de la Amazonía y si se pierde este territorio, se desaparecen los servicios ecosistémicos. Además, cabe tener en cuenta que la conservación de los Parques Nacionales no solo corresponde a su territorio interno, también hay influencia de estas reservas al exterior de sus fronteras.

“A futuro quisiéramos ponerles más telemetría a guácharos, ver qué otros sitios ocupan e identificar si pueden llegar más lejos. Además, desearíamos establecer viveros para las semillas que caen en las cuevas, con el fin de que puedan ser plantas que nos ayuden en procesos de reforestación”, concluye María Ángela Echeverry-Galvis.

Expertos javerianos piden revocar la resolución de caza del Anla

Expertos javerianos piden revocar la resolución de caza del Anla

Luis Miguel Renjifo y Ángela María Amaya, profesores de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, explican por qué la Anla no debe permitir a la empresa Tesoros de Colombia Sustainable Farm la caza y recolecta de individuos de diferentes especies de anuros (ranas, sapos), lepidópteros (mariposas) y aves, algunos de ellos amenazados de extinción en Colombia y a nivel internacional, con fines de reproducción en cautiverio.

La Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder) solicitó en octubre pasado al Consejo de Estado que sea suspendida y revocada la licencia ambiental permitida a través de la Resolución 2370 del 3 de diciembre de 2019, aduciendo que cinco de las especies se extraerían de su jurisdicción para ser reproducidas en cautiverio.

Estos dos expertos, autores de distintas versiones del Libro Rojo de las Aves de Colombia,  argumentan en esta videocolumna que al desconocerse el estado poblacional de dichas especies, se debe mantener el principio de precaución, el cual implica que se tomen decisiones con el menor impacto posible sobre la biodiversidad. Por tal motivo, invitan a la Anla a que revoque dicha resolución.

En el siguiente video se encuentran esta y otras razones técnicas expuestas por los científicos  Renjifo y Amaya.

¡Que los corales del Pacífico sigan gozando de buena salud!

¡Que los corales del Pacífico sigan gozando de buena salud!

Los corales son a los arrecifes lo que los árboles son a los bosques. Con esa descripción, Mateo López-Victoria representa el valor que tienen esos ecosistemas marinos para la conservación de la biodiversidad del país.

Él, biólogo marino de profesión y profesor de la Pontificia Universidad Javeriana seccional Cali, lidera una iniciativa pocas veces vista en Colombia: la restauración de arrecifes coralinos en Parques Nacionales Naturales ubicados en aguas del océano Pacífico.

Este proyecto surgió hace cinco años del análisis de la degradación que sufren los corales ubicados en el Caribe y en otros lugares del mundo, situación que creen tarde o temprano llegará a las aguas del Pacífico debido, por ejemplo, al calentamiento global y la contaminación.

“Esos procesos de restauración son preventivos, para que cuando llegue el coletazo del deterioro de los arrecifes al Pacífico colombiano, nosotros ya estemos preparados y no empecemos a reaccionar, quizá muy tarde, sobre la marcha del deterioro”, explica López-Victoria.

Él agrega que es necesario anticiparse y prepararse científicamente con el fin de tener suficientes elementos para tomar decisiones con base en procesos que ya hayan probado ser exitosos. Por eso enfocan sus esfuerzos en el conocimiento de especies, técnicas para propagarlas y seguimiento a su desarrollo y desempeño en procesos de restauración aplicados, siempre en las condiciones naturales dentro del Parque, no en un laboratorio.

Gracias a esta exploración, científicos, profesores y estudiantes han logrado conocer profundamente cinco especies de coral, de 15 que tienen en el radar porque ellos son fundamentales para la salud de los mares, de acuerdo con el investigador javeriano. “Los arrecifes coralinos son el ecosistema más biodiverso que hay en el planeta. Por metro cúbico tienen más diversidad que las selvas húmedas tropicales. No hay nada más diverso en número de especies que un arrecife coralino”, complementa.

Incluso, López describe un fenómeno positivo que se da en aquellos presentes en los Parques Nacionales como Gorgona y Utría. Según sus análisis, en ellos se da un ‘efecto de desborde’, es decir, hay unos excedentes en peces, moluscos y otros seres producto de la reproducción que realizan en esas áreas protegidas, por lo que miles de ellos llegan a los lugares cercanos donde está permitida la pesca y extracción de recursos, beneficiando así a miles de personas.

Escalas de investigación

Todos los actores que participan en esta cruzada por la conservación de los arrecifes trabajan a diferentes escalas investigativas.

La primera de ellas tiene un énfasis en los trabajos de grado de los estudiantes, los cuales se ejecutan entre seis y 12 meses. “Ellos plantean una pregunta específica sobre la restauración del coral. A partir de eso identificamos la especie, la fragmentamos, probamos los sustratos en los cuales se siembra el coral, técnicas de pegado y cómo se construyen esos sustratos. De ahí se desprende cuáles son los tamaños ideales de corte para que el coral se desarrolle y tenga una alta tasa de supervivencia”, describe el biólogo.

La segunda escala consiste en integrar los resultados de los análisis e investigaciones en función de una pequeña área o arrecife que se quiera restaurar. Por ejemplo, en el Parque Gorgona se ejecutan acciones en el sector de El Remanso, un lugar donde hubo coberturas de coral, pero que se deterioraron en la década de los ochenta por el daño ambiental que sufrió la isla en tiempos en que funcionó el penal, y como consecuencia de fenómenos climáticos que están terminando de entender.

La tercera fase, que es la más robusta, es el programa de restauración de los arrecifes del PNN Gorgona. Este programa es ejecutado por representantes de la Javeriana Cali, como Juan Felipe Lazarus; Fernando Zapata, de la Universidad del Valle; Valeria Pizarro, de la Fundación Ecomares, y los funcionarios Luis Payán y Héctor Chirimías, del Parque Nacional. El objetivo es aplicarlo durante cinco años estableciendo proyectos piloto, e involucrar a otros actores como turistas, pescadores, escuelas de instrucción de buceo y otros científicos.

Además de replicar esta misma experiencia científica en Parques como Utría y Malpelo, López afirma que este modelo también puede servir como ejemplo de recuperación de ecosistemas de otro tipo, pues empodera a comunidades, estudiantes, científicos y pescadores de distintas regiones.

Programas de conservación de especies y legislación: ¡sí funcionan!

Programas de conservación de especies y legislación: ¡sí funcionan!

Muere el último ejemplar de una especie y hasta ahí llegó su existencia en el planeta. Desaparece y solo queda en el recuerdo, en los últimos registros fotográficos, en pinturas, en colecciones biológicas o en museos de historia natural. Con la especie desaparecen también algunas de las funciones que cumplen en los ecosistemas. Pero cuando se les sigue la pista, se monitorean, se identifican las causas que conllevan la disminución en sus poblaciones y se inician acciones para conservarlas, la historia toma otro rumbo.

Un estudio que revisó las especies de aves y mamíferos reportadas en estado inminente de extinción encontró que los programas de conservación y las legislaciones que protegen la biodiversidad funcionan: entre 28 y 48 especies que estaban en el riesgo más crítico de desaparecer aún están vivas y se han ido recuperando, como el loro orejiamarillo colombiano, el charrán chino o la cigueñuela negra neozelandés, entre las aves, y de los mamíferos el hurón patinegro de Norteamérica, el lince ibérico o el conejo ribereño surafricano.

En el caso del loro colombiano, la especie no se extinguió “por una combinación de medidas de conservación en las tres cordilleras y el hallazgo de nuevas poblaciones en la cordillera oriental”, de acuerdo con el vicerrector de investigación de la Pontificia Universidad Javeriana y coautor del estudio, Luis Miguel Renjifo.

Para definir las especies a estudiar, los 46 autores del artículo científico, publicado en Conservation Letters, tomaron como base 1993, año en el que entró en vigor el Convenio sobre Diversidad Biológica, así como el 2010, cuando se define el Plan Estratégico para la Diversidad Biológica (más conocido como las 20 metas Aichi), cuya Meta 12 indica que para 2020, “se habrá evitado la extinción de especies en peligro identificadas y su estado de conservación se habrá mejorado y sostenido, especialmente para las especies en mayor declive”.

“La tasa de extinción habría sido entre tres y cuatro veces mayor para el período 1993 – 2020, y entre 12 y 26 veces mayor en el período 2010 – 2020”, si no se hubieran adoptado medidas para salvarlos, concluyen los investigadores.

La información de las listas rojas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que muestra el grado de amenaza de las especies, fue el primer insumo para incluir las especies candidatas. Luego fueron reduciendo la muestra a aquellas que contaban con menos de 250 individuos maduros en 1993, quedando 368 aves y 263 mamíferos.

De ellas identificaron las que tenían amenazas persistentes y alguna medida de conservación vigente, quedando 48 aves y 25 mamíferos. Con toda la información recopilada, y luego de consultar a más de 130 expertos sobre el estado de esas poblaciones y la posibilidad de que se hubieran extinguido de haberlas dejado sin medidas de conservación, quedaron de finalistas 39 especies de aves y 21 de mamíferos.

Entre las acciones para protegerlas los autores destacan el control de especies invasoras, programas de conservación en los zoológicos, la protección del ecosistema, legislación al respecto y la reintroducción de las especies a sus hábitats naturales.

El estudio podría incluso subestimar los efectos de la conservación, dice Renjifo, porque es posible que otras excluidas de la muestra también se pudieron haber extinguido en el período 1993 – 2020. “Lo que pasa es que no fueron analizadas porque se escogieron las especies que estaban en la mayor inminencia de extinción”, agrega.

La afectación a los ecosistemas por la agricultura y la acuicultura, las especies invasoras y la caza son las principales amenazas que sufren aves y mamíferos, es decir, todas ellas son actividades producidas por la actividad humana.

En Colombia, dice María Piedad Baptiste Espinosa, investigadora adjunta del programa de Ciencias de la Biodiversidad del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, “tenemos programas nacionales o estrategias de conservación, siempre guiados por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible”, para el oso andino, el manatí, el cóndor andino, y otros que agrupan varias especies como el de felinos de Colombia o el de mamíferos acuáticos, por mencionar algunos ejemplos.

Los resultados del estudio “evidencian y hacen tangible cómo contribuyen ciertas herramientas de conservación en aves y mamíferos, lo cual es valioso porque demuestra que han funcionado”, dice Baptiste.

En diálogo con Pesquisa Javeriana, Phil McGowan, investigador de la Universidad de Newcastle en Inglaterra y líder del estudio con su colega Rike Bolam, llamó la atención sobre la tasa de extinción natural que, dijo, es muy baja comparada con la forma como el planeta está perdiendo especies actualmente por culpa de la actividad humana: “se estima que la tasa es cien o mil veces mayor a la tasa natural”.

Las especies vivas interactúan entre ellas y proveen beneficios para la humanidad, coinciden los tres entrevistados, y mencionan como ejemplo la polinización y la dispersión de semillas. “Si la tasa de extinción sigue siendo mucho más alta que el nivel natural de extinción”, explicó McGowan, “corremos el riesgo de perder tantas especies que cumplen funciones críticas en nuestro planeta, pérdidas que se pueden sentir a nivel local, regional o potencialmente global, y pueden ser de forma lenta e incremental, en lugar de una sola gran llamada de alarma”.

El informe de la Quinta Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica de Naciones Unidas, presentado el pasado 15 de septiembre, destaca los resultados del estudio cuando menciona los avances realizados en la implementación de las 20 metas Aichi para la biodiversidad en el 2020 que, dicho sea de paso en su mayoría no se han cumplido.

“El estudio demuestra que trabajar por la conservación de esas especies evitó su extinción”, concluye Renjifo; “o sea, vale la pena hacerlo”.

Águila crestada: un depredador en peligro de extinción

Águila crestada: un depredador en peligro de extinción

Con una canasta amarrada al tronco de su cuerpo, Pilio recorre los cafetales del sur de Antioquia recogiendo uno a uno los granos de café, al tiempo que Isabel, su esposa, alimenta con ‘puchos’ de avena y trigo a sus gallinas. Esta tarea la realizan desde hace más de 40 años, al ritmo de bambucos y pasillos, entre los cerros de Jardín, un pueblo ubicado a 134 kilómetros de Medellín. Para ella, las gallinas son su vocación pues además de ser su compañía se han convertido en fuente de alimento al poner cerca de 300 huevos al año. Sin embargo, el vuelo diario de un ave rapaz sobre su finca se ha convertido en un problema. Se trata del águila crestada, una especie que debido a la deforestación de zonas boscosas busca su alimento en hábitats rurales, y que actualmente está en peligro de extinción según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Tanto para Isabel como para Pilio y muchos campesinos más, esta ave representa una amenaza para la supervivencia de los animales domésticos en sus fincas, razón por la que hay una tendencia a matarlas. Debido a ello, con la intención de promover decisiones basadas en evidencia científica para mejorar las interacciones entre las personas y la naturaleza, Juan Sebastián Restrepo-Cardona, magíster en Conservación y Uso de Biodiversidad de la Pontificia Universidad Javeriana, se ha dedicado a estudiar por más de cuatro años nidos del águila crestada en los departamentos de Antioquia, Boyacá, Cundinamarca y Huila. Su propósito: analizar los factores socio-ecológicos que influyen en el conflicto entre los campesinos y el águila, y al mismo tiempo desarrollar un trabajo educativo en el que las comunidades den un significado a la vida silvestre a partir de ejercicios de ciencia participativa.

“Este es un proyecto muy enriquecedor porque trabajamos de la mano con las comunidades locales. Son los campesinos quienes nos dicen dónde están los nidos de las águilas, ya que esta es una especie de paisajes rurales y son las personas quienes están interactuando con ellas todo el tiempo. Los pobladores participan durante todo el proceso, son la clave para la conservación del águila”, afirma Restrepo-Cardona, biólogo de profesión.

Una parte del proyecto consiste en identificar la ubicación geográfica de los nidos de esta especie para colectar información sobre las presas con las cuales los adultos alimentan a sus polluelos durante los periodos de crianza, para posteriormente cruzar esos datos con los cambios del paisaje del ecosistema de la región. De ahí que, si bien los mamíferos arbóreos como perros de monte, micos, monos y zarigüeyas, entre otros, son fundamentales en su dieta, la reducción del bosque es un factor que lleva a esta águila a depredar aves de corral, especialmente gallinas (Gallus gallus). A esto se suma que por la deforestación la especie ha perdido el 60.6% de su hábitat original en el país. Con este resultado, el egresado javeriano y sus colaboradores hicieron una publicación en la revista Tropical Conservation Science en 2019 con el artículo Deforestation may trigger Black-and-chestnut Eagle predation on domestic fowl.

“La deforestación es una de las causas de la depredación de gallinas por el águila y encontramos evidencia científica que nos ayuda a soportar esto”: Juan Sebastián Restrepo-Cardona.

Por su parte, para identificar la percepción que las comunidades locales tienen sobre este animal, Juan Sebastián Restrepo trabajó con la organización The Peregrine Fund y la asesoría de Luis Miguel Renjifo y María Ángela Echeverry, de la Universidad Javeriana, en la implementación de 267 encuestas a personas mayores de 14 años en cuatro municipios elegidos para el estudio. Con este ejercicio, este egresado de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales encontró que en su mayoría la percepción de los campesinos hacia el águila era negativa por factores socio-demográficos como el manejo dado a las gallinas en las fincas y el género, debido a que una mujer rural como Isabel, en este caso, es quien vive de primera mano la experiencia de pérdida de sus aves domésticas por cuenta del águila crestada.

aguila-crestada-en-peligro-en-colombia
Estimativos indican que la población colombiana de águila crestada oscila entre 160 y 360 parejas. Foto: Felipe Quintero

 

El conflicto entre los campesinos y el águila crestada

De acuerdo con los datos presentados en el Libro rojo de aves de Colombia, se estima que en la actualidad existen menos de 1.000 águilas crestadas en el mundo, distribuidas en la cordillera de los Andes y la Sierra Nevada de Santa Marta. Los interesantes resultados presentados en la primera etapa de su tesis de maestría llevaron a Restrepo-Cardona a preguntarse si la persecución por depredación de gallinas era una amenaza importante para Spizaetus isidori en el país.

Para validar esta pregunta, el investigador recurrió a archivo histórico, ejemplares de especies conservados en colecciones biológicas de varias universidades y centros de investigación del país, conocedores de la especie, bases de datos de corporaciones autónomas regionales y literatura profunda sobre el tema. El resultado fue revelador ya que, entre 1943 y 2019, los registros presentaron 81 casos de águilas que murieron o fueron capturadas: 47 ejemplares que recibieron disparos, 16 fueron capturadas (3 para ser traficadas) y dos se electrocutaron con líneas eléctricas de alta tensión.

Con esta información, Restrepo-Cardona y sus colaboradores concluyeron que la persecución hacia el águila ocurre como una prevención o represalia ante la depredación de gallinas, siendo la principal causa de mortalidad para la especie en Colombia, en donde ha perdido el 60.6% de su hábitat original y enfrenta otras amenazas como la electrocución y el tráfico ilegal. Con base en estos resultados, la revista PLOS ONE publicó en enero de 2020 el artículo Human-raptor conflict in rural settlements of Colombia, en el que está consignado el estudio.

 

De las 63 águilas que recibieron disparos o fueron capturadas, en el 60% la excusa fue la depredación de gallinas. Además, el 53% de los eventos ocurrieron entre 2000 y 2019.

 
Águila crestada observando. Paisaje colombiano
Entre 2014 y 2019, al menos 23 águilas fueron cazadas o capturadas ilegalmente en Colombia. Foto: Felipe Quintero.

 

Una responsabilidad de carácter social

A pesar de que los resultados de esta investigación son desalentadores en materia de supervivencia del águila crestada, existen oportunidades para lograr la conservación de esta especie. Por eso, surge un llamado urgente a tomar acciones para mitigar y prevenir el conflicto humano-águila en territorios reproductivos de esta ave a partir las siguientes recomendaciones:

  1. Mantener o incrementar los bosques.
  2. Aumentar las poblaciones de mamíferos arbóreos que ejercen el rol de presas.
  3. Reducir la exposición de aves domésticas con el uso de corrales adecuados.
  4. Otorgar compensaciones económicas a los campesinos al sufrir la pérdida de gallinas por ataques del águila, como en el posible caso de Pilio e Isabel.
  5. Desarrollar programas educativos e investigaciones socio-ecológicas.
  6. Implementar un trabajo pedagógico con comunidades locales.

 

“La planeación efectiva para la conservación del águila debe ir más allá del sistema de áreas protegidas e integrar enfoques socio-ecológicos en prácticas de conservación en paisajes dominados por humanos”, añade Restrepo-Cardona, quien actualmente participa en un proyecto de colaboración internacional para la conservación del águila crestada en Suramérica.

 

aguila-crestada-en-peligro-en-colombia-2
El trabajo en paisajes rurales es fundamental para la conservación del águila crestada en Colombia. Foto: Juan Carlos Noreña[/caption]