Dantas: la historia de una hermana perdida

Dantas: la historia de una hermana perdida

Estudiar genéticamente dantas o tapires no es tan común como hacerlo con monos, osos, delfines, pumas o jaguares, quizá porque no tienen una apariencia seductora. Con todos ellos ha trabajado el biólogo Manuel Ruiz-García, PhD en genética de poblaciones, para tratar de descifrar lo que podríamos llamar la genealogía de estos animales: ¿quiénes fueron sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos?; ¿de dónde provienen?; ¿por qué llegaron al lugar donde se radicaron?, y ¿cómo han evolucionado?
Los tapires son mamíferos vegetarianos, emparentados con los caballos y los rinocerontes, pero de menor tamaño. Son excelentes nadadores. Tienen un cuerpo sólido, un olfato muy sensible y un hocico alargado que utilizan para conseguir su alimento. Los llaman los ‘arquitectos de la selva’ por ser eficientes dispersores de semillas y porque van arrasando la maleza y abriendo avenidas naturales por donde pasan. Como dice el poeta Antonio Machado, “Hacen camino al andar”.

A raíz del anuncio del descubrimiento de una nueva especie de tapires por parte de un grupo de científicos con sede en Brasil, Ruiz-García volvió sobre sus notas, sus investigaciones y sus artículos científicos porque, desde que leyó el artículo publicado en el Journal of Mammalogy, le llamaron la atención varias de las afirmaciones que allí encontró. A partir de ese momento, pero sin descuidar otros trabajos que adelanta con su grupo de investigación, ha concentrado buena parte de su quehacer científico en refutar ese descubrimiento con base en diferentes técnicas, entre ellas, análisis de ADN de las muestras que ha recolectado desde 2006: pelo, dientes, sangre, pedazos de hueso y trozos de piel y músculo.

Lo que se sabía

La literatura científica habla de tres especies de tapires en América Latina. El primero es el andino o danta de montaña (Tapirus pinchaque), que es el más pequeño y solo se encuentra en Colombia, Ecuador y en la parte norte de Perú; su distribución geográfica es restringida y algunos lo consideran en vía de extinción. El segundo es el centroamericano (Tapirus bairdii); es el que tiene mayor tamaño, vive en México, Centroamérica y se lo puede ver también en el Pacífico colombiano. El último es el tapir de tierras bajas, sachavaca o anta (Tapirus terrestris), que se encuentra desde el norte de Colombia hasta el norte de Argentina y Paraguay.

Dada la colección de muestras que Ruiz-García había logrado reunir en sus viajes por el Amazonas peruano, brasileño, ecuatoriano, boliviano y colombiano, inició en 2007 los estudios, principalmente del T. terrestris, en colaboración con Benoit de Thoisy, del Instituto Pasteur en la Guayana Francesa. “En ese primer estudio (2010) se detectan cuatro linajes genéticos diferentes, pero que están entremezclados en las mismas áreas”, explica Ruiz-García. “En la Amazonia colombiana encontramos los cuatro linajes. En la Amazonia occidental se hallan las poblaciones de tapires con mayor diversidad genética, lo que puede considerarse como el punto de inicio de diversificación de la especie”.

El segundo estudio (2012) incluye también las especies T. pinchaque y T. bairdii. Fueron analizadas 201 muestras, principalmente del T. terrestris (141), y 30 de cada una de las otras dos, recolectadas en Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Guayanas, Paraguay y Argentina, así como en zoológicos de España y Estados Unidos. Esto se hizo para conocer la distribución geográfica de los tapires y, con base en estudios de secuencias del ADN, generar teorías sobre el origen de las tres especies del continente americano, desde México hasta el norte de Argentina.

Cabe señalar que, como es común en la dinámica de la investigación científica, Ruiz-García había compartido parte de las muestras, tanto con de Thoisy como con los investigadores brasileros.

Lo que se reportó como descubrimiento

En 2013 la Universidad Federal de Minas Gerais en Brasil reportó una nueva especie de danta, a la que sus investigadores denominaron Tapirus ‘kabomani’. El autor principal es el paleontólogo argentino Mario Cozzuol y uno de los coautores es de Thoisy. La danta es descrita como la de menor tamaño, con pelo más oscuro y frente más amplia.

Desde el punto de vista craneométrico, hacen énfasis en dos aspectos: T. ‘kabomani’ presenta una sutura frontoparietal mucho más al frente que la del T. terrestris; la otra diferencia es que, en el T. ‘kabomani’, la región de la frente detrás de los huesos nasales es mucho más ancha. El texto incluye una fotografía para mostrar esas características.

Desde el punto de vista molecular, los análisis que realizaron con base en tres genes de las mitocondrias sitúan al T. ‘kabomani’ como una especie genéticamente distante del T. bairdii, aunque menos del T. terrestris y del T. pinchaque.

Lo que refuta Ruiz-García

Desde entonces, Ruiz-García, uno de los investigadores con más muestras de tapires en Latinoamérica, ha publicado un artículo en la revista inglesa Mitochondrial DNA, otro fue aceptado en la revista norteamericana Journal of Heredity y escribió un capítulo para un libro que publicará la editorial Nova Science Publisher de Nueva York. En estos textos demuestra, desde el punto de vista morfológico y molecular, que no se trata de una especie nueva.

Un primer argumento que aduce se sustenta en la definición de especie del biólogo evolutivo alemán Ernst Mayr: se trata de un grupo natural de individuos que pueden cruzarse entre sí, pero que están aislados reproductivamente de otros grupos afines, lo que no puede aplicarse a organismos fósiles –porque no hay manera de conocer si cuando estaban vivos podían cruzarse–. De esta manera, los cráneos no podrían evidenciar por sí solos las dos especies. Es más –continúa Ruiz-García­, quien en el último año ha medido alrededor de 180 cráneos de tapires de toda Latinoamérica–, cuando los tapires son jóvenes, o se han quedado pequeños por problemas de alimentación, tienen mayor variación en esos dos puntos del cráneo en los que los investigadores ven las diferencias, con respecto a los individuos que se han desarrollado normalmente. “Responde entonces a variación ontogénica, [es decir], en el desarrollo de los cráneos de tapires de jóvenes a adultos”. Ruiz-García lo explica con el siguiente ejemplo: el cráneo de un pigmeo africano es muy diferente al de un sueco, pero eso no significa que no puedan cruzarse y que los híbridos no sean viables.

Por otro lado, los investigadores que están en Brasil afirman que el T. ‘kabomani’ vive en todo el Amazonas. Esto significaría “que no hay ninguna barrera geográfica que separe a los T. ‘kabomani’ de los T. terrestris, lo cual conlleva que se pueden cruzar sin ningún problema; por lo tanto, no son dos especies diferentes: según la definición de especie biológica de Mayr”, explica Ruiz-García.

El investigador remata diciendo que las tres especies conocidas en Latinoamérica son cromosómicamente diferentes “el T. bairdii sí se puede encontrar con el Terrestris en el Chocó, pero no se ha visto jamás este cruce entre ellos”.

Desde el punto de vista molecular, el argumento de Ruiz-García se fundamenta en un análisis que implicó 250 muestras de las tres especies de tapires, así como un mayor número de genes: 15 en total. Al analizarlas en el laboratorio, en el nuevo árbol filogenético los T. ‘kabomani’ y los T. terrestris quedan agrupados. De hecho, los T. ‘kabomani’ forman un linaje dentro de los T. terrestris. Otro hallazgo importante del estudio de Ruiz-García es que muestra que no existe correlación entre los resultados moleculares y la morfología de los tapires. “Al ampliar la muestra vemos que puede haber animales pequeños y oscuros, que no tienen las características moleculares de T. ‘kabomani’ que ellos han encontrado, y también animales muy grandes que ellos jamás habrían clasificado como la nueva especie, pero que molecularmente sí tienen las mismas características de lo que ellos llaman T. ‘kabomani’”. Con ello, Ruiz-García señala que un estudio de los cromosomas hubiera sido clave para observar alguna posible incompatibilidad reproductiva entre los T. ‘kabomani’ y los T. terrestris.

Estudios posteriores de Ruiz-García y sus colaboradores han reportado seis grupos diferentes de T. terrestris, y uno de ellos correspondería al T. ‘kabomani’. Así que no es que no exista, sino que se trata de un linaje incluido dentro del T. terrestris.

La ciencia es así

Ruiz-García se ha concentrado en investigar tapires y publicar para demostrar que el grupo brasileño está equivocado. “Eso es lo bueno de las polémicas en ciencia; si ellos no hubieran publicado el artículo, yo habría seguido trabajando en los tapires, pero más relajadito”, confiesa.

Y así como Ruíz-García ha conseguido en los últimos meses algunas muestras de tapires de tamaño pequeño procedentes de Bolivia para contribuir más en esta polémica científica, los investigadores de Minas Gerais también colectan más muestras para confirmar su descubrimiento.

“No puedo demostrar que no existen nuevas especies de tapires. Lo que sí puedo demostrar es que los argumentos que utilizan ellos para definir una nueva especie son incorrectos”, concluye el genetista javeriano.


Para saber más:

Descargar artículo
Alicia Chamorro

Alicia Chamorro

En su pregrado, la tesis y el grado de Alicia Chamorro fueron summa cum laude; el promedio acumulado en su maestría fue de 4,92. Ha publicado un libro, ha participado en varios grupos de investigación, ha sido becaria, fue joven investigadora de Colciencias en el Instituto Pensar, con tutoría de Guillermo Hoyos, y sus propuestas de ponencias se aceptan en cuanto congreso existe sobre filosofía. ¿Cómo hace una filósofa (¡de 29 años!) para sobrevivir en un país donde, como dice el adagio popular, estudiar filosofía es como estudiar enfermedades tropicales en Dinamarca?

Alicia estudió Filosofía y Lengua Castellana en la Universidad Santo Tomás y continuó sus estudios de maestría, y ahora de doctorado –en Filosofía– en la Pontificia Universidad Javeriana. “Esta mujer la tiene clara”, dirán los más optimistas con el dedo pulgar hacia arriba. Sin embargo, cuando escogió su carrera, nuestra científica debutante lo hizo con los ojos medio cerrados, sin convicción ni razones plausibles: “yo me choqué con la filosofía; entré a la facultad sin muchas pretensiones, luego me di cuenta de que me iba bien y seguí”.

Sus respuestas son directas y puntuales: no se demora más de un minuto en cada intervención y no pretende decir más de lo que se le insinúa en una pregunta. En su oficina, en la Facultad de Filosofía de la Universidad Javeriana, tiene tan solo un computador; ni un libro ni una taza para tomar tinto: “me dieron este escritorio porque soy becaria de Colciencias; no he querido tener cosas en él, porque en cualquier momento otra persona lo utiliza”. A su lado, en el mismo cubículo, está su compañero de doctorado; él sí personalizó su espacio: tiene una fotografía de su hijo, libros de filosofía y una agenda, publicaciones y figuras de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. No es que Alicia sea aburrida; simplemente, es una trabajadora empedernida que es consciente del azar y de las circunstancias: “la investigación es un trabajo arduo, pero azaroso”; puede llegar otra persona, o ella misma puede cambiar su pregunta de investigación o sus intereses personales por cualquier razón; entonces, ¿para qué decorar el escritorio?

En medio de ese “eterno devenir”, como dijo Cortázar, lo que salva a Alicia no es la foto de un niño o El Principito; lo que compensa algunos de sus dolores en la vida, parafraseando al filósofo francés Jacques Derrida, es el sismógrafo que detecta los movimientos telúricos internos para pensar y repensar preguntas que parecen obvias. El quid está en pensar en la vida para salvarse de ella.

Ha dedicado buena parte de sus actividades académicas a la investigación, porque la filosofía debe desbordar las clases universitarias, ir más allá del papel de profesor, “tener otros tentáculos”, dice. Por esa razón, después de ser profesora en varias universidades, pasa más tiempo frente a un libro que frente a unos alumnos; más tiempo buscando métodos de investigación que métodos de enseñanza; más tiempo preguntando que respondiendo. Actualmente, sus intereses científicos giran alrededor de la pregunta, desde la antropología filosófica, “¿Cómo se las apaña el hombre para poder sobrevivir?”. Esta pregunta la está desarrollando en el grupo de investigación Filosofía del Dolor, en conjunto con el profesor Luis Fernando Cardona.

“La idea de este grupo es, mediante el trabajo interdisciplinar, pensar las diferentes dimensiones del dolor humano. Mi investigación, con base en lo anterior, pretende encontrar las posibilidades y las formas de compensación del ser humano a través del habitar y del dolor mediante la fenomenología y la hermenéutica”. En palabras más sencillas, entender cómo el ser humano compensa los déficits de su vida (el dolor es uno de ellos) para balancear (mediante la felicidad, el perdón, el consuelo) su situación en el mundo, o como dijo el poeta alemán Friedrich Hölderlin, “donde hay peligro, crece lo que nos salva”.

“Yo creo que seré una científica debutante mientras me guíen algunos profesores; ellos son los que comprenden las dudas que tengo”, confiesa. “Como dice Manquard, tanto hoy como antaño, cursar estudios de filosofía no significa el comienzo de una carrera exitosa, sino el comienzo de una tragedia personal”. Sonríe. “¡Ojalá siga siendo una científica debutante!”.


Descargar artículo