Aprender a leer nuevamente en la universidad

Aprender a leer nuevamente en la universidad

Los bachilleres llegan a la universidad con sentimientos encontrados; en esta transición los acompañan nuevas motivaciones y también temores por los retos que tendrán que enfrentar. Uno de ellos es el “leer para aprender”, pues aunque salen del colegio pensando que están preparados para enfrentar este desafío, tal pensamiento no es más que una suposición alejada de la realidad universitaria: las destrezas que han adquirido hasta este momento, que se basan en una lectura para organizar información y para superar las pruebas Saber 11, resultan insuficientes para las actividades que exige este nuevo espacio académico. Así lo demuestra el estudio interinstitucional Formación inicial en lectura y escritura de la Educación Media al desempeño académico en la Educación Superior, coordinado por la Red de Lectura y Escritura en Educación Superior (REDLEES), en el que participaron como investigadoras las docentes javerianas Juliana Molina, estudiante de Doctorado en Educación y magister en Lingüística Española, y Adriana Salazar, magister en Lingüística y licenciada en Educación Especial.

Ambas coinciden en que, ante este nuevo contexto para el estudiante, la universidad se puede convertir en una oportunidad para brindar nuevas herramientas de lectura y potenciar las habilidades que ya traen los jóvenes desde secundaria, con el fin de que lean de forma crítica y a la vez apropien el conocimiento, es decir, que no solo sean capaces de leer sino también de reflexionar, relacionar información, consultar diferentes fuentes confiables y construir nuevos aprendizajes. Con esta idea en mente, las universidades han implementado en el primer año de formación cursos de lectura y escritura destinados a promover estrategias para alcanzar estos objetivos.

Sin embargo, Molina y Salazar identificaron un problema: a pesar del paso de los estudiantes por estos cursos, cuando llegan a ver asignaturas propias de los núcleos fundamentales de sus carreras, escenario en el que se supone ya deben contar con un nivel de lectura avanzado, “ellos no saben leer o, por lo menos, no como se esperaría”.

Para reconocer la dimensión de esta problemática, las investigadoras resaltan algunos hallazgos de su investigación, la cual identificó las prácticas de lectura de los estudiantes antes, durante y después de haber cursado estas asignaturas y reflexionó sobre las prácticas de los docentes universitarios para enseñar. Así, el estudio retoma la información de 12 universidades colombianas que ofrecen, en el primer año de formación, cursos de lectura y escritura.


¿De quién es la responsabilidad?

Es verdad que la educación media (EM) podría crear espacios de aprendizaje que promuevan varios aspectos: el rastreo de información para confrontarla, el uso de fuentes confiables, la selección de información relevante y la eliminación de la que no lo es; la asistencia a actividades como foros, conferencias o seminarios que, potencialmente, mejorarían la lectura y serían fuentes de información. Sin embargo, no es responsabilidad de los colegios formar a los estudiantes para leer en la universidad.

“No es deber de la EM desarrollar todas las habilidades que deben tener los estudiantes para ingresar a la universidad. No le podemos pedir a la secundaria que prepare a los chicos para la universidad. Es la universidad la que tiene que formar lectores para la universidad retomando elementos de secundaria, y cada disciplina tiene que buscar los procesos para acercar a sus nuevos estudiantes a las maneras en cómo se lee y se escribe en esa área”, señalan las académicas en su investigación.

Pero si no son los colegios, ¿ qué está influyendo para que los universitarios no cuenten con las destrezas para leer adecuadamente en las asignaturas propias de su carrera? Los estudiantes toman los cursos de lectura y escritura en el primer año y allí se encuentran con tres funciones específicas: leer para hacer resúmenes, leer para resolver evaluaciones y leer para conversar, “muy similar a la lectura del colegio”, explican las investigadoras. Y aquí está el corazón del problema.

Los estudiantes llegan al salón de clase, se sientan y reciben instrucciones del docente, quien impone prácticas directivas; por ejemplo, durante la investigación, un joven señaló que “para una de estas clases la profesora entregaba los textos que debía realizar para la próxima sesión y luego hacía preguntas con base en el texto propuesto para la actividad, con el fin de verificar si había preguntas o dudas”. En ese sentido, el papel del estudiante es el de obedecer y hacer la lectura, en un espacio en donde todo se le es dado porque es común que los docentes dejen la lectura en algún centro de copiado, indiquen en dónde la pueden encontrar o, incluso, la suban al aula virtual y “el estudiante no ve la necesidad de ir más allá para acceder, leer, interpretar y producir información que pueda ser de valor en el contexto académico, convirtiéndose en un actor pasivo dentro del proceso formativo”, añaden las profesoras.

Lo que más sorprende de esta situación es que, aunque las exigencias de los docentes en las asignaturas propias de las carreras son más altas, son ellos mismos quienes, al igual que los profesores de los cursos de lectura y escritura, limitan la búsqueda de nueva información que invite a una lectura para pensar, investigar, escribir, apropiar y construir conocimientos.

Otra práctica de lectura común por parte de los profesores es distanciar a los estudiantes del uso de las herramientas tecnológicas, porque estanca el acceso, lectura, interpretación y producción de diversa información que se encuentra en la red. No replicarlas en la universidad, idear nuevas estrategias por parte de los docentes y fomentar en los estudiantes la búsqueda de información es una de las invitaciones que hacen las investigadoras Molina y Salazar a los docentes universitarios.

“Vamos a tener buenos lectores en la medida que, como profesores, invitemos a que los estudiantes se enfrenten a una variedad de textos y sean críticos ante ellos. Es ponerles retos que no se resuelvan con un resumen ni con una reseña, sino que mezclen voces, utilicen citas, recurran a distintas fuentes confiables y hagan uso de la tecnología, vista como una herramienta que puede ayudar a estos procesos”, afirma Adriana Salazar.


La lectura digital, una posibilidad para leer con sentido

Esa aversión al uso de herramientas tecnológicas por los estudiantes es una de las grandes falencias de los docentes universitarios. Por eso, las investigadoras proponen la implementación de la lectura digital en las clases como una posibilidad para que los estudiantes puedan sobrepasar y romper ese muro que los ha cohibido de leer para aprender y para apropiar el conocimiento.

“Nosotras somos, además de investigadoras, docentes universitarias y no podemos negar que estamos experimentando una transición en la que el formato digital ha empezado a tomar un protagonismo tan fuerte como el que ha tenido por décadas el impreso. Para ir al ritmo de los jóvenes y las tecnologías, un reto que nuestra realidad plantea a las instituciones educativas es el uso de medios digitales para la formación de los universitarios”, exponen.

En un artículo de 2015 derivado de esta investigación, donde se retoma la información de 180 encuestas a estudiantes, además de entrevistas a profesores encargados de los cursos de lectura y escritura y de áreas disciplinares, y observaciones de las clases de lectura y escritura de 12 universidades, las investigadoras afirman que “los textos que los universitarios leen con fines académicos ya no son predominantemente impresos, muchos son digitales, algunos soportados por internet. De hecho, el tercer documento más leído por los estudiantes universitarios (76%) son las páginas web y blogs”.

Pero esta es una realidad que no se aprovecha dentro del salón de clase, ya que los profesores universitarios no motivan ni enseñan a sus estudiantes a buscar información en formatos digitales. “Algunos maestros sienten temor de hacer uso de herramientas tecnológicas en sus clases porque corren el riesgo de que los estudiantes generen hábitos inadecuados de estudio, como el copiar y pegar o, incluso, que lleguen al plagio”, aseguran las investigadoras.

Para Molina, las nuevas generaciones de docentes están dando un viraje importante en este sentido, pues, lentamente, van incluyendo en su ejercicio diferentes herramientas tecnológicas, lo cual potenciará las habilidades de sus estudiantes para construir nuevo conocimiento. “Hay que seguir trabajando en esta concientización para formar mejores lectores y profesionales”, concluye.

De la creación académica a las industrias creativas

De la creación académica a las industrias creativas

La cruzada ambiciosa del Gobierno nacional para robustecer la economía naranja plantea que las industrias creativas aumenten del 3,4% al 6% su participación en el producto interno bruto (PIB) a través de la producción de cine y televisión, literatura, música, artes visuales, turismo cultural y el desarrollo de software, entre otras formas de generación de contenidos. Estos temas no son ajenos a las universidades, que tenemos mucho que decir y aportar desde distintas perspectivas.

Si bien la Ley 1834 de 2017 y la creación del Consejo Nacional de Economía Naranja constituyen los principales mecanismos para cumplir ese objetivo, se deben sumar otros esfuerzos valiosos que se han adelantado en las universidades y en Colciencias en los últimos años para reconocer en la producción artística y creativa las posibilidades de trascender las fronteras del conocimiento y lograr transformaciones sociales, culturales y, por qué no, en materia económica.

Las universidades, dentro de ese ecosistema creativo, desempeñan funciones fundamentales, ya que fomentan espacios de encuentro entre diferentes actores, forman nuevos talentos, producen de manera reflexiva información sobre el quehacer artístico y la dinámica de la industria, y generan política pública que impacta al sector gracias a la conformación de la Mesa de Artes, Arquitectura y Diseño, que permitió la inclusión de los productos de creación en estas áreas en el modelo de medición de investigadores y grupos de investigación de Colombia (por solo mencionar un ejemplo).

Además, y no menos significativo, la academia es un lugar privilegiado para la creación experimental que no está ocurriendo en otros contextos en los que, por la presión de la competencia, se corre el riesgo de repetir fórmulas para responder a las exigencias del mercado. Quienes viven de su arte no siempre tienen la posibilidad de explorar con tanta libertad los límites de la creación. Por tal razón, lo que queremos en el país, y promovemos especialmente en la Pontificia Universidad Javeriana, son espacios de experimentación para que los creadores, poco a poco y a su ritmo, alimenten de nuevos contenidos las industrias creativas.

Algunas de esas apuestas las pudimos socializar en la más reciente versión del Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad realizado en 2018. Ocho universidades participantes, cuatro invitados internacionales, decenas de emprendedores creativos y más de 1.300 asistentes dialogamos alrededor de estos retos, compartimos los resultados de creación-investigación de diferentes disciplinas y algunos emprendimientos jóvenes se presentaron ante actores de la industria cultural. Fue una constante conversación desde diferentes expresiones, estilos y perspectivas con inquietudes alrededor de una forma diferente de acercarse a la producción de conocimiento.

Es claro entonces que el tema de las industrias creativas no es nuevo para nuestra universidad, como tampoco lo es para otras entidades académicas del país. Desde hace años hemos participado tanto en el impulso y la dinamización de este sector como en la reflexión sobre sus prácticas. Por eso, además de celebrar que el Gobierno nacional realce su interés en este sector, invitamos a aprovechar este contexto para que la política pública y las acciones gubernamentales se alimenten de lo que ocurre dentro de los salones y talleres universitarios.

Es posible que no sea fácil conciliar la mirada crítica y los tiempos pausados de las universidades con las velocidades de la economía. Sin embargo, no hay que descartar la necesidad de incorporar en esa articulación sectorial a la academia, ya que contamos con una riqueza de contenidos de valor para entrar en diálogo con la industria y así tender puentes entre la creación más experimental y reflexiva, y aquella orientada a públicos y usuarios, como lo hemos hecho en ocasiones anteriores y como lo estamos haciendo con una infraestructura robusta y con los recursos humanos dedicados a ello en nuestro Ecosistema de Innovación y Emprendimiento Javeriano.


Luis Miguel Renjifo Martínez
Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

El maestro, el centro del sistema educativo

El maestro, el centro del sistema educativo

El mes de mayo es crucial para la educación colombiana: por quinta vez, los estudiantes de 15 años de colegios públicos y privados representarán al país en las pruebas PISA. Este se ha convertido en un medidor de gran importancia para entender qué tan alta es la calidad del sistema educativo del país, pues sus resultados se comparan con los 35 países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, su impulsor) y los demás que, como Colombia, lo presentan.

Los resultados en esta materia no han sido del todo satisfactorios. Aunque en su sumario de 2015 –último año en que se realizó la prueba– la OCDE reconoció que el colombiano fue el segundo mejor avance desde 2006 en materia de resultados, es cierto que el país se ubica por debajo del promedio de los países miembros de la organización, considerada como ‘el Club de países con las mejores prácticas’.

En esa ocasión, diversos debates se suscitaron por cuenta de los resultados: las críticas sobre la preparación de los profesores abundaron, al igual que las propuestas de copiar los sistemas educativos de países con mejores puntajes, como los nórdicos o, concretamente, el de Singapur. Sin embargo, esta ha sido una discusión sin mayores avances.

Para entender la importancia de estas pruebas en el actual sistema de educación y los cambios que deberían darse, Pesquisa Javeriana consultó a Félix Antonio Gómez, magister en educación, candidato a doctor en ciencias sociales y, desde enero de 2018, decano de la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana. En su concepto, más allá de implantar los modelos de otros países, es necesario que el país reivindique a todo nivel la figura del maestro en el aula de clase.


Pesquisa Javeriana: ¿Por qué es vital para Colombia medir su modelo de educación a través de las pruebas PISA?
Félix Antonio Gómez: Se podrían mencionar varios factores, entre los principales: los de orden económico, educativo y político.  En lo económico, las pruebas pueden ser un indicador de la manera en que un país puede encauzar sus modelos de educación para ser competitivo en el mercado internacional; pero, también, para definir prioridades que vayan más allá de este.  En lo educativo, pueden convertirse en tema de debate para determinar si lo que se mide en las pruebas concuerda o no con las necesidades formativas más urgentes del país, para entonces, tomar decisiones informadas y consensuadas.

Finamente, en lo político, las pruebas deberían ayudar a establecer políticas educativas de Estado y no, como hasta ahora ha sucedido, políticas de gobierno acomodaticias y de muy cortos alcances.


PJ: Colombia ha participado desde 2006 en las pruebas PISA. ¿Qué tal han sido los resultados?
FAG:
No nos ha ido muy bien, varios países nos llevan una gran ventaja. ¿Qué se ha hecho? De manera efectiva, muy poco en realidad; ha sido más el escándalo, pues los resultados han servido más para la demagogia política que para obtener resultados educativos reales. El debate se ha concentrado en si las pruebas son deseables o no, si son pertinentes, sobre su carácter político internacional, pero nunca se llega a acuerdos o claridades sustanciales. Ha habido demasiado debate estéril. Los docentes, que deberían estar participando en la discusión, configuran sus posiciones a través de otras voces que los median, tales como representantes políticos y directivos, pero el maestro “de a pie”, de aula, es quien termina estando menos informado sobre todo lo que gira en torno a la prueba y sus resultados, y se queda repitiendo lo que escucha del dirigente sindical, del político de turno o de la figura de moda en la pedagogía.

Si habláramos de lo que PISA ha producido, tendríamos que señalar que ha aumentado la brecha entre unas personas que discuten y toman las decisiones, y el maestro, que es quien finalmente se juega su trabajo en el aula. Es una especie de taylorismo educativo: a un lado los que discuten y diseñan políticas, y al otro el maestro que aplica, algunas veces sin saber muy bien por qué lo hace.


PJ: A nivel de política, ¿qué esfuerzos se han intentado a partir de estos resultados?
FAG: Podríamos mencionar en los últimos años la promulgación de los Derechos básicos de aprendizaje como una forma de que los niños adquieran aquellos saberes considerados fundantes en las principales disciplinas, pero, curiosamente, no han tenido una buena recepción entre los maestros.

Uno podría pensar que el programa “Ser Pilo Paga” tiende a eso también, a brindar oportunidades para que los muchachos que no tienen los recursos puedan acceder a las universidades que ofrecen una mejor calidad, pero todo eso se ve enturbiado por intereses de grupo político, ideológico. Se han hecho diferentes intentos, pero uno de fondo, con el que se busque repensar los fundamentos curriculares en las áreas esenciales, en el que se modele la educación sobre el trabajo interdisciplinario, o una educación más acorde a las exigencias de una sociedad que está cambiando muy rápidamente y donde el conocimiento se ha convertido en la moneda de cambio, esas transformaciones de fondo no se han dado.


PJ: Entre las propuestas formuladas por el Ministerio de Educación Nacional, se ha hablado de copiar el modelo educativo de países como Singapur o los escandinavos. ¿Eso le sirve a un país como Colombia?
FAG: Las influencias culturales y educativas entre naciones no son nuevas. Hoy, debido a los avances de las tecnologías en comunicación, es más fácil conocer y seguir otros modelos educativos, pero trasplantarlos a otra nación solo porque funcionó en el país de origen no es acertado. Hay que tener en cuenta que cualquier mecanismo de mejoramiento del conocimiento o de las habilidades de la persona debe tener en cuenta el contexto en el que se va a aplicar; no podemos copiar otro modelo de manera exacta, pero sí hay generalidades que se pueden adaptar. En ese aspecto, hay cosas interesantes en el modelo matemático de Singapur, también en lo que está aplicando Finlandia y otros países, y otras que no serían deseables ni aplicables para Colombia.

Por otra parte, tenemos una realidad que, por exagerarla, se nos está convirtiendo en un mito: como somos un país de regiones, debemos tener modelos diferentes para cada región. Eso también, llevado al extremo, es peligroso. Por ejemplo, hubo un caso de una capacitación de maestros por medio de un juego con figuras de animales y un maestro se negó a aplicarlo en su escuela porque uno de los animales representados no existía en su región. Hasta esos extremos hemos llegado.


PJ: Por los resultados obtenidos en las pruebas PISA, se puede concluir que los estudiantes colombianos salen muy mal formados de los colegios y es responsabilidad de las universidades nivelarlos. ¿Qué tan cierto es esto?
FAG: La Javeriana tiene un programa para acoger estudiantes que cursan último año de bachillerato para que vean algunas materias, permitiéndoles ver cómo es el ambiente universitario y validándoles esos créditos si las aprueban y se inscriben en la carrera. Es un ejemplo para decir que se necesita ese puente entre el bachillerato y la universidad. Seguimos teniendo un número amplio de áreas del conocimiento que el alumno tiene que ver en el colegio y pasa a una institución que restringe, en el sentido epistemológico del conocimiento, todos esos saberes, volviéndose una persona mucho más específica: de ver 11 asignaturas en la educación básica, más las electivas ofrecidas en el colegio y las actividades extracurriculares programadas por los papás, se pasa a ver siete materias en el primer semestre universitario.

En ese caso se necesita este puente, pero también es necesaria una revisión a profundidad de estos lineamientos curriculares en el país. Si no los tenemos ni los empatamos con la transformación que están viviendo las universidades, esa brecha no solo será de formación, en el sentido estrictamente académico, sino que lo será en otros sentidos: de orden social, relacional, etc. Pensemos en un joven que venga de un colegio de un solo género a una universidad y ahora deba relacionarse con personas de distinto sexo, estudiantes que vienen de colegios con una disciplina bastante rígida y entran a una universidad donde el grado de libertad es amplio, sin mayores restricciones, ahí tenemos brechas de otro tipo. En esos casos, el puente está roto. Por eso no solo necesitamos una reforma curricular que acerque la universidad al colegio sino que permita también una dimensión nueva del aprendizaje curricular, centrado en cómo aprenden los estudiantes y no en cómo enseñamos.


PJ: Otros países resaltan que el rol del maestro es un eje central para el sistema educativo, pero en Colombia la formación de profesores está en crisis, cada vez son menos los inscritos a licenciaturas por factores como los salarios bajos, la altísima carga laboral o los desplazamientos exagerados para ir a dictar clase. ¿Cómo puede hacer Colombia para convertirlo en una pieza fundamental?
FAG: Hoy tenemos en el país un desconocimiento de la labor del maestro. Se han dado algunos pasos para corregir este problema pero son más demagógicos, ligados a políticas momentáneas. Se habla mucho de la importancia del maestro en el sistema pero eso no se ve reflejado en lo que se le debe retribuir por su trabajo y sus condiciones laborales siguen siendo terribles.


PJ: Pero cuando el Magisterio intenta visibilizarlas, el discurso desde el Gobierno es que los maestros no se están esforzando lo suficiente. ¿Es una confrontación que puede superarse?
FAG: Es un diálogo donde hay verdades a medias de ambos lados. Una de parte del Estado es que se están mejorando las condiciones laborales a nivel de aulas e infraestructura, pero solo pasa en las grandes ciudades –tal vez se haya mejorado un poco la relación maestro-número de estudiantes en ciertas regiones–. Otra verdad a medias de parte de los gremios de docentes es que sí están haciendo todo lo que tienen que hacer, ¿pero cómo va a hacerlo alguien cuando escogió ser maestro porque no podía escoger otra profesión?

Tenemos que regresarnos unos años atrás cuando, según creo recordar, la Universidad del Valle realizó un estudio donde mostraba que quienes llegaban a la profesión docente lo hacían por razones que no tenían que ver directamente con su pasión o su deseo de enseñar. Estaba un gran grupo que entraba porque no había pasado el examen de admisión de otras carreras, otros la elegían por una cuestión de menores costos, pero el porcentaje de quienes habían elegido la licenciatura de manera consciente, que sabía de antemano las condiciones a las que se exponía, era el menor. Aunque suene políticamente incorrecto, debemos mirar las condiciones de los aspirantes a las facultades de Educación, si llegan a la carrera convencidos y si saben de las condiciones duras a las que se van a enfrentar para que no tengamos deserción ni tampoco docentes que califican la profesión como un “escampadero”.

Otro problema con la docencia es que las universidades están entrando en una competencia por producir patentes, escritos publicables en revistas indexadas, investigación, y la labor del docente en el aula cada vez es menos visible y menos importante. Es una cuestión que han señalado los medios de comunicación: el maestro tiene que estar produciendo, escribiendo, investigando, ¿pero dónde está el tiempo para la docencia?


PJ: ¿Qué ajustes tiene que hacer Colombia para superar estas fallas estructurales de su sistema de educación, y cuánto tiempo puede tardarse en resolverlas?
FAG: Es un problema macro, que requiere múltiples actores participando en su resolución, pero el primer paso tiene que girar en torno a los profesores. Creo que la formación docente en el país tiene que seguirse fortaleciendo unida a las condiciones laborales. Necesitamos, tal como sucede en Finlandia y otros países, atraer a los mejores egresados de los colegios para que ellos se formen y se conviertan en formadores, pero tenemos que volver ésta una profesión atractiva, no solamente desde lo académico –porque hay personas que quieren ser docentes, porque ven en ello una forma de crecer en la Academia, en lo humano, en lo personal–, sino también desde las condiciones económicas.

Por otra parte, tenemos que invitar al maestro de aula a la discusión sobre el sistema educativo; porque nos sobran “los expertos de escritorio”, y me parece terrible que muchas de las políticas en formación docente estén en manos de personas que nunca pisaron un salón de clase más allá de la universidad; es decir, no puedo formar al profesor de primaria sin nunca haberme desempeñado como profesor de primaria, jugándome un poco el prestigio con todo lo que significa estar allí. Hay que escuchar a los profesores bajo la condición de que su voz no esté mediada por lo político-estatal ni por lo político-gremial, sino por lo político-pedagógico –si puede denominársele así– por su voz como pedagogos.


PJ: Usted se posesionó en enero como decano de la Facultad de Educación de la Javeriana. ¿Cómo debe moverse la Universidad hacia ese norte ideal que acaba de ilustrar?
FAG: En varios niveles. En uno micro, cercano, la Facultad tiene que volver relevante la función de la docencia dentro de la universidad. Yo creo que la Javeriana sí reivindica al docente, pero tenemos que dar la pelea para que su figura no termine convirtiéndose en la de escritor de papers o solo investigador, sino que se reivindique su trabajo de aula: porque tiene que recibir en primer semestre a 20 jóvenes que aún no saben si ésa es realmente la carrera que quieren estudiar, porque debe recibir al alumno con grandes problemas en su casa y en su vida personal, y estar atento a su desempeño, etc.

A nivel de la ciudad, tenemos que participar más de las políticas distritales, y a nivel nacional, ser parte del diálogo educativo dando a conocer la tradición de la Facultad y de la Javeriana como tal, que es muy larga, muy fuerte, que se puede resumir en los valores de las cuatro C: ser educadores Competentes, Conscientes, Compasivos (solidarios) y Comprometidos, porque es un trabajo a largo plazo y debemos jugárnosla toda, porque nuestra profesión va a estar comprometida con nuestro proyecto de vida. Esas cuatro C, que fueron formuladas por el padre Kolvenbach, S.J., son nuestro aporte a un modelo pedagógico nacional.


PJ: A nivel personal, ¿cuál es su gran objetivo como Decano?
FAG:
Está ligado esencialmente a reivindicar la figura y la labor del docente. En tal sentido, como Facultad buscamos ampliar y consolidar nuestra oferta académica; asegurar la calidad de nuestros programas; gestionar el talento de nuestra comunidad; modernizarnos administrativamente, e incidir a nivel regional, nacional e internacional.  Otro de mis grandes objetivos es continuar con la labor de mi antecesor, el padre José Leonardo Rincón, quien inició un proyecto de facultad muy interesante, comprometido con los estudiantes, los exalumnos, los docentes, la  universidad y la sociedad.

El padre dejó un proyecto al que quiero darle continuidad, llevarlo hasta el final. Y, después de eso, nos pararemos en los hombros del gigante y seguiremos mirando hacia el horizonte. Por ahora tenemos puntos cruciales: ampliar la oferta académica, mejorar la calidad de nuestros egresados y docentes, y contribuir en la política pública del país.