Investigación en salud para mejorar la calidad de vida

Investigación en salud para mejorar la calidad de vida

Diez programas de Ciencia, Tecnología e Innovación (CT+I) en salud fueron elegidos en la convocatoria 537 de Colciencias y el Ministerio de la Protección Social el pasado 3 de noviembre de 2011, para hacer frente a problemáticas como la reducción de la carga de enfermedades crónicas, el cuidado y desarrollo de la primera infancia o el acceso a los servicios de salud de la población, entre otros. Dos de esos diez programas habían sido presentados por grupos de investigación de la Universidad Javeriana que resultaron seleccionados de una baraja de más de doscientas propuestas.

El primer programa, denominado “Prevalencia y pruebas diagnósticas de trastornos de sueño y su relación con riesgo cardiovascular en Colombia a diferentes altitudes”, busca a personas que tengan trastornos del sueño, en especial apnea del sueño, para observar qué tan alto es el riesgo de enfermedad cardiovascular y coronaria. Según Liliana Otero, directora del Centro de Investigaciones Odontológicas de la Universidad Javeriana, Ph.D. en Ciencias Biológicas e integrante del grupo de trabajo, “la apnea del sueño es un factor muy alto para la enfermedad coronaria, pero no se diagnostica a tiempo, y se desconoce que puede aumentar el riesgo de hipertensión, enfermedades metabólicas y cardiocerebrovasculares. Mientras que en niños se confunde con hiperactividad o déficit de atención”.

Para su desarrollo se hizo una unión temporal en la que participan, además de la universidad, el Instituto del Corazón en Bogotá y Bucaramanga y el Hospital San Ignacio. Proyectado a cinco años, el programa iniciará su primera fase encaminada a mirar la prevalencia de trastornos del sueño en niños y adultos en Bogotá, Bucaramanga y Santa Marta, y a determinar la prevalencia de apnea en pacientes con diagnóstico de enfermedad coronaria.

De otra parte, el segundo programa, “Intervenciones en salud orientadas por la APS (atención primaria en salud) y reducción de la carga de trastornos mentales generadores de mayor cronicidad y discapacidad”, pretende disminuir los costos emocionales y económicos para los pacientes y sus familias derivados de los trastornos mentales. “El programa interviene desde muchos ángulos para aliviar ese peso, dado que el sistema de salud actualmente no está preparado para sostener la carga del cuidador”, explican Diana Matallana, neurosicóloga, investigadora del programa y coordinadora de la Clínica de Memoria, Demencias y Traumas del Hospital San Ignacio, y Cecilia de Santacruz, coordinadora académica del programa. La ejecución estará a cargo de la Universidad Javeriana y el Hospital San Ignacio.

El programa de tres etapas iniciará su primer año con la estructuración de intervenciones pedagógicas, de apoyo, y promocionales y preventivas, como la identificación de familias, la definición de la carga y la capacitación de médicos en varios niveles del sistema de salud. También desarrollará herramientas de detección rápida de trastornos mentales y alteraciones neurosiquiátricas relacionadas con lesiones.

De esta forma, la Universidad Javeriana se ubica a la vanguardia en la investigación de dos temas claves para la salud, ya que según el Estudio Nacional de Salud Mental del Ministerio de la Protección Social, cerca del 40% de la población colombiana ha sufrido algún trastorno mental. Mientras que, según cifras de la Organización Mundial de la Salud, la causa número uno de muertes en el mundo es la enfermedad cardiovascular.


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El valor de los registros fotográficos en la era preantibiótica

El valor de los registros fotográficos en la era preantibiótica

Morir sin saber cuál era la dolencia. Pasar años esperando una respuesta. La enfermedad es una incógnita y se acude a los médicos en busca de respuestas. ¿Y si no las hay? Si no es posible un diagnóstico que permita desencadenar los procesos posteriores de tratamiento, acompañamiento, esclarecimiento y pronóstico, ¿qué pasa con el paciente, qué hacen los médicos, cómo se viven estas situaciones?

Con un espejo retrovisor es posible acercarse a determinadas épocas de la historia, del propio desarrollo de la ciencia o de la práctica médica, en las que los galenos tuvieron ante sí casos clínicos especiales, casos únicos que representaban enfermedades en estados avanzados, tumores de gran tamaño, estados pre y posoperatorios, piezas anatomopatológicas y registro de enfermedades de las cuales desconocían el diagnóstico definitivo.

En Colombia, la Colección Sanmartín-Barberi de la Academia Nacional de Medicina contiene un acervo fotográfico de más de 1.200 imágenes en blanco y negro sobre papel baritado, tomadas entre 1929 y 1930 por la sección de Fotografía y Anatomía Patológica del Laboratorio Santiago Samper del Hospital San Juan de Dios, que representa un grupo de pacientes que sigue esperando un diagnóstico, una respuesta que explique su dolencia. La Colección, por años, estuvo olvidada, no se conservó adecuadamente y sufrió la indolencia nacional típica ante el valor de la historia, los archivos y la memoria.

Noventa años después de que médicos tratantes de la época, entre los que se encontraban figuras importantes de la historia de la medicina en Colombia, como el Dr. José Ignacio Barberi, el Dr. Rafael Ucrós Durán y el Dr. José Nepomuceno Corpas, vieran la importancia de documentar ese tipo de casos a través de un minucioso registro fotográfico, un grupo de investigadores del Instituto de Genética Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana, liderado por el Dr. Fernando Suárez Obando, emprendió la tarea de ordenar el material fotográfico de la Colección, digitalizar las imágenes y llevar a cabo un análisis clínico de cada caso, con el fin de determinar los posibles diagnósticos, así como de establecer el estadio de cada enfermedad.

La Colección, cuenta a Pesquisa el Dr. Suárez, “es una ventana a un momento histórico en el que el diagnóstico temprano era infrecuente y el concepto de enfermedad apenas comenzaba a reconocer la existencia de organismos microscópicos, aún no existían los antibióticos y la esterilización era precaria. La población, mayoritariamente rural, tenía que desplazarse a las ciudades en busca de tratamientos. No se realizaban vacunaciones masivas, no había redes hospitalarias y la epidemiología apenas se asomaba como una explicación más o menos convincente de las plagas y epidemias. En esas condiciones, los médicos se sorprendieron ante hallazgos semiológicos extraordinarios, personas con padecimientos que representaban no solamente un estadio avanzado de la enfermedad sino enfermedades que cuestionaban al científico que había en cada médico, al detective que se obsesionaba con encontrar la verdad”.

Adentrarse en la Colección fue un trabajo significativo en el que participaron también los doctores Jaime Bernal y Alberto Gómez, del Instituto de Genética Humana, y el doctor Egon Lichtenberger, de la Academia Nacional de Medicina, ya que destaca aspectos de la medicina colombiana que deberían estudiarse en profundidad, entre los que se encuentran la capacidad de registro fotográfico y documentación de la enfermedad, la sabiduría y la habilidad quirúrgica de los médicos de la época, y que merecerían, como dice Suárez, la admiración de las actuales generaciones de médicos.

Imágenes para una interpretación multidimensional

Quien no trajina habitualmente en el mundo de la medicina o la investigación se pregunta qué retos implicó describir, explicar, diferenciar y clasificar la manifestación de lo infrecuente a partir de fotografías que registran casos médicos especiales. El investigador principal comparte su experiencia y señala que, aunque los académicos vinculados al proyecto están acostumbrados a la enfermedad, las imágenes en blanco y negro resultaron impresionantes, y que, más allá de la propia enfermedad, “cada imagen registra toda la dimensión humana, el dolor, el sufrimiento, la incertidumbre, la tensión entre la desnudez, el pudor y la lente fotográfica. En cada caso era inevitable imaginar cómo sería vivir con ese tipo de carga; con un tumor o una lesión claramente visible, vivir con los señalamientos, las burlas, la compasión, el dolor, y acostumbrarse a existir con esa aflicción”.

Para los investigadores, hubo preguntas complejas de responder: ¿cómo reconocer una enfermedad que nunca estudiaron u observaron en sus carreras?, ¿cómo hacer un diagnóstico sin datos demográficos, sin historia clínica, sin examen físico? El reto fue entonces “inferir a partir de la imagen, disecar la semiología registrada en la fotografía y acudir a los libros, preguntar a otros expertos y, no en pocos casos, rendirnos ante la ignorancia. Es probable que en 1930 supieran lo que ocurría con el paciente, pero no siempre sabían qué hacer, y nosotros en el siglo XXI no sabemos exactamente lo que sucedía, pero tal vez, si lo conociéramos, sí sabríamos cómo proceder. En cualquier caso, ya es tarde para el paciente, pero no para la construcción de la memoria y la historia del conocimiento médico colombiano”.

A estas dificultades se sumó la de digitalizar en alta resolución las imágenes, catalogarlas, ordenarlas y reconocer entre varias cuáles constituían diferentes ángulos de un mismo paciente o de un mismo caso.

Con los resultados de esta investigación, un estudiante de Medicina tiene la oportunidad de encontrarse con elementos esenciales de la historia de la medicina colombiana, comprender las transformaciones de la mirada médica, valorar la importancia de la fotografía médica de comienzos del siglo XX o preguntarse por qué la escasez de museos médicos, por qué las cátedras insuficientes de historia de la medicina o por qué este tipo de colecciones se encuentran escondidas y hasta abandonadas. En Colombia, afirma Suárez, “tenemos excelentes facultades de Medicina que están al día con el desarrollo científico, pero que olvidaron su pasado. Rescatar parte de la memoria de la medicina colombiana es el aporte más importante de esta investigación”.

La investigación “Patología exótica en la Colección Sanmartín-Barberi de la Academia Nacional de Medicina” dio nueva vida a esta importante colección. Hoy, sus fotografías originales y las restauradas están en el Museo de Historia de la Medicina de la Academia Nacional de Medicina, la colección digital se encuentra bajo custodia de los investigadores en el Instituto de Genética Humana de la Pontifica Universidad Javeriana y se publicará un libro junto con un atlas digital (CD-ROM) con el trabajo realizado.

Una tradición por revisitar

La Colección Sanmartín-Barberi es quizá la más extensa en fotografías médicas de la época con que cuenta el país. Sin embargo, también es probable que en alguna facultad de Medicina se conserven acervos similares, diferentes a este y a la Colección de Ceroplástica del Museo de Historia de la Medicina de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia.

El contenido de la Colección es un buen ejemplo de la tradición de la fotografía médica en Colombia, un campo de amplio desarrollo, como se manifiesta en la gran cantidad de artículos y libros sobre casos clínicos y especialidades médicas en los que la fotografía ilustra la enfermedad, el resultado de un tratamiento, una presentación clínica atípica o una enfermedad infrecuente. Al preguntarle al profesor Suárez por esta tradición en el país, cuenta que hay especialidades médicas, como la cirugía plástica o la dermatología, en las que la fotografía médica ha jugado un papel importante. Trabajos representativos son los de los profesores de la Universidad Nacional, doctores Felipe Coiffman, en cirugía plástica, y Gerzaín Rodríguez, en la enseñanza de enfermedades que son semiológicamente complejas. Recuerda también que en el área de la genética clínica se ha usado la fotografía médica como medio para analizar las enfermedades representadas por culturas precolombinas en figuras de cerámica —trabajo del Dr. Jaime Bernal Villegas, profesor de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana— o en los estudios del profesor Pedro Pinto Núñez, de la Facultad de Medicina de la Universidad del Norte, sobre malformaciones congénitas, que comprenden más de doscientas fotografías que ilustran los signos clínicos de diversos síndromes y enfermedades congénitas. También está el Atlas de semiología médica y genética, publicado por el Instituto de Genética Humana de la Universidad Javeriana, en el que se compilan más de cuatrocientas imágenes que ejemplifican los diversos signos clínicos que definen las enfermedades genéticas.

El cuidadoso registro fotográfico de la Colección Sanmartín-Barberi se da en la era preantibiótica de la medicina, momento en el que el modo de plantear las preguntas es diferente y en el que las claves para develar las enfermedades están en el campo macroscópico; de ahí la importancia del registro fotográfico. Hoy lo visible al ojo humano, explica Suárez, ha perdido importancia. Se mira lo molecular, la célula, el marcador biológico, no al paciente, por lo que se entiende al enfermo de forma fragmentada. La historia, enfatiza Suárez, le da sentido a la actualidad, contribuye a contrastar la evolución de la enfermedad en épocas distintas a la nuestra y amplía la comprensión del saber médico.

Al preguntarle por los dilemas que pueden plantearse al divulgar registros fotográficos de lo que algunos llaman enfermedades exóticas, plantea que “la mirada de la sociedad ante la diferencia, ante lo inusual y ante la enfermedad debe transformarse a través del conocimiento, y el conocimiento no se oculta, se difunde”. La dificultad radica en que existen formas de difusión, como los circos de rarezas o el amarillismo periodístico, que poco contribuyen a la construcción de tolerancia y respeto. Explica Suárez que el objetivo de llevar a cabo la difusión de la información fotográfica y médica de la Colección, con análisis y sustento científico, se planteó claramente desde el inicio del proyecto de tal manera que, con la representación médica de la enfermedad, la búsqueda del diagnóstico etiológico y el uso de la semiología médica en la descripción de los signos clínicos, se aportara a la sociedad haciéndole entender que se trata de enfermedades graves y no de condiciones que resulten de eventos sobrenaturales. En esa medida, la mirada médica y la mirada científica evitan la presencia y el arraigo de la estigmatización.


Para leer más:

+ La Colección Ceroplástica del Museo de Historia de la Medicina de la Universidad Nacional de Colombia. Disponible en: https://www.museos.unal.edu.co/sccs/plantilla_museo_3.php?id_subseccion_museo=279&id_museo=8. Recuperado en 18/10/2011.


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Cuidadores informales: entre el rechazo y la injusticia

Cuidadores informales: entre el rechazo y la injusticia

“Abuelita, mejor llévame tú”, le pide Tatiana desde su silla de ruedas a Ana Sofía, de 58 años, quien intenta llegar al parque con su hija Constanza y su nieta por las calles de Fontibón, al suroccidente de Bogotá.”Pero, como suele pasar, parece ser misión imposible. Constanza no ve por dónde camina pues una diabetes juvenil degenerativa (la más agresiva) la cegó, lo que le impide empujar la silla de su hija sin el riesgo de tropezarse o dejar caer en un hueco a quien fue diagnosticada con microcefalia congénita hace 13 años. Así que, una vez más, Ana Sofía cambia de posición y empieza a empujar la silla de Tatiana, mientras que con su brazo libre sirve de guía para quien no ve. El corto trecho de la casa al parque se hace eterno, y por ahí no parece haber algún vecino con ganas de ayudar.
En Colombia hay un poco más de 2.600.000 personas en situación de discapacidad, según el censo que el Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE, realizó en 2005. Ahí adentro están contadas Tatiana y Constanza. Sin embargo, no hay ninguna cifra que registre el número de personas que día a día se levantan, como Ana Sofía Díaz, en función de ayudar a alguien más a vivir. Ella hace parte de la invisible masa que conforma a los cuidadores informales, esos familiares o amigos que, sin ningún sueldo o apoyo diario, pasan sus horas abrigando, alimentando, limpiando y apoyando a alguien que no podría hacerlo por sí solo. Pero, ¿quién cuida al cuidador?, se preguntan algunos. ¿Quién reconoce su valor, sus horas no pagadas, sus noches en vela? Parece que pocos pueden tirar la primera piedra.

Sin embargo, un estudio realizado en 2009 por la Facultad de Enfermería de la Universidad Javeriana reflejó las dimensiones de esta situación internacional que toca a cerca de mil millones de personas en el mundo, si se piensa que detrás de cada hombre o mujer que sufre de alguna limitación física o cognitiva hay un ayudante informal. Entonces, las necesidades del cuidador fueron tomadas en cuenta por este grupo de investigadores, liderados por la enfermera y docente María Teresa Buitrago Echeverri, quienes concluyeron que estas podrían ser suplidas por los propios cuidadores y acompañadas por la sociedad, si se logran las respuestas institucionales requeridas.
“Es cuestión de barreras”, explica Buitrago. “Si abriéramos las oportunidades para las PSD (personas en situación de discapacidad), no tendríamos que enfrentarnos a la figura del cuidador, sino apoyarla”, explica. Y por esa falta de soporte es que, según la enfermera, “son dos las personas que son excluidas de la pirámide productiva”.
Ana Sofía es lavandera. Cuando su marido, Roberto, todavía estaba vivo y su hija Constanza recién comenzaba a construir un hogar, ella podía salir del lugar donde trabajaba como aseadora y llegar a casa, descansar, ver la tele y reír. Pero en menos de una década su vida cambió y pasó a cuidar noche y día a la bebé que tuvo su hija, luego de un traumático embarazo. Tatiana nació con pocas posibilidades de sobrevivir, sin esperanzas de lograr muchas cosas en su vida —como hablar o masticar lo que se llevara a la boca—. Mucho menos su familia podría imaginársela corriendo y saltando con libertad. Sin embargo, más pudo la terquedad de esta abuela. “Me dediqué a consentir y a cuidar a mi nieta, así como a ayudar a mi hija a superar la depresión que le dejó tener un bebé así, lo que empeoró su diabetes”, relata este mujer gruesa, de ojos miel y ya canosa, que sufre de cojera por algún mal de circulación.
La salud de Constanza desmejoró con los años, tanto así que hoy está ciega, anémica y hospitalizada, luego de que su esposo decidió abandonarlas a ella y a Tatiana. Pero su mamá, quien enviudó hace unos meses, le tendió su mano y desde entonces dedica todo su aparente inútil tiempo a cuidarlas y, de vez en cuando, a hacerlas sonreír.

La obligación moral

“Los cuidadores no eligieron serlo, a ellos les toca”, explica Buitrago. Y ese deber moral algunos lo afrontan con bondad casi religiosa, pero a otros les cuesta mucho más “renunciar a su vida y consagrarla a alguien”. Y ese rencor, mucho más en condiciones de pobreza, puede desembocar en otros fenómenos como violencia intrafamiliar, abandono y explotación infantil. Por eso, son muchos los esfuerzos que se han hecho alrededor del planeta desde ONG como Handicap International o CBM Internacional para apoyar a las PSD; en las fundaciones sin ánimo de lucro para ayudar a los cuidadores; y dentro de la propia academia para observar y demostrar estas condiciones.
En la localidad de Fontibón, donde el grupo de la Universidad Javeriana trabajó con 12 cuidadores de PSD, se logró construir una lista de necesidades claras que ayudarían a mejorar la calidad de vida de estos veladores y que harían su desinteresada labor diaria mucho más llevadera. “Cuando vamos a preguntar por las necesidades del cuidador, nos damos cuenta de que ellos no demandan ninguna otra cosa que no pida otro ser humano: poder trabajar, tener una participación social y redes de apoyo, suplir sus necesidades básicas de subsistencia (vivienda, alimentación) y recibir afecto. Pero ellos también necesitan a nivel institucional ser tratados con mejor calidad y tener a la mano profesionales que les enseñen cómo cuidar mejor, o psicólogos que los escuchen”, cuenta la investigadora.
Ejemplo claro lo vive Ana Sofía cuando dice que quiere, algún día, solo sentarse a tomar tinto y echar chisme una tarde con sus amigas. Hace rato que no puede hacerlo. Constanza necesita alimentarse cada tres horas o puede convulsionar, Tatiana necesita un cambio de pañal. La primera no puede diferenciar los frascos de su medicina, la segunda no es capaz de llevarse a la boca un vaso de agua. “Lo que más me duele es que la familia me apoya, pero con unos pesos, con una salidita. Nadie sabe lo que es realmente estar siempre ahí. Antes yo las paladeo”, confiesa la abuela.Y aunque Ana Sofía quiso ir en muchas ocasiones a las talleres que se realizaron en el Hospital de Fontibón por la Secretaría de Salud y que fueron observados por los investigadores de la Universidad Javeriana para aprender a cuidarse ella también, fueron pocas las veces que le alcanzaron los medios y el dinero. “Yo no puedo andar en bus con ellas, y si tengo para los pañales de una (porque increíblemente la EPS en la que está inscrita Tatiana no los provee) no me alcanza para los antidepresivos de la otra” (el doctor que trató a Constanza le dijo que estaba “loca”).
Algunos se preguntarán por qué Tatiana no va al colegio; así de pronto su abuela tendría más tiempo para sí misma, mientras Constanza va a sus sesiones de diálisis cada día de por medio. Y la verdad es que hubo un tiempo en que el colegio distrital que queda justo en frente de su casa le abrió las puertas a esta niña de facultades cognitivas intactas, de inteligencia asombrosa. Entonces, Tatiana —que usa gafas de lentes gruesos y piyama de corazones rosada y tiene sonrisa dulce— vio más cercana la posibilidad de cumplir su sueño de convertirse en enfermera. Pero nadie dentro del plantel educativo sentía que podía ayudarla a desplazarse en su silla de ruedas, o consideraban que no era problema de ellos asistirla para ir al baño. Era demasiado pedir y había muy poco para ofrecer, y en unos cuantos días Tatiana volvió a casa a ver Muy buenos días y jugar con su interminable colección de peluches y muñecas.

Una ley muy esperada

En el Congreso de la República yace, en algún folio sin terminar su curso, el Proyecto de Ley 33 de 2009, “por el cual se reconoce al cuidador familiar en casa para personas dependientes y se dictan otras disposiciones”. Este fue aprobado en segundo debate por el Senado hace unos meses, luego de que varios miembros de la Comisión Séptima de la Cámara se comprometieran a ampararlo. Por ahora hay que esperar a que el proyecto pase a manos de la rama ejecutiva y que se dicten las pautas para que entre en rigor. Sin embargo, son pocos los cuidadores que saben que está en trámite una norma que promete cambiar sus vidas.
La Ley 33 de 2009 fue aprobada en el Congreso en medio del afán por el trancón legislativo que impedía que entraran en discusión temáticas tan populares como la Ley de Víctimas o la reforma de regalías. No hay un cálculo cierto para saber cuándo la iniciativa de Yolanda Pinto, exsenadora del Partido Liberal, empezaría a aplicarse, pero a simple vista los artículos que la componen parecen dar respuesta a las esperanzas de sus destinatarios.
Conformada por ocho artículos, la ley que reconocería a los cuidadores familiares tiene por objeto visibilizar la figura jurídica de estos y definir sus funciones, qué cualidades deben tener ellos o ellas y la persona a su cuidado. Para este caso solo podrán favorecerse quienes cuiden a una PSD con dependencia permanente total, que será calificada como tal por la Junta Regional de Invalidez que corresponda, de conformidad con el Decreto 2463 de 2001. Entre otras, se definen las actividades de la vida diaria que le son imposibles de completar al familiar dependiente, y se propone un modelo de identificación de cuidadores basado en la acreditación del mismo por medio de las secretarías de salud de cada municipio.
El cuidador también tendría derecho a que la EPS a la que esté afiliado le garantice el apoyo “instrumental, emocional y social” que requiera, por ejemplo los medios de transporte para cumplir sus tareas de cuidador, el apoyo psicológico para afrontar sus temores y retos, y el acceso a planes de recreación y socialización. De igual manera, estas personas recibirían una bonificación mensual en dinero, subsidiada por el Fondo Local de Salud del Municipio y el Fosyga, cuyo monto equivaldría a la bonificación que reciben actualmente las madres comunitarias del Bienestar Familiar. Si Ana Sofía algún día recibiera este salario, tendría que sacar de ahí mismo para su pensión y el Estado le descontaría un cargo para cubrir la EPS. “Sería muy bueno que eso se cumpliera antes de que se haga tarde”, bromea mientras cocina fríjoles, la comida favorita de Tatiana, en medio de una estrecha cocina.
Como van las cifras, Ana Sofía hace parte de ese 85% de mujeres que conforman el total de cuidadores en el mundo. Las mujeres, por su vínculo emocional, son más “propensas” a dedicarse a alguien que vive en alguna situación de dependencia, y entre las más frecuentes se distinguen las enfermedades crónicas degenerativas (como la diabetes de Constanza); la vejez; la discapacidad a nivel orgánico o la accidentalidad vial y laboral —que fue lo que sufrió Roberto, el esposo de Ana Sofía, quien debido a los humos de la construcción donde trabajaba sufrió un daño severo en sus pulmones—.
Pero, según un estudio de la Universidad Nacional, solo el 7% de la población colombiana que se dedica al cuidado debe hacerlo simultáneamente con dos personas, aunque la mayoría del total está entre los cincuenta años. “Yo conozco casos peores”, responde Ana Sofía con modestia. “Conocí el caso de un niño con la misma enfermedad de mi nieta, que su familia era tan pobre que no podía ni llevarlo a las terapias, y por eso hoy no puede ni masticar, todo se lo dan por pitillo”. Y un niño rehabilitado físicamente tendrá la posibilidad de ser un hombre más productivo.

El panorama internacional

Al ser un tema que no distingue raza ni estrato social, como lo dijo la exsenadora Pinto, ha dado para que los gobiernos propongan modelos de apoyo a cuidadores que reconozcan su figura en la sociedad y proyecten a las PSD para un mejor desenvolvimiento. En España existe una política pública que aborda integralmente la discapacidad y provee prestaciones económicas por el desempeño de dicha labor. La Ley de Dependencia Española, que está enfocada al cuidado de las PSD, involucra al cuidador y se dedica a formarlo en lo que hace, en cuanto a la prestación de cuidados específicos que implican la salud y el bienestar de la persona cuidada.
En otros países, como Canadá, se ha evolucionado en las estrategias de inclusión de las PSD en el sistema educativo, dando espacios de productividad al cuidador. Tanto así, que es común ver a niños con limitaciones físicas o cognitivas en un mismo salón, junto a cualquier chico saludable. Sin embargo, Buitrago piensa que es una iniciativa incompleta, porque no hay una “verdadera intención para incluirlos en el sistema productivo, o en la educación superior”.
Parece ser que sí es cuestión de barreras y no de elecciones. “Las personas con limitaciones no pueden porque las sociedades no quieren. Incluso las personas que tienen un retardo mental están calificadas para aportar de alguna manera, pero nosotros de entrada estamos diciendo que no pueden, y esa construcción es social, no natural. Cuando podamos ver las capacidades de la gente en vez de sus discapacidades, estaremos generando más calidad de vida”, propone la docente.
Y el mejor ejemplo de ello se lo ha dado al mundo el reconocido físico Stephen Hawking, quien asegura que de no haber sido por los ingenieros que inventaron el dispositivo de habla que le permite comunicarse, o la mujer que le ayuda a abotonar su camisa, no podría hacer lo que tiene en mente. “Y él les paga a sus ayudantes, porque reconoce que están trabajando, no haciendo caridades”, afirma la investigadora.
Y entonces ahí está el punto de quiebre para muchos: cuidar es ayudar, no sacrificar. Las sociedades, aun las menos desarrolladas,deben aprender a tener un sistema más incluyente y menos discriminador. Está comprobado científicamente que un niño con problemas de autismo, por citar un ejemplo, puede hacer trabajos manuales o artísticos de manera impecable y disciplinada.
Es cuestión de ayuda, de un trabajo comunal, no solo de dar dinero a los cuidadores, sino de proveer los medios para su ser querido en situación de discapacidad. “No hay nadie ciento por ciento independiente. Todos necesitamos de alguien: el conductor que maneja el bus, la campesina que recoge papas, los niños necesitan de sus padres. El dinero no todo lo puede comprar”, concluye la investigadora. Y es cierto. Los sueños de Tatiana no están en venta. Ella insiste en que va a ser enfermera algún día y en que va a comprarse un computador portátil con su primera paga. Ojalá su abuela esté ahí para ayudarla cuando así ocurra.


Para leer más…

<style=”color: #999999;”>Buitrago, M.; Ortiz, S. y Eslava, D. “Necesidades generales de los cuidadores de las personas en situación de discapacidad”. Enfermería: Imagen y Desarrollo [en línea]2010, vol. 12 [citado 2011-07-18]. Disponible en: https://javeriana.academia.edu/DanielEslava/Papers/742622/Necesidades_generales_de_los_cuidadores_de_ las_personas_en_situacion_de_discapacidad. Recuperado en 14/07/2011.


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Estudios genéticos cada vez más cerca de la predicción del cáncer de seno y ovario familiar

Estudios genéticos cada vez más cerca de la predicción del cáncer de seno y ovario familiar

Hacer de conocimiento público las realidades de una enfermedad como el cáncer no es una tarea fácil. El tema parece espantar a muchos; la mayoría simplemente prefiere evadirlo como si su sola mención pudiera atraerlo. La realidad es que el cáncer vive entre nosotros y que cualquiera puede encontrárselo en la mitad del camino. Por esto, merece la pena conocerlo y, dado el caso, tomarlo por sorpresa aún antes de que éste se manifieste. Los exámenes genéticos, resultado de investigaciones como la que aquí reseñamos, permiten determinar con qué probabilidad se desarrollará el cáncer en una persona, para orientar así las estrategias de prevención.

El grupo de investigadores del Instituto de Genética conformado por los investigadores Ignacio Briceño, Diana Torres y Ángela Umaña con el apoyo de médicos mastólogos de reconocimiento nacional y el soporte académico y tecnológico de la doctora Ute Hamann del Instituto de Cáncer (DKFZ) en la ciudad de Heidelberg, en Alemania ha logrado después de más de ocho años de investigación, identificar las mutaciones que predisponen a cáncer de seno y ovario familiar en Colombia.

Según estadísticas, una de cada diez mujeres desarrollará cáncer de seno en algún momento de su vida. El riesgo se incrementa progresivamente con el número de parientes en primer y segundo grado afectados. Una persona portadora de una mutación en uno de los genes BRCA puede transmitirla a cada uno de sus hijos con un 50% de probabilidad.

Los genes BRCA1 y BRCA2, identificados en los años noventa, son los genes de mayor predisposición para cáncer de seno y de ovario de tipo hereditario. Mujeres portadoras de una mutación en uno de estos genes y con fuerte historia familiar, pueden llegar a tener hasta un 80% de probabilidad de desarrollar cáncer de seno y hasta un 40% de desarrollar cáncer de ovario. Por su parte, los hombres portadores de la mutación tienen un riesgo incrementado a desarrollar cáncer de seno y cáncer de próstata.

El reto para este grupo de investigadores ha sido la identificación de las mutaciones en los genes BRCA, específicas de población colombiana a estos dos tipos de cáncer. Además, ha sido importante desarrollar técnicas de biología molecular que permitan la tipificación de estas alteraciones, de manera accesible a nuestra población.

La presencia de las mutaciones varía de un grupo étnico a otro, según explica a Pesquisa el doctor Ignacio Briceño, genetista clínico. Por ejemplo, entre los judíos Ashkenazi un grupo bastante aislado del que se dice que quienes tienen mutación descienden de sólo tres mujeres, la detección del factor hereditario del cáncer de seno es sencilla y por tanto muy económica, ya que el examen se concentra en sólo tres mutaciones. Algo similar ocurre entre los islandeses, en quienes una mutación en el gen BRCA2 explicaría la mayoría de casos de cáncer de seno para esta población. Colombia hace parte del grupo de países con mutaciones fundadoras, lo que facilita el análisis, ya que el mismo análisis se concentra en estas mutaciones en particular.

La prevención, el mejor tratamiento

Como es bien sabido mientras más temprano se detecte el cáncer, tiene un mejor pronóstico; es más fácil de tratar. En Colombia, no había disponibilidad de exámenes para detectar las mutaciones en los genes BRCA1 y BRCA2, hoy, con la realización de las pruebas se puede saber qué probabilidad tiene la hija de una madre con cáncer de seno de desarrollarlo también. Después del examen, la recomendación para la mujer a la que no se le encontró la mutación, es seguir con sus controles periódicos normalmente. En cambio, si tiene la mutación deberá intensificar esos controles, acudir al mastólogo cada seis meses y realizarse mamografías a partir de los 30 años, mucho antes de lo que actualmente recomienda el sistema de salud colombiano.

Para el tratamiento preventivo del cáncer de seno y ovario también se utiliza el tamoxifeno, que es un bloqueador hormonal. El tamoxifeno tiene la propiedad de prevenir que las hormonas naturales estimulen el crecimiento de las células cancerosas, aunque puede tener algunos efectos, y como con cualquier otro medicamento, su administración debe ser consultada con un médico.

Hay una tercera opción de prevención que es la mastectomía bilateral profiláctica. Para muchos puede parecer un poco extrema esta posibilidad, ¿por qué operar a alguien que todavía no tiene cáncer? Sin embargo, ante una probabilidad de desarrollar cáncer de seno de hasta un 80% y para aquella mujer que ha debido presenciar el transcurso de la enfermedad en un familiar cercano, puede ser una opción razonable. El doctor Briceño nos cuenta que la respuesta de estas pacientes al cómo se sienten después de la mastectomía bilateral profiláctica es, en la gran mayoría de los casos: “mejor”, han eliminado la posibilidad del cáncer en sus senos y esto las hace sentirse liberadas.
Hay quienes creen que las condiciones de vida actuales han favorecido la presencia del cáncer entre la gente. Sin embargo, el doctor Ignacio Briceño considera que el cáncer es el mismo y que la percepción se debe a que hoy la esperanza de vida es mucho mayor. “A principios del siglo XX, la gente moría por infecciones; la esperanza de vida para la primera parte del siglo era de 50 años, ahora el promedio ha subido a los 80 años y no es raro ver personas de 100. La cuestión es que una vez superadas las causas de muerte en personas jóvenes comienzan a aparecer los casos de cáncer. Cuando la esperanza de vida llegue a los 100 años veremos más diabéticos y el alzhéimer será el principal problema”.

Aún quedan para el grupo muchas preguntas por resolver. ¿Por qué a unos de los portadores de las mutaciones les da cáncer y a otros no?, ¿depende de otros genes? También han encontrado con mayor frecuencia tres mutaciones pero aún no se sabe qué diferencia de riesgo hay entre las tres.

Además, debido a que todavía se siguen presentando mujeres con una fuerte historia familiar afectadas con cáncer de seno y/o de ovario, en quienes no se ha identificado una mutación en alguno de los genes BRCA, se adelanta una fase II de la investigación, en la que se pretende identificar mutaciones en otros genes. Con este fin, actualmente 1.000 pacientes y 1.000 controles se encuentran en proceso de recolección. De forma paralela, mediante un cuestionario exhaustivo, se quiere identificar factores de riesgo no genéticos que puedan estar incidiendo en la aparición de alguno de estos dos tipos de cáncer.

Para leer más…
Briceño, I.; Torres, D. (2005). “Cáncer familiar”. Capítulo 4. Tratado de Medicina Interna. Edit. Médica Celsus. Volumen 1. Cuarta edición.
Torres, D.; Usman, M.; Gil, F.; Umaña, A.; Ramelli, G.; Robledo, J.; Tawil, M.; Torregrosa, L.; Briceño, I.; Hamann, U. High proportion of BRCA1/BRCA2 founder mutations In Hispanic breast/ovarian cancer families from Colombia. En Breast Cancer Res Treat. 2006; 103(2): 225-32./address>
 

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La revolución de los fitomedicamentos

La revolución de los fitomedicamentos

Dividivi, tara, quebrancho, huarango, guasango o guaranga. Estos son algunos de los nombres con los que se conoce popularmente a la Caesalpinia Spinosa, un árbol que crece en la región andina colombiana, al que se le han dado tantos usos medicinales como nombres. Desde el periodo prehispánico, esta planta ha sido usada por las comunidades en el tratamiento casero de amigdalitis, sinusitis y bronquitis, entre otras afecciones, debido a sus cualidades como antiinflamatorio, astringente y desinfectante.
Lo que pocos saben es que este tesoro verde, a cuya decocción se le han atribuido muchos beneficios para la salud de generaciones de pobladores de las regiones de Cundinamarca y Boyacá, encierra una riqueza aún mayor en su composición química: hay evidencias de la actividad antitumoral de los frutos del Dividivi y de la función inmunomoduladora de un polisacárido obtenido de sus semillas, llamado Galactomanano.
Esto quiere decir que algunos componentes del Dividivi podrían emplearse como base para el desarrollo de medicamentos contra el cáncer que, además de atacar las células cancerígenas, reducirían la ocurrencia de metástasis y motivarían una respuesta positiva del sistema inmunológico de los pacientes.
La doctora Susana Fiorentino y el grupo de Inmunobiología y Biología Celular de la Pontificia Universidad Javeriana son los responsables de este hallazgo, que no es el primero en su lista de logros, desde cuando se dieron a la tarea de buscar productos naturales antitumorales o inmunomoduladores a partir de plantas colombianas, para producir fitomedicamentos (como se denominan los fármacos cuya base es una planta) para el tratamiento del cáncer.
Antes de explorar el Dividivi, el grupo ya había analizado la actividad de las fracciones moleculares que componen el Anamú, (otra planta típica que se cultiva en Cundinamarca) de la que también obtuvieron resultados satisfactorios al comprobar su impacto sobre células tumorosas de cáncer de mama y leucemia. Con base en estos hallazgos, se inscribieron dos patentes, una nacional y otra internacional, que actualmente avanzan en su trámite. Ahora, dados los resultados con el Dividivi, se tienen dos proyectos de patente que se radicarán tan pronto se tengan los permisos oficiales, solicitados ante el Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Territorial.
La magnitud que ha alcanzado el trabajo adelantado por la doctora Fiorentino y su equipo, demanda la constitución de una estructura más amplia, distinta al grupo de investigación. Además, la Universidad Javeriana, desde la Vicerrectoría Académica y sus oficinas jurídica y administrativa, dio vía libre al proyecto que le permitiría al país escribir un nuevo capítulo en materia científica. “En Colombia tenemos los equipos, el apoyo de una de las mejores universidades del país, los científicos, las plantas medicinales, los agricultores que las siembran, es decir, tenemos toda la cadena de valor”, señala Fiorentino, para quien lo único que falta es articular cada una de esas piezas.

Una spin off para la producción de fitomedicamentos

Para cumplir con el objetivo de iniciar la producción y comercialización de fitomedicamentos, el grupo de Inmunobiología y Biología Celular propuso que la Universidad Javeriana, en conjunto con los investigadores e inversionistas interesados, constituya una empresa de base tecnológica, que tenga a los investigadores como socios y se convierta en una estructura nueva y productiva dedicada a la investigación y el desarrollo. Una suerte de spin off, como se les conoce en el mundo a este tipo de estructuras. La más conocida es el prestigioso Silicon Valley, que se gestó desde las universidades de Stanford y Berkeley, en Estados Unidos y que dio lugar a la creación de firmas como Hewlett Packard y Apple.
Para este caso de la creación de una spin off para la producción de fitomedicamentos, resta conseguir el capital de riesgo que puede ser aportado por cualquier persona natural o jurídica decidida a invertir en el desarrollo de la ciencia y el país.
Como explica la doctora Fiorentino, del mismo modo como las personas con recursos deciden comprar acciones de un banco, o las empresas optan por tener su portafolio de inversiones en TES, también existe la opción de invertir en un proyecto científico y tecnológico, que aunque implica un nivel de riesgo más alto que el de las inversiones tradicionales, es una opción muy atractiva, si se tiene en cuenta que a mayor riesgo, mayores oportunidades de ganancia. Pero además de los beneficios que se puedan obtener en materia de rentabilidad, el valor de esta inversión radica en el aporte que se hace al desarrollo del país.

Se estima que para iniciar la empresa se requiere un millón de dólares y que, al cabo de tres años, la spin off alcanzaría el punto de equilibrio.
No obstante, mientras se concreta la participación de inversionistas y se ultiman detalles de la constitución de la empresa, el proyecto avanza y se consolida con base en mayores evidencias científicas. Actualmente, el equipo está a la espera de la aprobación de un proyecto que presentó al Programa de Innovación y Desarrollo de Colciencias, con el cual se logrará la articulación de la cadena productiva de los fitomedicamentos.
Este proyecto se estructuró en torno a tres ejes: el primero, la obtención de las plantas, que involucra a los campesinos a través de capacitación y hace énfasis en las buenas prácticas de colecta silvestre, así como en la promoción del cultivo de las plantas de interés y en la generación de beneficios económicos para las comunidades implicadas. El segundo, el estudio y desarrollo de métodos biotecnológicos que permitan la propagación de las plantas en el laboratorio y así poder contar con material vegetal controlado. Y el tercero, la producción y estandarización de los medicamentos.
Frente a cada uno de estos ejes hay distintos avances, según explica la doctora Fiorentino. “Estamos trabajando con el Centro Agrícola de Investigación y Desarrollo en la propagación de las plantas en vivero y en la siembra de los primeros mil ejemplares de Caesalpinia Spinosa. Un socio estratégico es Labfarve, laboratorio que cuenta con los mecanismos para comercializar e introducir los fitomedicamentos en el Plan Obligatorio de Salud; por otro lado, en el proceso general del proyecto hemos contado con la estrecha colaboración de la Universidad Juan N. Corpas, que será parte del desarrollo futuro de la spin off”.

Los fitomedicamentos y el tratamiento del cáncer

En el mercado ya existen fitomedicamentos como los que busca empezar a producir este equipo. Posiblemente uno de los más conocidos es el extracto del Castaño de Indias, con el que se producen cápsulas para el tratamiento de la deficiencia venosa. También, desde el año pasado, se vende al público un extracto de té verde en crema, que se usa para el tratamiento del papiloma genital externo.
Según explica la doctora Fiorentino, una de las principales diferencias entre los fitomedicamentos y los fármacos tradicionales, es que mientras estos últimos tienen una sola molécula, los medicamentos que se producen de plantas o hierbas se generan a partir de fracciones compuestas de varias moléculas, en las cuales hay una o dos responsables de toda la actividad y otras que actúan como adyuvantes. Particularmente, en el tratamiento del cáncer, los fitomedicamentos se pueden empezar a usar como coadyuvantes de la terapia tradicional, lo cual permitiría que, con el paso del tiempo, sea posible disminuir las dosis de los fármacos tradicionales, y en esa medida, baje el costo de los tratamientos.
Esto tendría un impacto importante si se tiene en cuenta que, según la Organización Mundial de la Salud, el número de casos de cáncer en el mundo tiende a aumentar, al mismo tiempo que la enfermedad se consolida como la segunda causa de muerte en países desarrollados y, cada vez más, en países de ingresos medios de Suramérica y Asia. Colombia no es ajena a esa problemática y, según cifras del DANE, en 2008, el cáncer de estómago y el de bronquios y pulmón fueron la sexta y la octava causa de defunción en el país, respectivamente. Cerca de 8.382 personas perdieron la vida ese año por cuenta de estos dos tipos de la enfermedad.
En este contexto, la investigación que adelantan la doctora Fiorentino y su equipo adquiere relevancia, no sólo por su potencial en el tratamiento del cáncer y los beneficios que se pueden generar en la calidad de vida de quienes padecen esta enfermedad, sino por sus alcances dentro del contexto científico nacional.


Para leer más…
+Fiorentino, S.; Rueda, N.; Gutiérrez, M. (1994). La inmunología en el diagnóstico clínico. Texto y Manuales. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, 1994.
+Fiorentino, S.; Barreto, A.; Castañeda, D.; Cifuentes, C. (2007). “Anti-tumor response and heat shock proteins (HSP): a friend or foe relationship?”. En: Heat shock proteins: potent mediators of inflammation and immunity. Asea, A.; De Maio, A. Dordrechet: Springer, 2007.>
 

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Trastornos sanguíneos, trastornos sociales

Trastornos sanguíneos, trastornos sociales

Una persona padece de anemia cuando es bajo el nivel de los glóbulos rojos que se considera saludable en el cuerpo. Lo mismo sucede con el nivel de hemoglobina, la proteína de la sangre que contiene hierro y transporta oxígeno desde los órganos respiratorios a otras partes del cuerpo.

Son varias las causas de la producción inadecuada de glóbulos rojos y la pérdida de sangre: enfermedades hereditarias, infecciones, parasitismo intestinal, cáncer o, la más común, problemas nutricionales, como la deficiencia de hierro y vitaminas.

Esta enfermedad puede ocasionar severas complicaciones, por ejemplo el estrés, la fatiga, el mal funcionamiento del cerebro y el desgaste corporal. De hecho, el síntoma más común de la anemia es la astenia, o el cansancio extremo. Este tipo de debilitamiento puede traer graves repercusiones en el día a día, pues no se trata del cansancio que afecta a una persona que haya realizado un esfuerzo físico, sino de un estado de lasitud constante que no desaparece tomando reposo.

El caso de la anemia nutricional, asociada a la deficiencia tanto de hierro como de otros nutrientes esenciales, genera serias repercusiones en niños y adultos. Los infantes que tienen deficiencia de hierro crónica presentan desventajas inmediatas en procesos cognitivos, en su funcionamiento mental y en su comportamiento. En los adultos la situación también es crítica: la anemia disminuye la capacidad física, la productividad y el desempeño intelectual.

Un mal nacional

En Colombia, el mayor número de personas que padecen esta enfermedad son los niños de cinco a 12 años, y se acentúa en un alto porcentaje en la población más pobre del país. En el caso de los menores de cinco años, la enfermedad genera afectación predominantemente en el área rural, en las zonas urbanas marginadas y en la Región Atlántica colombiana.

Esta problemática sanitaria es producida por distintos factores sociales: las barreras de acceso a los alimentos, la deficiencia en la infraestructura de saneamiento básico de los hogares, la falta de participación en programas de crecimiento y desarrollo de las familias, la desvinculación de los programas de seguridad social, las dietas deficientes y, quizá el más importante: el descuido estatal en los temas sociales y de salud.

Un grupo de investigación de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Pontificia Universidad Javeriana llegó a estas conclusiones tras la elaboración de un estudio centrado en el análisis de las disparidades en anemia nutricional en Colombia. Mediante la información recopilada en la Encuesta Nacional de la Situación Nutricional en Colombia (ENSIN) y de la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS), realizadas en 2005, con representatividad y cobertura nacional, los investigadores construyeron un diagnóstico de esta problemática desde la perspectiva de los determinantes sociales de la salud, la seguridad alimentaria nutricional y el derecho a la alimentación.

Según Román Vega Romero, investigador principal, la anemia nutricional y, particularmente, las disparidades por anemia ferropénica –caracterizada por la deficiencia de hierro en los glóbulos rojos– constituyen un problema de salud pública digno de ser analizado, pues sus repercusiones sociales y económicas afectan a un alto número de la población colombiana.

Más allá de conocer las prevalencias promedio de la anemia ferropénica en la población general, los investigadores quisieron establecer una comparación entre los grupos vulnerables y en desventaja social con respecto a los de mejor situación económica. A partir de este cotejo, se propusieron explicar las causas de las posibles disparidades.
Con base en la Encuesta Nacional de Situación Nutricional, las cifras comparativas de anemia entre 1996 y 2005 aumentaron del 23% al 32% a nivel nacional, lo que resultaba alarmante. Los perjudicados eran grupos de la población como mujeres gestantes y en edad fértil y niños y niñas hasta los 12 años –especialmente entre los menores de seis años–.

A través de la medición de razones de tasas y la descomposición del índice de concentración entre distintos grupos de la población –por regiones y lugar de residencia (urbano o rural) y según el índice de riqueza–, los investigadores detectaron a las víctimas de esta situación y los factores de riesgo relacionados con el acceso, el consumo y la utilización biológica de los alimentos.

La estimación de razones de prevalencias, índices y curvas de concentración, un análisis múltiple de las variables determinantes de las disparidades en anemia y el uso de modelos de regresión fueron las técnicas utilizadas para puntualizar y revelar las disparidades.

Después del proceso metodológico, entre los aspectos más importantes a destacar, los investigadores concluyeron que:

• Los niños de cinco a 12 años constituían el grupo de mayor prevalencia de anemia ferropénica y de mayores disparidades que afectaban a los más pobres.
• La Región Caribe resultó ser la de mayor prevalencia y disparidades.
• La mayor proporción de personas con anemia del país se localizó en el área rural (excepto en el grupo de mujeres en edad fértil).
• Las disparidades por nivel de riqueza fueron mayores en el área urbana.
• Se registró un visible aumento de anemia en las mujeres en edad fértil (31,6% en 2005 en comparación con el 22,5% en 1996).

Así pues, las carencias de saneamiento básico, el inacceso al agua potable, la falta de afiliación al Sistema General de Seguridad Social en Salud (SGSSS), la percepción de inseguridad alimentaria, entre otros, constituían los principales problemas en salud de los estratos más bajos de la población. Esto los hacía más propensos, no sólo a la concentración de la anemia, sino también a otro tipo de enfermedades.

La academia propone

Para la reducción y el control de las disparidades, la investigación plantea el requerimiento de intervenciones que afecten los determinantes sociales de la anemia ferropénica. Para ello es necesaria una pronta y eficiente actuación del Estado sobre los factores relacionados con el modo de producción y distribución de los alimentos, la regulación de la propiedad de la tierra, los precios de la canasta familiar y el ingreso de la comida a los hogares: todo en función social.

Otras acciones que debería emprender el Estado para cubrir necesidades colectivas, según los investigadores, consisten en lograr mejoras en el saneamiento básico, suplementar y fortificar alimentos con hierro, permitir el acceso a programas de salud preventivos y de educación nutricional, promover el empoderamiento de las mujeres, ofrecer tratamiento con antihelmínticos, entre otras. Aunque esto no es suficiente. Como señala Román Vega Romero: “Se necesitan políticas públicas universalistas para garantizar la equidad social y, complementariamente, se deben priorizar acciones integrales e intersectoriales en grupos pobres y vulnerables”.

Esta investigación, centrada en proporcionar elementos analíticos a quienes corresponde tomar decisiones sobre la problemática de la anemia nutricional, lanza un llamado al Gobierno y a los poderes económicos y políticos para que establezcan estrategias efectivas contra el hambre y la desnutrición que padece el pueblo colombiano. Este mal social cada vez tiene mayores alcances, pues cuando uno de cada tres niños en Colombia padece de anemia, las políticas asistencialistas y de mitigación de la pobreza son insuficientes. Se requiere entonces con urgencia cesar la práctica del despojo de tierras a los campesinos, devolver el terreno que les ha sido robado, redistribuir bienes y subsidios para que haya una mejoría en los ingresos de los hogares, y, sobre todo, desarrollar una política de soberanía y seguridad alimentaria y nutricional que prevalezca sobre los intereses particulares.


Para leer más…
+Vega Romero, R., Acosta Ramírez, N., Martínez Collantes, J., Arrieta Flórez, R., Estupiñán, Z., Fonseca, Z. & Castro, C. (2005, junio-julio). Análisis de disparidades por anemia nutricional en Colombia. Gerencia y políticas de salud, 7 (15), 46-76.
+Vega Romero, R. (2010). Determinantes sociales de la salud y la nutrición. Disponible https://coin.fao.org/cms/media/4/12753264688360/roman_vega_-_determinantes_sociales.pdf. Recuperado en 25/07/2010
 

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Errores Innatos, en la punta del conocimiento

Errores Innatos, en la punta del conocimiento

Los errores innatos del metabolismo son el grupo de aproximadamente 550 enfermedades genéticas, muy poco frecuentes y difíciles de diagnosticar, que ordinariamente se manifiestan en los primeros años de vida, pero que pueden también comenzar cuando se es adulto o en la vejez. Dentro de éstas se encuentran las enfermedades del metabolismo de proteínas, azúcares, grasas, hormonas, vitaminas, sistema inmune, hemoglobina, entre otras. Es decir, es posible que se produzcan prácticamente en cualquiera de los miles de pasos de la síntesis o degradación de las sustancias que componen las células vivas.

Hay algunos de estos errores muy conocidos, como la diabetes, el hipotiroidismo congénito y ciertas anemias hemolíticas. Sin embargo, los demás son muy poco frecuentes y están prácticamente sin diagnosticar en Colombia. Los síntomas pueden ir desde vómitos y calambres, hasta crisis convulsivas y retardo mental. El cuadro clínico y la severidad de los síntomas corresponden al grado de alteración y a la importancia de la proteína involucrada en el metabolismo.

Hace 13 años se fundó en la Universidad Javeriana el Instituto de Errores Innatos del Metabolismo (IEIM), con el fin de ofrecer apoyo a las personas que padecen de este tipo de desórdenes bioquímicos y a las diferentes entidades que solicitan sus servicios.
El Instituto ofrece una serie de pruebas especializadas, varias de las cuales son únicas en el país, para el diagnóstico de los errores innatos del metabolismo. Aproximadamente cincuenta organizaciones de salud de todas partes de Colombia utilizan sus servicios. También llegan pacientes de países como Panamá, Venezuela, Ecuador y Perú.

Además de los exámenes de laboratorio, el Instituto, como parte del Hospital San Ignacio, si las entidades remitentes lo solicitan, colabora o se encarga del tratamiento de la enfermedad diagnosticada. Ofrece también atención a recién nacidos, asesoramiento en nutrición, odontología especializada, neurología y asesoramiento genético a las familias sobre las implicaciones futuras de estos desórdenes bioquímicos.
Un equipo de 15 profesionales de la salud conforma el Instituto que trabaja en tres dimensiones: docencia, servicio e investigación.

A través de la docencia, contribuye en la formación de nuevos profesionales especializados en este tipo de trastornos. Cursos, rotaciones, pasantías y programas informativos hacen parte de las diferentes posibilidades de entrenamiento.

La investigación que realiza en enfermedades monogénicas, aquellas en las que sólo está alterado un gen, es de un alto nivel técnico y científico. Los principales estudios que se adelantan hoy en día tienen que ver con terapia génica, terapia de reemplazo enzimático y tolerancia oral a las proteínas que se usan en el tratamiento de estas enfermedades. Se trata de estudios que exploran la forma de reparar el gen defectuoso que produce un error innato del metabolismo o suministrar la proteína que no está sintetizando adecuadamente el organismo.

A partir de los numerosos resultados obtenidos en la construcción de vectores para terapia génica, síntesis de proteínas humanas en bacterias y levaduras, desarrollo de métodos diagnósticos usando anticuerpos de huevo de gallina, el Instituto ha posicionado a Colombia como uno de los líderes latinoamericanos en estas materias. Actualmente cuenta con una serie de más de cien publicaciones, tres libros y un Manual de autoaprendizaje de enfermedades metabólicas, a través de los cuales los profesionales de la salud pueden aprender a detectar y a tratar oportunamente estos trastornos.


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¿Qué tienes que contar reloj molesto?

¿Qué tienes que contar reloj molesto?

En Colombia, la población anciana crece sostenidamente; un hecho al que va asociado el incremento de las enfermedades relacionadas con la edad como la osteoporosis, la hipertensión arterial y las demencias.
La Clínica de Memoria del Instituto del Envejecimiento de la Facultad de Medicina y el Hospital Universitario San Ignacio de la Pontificia Universidad Javeriana son pioneros en la investigación sobre el tema.

Por Marisol Cano Busquets

“ Vive con alegría, que la vida es un instante”. Un verso del poeta persa Omar Jayyam, que sacude con fuerza, que hace mirar hacia atrás, pero pone frente a un proceso inexorable: el envejecimiento.

Los individuos envejecen; las poblaciones también. En Colombia, todos los subgrupos de la población anciana están aumentando, lo que representa grandes retos para la salud pública, las políticas estatales, la economía, las relaciones sociales y el entorno familiar.
¿Cuándo se considera que una persona es vieja? Las aproximaciones a esta respuesta son diversas y se transforman con el tiempo, debido a los cambios económicos, demográficos o políticos que sufre una sociedad. Algunas corrientes hacen la distinción entre “viejos-jóvenes”, es decir, los menores de 70 años; “viejos”, quienes se encuentran entre los 70 y los 80 años; y “viejos-viejos”, aquellos que están en el rango de edad de 80 a 100 años. Para la organización de las Naciones Unidas, con quien coincide la “Política nacional de envejecimiento y vejez 2007-2019” del Ministerio de la Protección Social colombiano, se habla de vejez al referirse a mujeres y hombres que tienen 60 años o más, ó mayores de 50 años si se trata de personas pertenecientes a poblaciones en riesgo, como los indigentes o los indígenas.

Es un grupo poblacional que no ha sido suficientemente estudiado en el país a pesar de que existen muchas instituciones y profesionales interesados en el envejecimiento. Para los mayores de 80 años la situación es aún más crítica debido a las problemáticas médicas y sociales que supone. Asuntos como la pobreza, la exclusión, la vulnerabilidad, el maltrato o las demencias requieren un mayor conocimiento para atenderlos adecuadamente.

En el país, un buen número de personas viejas continúa trabajando fuera del hogar, muchas veces en el mercado informal, sin la protección social necesaria; aún se encuentra lejana la realización de un derecho como el de la pensión, especialmente para las mujeres. La longevidad, además, también se traduce en mayor discapacidad y vulnerabilidad, relacionada con enfermedades crónicas y situaciones de viudez, de pobreza, de restricción de las redes sociales, y a la ausencia de servicios.

Demencia en los “viejos-viejos”

Cecilia de Santacruz, Pablo Reyes, Diana Matallana, Patricia Montañés y Carlos Cano,
investigadores del Instituto del Envejecimiento de la Facultad de Medicina y el Hospital Universitario San Ignacio de la Pontificia Universidad Javeriana, han dedicado sus vidas a estudiar a ese grupo que envejece, que ha recorrido el camino, que ha
visto pasar los días, que suspira cuando recuerda la juventud, que entre reflexiones y memorias cabecea y “al fin queda dormido sobre la mesa”, como diría el mexicano José Emilio Pacheco.

Uno de los trabajos del instituto, “Vejez, evaluación neuropsicológica y demencia. Particularidades de personas de 80 y más años consultantes a una ´clínica de memoria´ en Bogotá”, realizado en 2008 a partir del estudio de 401 historias clínicas, da respuestas sobre las características generales de las personas de 80 años atendidas en la Clínica de Memoria del Hospital Universitario San Ignacio entre 1997 y 2007, los diagnósticos más usuales y las especificidades sobresalientes en la evaluación cognoscitiva y neuropsicológica de quienes padecen demencia tipo Alzheimer.
Para explicar los principales cambios cognoscitivos asociados con la edad, los investigadores Cano y de Santacruz explican que las modificaciones de las funciones de un cerebro de 65 años no son iguales a las de uno de 80 años o más. En este último grupo, “la memoria de trabajo, o memoria a corto plazo, se modifica levemente, en especial en los tiempos de reacción, es decir, las tareas se hacen un poco más lentas. Por otro lado, la memoria reciente o, en concreto, la memoria episódica, se disminuye ligeramente, con lo que el proceso de aprendizaje es más lento. No obstante, las otras memorias se conservan”.

Si bien es cierto que, con frecuencia, se aceptan los mínimos cambios cognoscitivos como parte del envejecimiento normal, los profesores afirman que este hecho no sólo limita el entendimiento del problema, sino que lleva a que la persona afectada sea privada de un tratamiento más humano y coherente con su problemática. Precisamente, afirman que, “si bien los olvidos son corrientes en la vida diaria, el no identificarlos cuando se tornan muy frecuentes y trastornan el funcionamiento habitual, puede hacer que se postergue la búsqueda de atención y, por tanto, de las intervenciones que mejorarían la calidad de vida de la persona que padece una demencia. Ella puede ser excluida de la vida laboral sin el reconocimiento de su patología y de la indemnización correspondiente, o generar conflictos en las relaciones por cuanto se piensa que está simulando o que no hace el esfuerzo suficiente para cumplir con sus actividades”.

¿Qué es entonces la demencia?, parecería ser la pregunta indicada. Los investigadores explican que es la pérdida de funciones mentales, empezando por la memoria, pero que también comprometen el lenguaje, la coordinación motora o de movimiento, el juicio, el raciocinio, la abstracción, y, en consecuencia, las funciones social, familiar o laboral de la persona afectada.

Es posible identificar diversos tipos de demencia; entre ellas sobresalen las degenerativas, las vasculares, las secundarias y las mixtas. La más frecuente de las degenerativas es la enfermedad de Alzheimer. “En las causas secundarias se destacan tumores cerebrales, infecciones en el sistema nervioso, déficit de sustancias como la vitamina B y el ácido fólico”, explican los investigadores.

En Colombia, la población general se incrementa un 1,9% anual, la de mayores de 80 años crece a una tasa promedio anual de 4%, de ahí la importancia de los estudios que se concentran en ella, especialmente porque se trata del grupo más afectado —pero curiosamente el menos estudiado— por la demencia.
A pesar de la falta de información confiable, los investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana señalan que, a partir de estudios locales o regionales e investigaciones propias, se puede afirmar que la prevalencia de las demencias podría variar de un 5 a un 7% de la población colombiana, y que la incidencia asociada con la edad, podría calcularse hasta en un 17% en las personas mayores de 85 años.

Cuando las facultades decaen

La Clínica de Memoria del Instituto del Envejecimiento de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana ha propuesto un enfoque de trabajo muy valioso para aproximarse a un fenómeno tan complejo como el del envejecimiento. Profesionales de distintas disciplinas, como la geriatría, la neurología, la psiquiatría, la neuropsicología y la medicina familiar, integran su equipo básico. Es una modalidad de trabajo interdisciplinaria y “conjuga actividades de servicio y docentes en torno a la construcción de conocimiento acerca de las demencias y otras patologías relacionadas que se nutre y revierte en acciones diagnósticas y terapéuticas”, cuentan los investigadores.

Quien consulta a la Clínica se encuentra con un proceso que incluye entrevista familiar, examen físico y evaluación general, examen neurológico completo, valoración de factores de riesgo social, entrevista psiquiátrica y examen mental, valoración de neuroimágenes, interconsultas, exámenes paraclínicos, escalas de depresión, pruebas neuropsicológicas, valoración de lenguaje, atención y memoria. Esto garantiza un adecuado estudio clínico y una certeza diagnóstica muy alta, algo esencial cuando se estudia a poblaciones en estos rangos de edad. Contemplar las perspectivas de la familia y los cuidadores, así como aspectos sociales, laborales y del entorno, entre otros, enriquece el trabajo de investigación y permite apoyar adecuadamente al paciente y a su familia.

La investigación que nos ocupa se planteó como objetivo identificar aspectos persona­les, familiares y de la valoración y diagnós­tico de las personas mayores de 80 años atendidas en la Clínica de Memoria del Hospital San Ignacio en Bogotá, profundizando en aquéllas con demencia tipo Alzheimer. Los resultados más importantes, explican los doctores Cano y de Santacruz, señalan que la mayoría de las personas que consultan la Clínica son mujeres menores de 85 años, bajo la responsabilidad, casi en la totalidad de los casos, de familiares —mujeres también en una altísima proporción—, quienes se encargan de acompañarlas y cuidarlas. Un dato consistente con el incremento de la esperanza de vida en Colombia, principalmente para las mujeres, que viven en promedio casi seis años más que los hombres. “El promedio de escolaridad es más alto que el de la población general de esta edad, ocho años en relación con cinco, lo cual puede explicarse por las características de la Clínica de Memoria. Menos de un 10% son calificadas como ´normales´ o con deterioro cognoscitivo leve, en tanto que el diagnóstico de demencias es el más frecuente, seguido por trastornos psiquiátricos, entre los que se incluyen depresión, trastornos de adaptación o trastornos de afecto. La demencia tipo Alzheimer se encuentra en primer lugar con un 66,9%. La evolución de la enfermedad es comúnmente de cinco años y menos, y entre esta categoría y los diez años, se ubica el 98% de los pacientes estudiados”, puntualizan.

El alto porcentaje de pacientes diagnosticados con la enfermedad de Alzheimer permite profundizar en sus características. La evaluación neuropsicológica de los pacientes mayores de 80 años que la padecen arrojó evidencias de decaimiento en las funciones de la atención dividida, o en la capacidad para manipular dos tipos de información al mismo tiempo. También se observó una disminución en la velocidad de procesamiento, si se compara ésta con la de los adultos jóvenes, así como un “deterioro importante en las funciones de aprendizaje de nueva información de tipo verbal, además de otras áreas como el lenguaje (disminución en la fluidez verbal), mantenimiento de la atención, y copia de dibujos”, explican Cano y de Santacruz. Así, a medida que aumenta la pérdida de funcionalidad, se presenta un declive en las funciones lingüísticas.

Con esta investigación se da un paso adelante en el conocimiento de las características de la población colombiana mayor de 80 años —aunque llama la atención sobre los vacíos y la falta de datos que aún prevalece en este campo—. Una tarea en la que se desempeña sistemáticamente el grupo de profesionales de la Clínica de Memoria. Se resalta, por ejemplo, otro de sus trabajos, “Los caminos de la exclusión, trastorno mental y vejez”, que aporta conocimiento sobre las vicisitudes, las necesidades y las opciones en el ejercicio y la garantía de sus derechos, de las personas mayores de 60 años con trastorno mental y de las familias, desde su propia percepción.

Al cuidado del cuidado

Una sociedad en la que empieza a tomar relevancia numérica el grupo poblacional de mayores de 80 años, debe prepararse para abordar el tema. Hay asuntos críticos para tener en cuenta. Al ser consultados sobre ello, los investigadores resaltaron que es muy
“importante el reconocimiento de la participación de las personas viejas en la vida familiar y social, pues en el país más de un 95% de ellas convive con sus familiares y aporta de distintas maneras al hogar, no necesariamente con una contribución económica, pero sí en la realización de las labores domésticas, en la crianza, en la vida afectiva, mediante sus conocimientos”.

Las familias o las personas encargadas de asistir a los viejos no cuentan hoy en día con los servicios y apoyos indispensables para el cuidado en casos de enfermedad o discapacidad. El país tiene una deuda con ellos en múltiples sentidos, especialmente si se hace referencia a personas con demencia. Es necesario aportar información acerca de la enfermedad para facilitar su comprensión y acerca de servicios a los que pueden acudir; apoyar en el cuidado, bien sea distribuyendo tiempos y tareas entre los familiares, o buscando ayudas en el entorno; crear redes y grupos de colaboración; desarrollar programas y servicios que faciliten el cuidado; así como destacar la gratitud y el altruismo implícitos en el cuidado a pesar de los esfuerzos y renuncias que conlleva, puntualizan los investigadores.

Los días y los meses pasan para todos. La esencia de la vida, en palabras de Jayyam, es un “sueño, una quimera, un engaño, un instante. (…) / ¡Mira la caravana de la vida que pasa! / Disfruta cada instante que escapa, jubiloso (…)”.


Para leer más…
+Página web del Instituto del Envejecimiento de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana: https://puj-portal.javeriana.edu.co/portal/page/portal/Facultad%20de%20Medicina/inst_enve_que
+Cano, Carlos; De Santacruz, Cecilia; Novoa S.J., Carlos; Matallana, Diana; Morelo, Leonilde Morelo; Vásquez, Socorro; Santacruz, Hernán. (2009). “Contingencias éticas y sociales del diagnóstico en las demencias”. En: revista de la Asociación Colombiana de Gerontología y Geriatría. Vol. 23, núm. 2. https://www.acgg.org.co/pdf/pdf_revista/2009/23-2.pdf. Recuperado 20/05/2010
 

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Conocer más para prevenir mejor

Conocer más para prevenir mejor

Consumo de alcohol en jóvenes universitarios

El consumo de alcohol por parte de jóvenes universitarios ocurre a la vista de todos, sin que la cuestión aparezca con mucha frecuencia en las discusiones públicas. Aunque en los últimos meses han circulado iniciativas políticas que buscan restringir la cercanía de bares y discotecas a los centros universitarios –uno de los factores, aunque no el único, que favorece el consumo–, el tema parece enfriarse frente a problemas aparentemente más urgentes. El estudio “Niveles, situaciones y características del consumo de alcohol en estudiantes universitarios. Elementos para el diseño de programas de promoción y prevención”, de los grupos de investigación en Psicología y Salud y Laboratorio de Psicología de la Pontificia Universidad Javeriana, es una contribución desde la academia a la búsqueda de entender las dimensiones de un asunto que afecta distintos niveles de la vida estudiantil: disminuye el rendimiento académico, acrecienta problemas de depresión, contribuye a la deserción universitaria y puede estar asociado –según la literatura científica al respecto– con el riesgo de embarazos no deseados, el consumo de drogas, los accidentes de tránsito, las lesiones personales y el deterioro físico y psicológico.

¿Bebedores sociales?

El consumo de alcohol es, a pesar de la tolerancia cultural y legal que lo rodea, un problema de salud pública, como lo ha reconocido la Organización Mundial de la Salud y lo puede corroborar cualquiera. Según la Encuesta Nacional de Salud del Ministerio de Protección Social y la Pontificia Universidad Javeriana, publicada en 2008, entre los 18 y los 29 años, un 8,4% de la población presenta características de alcohol-dependientes. Este rango de edad es muy similar al de la población –entre los 19 y los 27 años– que fue objeto de estudio en la investigación dirigida por María Liliana Muñoz Ortega, y corresponde a las edades habituales en que se vive la experiencia universitaria.
En la investigación se tomó la opción de medir los porcentajes de sujetos que pueden estar en riesgo de presentar alguno de los niveles de consumo y las situaciones que llevan a él, y a partir de este conocimiento fundamentar posibles programas de prevención, mientras se dejó de lado la atención sobre las consecuencias de la ingesta de alcohol. Se trata, según la profesora Muñoz, de la primera fase de una pesquisa que debe continuar con el tiempo hasta lograr desarrollar estos programas en la práctica.
La investigación, de acuerdo con su explicación, fue de carácter no experimental, descriptiva y de asociación. Es decir, se trató de analizar el fenómeno como se está dando en este momento entre la población universitaria, describiendo las experiencias y buscando asociaciones entre unas variables y otras, para determinar las características y los niveles del consumo en relación con determinadas situaciones. Se convocó la participación de diez universidades de Bogotá, entre las cuales se tomó la muestra de 2.910 estudiantes. Los jóvenes, que voluntariamente accedieron a participar en el estudio, pertenecían a las jornadas diurnas de alguna de las diez universidades. Entre los centros educativos los había grandes y pequeños, tradicionales y nuevos. Según los investigadores, no hubo un estudio estadístico sobre el estrato social que permita cuantificar dicha variable, y aunque todas las universidades que aceptaron la convocatoria son privadas, se tuvo participación de distintos grupos de población. Queda abierta, entonces, la oportunidad para estudios posteriores que confirmen o no si se obtienen resultados similares en universidades públicas.

El grupo de investigación, del que también hicieron parte Lucía Carolina Barbosa Ramírez, Arturo Bríñez Horta, Claudia Cay­cedo Espinel, Margarita Méndez Heilman y Raúl Oyuela Vargas, aplicó tres instrumentos iniciales para la cuantificación y el análisis de la información: una ficha de datos generales, un cuestionario para evaluar el Nivel de Desarrollo de los Problemas Relacionados con el Consumo de Alcohol (CEAL), y el Inventario Situacional de Consumo de Alcohol (ISCA).

El primero de ellos es un instrumento diseñado por el grupo de trabajo en una investigación previa; esta herramienta, tipo cuestionario, se utilizó para determinar las características del consumo y tuvo validación por expertos. El CEAL es un instrumento diseñado en Colombia y que también ha tenido su proceso correspondiente de validación; se usa para medir niveles de consumo y determinar los riesgos de intoxicación, dependencia y abuso. En estos tres niveles, la investigación mostró que el riesgo de intoxicación es alto en un 52,6%, y moderado en un 47,4%; el de dependencia es muy alto en un 1%, alto en un 37,6% y moderado en un 69,1%. Finalmente, el riesgo de abuso es muy alto en 1,5%, alto en 21,2% y moderado en 77,3%.

El ISCA, por su parte, es una herramienta que ha sido utilizada y validada en México y da información de las situaciones personales (emociones desagradables, malestar físico, emociones agradables, probando control, necesidad física y urgencia por consumir) y las situaciones con otros (momentos agradables, presión social, conflicto con otros), en las que la persona bebió en exceso en el último año. Mientras en las situaciones personales el riesgo mayor se da cuando se experimentan emociones agradables, en situaciones con otros se encontró que el mayor riesgo se presenta en los momentos agradables, seguido de las situaciones en que se ejerce presión social para el consumo.

Más que estadísticas

Posteriormente, 80 de los 2.910 estudiantes participaron en 15 grupos focales, en los cuales se encontraron claves sobre el contexto cultural en el que los jóvenes universitarios consumen alcohol. “Concebimos el consumo de alcohol del joven bajo una mirada sociocultural”, asegura Muñoz. En la mayoría de las respuestas los estudiantes reconocen el problema sin que eso implique necesariamente la capacidad de actuar sobre él, o la existencia en ellos de mecanismos que les permitan controlarlo. “El comportamiento es distinto a la verbalización”, dice la coinvestigadora Margarita Méndez, quien insiste en que “actuar sobre el tema sociocultural es uno de los grandes retos, ya que implica trabajar el problema desde las mismas familias, en los colegios, las universidades y los distintos entornos. Es un tema multifacético que requiere atención a todos los factores”.

La frecuencia de las respuestas que se escucharon en los grupos focales, lo mismo que una investigación anterior titulada “El consumo de alcohol en escolares”, muestran evidencias de la intervención de los entornos y los contextos en la aparición de la problemática, como se ve en expresiones que revelan patrones culturales como “el más macho toma y revuelve tragos”; o competitivos: “los muchachos se bajan las cervezas de un sorbo”, y la insistencia en que existe una “cultura universitaria” y que los “bares incitan a tomar”. Se argumentan como motivaciones para consumir alcohol el “conflicto armado”, “el país vuelto mierda”, “masacraron a no sé cuántas personas”, los “conflictos familiares”, “el papá le pega a la mamá”, “la mamá está deprimida”, “el alcohol que es legal”, “los papás que están trabajando”. La soledad, la independencia recién adquirida y la distancia de la familia, se mencionan insistentemente. Los mismos jóvenes coinciden en que cuando ingresan a la universidad ganan en libertad y muchas veces no saben hacer uso de ella. Se sienten muy sujetos a las presiones de los compañeros. “Cuando se llega a la U uno puede liberarse de las prohibiciones y se quiere experimentar”, reconoce alguien en sus respuestas. La dificultad de socializar sin licor muchas veces se deriva del propio ambiente familiar: “Tómese unito, y diez personas encima de uno”, “los padres les ofrecen vinitos a los niños”, “si tu papá y tu mamá toman, cuando llegues a la universidad te va a parecer bien tomar” son otras de las respuestas.

Más vivencias y menos miedo

Esta investigación, que sin estar centrada en lo cuantitativo midió las situaciones de consumo y los niveles de riesgo de intoxicación, abuso y dependencia, aporta elementos para una segunda investigación que se dirigirá a la solución de la problemática, a través de un programa de prevención diseñado en la universidad y por estudiantes universitarios. “En la prolongación de la investigación se parte de una mirada integral donde intervienen los distintos actores: los jóvenes, los padres, la legislación, entre otros”, afirma la profesora Méndez. Los lineamientos de la segunda investigación, en proceso, se desprenden de las ideas expresadas en los grupos focales, donde los jóvenes manifiestan la convicción de que no es generando miedo como se va a producir un cambio de actitud frente al consumo de alcohol. “En contraste, proponen campañas de tipo propositivo que permitan generar en el joven otras alternativas de diversión, facilitar o favorecer habilidades específicas de autocontrol y socialización, para lograr un mejor desenvolvimiento y poder controlar así las presiones que tienen frente al consumo”, dice Liliana Muñoz. Aunque advierte que “no sobra que se den otras condiciones, como conocimiento sobre las consecuencias del consumo en la salud, inmediatas y a largo plazo”.

Pero lo claro es que se buscan mecanismos de persuasión más amigables. Los jóvenes proponen que estos programas de prevención sean desarrollados por los propios estudiantes, porque ellos mismos son los que saben qué los motiva y “entre pares se podrían hacer frente, cuestionarse y entenderse”. Están convencidos, asimismo, de que estas campañas deben involucrar el entorno familiar, el escolar y los entes públicos, y que en ellas se deben emplear componentes visuales que evoquen aspectos vivenciales. “Lo pedagógico no son las charlas pichas”, dice uno de ellos. “Aquí hay electivas sobre consumo de alcohol pero que sea más real, como ver los accidentes, videos, eso llega más, así le entra a uno más que las estadísticas”. La segunda parte de la investigación “Niveles, situaciones y características del consumo de alcohol en estudiantes universitarios. Elementos para el diseño de programas de promoción y prevención”, tiene por delante el reto de transformar esta información en programas con resultados eficaces.

Acuerdo de voluntades

Paralelamente, las universidades bogotanas, representadas por los propios rectores, se han aliado en un acuerdo de voluntades que las compromete a trabajar de manera permanente con los congresistas, los concejales, la Secretaría de Gobierno Distrital y la Policía para intentar formalizar una propuesta de legislación más restrictiva frente al consumo de alcohol, sobre todo en los entornos que rodean a las universidades. Sin desconocer que una nueva ley, más estricta, no evitaría el consumo de manera total, mientras no se actúe al mismo tiempo sobre las variables culturales, que tienen un proceso de transformación muy lento. Por lo pronto, en la Pontificia Universidad Javeriana se busca lograr una mayor formalidad y centralización de una política corporativa frente al consumo de alcohol de los estudiantes. En estas iniciativas participan la Vicerrectoría del Medio Universitario y el programa Universidad Saludable, apoyados por la Facultad de Psicología. La investigación ya concluida y la que está en marcha se inscriben dentro de esta iniciativa mayor. Se quiere de esta manera ofrecer unos lineamientos que puedan ser aplicados por todas las facultades, y que en el futuro provoquen transformaciones sociales más allá de la Universidad. En la Oficina de Asesoría Psicológica, que también depende de la Vicerrectoría del Medio Universitario, cualquier estudiante puede acercarse y solicitar orientación. Es un primer paso, estrictamente individual, sin el cual ninguna propuesta de mayor alcance puede tener éxito.


Para leer más…
<style=”color: #999999;”>+Londoño, C., García, W., Valencia, S., Vinaccia, S. (2005), “Expectativas frente al consumo de alcohol en jóvenes universitarios colombianos”, en Anales de Psicología, Vol. 21, núm. 2, pp. 259-267.
<style=”color: #999999;”>+Ministerio de Protección Social y Pontificia Universidad Javeriana (2008), Encuesta Nacional de Salud, Bogotá, Ministerio de Protección Social.
<style=”color: #999999;”>+Muñoz, L., Barbosa, C., Bríñez, A., Caycedo, C., Méndez, M., Oyuela, R. “Niveles, situaciones y características del consumo de alcohol en universitarios. Elementos para el diseño de programas de promoción y prevención”, Encuentro de Investigación sobre Consumo de Drogas REDLA, 21-23 de octubre de 2009, disponible en:<style=”color: #999999;”>https://es.calameo.com/read/0000133024d014dc32434. Recuperado 03/03/2010
 

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Investigación invalida la terapia con imanes

Investigación invalida la terapia con imanes

El uso de imanes con propósitos terapéuticos no es nuevo. Muchos coinciden en rastrear sus orígenes hacia la época de Paracelsus (en el siglo XV), el médico y alquimista que dedujo que si los imanes tienen el poder de atraer el hierro, quizás podrían atraer las enfermedades y por consiguiente retirarlas del cuerpo. Hoy, los vendedores de accesorios magnéticos utilizan argumentos que van desde una mejoría en la circulación de la sangre, pasando por una modificación de los impulsos nerviosos, hasta un incremento en el contenido de oxígeno o en la alcalinidad de los fluidos del cuerpo. No hay estudios científicos que respalden estos efectos en el organismo y sin embargo se siguen vendiendo elementos magnéticos para aliviar diversas dolencias.

Las ganancias entre los productores de brazaletes magnéticos, vendas, plantillas, colchones, etc. que los promocionan como solución casi milagrosa ante el dolor, son crecientes y multimillonarias. Se estima que las ventas anuales en Estados Unidos son de 300 millones de dólares y que en el mundo alcanzan más de 1.000 millones. Si bien la terapia con imanes es relativamente inofensiva, ya que no tiene medicamentos ni efectos colaterales, sí puede evitar que la gente busque una solución efectiva ante sus padecimientos.

No se han realizado muchos estudios sobre terapias magnéticas y los que hay presentan resultados distintos. Además se les objeta el utilizar grupos muy pequeños de pacientes, o sólo de aquellos sometidos a tratamiento, cuando se sabe que el poder de sugestión por sí solo es capaz de aliviar las dolencias.

Con el objetivo de superar estas deficiencias y para evaluar la eficacia de la terapia magnética, un grupo de investigadores de la Unidad de Epidemiología Clínica de la Pontificia Universidad Javeriana, liderado por la doctora Soledad Cepeda Ph.D., seleccionó pacientes con dolor postoperatorio agudo y los sometió a terapia magnética observando cuidadosamente su efecto sobre el dolor; se contó con un grupo de control para evaluar los resultados.

¿Cómo se hizo el estudio?

El diseño fue un ensayo clínico aleatorizado doble ciego. Doble ciego ya que ni los investigadores, ni los investigados supieron a cuáles de los pacientes se les estaban colocando imanes. Aleatorizado ya que los individuos seleccionados para el estudio fueron elegidos al azar.

Se escogieron 161 pacientes mayores de 12 años sometidos a procedimientos quirúrgicos bajo anestesia general, que refirieran al menos dolor moderado tras despertar de la anestesia. Las características demográficas, la duración y el tipo de cirugía, la dosis intraoperatoria de analgésicos y la intensidad de dolor fueron similares en ambos grupos.

Ochenta y uno fueron asignados a los imanes activos y 84 a los imanes placebo. Los imanes (activos y placebos) se colocaron en cada extremo de la incisión y alrededor de ésta de acuerdo con las instrucciones del fabricante. Los pacientes calificaron la intensidad de dolor con una escala de cero a diez cada diez minutos, y recibieron dosis incrementales de morfina hasta que la intensidad del dolor fuera menor o igual que cuatro en una escala sobre diez.

La intensidad del dolor fue similar en ambos grupos. El grupo con imanes activos tuvo un promedio 0.04 unidades más en la intensidad de dolor que el grupo placebo. Los requerimientos de analgésicos también fueron similares en ambos grupos. El grupo con imanes activos requirió 1.15 mg más de morfina que el grupo de control. Con lo anterior se demostró que la terapia magnética no disminuye la intensidad del dolor postoperatorio ni los requerimientos de opioide, por lo que no debe usarse para el tratamiento de dolor agudo postoperatorio u otros síndromes dolorosos, en los cuales la fuente del dolor sea la lesión del tejido.

Cuenta la investigadora

Soledad Cepeda es médica anestesióloga, especialista en manejo del dolor de la Pontificia Universidad Javeriana, y doctora en epidemiología de la Universidad de Pensilvania en Filadelfia. Actualmente reside en Estados Unidos donde se encuentra vinculada con la industria farmacéutica. Pesquisa dialogó con ella para profundizar en algunos aspectos de su investigación.

¿Qué los motivó a evaluar un tipo de terapia con muy pocas simpatías entre la comunidad científica?

Nos pareció interesante evaluar la terapia magnética con el mismo rigor con que se evalúa cualquier tratamiento farmacológico, a pesar de que nos criticaron argumentando que no valía la pena que desperdiciáramos recursos en estudiar algo que de antemano se sabe que no sirve. Sin embargo, mucha gente usa los magnetos y gasta millones en ellos, eso justifica que se les preste atención.

Uno de los objetivos del estudio fue propiciar que la comunidad científica desaconseje el uso de magnetos para el tratamiento del dolor. ¿En qué medida se ha logrado esto?
No creo que un estudio científico llegue a tener efecto sobre los pacientes ya que tiene muy poca fuerza frente a los esfuerzos publicitarios de los fabricantes de magnetos. El estudio fue publicado en Anesthesia & Analgesia, una de las revistas del dolor más importantes del mundo, donde le dedicaron tres editoriales, pero los pacientes no leen las revistas médicas.

Lo que hay que hacer es regular el mercado, que se pongan avisos en los productos así sea en letras pequeñas: “hay estudios que muestran que estos magnetos no sirven…”; el problema es que no están regulados como no lo están muchas de las vitaminas, pero ésa es otra cuestión.
El efecto de la terapia magnética fue evaluado por su capacidad para aliviar el dolor, sin embargo, la única forma de medirlo es preguntándole a los pacientes qué tanto dolor sienten, ¿esto no introduce una dosis de subjetividad en el estudio?
Sí, en parte, idealmente lo que se quiere es una medida muy objetiva de tal manera que si uno repite el estudio obtenga exactamente los mismos resultados. En dolor no tenemos eso por lo que se necesita un mayor número de casos para demostrar lo que se quiere. Y para que sean representativos lo que se hace es establecer un procedimiento aleatorizado de selección. Así es como se asegura que los grupos sean similares.
La subjetividad influye pero en este caso no invalida los resultados, ya que ésta se controla. Se aumenta el número de casos y se tiene un grupo experimental (el que se somete a la terapia) y otro de control (el que no recibe ningún tipo de terapia, pero donde los individuos creen recibirla; incluso las personas que toman las mediciones no saben a qué grupo pertenece cada quien).

¿Después de su investigación, realizada en 2005, qué avances ha habido en el campo del tratamiento del dolor?

Se han lanzado nuevas drogas al mercado que podrían tener mayor efectividad y menos efectos adversos; ahora hay más opciones que antes. También se ha desarrollado una cultura más sensible a los efectos del dolor, sobre la calidad de vida de los enfermos y sus familias, y que considera el tema como una prioridad. Por otra parte, conocemos más sobre cómo se transmite el dolor y por qué éste se vuelve crónico. Hay un mayor entendimiento de lo que pasa y esto se revierte en drogas y aparatos de mayor calidad y en discernir la mejor manera de intervenir en las distintas fases de su evolución.

El rigor con el que se llevó a cabo el estudio permite concluir que la terapia magnética no sirve para el tratamiento de dolor agudo postoperatorio u otros síndromes dolorosos, en los cuales la fuente del dolor sea la lesión del tejido. ¿Se pueden generalizar estos resultados a otros tipos de dolor?

No, nosotros evaluamos un tipo específico de dolor, donde hay una herida física. Los mecanismos para otro tipo de dolor, por ejemplo el neuropático, pueden ser diferentes. Yo extrapolaría los resultados a otros tipos de dolor agudo. Creo que los magnetos no son eficaces en esos casos, pero no puedo asegurarlo ciento por ciento hasta que no se estudie científicamente cada caso. Es más, si el abogado de un productor de magnetos nos llevara a una corte yo no podría argumentar sino que la terapia magnética no es efectiva en el tipo de dolor estudiado.

A pesar de los avances en drogas y terapias para aliviar el dolor, muchos siguen optando por artefactos magnéticos con escaso apoyo científico. Como sugiere la doctora Cepeda, mientras no se compruebe en cada caso de dolor que los imanes no son efectivos habrá que conceder el beneficio de la duda. Y reconocer, como también lo hizo Paracelsus, que el poder de la sugestión, la confianza o la fe son ingredientes importantísimos de cualquier proceso curativo.


Para leer más…
Flam, B.L. (2006). Magnet Therapy. A Billion-dollar Boondoggle. Skeptical Inquirer Magazine. Recuperado el 23 de julio de 2009, de https://www.csicop.org/si/2006-04/magnet-therapy.html­­­­­­­­­­­
 

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