Sofía: de niña curiosa a sabia investigadora

Sofía: de niña curiosa a sabia investigadora

Sofía está a menos cinco grados bajo cero (-5ºC). El frío es terrible y a duras penas reconoce cómo el sol se asoma entre las colinas de Sheffield, el lugar más verde de toda Inglaterra. Peak District fue su hogar, un pequeño pueblo a las afueras de esta ciudad donde vivió desde 2007, cuando se aventuró a sacar adelante su doctorado en ciencias. Fue su casa, su laboratorio de experimentación con semillas, su motivo, su razón. Estas diminutas partículas dadoras de vida, y el olor a pasto podado en la mañana, la mantenían atada a Colombia, a los recuerdos de las intensas heladas de los 70 cuando su mamá ponía sobre la mesa un jarrón con flores mientras la preparaba para ir a estudiar.

Hoy, siete años después de haber regresado a Bogotá, son esos 8.434 Km y 13 horas, 55 minutos de vuelo lo que lamentablemente la separa de sus más grandes amores: las colinas y los laboratorios donde pasó semanas completas analizando semillas, y un inglés que le cambió la forma de ver el mundo: Geoffrey, quien le hizo ver que “con él, la vida es mejor”.

Ella es bumanguesa de origen pero ‘rola’ de corazón. Llegó a la capital a los dos años, cuando su papá fue trasladado. Su cabello era color café, con destellos dorados; su sonrisa siempre fue característica, ingenua y un tanto pícara. Creció junto a sus dos hermanos menores, José y Luis, con quienes jugaba a “los autos”. Ella tenía un gusto particular por su maquinaria, sus ruedas. Aunque fue la niña consentida de papá, era la del ‘temple’ en casa, la mujercita con carácter y ‘berraquera’, la misma que heredó de su mayor inspiración: su abuela Alejandrina Herrera.

Sofía recuerda que le encantaba escuchar las historias de vida de su papá, Orminso Basto, un campesino que creció en Armero y desde los seis años recogía arroz para pagarse la educación, y claro, las de su madre, Concepción Mercado, oriunda de El Guamo, Bolívar, quien por años se dedicó a la costura para sacar adelante su hogar. Su madre era una mujer firme, de convicciones fuertes y una determinación ejemplar ante la cultura machista de la Costa Atlántica de mitad del siglo XX; de hecho, fueron ella y su abuela quienes le inculcaron la pasión por la educación, ese deseo efervescente por sumergirse entre las páginas viejas de los libros en las bibliotecas. Sofía leía todo lo que podía, no en vano su nombre proviene del griego sophia, que significa “sabiduría”. El resultado de una mezcla entre la genética y la influencia familiar.

Inquieta, carismática y con una sonrisa tan brillante como su intelecto, su gusto por la lectura y las curiosas historias que su padre le contaba en las noches la hicieron persistente, incluso un poco intensa en su capricho por aprender a escribir lo más rápido posible. Así, un pizarrón y unas cuantas tizas de colores terminaron en su casa; era un recuadro verde, colgado sobre la puerta de la cocina, un tablero donde esculpía con palitos y bolitas lo que resultó ser su más grato recuerdo de la niñez: aprender las vocales siguiendo las instrucciones de su mamá.

Sofía no olvida su primer día de clase. Como todas las mañanas, se despertó con un intenso olor a mazorca y café tostado, sobre el comedor la esperaban un par de envueltos de maíz con tinto; pero ese lunes de 1977 fue diferente: por fin repasaría las planas sobre sus cuadernos ferrocarril junto a más niños como ella. Todavía conserva el recuerdo de su padre asomado sobre la ventana, con sus ojos llenos de lágrimas al dejarla en el salón.

De ahí en adelante, el colegio Nuestra Señora del Pilar, en Bogotá, se convirtió en su aliado. Fue por doce años su manual de estrategias para escapar de los “problemas de los adultos”. A sus seis años su vida tomó una nueva dirección: su padre partió de casa. Sofía decidió asumir la responsabilidad de ayudar y cuidar a sus hermanos menores, sin embargo, no olvida que su papá le contaba cada noche la historia del “lado oscuro de la luna”, un cuento con el que descubrió que el hombre viajó al espacio y que le hizo determinar radicalmente que se dedicaría a explorar la ciencia. Su destino.

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La filosofía fue cómplice en la misión de sobrevivir. En décimo grado reflexionó, durante sus clases, sobre el sentido de la vida. Tenía 16 años cuando tomó la decisión de no tener hijos. En Once, recuerda, por primera vez rompió los esquemas, se liberó de una educación restrictiva, autoritaria y poco crítica. Las taras de mitad de siglo. Soy rebelde, de Jeanette, se convirtió en su canción favorita. Fueron esos versos los que hablaron por ella, sobre lo que estaba viviendo en los momentos de crisis durante su adolescencia:

“Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así /
porque nadie me ha tratado con amor /
porque nadie me ha querido nunca oír. /
Yo soy rebelde /
porque siempre sin razón /
me negaron todo aquello que pedí”.

Terminó el colegio. Con el tiempo empezó a ver de a poco a su padre mientras él seguía influenciando su vida académica, inculcándole la importancia de estudiar para salir adelante y enseñándole lo valioso de hacer las cosas bien hechas. Sofía llevaba una vida disciplinada, no salía al parque, al cine y mucho menos pensaba en las ‘rockolas bailables’. Sus grandes ojos se tornaron muchas veces rojos al pasar horas entre las páginas de inmensos libros de ciencias. Eso sí, sus notas eran tan altas como sus aspiraciones: estudiar biología y llegar a una maestría y un doctorado en un país de habla inglesa aún sin conocer el idioma.

Esta joven siempre tuvo un gusto particular por las ciencias, por la sensación que le despertaba descubrir y explorar nuevos mundos. Con los años se volvió tímida, callada y muchas veces introvertida, pero eso no fue un impedimento para que sus notas hablaran por ella. Hacia 1989 dio el primer paso para cumplir sus sueños al inscribirse en la carrera de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana tras recibir una beca del Sena por sus altas calificaciones. Estudiar era su hobbie; nunca practicó algún deporte pero ejercitaba su mente todos los días en la Biblioteca Alfonso Borrero Cabal S.J. Tenía el deber de obtener las mejores notas porque, de no hacerlo, perdería su beca.

Fisiología vegetal y el curso de invertebrados fueron sus materias favoritas. Para entonces, Sofía ya vivía con su familia en el barrio Álamos Norte, en Bogotá, y tardaba más de una hora en llegar a la Javeriana. Su lonchera siempre iba cargada de frutas: manzanas, bananos, peras, unas cuantas fresas y a veces uvas, porque era un privilegio que no se veía todos los días. “Yo creo que desde niña tenía una tendencia vegetariana. No me gustaba el huevo y ahora me toca de a poco; no me gusta la carne roja, pero después, cuando empiezas a ver que es escasa, entonces las cosas son distintas”, menciona.

Por esa misma época abrió sus ojos a un mundo rico en conocimiento, a un universo fílmico, literario y musical. Carl Sagan se convirtió por muchos años en su amor platónico; la película Como agua para chocolate, en su plan de fin de semana; y la obra Air, de la Suite Orquestal Nº 3 BWV, de Johann Sebastián Bach, las melodías y armonías perfectas para acompañar sus horas de estudio. Terminó su pregrado con 24 años, pero no podía pensar en pagar sus estudios de posgrado o doctorado porque ahora debía, junto con su tía Rosiris, proveer para su hogar. Su madre sufría de quebrantos de salud y sus hermanos estaban estudiando en la Universidad Nacional: José, Arquitectura, y Luis, Economía.

Sofía empezó a dictar clases en 1993, eran monitorías en Fisiología Vegetal y Fundamentos de Biología. Después de terminar sus estudios de pregrado, visitó por varios meses las oficinas administrativas de la Facultad de Ciencias en busca de una plaza como docente, pero no la encontró. Un martes de 1996 “se le hizo el milagrito”. Fue contratada como maestra de hora cátedra con su primera clase: Biología evolutiva, la misma que hoy, 23 años después, dicta a estudiantes de Nutrición y Dietética, Bacteriología, Enfermería, Biología y Ecología. Sofía considera que su habilidad para enseñar y la empatía con sus estudiantes son las razones por las cuales está a la cabeza de los cursos básicos para esas carreras. “Siempre me ha gustado y se me ha facilitado enseñarle a la gente; desde muy pequeña enseñaba matemáticas en el colegio, de ahí fue cómo empecé a ayudar en la Universidad”, añade.

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Su deseo insaciable por explorar y descubrir nuevos mundos, por superarse y salir adelante, la llevó a pagar sus cursos de inglés en el Centro Colombo Americano. Sabía que la ciencia sobre la que aprendía con diccionario en mano estaba en inglés. Un reto más en su vida, un peldaño más para escalar. Así se propuso con su primer sueldo ahorrar para pagarse los cursos y postularse en universidades extranjeras para hacer su maestría.

Obtuvo tres becas para viajar al exterior, pero las tres se las negaron en la etapa final por no tener un puntaje alto en el idioma: las dos primeras, en 1998 y 1999, para estudiar en Holanda, y la tercera en 2000 para estudiar en Nueva Zelanda. Fue una época triste y desoladora. Lloró y lloró mucho. Aprender inglés se había convertido en su mayor reto. Pero, aunque todo se desvanecía, tomó la decisión de limpiarse el polvo de sus rodillas e iniciar de nuevo, terminar esta tediosa etapa y empezar, en febrero de 2005, su maestría en Biología en su alma mater. El idioma ya era un problema superado, lo había dejado atrás.

“Soy una persona muy perseverante; si me caigo, me levanto, y si me toca 20 veces, 20 veces me levanto. Si inicio algo, lo termino. Soy muy responsable”.

Sin embargo, no fue su final feliz. Recuerda que el momento más emocionante de su vida ocurrió el 12 de junio de 2006, al recibir dos noticias que cambiaron su destino: la aprobación de una beca que entrega la Javeriana a los profesores para apoyar su formación y perfeccionamiento en inglés, y la beca del Programa Alβan, (becas de alto nivel de la Unión Europea para América Latina) para hacer un Ph.D en la Universidad de Sheffield, Reino Unido, en Ciencia Animal y Vegetal.

Tuvo un mes para estar en Inglaterra, radicarse allí e iniciar clases; menos de una semana para entender los problemas de los ecosistemas que estaba estudiando; un par de días para acostumbrarse a esta nueva cultura, una sociedad totalmente independiente, y casi que, en tiempo real, desarrollar la habilidad de grabar y transcribir sus clases de estadística avanzada en inglés para entenderlas. Según recuerda, sus compañeros definían su doctorado como una “historia de terror”. No tenía las condiciones apropiadas para alimentarse, vestirse o incluso vivir porque era eso o terminar satisfactoriamente sus investigaciones, era eso o pagar la parte de la matrícula que no alcanzaba a cubrir con sus becas para que no la devolvieran a Colombia.

Fueron cuatro años de trabajo arduo, días completos dentro del laboratorio analizando los efectos del cambio climático y la polución por nitrógeno en los bancos de semillas. Cuatro años extrayendo muestras para conocer las especies de semillas que estaban en el suelo de las parcelas, en las colinas del Peak District, donde nació un amor intenso y profundo por Geoffrey Odds, un contador con alma de artista, como Sofía lo define.

“Yo lo conocí en 2008, a los seis meses de estar en Inglaterra. Compartimos la vida en Sheffield durante tres años y medio, luego nos casamos en 2016 pero ahora él está allá y yo acá, en Colombia. No es tan fácil, exige sacrificio y compromiso, además es necesario enfocarse porque mi tarea ahora consiste en dictar clases y hacer investigación”, menciona esta científica apasionada por el mango y el color azul en cualquiera de sus variedades.

Sofía regresó a Colombia en marzo del 2012. Como fruto del amor por la ciencia, su perseverancia y disciplina, escribió dos artículos para revistas del grupo Nature, reconocido por incluir las publicaciones científicas más serias, prestigiosas e importantes del mundo. Su investigación sobre los efectos del cambio climático en los bancos de semillas en condiciones de extrema sequía y humedad también fue publicada en la revista npj Climate and Atmospheric Science, mientras que su estudio sobre el efecto de la polución por nitrógeno circuló en las páginas de la revista Nature Communications.

Su investigación sobre la respuesta de las semillas ante las perturbaciones antropogénicas y el cambio climático ha convertido a esta mujer en una de las científicas más destacadas de la Javeriana, en un referente de perseverancia, constancia y valor y un ejemplo de cómo una pizca de curiosidad puede hacer que una niña ingenua llegue a ser una mujer apasionada por la ciencia.

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Comprender y predecir la vulnerabilidad de los ecosistemas frente al aumento de las sequías y la contaminación atmosférica ha sido su tarea por años. Porque, como ella bien sabe, “la ciencia es un mundo maravilloso, es lo que me hace feliz, es mi forma de vida y sí, quienes se dediquen a ella pueden ser felices haciendo ciencia, porque descubrir y entender cómo funciona el mundo es maravilloso”. Por ahora, Sofía busca liderar en Colombia un proceso de comprensión de las semillas, motivar a sus estudiantes para que vean en ella y en muchas mujeres más que sí es posible llegar a ser una consagrada científica, con calidad humana y un buen corazón. Y en un futuro no muy lejano, regresar a los brazos de su amado Mr. Odds.

El año que dedicamos al ambiente

El año que dedicamos al ambiente

Visitamos el mar profundo, atravesamos los ríos amazónicos, recorrimos senderos ecológicos, plantamos nuevas especies en las montañas andinas. El 2018 fue un año de desafíos ambientales para Pesquisa Javeriana, uno en el que nos empleamos a fondo para contar las intensas investigaciones que científicos javerianos han venido realizando en aras de preservar y proteger nuestros ecosistemas.

De esa forma fuimos testigos de excepción de expediciones submarinas, analizamos los efectos convulsos que el desarrollo hidroeléctrico ha tenido sobre Colombia, indagamos por la salud de especies submarinas, como los tiburones, conversamos con las comunidades que protegen las especies nativas en su territorio, entre muchas otras actividades, con las cuales produjimos historias sobre la huella que vamos dejando en nuestro planeta.

Aquí les presentamos nuestros mejores trabajos, y renovamos así nuestro compromiso en 2019 para seguir indagando sobre las transformaciones que el hombre ha realizado en el planeta, al igual que sus consecuencias.


1.
Encuentran pequeños peces en aguas subterráneas de los Llanos

/Alexander Urbano, Jhon Zamudio y Jorge García.
/Alexander Urbano, Jhon Zamudio y Jorge García.

Un sencillo ejercicio de observación en una finca del pie de monte llanero les permitió a los científicos javerianos descubrir, con gran asombro, la presencia de pequeños bagres (parecidos a lombrices) de origen amazónico en la cuenca del Orinoco. En este reportaje, acompañamos a los ictiólogos javerianos en su identificación.


2. Turismo ecológico, con sello de calidad

/Cortesía, Juan Ricardo Gómez.
/Cortesía, Juan Ricardo Gómez.

El avance del ecoturismo llevó al biólogo Juan Ricardo Gómez a centrar su tesis doctoral en las certificaciones ecológicas concedidas a los hoteles. De su mano, analizamos las enseñanzas que el modelo costarricense ha consolidado y la forma en la que las autoridades colombianas lo vienen implementando.


3. Amazon Fish, el reto de consolidar la riqueza acuática de la Amazonía

/Tiago Carvalho
/Tiago Carvalho.

La inquietud de académicos europeos, estadounidenses y suramericanos sobre los peces de la Amazonía los llevó a crear el proyecto Amazon Fish, la base de datos con la que pretenden recabar la mayor información sobre la fauna subacuática de esta región. En este artículo, y a partir del memorando de entendimiento firmado con el gobierno colombiano para implementarlo, reconstruimos los pasos de ecólogos e ictiólogos por los ríos selva adentro.


…Y una mención especial

/Diederik Ruka.
/Diederik Ruka.

Cundinamarca se ha convertido en un bastión para los viveristas que cultivan orquídeas nativas. Por ello, la Pontificia Universidad Javeriana se alió con el Instituto Humboldt y el Jardín Botánico de Bogotá para, por medio de capacitaciones, desarrollar buenas prácticas con las comunidades locales. Nuestros periodistas consignaron en video sus aprendizajes y experiencias.

Un año lleno de ciencia e historias

Un año lleno de ciencia e historias

Acabamos de vivir un año intenso en todo sentido, en el cual no solo definimos un nuevo rumbo en Colombia para el próximo cuatrienio, también vibramos con los triunfos de nuestros deportistas, nos sorprendimos con novedosos descubrimientos, sufrimos con tragedias y trabajamos, a nivel personal, por lograr cada una de las metas propuestas.

Para Pesquisa Javeriana, 2018 fue un año lleno de inmensos retos representados en nuevos proyectos, la posibilidad de ofrecerles a nuestra audiencia nuevos formatos y la firme confianza en contar historias, con el más alto rigor periodístico, y con las cuales buscamos que la ciencia saliera del aula, del libro y del laboratorio donde se construye.

¿Con qué objeto? Para que cualquier persona, en Colombia o en otro lugar del mundo, con un saber profundo sobre ciertos temas o con una curiosidad sencilla, pueda acceder al conocimiento forjado desde la Pontificia Universidad Javeriana y aplicarlo a su vida cotidiana, con la esperanza de que así no solo encuentre las respuestas a las preguntas que lo agobian: también para que genere nuevas preguntas, y acepte el reto de responderlas.

Ha sido un año especial, en el que abordamos cuestiones tan importantes para la vida diaria como el acoso femenino en el transporte público, nuevos y esperanzadores tratamientos en salud, innovaciones en transporte lunar, los desafíos del arte, entre muchos otros temas.

Por ello, queremos compartirles nuestras mejores historias, esperando que nos sigan acompañando en este 2019 lleno de renovados desafíos y proyectos, en los que queremos seguir trayendo la ciencia javeriana al alcance de todos. Y, por supuesto, en el que nos embarcaremos en nuevas y apasionantes historias.


1.
Ciencia en Colombia, ¿una utopía?

/Lisbeth Fog Corradine
/Lisbeth Fog Corradine

Todo está dispuesto para que el presidente Iván Duque cree el nuevo Ministerio de la Ciencia. Sin embargo, desde inicios de 2018, Pesquisa Javeriana viene advirtiendo del profundo y estructurado desorden que vive el sistema de ciencia y tecnología en el país, al igual que ha analizado sus profundos retos. En su columna, Lisbeth Fog, nuestra editora general, abordó esta cuestión desde el germen mismo de esta nueva institucionalidad científica: Colciencias.


2. Efectos de hidroeléctricas: urge una visión integral

/Cortesía, The Nature Conservancy
/Cortesía, The Nature Conservancy

La emergencia de Hidroituango puso sobre la mesa el riesgo de este tipo de proyectos tanto para las poblaciones cercanas como para el medio ambiente. Por ello, destacamos las graves consecuencias ambientales que tiene para la Depresión Momposina la construcción de los proyectos hidroeléctricos en la cuenca del río Magdalena-Cauca.


3. El árbitro juega de local, ¿mito o verdad?

2018 Arbitro
/Joan Philip Charry

El Mundial de Fútbol Rusia 2018 nos llevó a indagar sobre la relación que la ciencia ha tenido con el deporte rey. Así nos sumergimos en la investigación de Andrés Rosas, decano de Economía de la Javeriana, sobre el posible favoritismo de los árbitros hacia el equipo local, el cual se manifiesta con mayor frecuencia al añadir tiempo de reposición si éste va abajo en el marcador.


4. Marco, el vehículo javeriano en la Nasa

/Cortesía, Giovanni Viteri
/Cortesía, Giovanni Viteri

Un desafío planteado por la Nasa llevó a 15 estudiantes javerianos de Diseño Industrial a desarrollar, en tiempo récord, un vehículo espacial para recorrer la superficie de cuerpos celestes en futuras expediciones espaciales. Así revivimos las vertiginosas horas de este desarrollo que concursó con otras propuestas internacionales.


5. Siguiéndole los pasos a Humboldt

/Cortesía, Editorial Javeriana
/Cortesía, Editorial Javeriana

2018 fue el año para recordar la obra del naturalista y expedicionario alemán Alexander von Humboldt. Y fue gracias a Humboldtiana neogranadina, la voluminosa reconstrucción liderada por Alberto Gómez, director del Instituto de Genética Humana, sobre los viajes que el científico europeo realizó a nuestras tierras a comienzos del siglo XIX, que Pesquisa Javeriana realizó un especial periodístico sobre su memoria.

En este podcast nos centramos en el desafío de reconstruir los pasos de Humboldt casi dos siglos después.


6. La educación no salva a las niñas

/Joan Philip Charry
/Joan Philip Charry

Ser mujer en Colombia es una labor complicada. Las constantes denuncias de violencia de género, manifestadas en cuestiones como el acoso sexual en el transporte público, han llevado al país a adoptar legislaciones especiales para proteger a la mujer, pero es un trabajo en el que falta mucho por hacer. Aún quedan problemas estructurales como esta investigación desarrollada por las investigadoras javerianas Luz Karime Abadía y Gloria Bernal, sobre la desventaja que las niñas deben enfrentar desde el salón de clase y que puede comprometer su futuro.


…Y una mención especial

/Joan Phillip Charry - María Paula Ramírez
/Joan Phillip Charry – María Paula Ramírez

Dentro de las metas que nos propusimos para 2018 estuvo siempre el desafío de construir puentes entre la comunidad científica y la población. Y una de nuestras mayores felicidades se produjo cuando Viviana Garzón, estudiante de grado Once en el Colegio Rural El Uval, en Usme, llamó a nuestras oficinas para preguntarnos sobre el retamo espinoso.

Esta sencilla indagación nos llevó a organizar, de la mano de la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Javeriana, una jornada académica en esta institución escolar, en la cual los académicos javerianos le enseñaron a la comunidad las estrategias para controlar esta especie invasora.

Cultivando para la vida

Cultivando para la vida

Pesquisa Javeriana viajó al nororiente de Caldas con integrantes de la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Pontificia Universidad Javeriana y el profesor José Ignacio Barrera, doctor en biología animal, vegetal y ecología, para acompañarlos en el cierre de la segunda etapa de los proyectos de investigación Plan de restauración ecológica del Trasvase río Manso y al Plan de conservación de la especie amenazada Gustavia romeroi.

Estas iniciativas surgieron luego de que la Autoridad Nacional de Licencias Ambientales, ANLA, le enviara una medida preventiva de suspensión a Isagen para el inicio de operaciones del Trasvase del Río Manso al Embalse de la Central Hidroeléctrica La Miel I; la obra dejó graves efectos en los nacimientos de agua y el acceso de las comunidades a este recurso hídrico, de acuerdo con el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible evidenciado en Auto 2336 del 24 de junio de 2010.

Conozca a continuación el trabajo realizado en los municipios de Norcasia y Samaná por la ERE, con el apoyo de los estudiantes de las facultades de Ciencias y Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana, quienes pertenecen a la clase de Restauración de ecosistemas.

Berlín es un pequeño corregimiento en el municipio de Samaná, al nororiente Caldas; limita hacia el oriente con el municipio de Norcasia, región privilegiada por sus afluentes Guarinó, La Miel, Moro, Manso, Samaná Sur, Pensilvania y Tenerife.

Gracias a la ubicación geográfica de Berlín, la empresa productora de energía Isagen construyó la Central Hidroeléctrica La Miel I sobre la vertiente Oriental de la Cordillera Central. Esta obra alberga alrededor de 600 metros cúbicos de agua en más de 1.220 hectáreas y creó el actual embalse Amaní.

Sin embargo, con la construcción del Tranvase Manso y del túnel que redirecciona el agua del río Manso hasta el embalse Amaní de la central hidroeléctrica para aumentar su producción de energía, fueron afectadas 22 quebradas en la región, 18 de ellas totalmente secas.

Isagen contactó en 2014 a la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Pontificia Universidad Javeriana para crear un plan de rehabilitación de los ecosistemas terrestres y acuáticos afectados con la construcción del  transvase.

Desde 2015, los estudiantes de la clase de Restauración de ecosistemas, de las facultades de Ciencias y Estudios Ambientales y Rurales de la Javeriana, asisten con José Ignacio Barrera, director de la ERE y docente javeriano, al corregimiento de Berlín, a veredas aledañas como Moscovita, Montebello, La Reforma y Piedras Verdes, para apoyarlo en las estrategias de restauración ecológica.

La última salida de campo ocurrió en abril de 2018; durante su estadía en el municipio de Norcasia, los estudiantes, con el apoyo de habitantes de la región, plantaron especies leñosas para que interactúen y diversifiquen la producción de cultivos (sistema agroforestal) y construyeron cercos con estacas alrededor de las plantas para evitar que el ganado las consuma u obstruya su crecimiento (sistemas silvopastoril).

Otra estrategia, orientada al control de las actividades agropecuarias, consistió en la reubicación de los bebederos del ganados¿ para que no contaminen las fuentes hídricas. Estudiantes de la ERE plantaron cercos vivos a partir de árboles nativos para proteger las rondas de los cursos de agua.

Los estudiantes plantaron palos de aguacate y cacao en la finca ‘Media divisa’, en el corregimiento de Berlín, luego de que campesinos les explicaran cómo hacerlo, con el fin de enriquecer el suelo y dotar de árboles aptos para el cultivo. Este sistema permite también potenciar la actividad productiva de los campesinos de la vereda La Reforma.

Con baldes llenos de cal y palas al hombro, más de 30 estudiantes abrieron huecos en la superficie mientras que otros regaron abono para sembrar plantas de cacao. La recomendación del docente Barrera fue: “Caben hoyos, pongan la cal, rompan la bolsa de la planta, introdúzcanla dentro y rieguen tierra a su alrededor, písenla para compactarla. No dañen las hojas”.

Estas estrategias de restauración ecológica facilitan el restablecimiento de las
condiciones naturales de la región, manteniendo la integridad ecológica del área en cuanto a su estructura, composición y función. A la fecha, más de 8.658 árboles y arbustos de más de 40 especies han sido plantados.

Las actividades de restauración se hicieron mediante mingas o convites con el apoyo de representantes de juntas de acción comunal y municipal, operarios de las fincas y el equipo de la ERE. El objetivo de estos encuentros consistió en mostrar que, así como el ecosistema está conectado entre sí y tiene sus funciones, la comunidad hace parte de una gran red colaborativa que debe apoyar los procesos de recuperación medioambiental.

La limpieza de los conductos de guadua fue una de las actividades desarrolladas por los estudiantes javerianos. En ella, el grupo se encargó de limpiar las hojas, barro y piedras que se acumulan en las mallas que filtran el agua que viaja desde las montañas hacia el corregimiento de Berlín.

Los estudiantes levantaron los sedimentos que obstruyen el recorrido del agua a través de la Bocatoma de Berlín y ajustaron las mallas que filtran los residuos provienentes de actividades agrícolas, industriales, domésticas y ganaderas; muchas de ellas usan pesticidas y fertilizantes químicos que terminan en las corrientes de agua.

De acuerdo con el profesor Barrera, el propósito de estas actividades consiste en pensar el tema de la restauración para mejorar las tierras degradadas por causa del hombre o por causas naturales y salir del aula o ‘jaula’, como él le llama, para que los estudiantes vean el mundo y conozcan la diversidad de escenarios que hay en el país y todo lo que hay por hacer.

La importancia de los experimentos ecológicos a largo plazo para Colombia

La importancia de los experimentos ecológicos a largo plazo para Colombia

Col Basto C
En 2010, trece reconocidos investigadores a nivel mundial (Jonathan Silvertown y colaboradores) hicieron un llamado a la comunidad científica, a los tomadores de decisiones y a las entidades que financian proyectos de investigación, a evitar la “miopía ambiental” que se genera por la falta de financiación para experimentos ecológicos a largo plazo, ya que son, en palabras textuales, “una herramienta científica para el beneficio de las generaciones futuras”.

Los experimentos a largo plazo son escasos, no obstante, algunos de ellos se han venido desarrollando por más de 120 años. Los estudios ecológicos de amplia duración son importantes porque las alteraciones que se presentan en los ecosistemas, frente a fenómenos como el cambio climático, no siempre se pueden evidenciar en el corto periodo que dura la financiación de la mayoría de proyectos de investigación, sino que se registran después de más de una década de experimentación. Esto se debe a que las respuestas de los ecosistemas son complejas, porque son el resultado de la interacción de numerosos factores que no pueden valorarse completamente en el corto plazo.

Además, los disturbios producen efectos de forma lenta sobre algunos componentes del ecosistema y no son detectados en el corto plazo; por consiguiente, estudios llevados a cabo por espacios cortos de tiempo pueden mostrar tendencias opuestas a aquellos de mayor alcance. En consecuencia, se pueden obtener conclusiones erróneas y realizar predicciones imprecisas que, si se emplean como guía para la toma de decisiones en conservación, pondrían en riesgo la biodiversidad y los servicios de los ecosistemas.

Por otro lado, a través de los experimentos a largo plazo se pueden realizar hallazgos inesperados que abran las puertas a futuras investigaciones para comprender mejor los impactos que causan los agentes del cambio ambiental en los ecosistemas. En mi experiencia, por ejemplo, al estudiar los efectos de la contaminación por nitrógeno y la sequía en el banco de semillas –semillas viables que se acumulan sobre el suelo después de ser dispersadas de la planta madre– durante 13 y 14 años, respectivamente, se evidenció que estas amenazas para la biodiversidad tienen efectos negativos mayores e insospechados a lo que previamente se conocía y que, contrario a la predicción de los estudios realizados durante menos de 6 años, el ecosistema de pastizales tiene baja capacidad de recuperación frente a los cambios ambientales. ¿Qué sucedería si los criterios para la toma de decisiones, en torno a la contaminación ambiental y el cambio climático, se basaran únicamente en los resultados de los estudios a corto plazo? La respuesta la dejo a consideración del lector.

En mi caso, tuve la excelente oportunidad de participar en esos estudios en Inglaterra, que hoy en día completan más de dos décadas de experimentación. La robustez de las conclusiones obtenidas me permitió darle una mayor visibilidad a la investigación a través de la publicación de artículos científicos en revistas de prestigio, aunque lo más importante es que el conocimiento generado se está incorporando en las discusiones académicas sobre los efectos de los agentes del cambio ambiental en los ecosistemas. Esto no hubiera sido posible sin el apoyo financiero y la cooperación internacional que hay detrás del establecimiento, mantenimiento y monitoreo de mi investigación. Resalto la enseñanza que me dejó el trabajar con científicos de diferentes partes del mundo, abiertos a compartir su conocimiento, datos y experiencias para alcanzar un objetivo común.

¿Cuál es la situación de Colombia? Desde finales de los años 80, institutos de investigación, entidades públicas, ONG y universidades han unido fuerzas para realizar estudios ecológicos a largo plazo; no obstante, algunos de ellos no tuvieron la financiación para darles continuidad. Por lo tanto, es necesario que, pese a la escasez de recursos económicos para financiar proyectos de investigación y a la visión inmediatista y, por lo tanto, limitada que se tiene sobre las prioridades de producir nuevo conocimiento, se comprenda y se visualicen los beneficios de realizar estudios a largo plazo, de manera que se tomen decisiones acertadas sobre la asignación de recursos para financiarlos. Colombia necesita ampliar la inversión económica en este tipo de estudios para que contribuyamos a las decisiones que, a nivel mundial, se toman sobre el futuro del planeta.

Para ello, primero tenemos que despojarnos de la creencia de que somos dueños de los temas de investigación, para que se genere y fortalezca la confianza entre investigadores e instituciones y así se garantice la permanencia en el tiempo de estudios ecológicos. Segundo, podemos acudir a la colaboración internacional para acceder a infraestructura, herramientas y métodos que otros países tienen, y así disminuir los costos de los proyectos a la vez que, al evidenciar la complementariedad del conocimiento, habilidades y experiencia entre los miembros de la alianza, contemos fácilmente con fuentes de financiación externa. Finalmente, que se discuta en las agendas del gobierno sobre el fortalecimiento y proyección de programas de investigación a largo plazo. Temas como el cambio climático y la contaminación ambiental son ejes trasversales que permiten la integración de investigadores de diferentes disciplinas y la articulación con los intereses de investigación de otros países.


*Bióloga, doctora en Ciencia Animal y Vegetal de la Universidad de Sheffield, docente investigadora de la Pontificia Universidad Javeriana.

El viajero del conocimiento

El viajero del conocimiento

Los años 80 comenzaron para Andrés Etter con el peso de una revelación. Por entonces se encontraba en el municipio de La Loma, en Cesar, estudiando el impacto ambiental que tendría la futura operación carbonífera de la Drummond Ltd. Colombia, cuando se convenció de que su conocimiento era aún muy restringido para entender esos problemas. Si pretendía medir la verdadera huella del ser humano y sus actividades sobre los ecosistemas, tendría que ir más allá y ampliar sus conocimientos de biólogo; sería necesario consolidar y aplicar la visión sistémica, método que había aprendido de Arthur Simon, uno de los profesores que más lo había marcado. La representación geográfica, la historia y los mapas siempre lo atrajeron, por eso debía aprender de geografía y de manejo de datos espaciales y convertirse, nuevamente, en estudiante.

“En la biología que nos enseñaron, la acción del hombre se veía como algo separado de los sistemas biofíscos, como del ámbito de las ciencias humanas, lo que me parecía contradictorio porque cada vez me daba más cuenta de que la expresión de la naturaleza respondía a las interacciones del hombre”, resume. Esa convicción lo llevó, primero, al Centro Interamericano de Fotointerpretación (CIAF), organismo en convenio con la Universidad Nacional, liderado por profesionales holandeses, dedicado a la cartografía, los estudios de suelos y la vegetación basados en sensores remotos, como fotografías aéreas o imágenes satélitales. Y allí, en medio de coordenadas, accidentes geográficos y de nociones del concepto de paisaje, encontró los trazos de su destino.

El camino lo condujo a Holanda, donde estudió la Maestría en Ecología del Paisaje, la primera parada del viaje intelectual que se había propuesto. A su regreso, aquel muchacho de 27 años, tímido pero aplicado, se convirtió en profesor de estudiantes internacionales (brasileños, mexicanos y de otras latitudes), muchas veces con una experiencia que él apenas comenzaba a construir. “Ahí aprendí a relativizar y poner en contexto mis conocimientos, a valorar la experiencia de otros y la necesidad de escuchar. La ciencia es base de conocimiento progresivo”, comenta. En las clases vislumbró un vacío en las aproximaciones de estudio del territorio, que podrían integrarse dentro de las nociones de la ecología del paisaje. Entonces, supo que debía dedicarse a su promoción, divulgación y aplicación.

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Aquella convicción, que se ha convertido en el sello de su trayectoria académica, de alguna manera la había intuido ya desde su niñez. Andrés Etter tuvo el privilegio de conocer el país al lado de su familia y de su padre, un empresario suizo que echó raíces en Colombia y que entendió que la mejor forma de mostrarles el país a sus hijos era viajando: sus vacaciones transcurrían entre los cerros orientales, el altiplano cundiboyacense, las sabanas llaneras o las playas del río Guaviare, donde su familia acampaba. “Hablando con mis compañeros de colegio, me sorprendía que eso fuera inusual. En ese momento, conocer el país pocas veces iba más allá de ir a la playa o a una finca”.

El profesor Andrés Etter ha publicado más de 80 escritos, entre artículos, capítulos de libros, libros y decenas de mapas ecológicos.

Esas experiencias se fortalecieron mucho por el legado y los escritos de El Dorado, de su bisabuelo materno, Ernst Rothlisberger, y por la amistad de su abuelo Walter, que le abrió los ojos a la historia. La educación y las lecturas promovidas en el Colegio Helvetia, donde estudió, alimentaron su curiosidad: desde las obras de Albert Camus, Eduardo Caballero Calderón, Rómulo Gallegos y Gabriel García Márquez, hasta las biografías de grandes personajes del siglo XIX, como Napoleón, Simón Bolívar o Alexander von Humboldt. Todas incidieron en su constante interés por aprender más y contrastar lo que estaba escrito con lo que sucedía en el mundo real.

Fue la misma sensación que experimentaría en la universidad, cuando, a finales de los años 70, interrumpió sus estudios de biología en la Universidad de los Andes para irse a los llanos orientales. Después de viajes y encuentros con la naturaleza, ubicó un refugio intelectual en Villavicencio junto al herpetólogo y naturalista alemán Federico Medem, quien escribía por entonces sus libros sobre los cocodrilos colombianos. Etter se convirtió en su asistente de investigación, con acceso a una biblioteca llena de ediciones originales de libros de viajeros naturalistas como Spruce, Bates, Wallace y Schultes, y a los recuentos de sus viajes y conversaciones que acababan en la madrugada, acompañados de tinto y cigarrillo.

La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia, ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.
La iniciativa, heredada de su papá, de conocer a fondo cada rincón de Colombia,
ha llevado a Andrés Etter a lugares como el Chocó, la Amazonia y la Orinoquia.

Allí comenzó a entender que no lo comprendía todo, que ese país exuberante era mucho más intrincado de lo que creía. Lo supo en sus viajes posteriores a la Sierra Nevada de Santa Marta, Chocó, Tumaco, Guajira, por los Andes y, nuevamente, por la Amazonia. Y lo reafirmó más tarde con sus primeras clases: para aportar, era necesario seguir conociendo y estudiando.

El siguiente paso lo daría en conjunto con su hoy amigo y colega Francisco González, quien en 1989 lo invitó a integrarse a la Pontificia Universidad Javeriana. Su trabajo y visión contribuyeron a consolidar la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, donde se ha dedicado a enseñar y poner en práctica la ecología del paisaje. En esta nueva etapa investigó con un equipo interdisciplinario sobre aquel país que recorrió en su juventud, principalmente liderando proyectos de desarrollo regional en la cuenca del río Chicamocha (al norte de Boyacá), en los parques nacionales de la Amazonia, aportando en la fundación del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt en 1993, y construyendo el primer Mapa de Ecosistemas de Colombia.

Este sería el primer insumo para su obra, que cristalizaría tras culminar el Doctorado en Ecología en la Universidad de Queensland, en Australia. Se trata de la modelación de la transformación histórica de los ecosistemas colombianos, trabajo que requirió la elaboración de mapas ecológicos del país desde el año 1500 hasta la actualidad con ayuda de documentos históricos y fuentes empíricas actuales, revelando que las principales amenazas se ciernen sobre la costa Caribe, la cuenca seca de los Andes y los bosques andinos. De ellos resultó la Lista Roja de Ecosistemas Colombianos, iniciativa apoyada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que busca medir la huella del desarrollo humano sobre el medio ambiente, elaborada junto a estudiantes graduados en ecología de su facultad.

La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.
La fotografía y la literatura son las otras dos pasiones del investigador Andrés Etter.

“En estos tiempos del Antropoceno necesitamos ser doblemente responsables con lo que hacemos, porque tenemos evidencias claras de los impactos humanos en el funcionamiento del sistema global, por lo que está en nuestras manos manejar bien el medio ambiente para nosotros y los demás seres vivos”, asegura Etter, quien, por su trabajo, ha recibido distinciones como la Mención de Honor del Premio Nacional de Ciencias, otorgado por la Fundación Alejandro Ángel Escobar, o el Premio Vida y Obra al mejor investigador otorgado por la Javeriana.

Amante de la obra del pintor francés Paul Gauguin y de la música clásica, se considera un académico apasionado y un viajero dedicado que hoy, junto con su esposa Isabel y su hijo Alejandro, sigue los pasos familiares de acampar en los páramos, a orillas de los ríos de Guaviare y Guainía, o los desiertos australianos.

En ellos se esconden claves del conocimiento. “Siempre les digo a mis estudiantes que el hecho de salir graduados de aquí no los hace depositarios de la verdad, pero sí personas con un conocimiento mayor al promedio de la población, lo cual los obliga a hablar y opinar responsablemente, siempre con base en evidencias y no con opiniones emocionales”.

Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.
Ríos lejanos y montañas escondidas son algunos de los parajes vacacionales frecuentados por la familia Etter.
No se pierda la edición 42 de Pesquisa Javeriana

No se pierda la edición 42 de Pesquisa Javeriana

 

Este 2017 ha sido un gran año para Pesquisa Javeriana. Con el relanzamiento de nuestra estrategia digital, que nos ha llevado a tener una presencia más activa en internet y en las redes sociales, al igual que la posibilidad de realizar cubrimientos en vivo, nos vamos convirtiendo en un medio activo en la difusión de contenidos científicos con una alta calidad periodística.

Por eso, para ir cerrando este año con broche de oro, los invitamos a leer el número 42 de nuestra revista impresa, el último de 2017 que circula hoy para los suscriptores del diario El Espectador.

Encuentre en nuestra edición:

  • Un reportaje especial sobre la investigación que los profesores de la Universidad Javeriana sede Cali hacen cada año en la Reserva Seaflower.
  • Las técnicas aportadas por nuestra alma máter para conservar la estructura de las capillas colombianas construidas con tapia pisada.
  • Los avances en la investigación contra la demencia frontotemporal.
  • La evidencia sobre metales pesados en el agua lluvia que cae en la capital.
  • ¿Quién es Andrés Etter, el ecólogo y profesor javeriano que investiga la huella de los humanos en los ecosistemas?
  • Un recorrido reflexivo por las obras de arte dispuestas en la Avenida Eldorado y la Carrera Séptima, en Bogotá.
  • La opinión de los usuarios hoteleros sobre la calidad del servicio.
  • Perfil de Salomé Mojica, joven investigadora especializada en salud pública.
  • Editorial sobre las reflexiones de innovación que dejó nuestro XIV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana.
  • La iniciativa de renovación verde en el campus javeriano de Bogotá.
  • Recomendaciones de la Editorial Javeriana.

Si usted desea acceder a estos contenidos y no es suscriptor de El Espectador, puede descargar la edición digital (PDF) de nuestro número 42 en este enlace.

El preocupante futuro de los ecosistemas colombianos

El preocupante futuro de los ecosistemas colombianos

Buena parte de los ecosistemas naturales de la costa Caribe colombiana han sido transformados drásticamente por la actividad humana en las últimas décadas. “Ya casi no existen”, afirma el profesor investigador Andrés Etter, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana. La construcción de carreteras y otras obras de infraestructura, la urbanización, pero principalmente la expansión de la frontera agrícola, son algunas de las razones para que esto ocurra.

Lo mismo ha sucedido con una gran extensión de las tres cordilleras que recorren el país de sur a norte. Y es en estas regiones donde también el Grupo de Ecología y Territorio de la Javeriana, en cabeza de Etter, ha identificado los ecosistemas en peligro crítico (CR): lo que queda del bosque seco tropical en el Caribe y el desierto tropical de la Guajira y la Tatacoa en el Huila; los ecosistemas secos de los Andes, como el Cañón del Chicamocha en Santander y, en menor escala, Dagua en el Valle del Cauca; los ecosistemas húmedos como los humedales que agonizan en el altiplano cundiboyacense empezando por Jaboque, en pleno Bogotá, y las áreas de bosque húmedo tropical del piedemonte llanero. Allí es donde la situación está más complicada.

Estos resultados podrían apoyar la toma de decisiones de quienes juiciosamente diseñan los Planes de Ordenamiento Territorial (POT) en los más de mil municipios del país, porque el trabajo de los investigadores javerianos lleva más de 30 años y tiene evidencia científica del cambio en el paisaje desde hace cinco siglos. El estudio, además de caracterizar el nivel de riesgo de los ecosistemas naturales que subsisten, permite establecer el nivel de protección en el sistema nacional de Áreas Protegidas. De los ecosistemas que se encuentran en peligro crítico (CR) o en peligro (EN), que en total son 38, no subsisten sino 19 millones en las 114 millones de hectáreas que tiene el territorio colombiano. El estudio también permite ubicar los tipos de ecosistemas que han desaparecido y los lugares que estos ocupaban, para identificar necesidades de restauración.

Figura 1. Mapa de la ubicación de los ecosistemas CR y EN que se perdieron por el proceso de expansión de la frontera agrícola y urbana, y que deberían ser la base para focalizar procesos de restauración.
Figura 1. Mapa de la ubicación de los ecosistemas CR y EN que se perdieron por el proceso de expansión de la frontera agrícola y urbana, y que deberían ser la base para focalizar procesos de restauración.

Con base en esto, Etter recomienda priorizar la restauración de aquellos ecosistemas que están en peligro crítico o en peligro. Hace énfasis en aquellas zonas rojas y naranjas del mapa (Figura 1), pero focalizándose en aquellas que presentan baja productividad y altos niveles de impacto ambiental. Sin demeritar los beneficios de la industria ganadera, llama la atención porque “la ganadería ha sido la gran transformadora de los ecosistemas colombianos”, y agrega que “el 80% de la frontera agrícola colombiana son vacas, frecuentemente con bajos niveles de productividad”, alrededor de 23 millones de reses. Si estuviera en sus manos, entre estas se enfocaría en aquellas áreas alejadas de las carreteras, cercanas a ecosistemas naturales y a ríos, entre otras características que viene analizando con sus colegas.


Una lista roja de ecosistemas

Ahora que en Colombia tanto el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM), como el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), han presentado sus mapas de amenaza de los ecosistemas colombianos, Etter y sus colaboradores entregan la Lista Roja de Ecosistemas (LRE) que representa un nuevo estándar unificado de carácter global mediante el cual es posible evaluar el estado de todos los ecosistemas del mundo en riesgo, con una metodología basada en cuatro criterios básicos: la reducción en la distribución geográfica, el patrón que ha llevado a esa reducción, la degradación ambiental física, que incluye aspectos como el suelo y el clima, y la alteración de procesos bióticos asociados a los ecosistemas, como, por ejemplo, los cambios en los procesos de dispersión de semillas o de polinización. “Estamos mostrando en qué ecosistemas ha sido más severo el deterioro y cómo, si se juntan las variables, se puede valorar ese riesgo de una manera más transparente”, explica el ecólogo (Ver Figura 2). Esta metodología, originalmente ideada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), se empezó a diseñar en 2010, y en 2013 se publicó en el artículo titulado Scientific Foundations for an IUCN Red List of Ecosystems, de David Keith, Jon Paul Rodríguez y colaboradores.

Figura 2. Mapa que corresponde a la evaluación final de la Lista Roja de Ecosistemas de Colombia
Figura 2. Mapa que corresponde a la evaluación final de la Lista Roja de Ecosistemas de Colombia

Colombia ha sido uno de los pocos países que, junto con Costa Rica, Chile y Venezuela, iniciaron en América Latina el estudio con financiación internacional. La experiencia del investigador Etter al haber recorrido el país entero durante más de tres décadas y haber realizado análisis históricos de transformación de ecosistemas, sumado a insumos importantes liderados por otros investigadores como, por ejemplo. las tasas de deforestación en el país del IDEAM, permitieron avanzar en la investigación que, según Etter, es reconocida como una de las aplicaciones de la metodología más completas.

Los investigadores javerianos se concentraron en los ecosistemas terrestres, identificando 81 tipos: 54 corresponden a ecosistemas forestales, seis a ecosistemas arbustivos, 16 a sabanas y páramos, y cinco a humedales. “Los ecosistemas son la base del soporte de la vida humana. Conservándolos, conservamos oportunidades a futuro, en términos de la biodiversidad”. Pero también, resalta, como país megabiodiverso, “Colombia tiene una responsabilidad más allá de sus fronteras, en términos globales, de responder como guardianes de esa riqueza biológica”.


A futuro

Con base en los mapas históricos (Ver Figura 3), y si sigue la tendencia actual de lluvias, dentro de 20 o 30 años, el área con los mayores cambios será la península de la Guajira, seguida de la parte norte del departamento de Norte de Santander y la región central de Arauca y Casanare.

Figura 3. Transformación de los ecosistemas colombianos a través de los años.
Figura 3. Transformación de los ecosistemas colombianos a través de los años.

Desde el punto de vista de las tasas de pérdida o degradación de los ecosistemas en relación con la dispersión de semillas y polinización, las regiones que más sufrirán serán las ubicadas en la cordillera de los Andes, el norte de la Amazonia y el sur de la Orinoquia, unas 60 millones de hectáreas afectadas.

Si bien el ejercicio realizado hasta ahora ha contemplado las amenazas por el cambio climático de manera preliminar, los investigadores no dudan en que esta categoría empezará a jugar un papel más importante en futuras evaluaciones.


INVESTIGADOR PRINCIPAL: Andrés Etter Rothlisberger
COINVESTIGADORES: Ángela Andrade, Kelly Saavedra, Paula Amaya, Paulo Arévalo, Juliana Cortés, Camila Pacheco, Diego Soler.
COLABORADORES: Tito Muto, Andrés Páez, Mauricio Vejarano, Miguel A. Cañón, Laura Eraso, Yaneth Muñoz.
Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, Pontificia Universidad Javeriana
Conservación Internacional, Colombia

Financiación
Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, IUCN
Convention of Ecosystem Management, CEM
Provita
Fundación Moore

Apoyo institucional
Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible
Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt
Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras José Benito Vives de Andreis

PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2010 – 2017