Por: Manuela Vence Angarita y Julian David Peña Fernández
La primera vez que Carlos Rivera miró por un microscopio, algo en su interior cambió para siempre. La luz atravesaba las muestras y, de pronto, pequeñas algas verdes se desplegaron ante sus ojos con una intensidad casi mágica. Era apenas un estudiante de primer semestre en la Universidad Nacional, y en aquel viejo laboratorio de óptica se encontró frente a un universo nuevo. Esa bella imagen marcó el inicio de una vida entera dedicada a entender lo que esconden los lagos.
Hoy, más de tres décadas después de aquel primer encuentro con las algas, Carlos Alberto Rivera Rondón es profesor del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana y miembro del Grupo de Investigación de Unidad de Ecología y Sistemática (UNESIS). Sus días transcurren entre los salones y laboratorios del nuevo edificio de ciencias de la Javeriana, el Félix Restrepo, que se inauguró en 2025 y se ve como una gran colmena sobre la carrera séptima a la altura de la calle 43.
Rivera nació en Girardot en 1975 y creció en un barrio que por aquel entonces estaba rodeado de bosque seco tropical. Le gustaba explorar los ecosistemas vecinos con sus amigos. “Yo les decía, bueno, el viernes después de clase nos vemos en la esquina tal, y nos íbamos y volvíamos a las seis de la tarde”, cuenta Carlos. En esos paseos, los basiliscos corrían sobre el agua, las tortugas se asomaban en los humedales y las babillas aún se observaban en las orillas del río Bogotá.
Actualmente, esos paisajes están cubiertos de condominios y contaminación, pero en su memoria permanecen intactos. Ese contacto temprano con la naturaleza lo impulsó al estudio de las ciencias, pero al terminar el colegio aún no se decidía entre las ciencias naturales o las matemáticas. Se lo dejó al destino: presentó el examen de la Universidad Nacional para la carrera de Biología, pero también compró el formulario de la Universidad Distrital, para la carrera de Matemáticas. Finalmente, ingresó a la Universidad Nacional en 1992.
La inmersión en los ecosistemas acuáticos
Su tesis de pregrado se enfocó en las algas del embalse del Neusa, ubicado a 2.798 metros sobre el nivel del mar (m s. n. m.), en el departamento de Cundinamarca. Un profesor lo había invitado a participar en un curso de limnología, la rama de la biología que estudia los lagos, ríos y humedales. Sin pensarlo demasiado, aceptó. Lo que comenzó como una elección espontánea terminó siendo su primera inmersión profunda en los ecosistemas acuáticos.
Para estudiarlos, se utiliza un muestreador de sedimentos, un aparato pesado que se hunde hasta el fondo de los lagos y se entierra, atrapando sedimentos, los cuales acumulan restos diminutos de diatomeas (un tipo de algas), polen, minerales o cenizas volcánicas. Juntas, estas huellas microscópicas pueden narrar la historia del clima, de las plantas, de los animales e incluso de la humanidad.
Las diatomeas destacan como la pieza clave para los estudios de aguas en las investigaciones del profesor Rivera. Estas son algas unicelulares con diminutas estructuras de sílice, de formas ornamentadas y resistentes, que se conservan durante millones de años. Cada especie prefiere un tipo específico de agua, un rango de temperatura y una profundidad determinada. Si se piensa en los sedimentos de un lago como un libro que contiene la historia de ese lugar, las diatomeas serían el equivalente a la tinta con la que está escrito ese relato.

Leyendo la historia de los lagos
Tras graduarse del pregrado, Rivera se vinculó como asistente de investigación y luego como docente en la Universidad Javeriana. Allí mismo empezó su Maestría en Biología en 2006 y la orientó hacia modelos aplicados al lago Guatavita (3.290 m s. n. m.), también en Cundinamarca, donde afinó herramientas para comprender la dinámica ecológica de sistemas altoandinos. Entre expediciones y estudios, este lago se convirtió en uno de sus favoritos.
En 2014, una beca lo llevó a realizar su Doctorado en Limnología y Diatomeas en la Universidad de Barcelona. Allí estudió la dinámica de los climas de los últimos 20.000 años en los Pirineos, demostrando que las diatomeas podían revelar no sólo los nutrientes y las condiciones de luz de un lago, sino incluso su historia de vida.
Ese mismo enfoque lo llevó a trabajar en Tanzania, en la célebre garganta de Olduvai, un yacimiento prehistórico, cuna de la humanidad, donde participó en la comprensión de las condiciones de vida de los primeros homínidos. Fue allí donde su trabajo terminó de tomar forma: ya no se trataba únicamente de estudiar lagos, sino de leer la memoria que guardan.
Hoy Rivera se considera paleolimnólogo. Ha investigado más de 50 lagos de páramo en la Cordillera Oriental, revelando que existen unos 3.250 lagos de páramo en el país (el 71% en áreas protegidas) que la intervención humana y el cambio climático han puesto en riesgo. Un ejemplo de ello fue un estudio en el lago de Tota (3.015 m s. n. m.), donde, asesorando a una de sus estudiantes de doctorado, demostraron cómo la acción humana redujo la transparencia del agua en apenas dos siglos por el uso excesivo de fertilizantes químicos.

Más allá de la biología
Otro de sus proyectos lo llevó al Amazonas colombiano. Allí, en el lago Yahuarcaca (82 m s. n. m), junto a otra de sus estudiantes de doctorado, estudiaron cómo la desconexión con el río Amazonas alteró la productividad del ecosistema. Cruzando imágenes satelitales y análisis de sedimentos, precisaron la fecha en que el río Amazonas, en la región frente a Leticia, cambió de curso: fue en 1983. A partir de entonces, la tasa de sedimentación y fijación de carbono se multiplicó por siete. Un fenómeno que afectó el bienestar de los habitantes de la región.
“El agua de los ríos se organiza sobre el territorio en cuencas, y todos estamos conectados con algún río; siempre necesitamos agua para beber, para regar los cultivos, para los animales”, explica Rivera.
Sus aportes también han trascendido los límites de la biología. Desde un enfoque ingenieril, político y social ha trabajado en proyectos de gran escala como Hidroituango, apoyando el modelamiento del impacto de la crisis del 2018 de la represa sobre los ecosistemas del río Cauca, La Mojana y otros ecosistemas del Caribe.
Rivera no concibe la ciencia como un ejercicio aislado. Está convencido de que los problemas ambientales más urgentes sólo pueden resolverse uniendo disciplinas: ingenieros, matemáticos, sociólogos y biólogos trabajando codo a codo. “Si no trabajamos con otras áreas, no lo vamos a lograr”, afirma con firmeza.
Aunque su currículum impresiona, el lado humano de Carlos Rivera es lo que más cautiva a quienes lo conocen. Se ríe con facilidad, se describe a sí mismo como tímido, aunque todos lo ven como extrovertido porque es un gran conversador.
Disfruta tanto de una caminata de campo como de una tarde viendo series de ciencia ficción. Le gustan el rock en español, las películas familiares y, últimamente, hasta canta a coro las canciones de Karol G gracias a sus estudiantes. No tiene hijos, pero asegura que ha encontrado en sus estudiantes una especie de familia extendida. “Lo más bonito es ver cómo alguien que parecía perdido termina brillando. Eso es lo que más me llena”, dice.
“He tenido suerte, demasiada suerte”, insiste, y basta escuchar su historia para confirmarlo.



