Aislamiento de mayores de 70 años: ¿debería ser una decisión consensuada?

Aislamiento de mayores de 70 años: ¿debería ser una decisión consensuada?

Desde el lunes 1 de junio se inició la flexibilización de la cuarentena indicada por el presidente Iván Duque en el marco del aislamiento por la COVID-19. El mandatario indicó que se permitiría la salida de los mayores de 70 años, quienes podrán realizar actividades al aire libre tres veces a la semana durante 30 minutos y con todos los protocolos de seguridad. También extendió el aislamiento obligatorio para los mismos hasta el 31 de agosto.

Estas medidas suscitan diversas preguntas frente a la autonomía decisoria de los adultos mayores en estas circunstancias. Esto es analizado por el profesor de la facultad de Psicología de la Universidad Javeriana, Sergio Trujillo García, quien reflexiona sobre los retos a los que se enfrenta la sociedad con la llegada de la COVID-19 desde una mirada del comportamiento humano. Este especialista lleva más de 20 años trabajando con ancianos en diferentes hogares de Bogotá y municipios aledaños, y al ser el director de la práctica en el énfasis de Inclusión Narrativa con sus estudiantes de últimos semestres, ha tenido la oportunidad de entrevistar a muchas personas mayores, para así comprender sus posturas.

Para este psicólogo es importante aclarar que a la hora de tomar decisiones que afecten a las personas mayores se deben tener en cuenta sus perspectivas y sentimientos, abrir espacios de conversación donde ellos hagan parte de la toma de medidas que los involucren. “Nada sobre nosotros sin nosotros” es un dicho común que fundamenta esta idea, es primordial que no se decida nada sobre ellos, nada que los afecte a ellos, sin que sean tenidos en cuenta, explica.

También considera las diferencias que separan a cada adulto mayor y en ese proceso atenuar los estereotipos que se generan alrededor de ellos. “En nuestra sociedad hay unos prejuicios acerca del envejecimiento que nos hacen pensar que toda persona mayor está enferma, se está deteriorando y se va a morir; toman vejez y enfermedad como si fueran sinónimos”, comenta. Aunque efectivamente hay ancianos que dependen de otros para vivir en la cotidianidad, hay muchos que son autónomos y por lo tanto no se puede juzgar a los unos por los otros. “En un extremo estarían los adultos mayores dependientes, en el otro los adultos mayores autónomos, y en la mitad distintos grados de independencia. Cuando hablamos de trabajar con ellos no podemos tomar decisiones que los cubran a todos porque son muy diferentes, cada uno tiene unas particularidades muy especiales y tomar decisiones pensando en que todos son iguales es erróneo y arbitrario”, complementa Trujillo García.

Según cifras del Ministerio de Trabajo, un tercio de los adultos mayores en Colombia necesitan de sus actividades laborales para conseguir dinero y solo uno de cada tres logra pensionarse, lo que significa que muchos de ellos dependen económicamente de su autonomía laboral para tener acceso a una vivienda, servicios de salud, alimento, etc. Por esta razón, al decir que esta decisión se toma por el bienestar de los ancianos, no se reconoce que muchos de ellos no solo tienen la autonomía para salir, sino que además lo necesitan. “El derecho a la decisión, a la organización o a buscar de alguna manera mejorar la calidad de la vida a través del ejercicio de la libertad, es fundamental para los viejos y las viejas”, afirma el especialista.

En ocasiones se genera un paralelo con los niños, no solo porque se da una infantilización de los ancianos con apodos como “el abuelito” o “la ancianita”, lo cual limita su autonomía e invalida la capacidad que tienen de tomar decisiones sobre su propia vida, como sucede con los menores de edad. “Cuántas veces los padres de familia maltratan a los pequeños, pero les dicen que es por su propio bien y se tienen que aguantar. Lo mismo pasa con algunas de las decisiones para los adultos mayores, en los que ellos deben pensar que como lo están haciendo ‘por su propio bien’ entonces deben obedecer, pero al hablar con ellos están inconformes, les argumentan que como son más vulnerables están buscando la calidad de sus vidas, entonces es por su bienestar que lo hacemos, pero la realidad es que muchos de ellos quisieran vivir menos tiempo con tal de vivir bien”, complementa el investigador.

Además de esto, el Ministerio de Salud ha encontrado que a la fecha el grupo de los mayores de 70 años infectados por la COVID-19 en el país equivale alrededor del 10%, lo cual demostraría un efecto positivo de la cuarentena, sin embargo, las cifras de estrés, depresión y ansiedad en esta población se han disparado principalmente por el aislamiento, ya que muchos de ellos estaban acostumbrados a llevar vidas activas y a tener visitas frecuentes de sus familiares mientras que ahora se limitan a estar encerrados.

En esa medida el investigador aclara que la posición del gobierno de aislar a los mayores de 70 años no sucede desde una mirada egocéntrica, simplemente están operando desde una perspectiva diferente mediante la cual consideran esta opción como la más efectiva. Sin embargo, esto no significa que sea la mejor para el mantenimiento de la calidad de vida de todos los ancianos. Por esto, las últimas decisiones del gobierno colombiano resultan alentadoras para los adultos mayores, pues procuran respetar su autonomía y darles la posibilidad de salir de cada cierto tiempo con todos los cuidados recomendados. “Medidas que atenúan, pero no satisfacen el respeto por su dignidad, pues incluso comentan, como nuestro Rector de la Javeriana, que no ellos no son mascotas ni rebaño y que pueden autorregularse”, complementa Trujillo García.

Incluso dos de los afectados por la medida fueron el ex candidato presidencial Humberto De La Calle, y el ex alcalde de Cali, Maurice Armitage, quienes con otras personalidades interpusieron una tutela que busca tumbar esta medida de forma definitiva pues como se lee en la misma, estos decretos “están basados en un paternalismo inaceptable que no emplea con el conjunto de la población, por lo cual lo que se busca lograr con la medida no es válido y por lo tanto es inconstitucional, el aislamiento obligatorio para la población mayor de 70 años es una medida discriminatoria y desproporcionada.”

Como explica el investigador, “esta nueva decisión rebaja un poco una tan autoritaria como la anterior, y aunque crearon el decreto con la mejor intención de aplanar la curva y mitigar la pandemia, ciertamente en su momento se creó, no solo de manera inconsulta, sino que particularmente estricta para las personas mayores, para quienes es doloroso que los jóvenes tomen decisiones sin consultarlos y esto logra afectarlos en el largo plazo,” reconoce.

Por esta razón el psicólogo extiende una invitación a ser empáticos como sociedad con los adultos mayores, tener la posibilidad de ponernos en los zapatos del otro y de esa manera ir construyendo un diálogo para llegar a acuerdos que beneficien a todos por igual. “No es que haya una imposibilidad de comunicación, sino que se puede construir a través de la escucha activa y una mirada empática que favorezca la comprensión de la vida de los ancianos”, finaliza Trujillo.

Interdisciplinariedad ante la pandemia y el confinamiento

Interdisciplinariedad ante la pandemia y el confinamiento

Un panel de expertos convocado por la revista Lancet evidenció la importancia del trabajo interdisciplinario para dar respuesta en forma eficiente a los diversos y crecientes problemas que surgen en medio de esta pandemia. Creemos que la necesidad de este llamado surge de una conceptualización fracturada del ser humano, una separación arbitraria y artificial de la salud física y la salud mental, que genera problemas a la hora de producir acciones para afrontar las múltiples consecuencias derivadas de los temas de salud en general y en particular de la crisis ocasionada por el Covid-19, las medidas de aislamiento y la recesión económica que empieza a vislumbrarse. Resulta evidente que necesitamos una perspectiva interdisciplinar, multidimensional y ecosistémica para dar soluciones que atiendan a la complejidad creciente del problema.

Aunque para muchos profesionales y para las entidades internacionales de salud resulta clara la artificialidad de la separación entre la salud física y psicológica, un anacronismo reduccionista del dualismo mente/cuerpo, aún encontramos dificultades para articular en la práctica un concepto integral de salud, que se refleje en acciones efectivas en la formación, la investigación, el desarrollo de políticas públicas y, en especial, en la articulación del trabajo de profesionales en diversos campos de actuación.

La actual situación que atraviesa el mundo es un buen ejemplo de cómo las dinámicas comportamentales (los hábitos de alimentación de un grupo poblacional), pueden tener efecto en la salud (la trasmisión de un virus y el número creciente de muertos e incapacidad de respuesta del sistema de salud), la economía (la pérdida de empleos y quiebra de empresas, el deterioro de los ingresos de los trabajadores), la política (el deterioro de las democracias y las amenazas contra los derechos humanos, entre otros), la seguridad (el incremento de hurtos y otros delitos, parcialmente relacionados con la búsqueda de alimento y del aseguramiento de condiciones mínimas de supervivencia) y en las condiciones de riesgos denominados psicosociales, que favorecen el despliegue de comportamientos como el consumo de sustancias, los conflictos de pareja, las diversas formas de violencia intrafamiliar e incluso violencias que surgen de la convivencia en comunidades que, de nuevo, inciden en la salud, la economía, la política y otras áreas de la vida humana.

Consideremos un ejemplo, Perú, que a pesar de ser uno de los países de Latinoamérica que más oportuna y estrictamente estableció límites en el confinamiento, se ha convertido en el segundo país con mayor número de casos de COVID-19 del continente. Para entender esto, debemos tener en cuenta algunas dinámicas comportamentales.

Por ejemplo, el hecho de que sólo cerca de una quinta parte de las familias del país cuenten con un refrigerador se relaciona con la necesidad de buscar constantemente comida fresca, aunque quizás ¿es el aprecio por la comida fresca la que facilita que las familias no cuenten con refrigeradores? Las compras de los alimentos se realizan en mercados que se convirtieron rápidamente en focos de contagio, esta situación se empeoró con las restricciones que estableció el gobierno, buscando enlentecer la pandemia, en la apertura de estos mercados, que lejos de cumplir su cometido llevó a concentrar la aglomeración. Adicionalmente, se debe tener en cuenta que también influyen el hacinamiento, la informalidad y otras tantas variables que serían imposibles de enumerar. Es claro cómo las dinámicas para adquirir bienes básicos, la forma como preparamos nuestros alimentos y hasta los mismos elementos de nuestra dieta, pueden tener un efecto directo en la transmisión de un virus, incluso cuando este no se transmite en la comida.

Estamos presenciando cómo la expansión de un virus y las medidas que se han establecido para contenerlo están incidiendo en un aumento sistemático de trastornos de ansiedad, depresión y estrés postraumático, así como también de la violencia, el consumo de alcohol y las conductas de autolesión. Se ha reportado un aumento en los factores de riesgo en salud tales como desconexión social, pérdida del sentido de vida, sensaciones de agobio y agotamiento por el cambio en las condiciones laborales, angustia ante la pérdida del empleo, baja de ingresos, deterioro de la calidad de vida y problemas derivados de la dificultad de elaborar duelos luego de las pérdidas al no seguir rituales culturales. Estos aspectos psicológicos tendrán una repercusión directa en la salud y la economía, dando inicio de nuevo a un ciclo de interacciones múltiples que se alimentará de forma permanente.

En el contexto de una visión ecosistémica, interdisciplinar, diferencial y multidimensional aparecen un sin número de preguntas y desafíos de investigación. Por ejemplo, estudiar la eficacia diferencial de las intervenciones en telesalud, en particular la teleorientación, como estrategia mediadora en la promoción y prevención de la salud, y la telemedicina, como herramienta para desarrollar el trabajo terapéutico, evaluando su utilización en atención psicológica, contención emocional e incluso acompañamiento. Se identifica también la necesidad de evaluar el efecto que tiene la mediación virtual en el desarrollo de vínculos afectivos y su efectividad como alternativa para el fortalecimiento de redes de apoyo social, al igual que los efectos del teletrabajo en la salud.

De igual modo, estas perspectivas también exigen nuevas condiciones. Es ineludible diseñar nuevas infraestructuras de conocimiento, organizacionales, tecnológicas e incluso sociales que permitan la evaluación, intervención e investigación interdisciplinaria. Es necesario establecer controles éticos sobre el quehacer de los profesionales y demarcar los límites de lo que podemos hacer, en cuanto al efecto que tiene en las comunidades, en razón de su eficacia y efectividad. El uso que se le ha dado a las tecnologías como estrategia de evaluación de la expansión del virus abre un debate sobre la privacidad, lo cual tiene también importantes connotaciones psicológicas y sociales.

Igualmente, es preciso pensar estrategias de comunicación y de rendición de cuentas a la sociedad. En este sentido, hoy, como nunca, estamos viendo que los procesos de transferencia responsable de conocimiento son una parte determinante de la supervivencia de la sociedad. Se ha hecho certera la necesidad de fortalecer las estrategias de comunicación, de manera que permitan, en forma más inmediata, conocer las necesidades de las personas y las comunidades, identificar sus carencias y recursos, y hacer un seguimiento a la compleja interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales que tienen.

Estamos, por tanto, ante un momento en el que se requiere asumir una perspectiva ecosistémica, multidimensional, interdisciplinar y transdisciplinar, que permita generar, desde ese mismo enfoque, investigación e intervención, de forma que sea inevitable un dialogo entre académicos y profesionales de diversos campos y se construyan soluciones que realmente den cuenta de la compleja y critica coyuntura que estamos transitando.

*Wilson López López: Profesor titular de la Universidad Javeriana. lopezw@javeriana.edu.co
**Pedro Pablo Ochoa: Director del equipo de respuesta psicológica frente al Covid-19 en Colombia. Colegio Colombiano de Psicólogos.

El tabaco en tiempos de COVID-19

El tabaco en tiempos de COVID-19

El SARS-CoV-2 es un virus que por alguna razón escogió al pulmón como su órgano objetivo y los fumadores, como ya está comprobado, tienen lesionados los tejidos de su aparato respiratorio. “No hay que ser un genio para darse cuenta de que el tabaco y el virus pueden ser una combinación letal para cualquier persona”, asegura el oncólogo Carlos Castro, director médico de la Liga Colombiana Contra el Cáncer y exviceministro de Salud.

Después de una investigación basada en pruebas in vitro con células del sistema nervioso central y otro estudio realizado con un grupo de 46 personas diagnosticadas con la COVID-19, las noticias, al parecer alentadora para los fumadores activos y hasta para quienes adquieren el vicio, empezaron a revolotear con gran velocidad en diferentes medios, pues estos estudios defendían la hipótesis de que la asociación entre la enfermedad por coronavirus y el tabaco como agravante del diagnóstico era inexistente e incluso, alcanzaron a difundirse afirmaciones como que el virus tendría menor incidencia en fumadores gracias a los efectos ‘positivos’ que podría tener la nicotina sobre el mismo.

Para entidades como la Organización Mundial para la Salud (OMS), esta información no es más que otra de las ‘noticias falsas’ que circulan por estos días, generando daños tan graves como los que trae la pandemia. Así, con motivo del Día Mundial sin Tabaco, en el marco del conversatorio virtual organizado por la Universidad Javeriana: Tabaco y COVID-19, el riesgo continúa, realizado el 28 de mayo, investigadores colombianos se unieron a la iniciativa de la OMS de educar cuidadosamente, reflexionar alrededor de esta problemática de salud pública, combatir la información falsa acerca de la relación entre el tabaquismo y el coronavirus y allí confirmaron que si bien el riesgo de enfermedades es alto para los fumadores, con la presencia de la COVID-19 el peligro se intensifica.

Contrario a las afirmaciones de los estudios mencionados, investigadores javerianos como Alejandra Cañas, neumóloga y especialista en enfermedades avanzadas del pulmón, afirmó durante el encuentro que “la exposición al tabaco se puede convertir en un factor de riesgo para que la severidad por la COVID-19 sea mayor”. ¿Por qué? Esta científica afirma que eso se debe a la manipulación mano-boca y mano-saliva, y por el retiro del tapabocas que hacen las personas que fuman, quedando aún más expuestas. “Esto sucede con el cigarro, el cigarrillo electrónico y de vapeo, poniendo especialmente a los jóvenes en un estado de vulnerabilidad por ser quienes más hacen uso de estos nuevos elementos”, explicó.

Por otro lado, Cañas confirmó la evidencia científica de estudios recientes mucho más robustos que los mencionados, los cuales prueban que las personas que fuman cuando padecen de la infección por el SARS-CoV-2, requieren más hospitalización, hacen neumonías más graves y tienen una mayor mortalidad en comparación con el resto de la población. Y dio sus razones: implica la manipulación de estos artefactos durante la pandemia, los daños que genera el cigarrillo en el sistema respiratorio en general como la dificultad que tiene el pulmón para crear mecanismos de defensa ante infecciones por virus y bacterias, entre muchos otros; y porque además el consumo del tabaco es un factor de riesgo para la adquisición de enfermedades no transmisibles como las cardiovasculares, el cáncer, algunas enfermedades respiratorias y la diabetes. “Así como otras transmisibles (el aumento de la incidencia de tuberculosis, neumonía por neumococo, gripes y resfriado común)”.

 

¿Incremento o disminución del tabaquismo durante la cuarentena?

Según Lorena Calderón, representante del equipo de promoción y prevención social del Ministerio de Salud, en Colombia la tendencia del consumo de tabaco está bajando, pasando del 13% de la población consumidora en 2009, a un 7% u 8% en población mayor a 18 años para el 2018 y 9% aproximadamente en población joven. No obstante, hay que saber que según la OMS el tabaquismo es responsable de la muerte de más de ocho millones de personas cada año. Más de siete millones de esos decesos se deben al consumo directo del tabaco y aproximadamente 1,2 millones al humo ajeno al que están expuestos los no fumadores. Los científicos coinciden en que esta cifra tiende a incrementar por los nuevos sistemas electrónicos para fumar, pero además por las sensaciones que genera la pandemia en las personas.

Al respecto, el médico magíster en Epidemiología Clínica y director del Departamento de Medicina Preventiva y Social de la Pontificia Universidad Javeriana, Andrés Duarte, explicó que si bien el confinamiento genera aislamiento social para tratar de contener la epidemia, esta circunstancia a su vez genera distrés mental, en otras palabras, un estrés desagradable que produce cargas con efectos en el cuerpo y que aparece como respuesta a una amenaza.

Esto, según Duarte, “contribuye a que las personas dentro del encierro se aíslen y para alguien que ha sido consumidor o tiene expectativas de consumir tabaco se abre un escenario en el que aparece un incremento de la necesidad de consumo y muchos van a volver a consumir o a empezar a hacerlo”. A esto se le suma otro agravante: “la mayor prevalencia de consumo de tabaco está en los grupos socioeconómicos menos favorecidos, lo que supone quiénes pueden ser los más afectados”, advirtió.

Así, este científico pronostica que habrá más fumadores cuando termine la cuarentena, pues “uno debería pensar que las personas al estar reunidas en la casa tienden a consumir menos sustancias y pasa todo lo contrario”, dijo.

 

¿Soluciones para dejar de fumar?

Ya se han adelantado tratamientos para sustituir la nicotina como los chicles, los parches o fármacos para la cesación, pensando en ayudas para que los consumidores dejen de fumar, pero aún hay mucha expectativa frente a la efectividad del sistema de salud para suministrarlo.

“El acceso no es fácil y para el sistema también resulta un reto poderlo proveer”, comentó Duarte. A modo de reflexión, Castro concluyó que “los gobiernos tienen que ver estas posibilidades con proyección, habrá un gasto millonario que tendrán que costear por cerca de diez años, pero van a evitar el incremento en apariciones de enfermedades cerebrovascular, cardiovascular y demás que van a implicar gastos mucho mayores”.

Por su parte, la OMS recomienda a los fumadores intentar dejar de fumar lo antes posible mediante métodos de eficacia comprobada, como líneas de atención telefónica gratuitas para ese fin, programas que se basan en mensajes de texto por móvil y tratamientos de sustitución. Como beneficios inmediatos, los expertos indicaron que abandonar esa conducta revive el olfato y el gusto, hay más calidad en la piel. Además, disminuye las complicaciones respiratorias después de los 30 días de haberlo dejado; baja la frecuencia de neumonías y de intubaciones orotraqueales. A mediano y largo plazo, previene las afecciones cardiovasculares y el riesgo de cáncer.

El tabaquismo es una enfermedad y un problema de salud pública que para el Ministerio de Salud, como afirmó Lorena Calderón, merece un abordaje sanitario, pero que exige la participación de actores gubernamentales, científicos, académicos y de la sociedad civil como una responsabilidad social.

 

Sobre los cigarrillos electrónicos

Frente a las estrategias del mercado para promover el consumo de cigarrillos electrónicos o sistemas de administración de nicotina y de no nicotina, el doctor Castro mencionó que “el 20% de los universitarios están hoy vapeando porque se tragaron el cuento de que eso era menos dañino que el cigarrillo”.

Por su parte, el epidemiólogo Duarte sostuvo que la industria tabacalera es supremamente agresiva y que tiene una década promocionando estos elementos que están utilizando actualmente las personas y hay una gran similitud con las propagandas que han utilizado en el pasado (libertad, alternativas saludables, gustos), todo esto como método para despertar sensaciones y emociones atrayentes. Pero, hay que saber que, “son malos 10 miligramos pero un miligramo también lo es. No dejan de existir riesgos, unos daños llegarán más rápido que otros según la persona, pero a largo plazo puede terminar en una adicción, inclusive igual o más fuerte que la que puede provocar la cocaína”.

La toma de conciencia alrededor de los múltiples problemas que provoca el consumo de tabaco, independientemente del medio que se use para hacerlo, ha sido por largo tiempo una batalla que ha tratado de lidiar y acompañar el sistema de salud y prevención social. Y durante la pandemia las alertas se incrementan, pues los expertos insisten que abandonar el tabaquismo durante esta época podría ayudar a disminuir la transmisión comunitaria y a mejorar el pronóstico de una persona que sea diagnosticada con la afección y sea fumadora activa.

Actividad física, la mejor aliada en la cuarentena

Actividad física, la mejor aliada en la cuarentena

Uno de los efectos de la actual cuarentena generada por la COVID-19 es la limitación de espacios y la restricción para hacer actividades al aire libre. Esto afecta directamente la actividad física que hacen las personas, pues si bien muchas no tienen una rutina de ejercicios definida, sí existía al menos la necesidad de caminar para ir a colegios, trabajo u otros lugares. Por esa razón la Organización Mundial de la Salud y el Colegio Americano de Medicina del Deporte recomiendan una rutina de ejercicio mínimo tres veces por semana o más de 75 minutos en el mismo período de actividad física vigorosa.

Lo primero es conocer qué es actividad física. Es cualquier movimiento de los huesos y los músculos que genere un gasto energético. En este sentido, actividades cotidianas como caminar, subir escaleras o incluso barrer, se pueden entender como actividad física. Y aunque su nombre lo define como una acción del cuerpo, también tiene beneficios para la salud mental de las personas.

Marlucio de Souza, docente investigador de la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana, explica que hacer ejercicio disminuye la ansiedad que puede generar el encierro, pues produce hormonas de sensación de bienestar como endorfina, dopamina, serotonina, las cuales reducen el estrés, el sedentarismo, la irritabilidad y los síntomas de la depresión. Como efectos físicos aumenta la producción cerebral, previene problemas cardiorrespiratorios, aumenta la masa muscular, fortalece el sistema óseo y acorta la probabilidad de diabetes.

Con esta cantidad de beneficios para mente y cuerpo, De Souza recomienda aprovechar la cuarentena para fortalecer la actividad física en casa. Sin embargo, es necesario tomar precauciones, pues hacer ejercicio de forma inadecuada puede generar lesiones. Lo primero que recomienda el investigador es hacer una autoevaluación del estado físico. Este primer paso es fundamental para que cada persona sea consciente de sus capacidades. En él se debe tener en cuenta si realiza ejercicio de forma regular, con qué intensidad, si siente dolores o molestias en músculos o articulaciones o si tiene problemas cardiorrespiratorios. A partir de esta autoevaluación se toman decisiones sobre los objetivos y el tipo de actividades que debería hacer.

Para las personas que no tienen una rutina, este especialista recomienda hacer ejercicios calisténicos durante las primeras semanas. Estos son lo que usan el propio peso corporal y que no generan sobrecarga muscular. Entre ellos están las sentadillas, las flexiones, las barras, saltar lazo y los abdominales. Luego se incorpora, progresivamente, peso adicional para ganar masa muscular; también se puede aumentar la duración y la intensidad. Además, se pueden usar elementos cotidianos, pero siempre manteniendo una postura correcta. Por ejemplo, un palo de escoba serviría para hacer estiramientos, para ajustar posición y hacer yoga; los libros pueden usarse para hacer ejercicios de fuerza, y balones y pelotas para hacer rutinas de coordinación.

Para las personas que ya tienen una rutina de ejercicio es muy importante mantenerla, buscando actividades que sustituyan aquellas que se realizan al aire libre o en gimnasios. Sea cual sea el nivel de exigencia, se recomienda involucrar acciones cardiorrespiratorias, de fortalecimiento muscular, estiramiento y flexibilidad. Cabe tener en cuenta que el tiempo de duración, intensidad y volumen estén dentro de las capacidades de cada persona.

Pero si no tiene mucha experiencia en actividad física, hay herramientas tecnológicas que podrían ayudar como aplicaciones, rutinas o videos tutoriales. Estas ayudas son útiles como una guía, pero es clave hacer seguimiento a la respuesta del propio cuerpo. Durante todo ejercicio es importante monitorear la frecuencia cardiaca. La fórmula más tradicional para medirla es: 220 menos la edad. Ese es el número máximo de latidos por minuto a la que puede llegar cada persona. Para la actividad física en casa el investigador recomienda trabajar entre 60% y 70% de su frecuencia cardiaca. Esta sería una actividad moderada que no supone riesgos.

Existen también otras alternativas para quienes quieren actividades más “informales” y es la posibilidad de hacer ejercicios en pareja o grupos, en los que se pueden incluir a miembros de la familia o compañeros de vivienda. Un ejemplo de estos es el reto que el profesor De Souza envió recientemente a sus alumnos. Estas son rutinas lúdicas que fortalecen lo cardiorespiratorio y la coordinación.

Una sugerencia adicional: el baile. En él pueden participar niños y personas mayores, cada uno haciéndolo según sus capacidades. Además, es de gran ayuda para fortalecer los lazos con las personas con las que se comparte la cuarentena.

Finalmente, De Souza recomienda:

  • Tener un espacio para hacer las actividades.
  • Una vestimenta adecuada y cómoda.
  • Mantenerse hidratado.
  • Mantener una rutina. Cada día puede hacer un ejercicio diferente.
  • Incluir a otras personas, preferiblemente.

Mantener una alimentación balanceada según el gasto de energía.

Los temores de un niño hospitalizado

Los temores de un niño hospitalizado

Las noches suelen ser estresantes en la unidades de cuidados intensivos. Se escucha todo el tiempo el mismo sonido: un beep continuo que molesta, tensiona, que no deja dormir pero es esencial. Sin él, literalmente, el paciente no viviría.

Ese beep proviene de los monitores que revelan el estado de salud de cada uno de los pacientes. Están presentes en cada habitación de la unidad, junto a las camas. Suelen ser espacios pequeños, asépticos, blanquísimos, donde las visitas de familiares se restringen a unos cuantos minutos al día; en su lugar los pacientes tienen un contacto directo con enfermeros y médicos para hablar de un tema específico, el mismo cada vez: su enfermedad.

Es un ambiente estresante y desolador. Y lo es aún más cuando los pacientes son niños.

“Nos propusimos que no se estresaran tanto durante su estancia en la unidad”, explica Herly Alvarado, enfermera y profesora de la Pontificia Universidad Javeriana, quien lideró, junto a la doctora Rosalba Pardo, pediatra intensivista, y Claudia Ariza, doctora en Enfermería, una investigación sobre la experiencia de los menores en la UCI.

Desde finales de 2014 las investigadoras se centraron en los pacientes de cuidados intensivos de la Clínica Infantil de Colsubsidio. Tras contar con la autorización de los padres, indagaron por la experiencia de hospitalización de 16 niños entre los 7 y los 17 años de edad. Escuchándolos aprendieron a identificar el origen de sus temores, sus miedos, qué los irrita o los diferentes factores causantes del estrés.

“Le tienen miedo a las cosas desconocidas. Nos empezamos a dar cuenta de que muchos niños necesitaban, más que el medicamento, estar acompañados o que les explicaran realmente qué procedimientos les íbamos a hacer”, revela.

La situación es impactante a todas luces. Cuando un niño llega a las instalaciones de cuidados intensivo se debe a que su estado de salud es tremendamente delicado. Por lo general se les practican procedimientos invasivos dolorosos, tales como instalación de catéteres en la vena yugular o intubación endotraqueal.

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Así es una jornada en la UCI de la Clínica Infantil de Colsubsidio.

Todo esto, visto desde la perspectiva de un niño, genera miedos profundos. De hecho, las investigadoras identificaron que estos tienden a cambiar con la edad: entre los 7 y los 9 años no quieren estar solos, a los 12 les aterra no saber qué les van a hacer; para los mayores, el pánico lo genera la posibilidad de morir.

También es persistente el miedo a la soledad. “Lo que da más duro es el rompimiento del vínculo familiar, porque el baño se lo hacen las enfermeras o en ocasiones el niño tiene que comer solo”, comenta la profesora Alvarado.

Una de las fases de la investigación consistió en darles a los pacientes una hoja de papel para que dibujaran sus temores. Los resultados impactan: niños pequeñísimos acostados en camas enormes, rodeados de jeringas, colores rojos (en alusión a la sangre) y los monitores omnipresentes. También suelen dibujar a las enfermeras, las encargadas de acompañarlos durante su estadía; en ocasiones, las pintan como ángeles.

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Por medio de esta serie de dibujos, los niños expresaron su vivencia en la UCI. Se pueden apreciar sus temores por las inyecciones, la soledad que soportaron o el lento paso del tiempo.
/ Imágenes cortesía, Herly Alvarado

Tras casi dos años de trabajo, las investigadoras compilaron una serie de sugerencias pensadas en aliviar un poco el estrés generado por la rutina de la UCI. Desde consejos sencillos como decorar mejor los espacios de atención (con cenefas o dibujos de caricaturas) o mantener una adecuada temperatura del agua al momento del baño, hasta medidas esenciales para el paciente, como no demorar las visitas de los familiares, disponer un espacio para que la familia se reencuentre y pase tiempo a solas, o tener un diálogo sencillo y franco sobre los procedimientos que les van a realizar.

Estas recomendaciones, que han sido acogidas positivamente por las directivas de Colsubsidio (varias, de hecho, ya se han implementado), son el eje principal del artículo científico que las investigadoras esperan publicar en 2017, uno de los primeros enfocados en la experiencia de hospitalización de los niños en la UCI (la literatura científica suele centrarse en el adulto para tratar estos temas).

“Hace la diferencia que tú, como profesional, seas amable, cordial y humano”, resume Alvarado al hablar sobre la experiencia que dejó esta investigación para su vida profesional y académica: “El temor no acaba cuando el niño sale de la unidad, a veces, ya en la habitación de hospital o en su casa, tienen pesadillas con lo que vivieron en cuidados intensivos. Puede generarles insomnio. Y entre menos estrés o miedo sientan durante su paso, menos repercusiones negativas tendrán a futuro”.


 

TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Experiencia vivida por el niño hospitalizado en la unidad de cuidado intensivo con relación al cuidado recibido.
INVESTIGADORA: Herly Alvarado.
COINVESTIGADORAS: Rosalba Pardo y Claudia Ariza.
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2016-2017.
Facultad de Enfermería.
Pontificia Universidad Javeriana.