¡Del Continente Blanco al trópico!

¡Del Continente Blanco al trópico!

Mientras escribo las líneas de esta columna, estamos en medio de la pandemia del coronavirus, el cual ha venido en ascenso exponencial. Además, me entero de que Colombia cerraron la frontera y yo aún estoy en el extranjero. No logré entrar a mi país. Sin embargo, creo que lo mejor que podemos hacer es no entrar en pánico, estar en unión familiar, tranquilizarnos, respirar, pensar positivo, disfrutar cada día que la vida nos brinda y acatar las medidas necesarias para no seguir dispersando el virus.

Les quiero compartir la última aventura que la vida me regaló. Luego de terminar mi increíble experiencia en el lugar más hermoso de la Tierra, la Antártica, fui a un lugar un poco más cálido y un poco más cerca de nuestro país. Visité otro magnífico territorio, el archipiélago de Puerto Rico, localizado en el Caribe Tropical. Logré visitar la isla principal y dos más pequeñas: Vieques y Culebra.

La hermosa San Juan y sus fuertes
La hermosa San Juan y sus fuertes

Allí tuve la oportunidad de caminar por la hermosa capital, San Juan. Su arquitectura me recordó un poco a Cartagena, probé el famoso y delicioso mofongo, parecido a un puré, pero de plátano o de yuca. Además, en la isla Culebra, realicé una de las cosas que más me gusta hacer: bucear. Pude observar diferentes especies de peces y de corales, éstos últimos son invertebrados marinos que viven en colonias, conformadas por muchos individuos idénticos llamados pólipos, los cuales miden pocos milímetros de diámetro y pocos centímetros de longitud. Cuando estaba estudiando biología, tomé una electiva en ecología marina y pude aprender mucho sobre los corales. En esta ocasión, me llamó mucho la atención una en especial, Montastraea cavernosa (fotografía del banner). Es realmente hermosa y común en el Caribe; desafortunadamente, me llama la atención ver varias colonias con signos de blanqueamiento.

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Los arrecifes de coral son muy importantes para los ecosistemas marinos y para las personas cumplen varias funciones; una de ellas es servir como barrera, protegiendo así las costas de la erosión. Se calcula que son hábitat para el 25% de las especies marinas, incluyendo las que consume el hombre. El blanqueamiento de coral es una enfermedad que sufren cuando las condiciones de su hábitat se ven afectadas, como el aumento de la temperatura del océano por el calentamiento global, la contaminación, el incremento de la radiación solar y las tormentas. Todo esto les causa un estrés considerable. Un coral saludable mantiene una relación simbiótica de mutualismo (interacción biológica estrecha entre dos organismos, en la cual ambos se benefician) con una especie de alga; cuando ocurre algún cambio en el ambiente el alga abandona el coral, el cual se torna blanco, débil y más susceptible a enfermedades. Si los corales desaparecen, se verían afectados todos los ecosistemas y animales marinos de todo el planeta.

También pude oír el hermoso canto de la ranita coquí durante la noche. Es endémica de Puerto Rico y recibe su nombre por la llamada que hacen los machos de dos especies, las cuales suenan como “co” y “qui”. La que se puede observar con mayor frecuencia es la coquí común (Eleutherodactylus coqui). Este anfibio se ha convertido en un símbolo para la isla y su canto aparece en algunas canciones de varios artistas como Rubén Blades y Calle 13.

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Ranita coquí (Eleutherodactylus coqui).

Además, realicé una caminata por el Parque Nacional El Yunque, un bosque lluvioso tropical muy bonito y lleno de vida. Tiene un área de 113 km2, con más de 39 kilómetros de senderos ecológicos. En uno de ellos pude observar un reptil nativo de la isla llamado comúnmente anolis, porque pertenece a este género. En la foto pueden ver el anoli de hierba de tierras altas (Anolis kugri). Esta especie se alimenta de insectos como cucarrones y hormigas, arácnidos como garrapatas y arañas y pequeños gusanos. Los pude ver saltando entre las hojas de los arbustos y árboles. Cuando me acercaba para tomarles fotografías se quedaban totalmente inmóviles.

El recorrido por Puerto Rico, verde y sonoro, fue realmente enriquecedor y totalmente diferente a la experiencia de la Antártica.

La casa es de todos

La casa es de todos

De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud (INS), entre 2013 y 2015 se reportaron más de 1.100 casos de intoxicación por mercurio en Colombia, alcanzando su pico en 2014 con 779 registros; ante esta situación, y con el fin de mitigar el impacto de inhalar el vapor de este metal, especialmente en el caso de los mineros, desde 2013 (Ley 1658 de ese año) el Gobierno nacional ordenó erradicar el uso de mercurio en la minería a 2018.

Sin embargo, esta tarea no se ha cumplido a cabalidad porque no fue sino hasta el pasado 7 de noviembre del 2018 que el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible presentó por primera vez el Plan de Acción Sectorial Ambiental de Mercurio para erradicar este metal en el país con miras a 2023 y con la responsabilidad de buscar financiación internacional para conseguirlo. Las zonas más vulnerables donde se realiza la minería ilegal son Bolívar, Santander, Nariño, Chocó, Antioquia y Cauca, por lo que se requiere de actividades de investigación, prevención y pedagogía con la intención de suprimir este elemento tóxico que es “perjudicial para los sistemas nervioso e inmunitario, el aparato digestivo y los pulmones y riñones, con consecuencias a veces fatales”, como afirma la OMS.

Como alternativa a esta práctica, Heyler Serbando Moreno, representante legal del Consejo Comunitario Mayor del Alto San Juan – Chocó (ASOCASAN), explicó el proyecto Oro verde, que ha desarrollado unidades productivas en torno a prácticas de minería y agricultura para que la extracción del oro no compita con la conservación del ecosistema, sino que sea considerada como una actividad sostenible. En su opinión, “toda la minería puede ser sostenible si se tienen en cuenta a los actores que en ella convergen. Esto significa que, como consejo comunitario, tratamos de fortalecer la minería artesanal pero conservando lo verde que tenemos en el territorio”. Es decir, no es lo mismo trabajar con máquinas como las que usa la minería mecanizada o ilegal a practicarlo con bateas, tal y como lo hacen en el territorio, afirmó.

Así lo explicó en el marco del seminario ‘Enfoques y prácticas de conservación ambiental: lecturas desde Laudato Si’, un espacio diseñado por la Pontificia Universidad Javeriana para comprender la responsabilidad social que hay en torno a la conservación del ecosistema y conocer el resultado de prácticas de protección ambiental en Colombia a partir de proyectos de investigación de las comunidades. Cabe destacar que este encuentro hace parte de una serie de conferencias propuestas por la Javeriana para poner sobre la mesa temas relacionados con el cuidado de la casa común, es decir, el planeta y sus ecosistemas.

Este evento se llevó a cabo el pasado martes 2 de abril y contó con la presentación de ocho experiencias de conservación ambiental narradas por sus actores en diversos escenarios geográficos: Boyacá, Risaralda, Chocó, Amazonas, Cundinamarca, Bogotá y la costa Caribe. Su tema central fue la ‘conservación’ y su relación con prácticas como agricultura, ganadería, minería, turismo, cuidado de especies silvestres, conocimiento ancestral, investigación y ecología urbana.

La intervención sobre conservación y agricultura estuvo a cargo de Luz Marina Peralta, agricultora y miembro de la iniciativa Agroecología y tubérculos andinos en Turmerqué y Ventaquemanda, que ha fomentado la conservación y uso de tres especies nativas de la zona andina: la ibia, el cubio y la ruba, para reconocer la variabilidad morfológica de estos alimentos, las prácticas de cultivo, sus usos y valoraciones respecto a nutrición y seguridad alimentaria, al igual que “crear huertas caseras, campañas de reciclaje y talleres con los niños de la zona para que se apropien del conocimiento y le tengan gusto a estos alimentos y no a los comerciales, como las hamburguesas, que están de moda”.

El cuidado de especies silvestres se abordó desde del proyecto Conservación del caimán aguja (crocodylus acutus) en los manglares de la Bahía de Cispatá, en Córdoba, y estuvo a cargo del pescador Jorge Díaz Martínez y el coordinador de la iniciativa, Giovanni Ulloa. Su labor se ha orientado a la recolección de especímenes que están en peligro y, de ahí, la reflexión sobre la preservación ambiental y su relación con la encíclica Laudato Si’: «Un error que suelen cometer los investigadores es ignorar el conocimiento de las comunidades sobre su cotidianidad con el ecosistema […] entonces, si no se les da valor a sus prácticas, la biodiversidad no se va a poder cuidar”.

Sobre este mismo tema, el Capitán Francisco Arias, director general del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andréis (Invemar), aseveró que urge la tarea de formar una conciencia colectiva en Colombia sobre la preservación de los ecosistemas, no solo terrestres sino también marinos, ya que, por ejemplo, las playas son un ecosistema altamente amenazado con el turismo, por eso el 17% de la costa del Caribe colombiana está en proceso de erosión severa. Adicionalmente, Arias señaló que Colombia tiene alrededor de 43 mil hectáreas de pastos marinos en el Caribe y esta cifra corresponde a la mitad de los que se tenía a inicios del siglo XX; actualmente, el lugar más crítico es la bahía de Cartagena.

El fin y compromiso con este encuentro es hacer un llamado a la comunidad, mediante experiencias positivas en conservación, para asumir un rol de cuidador y protector de la casa común como se destaca en Laudato Si’: “Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente […] Todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades”. No en vano, la Organización de las Naciones Unidas anuncia periódicamente problemáticas medioambientales que ponen en jaque a la humanidad: nueve de cada 10 personas respiran aire contaminado debido a las emisiones del tráfico, la industria, la agricultura y la incineración de residuos, y más de 3.000 millones usan combustibles contaminantes al interior de sus hogares para cocinar y calentarse.

“El empoderamiento es la mejor herramienta para la conservación del ecosistema; no se debe desconocer que los tiempos del hombre no son los tiempos de la naturaleza, por eso nuestra tarea inicia con la revolución de las cosas pequeñas para aportar cambios positivos que le hagan bien nuestra esta casa común”, concluyó Harvy Murillo, director de la Asociación Comunitaria Yarumo Blanco, tras socializar su experiencia sobre el turismo y la conservación en el Santuario de fauna y flora Otún Quimbaya, en Pereira.

 


El próximo lunes 8 de abril en Bitácora, programa de difusión científica de Javeriana Estéreo, Heyler Serbando Moreno contará las experiencias y el trabajo del Consejo Comunitario Mayor del Alto San Juan – Chocó (ASOCASAN) en torno a la agricultura y la minería sostenibles. Escúchelo a partir de las 8:00 p.m. en la frecuencia 91.9 de FM, en Bogotá.

El sonido de las palabras en el Hay Festival

El sonido de las palabras en el Hay Festival

El Hay Festival es un encuentro de relatos del mundo desde diferentes miradas y expresiones humanas. Todas las historias se entrecruzan en el Caribe y este lugar se convierte en su epicentro. Y es que el Caribe es esa porción de mundo en el mar en la que todos los continentes convergen y surgen culturas diversas que nos llevan a África, Europa y Asia, pero que no se desprenden de América. Desde el Caribe colombiano, el Hay Festival nos hace una invitación que se convierte en lema: “Imagina el mundo”. Hagamos, pues, el ejercicio.

Imagina el mundo. Imagínalo desde la palabra, el sonido, el gusto, la imagen o el color. Ahora, imagínalo desde el gran Caribe. Allí, entre tierra y agua surge el mundo. Las islas brotan como flores sobre el mar, las costas se mojan en ríos de dulce y océanos de sal. El mundo se despierta con el sol y en la noche la marea le canta un arrullo, entonces todo vibra con la frecuencia de las olas. La música está implícita en la esencia del mar Caribe, porque suena por sí solo. Y allí aparece el son y la cumbia, la salsa y el merengue, el calipso, el reggae. Imagina el mundo y prescinde de todo, menos del sonido. Porque todo lo que existe vibra, y todo lo que vibra suena.

De esa región Caribe es protagonista una de las invitadas musicales al Hay Festival: Totó la Momposina, la gran cultora de la cumbia. Si pensamos en su música, encontramos mestizaje y herencia, pero sus canciones son, antes que nada, literatura. Como poemas, Totó canta versos sencillos y reales, que ha tomado prestados de autores como José Barros para inmortalizarlos. Rima el primero con el tercero, y el segundo con el cuarto para describir su entorno. Las letras son su manera de imaginar el mundo y de hacerlo sonar de acuerdo con su experiencia. Evoca siempre a la naturaleza porque toda su vida ha estado en contacto con ella. Nacer en medio del Magdalena, en una tierra calurosa y tostada por el sol, la lleva a cantarle al Aguacero e’ mayo, a la Candela Viva, a La verdolaga o a El pescador, que narra la cotidianidad de regiones bordeadas por agua: “Habla con la luna, habla con la playa / no tiene fortuna, solo su atarraya…”

Escuchar la música de Totó es remitirse a su entorno, pero, sobre todo, sentirlo. Su música es universal porque es honesta, sin pretensiones; porque los ritmos caribeños nos tocan a todos, pues es ese lugar del mundo donde confluyen los continentes; porque canta a la tierra, que, como el sonido, es parte esencial de nuestra existencia. Totó la Momposina hace literatura que suena y por eso su presencia en el Hay Festival era necesaria para hablar del mundo. La música, acompañada de la palabra, trasciende el discurso y nos permite ir más allá de imaginar el mundo; nos hace sentirlo.

 


*Comunicadora social y música javeriana.

Territorios afrocaribeños: una titulación colectiva aún incierta

Territorios afrocaribeños: una titulación colectiva aún incierta

Las más recientes noticias sobre la comunidad de Orika en las Islas del Rosario no se refieren a su ubicación paradisíaca; son titulares de prensa como: “Comunidad Orika por fin recibe titulación colectiva en Isla Grande” y “El lío de los terrenos baldíos de Orika”.

Los artículos reseñan la victoria de una comunidad afrodescendiente que desde 2006 luchaba para que el Estado le concediera la titulación colectiva del caserío que ha habitado ancestralmente, Orika, ubicado en Isla Grande, en el archipiélago Islas del Rosario, zona insular de Cartagena, Colombia.

Tras verse rodeados de hoteles y casas de recreo, y de enterarse de que el antiguo Incora les cobraría arriendo por habitar esos terrenos, sus habitantes solicitaron la titulación, pero se las negaron con el argumento de que pedían baldíos reservados pertenecientes a la Nación (que no se pueden titular). En declaraciones al periódico El Espectador, Hernando Gómez, líder de la comunidad, aseguró que muchos se enfermaron. “Era preferible morirnos a que nos sacaran de aquí, porque todo lo que nosotros queremos está en estas islas”, relató al medio. Fue cuando acudieron a la Corte Constitucional, que accedió a sus pretensiones en 2012. La decisión se oficializó en septiembre de 2015.

Este caso resume la mayoría de obstáculos que enfrentan las comunidades afro para que les titulen tierras por fuera del Pacífico, escollos que ha identificado el Observatorio de Territorios Étnicos y Campesinos (OTEC) del Departamento de Desarrollo Rural y Regional de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana.

El primer inconveniente, según Johana Herrera Arango, investigadora del OTEC, es un concepto cerrado de la legislación sobre lo que es una comunidad afrodescendiente, pues para redactar la Ley 70 —o de comunidades negras— el principal referente fue el Pacífico. Por eso, al tratar de aplicarla en otras zonas donde viven estas poblaciones, surgen dificultades, dado que sus características son diferentes. De eso se dio cuenta el Observatorio y fue uno de los motivos por los que se embarcó en un proyecto en el que trabajó con alrededor de mil integrantes de Consejos Comunitarios del Caribe y los valles interandinos del Cauca para cualificar sus conocimientos en administración y cuidado de los territorios y en la búsqueda de la propiedad colectiva. “Para que puedan ejercer sus derechos en diálogo con otro tipo de políticas que a veces no tienen en cuenta el contexto local”, precisa.

La profesora señala más obstáculos: las variadas interpretaciones que los funcionarios hacen de la Ley y los intereses económicos sobre las tierras y los recursos naturales. Esto último, en el caso del Caribe, se evidencia con los grandes capitales que persiguen proyectos turísticos y, en el Cauca, con la minería y las grandes empresas cañeras.

“Hay pretensiones de modelos de desarrollo que chocan con los intereses de administrar colectivamente un ecosistema, de proteger un manglar; eso no tiene mucho sentido para un hotel cuando lo que quiere es despejar la playa y adecuarla con fines turísticos. Nos dimos cuenta de que ese era un argumento fuerte para rechazar las titulaciones colectivas”, precisa la investigadora. “A la gente le decían: ¿cómo va a solicitar en titulación colectiva una playa cuando la está pidiendo una cadena hotelera para una concesión? Tienen prioridad ciertos modelos de ocupación como los turísticos y mineros”.

Hay situaciones de las comunidades que también dificultan el proceso: la falta de relevo generacional en el liderazgo y la prevención que genera la titulación entre algunos integrantes, que creen que esta significa perder los derechos individuales sobre la tierra, lo que es errado, porque el título colectivo protege el conjunto de derechos individuales y los espacios de uso común como ríos y bosques.

¿Por qué es importante la titulación?

Las comunidades afrodescendientes y el conocimiento histórico que han acumulado, explica la profesora, han hecho que Colombia alcance importantes niveles de conservación de la biodiversidad, así que reconocerles sus derechos territoriales permite entender cómo los procesos de poblamiento y los sistemas de uso han contribuido a la conservación de importantes ecosistemas.

Reconociendo el valor de ese conocimiento profundo que tienen sobre el territorio que habitan, el grupo de la Universidad Javeriana ha realizado, desde el 2009, ejercicios sistemáticos de investigación participativa para hacer la caracterización cartográfica, histórica y demográfica, con el fin de delimitar con precisión los territorios con los que cuentan y para que se documentara, por ejemplo, su evolución histórica a la hora de gestionar el reconocimiento ante el Estado. Al tiempo, han capacitado alrededor de 250 personas en las promociones del diplomado Herramientas para la autonomía territorial tanto en el Caribe como en el norte del Cauca.

“Le entregamos al Estado un concepto interdisciplinario para mostrar que sí es viable la titulación colectiva”, explica Herrera. “Es un concepto sociojurídico y ambiental, un resultado académico, una discusión teórica contextualizada de por qué consideramos que, después de todo este recorrido, es viable titular colectivamente; para qué le sirve la titulación colectiva al Estado; qué aportes trae a las comunidades y por qué no pueden seguir negando solicitudes”. Uno de los objetivos era demostrar que la Ley también se puede aplicar fuera del Pacífico, así que le entregaron ese concepto al Incoder (hoy Agencia Nacional de Tierras), con el que hicieron mesas de trabajo.

Gracias a proyectos como este, el Observatorio es hoy referente de la Corte Constitucional, de jueces de restitución de tierras y de otros tribunales para fallar demandas de titulación de predios. Cada vez más les solicitan estos conceptos.

Este trabajo, cofinanciado por Agricultural Cooperative Development International (ACDI) y Volunteers in Overseas Cooperative Assistance (VOCA), dejó resultados académicos tangibles, como colecciones de mapas y cartillas que se realizaron con las comunidades y para ellas, además de ocho solicitudes de titulación que se iniciaron en 2015 en Barú; esto cobra mucha importancia porque en el Caribe solo se han otorgado cuatro títulos colectivos que no suman tres mil hectáreas, mientras que en el Pacífico son alrededor de cinco millones las hectáreas tituladas.

“Estas investigaciones de largo alcance facilitarán mejores respuestas institucionales”, argumenta la profesora; “el Observatorio busca que el conocimiento que coproduce con las comunidades devenga en posibilidades de protección y reconocimiento de los espacios tradicionales de los afrodescendientes”.

El OTEC traspasa fronteras

Desde 2013, el Observatorio es miembro de la Red Latinoamericana de Observatorios de la Tierra y el Territorio, una iniciativa de instituciones de investigación y universidades de América Latina que hace seguimiento permanente a los principales procesos, conflictos y actores relacionados con gestión de la tierra, el territorio y los recursos naturales vinculados. Constantemente presentan informes sobre el estado de bosques, agua, turismo, reforma agraria y minería.

Desde el Observatorio siguen investigando el aspecto de la tierra en Colombia, un problema que atraviesa la historia de violencia en el país y que ahora está entre los puntos cruciales de la mesa de diálogos de paz en La Habana. Investigación convertida en hechos tangibles que contribuyen a la construcción de una sociedad más equitativa.

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Transformaciones culturales de la geografía colombiana

Transformaciones culturales de la geografía colombiana

Desde el periodo colonial, empezaron a circular ciertas representaciones sociales sobre las poblaciones, que apelaban a las influencias de los climas, los paisajes y los particulares tipos de mestizajes. De esta manera, se fueron estableciendo asociaciones entre ciertos lugares y las características de la gente que los habitaba, lo cual se acentuaba por el aislamiento derivado de la particular geografía del país y los ineficaces esfuerzos para posibilitar su comunicación. “Muchas de estas representaciones”, dice el antropólogo javeriano Eduardo Restrepo, “tienen sus orígenes en concepciones propias del determinismo climático, geográfico o racial, hace mucho tiempo refutadas por la ciencia”.

Biodiversidad, multiculturalismo y patrimonio fueron los tres ejes de la investigación “Identidades regionales en los márgenes de la nación. Políticas y tecnologías de la diferencia en el Caribe, los Llanos Orientales y el Pacífico”, en la que confluyeron distintos estudios de las universidades Javeriana y Magdalena, para evidenciar, como concluye el trabajo, que “desde las mismas regiones o desde afuera se han creado ideas que hacen ver a los llaneros, chocoanos y costeños como pueblos inferiores en términos raciales y culturales, y como si fueran entidades homogéneas”.

A través del concepto de formación regional de la diferencia, elaborado por los investigadores, se demuestra que concebir al país como fracturado en regiones responde a “políticas e intervenciones concretas que refuerzan o transforman las representaciones sobre la naturaleza, la historia y la cultura en el Caribe, los Llanos y el Pacífico”.

Liderado por Restrepo, su colega Julio Arias Vanegas, ambos profesores e investigadores de la Universidad Javeriana, y por Fabio Silva, de la Universidad del Magdalena, el trabajo parte de varios estudios de caso. “Lo más valioso de esta investigación”, dice Restrepo a Pesquisa, “es haber apoyado tesis de pregrado y de maestría en estas tres regiones y desde una dinámica de trabajo de grupos de investigación”.

En los Llanos orientales

En dos municipios del Meta, Puerto Santander y San Martín, Ingrid Díaz estudió el patrimonio, entendido como “aquello que construye la idea del pasado o del presente y que fue o debe ser dejado como herencia para el futuro”, según se lee en su tesis. Díaz se enfocó en dos casos: el museo arqueológico de la cultura guayupe, que tiene piezas arqueológicas relacionadas con el pasado indígena de la región de Puerto Santander, y las Cuadrillas de San Martín, consideradas patrimonio cultural de la nación. Estas consisten en “danzas” que representan las batallas entre grupos definidos, como españoles, árabes, indios y negros, en las que intervienen 48 jinetes.

Díaz advierte que, al analizar los discursos y las prácticas desarrolladas por quienes toman decisiones sobre el patrimonio, “funcionarios y entidades, a través de programas y legislaciones, definen e intervienen, no solo el patrimonio, sino la cultura, los territorios, las poblaciones, la historia y las identidades de las poblaciones involucradas en la patrimonialización”, esta última referida al patrimonio cultural.

Sergio Ramírez trabajó la dimensión ambiental de los Llanos, analizando cómo la idea de conservación empieza a atravesar políticas públicas, de desarrollo sostenible y de turismo en Puerto Gaitán, municipio que ha sido calificado como “paraíso natural”. Rocío Martínez, por su parte, profundizó en la transformación de la manera de mirar a los indígenas, que pasaron de no ser considerados seres humanos a ser pensados como parte del multiculturalismo nacional.

El profesor Arias, quien coordinó el equipo en los Llanos, hizo una lectura histórica de las formas en que ha sido concebida la naturaleza de esta región, primero como “natural”, para la ganadería extensiva, y más reciente y aceleradamente como “natural”, para la agroindustria a gran escala. Arias muestra así que estas distintas concepciones han estado asociadas a formas específicas de exclusión de la tierra, y de jerarquización racial y cultural de sus pobladores rurales.

En el chocó

La investigación de Mónica del Valle versó sobre la imagen de la naturaleza y su relación con lo humano en la literatura chocoana, principalmente en la obra Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, de Carlos Arturo Caicedo Licona, escritor de Quibdó, y cómo esa representación configura una identidad chocoana.

El trabajo de Sonia Serna, “En blanco y negro. Paisas y chocoanos en Quibdó”, se aproximó a la diferencia en la concepción de identidades dentro de la propia región. “La gente en el bajo Atrato tiene unas maneras de elaborar identidades locales —como el chocoano, el costeño, el chilapo, el cholo, el libre—, que no necesariamente operan en Nuquí o en Quibdó”, explica Restrepo. La investigación esbozó las categorías con que la gente se piensa a sí misma y piensa a los otros, y planteó límites entre las diferencias que existen de lo “chocoano” dentro del propio departamento.

¿Cómo la imagen del Chocó como región inhóspita, de naturaleza agreste, donde la civilización está ausente, se convierte en una gran riqueza por su biodiversidad y su valor genético y biológico? Esto se debe, de acuerdo con la investigación, al discurso ambientalista de los últimos años. Pero el del multiculturalismo también ha incidido mediante el proceso de etnización, lo que significa pasar de pensar en una gente que habita la zona occidental del país como campesinos o raza, a concebirla como grupo étnico, con tradiciones, prácticas particulares de producción y una relación armónica con la naturaleza.

En el caribe

La región caribe, coordinada por el profesor Silva, incluyó trabajos que demuestran cómo el discurso de “lo caribeño” se empieza a arraigar y reemplaza el de “lo costeño”, en un intento por reconceptualizar la región. Se trata de “un discurso que surge en un momento muy particular de la historia del país por parte de una élite de intelectuales y de poder”, explica Restrepo.

Andrés Forero hizo una etnografía del Museo del Caribe, en Barranquilla, y encontró que la narrativa se concentra en resaltar que “la región caribe es la más mestiza de Colombia, la más diversa en todos los sentidos de la palabra, y por el hecho de ser parte del Caribe insular”. Forero explica que “hay una intención consciente en el museo de no mencionar los conflictos sociales: las diferencias que se exponen no tienen que ver con la desigualdad social, sino con su carácter cultural”.

Por su parte, Álvaro Acosta se concentró en el proceso de creación del Centro Histórico de Santa Marta, una iniciativa apoyada por sectores económicos para generar proyectos turísticos, cuyo propósito es transformar el entorno, abandonado por la gente que tradicionalmente lo ocupaba, como los vendedores ambulantes. En este trabajo, dice Restrepo, Acosta explica “cómo se dan esas disputas por el espacio desde esta política de patrimonio del Centro Histórico”. Siguiendo la línea del turismo, Laura Chaves enfocó su trabajo en la perspectiva histórica de pensar este sector de la economía en los años setenta —al “estilo Rodadero”— en contra- posición a un turismo ecológico. “Ella muestra cómo, detrás de la producción de un espacio para que sea consumido como turístico, hay procesos políticos, militares e intereses económicos que se ponen en juego”.

Biodiversidad, multiculturalismo y patrimonio

Otros investigadores, como Álvaro Acevedo, estudiaron aspectos del concepto de lo caribeño en redes sociales; la producción artesanal como mercancías con identidad fue investigada por Daniel Ramírez; y Julián Montalvo hizo sus aportes al identificar instrumentos para la posible construcción de una identidad regional en el Caribe.

Uno de los resultados arrojados por la investigación fue que los discursos sobre la biodiversidad han impactado de manera más fuerte en el Chocó que en las otras dos regiones estudiadas porque, en términos de políticas públicas, allí está más claro el discurso de la conservación; y, en términos de procesos organizativos, el vínculo entre multiculturalismo y biodiversidad es evidente.

Con respecto al discurso del multiculturalismo, el estudio concluye que “ha transformado radicalmente las identidades regionales, pero sobre todo en ciertos sectores poblacionales” de una misma región.

Las conclusiones en cuanto al patrimonio también son diferentes de acuerdo con las regiones: mientras que en los Llanos el concepto está más ligado a procesos de apropiación locales, en el Caribe se articula más con el turismo para el “otro”.

“En últimas”, concluye Restrepo, “lo que hacemos es socavar la inocencia de las narrativas de la colombianidad, porque son producidas desde unos lugares, desde unas visibilidades, y también desde unas invisibilidades que ordenan gentes y geografías en proyectos, en nombre de los cuales se los somete: el desarrollo, la modernidad, la iniciativa empresarial, los trenes. Y nada de eso es inocente”.


Para saber más:
  • »  Restrepo, e.; Arias, J. & silva, F. (dirs.). (2011). “Identidades regionales en los márgenes de la nación: políticas y tecnologías de la diferencia en el Caribe, los Llanos Orientales y el pacífico”. Manuscrito.
  • »  Valle, M. del. (2011, julio-diciembre). “Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia: cinco lentes para mirar el Chocó”. Perífrasis (Bogotá) 2 (4): 71-85.

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Por la defensa de los territorios de las comunidades étnicas

Por la defensa de los territorios de las comunidades étnicas

Desarrollar proyectos interdisciplinarios con comunidades étnicas, a través de la construcción de autonomías territoriales rurales, parece una labor titánica. Sin embargo, el Observatorio de Territorios Étnicos ha avanzado en esa dirección, apoyando a las comunidades negras que están en proceso de apropiación territorial o titulación colectiva. Este es el motor que impulsa los proyectos de dicho proyecto en diversas regiones del país.

En términos institucionales, el Observatorio de Territorios Étnicos es un proyecto de investigación del Departamento de Desarrollo Rural y Regional de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, cofinanciado por la Agencia Española de Cooperación para el Desarrollo (Aecid).

El objetivo es dar respuesta a los grupos étnicos y a las comunidades campesinas en los procesos de defensa de los territorios de comunidades rurales afectadas por situaciones adversas, como el conflicto armado, el despojo de tierras, el desplazamiento forzoso e incluso la invasión de empresas privadas con iniciativas agroindustriales, entre otros factores.

“El propósito es profundizar y ampliar los procesos de autonomía territorial de las comunidades afrocolombianas y campesinas, buscando un diálogo intercultural e intercomunitario con la población que habita los territorios rurales”, expone Juan Guillermo Ferro, coordinador del Observatorio. De igual manera, propone acompañar y apoyar el fortalecimiento del gobierno propio de los grupos étnicos alrededor de la administración territorial y brindar herramientas que contribuyan a facilitar la capacidad de respuesta del Estado a las demandas territoriales de las comunidades étnicas y rurales del país.

El Observatorio, creciendo paso a paso

Contribuir al debate y las experiencias de autonomías territoriales es el resultado de un proceso dividido en varias fases de trabajo.

Se inicia con el diseño de una metodología adecuada a los contextos territoriales, teniendo en cuenta diferentes estrategias de intervención y acompañamiento a comunidades rurales y autoridades étnicas en el orden sociojurídico, ecológico, cartográfico, y de análisis de realidad en términos de los impactos de la violencia, el desplazamiento y la apropiación de su territorio, entre otros.

La primera fase tuvo lugar en Tadó (Chocó) con el Consejo Comunitario Mayor del Alto San Juan (Asocasan), quienes cuentan con un título colectivo desde el año 2001 en el marco de la Ley 70 de 1993. Posterior al reconocimiento formal de sus territorios tradicionales, esta organización ha liderado un proceso de reglamentación interna del uso y manejo de los recursos naturales, que el Observatorio ha apoyado en los ejes de cartografía, derecho propio y caracterización de la biodiversidad.

Paralelamente, el Observatorio trabajó con el consejo comunitario Makankamaná de San Basilio de Palenque (municipio de Mahates, Bolívar), en el marco del proceso comunitario e institucional para la titulación colectiva reconocida en 2012. Así mismo, se acompañó a Eladio Ariza y Santo Madero, dos consejos comunitarios recientemente constituidos en los Montes de María, en jurisdicción de San Jacinto y María la Baja.

Dados los logros obtenidos en la primera fase, la Aecid aprobó dos fases más, que permitieron mantener el acompañamiento en Chocó y Bolívar y posibilitaron ampliar el trabajo al departamento del Cauca con consejos comunitarios en contextos ambientales, organizativos y políticos distintos.

En la segunda fase, en alianza con la Universidad del Cauca y la Universidad Icesi, se dio inicio al diplomado Herramientas para la Autonomía Territorial, ajustado al ritmo de las comunidades, para lo cual se tuvieron en cuenta las características históricas y ecológicas del norte del Cauca. El diplomado es un paso que les permitirá consolidar y potenciar la lucha por la autonomía territorial y adquirir las herramientas jurídicas, cartográficas y sociales complementarias a las acciones de fortalecimiento político de sus organizaciones, al aumento de la legitimidad social y a la consolidación de sus propios proyectos.

En la tercera fase, actualmente en curso, se pretende consolidar el trabajo realizado, dejando un legado y unas metodologías ajustadas, útiles a la comunidad en materia jurídica, cartográfica y social. Así, proyectos como el Observatorio de Territorios Étnicos avanzan en su cometido, apuntando a que sea la comunidad la encargada de la construcción de su autonomía territorial.


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Diarios de motocicleta… por los bosques secos

Diarios de motocicleta… por los bosques secos

Para el ojo no entrenado de un viajero, la vista que bordea el valle seco del río Magdalena y del Caribe, atravesando los departamentos de Tolima, Huila y Bolívar, no pasa de ser una interminable y cautivadora sucesión de plantas que abarcan todos los matices del verde. Árboles, arbustos, matorrales y rastrojos imponen su presencia en el paisaje, hasta el punto de hacerlo parecer monótono y casi inescrutable. Pero para los ojos de los investigadores de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Universidad Javeriana, Augusto Repizo y Carlos Alfonso Devia (ingeniero agrónomo e ingeniero forestal respectivamente), ese mismo entorno es nada menos que la fuente de una riqueza invaluable dentro del ecosistema colombiano; para su mirada experta, dos árboles, en apariencia similares, pueden diferir tanto como una bicicleta de una motocicleta.

Y fueron precisamente estos medios de transporte los que muchas veces usaron los ingenieros en sus recorridos por senderos, carreteras y caminos de esta región, con el objetivo de emprender un reconocimiento de las especies, siempre con su equipo de trabajo a mano: una cámara fotográfica, mapas y diarios de campo donde se registraron las identificaciones, las características vegetativas y botánicas, y los usos de 31 familias de árboles y arbustos, y 56 especies (que constituyen un gran porcentaje de biodiversidad de este tramo de la geografía colombiana).Diarios de motocicleta… por los bosques secos

Los dos investigadores efectuaron excursiones científicas en la región durante siete años, catalogando las especies de plantas. La tarea comenzó con una exhaustiva búsqueda documental, que consolidó un estado del arte en el tema. Ambos profesores aprovecharon sus clases de la universidad y las salidas de campo con los estudiantes, para ir construyendo este compendio ecológico y estudiar a profundidad las especies y la bibliografía recopilada. Luego, los bosques y la región se convirtieron en las aulas-laboratorio ideales para avanzar en una labor investigativa meticulosa, en la cual se reconoció el saber sobre las aplicaciones y bondades que los pobladores (moradores, trabajadores y dueños de fincas) atesoran.

El resultado de sus esfuerzos quedó plasmado en un catálogo de campo ilustrado, Árboles y arbustos del valle seco del río Magdalena y de la región Caribe colombiana. Guía de campo, publicado por Editorial Pontificia Universidad Javeriana y la Corporación Autónoma Regional del Canal del Dique (Cardique). El catálogo fue socializado en el Tercer Congreso Internacional de Ecosistemas Secos en 2008, realizado en Santa Marta, y ahora es material vital en las aulas de la carrera de ecología y biología de la Javeriana y de otras universidades regionales.

El estudio ecológico constituye un trascendental avance en el conocimiento de los ecosistemas secos, por cuanto estas formaciones vegetales boscosas han permanecido relativamente desconocidas y porque se encuentran amenazadas. Según los expertos, lo anterior se explica, en gran medida, porque su fertilidad atrae los asentamientos humanos con fines de explotación de los suelos; de allí que estos ecosistemas tiendan a transformarse rápidamente. Además de estar sometidos a condiciones climáticas extremas (temperaturas promedio de 28 grados centígrados y escasas precipitaciones, entre 50 y 53 mm mensuales), los bosques secos se caracterizan por producir muchos insumos alimenticios: arroz, sorgo, algodón, maíz y soya, sólo por mencionar los más importantes.

Ecosistemas ignorados

Por otro lado, la importancia del estudio radica también en que sólo hasta hace pocos años estos hábitats merecieron la atención de biólogos, botánicos e ingenieros en Colombia. Las semillas que despertaron el interés por el estudio de los bosques secos tropicales fueron sembradas en el año de 1995 por el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, del que hacía parte el profesor Repizo y otros científicos. Desde allí se realizó un gran inventario de estos ecosistemas en Colombia, en el que participaron varias instituciones universitarias nacionales. En estas primeras misiones, Repizo tuvo la fortuna de trabajar, aprender, intercambiar metodologías y compartir la misma pasión por los ecosistemas secos con quien considera hoy en día como uno de sus mentores: el profesor de la Universidad de Saint Louis, Alwyn Gentry, autor de una de las biblias ecológicas más importantes en el tema, que se concentra en la región noroeste de Suramérica (Ecuador, Perú y Colombia).

“Hasta hace pocos años, nadie hablaba de los bosques secos. Las selvas tropicales húmedas, como pulmón y resguardo verde de las especies animales, siempre despertaron un mayor interés en los estudios ambientales. Sin embargo, en los últimos 10 años hemos venido haciendo un esfuerzo por explorar los fragmentos de bosques secos y conocerlos desde el punto de vista ecológico y sus dinámicas fenológicas, es decir desde los procesos de florecimiento, fructificación y polinización que llevan a cabo las especies de este ecosistema, de la fauna (aves, insectos por ejemplo) que los rodea, de sus vecinos ecológicos y además desde los usos que le dan los habitantes de la región”, recalca el profesor Repizo. Al respecto, el investigador adelanta la investigación en la dinámica fenológica con base en dos hipótesis: primero, que, para florecer y fructificar, las especies dependen de las condiciones climáticas regionales y, segundo, que las especies realizan sus procesos fenológicos independientemente del clima, y que éstos responden más bien a un proceso evolutivo.

Sobre otros aspectos, los investigadores mencionan entre sus hallazgos que muchas de las maderas finas que hacían parte de la vegetación original de esta región fueron extraídas desde principios del siglo XX y que fueron destinadas a la fabricación de enchapes en grandes teatros y salas de reunión europeas. Otras fueron materia prima en la construcción de ferrocarriles. El estudio estima que el paisaje natural original ha sufrido transformaciones importantes desde 1940. Los usos de la mayoría de las especies siguen siendo maderables, artesanales y ornamentales, aunque también se combinan los usos medicinales (las hojas, las ramas y las cortezas de estos árboles se utilizan en emplastos para bajar fiebres, calmar dolores, diarreas o como antisépticos). Muchos de sus frutos son consumibles y en general la vegetación de los bosques secos (entre los que se encuentran la ceiba, el caracolí, el gualanday, el almendro, el tachuelo, el totumo, entre muchos otros árboles), hacen parte del imaginario cultural de la región.
Así, el trabajo de los científicos tiene otro objetivo: promover el uso racional de estas especies para evitar su desaparición, pues, según una de las cifras más preocupantes, de la totalidad de bosques secos con que contaba el país en los años 40, hoy sólo queda menos del uno por ciento. De igual manera, consideran vital iniciar más investigaciones sobre especies como el camajón y el tatamaco, de las cuales la información sigue siendo incipiente en lo que concierne a las preferencias de hábitats, distribución e incluso de usos.

La expedición será continuada en una segunda fase por el profesor Repizo, enfocándose específicamente en los ciclos ecológicos y usos de cinco especies: el iguá, el pinde, el cumulá, el gusanero y el guayacán-polvillo. La idea es hacer partícipes a los niños y jóvenes de las escuelas de algunos municipios tolimenses en el conocimiento y construcción de otro catálogo ilustrado de la región.


Para leer más…
+Repizo, Augusto y Devia, Carlos. (2008). Árboles y arbustos del valle seco del río Magdalena y de la región Caribe colombiana: su ecología y usos. Guía de campo. Editorial Pontificia Universidad Javeriana y Cardique. Bogotá.
+Gentry, Alwyn. (1993). Field Guide to the Families and Genera of Woody Plants of Northwest South America. University of Chicago Press. Chicago.
 

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Corales jóvenes: indicadores del futuro de la biodiversidad marina

Corales jóvenes: indicadores del futuro de la biodiversidad marina

Los arrecifes coralinos son considerados, junto con los bosques húmedos tropicales, los ecosistemas más diversos. Además, cumplen con una función protectora de las costas y ayudan, de forma indirecta, a la fijación de gas carbónico atmosférico. Según recientes reportes científicos, su deterioro ya va en un 30%, lo que representa serios impactos de orden biológico, ecológico y económico. Solo hay que pensar en las miles de especies que se resguardan y se alimentan en estos ‘bosques submarinos’ para hacerse una idea el efecto que su pérdida podría representar para la pesca artesanal, o en la infraestructura turística alrededor del mundo de la cual viven numerosas familias y genera que miles de viajeros paguen por visitar estos lugares paradisíacos.
En vista de esta situación, Luis Alberto Acosta, investigador del departamento de Biología de la Facultad de Ciencias de la Javeriana y miembro del grupo Unidad de Ecología y Sistemática —UNESIS—, en colaboración con sus estudiantes de postgrado y pregrado, está indagando la estructura actual de las comunidades coralinas del Caribe Colombiano y su capacidad para renovarse y mantenerse, así como los mecanismos que favorecen el incremento de la diversidad. Estos estudios, además de generar nuevas contribuciones al conocimiento, permiten predecir el futuro de los arrecifes colombianos, insumo clave para generar planes de manejo y conservación que garanticen la permanencia de estos pulmones oceánicos.

Los investigadores han obtenido mucha información estudiando el reclutamiento coralino, proceso mediante el cual los corales recién formados sexualmente se esparcen y se asientan en el fondo del mar para convertirse en parte de la comunidad (momento en que se les conoce como juveniles). La importancia de estos procesos radica, por ejemplo, en que la existencia de fallas en los mismos podría representar la extinción local de ciertas poblaciones de corales, lo que a su vez afectaría la estructura y el funcionamiento de los arrecifes.

En el caso de la costa Caribe colombiana, se sabe que las aguas de los ríos Sinú, Atrato y Magdalena traen cargas de contaminación, sedimentación y baja salinidad, entre otros, factores responsables de la pérdida de cobertura y de especies de corales así como de su fauna asociada en las islas continentales. También se cree que estas descargas de los ríos causan la mortalidad de gametos, larvas y juveniles de corales.

Por esta razón, el estudio incluyó el análisis de los arrecifes continentales de Isla Fuerte (influenciada por los ríos Sinú y Atrato) e Isla Grande (río Magdalena). También se analizaron los arrecifes oceánicos de San Andrés y Providencia, que reciben poca influencia de grandes ríos. Los investigadores se sumergieron en estas aguas y establecieron zonas de estudio tanto a nivel horizontal (islas) como vertical (profundidad). Allí midieron la riqueza (cantidad de especies en un área determinada), la densidad (número de corales juveniles en un área determinada) y después, establecieron comparaciones entre los arrecifes continentales y oceánicos. Dentro de los resultados más relevantes encontraron que:

• El total de corales juveniles para las islas continentales fue de 535, pertenecientes a 31 especies y 18 géneros, mientras que en islas oceánicas el total fue mayor, con 2465 juveniles correspondientes a 40 especies y 21 géneros.
• Los arrecifes continentales presentaron menor riqueza y densidad de juveniles que los arrecifes oceánicos.
• Por su parte, la densidad y riqueza promedio de juveniles en cada rango de profundidad también fue mayor en los arrecifes oceánicos que en los continentales.
• Se pudo comprobar que el menor reclutamiento coralino en arrecifes continentales está relacionado con la sedimentación y la proliferación de macroalgas, como consecuencia de los ríos que al desembocar en el mar afectan muchos procesos biológicos (reproducción, asentamiento y reclutamiento de corales, entre otros).

Para Luis Alberto “los resultados sugirieren que el reclutamiento de los arrecifes continentales, aunque existe, no necesariamente será suficiente para la recuperación natural de las poblaciones de corales y del arrecife. Por lo tanto, es importante establecer planes de manejo para mitigar los disturbios en arrecifes continentales”. Dada la importancia del proceso de reclutamiento y su uso como potencial indicador del estado de los arrecifes, se sugiere incorporarlo en los monitoreos que actualmente se realizan en el país para evitar que nuestros mares sean el depósito de basuras de Colombia.

Recientes estudios realizados por Luis Alberto y su grupo de trabajo evidencian que estos arrecifes están conectados por corrientes marinas que transportan larvas y gametos; de existir las condiciones adecuadas (aguas de buena calidad), los diferentes procesos biológicos permitirían la recuperación de nuestros arrecifes y la biodiversidad que albergan.

Algunas cifras sobre arrecifes coralinos:

• Los arrecifes de coral se encuentran en 100 países, cubren un área de 284.300 Km2 y representan el 0,2% de la plataforma oceánica.
• Son hábitat del 25% de las especies marinas y del 20% de la pesca mundial.
• La mayor extensión de arrecifes colombianos en el océano se encuentra en los archipiélagos de San Andrés y Providencia y en el continente, en las Islas del Rosario y San Bernardo.
• Cerca de un 15% de la población mundial y un 10% de colombianos dependen directa o indirectamente de estos ecosistemas.
• Los arrecifes son fuente de alimentos, farmacéuticos, recreación y turismo.
• Los arrecifes son barreras naturales que protegen las costas, que de estar en buen estado evitarían pérdidas de hasta 18 metros de playas por año en el los litorales Pacífico y Caribe.
• Cerca del 60% de los arrecifes del mundo se habrán perdido para el 2030.


Para leer más…
Martínez, Silvia y Acosta, Alberto, “Cambio temporal en la estructura de la comunidad coralina del área de Santa Marta – Parque nacional Natural Tayrona (Caribe colombiano)”, bol. invemar, dic. 2005, vol.34, no.1, p.161-191. ISSN 0122-9761. Disponible en: https://www.scielo.org.co/scielo.php
 

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