El aventurero errante

El aventurero errante

Inquieto, juguetón e intrigado por objetos viejos y las cosas abandonadas, así creció Germán Ortegón. Desde que tenía 13 años, recuerda, colgaba sobre su cuello una cámara Olympus duplicadora que pertenecía a su madre, con un lente fijo y un pequeño zoom. Recorría las calles capturando imágenes, sin llegar a imaginarse que este hobbie lo convertiría en fotógrafo de la BBC y no propiamente por su rigurosidad periodística, sino porque era el designado para bautizos, bodas y comuniones. Sí, primeras comuniones.

Germán Ortegón

Nació en Manizales, en el seno de una familia de pura cepa: los Ortegón Pérez.  Aunque su pasión escondida siempre fue la fotografía, decidió, durante su adolescencia, estudiar comunicación social y periodismo. Se especializó en televisión, en la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba, y el Instituto RTVE en Madrid, España.

Desde joven este manizaleño supo que lo suyo era narrar, narrar las historias de personas, sus experiencias y su memoria. Por eso dirigió el programa Agenda CM& en el Canal Uno, produjo los Juegos Centroamericanos y del Caribe – Cartagena (2006) para Señal Colombia, y realizó el magazín Los Ojos de mi Calle para RCN (2005).

Las primeras publicaciones sobre su trabajo con cámaras ocurrieron cuando era periodista del diario La Patria,  en Manizales. Aunque su función no era hacer fotoperiodismo, recuerda que las postales que tomaba le servían como un ejercicio de memoria personal. En su catálogo de fotografías todavía conserva alrededor de 27.000 imágenes.

Lo que fuimos 1

Con el paso de los años Germán supo que contar historias audiovisuales no era suficiente, que el país estaba cansado de ver muertos, tragedias y desastres; y que él también, como periodista, estaba molesto de encontrar cómo los protagonistas de sus producciones terminaban amenazados o revictimizados. A inicios de 2010, y con el objetivo de narrar desde otros puntos de vista, descubrió en las fotografías una forma de contar realidades. Una metáfora de la vida que, aunque cruda y dolorosa, también puede ser bella.

Este fue el gran salto en su carrera profesional. Notó, por primera vez, que no necesitaba de secuencias fotográficas para contar anécdotas, sino que una sola imagen podría contener millones de historias según la posición espacio-temporal del observador. Eso fue suficiente para darle un giro a su vida y emprender un diálogo con los objetos desde una estética bizarra mediado por la sensibilidad. Ellos le hablan de sujetos que aun los habitan y que dejaron su espíritu en su interior, tal como dice.

Trincheras de paz 3

“Descubrí que la gente se estaba volviendo insensible por lo que sucedía en el día a día”, enfatiza Germán Ortegón. Porque, según él, este ejercicio le permitió encontrar en las imágenes “…las experiencias de las personas, de lo vivido y no vivido. Encontrar sentimientos estremecedores sobre aquello que, aunque no experimentaron, sí se los contaron o asociaron con su pasado”.


Nuevos retos

En 2014 este amante de los viajes asumió el reto de recorrer el país con trípode en mano y maleta al hombro para contar, a través de su lente, la memoria de las víctimas del conflicto armado. Caminó toda la región de Gualivá, en el departamento de Cundinamarca, por alrededor de cuatro años. De este ejercicio resultaron 70 fotografías de objetos desgastados, personas y paisajes que evidencian el maltrato, abandono y desplazamiento de campesinos colombianos.

No fue un ejercicio de reportería, sino un encuentro programado por el destino con los testimonios que le contaban las cosas viejas. Entabló un dialogo con los objetos, sentía sus voces, llamándolo y observándolo. Así entendió que esos elementos que alguna vez usó para contextualizar los documentales que les presentaba a los televidentes, ahora le permitían narrar la complejidad de la violencia. Aunque no se considera un hombre sensible, reconoce que aprendió a ver diferente. A entender que “…en el universo, todo dialoga con todo”.

En marzo de 2017, Ortegón, quien también es profesor de la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana, registró la serie fotográfica Lo que fuimos en el Catálogo de Obras Artísticas de la misma institución Según Óscar Hernández, asistente para la Creación Artística de la Vicerrectoría de Investigación, su obra cuenta con un valor patrimonial y estético de especial importancia para la Universidad.

Lo que fuimos 2

“Cuando muestro por primera vez Lo que fuimos, me encuentro con personas que empiezan a llorar viendo las imágenes; mi interés no era que lloraran, sino tocarlos. Lo que pretendía era indagar en la sensibilidad y las vivencias de las personas y es que a veces surgen sentimientos estremecedores que no se pueden evitar”, recuerda Ortegón.

Su misión no terminó allí. De hecho, en diciembre de 2017, Ortegón y seis estudiantes del Semillero de Investigación Aplicada en Periodismo Audiovisual de la Javeriana viajaron al Sahara Occidental, a la República Árabe Saharaui Democrática gracias a una invitación hecha por su embajador Mujtar Leboihi Emboiric. Este territorio, su población y gobierno son autónomos; sin embargo, su soberanía no ha sido reconocida internacionalmente.

El propósito de este viaje fue realizar trabajo social con la comunidad saharaui, construir casas, hacer actividades con los niños, conocer los hospitales y al mismo tiempo recorrer los campamentos de refugiados para fotografiar el concepto del dolor de la guerra, ya que esta región ha vivido en conflicto constante entre el Frente Polisario,  Marruecos y Mauritania por mantener el dominio militar y colonial de la zona desde mediados de los años setenta.

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Una grata experiencia, según cuenta Germán, ocurrió a los pocos días de llegar al desierto. Porque, aunque viajaron en diciembre del 2017 y las especificaciones del tiempo para la época correspondían a sequía, el grupo javeriano presenció una fuerte tormenta de arena y, poco común, una tarde lluviosa. De ahí, nació una de las fotografías más bellas de la colección Memorias de arena, se trata de una gran duna vestida por un rojo intenso ocasionado por el agua que la bañó.

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Esta obra, conformada por 20 imágenes, se prepara para presentarse a lo largo de 2019 en países como Sudáfrica, la Liga Árabe, Francia, Alemania, Estados Unidos y España, con el apoyo de la embajada saharaui. Memorias de arena ya tocó territorio colombiano al haberse exhibido en las pantallas gigantes de la Javeriana y estar en proceso de registro en el Catálogo de Obras de la misma institución.

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Como si fuera poco, el gusto por comunicar formas de vida involucró a Germán desde hace un par de años en el proyecto de la docente javeriana Paula Ospina Saavedra: Hacia una cartografía discursiva de la reconciliación en Colombia, de la Facultad de Comunicación y Lenguaje. ¿Su objetivo? Entender los discursos de actores sociales sobre el proceso de reconciliación sin caer en lugares comunes de revictimización.

“Mi aporte a esta investigación siempre ha sido una reflexión de cómo difundir las experiencias de reconciliación sin dañar y en especial buscando no revictimizar a nadie”, menciona Ortegón. Desde aquí hace una propuesta fotográfica para rendir homenaje a las mujeres víctimas y victimarias en La Macarena – Meta, “ambas han vivido los dos roles en diferentes momentos” aclara. El ejercicio de narrar fue fotografiando los pies de las mujeres porque, según él, “lo importante no es saber quién es guerrillera o campesina, ya que al final todas son campesinas”. Este trabajo no tiene un nombre definido aún, sin embargo, lo reconoce como Huellas.

Lo que fuimos 3


Del lente al papel

Cada vez que Ortegón encuentra un objeto le asaltan preguntas. ¿De quién será? ¿Qué habrá pasado con su dueño? ¿Para dónde se fue? Porque, como reconoce, para saber a dónde ir es necesario conocer de dónde se viene, por eso lo primero que hace antes de iniciar una sesión fotográfica es recordar su pasado.

Él es paisa, muy paisa. Su acento lo delata. Incluso, mucho más que el tinto con panela y la arepa blanca que se ‘zampa’ al desayuno. Aunque lleva más de 29 años en Bogotá, no ha perdido sus raíces. Su familia paterna proviene del norte de España, de una comunidad de desplazados que llegó a América y a Colombia por el departamento de Santander. Quizá por eso considera que los objetos, esos que en algún momento fueron desechados, son los que ahora conducen sus creaciones.

Es riguroso y metódico. Trabajar con ‘basura’, con objetos despreciados, como muchos le dicen, no implica desorden. Él es estricto con la calidad de sus fotografías. No imprime en papel tradicional, lo hace en tipo barytas por sus fibras en algodón; no utiliza tinta láser sino pigmentos naturales para realzar la calidad de la imagen; y no emplea marcos unidos en sus esquinas sino de una sola pieza. Todo lo hace en calidad museo, nada se toca con las manos, todo se toma con pinzas. Eso habla de su trabajo, de él mismo.

Debido a este ejercicio y a su trayectoria profesional, Ortegón, quien también es director audiovisual del medio de comunicación javeriano Directo Bogotá televisión, fue invitado como conferencista a la XXV Cátedra Unesco de Comunicación en la categoría Memoria, verdad y comunicación, que se realizará el próximo 2 de noviembre en la Javeriana.

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Allí conversará sobre la relación entre memoria, subjetividad, credibilidad y las pugnas por el sentido a partir del trabajo fotográfico que ha desarrollado con Lo que fuimos, Memorias de arena, Huellas y otras producciones independientes, como Trincheras de paz, que aborda la arqueología de la memoria en los municipios de Mesetas y la Macarena, en el departamento del Meta; Hombres de Maíz, un recorrido de cuatro años por México, Guatemala, Honduras y Belice contando la historia maya a través de las piedras; y la mística del caribe colombiano con Mar eterno.

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Este hombre de piel trigueña, apasionado por la música, el arte y la literatura, halló su pasión en la belleza del dolor, luego de 35 años retratando las historias de colombianos; descubrió que ya no es él quien caza historias sino que ellas lo buscan, y que, así como alguna vez gozó de la inocencia de su niñez, ahora con sus fotografías puede llevar a sus espectadores al pasado para revivir en ellos lo que alguna vez los hizo vibrar: sus raíces, su memoria y su cotidianidad.

Memoria en torno a un sancocho

Memoria en torno a un sancocho

En septiembre finalizó la primera etapa de la construcción de memoria colectiva de la comunidad negra y campesina de Puerto Gaviotas, Guaviare, la cual tomó cuatro años de trabajo y resultó en el libro El vuelo de las gaviotas, lanzado en en la Pontificia Universidad Javeriana. En él participaron investigadores del Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia, el Centro de Estudios Sociales y Culturales de la Memoria (CESYCME) de la Facultad de Ciencias Sociales y las comunidades de Puerto Gaviotas y Calamar, en alianza con el Centro Nacional de Memoria Histórica.

El siguiente relato se construyó a partir de entrevistas a los investigadores creadores del libro y su respectiva retroalimentación:

 

Ver a Don Laureano Narciso Moreno Gómez, miembro y líder del Consejo Comunitario de Calamar, Guaviare, de quien luego sabríamos que es un chocoano, que ha atravesado, durante sus 82 años diferentes territorios del país, que desde joven participó en las luchas sindicales azucareras en el Valle del Cauca, de donde en gran medida surgió su capacidad de planeación y organización. Hombre carismático, un líder nato, apodado ‘Tío Nacho’ por adultos y jóvenes, a quienes reitera: “yo ya estoy terminando mi papel, es hora de que ustedes se apropien y sigan por el camino de la paz y de la recuperación de nuestras tierras”. Verlo exponer cómo su comunidad necesitaba con urgencia dar cuenta de sus luchas, sus resistencias, para tener lo que les pertenecía: la tierra, que en Colombia es la columna vertebral del conflicto. Saber que había viajado más de 10 horas para vernos desde Puerto Gaviotas, y percibir la confianza que nos brindaba, a pesar de que la mayoría de nosotros éramos estudiantes, hizo que no hubiera lugar a dudas. Supimos que nuestra respuesta debía ser sí, un sí sincero y comprometido, a él y a la comunidad negra y mestiza de Puerto Gaviotas y Calamar.

Y eso fue lo que marcó el proyecto de fortalecimiento con el Consejo Comunitario que arrojó, como uno de sus resultados, el libro El vuelo de las gaviotas, el cual no surgió de la intencionalidad del “investigador” desde Bogotá sino de una demanda comunitaria, de una preocupación local por el derecho a la vida; que se entrelazó con las motivaciones de jóvenes que le apuestan a los procesos de investigación como ejercicios de transformación de la realidad social en las regiones del país. Nosotros, que hacemos parte de dos espacios recientes pero potentes: el Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Javeriana, y el Centro de Estudios Sociales y Culturales de la Memoria (CESYCME) de la Facultad de Ciencias Sociales.

Tras un sí de 12 jóvenes y del profesor Jefferson Jaramillo Marín, lo siguiente fue un viaje de 12 horas para conocer a la comunidad y el territorio. Salimos a las 10 de la noche en bus, llegamos a las 6 a.m. a San José del Guaviare, desayunamos un pescado delicioso en el restaurante El Dorado y luego salimos hacia Calamar, trayecto que dura entre dos y cuatro horas en camionetas D-MAX, dependiendo del estado de la carretera. Como es la zona norte del trapecio amazónico, se sentía la humedad y el calor.

En Calamar, nos reunimos con la comunidad en un salón que había gestionado el Consejo Comunitario. Nos fijábamos en los rostros y las expresiones, en cómo nos transmitían la necesidad de acompañamiento y fortalecimiento para seguir con el proceso de titulación colectiva de tierras a la vez que iban relatando sus propias historias, las historias de sus familias.

Ese día hicimos una especie de pacto, fue el día más importante porque acordamos que la estrategia del proyecto era desarrollarlo conjuntamente, una investigación-acción-participativa que profundizara en los vínculos y en los afectos, y que nos ubicaba a nosotros como facilitadores de un proceso que era de la comunidad. Desde ese momento, mediados de 2015, en el Salón Comunal se leía en las carteleras los acuerdos, compromisos que en un comienzo no eran más que letras en las paredes; sin embargo, bajo los principios ético-políticos del semillero, y teniendo de antesala el desarrollo de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las FARC-EP, estábamos pactando acuerdos de respeto, confidencialidad, apoyo mutuo y la posibilidad de construir un futuro transformador como una gran familia que trabaja ante la necesidad y que hace de esta una virtud.

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Laureano Narciso Moreno Gómez, líder del Consejo Comunitario de Calamar / Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

Es así como El vuelo de las gaviotas se tejió con las historias de la comunidad y con nuestras inquietudes conceptuales y metodológicas. En ese crisol de narraciones y sentires en el que nos dejaron entrar, al inicio todo giraba en torno a preguntas que nos hacíamos para entender cómo y porqué había pasado lo que sucedió en esta región. Nuestra experiencia en trabajo con negritudes era poca, pero paulatinamente comprendimos sus maneras particulares de habitar el espacio y las facilidades que tienen para transmitir sus vivencias a través de la tradición oral. Esto lo vimos cada vez que hacíamos visitas y estancias, más de 15 en los cuatro años de trabajo; siempre hubo un biche o arrechón para brindar y una gallina o un cachirre para compartir.

Historias de la violencia que sufrió Puerto Gaviotas surgían en torno a un delicioso sancocho de gallina con yuca y arroz. Historias negras. Historias indígenas. Historias de mujeres y hombres. Historias de dolor. Historias de reivindicación. Historias de resistencia. Historias de colonización. Diálogos en torno a un plato caliente, eso era lo que teníamos y éramos, palabras que tejían las historias de Puerto Gaviotas y que las transformaban en cada pronunciación.

Historias en las que descubrimos que en Colombia los territorios se alimentan de otras tierras, de otras costumbres y de otras formas de relacionarse con la naturaleza, pues en Puerto Gaviotas se encontraba población negra que llegó del Valle del Cauca, del Chocó y de Nariño, también había indígenas, campesinos que habían llegado por diversos motivos de muchos lugares de Colombia, algunos venían de Santander, Cali, Antioquia, Boyacá, la región Andina; todos con una misma necesidad: encontrar mejores condiciones de vida y la posibilidad de echar piquita para tener un terreno y montar rancho.

Día a día nos adentramos en un sinnúmero de memorias que llevaron al fortalecimiento colectivo del proceso. Memorias que dialogaban sobre un mismo hecho y  cogieron forma en los relatos. Nosotros dialogábamos con las memorias de jóvenes, mujeres, líderes, lideresas, hombres, ancianos, profesores, profesoras, raspachines; lo que propiciábamos eran los espacios de conversación. Sin embargo, no es fácil cuando se trabaja con tantas voces y se busca generar un relato colectivo, tener claro qué es hacer memoria.

El manuscrito de Ostaciana Moreno nos suscitó ese momento de reflexión. Cuando nos sentamos a leerlo descubrimos un relato impactante y doloroso que describía la muerte de un hijo, nos impactó mucho pues habíamos construido una historia que podía revictimizar. Poníamos la atención en sucesos de mucho dolor, y eso nos regresa a la pregunta: ¿Qué es hacer memoria?

cartografía social, investigadores con la comunidad – Foto tomada por Luis Fernando Gómez Investigador del Cesycme
Cartografía social, investigadores con la comunidad /Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

 

Nuestra intención no era revivir hechos atroces sino centrarnos en las historias de vida y rescatar las solidaridades, los repertorios colectivos de amor y las múltiples resistencias. Éramos muy conscientes de que el conflicto en Colombia ha generado millones de situaciones de violencia y dolor, pero no queríamos poner el foco de atención allí. Así que tras discutir reiteradamente, les preguntamos a las mujeres si querían que esa parte de sus relatos siguiera haciendo parte del texto, porque cada historia que lo componía se había nutrido desde los recuerdos de varias personas con coincidencias, dolores, esperanzas, sanaciones, perdones y olvidos estratégicos.

En ese encuentro nos dividimos en grupos. Cada joven escritor, según el relato que había construido, leyó su fragmento a las personas que posiblemente se reconocerían con cada uno de los siete relatos: la de Marceliano Moreno y la lucha de los negros en el Guaviare, la de Ostaciana Moreno y las huellas femeninas de la colonización negra, la de Floro: ¡ya son tres generaciones peleando y corriendo!, la de laa profesora Norelis Mosquera y la colonización educativa del Guaviare, la de los hermanos Rodríguez: de la tierrita a Puerto Morocho, la de Hugo Angulo,  el andariego juvenil que se quedó en Puerto Gaviotas, y la de los hermanos Carrizo, entre el miedo y la esperanza..

Cuando las mujeres, ancianos, jóvenes u hombres, escuchaban la lectura e iban ubicándose y reconociendo los lugares por donde transitaron, se sonreían o decían en voz alta: “Esa es mi historia”. Algunos lloraban, otros reían cuando les parecía ver aquellos paisajes que habían descrito en conversaciones, se sonrojaban y decían: “Ahí inicia mi parte”, “Esa soy yo”, “Ese es mi marido”, “Ese es mi hijo”. Eran instantes en que estábamos juntos en un espacio de confianza mutua donde todos construíamos una historia común.

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Paisaje del Guaviare /Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

La gente disfrutaba y compartía en torno a sus relatos, los corregían y se entusiasmaban al verse reflejados. Nosotros nos llegamos a sentir creadores de las historias; sus retroalimentaciones, comentarios y aportes nos recordaban que eran memorias colaborativas, que, yendo más allá de la guerra y las situaciones de dolor que genera, estábamos tejiendo un relato a muchas manos.

El vuelo de las gaviotas fue eso, construir y deconstruir una palabra, un gesto, un paisaje, llorar sobre mojado, revivir y resignificar, callar, decidir cuándo contar, qué olvidar o cómo sonreírle al pasado. Siete relatos que visibilizan historias de vida colectivas, historias de esas otras colombias que difícilmente se pueden escuchar en las calles, los parques, los salones, en otros lugares distintos al Salón Comunal en que se gestaron, y que solo son posibles en el encuentro cómplice de comunidades con proyectos de futuro trazados y grupos de investigadores que asumen el fortalecimiento comunitario como un propósito central del ejercicio académico.

El relato con el que cuentan hoy los habitantes de Puerto Gaviotas y que narra sus trayectorias, resistencias y demandas, les permite contar con una nueva herramienta para interlocutar con otras organizaciones, con instituciones del Departamento, alcaldías, asociaciones de negritudes, la gobernación y con otros grupos que quieren hacer procesos de memoria histórica de sus comunidades. Con un testimonio que da cuenta de su condición de sobrevivientes del conflicto armado, de la importancia de haber preservado muchas de sus costumbres ancestrales en una región distante de sus lugares de origen y de la necesidad de la titulación colectiva de las tierras que antes habían habitado, como parte de los procesos de reparación colectiva en un país que demanda memoria pero olvida con sistematicidad. La comunidad actual de Puerto Gaviotas y quienes tuvieron que abandonar ese territorio se han fortalecido y algunos tejidos sociales vuelven a tenderse en la posibilidad de un retorno.

Don Laureano dice agarrando el libro en lo alto: “Esta es la bandera del Guaviare, esta es la bandera de la paz en el Guaviare”. Y al llevar el libro a buen término podemos estar seguros de que cumplimos el papel como parte de la academia: fortalecer y aportar a procesos comunitarios sin crear relaciones extractivas, dependientes y paternalistas, por esto decimos que creemos en una academia crítica que dialogue con las agendas de las comunidades.

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Investigadores y miembros de la comunidad de Puerto Gaviotas y Calamar -/Colectivo Supresión Alternativa – Cortesía CESYCME

 


Miembros del Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia: Johana Paola Torres, Luis Fernando Gómez, Diego Mauricio Fajardo, Diana Paola Salamanca, María Alejandra Grillo, Juliana Cubides, Marcos Alejandro Daza, Tomás Vergara, Daniel Ortiz, Laura Alexandra Valencia, Andrés Pacheco, Jefferson Jaramillo, Juan Sebastián Torres.

Sobre esta experiencia, el CESYCME produjo un documental que puede consultar aquí.

Acceda al libro resultado de la investigación aquí.


* María Gabriela Novoa es coordinadora de Comunicaciones de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana.

Migración, cuerpo y escena

Migración, cuerpo y escena

La casa está distante. La manija de una maleta viajera es empuñada por la mano temerosa de quien ha tenido que dejarlo todo y cuyos pies yacen firmes en tierras desconocidas, sin amigos y sin familia. Los atardeceres ya no son los mismos, el color de las calles es extraño, las voces que recorren las plazas suenan diferentes y la bandera del país visitado suscita sentimientos encontrados. En un mundo sumido en la polarización y fracturado por injusticias, luchas entre bandos políticos, nacionalismos, desarraigos y desplazamientos, el enjambre migratorio es un común denominador en nuestros días.

Cuerpos que van de su país de origen a uno por explorar, como cuando las aves huyen del invierno boreal y de la falta de alimento, con la plena convicción de regresar en primavera, cuando los tiempos malos hayan pasado. Colombianos y venezolanos han sido testigos de migraciones voluntarias e involuntarias que implican una gama de experiencias corporales, sentimientos y emociones generados por dejar una vida en el lugar donde se creció y en el que se construyeron grandes sueños, para transitar después a lo desconocido, únicamente con vivencias, sensaciones, olores y sabores en la memoria.

Con la intención de explorar desde el cuerpo las impresiones físicas, emocionales y mentales desencadenadas por la crisis de la migración, nace la creación artística Hermana república, obra que surge de un impulso visceral y auténtico encabezado por Catalina del Castillo, profesora de Artes Escénicas de la Pontificia Universidad Javeriana, en colaboración con mujeres artistas de diferentes nacionalidades que han experimentado en formas diversas la migración.

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Se trata de una propuesta escénica basada interdisciplinarmente en técnicas de la danza contemporánea, el clown y la acrobacia circense, que hacen de este espectáculo una coreografía armoniosa entre lo abstracto, lo poético, la metáfora, la música y el movimiento, y que, en esencia, como señala Del Castillo, “no pretende hacer un juicio alrededor de la situación o explicar un fenómeno, sino que a través del arte busca reflejar la vivencia emocional y corporal de lo que ha sido este fenómeno, desde una experiencia íntima y personal, buscando conectarse con la experiencia colectiva”.

En esta obra, el movimiento es el actor principal y el cuerpo es capaz de emular lo vivido. El rostro preocupado, adolorido o alegre, las miradas fijas o conmocionadas, y los músculos que danzan y se mueven con delicadeza dibujan las historias con picardía y humor únicos, sin necesidad de pronunciar palabra. Uno de los logros más importantes de Hermana república es sin duda la capacidad de interpretar con neutralidad, desde la poética, una situación dolorosa. “Lo que hicimos fue jugar con el arquetipo y quitarle peso dramático, quitarle victimización, quitarle dolor”, explica la investigadora.

El instinto del hogar, el apego por lo emocional y lo material, el desprendimiento a la hora de empacar, los obstáculos del viajero, los choques culturales, la soledad, el rechazo y, finalmente, la transformación, el aprendizaje y la riqueza que quedan impresos en el cuerpo, son algunos de los elementos que se van delineando al compás de la música en la obra. “La migración tiene mucho dolor de por medio, pero también tiene unas grandes riquezas de universos que se expanden y de culturas que se enriquecen”, indica Del Castillo.

Hermana república despierta en las creadoras y en el público la sensibilidad de la vida del migrante y apuesta por utilizar el arte como vehículo de sanación para eventos dolorosos: “Nuestra investigación tiene un resultado artístico pero también un resultado terapéutico y humano para las mismas artistas que estamos participando en el proceso”.

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Siempre habrá personas y espacios que lleven al recuerdo del hogar, que despierten el deseo de regresar a las raíces. Y así como las aves retornan cuando el invierno se va y la primavera aparece, posiblemente el migrante que añora su hogar regresará y pisará las mismas calles que un día dejó atrás, pero tendrá olores, sabores y momentos nuevos en su memoria, grabados allí por la experiencia en una nación hermana que, aunque no es la suya, le dio la oportunidad de aprender, conocer, emocionarse, vivir y sanar.

El reto está en responder a la pregunta de cómo convertir una experiencia traumática en una experiencia estética de la manera en la que lo hicieron estas artistas, cómo el arte puede ser un espacio de sanación y de crecimiento humano y espiritual. A partir del aprendizaje en el desarrollo de este proyecto, Catalina del Castillo busca alcanzar el objetivo de empoderar a otras personas a partir de las herramientas metodológicas que las artes escénicas pueden brindar: “Experiencias traumáticas tenemos todos los seres humanos y la migración es una de ellas, pero hay muchas. Por ejemplo, nuestros jóvenes tienen temas que necesitan tratar y cuando uno entra en ese lugar sin las herramientas metodológicas apropiadas, se puede desencadenar una crisis más grande”. Es transformar creativamente las situaciones difíciles en arte para sanar.


Para saber más:

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Hermana república (obra escénica)
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Catalina del Castillo
COINVESTIGADORES: Catherine Busk e Isabel Story
Grupo de Investigación y Creación en Artes Escénicas
Departamento de Artes Escénicas, Facultad de Artes
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2018

Postales de una nación que busca reconciliarse con la esperanza

Postales de una nación que busca reconciliarse con la esperanza

A pesar de que la violencia en Colombia les ha ocasionado la muerte a más de 218.094 personas, el 81% de ellas civiles, según el Centro de Memoria Histórica, la reconciliación se ha convertido en uno de los aspectos más importantes para las víctimas del conflicto armado en el país.

Por eso, con el apoyo de un grupo de investigadores de la Universidad Javeriana, más de 227 colombianos de diversas regiones del país golpeadas por la violencia y que hoy son espacios libres de guerra se atrevieron a plasmar en fotografías lo que para ellos significa la reconciliación.

Comprender cómo el concepto ‘reconciliación’ se ha configurado en los grupos víctimas del conflicto armado fue el punto de partida para que investigadores de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana desarrollaran el proyecto ‘Caras de la Reconciliación’. Una iniciativa auspiciada por la agencia para el desarrollo internacional USAID e implementada en Colombia por ACDIVOCA a través del Programa de Alianzas para la Reconciliación (PAR).

El proyecto fue liderado por Carlos Gómez- Restrepo, médico especializado en psiquiatría y decano de la Facultad de Medicina, y coordinado por la psiquiatra María José Sarmiento, quienes, junto a un grupo de investigadores, viajaron a 10 municipios de Colombia priorizados por sus altos índices de incidencia del conflicto: Apartadó, Arauca, Arauquita, Bojayá, Ciénaga, Florencia, Quibdó, San Vicente del Caguán, Turbo y Vista Hermosa. Viajaron con el fin darle voz a quienes no la tienen e identificar y caracterizar el significado de la palabra ‘reconciliación’ en cada zona a través del lente de una cámara.

“Diseñamos una serie de talleres de fotografía participativa que consistían en ir a los municipios para enseñarles nociones básicas de fotografía a los participantes –personas de la comunidad– y luego hacer un ejercicio práctico en el que debían tomar una foto de lo que para ellos significa la reconciliación”, señala Sarmiento, quien resalta: “No les enseñamos nada sobre la reconciliación durante el taller porque queríamos que el resultado fuera lo que la gente realmente piensa.

Así obtuvieron 1.600 fotografías, 200 de ellas escogidas por los habitantes de los municipios. Posteriormente los investigadores  clasificaron las opiniones de los participantes en el software NVivo 11. De este proceso fue posible describir el concepto ‘reconciliación’ en ocho categorías de análisis: acciones, actitudes, estrategias, actores, emociones y sentimientos, relación con el medio ambiente, relación con el territorio e historia y valores.

El resultado es el libro Caras de la reconciliación, una producción artística que da cuenta del antes, durante y después del proyecto, de las fotografías tomadas por los participantes y sus comentarios, la clasificación por municipio y el contexto histórico de cada lugar, al igual que las reflexiones que resultaron de la investigación.

“Con este proyecto esperamos que se puedan alinear las políticas públicas y académicas con el fin de hacernos responsables de lo que ellos quieren, necesitan y están pensando. Ahora queremos empezar a diseñar estrategias que nos permitan fortalecer los valores y fortalecer los valores y diseñar estrategias y proyectos que nos permitan llevar procesos de reconciliación en estas comunidades”, menciona Sarmiento.

Con el propósito de hacer visible los resultados de este proyecto, las fotografías estarán disponibles durante todo el mes de febrero, como una exposición itinerante, dentro del campus de la Universidad Javeriana.


Reconciliación (de la raíz latina conciliatus: “caminar juntos”)

Apartadó
El 2 de enero de 1994 fue uno de los días más tristes para Apartadó. Ese día el Frente V de las FARC ingresó a la finca La Chinita, que posteriormente se convertiría en barrio Obrero, y abrió fuego contra quienes estaban allí. El saldo de esta masacre fueron 35 personas muertas y 17 heridas.

/Bibiana Guisao Villegas.
/Bibiana Guisao Villegas.

Sin título
Foto por:
Bibiana Guisao Villegas (30 años)
“…Cuando tenemos un conflicto con otra persona, no queremos ver la otra cara. Si existe la comunicación se puede lograr la alegría. Debemos vivir en amor en este mundo tan complicado”.


Arauca
El municipio de Arauca fue víctima de una de las épocas más violentas del país luego de que, entre los años 80 y 90, paramilitares compitieran con el ELN y las FARC por el control del paso fronterizo a Venezuela. De esa lucha resultaron tres masacres en las que murieron 14 personas, un alcalde, un concejal y monseñor Jesús Emilio Jaramillo, quien fue beatificado por el papa Francisco.

/Jonathan Santiago Botero Valcárcel.
/Jonathan Santiago Botero Valcárcel.

Uniendo diferencias
Foto por:
Jonathan Santiago Botero Valcárcel  (17 años)
“Estrechando la mano es el mejor comienzo para una reconciliación”.


Arauquita
Ubicado al norte del departamento de Arauca, Arauquita ha sido uno de los lugares con mayor incidencia de grupos armados debido a las disputas de las FARC–EP y ELN por el control territorial y las economías ilegales, como el narcotráfico y el contrabando. Algunos de los actos terroristas ocurrieron en La Esmeralda y en los oleoductos de Caño Limón – Coveñas.

/Tania Peña Márquez y Edgar Franco Comas
/Tania Peña Márquez y Edgar Franco Comas

Vamos, camarita
“Significa hacer las paces con esa persona que siempre se va a aceptar a pesar de sus defectos e indiferencias, significa un lazo que no se rompe”.


Bojayá
Este municipio, ubicado en el corazón del departamento del Chocó tiene un gran registro de víctimas causadas por el desplazamiento forzado, homicidios y actos terroristas. Uno de los hechos más graves ocurrió el 2 de mayo de 2002 cuando el fuego cruzado entre las FARC y las AUC ocasionó la explosión de un cilindro bomba sobre la iglesia, lugar donde se resguardaban los habitantes del pueblo. El saldo, 79 muertos y más de 100 heridos.

/Yoofari Allin Velásquez.
/Yoofari Allin Velásquez.

La reconciliación en nuestra cultura
Foto por:
Yoofari Allin Velásquez (15 años)
“Bojayá es un ejemplo claro de que el perdón y la reconciliación sí existen”.


Ciénaga
Ubicada en el Magdalena, ha sido una de las zonas con mayor concentración de grupos armados ilegales debido a sus ventajas geoestratégicas y económicas. En los años 80, las FARC, el ELN y las AUC llegaron al lugar para apropiarse de los recursos derivados del narcotráfico, explotar el medio ambiente, instalar minas antipersonales y cobrar vacunas a ganaderos y exportadores de banano.

/Andrés Eduardo Quiroz Madrid.
/Andrés Eduardo Quiroz Madrid.

Tranquilidad
Foto por:
Andrés Eduardo Quiroz Madrid (22 años)
“Me ayuda a traer paz con solo ver los maravillosos rayos de colores que trae mi atardecer”.


Florencia
Las historias de la violencia en la capital de Caquetá tienen su origen el 14 de mayo de 1984, cuando guerrilleros del M-19 se tomaron la plaza central y dominaron el territorio. Años después y con la llegada de las FARC, este lugar se convirtió en un escenario de enfrentamientos contra las AUC y las Águilas Negras –quienes se dedicaron a hacer ‘limpieza social’–.

/Yohari Alejandra Correa.
/Yohari Alejandra Correa.

Conviviendo con alegría
Foto por:
Yohari Alejandra Correa (6 años)
“Alegría con amor y apoyo”.


Quibdó
La capital del departamento de Chocó ha sido víctima de graves actos de violencia que han llevado a reconstruir la población más de una vez. Uno de los eventos más desafortunados ocurrió el 26 de octubre de 1966 cuando un incendio destruyó toda la ciudad, seguido de la llegada de grupos armados como las FARC, ELN, AUC, EPL y, recientemente las Bacrim.

/Blanca Rosa Romero.
/Blanca Rosa Romero.

El diálogo protege
Foto por:
Blanca Rosa Romero (26 años)
“…Si nos reconciliamos con nosotros mismos será más fácil reconciliarnos con el planeta completo, incluyendo los animales, la naturaleza y el entorno que nos rodea. Así tendremos una vida mejor”.


San Vicente del Caguán
La historia de violencia en este municipio, al norte del departamento de Caquetá, se debe a que fue nombrada como Zona de Distensión por el Gobierno del expresidente Andrés Pastrana para realizar los diálogos con las FARC-EP y ponerle fin a la guerra (1999-2002); sin embargo, las conversaciones no llegaron a feliz término por lo cual se generaron violaciones a los derechos humanos, atrocidades de guerra en la zona y la estigmatización nacional del pueblo.

/Rigna Jara Embres.
/Rigna Jara Embres.

El mercado
Foto por:
Rigna Jara Embres (65 años)
“Allí encuentro con qué alimentarme, así doy gracias a Dios pues mi corazón está alegre, por lo que puedo dar alegría y paz a quien me rodea”.


Turbo
Este municipio es uno de los más grandes de la región del Urabá y, a la vez, uno de los más azotados por la violencia en el país. La bonanza marimbera y cocalera de los años 70 e inicios de los 80 ocasionó la proliferación de grupos guerrilleros y paramilitares, y con ello también el narcotráfico. De ahí, la aparición de grupos armados como las FARC – EP y el ELN que luchaban por hacerse cargo del manejo de droga.

/Yurledis Carvajal Rivero y Over Luis Puerta.
/Yurledis Carvajal Rivero y Over Luis Puerta.

Entre familias
Foto por:
Yurledis Carvajal Rivero (30 años) y Over Luis Puerta (40 años).
“Elegimos esta foto porque en ella está representada la unión entre las familias, el compartir y brindarnos apoyo mutuamente”.


Vista Hermosa
Este municipio del Meta ha sido altamente codiciado por grupos al margen de la ley dadas sus condiciones geográficas y la proliferación de cultivos ilícitos, lo cual ocasionó el desplazamiento forzado de la población. Además, al haber sido nombrada como Zona de Distensión durante el gobierno de Andrés Pastrana y el estereotipo negativo que surgió de ello, los habitantes decidieron abandonarla.

/Gloria Esperanza Mesa y Ester Julia Rada.
/Gloria Esperanza Mesa y Ester Julia Rada.

Paz y reconciliación
Foto por:
Gloria Esperanza Mesa (53 años) y Ester Julia Rada (47 años)
“En la época del conflicto crudo, los habitantes de la margen derecha no podían pasar a la izquierda porque eran ajusticiados y así sucesivamente. En un día la guerrilla pasó más de 200 personas, de las cuales regresaron tres. […] Hoy en día respiramos esa paz tan anhelada y podemos decir que estamos en reconciliación con todos los habitantes de todas las veredas”.

Memorias reparadoras, la clave para seguir

Memorias reparadoras, la clave para seguir

Relatos de víctimas y familiares de desaparecidos del Magdalena Medio buscan hacer memoria con un objetivo: que sus historias no se repitan. Proyecto piloto para generar un modelo de memoria que motive a los protagonistas a seguir tejiendo sus vidas personales y comunitarias.

Ángela[i] perdió a su familia en Puerto Berrío (Antioquia) por culpa de la violencia. Estaba en embarazo cuando la guerrilla la sacó a patadas de la casa junto a su esposo. Por los golpes perdió al bebé y el hombre, que no se volvió a levantar, murió a los quince días. Diez años después, los paramilitares desaparecieron a su hijo, y la hija, quien presenció el terrible acto, quedó traumatizada. Dejó de hablar y de comer y al poco tiempo murió.

Testaruda y obstinada, esta mujer de 65 años ha sido formada por las ONG de derechos humanos que visitan la zona. Cuando el profesor Roberto Solarte, líder del grupo de investigación Pensamiento Crítico y Subjetividad, la entrevistó, supo que detrás de ese discurso bien armado para exigirle reparación al Estado había un inmenso dolor.

Solarte y sus colegas empezaron un proceso cercano con Ángela de reconstrucción de memoria. Motivada, se acogió a las reparaciones simbólicas que el Ministerio de Cultura hace a víctimas de violación de Derechos Humanos y, con el dinero recibido, montó una casa en donde los afectados por la violencia, a través de diálogos colectivos y talleres de socialización, pueden contar sin temor sus historias de vida. Hoy en día el proyecto persiste y Ángela ayuda a otros a hacer memoria. “Se siente reconocida”, afirma el profesor.

Otra forma de reparación

El Magdalena Medio, territorio que abarca 33 municipios de cinco departamentos (Santander, Antioquia, Bolívar, Boyacá y Cesar), sufre un alto nivel de violencia desde mediados del siglo pasado. De acuerdo con el Registro Único de Víctimas (RUV), de la Unidad Nacional de Víctimas, desde 1984 en esta región se han presentado 262.335 casos de victimización por el conflicto.

“Lo que hace el Estado es clasificar y cuantificar a las personas sin ningún impacto transformador real”, dice Solarte. “La gente no está reparada, pero legalmente sí lo está porque ya firmaron documentos, fueron a talleres y recibieron plata por tres meses. Son campesinos que no saben qué hacer en la ciudad, no consiguen empleo y no tienen ningún tipo de ayudas”, asegura. En 2014, varios investigadores de la Universidad Javeriana empezaron a preguntarse por nuevas estrategias que generaran cambios favorables en las comunidades víctimas de la región y así surgió Memoria del Futuro en el Magdalena Medio, proyecto construido por diferentes grupos de investigación con funciones, aportes y responsabilidades diversas. Dicha iniciativa buscó “crear una mirada reparadora del pasado con un efecto positivo en las vidas de las víctimas de la violencia”, explican los investigadores.

La idea del título, Memoria del Futuro, surgió de un texto sobre la reparación de mujeres víctimas de la guerra en Bosnia Herzegovina. Estas personas eran invitadas a contar sus historias y las de sus muertos para compilarlas en un gran documento de divulgación. Al ver el trabajo concluido, expresaron que esas eran memorias para el futuro, porque tenían el potencial de evitar que algo tan horrible volviera a suceder.

Así, se ha venido diseñando un modelo piloto de memoria regional construido a partir de los relatos biográficos de las víctimas como alternativa de reparación. Una de estas historias es la de Elkin Flórez, desaparecido por paramilitares el 26 de enero de 2006 en Barrancabermeja (Santander). Tenía 35 años y transportaba a dos hombres en su taxi cuando fue visto por última vez. Horas después encontraron su vehículo en llamas, pero de él no había ningún rastro. Desde entonces, sus padres, su hija adolescente y sus amigos esperan noticias de su paradero. Todos lo recuerdan como una persona servicial, pacífica, dedicada a su trabajo, con muy buen sentido del humor y una gran pasión por las aves. “Si yo pudiera decirle algo a mi hijo, le diría que siento mucho su ausencia y que siempre estoy luchando por conocer la verdad”, dice Adalberto, su padre.

Compilar memorias biográficas como la de Elkin y de otras tantas víctimas de la región ha motivado a las comunidades a reconocerse, reconstruir sus lazos y trazar un plan para su futuro que sea acogido por organizaciones comunitarias o instituciones regionales. Además, claro, es un escudo para que la violencia no se repita.

La investigación se enfocó, en primer lugar, en comunidades desplazadas de corregimientos y barrios de San Pablo (Bolívar) y Barrancabermeja (Santander). Incluyó además a familiares de desaparecidos de toda la zona: en el caso de Puerto Berrío, por ejemplo, de acuerdo con los testimonios orales, los violentos desaparecieron a un cuarto de la población y “¿cómo es posible que las memorias de estas víctimas sean opacadas por versiones hegemónicas de casos de violencia emblemáticos?”, dicen los investigadores y añaden que muchas de estas personas no figuran en listas oficiales de víctimas y tampoco han participado de los eventos protocolarios de La Habana (Cuba).

El diálogo, base del método

No hubo encuestas ni formatos pesados. El equipo siempre tuvo claro que la investigación se desarrollaría mediante metodologías participativas que dieran prioridad a las voces de las personas. Por eso se recurrió a entrevistas a profundidad, grupos focales, sesiones de diálogo y talleres. La información que salía de estas actividades se compartió con las comunidades para que decidieran la mejor forma de convertirlas en herramientas pedagógicas y comunicativas: trabajos fotográficos, crónicas, documentales, entre otros productos.

“Estas víctimas necesitan hablar y no que les impongan un olvido que no se merecen”, insiste Solarte. Por eso, el documental se convirtió en una herramienta útil con la que se empoderó a las comunidades. Carlos Angarita, profesor de la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana, afirma que si bien el proyecto no planeaba elaborar este tipo de productos, se dieron las circunstancias y se conformó un equipo para realizarlos. No son solo herramientas, explica, “pues si se hacen con criterios estéticos, tienen el valor de una obra artística”.

Estrategias de divulgación

El documental El retorno de un boga cuenta la historia de José Beleño, un agricultor, pescador y líder social de Ciénaga del Opón que, 14 años atrás, escapó milagrosamente de la muerte cuando los paramilitares se apoderaron de la zona. Esta violencia, además de desintegrar a su familia, lo obligó a irse a la zona urbana de Barrancabermeja, de donde nunca se sintió parte. A pesar del miedo y la incertidumbre, José y otros desplazados decidieron volver al lugar donde pertenecían y empezar de nuevo. Su valentía a la hora de hacer memoria los han llevado hoy a iniciar una lucha pacífica para recuperar lo que habían perdido. “Beleño ha contado bien nuestra historia”, dijo un líder campesino al terminar de ver el documental; agradeció además que, después del trabajo de investigación, la Universidad volviera para entregarles un producto concreto. “Nuestros hijos y nietos ya podrán saber qué fue lo que pasó acá”.

Las comunidades entienden este lenguaje porque es el suyo y, por consiguiente, se pueden ver y escuchar en él, explica Angarita. De manera espontánea, dice, las personas han empezado a complementar la historia de El retorno de un boga con sus propios relatos. “En ese sentido, este documental funciona como un dispositivo que activa la memoria”.

Sin embargo, los investigadores están lejos de darse por satisfechos. “El desplazamiento es un proceso de empobrecimiento forzado”, afirma Solarte. Las personas mayores están completamente abandonadas y en los más jóvenes “se ha desdibujado su ser campesino”. En el caso de los desaparecidos, el esfuerzo consiste en recuperar nombres, fotos e historias. “Pero muchos de los sobrevivientes se rehúsan a hablar, viven sumidos en el miedo, máxime en una zona donde los actores armados —los paramilitares en particular— ejercen poder sobre las comunidades”.

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