“Uno no hace transformaciones con un discurso”: María Adelaida Farah

“Uno no hace transformaciones con un discurso”: María Adelaida Farah

Uno de los temas de controversia y debate, a nivel social y cultural, que más se ha desarrollado en las últimas décadas es sin duda el de género. La academia, como un espacio social de aprendizaje, no escapa (ni debería escapar) a estas discusiones.

En la Pontificia Universidad Javeriana, sede Bogotá, el 39 % de los docentes son mujeres, y entre los estudiantes alcanzan a ser el 56 %. De los 18 decanos de facultad, 6 son mujeres. Entre 2010 y 2020 las profesoras titulares la posición más alta en docencia pasaron de 21 a 50.

Y si bien ellas representan el 27 % de los investigadores, lideraron el 54 % de los proyectos de investigación, de investigación-creación, innovación, creación artística y universidad-empresa desarrollados durante 2021.

María Adelaida Farah, actual decana de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales y recién nombrada vicerrectora de Extensión y Relaciones Interinstitucionales de la Javeriana cargo que ocupará a partir de enero de 2022, presentó estos datos durante su discurso de inauguración como presidenta del XVI Congreso La investigación, en la Pontificia Universidad Javeriana, que tuvo lugar del 11 al 14 de septiembre de 2021.

Video de la inauguración del XVI Congreso La investigación en la Pontificia Universidad Javeriana:

Pero su intervención no se quedó en los números: también problematizó en términos cualitativos los procesos de producción en investigación, las razones de desigualdades de género, las consecuencias que estas traen y las diversidades de género, que incluyen la población LGBTIQ+ y la que se considera no binaria.

Todo esto, según ella, porque uno de los retos en Colombia es realizar esfuerzos persistentes, consistentes y rigurosos para desarrollar equidades y justicias de género desde la educación, la investigación, la creación y la innovación.

Este discurso generó conversaciones, en lo virtual y en lo presencial, por ser presentado en uno de los eventos académicos más importantes de la Universidad y por su abordaje con argumentos sólidos y contundentes.

PESQUISA JAVERIANA entrevistó a Farah para profundizar sobre la mirada transversal del género en la vida académica e investigativa.

¿Cómo lograr cambios en temas de género si a muchas personas no les interesa o les produce resistencia hablar de estos temas? María Adelaida Farah

Para que exista diálogo hay que hablar con las personas resistentes a estos temas, preguntar y entender por qué les molesta, qué reacción les genera. Y hablarlo tranquilamente no es fácil. Puede ser que en esa conversación se esté en absoluto desacuerdo, pero hay que hacerlo. Si uno quiere hacer transformaciones hay que entender al otro.

Es común escuchar: “Es que estos son temas de feministas radicales, que solo generan peleas”. Entonces, si entiendo que eso es lo que genera resistencias, hay que trabajarlo con otros lenguajes y buscar la forma de que no genere la oposición del otro. Puede ser un tema más de lenguaje, de comunicación. Seguramente puede ser también un tema de poderes. Son espacios de confort en los que hay muchos intereses y hacer transformaciones de este tipo desconfigura la realidad y sienten que les quita poder.

Yo creo que esto es dinámico, porque las transformaciones las hacemos nosotros, pero es un proceso de mediano y largo plazo. Hay que ser persistentes, escuchar a todos, hacerlo en varios momentos, con metodologías diversas. Esto no es simplemente hacer una encuesta, sino que hay que hacer mucho trabajo.

Se necesita escuchar mucho y hablar. A todos nos hace falta eso, desde los machistas más machistas hasta las feministas más feministas, y por supuesto a los del medio. Y para esto se necesitan epistemologías y metodologías muy acertadas.

¿Cómo deberían ser esas metodologías?

Las epistemologías feministas derivan en unas metodologías muy importantes como el diálogo de saberes, que son casi siempre participativas, colaborativas. Estas permiten entender que todos los que estamos en procesos de investigación tenemos algo por decir, que, además, está cruzado por temas de edad, de género, de clase social, de sexo, de disciplinas. Hay muchas variables que lo hacen entender a uno la realidad desde una posición.

Estamos cruzados por un montón de cosas y ese cruce nos hace ver las realidades con unas gafas específicas. Eso es importante tenerlo en cuenta y hacerlo explícito para trabajarlo. A veces a uno le da miedo decir o explicitar esas subjetividades porque siempre nos han enseñado que en investigación hay que ser absolutamente objetivos y que los sujetos no importan.

Su discurso demostró que las cifras, en general, han venido mejorando con los años, pero luego profundizó también en lo cualitativo. ¿Por qué es importante tener en cuenta ambas dimensiones en este tipo debates?

Yo creo que las dimensiones cuantitativas son importantes porque ayudan a ver, a entender realidades, a evidenciar y a visibilizar. Pero la dimensión cualitativa hace referencia a qué hay que hacer para que las cifras sean significativas.

Las acciones afirmativas pueden ayudar, como ha sucedido muchas veces, a generar medidas como las cuotas, que ayudan en el corto plazo a aumentar cifras, pero si eso no se vuelve transformativo, se vuelven números vacíos. Ya somos 50/50, pero, cualitativamente, ¿cuáles son nuestras condiciones?

Eso implica un reto para hacer transformaciones sociales, que finalmente son transformaciones culturales. Por ejemplo, en violencias y discriminaciones hay cosas muy explícitas, pero la mayoría de violencias son soterradas, invisibilizadas y no se evidencian en las cifras.

Su discurso puso mucho énfasis en las epistemologías feministas. ¿Qué le puede aportar este marco conceptual a la investigación y a la producción académica?

Algo que plantean mucho las epistemologías feministas es entender y tener en cuenta la subjetividad de quienes hacen investigación y la de aquellos con quienes se hace investigación. El discurso de la total objetividad, y que esta es absolutamente neutral, no siempre aplica. No se trata de juzgar si la subjetividad es buena o mala. Es tomar conciencia de que yo soy esta persona y entiendo esta realidad desde este punto de vista. Eso me hace consciente y me ayuda a interrelacionarme con otros sujetos y a construir las verdades desde esa perspectiva. Es importante tener en cuenta que lo objetivo no niega a los sujetos ni sus subjetividades. Puede uno ser mucho más objetivo haciendo conciencia de esto.

Tampoco creo que exista la neutralidad en la investigación, porque la neutralidad es no opinar ni decir nada, y por más que sea un proyecto de ciencias básicas o de ingeniería, tiene alguna postura frente a determinado tema. Las apuestas de la Universidad y la gran diversidad que tenemos en investigación, aun en temas complejos como pobreza, reconciliación, paz, ecología integral o el pacto educativo global, tienen vocación humanística y eso ya no es neutral.

¿Cómo lograr que estos cambios mejoren las condiciones, no solo dentro de la universidad sino también en el ámbito privado, teniendo en cuenta las diversidades?

Es bastante retador, porque esto no es solo tarea de las mujeres, sino que los hombres también deben comprometerse a generar cambios. Un punto importante es propiciar espacios para hablarlo. Pero eso hay que saberlo hacer, porque a veces, cuando se han generado, son encuentros muy agresivos que producen más polarizaciones que consensos y eso puede generar reacciones negativas. Hay que saber abrir espacios para que la gente, en medio de sus diversidades, pueda hablar tranquilamente y proponer soluciones como sociedad.

Pero tampoco se puede pensar que hay diversidades buenas y otras malas. Precisamente la diversidad es todo un espectro de posibilidades, hay que buscar formas de gestionarla. Eso aplica para el rector, para la decana, pero también para el estudiante, para el LGBTI, para el no binario, para todos, en espacios informales e institucionales. ¿Cómo hacemos para respetar y entender a la mujer que es súper femenina? ¿Cómo hago para respetar y entender al hombre que es súper masculino? ¿Cómo hacemos para hacer transformaciones juntos? Eso no es fácil, pero es importante trabajarlo como parte de la justicia de género.

Desafíos en investigación e innovación: una conversación con Judith Sutz

Desafíos en investigación e innovación: una conversación con Judith Sutz

Judith Sutz ha venido a Colombia en varias ocasiones y siempre a conversar sobre lo que más le apasiona: el desarrollo de la investigación científica, la innovación, el devenir de la política científica en países como su natal Uruguay y también con gran conocimiento sobre lo que sucede en la región.

Esta ingeniera electricista, con maestría en Planificación del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela y doctorado en Socioeconomía del Desarrollo por la Universidad de la Soborna, en Francia, coordina desde 1992 la Comisión Sectorial de Investigación Científica, CSIC, que fomenta la investigación en todas las áreas de conocimiento en la Universidad de la República. Para lograrlo implementa diversos programas que apuntan al fortalecimiento y estímulo de la investigación en las áreas de salud, tecnologías y ciencias de la naturaleza y hábitat, y área social y artística.

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“Su aporte es la concepción de innovación porque supera la discusión sobre productividad”, dijo sobre ella Hernán Jaramillo, exdecano de Economía de la Universidad del Rosario y exsubdirector de Colciencias (hoy Minciencias). “Hay que cambiar de paradigma para medir la productividad”.

Con este abrebocas, Pesquisa Javeriana presenta a Judith Sutz, quien abrirá el primer día del XVI Congreso La Investigación, que se desarrolla del 14 al 17 de septiembre de forma virtual, con una charla titulada Investigación, innovación y formación: algunos desafíos y respuestas necesarias y posibles en América Latina.

En países como los nuestros, Uruguay y Colombia, ¿la ciencia que se produce debe responder a los problemas que vive el país?

Bueno, formulada así la pregunta, me parece evidente que sí. Pero hay que tener cuidado porque una afirmación sin matices podría dar lugar a la hipótesis de que hay alguien, algún grupo político en el Gobierno o un grupo social que sabe lo que el país necesita y le indica a la ciencia que eso es lo que tiene que hacer y que solo habrá financiamiento para eso. Sumamente peligroso. Por lo tanto, la pregunta hay que matizarla.

Por otra parte, si hay algo que mostró la respuesta al covid-19, por lo menos en Uruguay, es que largos esfuerzos, hechos en condiciones muy desfavorables dada la muy baja inversión en ciencia, y orientados por lo que podríamos llamar entre comillas la curiosidad, fueron fundamentales.

Si no se hubiera trabajado en la comprensión de ciertos mecanismos básicos de la función biológica de los virus -que en principio, con los problemas del país no tenían absolutamente nada que ver-, cuando llegó la pandemia, no habría habido capacidad de respuesta.

Cuando digo que hay que tomar la cuestión de “orientado por la curiosidad”, es que esa curiosidad, que es la que forma la agenda de investigación al menos en buena parte, es una curiosidad también sesgada, porque dado el carácter internacional de la ciencia, dada la necesidad de interactuar con otros y la muy grande asimetría en materia de desarrollo científico entre los países del sur y los países altamente industrializados, esa curiosidad puede transformarse en seguidismo de la agenda académica del norte, es decir, en usar acá una agenda que no nos es propia porque teóricamente no es propia de nadie, es la agenda del mundo.

Entonces, ¿cómo hacemos para conciliar la necesidad imprescindible de que la ciencia responda a las preguntas internas de la disciplina y también se ocupe de los problemas del país? Es un tema evidentemente complicado y para responder a eso yo lo que digo es: ¿Dónde están los problemas del país? ¿Qué sabemos de cuáles son los problemas del país? Bueno, es una pregunta que no se puede contestar.

Ya que menciona el tema de la pandemia y las lecciones que dejó en nuestros países, ¿cree que ahora los tomadores de decisiones ahora sí le van a parar bolas a las ciencias básicas?

Bueno, esa me parece que es una pregunta fundamental. Compartimos la idea de que la ciencia básica para países como los nuestros es un lujo, es profundamente reaccionaria. Partamos de ese punto. Para nosotros el que Gonzalo Moratorio, un joven de menos de 40 años, fuera declarado una de las 10 personas más importantes en ciencias el 15 de diciembre por la revista Nature, es algo que a Uruguay jamás le había pasado: los científicos estando en la radio y la televisión, a los horarios de máxima audiencia; el Gobierno preguntando y el ministro de Salud Pública, llamando a la Pro Rectora de investigación de la universidad a decirle: “No tenemos hisopos” y los hisopos no son una tontería.

Entonces, sin duda alguna, la pregunta es como tú bien dices, en colombiano, ¿le pararán bolas a la ciencia básica? Y yo te voy a decir que no estoy para nada segura. ¿Por qué le pararon bolas a la ciencia durante la pandemia? Cuando la pandemia no esté, ¿van a estar? Yo no creo que se hayan convencido de nada, creo que lo hicieron porque no tenían más remedio. Creo que es posible tratar de recordarles que no deberían olvidarse demasiado rápido.

En Colombia se está empezando a ver que no solamente el conocimiento científico es el que vale, por lo que tenemos tanta diversidad. ¿Cómo incluir otros saberes en los proyectos de investigación científica que se desarrollan en nuestros países?

El tema de los saberes es complejo, lo que hace falta son mayores niveles de escucha, no de escucha amable y cultural, políticamente correcta. Eso por supuesto, siempre es útil. Yo no tengo ninguna experiencia con el tema de lo que saben los otros, pero me consta que interrogar a los otros sobre cómo definen sus problemas, cómo los perciben, es fundamental para encontrar soluciones y muchas veces los que tienen una mucho más afinada, profunda e integral comprensión de los problemas son aquellos que no necesariamente son capaces de expresarlos en el lenguaje del científico- académico.

Por eso mismo, el tema de los diálogos a veces es tan difícil y por no tener una buena comprensión del problema simplemente no se consiguen soluciones, se pierde el tiempo y el dinero. Alguna gente llama al diálogo coproducción. Yo lo de la coproducción de conocimientos es algo que no tengo del todo claro, pero la coproducción del problema, ¡ah!, eso lo tengo clarísimo: un problema correctamente definido es el paso imprescindible para cualquier investigación exitosa académicamente hablando. Eso para mí es lo más importante.

La financiación para la investigación y desarrollo debe provenir de varias fuentes, entre ellas del sector productivo, pero eso no sucede en nuestros países. ¿Cómo convencer a los empresarios para que tengan en sus instalaciones una oficina que diga I+D?

Yo creo que los empresarios son gente muy inteligente, que saben muy bien lo que necesitan, que se adaptan a las condiciones del medio y, por lo tanto, yo no estoy segura de que el problema sea de convencimiento. Lo que yo creo que puede ocurrir en una franja muy importante de empresas, -estoy hablando de las pequeñas y medianas empresas-, es que no tienes manera de saber que el conocimiento les puede ser útil. ¿Por qué? Por una razón muy sencilla: porque no tienen personal calificado. La única manera de usar conocimiento y antes que nada de invertir en conocimiento, es estar convencido de que el conocimiento sirve.

¿Como pueden los pequeños y medianos empresarios, siquiera acercarse a la multiplicidad de ofertas que la política permanentemente genera? Tienen que saber que allá hay un aliado y eso no ocurre porque en el 80 por ciento de los casos, que son el 95 por ciento de las unidades productivas en todos nuestros países y también en Escandinavia, no tienen personal calificado.

A mí me resultó impactante, pero Dinamarca tenía un ochenta por ciento igual que Uruguay de pymes sin ni un solo profesional. ¿Y qué hicieron? Hicieron dos cosas: primera, una política de primer profesional en la pyme y le dio mucho resultado; y la segunda, una política de extensionismo industrial que está un poco próxima a la idea de transferencia de tecnología, que no es la que a nosotros nos gusta, porque la palabra transferencia implica una asimetría cognitiva que no es correcta. Pero pensémoslo no en términos de transferencias sino de aprendizaje. Hay gente que tiene capacidades para resolver problemas, hay gente que necesitaría esas capacidades, pero no se conocen, no tienen un diálogo. El extensionismo es una forma de propiciar diálogos.

En Uruguay hicimos un proyecto de extensionismo industrial y la idea es la siguiente: invíteme a tomar un café, no le voy a cobrar nada, déjeme mirar cómo hacen las cosas. Si después de la conversación usted me permite, gratis, yo le voy a mandar un ingeniero que tenga canas a ver cómo podemos mejorar y si encontramos una manera, lo ayudamos a pedir plata… Hay que tener paciencia y hay que ir cambiando la cultura. Por eso yo digo, no sé si es que hay que convencerlos o hay que ayudarlos a identificar al conocimiento como un aliado y eso lleva tiempo.

La evaluación de la ciencia, la tecnología y la innovación se mide universalmente por la publicación, ¿cierto? ¿Qué hay de aquella investigación cuyos resultados generan, por ejemplo, políticas públicas? ¿Qué hacer para que la misma comunidad científica se salga un poquito de ese sistema que a mí personalmente me parece un poco perverso?

Ese sistema es un sistema perverso y no lo digo yo. A nivel internacional hay una preocupación muy grande por el Q1, Q2, Q3, una preocupación con la que es muy difícil de pelear porque es la base de los rankings, y los rankings de universidades son el marketing de las universidades que viven de las fees de los estudiantes extranjeros.

Por decirte una, Spru (el Departamento de Investigación en Políticas para la Ciencia de la Universidad de Sussex, Reino Unido) tiene un cargo pagado por el presupuesto universitario que es el de su director, todos los demás vienen de grants (subsidios) que pueden ser nacionales o internacionales. Puedes conseguir grants en función del prestigio de la universidad y el prestigio depende de en qué lugar está en el ranking, y el lugar depende de los papers… Entonces es muy difícil desarmar un edificio que si yo tuviera que hacer marxismo vulgar, te diría que en la base está cómo se financian algunas universidades del mundo altamente industrializado.

La literatura sobre el drama de los rankings, en particular escrita por los australianos, es maravillosa. La crítica es demoledora. El problema es cómo construimos una alternativa que separe el trigo de la paja.

Esa manera de medir, si la seguimos usando, tendrá tres consecuencias. Una, no vamos a hacer ciencia relevante para nuestros países; la otra, que la ciencia no va a ser relevante para la ciencia; y la tercera: va a seguir expulsando mujeres. Yo lo lamento por el poder de los economistas, pero hacer ciencia no es hacer economía; el concepto de productividad es un concepto válido cuando yo produzco zapatos, pero no cuando yo produzco conocimiento. Eso es ridículo.

Para finalizar quiero mencionar el famoso Triángulo de Sábato. A ese triángulo en cuyos vértices está el Estado, la academia y el sector productivo, ¿no le hace falta la base de la sociedad?

El triángulo de Sábato fue presentado por primera vez en 1968 y me sigue pareciendo un concepto particularmente útil. El triángulo de Sábato tiene las intrarrelaciones al interior del Gobierno, de la producción y de la academia; tiene las interrelaciones entre los vértices, pero tiene la extrarrelaciones que son la dependencia.

Esa es una primera cuestión porque me parece importante señalar la riqueza y la validez actual de esos tres conceptos: las intra, las inter y las extra relaciones. Es una cuestión muy estilizada. Yo creo que la idea no es tanto la de cuántos vértices tiene el polígono, sino cuáles son las relaciones de las que estamos hablando entre los vértices del polígono.

¿Cuáles diría que son las fortalezas de los países del sur global?

Cualquier ingeniero sabe que nunca hay una única solución para un problema. Que un problema es un problema y sus condiciones de borde, es decir, si yo tengo cien millones de dólares, tengo un problema, si tengo 10 dólares tengo otro problema. Lo que nosotros conocimos como oferta tecnológica es la oferta tecnológica de gente que resolvió problemas en condiciones de abundancia.

Eso muchas veces exige infraestructuras muy caras que nosotros no tenemos, se refleja en costos que no podemos pagar, en sofisticaciones que nos son absolutamente ajenas. Entonces, cuando miramos un problema y le marcamos las condiciones de borde que son escasez del lado del que lo resuelve y escasez del lado del que va a buscar la solución, porque las escaseces vienen de los dos lados, entonces puede ser que uno encuentre una solución totalmente distinta.

Yo tengo ejemplos de ingeniería, espectaculares aparatos muy sofisticados que cuestan 10 veces menos y que fueron pensados desde lo que yo llamo la capacidad de innovar en condiciones de escasez.

Creo esa es una enorme fortaleza cognitiva de los países del sur y de un mundo que tiene que avanzar hacia la frugalidad. Este es el momento en que los que solamente saben actuar porque son ricos tienen que mirar cómo actuamos y cómo resolvemos problemas los que no lo somos para aprender.

Este es un momento en que vale reivindicar que nunca hay una única manera de resolver problemas. Eso tiene mucho que ver con los imaginarios tecnológicos. Yo creo que llegó la hora, covid mediante también, de estar orgullosos de nosotros mismos.

A denunciar las violencias de género en las universidades

A denunciar las violencias de género en las universidades

Camila* estudia antropología en una universidad de Bogotá y ha pedido a los miembros de la institución que la llamen por su nombre de registro, pues en los listados aparece como Andrés, apelativo que usaba antes de identificarse como mujer trans. “Yo no quiero que los profesores me digan ‘Andrés pase a exponer’ o lo que sea. Esto de verdad afecta mi salud mental y desarrollo personal”, dice. Los llamados han sido reiterativos, pero esta universidad no cuenta con un protocolo adecuado para ofrecer atención a su caso, a pesar de que estos son obligatorios en todos los centros de formación del país. Tanto la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como el Ministerio de Educación exigen que las Instituciones de Educación Superior (IES) sean instituciones libres de violencia y de discriminación.

Linda Teresa Orcasita, psicóloga, magíster en familia y experta en temas de derechos sexuales y derechos reproductivos, asegura que situaciones como esta, en las que la falta de acción para acompañar a las víctimas de violencias basadas en género en las IES se vuelve común, han sido analizadas a nivel nacional y local. La investigadora agrega que algunos de estos estudios evidencian que cuando una universidad no tiene un protocolo o una ruta de atención clara frente a estas violencias, se incrementa la gravedad de la situación y de alguna forma se silencia y se invisibiliza. Durante los últimos años, Orcasita, estudiantes de comunicación y psicología, así como docentes del equipo de trabajo han puesto énfasis a esta situación para comprender a profundidad el manejo que le dan los centros universitarios a estos, especialmente donde ella trabaja: la Universidad Javeriana Cali.

Sofía**, por ejemplo, estudia en una universidad de Barranquilla y como muchos estudiantes tampoco se escapa de haber experimentado violencia de género en su academia. Tuvo una experiencia muy fuerte hace tres años que, en sus palabras, marcó su vida. Para ese momento tomaba una clase de historia en la que con frecuencia su profesor le hacía comentarios irrespetuosos. “Me molestaba durante la clase, me rayaba los brazos con marcador en modo jocoso, me tomaba fotos y en general tenía muchas actitudes que me hacían sentir incómoda. Yo no lo denuncié inmediatamente porque quería evitar problemas. Lo único que a mí me generaba tranquilidad era saber que el otro semestre no lo iba a volver a ver. Mucho más tarde me vine a enterar de la existencia de un protocolo para casos como el mío”.

Con el objetivo de implementar una estrategia de visibilización, apropiación y evaluación del Protocolo de violencias y discriminación en docentes y estudiantes de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, y sobre todo para que casos como los de Camila y Sofía sean debidamente orientados, la profesora Orcasita, junto a un equipo de docentes y estudiantes, desarrollaron el proyecto Genera Cambio, con el que lograron evidenciar la necesidad de que el protocolo de la universidad tuviera un enfoque de género. Entonces, “nuestra propuesta fue visibilizar el enfoque de género para la detección de diversas expresiones de violencias basadas en género”, señala la investigadora.

Asimismo, a través entrevistas a 13 docentes y 250 encuestas a estudiantes de diversas facultades, encontraron que se requiere mayor sensibilización en el reconocimiento de tipos de violencias y rutas de atención que promuevan la no discriminación. “Tanto docentes como estudiantes pueden tener una idea básica del concepto de género, pero se quedan muchas cosas por fuera. Por ejemplo, si bien comprenden la definición, hay carencia de recursos para la identificación de situaciones en donde hay actos de violencia, pues no todos saben que hay diferentes tipos (violencia directa, estructural, cultural, simbólica, entre otras). Por eso, muchas de las personas que no denuncian, simplemente lo hacen porque no tienen claridad del momento en el que fueron violentados”, comenta  la experta.

 

Estos son algunos de los conceptos que las investigadoras con su estrategia de divulgación tratan de aclarar.
Estos son algunos de los conceptos que las investigadoras con su estrategia de divulgación tratan de aclarar.

 

Respecto al conocimiento que tienen los estudiantes acerca del protocolo, la investigación evidencia que, como Sofía, el 49% de los encuestados no lo conoce. Por su parte, el 6% afirmó haber escuchado de este, pero desconocer la ruta de atención. Un 13% aseguró conocer el funcionamiento del protocolo y un 6% dijo que lo había usado o conocía a personas cercanas que lo habían hecho.
Sofía cuenta que cuando finalmente usó el protocolo, básicamente lo que hizo fue contar lo que le había pasado y darlo a conocer por escrito, “pero nunca recibí ningún tipo de acompañamiento psicológico ni nada. Cuando todo pasó, yo no quería decir nada porque no me sentía segura. Luego muchos me echaron en cara que por qué no lo había hecho en el momento. En estos casos todos creen saber qué es lo que hay que hacer, pero vivirlo no es fácil”. Sofia agrega que incluso le preguntaban si estaba segura de querer denunciar al profesor, que si tal vez le había dado motivos con sus actitudes. “Me decían ‘piénsalo bien, por los efectos que pueda tener. Todos me metían mucho miedo”, recuerda.

Y es que esta mala costumbre tiende a repetirse especialmente con las mujeres. Según la investigación, de 43 estudiantes que reportaron haber vivido una situación de violencia de género, 37 se identificaron con el género femenino, 4 con el masculino y 2 personas de género diverso. Ahora bien, antes de alertar a la institución, Sofía le contó a uno de sus amigos de clase, “yo le decía a él que me esperara, que no me dejara sola en ningún momento con el profesor. Él y otro amigo fueron los que me impulsaron a denunciar”, expresa.

Con estas acciones parece que los compañeros y amigos son la primera opción para compartir lo sucedido. De hecho, 60% de los encuestados respondieron que en caso de ser víctimas de violencia de género acudirían a un amigo o amiga y menos del 15% a la decanatura o a la oficina de gestión estudiantil.

Las víctimas viven el temor de la catástrofe que les implicaría el hecho de delatar, no hay seguridad que les vaticine la tranquilidad que necesitan. “Los estudiantes tienden a ser incrédulos al reportar estos casos, piensan que no van a ser apoyados y que los protocolos no van a ser activados. Eso hace que exista miedo a denunciar”, expone la psicóloga Orcasita. Respecto a esto, a los encuestados se les preguntó sobre los aspectos que pueden impedir el reporte de casos de violencia de género. El 69,5% reportó que un aspecto sería ser ignorado por la universidad, 59,3% no sabría a dónde acudir, 57,7% tendría miedo a las represalias y el 41,9% por el desconocimiento de lo que es la violencia de género.

 

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Jugando aprendemos y nos cuidamos

Con este panorama, el equipo interdisciplinar de investigadoras Linda Teresa Orcasita, Andrea Lucia Medina, Elba María Bermúdez, Mónica Lozada, Liliana Tamayo, Tatiana Bejarano y las estudiantes María Camila García, Angelíca Orozco, Mayra Escobar y Paola Orozco crearon una campaña en redes sociales para promover el conocimiento de las violencias basadas en género y además diseñaron un prototipo de aplicación para jugar, interactuar, profundizar en el protocolo y evaluar tanto los conocimientos en violencias de género que tienen los usuarios como las actitudes que toman frente a la misma.

La aplicación se llama Violetometro. Según explica la profesora Orcastia, “lo que queríamos en gran parte con esta iniciativa era hacer saber a la comunidad que sí pueden denunciar y que los protocolos son reales, que sí existe una ruta de atención y que la universidad no avala ningún tipo de violencia que ocurra”. En esta App las personas podrán encontrar historias de vida y conocer las rutas que deben seguir en caso de estar experimentando cualquier situación similar. Además, el juego permite profundizar en los temas de interés y realizar un debate con amigos.

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Reconocimiento

El proyecto liderado por la investigadora Linda Teresa Orcasita es el resultado de la participación, junto a otras 56 propuestas, en una convocatoria del Ministerio de Educación y ONU mujeres. La iniciativa fue elegida dentro de las mejores siete estrategias de intervención alrededor de esta problemática, por lo que fue premiada por el Ministerio de Educación y La Presidencia de la República en una ceremonia que recibió el nombre de La noche de los mejores.

Orcasita asegura que lo más innovador fue pensar en una estrategia tecnológica, comunicativa y no sólo de orden investigativo, e incluir a gran parte de la comunidad educativa (docentes y estudiantes) para recoger sus percepciones. Aun así, es consciente de que quedan muchos retos. Para ella es necesario seguir trabajando e incluir a otros actores de la universidad que no tienen el cargo de docente o estudiante, y hacer del prototipo que diseñaron una realidad. “Aquí seguimos. Finalmente, con la divulgación del proyecto empezaron a llegar reportes de casos relacionados con el tema y eso nos hace seguir creyendo en que vamos por buen camino y que los esfuerzos están dando frutos”.

La invitación es a que las universidades se unan en la investigación para combatir estas situaciones y construir iniciativas colectivas que favorezcan a la academia.

* Nombre ficticio por solicitud de la fuente

No basta con ser pilo

No basta con ser pilo

Ser colombiano, haber cursado y aprobado grado 11, ser admitido en una carrera profesional de una institución de educación superior con acreditación en alta calidad y estar registrado en la base de datos del Sisbén son algunos requisitos que los bachilleres debían cumplir para aplicar al programa Ser Pilo Paga, la iniciativa diseñada por el Ministerio de Educación Nacional durante el gobierno de Juan Manuel Santos para la financiar programas académicos de alta calidad.

El objetivo central de este proyecto era otorgar créditos 100% condonables a los más «pilos» del país y darles un apoyo de sostenimiento durante todo el periodo de estudios, pero una serie de críticas en torno a la desigualdad en la financiación de los programas entre las universidades privadas y públicas, la capacidad del Estado para sostener los 5 billones de pesos destinados a Ser Pilo Paga y la baja probabilidad de vigencia a largo plazo con la llegada de nuevos periodos presidenciales, lo llevó a su fin.

Ser Pilo Paga “hizo que cerca de 40.000 jóvenes de escasos recursos y excelencia académica hicieran realidad el sueño de estudiar en universidades acreditadas con alta calidad”, resaltó un informe del Ministerio de Educación en mayo de 2018.

Efectivamente, a inicios del 2019, pocos meses después del posicionamiento de Iván Duque como presidente, su ministra de Educación, María Victoria Angulo, anunció el lanzamiento del proyecto “Generación E”, una iniciativa para que los estudiantes con pocos recursos económicos pudieran tener acceso a la educación de alta calidad. Su meta: invertir 3,6 billones de pesos para que en cuatro años 336.000 jóvenes resulten beneficiados.

Pesquisa Javeriana conversó con Luis Carlos Reyes, director del Observatorio Fiscal de la Pontificia Universidad Javeriana y miembro del comité asesor de la oficina de investigación del ICFES, acerca de los aciertos y desaciertos del programa SerPilo Paga y las implicaciones financieras de iniciativas como “Generación E” para la economía del país.

https://youtu.be/ti8v03W7ljE

Competitividad y ciencia: extraños socios en un programa de gobierno

Competitividad y ciencia: extraños socios en un programa de gobierno

Con la expedición de la Ley del Plan de Desarrollo 2014-2018, el gobierno Santos creó, entre otras figuras, el Sistema Nacional de Competitividad, Ciencia, Tecnología e Innovación (SNCCTI), el cual fusiona los sistemas de Competitividad e Innovación (CI) y el de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI). Si mis lectores están confundidos con tantas palabras de moda encadenadas y repetidas, tienen fundamento para ello. ¿Qué hacen esos extraños socios —la ciencia y la competitividad— ahora juntos?

El Sistema de Ciencia y Tecnología se organizó en 1991 con Colciencias como la entidad rectora, y en 1995 se creó el Sistema Nacional de Innovación. El sistema de Competitividad, por su parte, fue creado en 2006, y se estableció al Consejo Privado de Competitividad como su ente rector; en su andar se le añadió la innovación. La cantidad de funciones que quedaron interpeladas en dichos sistemas no estuvo sustentada en una inversión de recursos del mismo nivel. Con menos del 0,5% del PIB invertido en ACTI y el 0,2% en I&D, Colombia es uno de los países con peores niveles de inversión en Latinoamérica y en el mundo.

El Gobierno nacional, en cabeza del DNP y de Colciencias, circuló a finales del año pasado el borrador de Conpes de Política Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, el cual explica la manera como se pondrá en marcha el SNCCTI.

Sobre la base de un diagnóstico de todo lo que anda mal con la ciencia, la tecnología, la innovación y la competitividad, la nueva Política se propone fusionarlos, alinearlos y retroalimentarse. Según este diagnóstico, la crisis en la ciencia se percibe en el bajo número de artículos por investigador, el escaso impacto de sus publicaciones y la baja proyección internacional, el reducido número absoluto y la proporción de investigadores y de doctores por habitantes y la falta de direccionamiento estratégico en las áreas de investigación. La tecnología está rezagada por el bajo desarrollo de productos de alta tecnología y la baja inversión de las empresas en actividades de I+D. La innovación no se siente: es reducido el porcentaje de empresas que introducen mejoras tecnológicas, y resulta baja su capacidad gerencial y escasa su actividad en emprendimientos que generen valor agregado. En cuanto a la competitividad, no hay un incremento de los niveles de productividad por trabajador y el crecimiento de esta se circunscribe a unos pocos sectores de la producción.

Adicionalmente, la caracterización del sistema de educación superior donde se forman los profesionales y los investigadores es igualmente desalentadora, ya que tiene baja capacidad para transferir su conocimiento al sistema productivo, su cobertura aún es incipiente y los logros en pruebas estandarizadas dejan mucho que desear.

Por el lado de la estructura organizacional, no solamente hay una desarticulación evidente, sino que las entidades regionales que se crearon en diferentes momentos multiplican los esfuerzos y minimizan el impacto. El actor más alejado de los dos sistemas sigue siendo la empresa privada que en el plan propuesto, debe aportar la mitad de la inversión faltante en CTI.

Las universidades están presentes como protagonistas de tres de los cuatro objetivos estratégicos propuestos del SNCCTI y de la Política: formación de capital humano; investigación y desarrollo; transferencia de conocimiento y tecnología; innovación y emprendimiento. Sin embargo, en ellas se ubica el 90 % de los investigadores del país y son, por lo tanto, clave para que el plan tenga éxito. Su papel está minimizado y se desconoce su naturaleza. Los investigadores en las universidades no están contratados solamente para hacer investigación; tienen que cumplir compromisos de docencia, editoriales, de gestión y de extensión, en una proporción más alta que sus pares de otros países, debido a que se encuentran en universidades de docencia y no de investigación.

Hay una desproporción inmensa entre tres elementos que entran en tensión: a) las funciones misionales de las universidades, b) los recursos reales con los que cuentan para hacer investigación y desarrollo, y c) las demandas que la Política les hace. La tensión se hace evidente cuando dichas demandas se convierten en los instrumentos por los cuales se evalúa su desempeño, lo cual sobredimensiona un aspecto que en el día a día de estas instituciones es secundario o excepcional (los proyectos de I+D, por ejemplo), y se subvaloran las actividades que son prioritarias para las universidades (docencia de calidad, extensión, investigación básica, etc.).

El Conpes parte de una mirada idealista de las interacciones entre Estado, empresas y universidades. Se centra excesivamente en la investigación aplicada, el desarrollo tecnológico y la transferencia de tecnologías a empresas. Con ello, ejerce una violencia sobre las funciones de las universidades y desestimula las posibles contribuciones al desarrollo del país que no pasan por el desarrollo tecnológico. Si la ciencia en Colombia no ha recibido la atención del Estado que la Misión de Sabios reclamaba en 1994, y en el camino se le han pegado los temas de desarrollo tecnológico e innovación, ahora esta misión de contribuir a la competitividad hace que cambie su función de producción de conocimiento a producción de bienes y servicios.

Consuelo Uribe Mallarino
Vicerrectora de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

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El investigador Salim Chalela Naffah

El investigador Salim Chalela Naffah

Cada seis meses y durante cuatro semanas, Salim Chalela visita la Universidad Pinar del Río, en Cuba, para sustentar los avances en su investigación doctoral. Desde noviembre de 2014 hasta junio de 2018, este investigador vivirá entre la isla y Medellín desarrollando su proyecto de investigación en Ciencias de la Educación.

Cuando se realiza un doctorado en Cuba no solamente se presenta la propuesta y se sustenta ante un comité científico de la Universidad. La rigurosidad de este proceso implica presentarse ante un tribunal científico nacional integrado por diferentes académicos de todas las universidades del país, elemento de disciplina y exigencia en el proceso de formación en la educación cubana que quizá fue lo que más llamó la atención de este investigador para elegir Cuba como destino.

Mientras en Cuba se hospeda en una residencia local para conocer más de las tradiciones y conectarse más con la cultura, lo que alterna con su desplazamiento permanente a la universidad, en Medellín vive con su esposa y trabaja como coordinador de investigaciones de la Escuela de Posgrados en la Universidad Autónoma Latinoamericana. A su oficina llega a las siete y media de la mañana, y entre los cinco tintos que se toma, lee noticias, selecciona lecturas académicas y adelanta trabajo de campo para su doctorado.

Chalela Naffah aprovecha las lecturas tanto para su trabajo doctoral como para el desarrollo de sus actividades laborales diarias. A las cinco de la tarde cambia por completo de labor: su filosofía de vida hace que no lleve trabajo a la casa, pues considera que, si se organiza lo suficiente, es posible hacerse cargo de todas las tareas en orden y con metodología.

Desde pequeño, la vida misma lo inquietaba y le generaba millones de preguntas, actitud que heredó de su padre, el ingeniero electrónico de ascendencia libanesa Alberto Chalela, profesión que también eligió su hermano, mientras su hermana prefirió la ingeniería industrial. Don Alberto siempre se preocupó porque sus hijos conocieran de primera mano las innovaciones tecnológicas, como por ejemplo el primer computador, que hoy en día Salim recuerda como uno de los momentos clave en su vida que incentivaron la curiosidad y el pensamiento crítico y lógico que hoy inculca en sus alumnos.

Estudió en el Colegio Nacional Francisco Hernández de Contreras en Ocaña, Norte de Santander, donde por su formación normalista desarrolló un profundo interés por la docencia. A los 17 años ingresó a la Universidad Jorge Tadeo Lozano; aunque quería ser abogado, una prueba psicotécnica le hizo cambiar de opinión y lo llevó a estudiar relaciones internacionales.

Sin haber tenido un acercamiento a la investigación, después de terminar su pregrado, y tras algunas experiencias profesionales, desde el 2008 se dedicó a la docencia e ingresó a la maestría en Estudios Políticos en la Pontificia Universidad Javeriana, y se concentró en el estudio del impacto que genera la internet en la confianza de los ciudadanos con respecto a las instituciones públicas. En 2010 ingresó como joven investigador de Colciencias al Instituto Pensar, donde desarrolló una investigación sobre democracia electrónica.

Las circunstancias de su vida personal le permitieron evidenciar la importancia de la descentralización, ligada no solo a lo laboral, sino a la educación. Por esto, no dudó un minuto cuando se le presentó la oportunidad de vivir en Medellín. Identificó la pertinencia de que, sin importar donde trabajara, podía dedicarse a su labor investigativa sin problema.

“La investigación potencia habilidades y miradas más profundas, para resolver conflictos en cualquier campo y desde cualquier ámbito académico”, dice. En este sentido, su propuesta en el doctorado es diseñar procesos de gestión de la investigación que respondan a las necesidades de las instituciones de educación superior de carácter autónomo, como es el caso de la universidad en la que se encuentra vinculado.

Salim Chalela es una multiplicidad de gentilicios, acentos y curiosidades. Un docente que invita a que no se conciba la investigación como una carga académica, sino como una herramienta para desarrollar estrategias que van más allá de producir artículos científicos, desarrollar productos resultado de un proyecto o alcanzar un estatus dentro de un ranking. Invita a entenderla desde la experiencia y su pertinencia para la transformación de la sociedad.

“Hago lo que me gusta y de manera desinteresada. Ese apasionamiento que tengo es el que todas las personas deberíamos buscar cuando nos formamos, es el que me da la tranquilidad de poder decir que hago lo que me gusta hacer y vivo de ello”.


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Consumo de alcohol en jóvenes universitarios

Consumo de alcohol en jóvenes universitarios

El consumo de alcohol por parte de jóvenes universitarios ocurre a la vista de todos, sin que la cuestión aparezca con mucha frecuencia en las discusiones públicas. Aunque en los últimos meses han circulado iniciativas políticas que buscan restringir la cercanía de bares y discotecas a los centros universitarios –uno de los factores, aunque no el único, que favorece el consumo–, el tema parece enfriarse frente a problemas aparentemente más urgentes.

El estudio “Niveles, situaciones y características del consumo de alcohol en estudiantes universitarios. Elementos para el diseño de programas de promoción y prevención”, de los grupos de investigación en Psicología y Salud y Laboratorio de Psicología de la Pontificia Universidad Javeriana, es una contribución desde la academia a la búsqueda de entender las dimensiones de un asunto que afecta distintos niveles de la vida estudiantil: disminuye el rendimiento académico, acrecienta problemas de depresión, contribuye a la deserción universitaria y puede estar asociado –según la literatura científica al respecto– con el riesgo de embarazos no deseados, el consumo de drogas, los accidentes de tránsito, las lesiones personales y el deterioro físico y psicológico.

¿Bebedores sociales?

El consumo de alcohol es, a pesar de la tolerancia cultural y legal que lo rodea, un problema de salud pública, como lo ha reconocido la Organización Mundial de la Salud y lo puede corroborar cualquiera.

Según la Encuesta Nacional de Salud del Ministerio de Protección Social y la Pontificia Universidad Javeriana, publicada en 2008, entre los 18 y los 29 años, un 8,4% de la población presenta características de alcohol-dependientes. Este rango de edad es muy similar al de la población –entre los 19 y los 27 años– que fue objeto de estudio en la investigación dirigida por María Liliana Muñoz Ortega, y corresponde a las edades habituales en que se vive la experiencia universitaria.
En la investigación se tomó la opción de medir los porcentajes de sujetos que pueden estar en riesgo de presentar alguno de los niveles de consumo y las situaciones que llevan a él, y a partir de este conocimiento fundamentar posibles programas de prevención, mientras se dejó de lado la atención sobre las consecuencias de la ingesta de alcohol. Se trata, según la profesora Muñoz, de la primera fase de una pesquisa que debe continuar con el tiempo hasta lograr desarrollar estos programas en la práctica.
La investigación, de acuerdo con su explicación, fue de carácter no experimental, descriptiva y de asociación. Es decir, se trató de analizar el fenómeno como se está dando en este momento entre la población universitaria, describiendo las experiencias y buscando asociaciones entre unas variables y otras, para determinar las características y los niveles del consumo en relación con determinadas situaciones.

Se convocó la participación de diez universidades de Bogotá, entre las cuales se tomó la muestra de 2.910 estudiantes. Los jóvenes, que voluntariamente accedieron a participar en el estudio, pertenecían a las jornadas diurnas de alguna de las diez universidades.

Entre los centros educativos los había grandes y pequeños, tradicionales y nuevos.

Según los investigadores, no hubo un estudio estadístico sobre el estrato social que permita cuantificar dicha variable, y aunque todas las universidades que aceptaron la convocatoria son privadas, se tuvo participación de distintos grupos de población. Queda abierta, entonces, la oportunidad para estudios posteriores que confirmen o no si se obtienen resultados similares en universidades públicas.

El grupo de investigación, del que también hicieron parte Lucía Carolina Barbosa Ramírez, Arturo Bríñez Horta, Claudia Cay­cedo Espinel, Margarita Méndez Heilman y Raúl Oyuela Vargas, aplicó tres instrumentos iniciales para la cuantificación y el análisis de la información: una ficha de datos generales, un cuestionario para evaluar el Nivel de Desarrollo de los Problemas Relacionados con el Consumo de Alcohol (CEAL), y el Inventario Situacional de Consumo de Alcohol (ISCA).

El primero de ellos es un instrumento diseñado por el grupo de trabajo en una investigación previa; esta herramienta, tipo cuestionario, se utilizó para determinar las características del consumo y tuvo validación por expertos. El CEAL es un instrumento diseñado en Colombia y que también ha tenido su proceso correspondiente de validación; se usa para medir niveles de consumo y determinar los riesgos de intoxicación, dependencia y abuso.

En estos tres niveles, la investigación mostró que el riesgo de intoxicación es alto en un 52,6%, y moderado en un 47,4%; el de dependencia es muy alto en un 1%, alto en un 37,6% y moderado en un 69,1%. Finalmente, el riesgo de abuso es muy alto en 1,5%, alto en 21,2% y moderado en 77,3%.

El ISCA, por su parte, es una herramienta que ha sido utilizada y validada en México y da información de las situaciones personales (emociones desagradables, malestar físico, emociones agradables, probando control, necesidad física y urgencia por consumir) y las situaciones con otros (momentos agradables, presión social, conflicto con otros), en las que la persona bebió en exceso en el último año.

Mientras en las situaciones personales el riesgo mayor se da cuando se experimentan emociones agradables, en situaciones con otros se encontró que el mayor riesgo se presenta en los momentos agradables, seguido de las situaciones en que se ejerce presión social para el consumo.

Más que estadísticas

Posteriormente, 80 de los 2.910 estudiantes participaron en 15 grupos focales, en los cuales se encontraron claves sobre el contexto cultural en el que los jóvenes universitarios consumen alcohol. “Concebimos el consumo de alcohol del joven bajo una mirada sociocultural”, asegura Muñoz. En la mayoría de las respuestas los estudiantes reconocen el problema sin que eso implique necesariamente la capacidad de actuar sobre él, o la existencia en ellos de mecanismos que les permitan controlarlo. “El comportamiento es distinto a la verbalización”, dice la coinvestigadora Margarita Méndez, quien insiste en que “actuar sobre el tema sociocultural es uno de los grandes retos, ya que implica trabajar el problema desde las mismas familias, en los colegios, las universidades y los distintos entornos. Es un tema multifacético que requiere atención a todos los factores”.

La frecuencia de las respuestas que se escucharon en los grupos focales, lo mismo que una investigación anterior titulada “El consumo de alcohol en escolares”, muestran evidencias de la intervención de los entornos y los contextos en la aparición de la problemática, como se ve en expresiones que revelan patrones culturales como “el más macho toma y revuelve tragos”; o competitivos: “los muchachos se bajan las cervezas de un sorbo”, y la insistencia en que existe una “cultura universitaria” y que los “bares incitan a tomar”.

Se argumentan como motivaciones para consumir alcohol el “conflicto armado”, “el país vuelto mierda”, “masacraron a no sé cuántas personas”, los “conflictos familiares”, “el papá le pega a la mamá”, “la mamá está deprimida”, “el alcohol que es legal”, “los papás que están trabajando”. La soledad, la independencia recién adquirida y la distancia de la familia, se mencionan insistentemente.

Los mismos jóvenes coinciden en que cuando ingresan a la universidad ganan en libertad y muchas veces no saben hacer uso de ella. Se sienten muy sujetos a las presiones de los compañeros. “Cuando se llega a la U uno puede liberarse de las prohibiciones y se quiere experimentar”, reconoce alguien en sus respuestas. La dificultad de socializar sin licor muchas veces se deriva del propio ambiente familiar: “Tómese unito, y diez personas encima de uno”, “los padres les ofrecen vinitos a los niños”, “si tu papá y tu mamá toman, cuando llegues a la universidad te va a parecer bien tomar” son otras de las respuestas.

Más vivencias y menos miedo

Esta investigación, que sin estar centrada en lo cuantitativo midió las situaciones de consumo y los niveles de riesgo de intoxicación, abuso y dependencia, aporta elementos para una segunda investigación que se dirigirá a la solución de la problemática, a través de un programa de prevención diseñado en la universidad y por estudiantes universitarios.

“En la prolongación de la investigación se parte de una mirada integral donde intervienen los distintos actores: los jóvenes, los padres, la legislación, entre otros”, afirma la profesora Méndez. Los lineamientos de la segunda investigación, en proceso, se desprenden de las ideas expresadas en los grupos focales, donde los jóvenes manifiestan la convicción de que no es generando miedo como se va a producir un cambio de actitud frente al consumo de alcohol.

“En contraste, proponen campañas de tipo propositivo que permitan generar en el joven otras alternativas de diversión, facilitar o favorecer habilidades específicas de autocontrol y socialización, para lograr un mejor desenvolvimiento y poder controlar así las presiones que tienen frente al consumo”, dice Liliana Muñoz. Aunque advierte que “no sobra que se den otras condiciones, como conocimiento sobre las consecuencias del consumo en la salud, inmediatas y a largo plazo”.

Pero lo claro es que se buscan mecanismos de persuasión más amigables. Los jóvenes proponen que estos programas de prevención sean desarrollados por los propios estudiantes, porque ellos mismos son los que saben qué los motiva y “entre pares se podrían hacer frente, cuestionarse y entenderse”.

Están convencidos, asimismo, de que estas campañas deben involucrar el entorno familiar, el escolar y los entes públicos, y que en ellas se deben emplear componentes visuales que evoquen aspectos vivenciales.

“Lo pedagógico no son las charlas pichas”, dice uno de ellos. “Aquí hay electivas sobre consumo de alcohol pero que sea más real, como ver los accidentes, videos, eso llega más, así le entra a uno más que las estadísticas”.

La segunda parte de la investigación “Niveles, situaciones y características del consumo de alcohol en estudiantes universitarios. Elementos para el diseño de programas de promoción y prevención”, tiene por delante el reto de transformar esta información en programas con resultados eficaces.

Acuerdo de voluntades

Paralelamente, las universidades bogotanas, representadas por los propios rectores, se han aliado en un acuerdo de voluntades que las compromete a trabajar de manera permanente con los congresistas, los concejales, la Secretaría de Gobierno Distrital y la Policía para intentar formalizar una propuesta de legislación más restrictiva frente al consumo de alcohol, sobre todo en los entornos que rodean a las universidades.

Sin desconocer que una nueva ley, más estricta, no evitaría el consumo de manera total, mientras no se actúe al mismo tiempo sobre las variables culturales, que tienen un proceso de transformación muy lento. Por lo pronto, en la Pontificia Universidad Javeriana se busca lograr una mayor formalidad y centralización de una política corporativa frente al consumo de alcohol de los estudiantes.

En estas iniciativas participan la Vicerrectoría del Medio Universitario y el programa Universidad Saludable, apoyados por la Facultad de Psicología. La investigación ya concluida y la que está en marcha se inscriben dentro de esta iniciativa mayor. Se quiere de esta manera ofrecer unos lineamientos que puedan ser aplicados por todas las facultades, y que en el futuro provoquen transformaciones sociales más allá de la Universidad.

En la Oficina de Asesoría Psicológica, que también depende de la Vicerrectoría del Medio Universitario, cualquier estudiante puede acercarse y solicitar orientación. Es un primer paso, estrictamente individual, sin el cual ninguna propuesta de mayor alcance puede tener éxito.


Para leer más…
<style=»color: #999999;»>+Londoño, C., García, W., Valencia, S., Vinaccia, S. (2005), “Expectativas frente al consumo de alcohol en jóvenes universitarios colombianos”, en Anales de Psicología, Vol. 21, núm. 2, pp. 259-267.
<style=»color: #999999;»>+Ministerio de Protección Social y Pontificia Universidad Javeriana (2008), Encuesta Nacional de Salud, Bogotá, Ministerio de Protección Social.
<style=»color: #999999;»>+Muñoz, L., Barbosa, C., Bríñez, A., Caycedo, C., Méndez, M., Oyuela, R. “Niveles, situaciones y características del consumo de alcohol en universitarios. Elementos para el diseño de programas de promoción y prevención”, Encuentro de Investigación sobre Consumo de Drogas REDLA, 21-23 de octubre de 2009, disponible en:<style=»color: #999999;»>https://es.calameo.com/read/0000133024d014dc32434. Recuperado 03/03/2010
 

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La Vicerrectoría Académica de la Javeriana abre sus puertas a la innovación y el desarrollo

La Vicerrectoría Académica de la Javeriana abre sus puertas a la innovación y el desarrollo

La Oficina para el Fomento de la Investigación, adscrita a esta dependencia, será la encargada de gestionar el Programa de Innovación y Desarrollo para apoyar a los docentes investigadores en las actividades y estrategias propias de los procesos de transferencia de conocimiento.

La Javeriana cuenta con grupos de investigación con amplia trayectoria en diversos temas, con una base científica y tecnológica sólida que les da la posibilidad de ofrecer soluciones y aplicaciones concretas a problemas de la sociedad. Razón por la cual ha considerado fundamental apoyar los procesos de innovación y desarrollo para ofrecer paquetes tecnológicos en los que participen diferentes áreas del conocimiento, haciendo más competitiva la oferta científica y tecnológica de la institución.

Se espera que esta nueva labor contribuya a potenciar los procesos de colaboración científica y técnica para la generación, transferencia, apropiación y uso de los resultados de la investigación a la sociedad, estrechando las relaciones de la universidad con el sector productivo, el Gobierno y demás potenciales usuarios del conocimiento.

Las dinámicas propias de estos procesos también servirán de puntal para promover y apoyar el espíritu emprendedor en la comunidad académica que le permita proponer oportunidades de negocio novedosas, que conlleven la creación de empresas derivadas de la universidad.

Entre las actividades estratégicas que se vienen desarrollando en el marco de este programa están los cursos de capacitación en propiedad intelectual y transferencia de tecnología, dirigidos a la comunidad académica javeriana. Asimismo, la universidad está participando con dos proyectos en Davinci, un programa piloto que pretende que los proyectos de investigación con potencial empresarial de las universidades cuenten con todas las herramientas para transformarse en oportunidades de negocio o empresas de base tecnológica. Este programa es promovido por la Secretaria de Desarrollo Económico de la Alcaldía Mayor de Bogotá, las once universidades pertenecientes a la Alianza Comité Universidad – Empresa – Estado – Bogotá Región, Tecnoparque del SENA y Crea-me, Centro Integral de Servicios Empresariales.


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Editorial 7: ¿Para qué investigar?

Editorial 7: ¿Para qué investigar?

Investigar: ¿para qué?

Por supuesto que para esta pregunta hay muchas respuestas, todas legítimas, pero también parciales e incompletas. Sin embargo, cuando se plantea desde la Universidad, la pregunta adquiere unas características sui generis.

Hay universidades que se entienden a sí mismas como instituciones de educación superior que realizan su misión centradas principalmente en la docencia, y como es de esperar, algunas de ellas lo hacen bien o muy bien, otras regular, y otras definitivamente mal, pues lo que enseñan o bien no está a la altura del desarrollo universal del conocimiento o no obedece a las necesidades de la población a las que está dirigido su esfuerzo.

Otras universidades se entienden a sí mismas –o son clasificadas– como universidades de élite o de investigación. Cuando esta autodefinición es auténtica y sincera –no siempre lo es– lo que se quiere decir es que la institución posee los recursos humanos, financieros y de infraestructura física y de calidad académica para que la docencia se realice a partir de proyectos de investigación que los profesores y los grupos de investigación desarrollan como su actividad principal. Un ejemplo de esto es la llamada “iniciativa de excelencia” del Gobierno alemán, que hacia finales del año 2007 escogió nueve universidades élite a las que les entregó, tras un riguroso proceso de selección, un generoso presupuesto de 1,9 mil millones de euros para el desarrollo de esos proyectos que están llamados a constituirse en punta de lanza de la ciencia a nivel mundial.

Por su parte, otra gran cantidad de universidades, entre las cuales habría que incluir a las mejores universidades públicas y privadas de Colombia, son universidades de docencia que realizan investigación, es decir, que invierten recursos propios y externos para desarrollar proyectos y grupos de investigación que jalonen y estimulen la actividad docente de alta calidad y así también contribuyan al desarrollo social.

En países en donde el número de cupos para la universidad es inferior al número de bachilleres que podrían tener acceso a la educación superior, resulta de particular relevancia social que incluso las universidades que pretenden ser investigativas desarrollen una pertinente y necesaria tarea docente. En el caso de las universidades públicas, porque en un Estado social de derecho ellas son precisamente las llamadas a atender las necesidades educativas de muchos colombianos cuyos ingresos son bastante limitados; en el caso de las universidades privadas, que tienen que financiarse principalmente con los recursos que provienen de las matrículas, porque los padres de familia cancelan el valor de las mismas con el fin de que sus hijos reciban una educación de calidad.

La investigación en las universidades colombianas debe atender, entonces, a una doble finalidad: incrementar los índices de la calidad de la docencia disciplinar y profesional, y producir conocimientos. Lo segundo es garantía de lo primero. La investigación en la universidad no vale la pena si no es de muy alta calidad, y con frecuencia uno se pregunta si mucho de lo que se presenta como investigación universitaria en realidad no es más que laudables actividades de actualización o, como suelen decir los estudiantes, ponerse al día. La investigación que se lleva a cabo en la universidad debe proponerse mover las fronteras del conocimiento, aportar elementos novedosos desde un punto de vista metodológico, y fortalecer la formación profesional de quienes tendrán en sus manos el futuro y el bienestar de muchos. La investigación es la búsqueda de la verdad, y bien sabemos que la verdad, a la vez que nos hace libres, nos conduce por los senderos de la justicia y la paz.


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