¿Influye la música en la forma como nos comportamos?

¿Influye la música en la forma como nos comportamos?

L a música supone un ejercicio de poder, uno que es sutil, inverosímil y hasta mágico. Hay quienes dicen que es capaz de despertar emociones e incluso de modificar súbitamente nuestro estado de ánimo y la forma como asumimos diversas situaciones y nos expresamos ante los demás. De ahí que se diga: “Si escucho este tipo de música, me pongo feliz y enérgico, pero esta otra me entristece”.

Los ritmos rápidos, las líneas melódicas ascendentes y los timbres brillantes y fuertes suelen ser asociados a la alegría, en las sociedades occidentales, por eso se usan para ambientar fiestas, eventos deportivos y para conmemorar fechas importantes. La música lenta, en tonalidad menor, con muchos cromatismos, por el contrario, transportaría a la amargura, la melancolía, el desasosiego y la soledad. Las marchas militares que suenan en los funerales, por ejemplo, llevan directamente a la tristeza y posiblemente al llanto nostálgico. Sin embargo, más allá de despertar emociones, ¿puede la música guiar o influir en las acciones del ser humano?

“Hay que saber que el poder que tiene la música para avivar una emoción no se genera solo, sino que ocurre en relación con las experiencias, imágenes, momentos, personas o lugares, que, unidos a esta, se han ensamblado para generar significados que producen una mayor intensidad emocional. A esto se le conoce como refuerzo multimodal”, explica el investigador en estudios musicales Óscar Hernández.

En compañía de colegas de otras disciplinas, como semiótica musical, psicología, ciencias de la cognición y etnomusicología, se propuso explorar el papel que tiene la música a la hora de producir emociones dentro de los rituales religiosos, y con ello probar su teoría de los mundos de sentido. Esta teoría “consiste en que cuando uno tiene muchos elementos reforzando unos mismos contenidos, incluida la música (imágenes, olores, espacios, etc.), las personas se sumergen genuinamente, y sin notarlo, en un campo de posibilidades delimitadas de acciones”, asegura el investigador.

La música produce emociones porque la asociamos con experiencias que hemos vivido previamente.

Estos mundos de sentido están presentes en muchos momentos de la vida y, aunque casi son imperceptibles para quienes los experimentan, tienen un gran efecto en sus acciones. Basta con pensar en un partido de la selección colombiana de fútbol. No solo es la música de los cánticos: son las camisetas, las banderolas, la representación del himno nacional; es estar en el Estadio Metropolitano de Barranquilla, con sus más de 30 grados centígrados, los colores cálidos y el ambiente festivo. Estos elementos refuerzan significados relacionados con el fervor nacionalista alrededor del fútbol, a diferencia de estar en casa viendo el mismo partido, escuchando los mismos cánticos y música de fondo, pero solo, en un día lluvioso, sentado frente a un televisor, el comportamiento tenderá a ser distinto al experimentado en el estadio.

También pasa en los momentos de melancolía, por ejemplo, después de una ruptura amorosa en la que la persona pasa el duelo de la pérdida escuchando música con letras tristes en un espacio de soledad, lo que será diferente para la persona que pasa esta amarga situación escuchando la misma música, pero rodeada de personas que la lleven, por un momento, a desviar su atención de la ruptura.

Si bien el sonido musical puede producir emociones, “se debe en parte a que hemos asociado la música a ciertas experiencias emocionales previamente conocidas”, afirma Hernández. Y esta relación no es diferente en el mundo religioso. Para comprobarlo, los investigadores compararon experiencias de tres rituales diferentes: una misa católica, un culto pentecostal y una oración musulmana. Además de asistir a cada uno de ellos, hicieron entrevistas, aplicaron cuestionarios, y midieron la respuesta emocional de nueve sujetos por medio del comportamiento físico y de medidas electroencefalográficas.

Como resultado de su análisis, los investigadores evidenciaron que el contenido verbal fue el modo de lenguaje predominante en la oración musulmana y la misa católica observadas, mientras los sonidos no verbales, incluyendo la música, tuvieron una importancia central en el culto pentecostal. A diferencia de los otros, este último no mantenía una estructura predeterminada. El uso de baladas pop con letras de alabanza, como recuerda Hernández, parecía efectivo para la inmersión esperada, a la vez que la distribución de elementos arquitectónicos en el espacio reforzaba el mensaje de ‘entrega’ que querían transmitir

“La iluminación blanca y azul del área alrededor del altar donde tocaba la banda contrastaba con la sección de color rojo oscuro donde se encontraban los feligreses, lo cual activa asociaciones sobre lo celestial y lo terrenal”, explica el investigador, y complementa: “Entonces, tanto el contenido sonoro como el visual reforzaron esta idea de ‘entrega a un poder superior’, y esto se veía reflejado además en el comportamiento de los participantes: ojos cerrados, brazos levantados, llanto y gritos”.

No sucedió lo mismo en los rituales musulmanes y católicos. “En el musulmán, a pesar de haber elementos no verbales, como el tipo de ropas que vestían, los fragmentos del Corán y fotos de La Meca y Medina que rodeaban las paredes, etcétera, no hubo un refuerzo multimodal similar al ritual pentecostal”, comenta Hernández, y “tampoco hubo grandes secciones musicales que proporcionaran una narrativa emocional continua”.

La misa católica que atendieron para la investigación se celebró en una iglesia de estilo barroco y la música estaba a cargo de un solo cantante con un sintetizador. “Había gran variedad de géneros musicales, incluidos el vals y la salsa. No obstante, los comportamientos corporales de los más de mil feligreses respondían a fórmulas aprendidas, por lo tanto, no estaban sujetas al entorno emocional propuesto por los elementos significantes”, manifiesta el investigador.

Después de todo, la evidencia científica confirma que los mundos de sentido recreados en escenarios tan cotidianos como un estadio de fútbol, las fiestas, los conciertos, los funerales e incluso los rituales religiosos ―compuestos por diversos elementos dotados de significado (música, imágenes, experiencias y demás)― pueden, además de promover múltiples emociones, guiar los comportamientos del ser humano. Así, mientras más elementos haya alrededor de un evento determinado trabajando en conjunto para enviar el mismo mensaje, más fuerte será la emoción y mayor el efecto que tendrá en los pensamientos, valores y acciones de las personas.

 

Para leer más:

Hernández Salgar, Ó. (2020). Multimodal reinforcement and worlds of sense: A political approach to musical emotions. En Sheinberg, E. y Dougherty, W. P. (eds.), The Routledge Handbook of Music Signification. Londres: Routledge. Recuperado de https://www. routledge.com/The-Routledge-Handbook-of-Music-Signification-1st-Edition/Sheinberg-Dougherty/p/ book/9780815376453


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Música, rituales y mundos de sentido. El rol del refuerzo multimodal en la producción de emociones en tres confesiones religiosas en Bogotá
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Óscar Hernández Salgar
COINVESTIGADORES: Juan Daniel Gómez, Luis Gabriel Mesa, Luis Fernando Valencia, Diego Gómez, María Camila Mendoza, Laura Molina, Julio Guevara
Facultad de Artes
Departamento de Música
Grupo de Investigaciones Musicales
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2016-2017

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Deporte y neurocognición, los beneficios de una estrecha relación

Deporte y neurocognición, los beneficios de una estrecha relación

Cuando los estudiantes universitarios hacen ejercicio, ya sea manera moderada o exigente, están mejorando el funcionamiento de sus mentes, lo que se traduce en un correcto desarrollo corporal, hormonal y metabólico del cerebro. Así lo confirman dos profesoras-investigadoras de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, quienes además sugieren que hacer actividad física puede tener un impacto positivo sobre el desarrollo cognitivo y emocional de la persona.

Las profesoras Natalia Cadavid, investigadora asociada al grupo Bienestar, Trabajo, Cultura y Sociedad (BITACUS) de la Javeriana Cali, y Beatriz Muñoz, investigadora asociada al grupo Biomédica de la Universidad ICESI  , revisaron información de las últimas tres décadas y encontraron múltiples estudios que relacionaban la actividad física con el buen funcionamiento cerebral en adultos mayores y en niños en edades escolares. Sin embargo, en esa búsqueda de antecedentes, encontraron muy pocos que hicieran este tipo de análisis en jóvenes entre los 18 a 25 años; y de esos, notaron una particular focalización en hombres. Con la identificación del vacío de conocimiento existente y al poderse apoyar en su acceso a la población universitaria, trabajaron en la propuesta con la que aplicaron a la convocatoria interna de la Javeriana seccional Cali.

Para el trabajo de campo, las profesoras realizaron un convenio con el Centro Deportivo Loyola de la Javeriana Cali, con el fin de contar con su acompañamiento y el de los estudiantes en la recolección de datos. “Esa alianza fue muy interesante pues nos permitió escuchar la experticia de los profesores del centro deportivo frente a aspectos relevantes de la investigación, lo que nos permitió revisar asuntos importantes para afinar las salidas de campo”, señala Natalia Cadavid.

Los participantes se dividieron en tres grupos: estudiantes sedentarios, de acondicionamiento (aquellos que realizaban, de forma regular alguna actividad física) y deportistas de alto rendimiento (correspondiente a estudiantes que conforman los grupos formativos y representativos de la universidad). Al respecto, Cadavid explica: “Algo muy retador fue conseguir a los alumnos sedentarios, lo que nos llevó a pensar en estrategias llamativas como hacer convocatorias a través de las redes sociales de la universidad que nos permitieran acceder a esa muestra”.

Para los otros grupos contaron con la participación de jóvenes pertenecientes a los equipos de fútbol, natación, baloncesto, kung-fu, voleibol, atletismo, rumba, cardiobox, fútbol sala y polo acuático, entre otros.  A cada participante se le tomaron dos muestras de sangre: una antes y otra después de una sesión de 30 minutos de actividad física de intensidad cardiovascular moderada. Con estos resultados, las investigadoras lograron determinar la concentración del factor neurotrófico, conocido como BDNF, una proteína que libera el cuerpo cuando se realiza actividad física de moderada a intensa, como medio para mantener el funcionamiento del sistema nervioso. También se aplicaron pruebas cognitivas de inhibición, atención y memoria a corto y largo plazo, funciones relacionadas con dos partes del cerebro: la corteza prefrontal y el hipocampo. Estas dos regiones cerebrales son importantes pues tienen una alta presencia de receptores de BDNF.

 

Trabajo en equipo

Muñoz y Cadavid destacan la participación de los integrantes del semillero de investigación Neurotrópicos en el proceso de recolección de muestras; ellos se capacitaron para acompañar a los participantes desde la aplicación de las pruebas cognitivas, la correcta realización de los ejercicios propuestos en la actividad física y la toma de las muestras de sangre.

Para Nicolás Figueroa, estudiante que hizo parte de dicha labor, “la investigación representó un reto y una responsabilidad especial, ya que implicaba generar espacios diferentes a los académicos para entrenarnos en la aplicación de las pruebas e investigar a fondo los aspectos relevantes de la actividad física y sus implicaciones en la salud mental”. Cabe resaltar, además, que uno de los profesores del centro deportivo diseñó y supervisó la realización de la rutina de actividad física aplicada a los jóvenes que conformaban cada uno de los tres grupos de participantes.

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A partir de los datos recolectados en la sesión previa de evaluación, las investigadoras descubrieron resultados muy similares en la concentración de BDNF en sangre para los dos grupos que sí realizaban algún tipo de actividad física, ya fuera de acondicionamiento o de alto rendimiento. Esto les permitió comprobar que “no es necesario realizar jornadas extenuantes de ejercicio, pues los beneficios son los mismos mientras se haga actividad física moderada, de manera frecuente, por mínimo 30 minutos cada sesión”, afirma Natalia Cadavid.

Al analizar los resultados del nivel del factor neurotrófico después del ejercicio, determinaron que no había diferencias extremas entre los tres grupos de participantes, como sí habían observado en la pre-evaluación, lo que se traduce en que “con una sola sesión de actividad física, el sistema neurológico libera la sustancia BDNF y las personas sedentarias también pueden beneficiarse de su realización”, agrega Cadavid.

Cuando las investigadoras evaluaron los resultados cognitivos (facultad del sistema nervioso para procesar información mentalmente), descubrieron que los tres grupos presentaron un funcionamiento positivo similar, a pesar de que esperaban que hubiera diferencias entre el grupo de estudiantes sedentarios y los otros dos. Este hallazgo les hizo preguntarse por otros factores que estarían implicados como aspectos biológicos y ambientales, en particular el nivel educativo y el momento de desarrollo neurocognitivo en el que se encuentran los participantes.

Los resultados hallados fueron compartidos con los participantes y con el centro deportivo, dejando en claro que estos tenían solo fines científicos. Actualmente, las investigadoras empiezan una segunda fase con las muestras recolectadas en el proyecto, en el que analizarán los endofenotipos de los participantes, entendidos como un mecanismo bioquímico, neuroanatómico o neuropsicológico que cumple con los criterios de heredabilidad, especificidad y replicabilidad, asociados con la liberación de BDNF en la sangre, pues el componente genético de una persona puede condicionar la presencia de este factor neurotrófico independientemente de que se realice o no actividad física.

Los secretos de una enfermedad cerebral poco conocida

Los secretos de una enfermedad cerebral poco conocida

Poco a poco, familia y amigos empiezan a detectar que algo anda mal con Ramiro. De 54 años, casado, con hijos y un trabajo estable, ya no es el mismo. Puede vestirse con una media azul y otra verde o ponerse el saco al revés, y pareciera no darse cuenta; cuando se lo hacen notar, responde con indiferencia. Se ha vuelto irascible, está desmotivado, poco le importan los sentimientos de quienes comparten la vida con él, no puede concentrarse y ahora le ha dado por comer dulces o lechugas a toda hora. ¿Qué le está pasando? Se ha vuelto insoportable… casi loco. Así lo describen sus allegados y no entienden cuál es la causa del cambio en su comportamiento. Pero está muy joven para pensar en una demencia… ¿o no?

Pues no. Puede tratarse de una enfermedad neurodegenerativa, que suele presentarse entre los 45 y 65 años de edad y la sufren unas 15 de 100.000 personas a nivel mundial. Se llama demencia frontotemporal (DFT) o enfermedad de Pick –nombre del psiquiatra Arnold Pick, quien la describió por primera vez– y afecta las funciones sociales, conductuales y afectivas, pero no la memoria. Puede presentarse pérdida progresiva del lenguaje, así como del recuerdo del significado de los objetos, en el que los pacientes se preguntan: ¿para qué es el semáforo?


¿Qué sucede en el cerebro?

La neuropsicóloga Diana Lucía Matallana Eslava, profesora titular de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana y coordinadora de investigación del Instituto de Envejecimiento, ha dedicado varias décadas de su vida profesional a estudiar cómo funciona el cerebro en relación con conductas complejas. Así, desde 2008, llegó al estudio genético y clínico de la DFT, que ocurre cuando hay un ‘enredo’ en una proteína llamada tau en las neuronas de los lóbulos frontales. En esencia, todas las enfermedades neurodegenerativas tienen que ver con acumulación de desechos celulares.

Son como la basura que el cerebro no elimina. Matallana lo equipara con una casa, donde cada sitio tiene una función: “Si en la cocina es donde socializamos, sabemos comportarnos, expresamos y reconocemos emociones, podría compararse con las funciones del lóbulo frontal; si en la sala memorizamos, lo compararíamos con el lóbulo temporal” Y continúa: “¿Qué pasaría si, al exprimir una naranja, no botamos la cáscara? ¿Y cuando en la sala no volvemos a limpiar el mugre que se acumula? Llegará un día en que en esos sitios no se vuelve a cocinar o a recibir visitas. En el cerebro, proteínas como la tau y la beta-amiloide llegan a ser basura, son difíciles de desechar y se vuelven neurotóxicas, lo que se relaciona con la enfermedad de Alzheimer y la degeneración del lóbulo frontotemporal. Inician mucho antes de que podamos ver los síntomas”.

A ella le interesa, además de conocer las causas de la enfermedad, entender por qué “esa parte del cerebro que se encarga de poder ser altruista, solidario, empático con el otro, moderar comportamientos agresivos y las conductas de control social” se afecta, y cómo diagnosticarla y tratarla cuando esto sucede. En ese primer proyecto encontraron un gran desconocimiento sobre esta enfermedad, por lo que su grupo se propuso capacitar a la población académica-médica para reconocerla, pues frecuentemente se confundía con problemas psiquiátricos. Ahora saben que es la enfermedad neurodegenerativa más común antes de los 65 años, y por lo tanto es la que mayor impacto ejerce sobre la familia, la sociedad y el sistema de salud.

Han seguido un sistema de evaluación de enfermedades neurodegenerativas que su grupo difunde desde 1992. Consiste en un estudio interdisciplinar en el que seis pacientes son evaluados por cuatro especialistas –neurólogos, neuropsicólogos, psiquiatras y geriatras– en una mañana.

Con esta experiencia y los resultados del primer estudio se presentaron a varias convocatorias, que ganaron y les permitieron dedicarse de lleno al estudio de la DFT. Ampliaron el número de pacientes y, con el apoyo de Colciencias, empezaron a estudiar aspectos genéticos de la población colombiana: “Encontrar mutaciones genéticas características de los colombianos es como buscar un grano de arena en una playa”, explica Matallana. Han apoyado a sus mejores estudiantes para realizar sus estudios de posgrado en DFT, entre ellos una fonoaudióloga, quien en su doctorado estudió los componentes del lenguaje en la enfermedad; un neurocientífico, quien en su doctorado en ingeniería se encarga del manejo de imágenes del cerebro; una genetista que solo estudia esta enfermedad, y un psiquiatra, hoy profesor de la Facultad después de haber culminado una estancia posdoctoral.

“Nosotros usamos metodologías de última generación para el análisis de la conectividad, cómo se comunican unas áreas con otras, y volumen o densidad del tejido cerebral”, dice la neuropsicóloga, y con orgullo señala que sostienen un diálogo con los ingenieros “porque todos aprendemos: los ingenieros crean formas  de análisis de las imágenes y nosotros, los clínicos, correlacionamos los síntomas con los cambios en las imágenes”. Y las neuroimágenes son distintas, dependiendo de la enfermedad neurodegenerativa del paciente.

Con su colega, la neuropsicóloga colombiana Katya Raskovsky, hoy vinculada a la  Universidad de Pennsilvania, adelantan un proyecto cofinanciado por el Instituto Nacional de Salud de los Estados Unidos (NIH) mediante un proyecto Fogarty, que les permite intercambiar y generar conocimiento en torno a esta enfermedad. “Hemos encontrado familias con características que ameritan ser estudiadas en regiones cercanas a Bogotá”, adelanta Matallana, pero sin dar detalles. En 2018, cuando termine el estudio, podrá hablar sobre ellos.


De paciente a la población entera

Se han concentrado en trabajar la empatía –la capacidad de percibir los sentimientos del otro– y los juicios morales en otras patologías neurológicas, como los ataques cerebrovasculares, la esquizofrenia o el autismo. Al ver que los seres humanos comienzan a perder la sensibilidad por los demás, se han cuestionado sobre el país en el que vivimos. “Puede ser que la historia de La Violencia nos ha llevado a perder la capacidad de ponernos en el lugar del otro”, dice. En la Encuesta Poblacional de Salud Mental del 2015 incluyeron algunas preguntas relacionadas con aquello que se afecta en la DFT: “¿Qué pasa en un país como el nuestro cuando damos un juicio moral? ¿Cómo reconocemos emociones o somos empáticos?”.

Y encontraron que “los colombianos reconocemos muy fácilmente la alegría, no identificamos muy bien la agresión, la tristeza y el asco; habilidades necesarias para interactuar socialmente con los otros”. De este nuevo enfoque en sus estudios analizan la enfermedad en el contexto cultural colombiano. “Seguramente las políticas de Estado podrán facilitar una reparación cultural en estos temas tanto como la que hay en el cerebro”, propone.

Lo triste es que, hasta ahora, la DFT no tiene cura. “Lo que sí se puede hacer es compensar otras áreas del cerebro que se entrenen nuevamente en habilidades sociales”. Quienes tienen problema del lenguaje, por ejemplo, se pueden volver artistas cuando nunca lo han sido.

En un reciente artículo aceptado para publicación en la revista Brain, las investigaciones con pacientes fueron analizadas con pares argentinos, que encontraron que los pacientes con DFT sienten más envidia (Schadenfreudeen alemán) y disfrutan del dolor ajeno que los grupos control. “Frecuentemente estos pacientes tienen más emociones antiempáticas y tienden a cometer más violaciones morales y legales”, dijo Agustín Ibáñez, director del Instituto de Neurociencia Cognitiva y Traslacional (Incyt) de Argentina al diario La Nación. El artículo será carátula de la revista, anunció Matallana.

Hoy en día, dice, los avances en las investigaciones javerianas al respecto posicionan al país como líder en la región latinoamericana, lo que se demuestra en la cantidad de ponencias aceptadas en las conferencias internacionales de DFT que se realizan cada año.

Por ahora, hace énfasis en que continúan capacitando al personal médico nacional e internacionalmente, estudiando a los pacientes de manera sistemática e interdisciplinar y alimentando un banco con cerebros donados para continuar la investigación.


Para leer más

A Lesion Model of Envy and Schadenfreude: Legal, Deservingness and moral Dimensions as revealed by Neurodegeneration. Brain (número en preparación). Santamaría- García, H.; Baez S, Reyes P.; Santamaría-García J.; Santacruz-Escudero J.; Matallana, D.: Arévalo, A.; Sigman, M.; García, A.; Ibánez, A. (2017)


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Los lóbulos frontales: estudio clínico y genético de la Demencia Frontotemporal. Colciencias 371-2011
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Diana Lucía Matallana Eslava
COINVESTIGADORES: Carlos Cano, Pablo Reyes, Andrea López, Ángela Martínez, Ignacio Zarante, Felipe Uriza, José M. Santacruz, Hernando Santamaría, Ángela Iragorri
Facultad de Medicina
Instituto de Envejecimiento
Instituto de Genética Humana
Departamento de Psiquiatría y Salud Mental
Grupo de investigación Perspectivas en ciclo vital, salud mental y psiquiatría
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2012-2016

Rodolfo Llinás, la pregunta difícil

Rodolfo Llinás, la pregunta difícil

A partir de hoy, los colombianos tendrán la posibilidad de conocer cómo fue que el neurocientífico bogotano Rodolfo Llinás Riascos se convirtió en uno de los cerebros colombianos que se ha sumergido por muchos vericuetos de ese órgano humano indescifrable para entender su funcionamiento y plantear posibles curas a enfermedades que aún son un misterio.

Desde que se decidió a escribir el libro sobre el médico javeriano Llinás, el periodista científico –también javeriano– Pablo Correa Torres sabía que se enfrentaba a muchas preguntas difíciles. Quizá también a situaciones difíciles, porque a Llinás hay que aprender a conocerlo, como lo hizo su abuelo, el psiquiatra Pablo Llinás, quien con la paciencia del santo Job respondía todas y cada una de las preguntas difíciles que le formulaba su nieto. Preguntón, pero además escéptico. La duda es esencia de la filosofía y de la ciencia, y Rodolfo Llinás, el protagonista del libro de Correa, la ejerce en cada momento de su vida.

Luego de dar las puntadas precisas para entender la infancia y la juventud de Llinás, en anécdotas que demuestran una curiosidad inagotable y el decidido carácter ­–a veces obstinado– de su personaje, el autor va explicando pausada y serenamente las preguntas difíciles que Llinás le hacía a la vida, como saber qué sueña un ciego, cómo ven las ranas o los gatos, cómo se relacionan las neuronas en el cerebro, dónde habita la conciencia, qué está pasando en el lejano universo. Aunque esta última pregunta responde más a uno de sus hobbies, no dudó en construir un gran observatorio en su casa de Woods Hole, Massachussetts, para detallar la Vía Láctea y otras galaxias. Sus preguntas son infinitas y aunque ha podido responder a muchas de ellas, aún son innumerables las que le faltan por resolver.

La original postura frente al mundo que lo rodea y un inteligente argumento para discutir cualquier tema que se le plantee, sustentan los debates que promueve Llinás. Le encanta generar controversias científicas con cada descubrimiento al que ha llegado en su vida profesional. Y para rastrear algunos casos, Correa debió viajar por varias ciudades estadounidenses, europeas y colombianas, buscando respuestas en otros científicos que pasaron por la vida de Llinás en algún momento. Una de sus colegas científicas lo define así: «Es muy creativo. Siempre tiene un punto de vista diferente».

Correa se adentra, entonces, en cada proyecto de investigación, cada proceso, cada obstáculo y cada triunfo y los va explicando de la misma manera como relató la vida familiar y social de Llinás: con soltura, describiendo, narrando, contando la ciencia. Y trae sorpresas de procedimientos realizados en pacientes con trastornos neuropsiquiátricos, como el caso del multimillonario que le regaló un poderoso magnetoencefalógrafo por haber curado a su hermano esquizofrénico.

A pesar de los esfuerzos de Llinás por lograr una Colombia mejor educada, donde la investigación científica sea el eje del futuro, el libro Rodolfo Llinás, la pregunta difícil evidencia su profundo desconcierto por los intentos fallidos. Llinás ha triunfado en el planeta, pero en Colombia, a pesar de ser uno de los pocos iconos conocidos de la ciencia nacional, todos lo escuchan pero finalmente lo que propone queda a medio camino. Así no se puede.

Quizá porque a sus 80 años Llinás sigue trabajando incansablemente, el libro termina con la historia que lo unió con el artista plástico Carlos Jacanamijoy, como redondeando las respuestas a un mundo de preguntas desde diferentes miradas, como lo hacen la ciencia y el arte. Aún habrá mucho por contar sobre Llinás muy seguramente, como ciertos secretos que Correa descubrió pero que resolvió dejar en el silencio de la intimidad que se respeta.

Presentación del libro Rodolfo Llinás, la pregunta difícil

A cargo de: Alejandro Gaviria
Fecha: martes 28 de noviembre de 2017
Lugar: Librería Lerner. Carrera 11 # 93ª-43, Bogotá, D.C.
Hora: 6:30 pm

 

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