Editorial 14

Editorial 14

Hora de hacer balance

En este mundo cada vez más globalizado, los desequilibrios se manifiestan en muchos aspectos, tienen su origen en realidades muy complejas y son de diverso tipo. Pero quizás ninguno tan sutilmente pernicioso como el desequilibrio mundial en la producción y apropiación del conocimiento científico. Todos sabemos que, en términos generales, las universidades en Colombia y América Latina llegaron tarde al concierto mundial de producción de conocimiento científico, y ello debido al modelo de sociedad que teníamos a la base: nos fuimos acostumbrando a importar de otras latitudes el conocimiento pertinente para nuestro desarrollo económico y social, y eso ha hecho que vayamos más lentos que otros, si es que vamos por el camino correcto.

A mediados de la segunda mitad del siglo XX, las universidades colombianas comenzamos a despertar de una larga y cómoda modorra socioeducativa y a tomarnos en serio el tema de la investigación. La creación de Colciencias y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, a finales de los años sesenta, fue un paso decisivo en la dirección correcta. Si bien, ya antes algunas universidades generaban conocimiento social, científico y humanístico de calidad, Colciencias vino a dar un impulso definitivo al esfuerzo por hacer de la investigación una de sus tareas regulares.

Es evidente que la Pontificia Universidad Javeriana ha participado muy activamente en ese dinamismo. Desde su restauración hace ochenta años hasta el presente, han existido en ella profesores con altísimas calidades académicas que, a la vez que ofrecían docencia de excelente calidad, produjeron investigación científica y humanística reconocida y con pertinencia social y cultural. Tal es el caso de la obra de destacados jesuitas, como Félix Restrepo, en las letras, y Jesús Emilio Ramírez o Lorenzo Uribe, en las ciencias.

Hoy, la investigación en la Javeriana va también por buen camino. La última clasificación de los grupos de investigación de universidades colombianas, publicada por Colciencias hace apenas un par de meses, revela que la Pontificia Universidad Javeriana –sumadas las sedes de Bogotá y Cali– es la universidad privada del país con mayor número de grupos de investigación de alta calidad: cuenta con 29 en las categorías más altas (A1 y A) y sólo es superada por la Universidad Nacional de Colombia, con 107; la Universidad de Antioquia, con 49, y la Universidad del Valle, con 32. Esto significa un desarrollo importante en relación con la medición anterior de 2008: en la sede de Bogotá pasamos, en estos dos últimos años, de 11 grupos A1 y A, a 26. Avanzamos especialmente en las áreas de ciencias sociales y humanas (11 grupos de alta calidad), en salud (6 grupos de alta calidad), y en ciencias básicas (3 grupos de alta calidad). Podemos decir que allí están nuestras fortalezas más notables y que el esfuerzo realizado en los últimos años ha valido la pena.

Pero los balances sirven tanto para evaluar el pasado como para descubrir debilidades y proyectar el futuro a través de planes de mejoramiento. Es mucho lo que aún nos queda por avanzar. Tenemos que continuar afinando los propósitos que buscamos con la investigación, somos una universidad católica y jesuita con una clara identidad de servicio a la sociedad, en un momento histórico particularmente complejo de su historia.Sabemos que difícilmente podremos servir al país al que nos debemos sin investigación de alta calidad. Nuestra vocación docente no se opone al reto investigativo, ni va en la vía contraria a lo que nuestros estudiantes y sus familias esperan de nosotros. Por el contrario, percibimos que la investigación de calidad proyecta la docencia y la formación profesional hacia los más altos estándares educativos, porque coloca a nuestros estudiantes en las siempre dinámicas fronteras del conocimiento y la actividad profesional.

Por eso, además de continuar compitiendo por los recursos de Colciencias, vamos a redoblar esfuerzos por buscar alianzas y fortalecer vínculos que nos permitan acceder a recursos financieros internacionales, para continuar investigando. Vincularemos más nuestro empeño investigativo con empresas que estén abiertas a la innovación científica y tecnológica, en armonía con la naturaleza y con las necesidades sociales.Continuaremos produciendo el conocimiento que el país requiere para su desarrollo, para el perfeccionamiento de sus instituciones sociales y políticas, y para avanzar en la construcción de una Colombia más incluyente, más próspera y más democrática.

Vicente Durán Casas, S.J.
Vicerrector Académico

Descargar Editorial
Editorial 13

Editorial 13

Ochenta años

El 2010 va a ser recordado como un año abundante en efemérides. Además del Bicentenario de la Independencia, que convoca y cuestiona a toda la nación colombiana alrededor de sus orígenes como proyecto de nación libre y autónoma, la Pontificia Universidad Javeriana conmemora los primeros ochenta años de su restablecimiento.

Fundada en 1623 por jesuitas españoles, y suprimida como consecuencia de la expulsión de éstos por Carlos III de España en 1767, la Universidad Javeriana fue restablecida formalmente a finales de 1930 y abrió de nuevo sus puertas académicas a comienzos de 1931, con la naciente Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas, en un viejo edificio colonial que quedaba frente al costado nororiental del Capitolio Nacional, en la esquina de la carrera séptima con calle diez de Bogotá, donde hoy se encuentran la plazoleta Camilo Torres y la puerta de entrada al histórico Colegio de San Bartolomé.

Han sido ochenta años de evolución y crecimiento constante, así como de adaptación a las necesidades y urgencias del país y del entorno. Sus fundadores, de sotana a la antigua y con una mentalidad que provenía de lo que fue la compleja situación de la Iglesia católica a lo largo del siglo XIX, la entendían desde y para una finalidad fundamental: la formación científica y cristiana de la juventud colombiana. Este ideal y proyecto pedagógico irrenunciable, que constituye parte de su esencia e identidad, tiene que ser adaptado a los nuevos desafíos y a las nuevas problemáticas de la conmocionada historia nacional.

La Javeriana cuenta hoy con 37 programas académicos de pregrado, 118 especializaciones (de ellas 39 son clínicas y quirúrgicas), 31 maestrías y ocho programas de doctorado. Tiene extensiones de programas académicos en Armenia, Bucaramanga, Cali, Cartagena, Ibagué, Medellín, Pasto, Pereira, Popayán y Tunja. En ella enseñan 1.377 profesores de planta y 2.390 de hora cátedra. En sus aulas, bibliotecas, laboratorios, talleres y campos deportivos se forman cerca de 22.767 estudiantes, de los cuales el 56% son mujeres. Fue la primera universidad colombiana en recibir acreditación institucional de alta calidad en Colombia, y hoy en día se entiende a sí misma como una universidad con más futuro que historia.

Radicalmente comprometida con el progreso científico y el crecimiento socioeconómico, con el perfeccionamiento de las instituciones políticas del país y con el desarrollo ambiental y socialmente sostenible y con el fomento de la creación artística de alta calidad cultural, la Javeriana proyecta y renueva constantemente su identidad católica y jesuita. Como verdadera universidad no puede dejar de buscar la verdad y de promover la justicia, y como obra de la Iglesia y de la Compañía de Jesús aporta lo suyo en la evangelización de la cultura para el progreso humano. Aspira a llegar a las fronteras del saber y por eso hace de la investigación una de sus metas. Su responsabilidad social la lleva también a las fronteras de la exclusión social, a las fronteras de la violencia, de la corrupción y de la indiferencia: su acción busca aportar en la construcción de una sociedad desajustada, y en ocasiones absurdamente dividida y resquebrajada. Nuestra identidad es la misma y sin embargo hemos cambiado. Nos adaptamos a los tiempos nuevos y recreamos nuestra misión en fidelidad creativa a nuestros orígenes. Vemos el futuro con optimismo porque estamos convencidos de que Colombia necesita del proyecto educativo con el cual estamos comprometidos: investigación y educación superior de alta calidad académica socialmente responsable.

Vicente Durán Casas, S.J.
Vicerrector Académico

Descargar Editorial
Editorial 12

Editorial 12

Bicentenario de cara al futuro

Junto con el entusiasmo colectivo del Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010, nos llegan los mensajes del Bicentenario. Van apareciendo logos oficiales y publicaciones que de manera insistente nos lo recuerdan: hace 200 años nos independizamos de España, hay que recordarlo, hay que hablar de eso, hay que celebrarlo.

La Pontificia Universidad Javeriana no es ajena ni indiferente ante este fervor patriota, tan ambiguo y manipulable. Participa en él con ojo y perspectiva crítica, es decir, como institución universitaria, como casa que recibe y produce saber, conocimiento y visión del mundo. La verdad es que efemérides como esta, en las que muchos ofrecen respuestas y teorías, representan ocasiones privilegiadas para hacer preguntas, algunas de ellas proféticamente impertinentes, pero que van respaldadas por el saber acumulado a través de los años.

Algunos enfoques filosóficos del Bicentenario tienden a presentar estos hechos históricos como entidades independientes, ya suficientemente estudiadas y de las cuales ya sabemos todo lo que de ellas se podía saber. Enfoque equivocado que desconoce el carácter irremediablemente hermenéutico del conocimiento histórico, y ello sin necesidad de compartir el relativismo ontológico de Nietzsche, según el cual no existen hechos sino sólo interpretaciones. Lo cierto es que la única manera de tomarse en serio el conocimiento histórico es bajo el supuesto de que este es el producto nunca acabado de la conjunción de dos elementos necesariamente relacionados entre sí: por un lado la rigurosa y estricta investigación documental, y por otro la interpretación de los mismos desde la pregunta que da origen y sentido a la investigación en curso. Al igual que todo conocimiento auténtico, la investigación e interpretación de la historia germina desde una pregunta que no puede ser soslayada y que constituye un horizonte imprescindible desde el cual se nutre todo proceso cognitivo.

En ese sentido, cabe entender que la celebración del Bicentenario nos hace mirar al pasado. Y si lo hacemos con ojo crítico es porque, muy seguramente, nos interesa el presente y el futuro. Si nos hace considerar los procesos históricos sociales, es porque, como sociedad, nos reconocemos en permanente proceso constructivo.

El Bicentenario de nuestra independencia política se enmarca en el proceso de construcción de nuestra libertad, proceso que no ha terminado y que esperamos y confiamos en que nunca se dará por concluido. La libertad es, al fin y al cabo, el tema de fondo de estas celebraciones patrióticas, y es también el tema que nos convoca hoy como nación y como individuos. Porque queremos seguir construyendo libertad para todos, y porque sabemos que esta construcción pasa por lo político pero no se detiene allí, por eso mismo nos interesa recordar, investigar y celebrar el Bicentenario.

Vicente Durán Casas, S.J.
Vicerrector Académico
Descargar Editorial
Editorial 11

Editorial 11

¿Qué hacer con la salud?

A mediados del pasado mes de febrero, y a propósito de los decretos de emergencia social expedidos por el Gobierno Nacional en diciembre de 2009, la Pontificia Universidad Javeriana convocó a un foro académico en torno al polémico y delicado tema de la salud de los colombianos. A este evento asistió el ministro de la protección social, Diego Palacio Betancourt, y un número considerable de médicos, enfermeras, odontólogos, pacientes, directores de instituciones prestadoras de salud, investigadores y analistas de la salud pública, así como no pocos estudiantes, profesores y directivos universitarios.

Es difícil resumir resultados o conclusiones de un foro que se distinguió por su alta calidad académica, su incontrovertible pertinencia social y –no menos importante– por el respeto de todos a opiniones y puntos de vista diferentes, adversos, incluso contradictorios, pero nunca hostiles. El Ministro, como era de esperar, intentó justificar y explicar el contenido de los cuestionados decretos, a partir de la lógica propia del gobernante. Diagnosticó de manera asertiva la gravedad del enfermo: nuestro sistema de salud, tal y como existe actualmente (resultado de los desarrollos de la Ley 100), es financieramente insostenible; de no hacer nada, en poco tiempo, habrá de colapsar. Por eso el Gobierno decidió tomar las decisiones de la emergencia social, asumir la responsabilidad por las medidas que se consideran oportunas y darle la cara al país, aun con los riesgos que implicaba hacerlo en medio de un proceso electoral.

La reacción de los académicos javerianos fue casi unánime. Si bien se reconoció que el diagnóstico podía ser acertado y la gravedad del problema estaba lejos de ser una exageración, el enfoque general de las soluciones propuestas por el Gobierno en los decretos no convenció a un auditorio de académicos que, al igual que el Gobierno, tiene una lógica propia: la de la crítica. En efecto, a los decretos de emergencia social se les puede criticar o apoyar desde muchos puntos de vista, desde muchos intereses, por lo general legítimos, pero no siempre evidentes o explícitos. La verdad es que médicos y trabajadores de la salud, aseguradores del sistema (EPS), hospitales y prestadores de servicio (IPS), laboratorios de investigación y producción farmacéutica, productores y comercializadores de medicamentos genéricos, asociaciones de pacientes, sindicatos del sector de la salud, intermediarios financieros y de servicios y políticos de profesión (que no es lo mismo que políticos por vocación, como diría Max Weber): todos ellos tienen intereses propios y legítimos que afectan los diagnósticos, los análisis y las propuestas de solución a los múltiples problemas que aquejan el sistema de salud y seguridad social de los colombianos.

Sin embargo, las críticas que se le plantearon a los decretos de emergencia social en la Javeriana no obedecían a ninguno de estos intereses. El enfoque interdisciplinario que nos distingue, así como nuestro compromiso innegociable con la defensa de la vida y la dignidad humana, nos permitieron asumir posiciones que se legitiman con la calidad académica de la investigación y por el interés exclusivo de servir a la comunidad. De allí que la principal conclusión del foro académico sobre la salud en Colombia sea esta: sin investigación seria, informada y honrada, y sin una depuración de intereses ocultos que enturbian los análisis y las soluciones propuestas, los servicios de salud de los colombianos continuarán en estado de emergencia y pronto habrá que prepararse para sus exequias.

Vicente Durán Casas, S.J.
Vicerrector Académico

Descargar Editorial
Editorial 10

Editorial 10

Diez congresos y un futuro promisorio

Del 22 al 25 de septiembre de este año se llevó a cabo en Bogotá el X Congreso de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana, evento que cada dos años convoca a los investigadores de esta Universidad con el fin de dar a conocer ante el público académico y universitario los resultados de sus trabajos, y también para discutir y reflexionar sobre el presente y el futuro de la investigación científica en Colombia.

En total se presentaron 272 proyectos de investigación, de ellos 118 posters de proyectos aún en ejecución. Hubo dos conferencistas internacionales invitados y cinco foros de discusión de temas estratégicos para el desarrollo de la investigación científica en Colombia. Se llevaron a cabo desayunos de trabajo con empresarios, representantes de organizaciones estatales y de algunas ONG acerca de temas como el aprovechamiento de los recursos naturales con fines biotecnológicos, gestión ambiental, desarrollo de infraestructura física, competitividad e innovación tecnológica, y se otorgaron los premios de la bienal al Investigador Javeriano. En el evento hubo un total de 2.163 inscritos, muchos de los cuales provenían de otras ciudades y de múltiples universidades de Colombia.

Un balance general de la investigación en la Pontificia Universidad Javeriana nos indica que esta importante actividad académica ha evolucionado y crecido de manera vertiginosa, y que ha llegado a un punto en el que, si bien está lejos de alcanzar los indicadores de calidad, cantidad y pertinencia deseados, felizmente ya ha sido asimilada como parte de la actividad normal y cotidiana de nuestro quehacer universitario.

Y algo similar habría que decir respecto de la investigación en Colombia: ha crecido y se ha desarrollado, pero debe seguir evolucionando en la dirección correcta, esto es, buscando que los grupos de investigación consoliden su calidad y pertinencia mediante publicaciones que alcancen a las respectivas comunidades científicas, cada vez más globalizadas gracias a las tecnologías de la información y la comunicación.

Uno de los retos más significativos y que marcará el futuro de la investigación en Colombia y en el mundo es el que tiene que ver con la apropiación social del conocimiento. En nuestros imaginarios culturales hay que romper –y ojalá sea pronto– con esa idea nociva y triste de que los científicos y la ciencia representan algo extraño a nuestros problemas del diario vivir. La apropiación social del conocimiento implica que la ciencia y el desarrollo tecnológico entren a formar parte de la agenda cotidiana de los colombianos, ojalá en reemplazo de esa cantidad de banalidad ociosa y pueril con la que suelen distraernos los noticieros y los diarios.

Asimilar colectiva y democráticamente los temas científicos y las políticas públicas de ciencia, tecnología e innovación, por el contrario, puede significar hacernos cargo de nuestro propio futuro y enrutarnos definitivamente por el camino que nos conduzca a ser una nación próspera, culta y madura políticamente. La ciencia no puede seguir siendo una especie de lujo ostentoso al que sólo acceden algunos privilegiados sociales. Es un capital social, quizás el más social de todos, porque no es otra cosa que conocimiento al servicio de la sociedad que lo produce.

Vicente Durán Casas S.J.
Vicerrector Académico

Descargar Editorial
Editorial 9

Editorial 9

Un divorcio inaceptable

Si comparamos la crisis social del matrimonio con otras situaciones de la vida política y social, puede uno pensar que hay ocasiones –en verdad lamentables– en las que el divorcio es la mejor opción, otras en las que no se sabe con certeza qué sea lo mejor, y finalmente otras en las que un divorcio resulta sencillamente inaceptable. Tal sería el caso de parejas que llegan a la conclusión de que, a pesar de sus muchas disputas y desencuentros, ninguno de los dos puede o quiere imaginarse viviendo su vida sin esa otra persona que tiene a su lado. Y tal es, también, el caso del divorcio inexplicable e inaceptable que existe entre investigación, por un lado, y por otro apropiación y aplicación social del conocimiento. La comparación no es arbitraria ni extravagante, como algunos podrían pensar: todos sabemos que si bien hay decisiones equivocadas en la vida –y nadie está libre de ellas– más vale corregir los errores a tiempo con el fin de evitar males peores.

El asunto es bien sencillo: un país jamás alcanzará un aceptable grado de desarrollo económico, tecnológico, social, humano y ambiental, si quienes toman decisiones se equivocan, y en lugar de corregir, de manera terca y obcecada se empeñan en defender sus propios y fatales extravíos. Porque no hay duda: decisiones hay que tomar. Y bien sabemos que no decidir también es una decisión que implica responsabilidades sociales. De modo que lo que uno se pregunta es si quienes toman las decisiones más importantes y que afectan la integralidad de nuestro desarrollo realmente lo hacen con base en el conocimiento y la información que se supone han sido elaborados precisamente con el fin de sustentar decisiones políticas acertadas y suficientemente informadas.

¿Cómo es posible, para ofrecer sólo un ejemplo, que en Colombia abunden serios estudios ambientales con diagnósticos preocupantes y recomendaciones urgentes y sustentadas, y sin embargo se continúen improvisando las decisiones que nos deben conducir, como país, hacia una política ambiental razonable? Dicha improvisación favorece el que estas decisiones dependan más del vaivén político o de los caprichos arbitrarios de funcionarios de turno que de estudios técnicos soportados por exigencias que provienen de la ética y la responsabilidad social.

Si la investigación académica –aun cuando sea de altísima calidad– reduce el alcance de su impacto a los aún demasiado estrechos ámbitos de académicos y estudiosos, y simplemente no llega a las instancias de decisión política que podrían y deberían enriquecerse con ella, puede decirse que deja de cumplir al menos con una parte de su misión en la sociedad. Ya es hora de superar ese imaginario según el cual la producción de conocimiento es un lujo o una aventura para mentes privilegiadas. Sin producción de conocimientos pertinentes que impacten de verdad las instancias donde se toman decisiones de cara al bien común no hay ni habrá desarrollo económico, no hay ni habrá justicia social e incluyente, y no hay ni habrá desarrollo sostenible que respete la naturaleza y la biodiversidad. Y pretender lograr ese desarrollo sin el apoyo y la orientación académica de estudios serios y responsables no será otra cosa que persistir en un error que ya ha mostrado hacia dónde nos conduce.

Vicente Durán Casas S.J.
Vicerrector Académico

Descargar Editorial
Editorial 8

Editorial 8

La pertinencia de la innovación

Según el Diccionario de la Real Academia Española, un significado posible de la palabra innovación es éste: “creación o modificación de un producto y su introducción en un mercado”. De esta forma, cuando en una economía de mercado Ud. produce bienes de consumo, y crea un producto nuevo, o modifica uno ya existente, Ud. está innovando y muy probablemente a su empresa le irá mejor. Nos preguntamos, entonces: ¿es ésa la innovación por la que optan las universidades cuando, a propósito de la pertinencia de la educación y la investigación, deciden apostarle a la innovación?

Si así fuera, las universidades podrían estar perdiendo su propia identidad como centros de educación superior. La institución universitaria no se justifica –ni hoy ni nunca– por el servicio que le presta al mercado, tampoco existe para hacer más efectiva la producción, o para hacer más ágiles los mercados. Concebir a las universidades desde una perspectiva meramente funcionalista, en este caso como un motor de la economía de mercado, es algo así como entender el deporte o el arte como meros negocios y nada más; son también un negocio, pero son mucho más que eso.

La verdad es, sin embargo, que el asunto no es sencillo. En la llamada sociedad del conocimiento innovar no es tan fácil como algunos creen, y tampoco depende de la buena o mala voluntad, como otros suponen. Innovar requiere tecnología y desarrollo tecnológico, y éstos, por su parte, sin ciencia y sin desarrollo científico, resultan imposibles.

Nadie niega la necesidad de fomentar un conocimiento pertinente, pero ¿pertinente para qué? Una alternativa excluyente, por tanto, que se mueve entre dejarse someter a la lógica de los mercados y negarse a considerar la pertinencia como un elemento imprescindible a la hora de pensar la investigación no parece ser lo más razonable, tampoco lo más conveniente. Una interpretación funcionalista de la pertinencia tiende a eliminar la dimensión crítica de la educación, pero a su vez, una desarticulación entre ciencia, sociedad y desarrollo no sería socialmente responsable.

Por eso, como diría Aristóteles, el equilibro del justo medio entre dos extremos viciosos parece ser lo más razonable para encontrar lo que más conviene. La innovación no debe mirar únicamente al mercado, tiene que implicar las dinámicas complejas del desarrollo de las ciencias, sus entrecruces, traslapos y requerimientos, así como las necesidades sociales y los desarrollos tecnológicos que se precisan para caminar en una dirección consensuada en la política.

Para no caer en las sutiles trampas que el mercado le coloca a la apuesta por la innovación, las universidades no deben fomentar sólo la investigación tecnocientífica. Ellas también requieren de esa investigación –aparentemente impertinente– que se concentra en los límites éticos y epistemológicos de todo proceso cognitivo, y en los aspectos políticos implicados en todas las decisiones públicas.

Vicente Durán Casas, S.J.
Vicerrector Académico

Descargar Editorial
Editorial 7

Editorial 7

Investigar: ¿para qué?

Por supuesto que para esta pregunta hay muchas respuestas, todas legítimas, pero también parciales e incompletas. Sin embargo, cuando se plantea desde la Universidad, la pregunta adquiere unas características sui generis.

Hay universidades que se entienden a sí mismas como instituciones de educación superior que realizan su misión centradas principalmente en la docencia, y como es de esperar, algunas de ellas lo hacen bien o muy bien, otras regular, y otras definitivamente mal, pues lo que enseñan o bien no está a la altura del desarrollo universal del conocimiento o no obedece a las necesidades de la población a las que está dirigido su esfuerzo.

Otras universidades se entienden a sí mismas –o son clasificadas– como universidades de élite o de investigación. Cuando esta autodefinición es auténtica y sincera –no siempre lo es– lo que se quiere decir es que la institución posee los recursos humanos, financieros y de infraestructura física y de calidad académica para que la docencia se realice a partir de proyectos de investigación que los profesores y los grupos de investigación desarrollan como su actividad principal. Un ejemplo de esto es la llamada “iniciativa de excelencia” del Gobierno alemán, que hacia finales del año 2007 escogió nueve universidades élite a las que les entregó, tras un riguroso proceso de selección, un generoso presupuesto de 1,9 mil millones de euros para el desarrollo de esos proyectos que están llamados a constituirse en punta de lanza de la ciencia a nivel mundial.

Por su parte, otra gran cantidad de universidades, entre las cuales habría que incluir a las mejores universidades públicas y privadas de Colombia, son universidades de docencia que realizan investigación, es decir, que invierten recursos propios y externos para desarrollar proyectos y grupos de investigación que jalonen y estimulen la actividad docente de alta calidad y así también contribuyan al desarrollo social.

En países en donde el número de cupos para la universidad es inferior al número de bachilleres que podrían tener acceso a la educación superior, resulta de particular relevancia social que incluso las universidades que pretenden ser investigativas desarrollen una pertinente y necesaria tarea docente. En el caso de las universidades públicas, porque en un Estado social de derecho ellas son precisamente las llamadas a atender las necesidades educativas de muchos colombianos cuyos ingresos son bastante limitados; en el caso de las universidades privadas, que tienen que financiarse principalmente con los recursos que provienen de las matrículas, porque los padres de familia cancelan el valor de las mismas con el fin de que sus hijos reciban una educación de calidad.

La investigación en las universidades colombianas debe atender, entonces, a una doble finalidad: incrementar los índices de la calidad de la docencia disciplinar y profesional, y producir conocimientos. Lo segundo es garantía de lo primero. La investigación en la universidad no vale la pena si no es de muy alta calidad, y con frecuencia uno se pregunta si mucho de lo que se presenta como investigación universitaria en realidad no es más que laudables actividades de actualización o, como suelen decir los estudiantes, ponerse al día. La investigación que se lleva a cabo en la universidad debe proponerse mover las fronteras del conocimiento, aportar elementos novedosos desde un punto de vista metodológico, y fortalecer la formación profesional de quienes tendrán en sus manos el futuro y el bienestar de muchos. La investigación es la búsqueda de la verdad, y bien sabemos que la verdad, a la vez que nos hace libres, nos conduce por los senderos de la justicia y la paz.


Descargar Editorial
Editorial 6

Editorial 6

La pertinencia de la pertinencia

Juanito llega del colegio: “Mamá, papá, me pusieron una tarea: investigar las capitales de los países de África”. Enciclopedia en mano —o conectado a Internet— Juanito realiza y concluye con éxito su investigación. Este tipo de actividad investigativa, propia de la educación básica, es formativa y mal podría ser desconocida o poco apreciada. Fomenta una actitud imprescindible en cualquier proceso formativo: deseos de averiguar lo que no se conoce y adiestramiento en los medios y estrategias para conseguir ese conocimiento.

Pero una cosa es investigar lo que uno mismo dentro de sus propios e inevitables límites educativos todavía no conoce, y otra muy diferente investigar lo que prima facie nadie conoce, porque ese conocimiento aún no ha sido producido. Este último proceso —que algunos llaman producción de nuevos conocimientos, investigación de punta o ampliación de las fronteras del conocimiento— es el que hace avanzar las ciencias, las artes y las culturas. En nuestra opinión sólo este tipo de investigación es propio, aunque no exclusivo, de las universidades.

Lo anterior pone de presente algo aparentemente inocuo pero que, a la larga, resulta de gran importancia: el hecho de que el conocimiento humano es un bien que no cae del cielo, como el maná bíblico, sino que necesita ser producido por alguien, y ese alguien necesariamente se encuentra inmerso en algún contexto histórico, cultural y social. La paradoja resulta del reconocimiento histórico de que la muy venerable institución educativa llamada universitas magistrorum et scholarium (comunidad de los que enseñan y los que aprenden) no surgió, al menos en el mundo occidental, con una finalidad principalmente investigativa sino docente. Fue la necesidad de socializar los conocimientos superiores ya adquiridos la que dio origen a las primeras universidades en el mundo cristiano occidental: Bolonia, Oxford, París, Salamanca, Heidelberg…

Se pregunta uno entonces: ¿deben las universidades hacer investigación? La respuesta es necesariamente positiva, no tanto por razones de tipo histórico —de hecho hay muy buenas universidades que no se han destacado por su investigación— sino por razones de tipo epistemológico, es decir, que tienen que ver con el modo mismo como se produce el conocimiento.

Hay conocimientos, en efecto, que sólo se obtienen cuando uno mismo los ha producido. Y eso ocurre tanto a nivel individual como colectivo. Por eso la discusión en torno a la pertinencia de la investigación que se debe llevar a cabo en las universidades colombianas es, por encima de todo, pertinente. Como país, nos hace bien discutir qué tipo de investigación queremos realizar, pues en últimas eso nos remite a la pregunta por el tipo de país que queremos ser. Donde no existen prioridades, es muy probable que tampoco exista claridad sobre los objetivos y las metas por alcanzar. En ese sentido pensamos que si bien la aplicabilidad de una investigación no determina su pertinencia —y a pesar de que esta última no se agota en los criterios de productividad económica— la idea de una investigación verdaderamente pertinente sí nos desafía como sujetos que, a la vez que somos constructores de conocimiento, somos también ciudadanos de un país en construcción.

Vicente Durán Casas, S.J.
Vicerrector Académico

Descargar Editorial
Editorial 5

Editorial 5

Las instituciones universitarias a través de sus programas de doctorado enriquecen la sociedad al dotarla de capital humano capaz de proponer las nuevas fronteras del conocimiento que aplicado permitirán solucionar las problemáticas humanas y sociales, y contribuir significativamente a su desarrollo. De la misma forma, con la investigación y con la formación de investigadores, la universidad le señala a la sociedad metas ulteriores y le propone nuevos marcos axiológicos y culturales.

Pero eso no es todo: los doctorados, realizados en el contexto colombiano, contribuyen al fortalecimiento de los grupos de investigación y aseguran la continuidad de sus líneas de investigación. Además, facilitan y complementan las estrategias de jóvenes y de noveles investigadores, y permiten un mejor aprovechamiento de los recursos públicos y privados destinados a la investigación. Por último, ayudan en parte a subsanar la perspectiva disciplinar y la inexperiencia interdisciplinar, tan común en nuestros medios académicos.

Según las más recientes estadísticas en Colombia se ofrecen aproximadamente 95 programas de doctorado, ofrecidos por 22 universidades. Aunque es una cifra significativa, en comparación con otros países latinoamericanos, deja en claro que aún hay bastante camino por recorrer. Como punto de referencia, podemos señalar dos países que están a la vanguardia de la investigación en América Latina: Brasil, que registra más de 1050 programas de doctorado y México que se acerca a los 500. A pesar de esto es posible ser optimista: en nuestro país las cifras relativas a programas doctorales, se han incrementado especialmente en los últimos años. En el 2003 contábamos con 42 programas, hoy es posible acceder a casi el doble. Quizás el punto que preocupa –en términos de futuro– son las capacidades del país para arbitrar los recursos económicos que permitan a los estudiantes doctorales desarrollar plenamente su experiencia formativa investigativa.

Las universidades privadas colombianas han implementado la tercera parte de los nuevos doctorados. En particular la Pontificia Universidad Javeriana cuenta con 5 programas aprobados. Estos son: Filosofía, Ciencias Biológicas, Teología, Estudios Ambientales y Rurales, y Ciencias Jurídicas, además de dos en trámite ante el Ministerio: Ingeniería y Ciencias Sociales y Humanas. A ellos se suma el Doctorado en Derecho Canónico con titulación eclesiástica.

Formar doctores en Colombia es por lo tanto una opción estratégica y de futuro para el país y para la Universidad Javeriana uno de los pilares para la realización con calidad y pertinencia de su proyecto educativo, tal como lo señala el Padre Rector en la entrevista publicada en este número de la Revista Pesquisa.

Jairo H. Cifuentes Madrid
Vicerrector Académico

Descargar Editorial