¡Que los corales del Pacífico sigan gozando de buena salud!

¡Que los corales del Pacífico sigan gozando de buena salud!

Los corales son a los arrecifes lo que los árboles son a los bosques. Con esa descripción, Mateo López-Victoria representa el valor que tienen esos ecosistemas marinos para la conservación de la biodiversidad del país.

Él, biólogo marino de profesión y profesor de la Pontificia Universidad Javeriana seccional Cali, lidera una iniciativa pocas veces vista en Colombia: la restauración de arrecifes coralinos en Parques Nacionales Naturales ubicados en aguas del océano Pacífico.

Este proyecto surgió hace cinco años del análisis de la degradación que sufren los corales ubicados en el Caribe y en otros lugares del mundo, situación que creen tarde o temprano llegará a las aguas del Pacífico debido, por ejemplo, al calentamiento global y la contaminación.

“Esos procesos de restauración son preventivos, para que cuando llegue el coletazo del deterioro de los arrecifes al Pacífico colombiano, nosotros ya estemos preparados y no empecemos a reaccionar, quizá muy tarde, sobre la marcha del deterioro”, explica López-Victoria.

Él agrega que es necesario anticiparse y prepararse científicamente con el fin de tener suficientes elementos para tomar decisiones con base en procesos que ya hayan probado ser exitosos. Por eso enfocan sus esfuerzos en el conocimiento de especies, técnicas para propagarlas y seguimiento a su desarrollo y desempeño en procesos de restauración aplicados, siempre en las condiciones naturales dentro del Parque, no en un laboratorio.

Gracias a esta exploración, científicos, profesores y estudiantes han logrado conocer profundamente cinco especies de coral, de 15 que tienen en el radar porque ellos son fundamentales para la salud de los mares, de acuerdo con el investigador javeriano. “Los arrecifes coralinos son el ecosistema más biodiverso que hay en el planeta. Por metro cúbico tienen más diversidad que las selvas húmedas tropicales. No hay nada más diverso en número de especies que un arrecife coralino”, complementa.

Incluso, López describe un fenómeno positivo que se da en aquellos presentes en los Parques Nacionales como Gorgona y Utría. Según sus análisis, en ellos se da un ‘efecto de desborde’, es decir, hay unos excedentes en peces, moluscos y otros seres producto de la reproducción que realizan en esas áreas protegidas, por lo que miles de ellos llegan a los lugares cercanos donde está permitida la pesca y extracción de recursos, beneficiando así a miles de personas.

 

Escalas de investigación

Todos los actores que participan en esta cruzada por la conservación de los arrecifes trabajan a diferentes escalas investigativas.

La primera de ellas tiene un énfasis en los trabajos de grado de los estudiantes, los cuales se ejecutan entre seis y 12 meses. “Ellos plantean una pregunta específica sobre la restauración del coral. A partir de eso identificamos la especie, la fragmentamos, probamos los sustratos en los cuales se siembra el coral, técnicas de pegado y cómo se construyen esos sustratos. De ahí se desprende cuáles son los tamaños ideales de corte para que el coral se desarrolle y tenga una alta tasa de supervivencia”, describe el biólogo.

La segunda escala consiste en integrar los resultados de los análisis e investigaciones en función de una pequeña área o arrecife que se quiera restaurar. Por ejemplo, en el Parque Gorgona se ejecutan acciones en el sector de El Remanso, un lugar donde hubo coberturas de coral, pero que se deterioraron en la década de los ochenta por el daño ambiental que sufrió la isla en tiempos en que funcionó el penal, y como consecuencia de fenómenos climáticos que están terminando de entender.

La tercera fase, que es la más robusta, es el programa de restauración de los arrecifes del PNN Gorgona. Este programa es ejecutado por representantes de la Javeriana Cali, como Juan Felipe Lazarus; Fernando Zapata, de la Universidad del Valle; Valeria Pizarro, de la Fundación Ecomares, y los funcionarios Luis Payán y Héctor Chirimías, del Parque Nacional. El objetivo es aplicarlo durante cinco años estableciendo proyectos piloto, e involucrar a otros actores como turistas, pescadores, escuelas de instrucción de buceo y otros científicos.

Además de replicar esta misma experiencia científica en Parques como Utría y Malpelo, López afirma que este modelo también puede servir como ejemplo de recuperación de ecosistemas de otro tipo, pues empodera a comunidades, estudiantes, científicos y pescadores de distintas regiones.

Metales y sobrepesca, la carga pesada de los tiburones

Metales y sobrepesca, la carga pesada de los tiburones

Isla Fuerte está ubicada en el Golfo de Morrosquillo, en el Caribe colombiano. Gracias a su diversidad marina, allí decenas de habitantes viven de la pesca artesanal y del consumo de especies como los tiburones. Ese escenario fue analizado por Yurani Rojas, ecóloga de la Pontificia Universidad Javeriana, quien desarrolló una investigación sobre los elementos esenciales y no esenciales en tiburones sedoso y toyo.

El tiburón, como cualquier ser vivo, requiere ciertos elementos químicos para funcionar correctamente. Algunos de esos compuestos como el hierro, manganeso, vanadio y zinc son esenciales y benéficos en pequeñas cantidades mientras que en altas concentraciones pueden causar problemas para el animal.

No obstante, hay otro tipo de sustancias que no son necesarias para el cuerpo y que aún en bajas cantidades pueden causar daños para la salud como el cadmio, mercurio y plomo. Este tipo de metales pesados fueron los analizados en la investigación.

Mercurio

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el mercurio es un elemento que está presente en el aire, el agua y los suelos. Existe en varias formas: elemental o metálico, que se encuentra en el suelo; inorgánica, que es utilizada en procesos industriales, y la orgánica, resultante de la liberación en el ambiente, en el que ciertas bacterias lo transforman en metilmercurio. Esta última es la que se encuentra en la fauna marina y es la más común en humanos.

Un primer hallazgo de esta investigación enciende las alertas: “En todas las muestras colectadas había metilmercurio y están sobrepasando el límite permitido para consumo humano”, afirma Rojas pues la OMS recomienda no consumir más de 1,5 microgramos por gramo. Otras entidades como el Ministerio de Salud de Colombia, la Agencia de Protección del Medio Ambiente de los Estados Unidos (USEPA) y la Comisión Regulatoria de la Unión Europea mantienen su máximo recomendado en un microgramo por cada gramo.

Estos altos índices de concentración sugieren procesos de bioacumulación. “Los tiburones, al ser depredadores tope, estarían consumiendo elementos tóxicos que han obtenido sus presas a lo largo de toda la cadena alimenticia”, dice la investigadora. Es decir, esta problemática no estaría afectando solo a los tiburones sino a otros seres vivos como crustáceos, moluscos y peces, que probablemente están acumulando estos metales.

Otro hallazgo tiene que ver con el órgano más contaminado de los individuos analizados. Al comparar las cantidades de mercurio en músculo y en hígado, se encontró que el primero presenta las mayores cantidades. “El hígado acumula más rápido estos tóxicos, pero tiene un nivel de depuración más alto que el músculo en juveniles”, explica la experta.

Otros elementos

El estudio también encontró altas concentraciones de cobre y zinc, que en tiburones adultos funcionan como protector del hígado contra el cadmio, otro metal pesado. “En el hígado se generan metalotioneínas que capturan los elementos tóxicos y evitan que sigan siendo tóxicos. Cuando se encuentran en altas concentraciones se pueden relacionar a altas cantidades de cadmio y otros metales”, revela la investigadora. Incluso el arsénico es potencialmente cancerígeno y se encontró en todas las muestras.

Hasta el momento no existen estudios precisos sobre las fuentes de estos elementos, pero podrían ser dos: una natural, por la geología de la zona, en la que podría haber presencia de algunos de estos metales que se liberan en el ambiente. La segunda sería por las actividades humanas, que pueden ser agrícolas asociadas a la aplicación de plaguicidas, industriales ligadas al uso de hidrocarburos de alta densidad y la gran mayoría podría ser por minería ilegal, según Rojas.

 

Los impactos de estos elementos para los tiburones son varios. “A largo plazo estos metales pueden generar problemas en los sistemas reproductivo, nervioso y locomotor. Todo depende de las concentraciones que se encuentren en el ambiente y de qué tan frecuente sea la exposición”, afirma Andrea Luna, directora del semillero Aquasistemas y profesora de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Universidad Javeriana. “Las altas concentraciones de mercurio podrían estar reduciendo significativamente la fertilidad, afectando directamente las poblaciones de tiburones”, agrega Rojas.

Ambas investigadoras manifiestan su preocupación pues los impactos no son sólo para cada individuo, sino para toda la población de la zona. Cerca del 70% de tiburones que se pescan en Isla Fuerte son juveniles, dato que no es menor, pues estos no han alcanzado la edad de reproducción. Se cazan y queda poca descendencia para mantener las especies, algunas de las cuales ya están en peligro de extinción.

Riesgo para la salud humana

En Isla Fuerte es muy común alimentarse de tiburón. Allí comen la carne (músculo), a diferencia de otros lugares del mundo, donde hay preferencia por la aleta. Las preparaciones más comunes con la carne de este escualo son la empanada, el revoltillo (carne desmenuzada y guisada), en bistec y con huevos revueltos. Estos platos no solo los consumen los habitantes, sino que también son muy apetecidos por los turistas. A partir del hígado se hace aceite como tratamiento para problemas respiratorios.

Para este estudio se hicieron 95 encuestas que indican que los habitantes de la isla consumen en promedio 64 gramos de carne de tiburón, 59 días al año. La ingesta semanal estimada por persona es superior a los valores recomendados por organismos colombianos e internacionales, situación que pone en riesgo a los isleños.

“Elementos como el mercurio están por encima de los límites máximos recomendados por la OMS. Esto ya genera una alerta porque, en teoría, no se deberían consumir. Los niños y las mujeres embarazadas deberían evitarlos porque pueden generar riesgos para la salud humana”, afirma Luna. Esto puede afectar el desarrollo del cerebro y en general, el crecimiento. Las futuras madres, al consumirlo, pueden estar afectando a los bebés en gestación. “El arsénico inorgánico y el mercurio orgánico representan toxicidad para el sistema nervioso, inmunitario, el aparato digestivo, la piel, los riñones, los pulmones, la vista y el desarrollo intrauterino. Además, presenta la posibilidad de generar cáncer”, agrega Yurani Rojas. Esta investigación revela que existe riesgo potencial cancerígeno y no cancerígeno para los consumidores. Por todos estos riesgos, se recomienda no comer tiburón.

Las poblaciones de tiburones de la región se enfrentan a dos problemas de gran magnitud. Por un lado, la contaminación por metales pesados y por otro la sobrepesca. Para Andrea Luna, la solución al primer fenómeno pasa por reducir el uso de estos metales en las actividades humanas e instalar plantas de tratamiento de agua que necesitan mejorar en presencia y capacidad. “Lo más fácil es disminuir las fuentes de contaminación porque quitar estos contaminantes una vez están presentes en el mar es muy difícil y costoso”, dice.

El segundo pasa por la educación ambiental y estrategias locales que permitan el sustento de las familias pescadoras, pero también por la conservación de las especies marinas. “Cuando se trabaja con pescadores artesanales, ellos afirman ser muy conscientes de esta problemática y les interesa que el recurso siga presente. Ellos están muy abiertos a la idea de reducir los impactos en los recursos porque dependen de ellos en el día a día”, detalla.

En 2018 se registraron cinco muertes humanas por ataque de tiburón, mientras que más de 100 millones de escualos mueren anualmente por causa del hombre. Es importante que las personas se informen cuando se alimentan de ciertos productos, evitar consumir los que no son indispensables para una dieta saludable y que por el contrario podrían ser nocivos para la salud.

¿El océano de nuevo?

¿El océano de nuevo?

Esta vez les escribo desde uno de los tantos lugares especiales y maravillosos a los que la vida me ha llevado últimamente. Al estar de pie en este lugar y al verlo, al mirar su color azul, sus playas, su calma, sus hermosos atardeceres y el agua que se extiende sin fronteras, de verdad me hace creer que estoy contemplando el profundo océano. Se trata del lago Erie, que se encuentra al norte de Estados Unidos y sur de Canadá. Hace parte de los cinco grandes lagos de Norteamérica. Por su gran tamaño, 25.700 km2 y una profundidad entre 19 y 164 metros ocupa el lugar número trece entre los lagos naturales más extensos del mundo.

Atardecer en el lago Erie
Atardecer en el lago Erie

Justo en una caminata en uno de los senderos que se encuentran alrededor del lago, pude observar un ave que también se encuentra distribuida en Colombia, que migra buscando climas más cálidos cuando en el norte hace frío. Es la golondrina tijereta (Hirundo rustica), llamada así porque las plumas externas de su cola son alargadas y al volar pareciera una tijera abierta. Además, es la golondrina con la mayor área de distribución del mundo, pues la podemos ver en casi todos los continentes, Europa, Asia, África, América y Oceanía. Esto se debe a que utiliza estructuras construidas por el hombre para hacer sus nidos, por lo cual se ha dispersado con la expansión humana. Es un ave pequeña, mide en promedio entre 14 y 19 centímetros y pesa entre 16 y 22 gramos. Es insectívora y se alimenta mientras vuela, por lo que su vuelo depende del movimiento del insecto que esté persiguiendo, lo que la hace muy errática y hace un poco difícil capturarla en una buena fotografía.

 

Golondrina tijereta (Hirundo rustica), sobrevolando el lago Erie.
Golondrina tijereta (Hirundo rustica), sobrevolando el lago Erie.

También he podido notar en varias ocasiones a un mamífero agraciado y saltarín. Se trata del conejo cola de algodón (Sylvilagus floridanus), una de las especies de conejos más comunes en Norteamérica y que se distribuye hasta Venezuela, es decir, esta especie también se encuentra en Colombia, pero en la parte norte. Se puede encontrar en bosques, pastizales, desiertos, cultivos, desde los 0 hasta los 3.000 metros de altura. Es herbívoro, se alimenta de plantas, arbustos, pastos, hierbas y árboles. Tiene una tasa reproductiva muy alta: una hembra puede tener hasta 35 conejos en un año, por lo cual se puede convertir en una especie invasora fácilmente. Tal vez, esta es la razón por la cual es la especie más cazada en Estados Unidos y México, con fines alimenticios o recreativos.

Conejo cola de algodón (Sylvilagus floridanus) entre pastizales.
Conejo cola de algodón (Sylvilagus floridanus) entre pastizales.

Otra ave que vi frecuentemente, pero que nunca había observado antes, es el tordo alirrojo (Agelaius phoeniceus). Esta especie presenta dimorfismo sexual, es decir, que el macho y la hembra son diferentes, distinguiéndose algunas veces por el tamaño, otras veces por algunas características específicas. En este caso son totalmente diferentes en la coloración de su plumaje y la hembra es un poco más pequeña. El macho es realmente imponente con su color negro y parte de sus alas rojas y un poco de amarillo, pero lo que más me gusta son sus diversos cantos que he podido oír cuando se llaman entre ellos, cuando van a alimentarse o cuando están defendiendo su territorio. Se distribuyen en el norte y centro de América, son insectívoros y también se nutren de semillas y son muy territoriales.

Tordo alirrojo (Agelaius phoeniceus), a la izquierda el macho y a la derecha la hembra.
Tordo alirrojo (Agelaius phoeniceus), a la izquierda el macho y a la derecha la hembra.

Estas son las sorpresas que ha traído la transición de la primavera al verano. La temperatura se ha incrementado considerablemente, mientras en mayo teníamos temperaturas de 5ºC, ahora tenemos temperaturas de 28-31ºC. Ya quiero ver las maravillas que traerá el verano.

Física, química y biología: ciencias aliadas para la degradación del plástico

Física, química y biología: ciencias aliadas para la degradación del plástico

¿Sabía que el plástico es uno de los materiales que más se usa en la actualidad? Imagine que suena su despertador, hecho de polipropileno o polietileno; lo apaga, se levanta y se va para el baño. Allí, limpia su boca con un cepillo de dientes hecho a base de PVC y cerdas de nailon, luego le agrega crema dental que está introducida en un empaque de plástico laminado, para después pasar finos filamentos de teflón diente por diente hasta retirar cualquier exceso. Por último, pero no menos importante, acaba el proceso con un enjuague bucal contenido en una botella PET. ¿Cuántos elementos fabricados con plástico contó en esta rutina?

El plástico, un polímero derivado de la industria petroquímica, ha sido un material sintético usado y alabado por las personas desde su aparición en los años 50 debido a su maleabilidad, versatilidad y resistencia. Sin embargo, su producción masiva ha ocasionado graves problemas ambientales como las montañas de desechos que navegan en los mares de todo el mundo contaminando el agua y causando la muerte masiva de peces debido a la ingesta de restos de esos elementos. Por este motivo, en 2018 el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) aseguró que la presencia de este tipo de residuos en mares y océanos conforma una las seis emergencias ambientales más graves del planeta.

 

“Si la población mundial alcanza los 9.600 millones de personas en 2050, se necesitaría el equivalente de casi tres planetas para proporcionar los recursos naturales precisos para mantener el estilo de vida actual”: Organización de las Naciones Unidas (ONU).

 

Preocupado por esta situación, Luis David Gómez-Méndez, microbiólogo, magíster en Microbiología, doctor en Ciencias Biológicas y líder del semillero Degradación en Polímeros Plásticos Contaminantes de la Pontificia Universidad Javeriana, conversó con Pesquisa Javeriana sobre su tesis doctoral, con la cual le apunta a integrar reacciones físicas, químicas y biológicas como alternativa para reducir el tiempo de degradación de los plásticos, que actualmente se estima va de 100 a 1.000 años.

Pesquisa Javeriana (PJ): ¿Cuál es la propuesta de su tesis doctoral? 

Luis David Gómez (LDG): Sabemos que los plásticos son de difícil biodegradación, pero mi pregunta era qué tratamiento previo se podría hacer para facilitar este proceso natural. En principio sabía que el tratamiento debía ser físico o químico y posteriormente tenía que pasar por una transformación biológica. Por eso decidí usar plasma -el cuarto estado de la materia-, que al ser sometido a descargas eléctricas, se ioniza y cambia las propiedades superficiales de muchos materiales. En este caso, láminas de polietileno de baja densidad (PEBD), un tipo de plástico.

En general, los plásticos son hidrofóbicos, esto significa que repelen el agua; sin embargo, al someterlos al plasma, logré modificar su superficie volviéndolos hidrofílicos para que tuvieran adherencia del agua. Con esto fue posible que los microorganismos, que necesitan ambientes húmedos para crecer y desarrollarse, hallaran una superficie húmeda en el plástico y se “pegaran” a él para intentar colonizarlo y, si su capacidad metabólica lo permitía, alimentarse de él.  El resultado: la capa superficial del PEBD tratada con plasma de oxígeno modificó su hidrofobicidad y rugosidad al descascararse. Estas dos condiciones fueron esenciales para el crecimiento microbiano. Este fue el pre-tratamiento físico.

PJ: También mencionó un tratamiento químico. ¿En qué consistió? 

LDG: En esta fase usé la fotocatálisis: una reacción química que usa el dióxido de titanio en presencia de luz ultravioleta, para generar moléculas reactivas que tienen la capacidad de degradar diversos tipos de contaminantes solubles en agua, como pesticidas o colorantes. La apuesta de esta técnica fue emplearla sobre un contaminante no soluble en agua: el PEBD. Al usar este método, obtuve un resultado impactante: la fotocatálisis generó huecos en la superficie del material lo cual es importante, porque una superficie porosa facilita la colonización de los microorganismos.

PJ: Entonces, ¿el plástico estaba listo para su descomposición?

LDG:  Después de usar las descargas de plasma y la fotocatálisis, lo sometí por cinco meses al hongo de podredumbre blanca, Pleurotus osteatrus, el cual es reconocido por degradar materiales tan complejos como la madera. Con esto esperaba que el microorganismo creciera sobre la superficie modificada del PEBD y lo degradara. El resultado fue interesante ya que conseguí que este proceso físico, químico y biológico, modificara propiedades mecánicas y químicas del PEBD en un 30%.

PJ: ¿Esta es una alternativa para minimizar el impacto que tienen los plásticos en el ecosistema?

LDG: Sí, ya que hay que pensar qué hacer con los millones de toneladas de residuos plásticos que están abandonados y hallar estrategias de degradación acelerada como la que propongo. También es necesario considerar otras alternativas; por ejemplo, hacer uso de plásticos biodegradables, los cuales emplean como materia prima fuentes naturales como celulosa o almidón. Además, hay que minimizar su uso, dejar de comprar tanto plástico y evitar las bolsas si no se requieren. Claro, son necesarias para colocar los residuos del baño o de la cocina, pero no son indispensables para llevar tres tomates y un plátano de la tienda de la esquina, para eso están las bolsas de tela.

interna-plasticos

 

PJ: Según su respuesta, ¿también se trata de un problema cultural? 

LDG: ¡Por supuesto! Los plásticos surgieron en los años 50 y fue un ‘boom’ por sus características de maleabilidad, capacidad de estiramiento, de resistencia y durabilidad. Sin embargo, el problema empezó en los años 60 con la bonanza económica estadounidense, donde la gente empezó a asociar sus prácticas de derroche con la posibilidad de botar los plásticos, ya que estos se vendían como “desechables”. En ese momento no se proyectó ni el impacto medioambiental que estos causarían años después, ni el impacto cultural al introducirnos en una sociedad de pensamiento desechable: comprar y botar.

“Se estima que de 1950 a la actualidad se han producido más de 8.000 millones de toneladas de plásticos y se calcula que para el 2030 la cifra llegue a 12.000 millones de toneladas”, afirma Gómez.

 

PJ: ¿Cómo se puede cambiar esta mentalidad?

Hay que hacerle entender a la gente que no necesariamente tiene que usar pitillos o colocarle tapa plástica a los vasos plásticos que usará por mucho, cinco minutos. Si puede, emplee vasos de vidrio o porcelana. Hay que interiorizar en nuestro cerebro las tres R: reutilizar, reciclar y reducir. Es necesario entender que el plástico sirve de muchas maneras, pero en la medida en que se pueda reutilizar, reciclar o reducir el consumo, se disminuirá su impacto ambiental.

PJ: Con relación a la actual crisis sanitaria, ¿cuál es el efecto del uso de los plásticos?

LDG: El impacto es altísimo. Debido a la pandemia por la Covid-19, el consumo de guantes, tapabocas y el hecho de que ahora muchos productos de consumo vienen envueltos en plásticos, cuando antes no lo estaban, ha disparado la generación de estos residuos.

PJ: ¿Qué hacer para mitigar sus efectos? 

LDG: En primer lugar, se debe disminuir el consumo de guantes quirúrgicos, por ejemplo, lavándose muy bien y frecuentemente las manos y emplear tapabocas de tela. En lo posible, comprar alimentos que no estén envueltos en plásticos, pero si lo están, darle un segundo uso a ese material. No obstante, el problema con los guantes quirúrgicos y tapabocas es que estos materiales, después de su uso, deben ser tratados como “elementos de riesgo biológico” por lo que requieren de un manejo especial: deben colocarse en bolsas rojas y no mezclarse con residuos ordinarios, pero en este momento donde su uso se ha masificado y están en la mayoría de los hogares, es muy difícil darle esa disposición… ¡Se están convirtiendo en residuos ordinarios al mezclarse con los residuos de cocina!

Finalmente, algunas alternativas de contención serían incinerar estos elementos en hornos especiales que no permitan que los gases salgan a la atmósfera, pero eso requiere de una infraestructura, logística, normatividad y, sobre todo, de una cultura del manejo de residuos, que no tenemos.

Fotos tomadas por Luis David Gómez en el Museo de la Extinción de Greenpeace en Bogotá.
Esta muestra presenta empaques plásticos que fueron abandonados. Muchos de ellos salieron del mercado hace más de 20 años y aún están intactos, contaminando el planeta.

Microplásticos, ¿el ‘pan de cada día’ de los peces?

Microplásticos, ¿el ‘pan de cada día’ de los peces?

“Si yo me como un pedazo de bolsa plástica, puede que no me pase nada. Pero si constantemente estoy comiendo plástico, eso sí me va a hacer daño; hasta la muerte me podría causar”.  La frase es de Andrea Luna, directora del semillero Aquasistemas, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, y aunque ella misma dice que la comparación puede parecer absurda, retrata un aspecto crucial sobre la presencia de microplásticos en los ecosistemas marinos y sobre los posibles impactos en la salud de los animales e incluso en la salud humana.

Estas partículas son fragmentos de plástico que miden menos de cinco milímetros. Por su tamaño, su manejo como desecho contaminante es mucho más difícil. Por eso, los microplásticos están generando un impacto muy importante en las especies marinas. Este tema es relativamente nuevo en la investigación científica, y particularmente en Colombia no se ha estudiado a profundidad. Esta cuestión llevó a Valeria Jiménez Cárdenas, ecóloga javeriana, a analizar su presencia en los peces de Isla Grande, Bolívar.

La investigación se centró en la extracción de partículas plásticas del tracto digestivo de 60 individuos de peces pertenecientes a 5 especies diferentes distribuidas en los ecosistemas de arrecife de coral y de manglar. El primer resultado es contundente: todas las especies analizadas tenían este material en su tracto digestivo. “Estas fragmentos, al ser tan pequeños, son confundidos con alimento por los peces, ya que las especies analizadas son depredadoras visuales”, explica Jiménez. Este tema es especialmente sensible para el desarrollo normal de estos animales. “Ellos se sienten satisfechos porque sus estómagos están llenos, pero en realidad no se están alimentando con nutrientes que son importantes. Así, pueden presentar deficiencias por falta de recursos energéticos, en las defensas inmunitarias, el desarrollo y la reproducción”, agrega  Luna.

Pero eso no es todo. El acopio de microplásticos en el organismo del pez causa tres impactos principales: bloqueos internos, lesiones en el tracto digestivo y exposición a químicos contaminantes.

La acumulación interna genera obstrucciones en su sistema digestivo, que no permiten la circulación normal del alimento y la expulsión de los desechos. “En uno de los individuos se encontró un fragmento con forma de esfera, como un tapón en el inicio de los intestinos, y este tenía un aspecto muy similar a un huevo de pez”, detalla Jiménez. Es precisamente a este efecto que se refería Andrea Luna con su frase. “Ya cuando uno ve cómo hay plásticos dentro de los peces y no es solo algo que está en la literatura, es impactante”, dice. Comparar esta situación que viven los peces con el cuerpo humano podría dimensionar mejor el problema.

Además de lo mencionado, se encontró mayor cantidad de plásticos en las hembras. Para Valeria Jiménez esto se puede explicar por la mayor demanda de energía que requieren los individuos de sexo femenino para el proceso de reproducción y la producción de óvulos saludables. “En algunas especies a las hembras les toma un año más madurar sexualmente, comparado con los machos. Esto hace que consuman mucho más alimento y potencialmente, más plástico”, detalla.

Pero los efectos de la acumulación de este material van más allá.  Como el organismo no puede degradar dichas partículas, las hembras en especial no se nutren adecuadamente y esa desnutrición tendrá impactos directos en la descendencia. Esto puede hacer que las crías no tengan todos los elementos requeridos para su desarrollo así, podrían nacer con ciertos problemas neurológicos, desnutridos y de menor tamaño.

Otro de los hallazgos que menciona la investigación es que los plásticos encontrados tenían puntas filosas que potencialmente pueden causar heridas a lo largo del tracto digestivo. Frente al punto de exposición a sustancias químicas contaminantes, explican que las investigaciones avanzan para conocer las consecuencias reales, pero que ya se conoce que estos químicos pueden provocar disrupción endocrina, es decir, problemas en el equilibrio hormonal de los animales.

 

Innovación en Colombia

Para las investigadoras, este trabajo tiene un componente innovador pues compara la presencia de microplásticos en dos ecosistemas: manglar y arrecife de coral. Este es el primer estudio en el país que arroja información de este tipo y los resultados demuestran que las especies de manglar presentaron mayor cantidad de plásticos.

Ellas aseveran que esto podría estar relacionado con el Canal del Dique. El constante dragado y la apertura de las compuertas aportan grandes cantidades de sedimento al agua dulce que desemboca en las Islas del Rosario. El amplio caudal de esa plataforma permite que los residuos lleguen más lejos y los plásticos, por ser livianos, tienen mayor flotabilidad. Otras fuentes más directas pueden provenir de actividades en las islas como el turismo. Incluso las corrientes también pueden contribuir a este tipo de contaminación.

Los manglares actúan como un filtro en el que las raíces de los árboles atrapan una parte considerable de plásticos. Ambas investigadoras coinciden en que aún falta ahondar más en este tema, pero que su trabajo ya da un indicio de cómo es la distribución de plásticos en el mar, dónde se están acumulando y cuáles serían los principales ecosistemas para priorizar en la mitigación de esta problemática.

Esta investigación revela que los polímeros más encontrados en los peces fueron:

  • Poliéster: muy utilizado en el sector textil.
  • PVC: usado en láminas para empaque de productos durante el transporte
  • PET: material con el que se hacen las botellas plásticas
  • Polietileno: utilizado en envolturas de plástico y bolsas

Este resultado da un mayor acercamiento a las fuentes principales. Además, casi la mitad de los plásticos dentro de los peces eran negro y verde, colores que pueden ser similares a las presas de las cuales usualmente se alimentan.

La degradación del plástico

El plástico es un material relativamente nuevo en el planeta. Su producción se inició en los años 50 y se ha generalizado por todo el mundo. Si bien permite mucha practicidad en su uso, se ha evidenciado su impacto contaminante. Desde hace algunos años,  y como alternativa a este fenómeno, se lanzaron al mercado los plásticos oxo-biodegradables. “Estas son bolsas con ciertos aditivos químicos que cuando entran en contacto con la radiación solar y el oxígeno empiezan a romperse  en pedazos pequeños como un vidrio de seguridad”, explica David Gómez, tutor del semillero de Degradación en Polímeros Plásticos Contaminantes de la Facultad de Ciencias de la Javeriana, quien también aportó en esta investigación.

En teoría este tipo de material sería un avance para reducir la contaminación, pues al fracturarse en pedazos más pequeños su degradación sería más rápida. Pero los resultados del estudio muestran consecuencias diferentes. “Esta investigación es importante porque lo que aparentemente se vende como una solución ecológica y ambiental, parece no serlo del todo” agrega Gómez.

En este semillero trabajan en la búsqueda de estrategias que permitan minimizar la contaminación por plásticos. Uno de sus proyectos es liderado por este docente, que investiga los tipos de microorganismos capaces de biodegradarlo. Entre ellos se han reportado bacterias y hongos. Para él, los lugares ideales para encontrar estos microorganismos son aquellos en donde más tiempo han permanecido en contacto con estos materiales. Su trabajo consiste en cultivarlos y estudiarlos para medir su capacidad de biodegradación. “La universidad le está apuntando a crear estrategias fisicoquímicas, biotecnológicas  para poder minimizar el impacto ambiental que hemos causado durante tanto tiempo”, explica.

Los tres investigadores coinciden en que para atacar el problema hay varios frentes. Uno de ellos es la educación ambiental, tanto de las comunidades que habitan y visitan el mar, como las de las grandes ciudades, cuyas poblaciones suelen creer que no tienen responsabilidad en el tema, pero sus residuos son transportados por corrientes hídricas hasta los océanos.

El plástico debería ser uno de los materiales menos problemáticos porque se puede reciclar, pero para lograrlo hay que hacer un adecuado manejo de sus residuos. Otro frente pasa por las políticas públicas, si bien hay muchos debates sobre el cobro de impuestos al uso de bolsas, los investigadores afirman que se deben tomar más medidas que protejan el ambiente. Pero es necesario insistir, que lo más efectivo pasa por lo personal. Cada individuo debe tomar conciencia y responsabilizarse del uso adecuado y de la disposición final.

Lecciones de la pandemia a la luz de la Encíclica Laudato sí

Lecciones de la pandemia a la luz de la Encíclica Laudato sí

Aplanar la curva de contagios por coronavirus ha sido un asunto de particular preocupación para los gobiernos. Transversal a este escenario han surgido una serie de reflexiones en torno a la necesidad de aplanar también la curva de la pobreza, desigualdad, discriminación, polarización, indiferencia y daño ambiental. En ese sentido, y con la intención de identificar las lecciones globales durante la actual pandemia, la Pontificia Universidad Javeriana llevó a cabo el pasado 28 de mayo el seminario web ‘Aprendizajes de la crisis del Covid-19 para afrontar el cambio climático’.

En esta jornada, a la luz de la Carta Encíclica Laudato Sí, expertos nacionales e internacionales presentaron las lecciones que como peregrinos de la ‘Casa común’ debe asumir la humanidad no solo para afrontar la actual situación sanitaria y social, sino también la crisis que vive el planeta con el calentamiento global.

“Somos parte de un todo, somos parte de la ‘Casa común’ y las transformaciones que se necesitan implican retos para el Gobierno y la sociedad. Esto significa, una nueva ética con la naturaleza”, afirmó Hernando García, director del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, quien también agregó el concepto de ‘salud planetaria’ al referirse a la preservación del equilibrio ecológico, solidario, natural y espiritual del hombre con el medio ambiente.

“La especie humana es un pequeño suspiro en la vida del planeta”, reflexionó García.

 

Se requiere una decisión clara de parte de los gobiernos y mercados internacionales para invertir en restauración de ecosistemas, recuperación de la agrobiodiversidad y control de la ganadería extensiva.
Se requiere una decisión clara de parte de los gobiernos y mercados internacionales para invertir en restauración de ecosistemas, recuperación de la agrobiodiversidad y control de la ganadería extensiva.

Manuel Pulgar-Vidal, exministro de ambiente de Perú y actual lider del Programa Internacional del Clima y Energía de WWF, añadió que la pandemia de la Covid-19 se debe interpretar desde la degradación del medio ambiente, la pérdida de especies y hábitats, el calentamiento global y la precaria calidad del agua y el aire en regiones de alta densidad poblacional, lo cual incide directamente en la proliferación de enfermedades como el Zika o el Chikunguña y, en este caso, la Covid-19.

Pulgar hizo un llamado al “renacimiento de la región”, basado en los aprendizajes de la pandemia. Resaltó que no existe un futuro sostenible sin consideraciones ambientales y climáticas, ni se puede pensar en una recuperación futura si no se incorporan las necesidades sociales. Abogó por una visión de sostenibilidad a largo plazo (año 2050) y finalmente dijo que es indispensable articular la economía mundial con la conservación de la naturaleza.

“La política y la economía tienden a culparse mutuamente por lo que se refiere a la pobreza y a la degradación del ambiente. Pero lo que se espera es que reconozcan sus propios errores y encuentren formas de interacción orientadas al bien común”: Jairo H. Cifuentes, Secretario General de la Universidad Javeriana, durante la apertura de la jornada.

Por otro lado, Jimena Puyana, coordinadora de Ambiente y Desarrollo Sostenible del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo de la ONU en Colombia, sostuvo que las enseñanzas que ha dejado el SARS-CoV-2 en materia de formulación de políticas públicas en países en vía de desarrollo, son: priorizar las inversiones que generan múltiples beneficios y propósitos a través de una ‘economía verde’; invertir en educación, salud e infraestructura desde una perspectiva de conservación, protección y sostenibilidad de la biodiversidad; apuntarle a impuestos que desincentiven la producción excesiva del carbono; apoyar las políticas de reforestación protectora y productora; invertir en las áreas protegidas; generar respuestas integrales -factores sociales, ambientales y económicos- para superar la crisis, y tener una conciencia clara de la vulnerabilidad humanidad evidenciada en la desigualdad y pobreza.

Citando a la revista científica Nature, Puyana destacó que “la pandemia ha ocasionado que el mundo reduzca entre el 17% y el 26% la producción de gases de efecto invernadero en comparación con el año pasado”.

El egresado javeriano Mauricio Rodríguez Castro, presidente de las firmas CO2Cero y EcoLogic, nutrió la conversación a partir de una perspectiva empresarial, desde la que es necesario implementar una economía circular mediante la reutilización de recursos; es decir, que los empresarios articulen sus proyectos con ideas de negocios sostenibles, amigables con el medio ambiente. En términos coloquiales, Rodríguez señaló que “la naturaleza nos está dando una cachetada”, razón por la cual, dijo, motivado por la situación de pandemia, que la sociedad debe pensar en una transformación profunda de su comportamiento, sus hábitos y cultura.

“Previamente se creía que las personas no eran productivas con el teletrabajo, pero la actual situación ha llevado a los empresarios a considerar esta nueva alternativa”, puntualizó Rodríguez Castro.

Finalmente, Andrés Rosas, decano la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas, y moderador del simposio, convocó a una rueda de respuestas alrededor de la pregunta ¿qué se puede hacer para cambiar el comportamiento de las personas frente a la crisis del cambio climático? Los panelistas afirmaron, en unanimidad, que la mejor forma para movilizar cambios sociales es entender que la humanidad es vulnerable y que la COVID-19 es un factor de sensibilización que debería llevar a las personas a conectar sus decisiones con su entorno, en este caso el medio ambiente, tal y como lo menciona la Encíclica Laudato Sí: “El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica capacidad de convivencia y de comunión”.

Este simposio se llevó a cabo en el marco de la celebración del quinto aniversario de la Encíclica Laudato Sí sobre el cuidado de la casa común y el acuerdo de las Naciones Unidas de la Agenda 2030 y sus Objetivos de Desarrollo Sostenible. Lo invitamos a revivir la jornada aquí.

Entre 1970 y 2015, la huella del hombre ha transformado más del 50% de los ecosistemas naturales en Colombia. 
Entre 1970 y 2015, la huella del hombre ha transformado más del 50% de los ecosistemas naturales en Colombia.
El mensajero del agua

El mensajero del agua

Para los wayuu, los jagüeyes —esos pequeños depósitos de forma lacustre en los que se acumula agua lluvia— son un recurso crucial para abastecerse de agua. De allí les dan de beber a los animales, riegan los cultivos y preparan los alimentos. Cuando se secan, viene la de Troya: una guerra por la supervivencia que, antes de eso, ya es bastante retadora. Con buenas intenciones, llegan entonces carrotanques con el apetecido líquido para repartir entre los habitantes o llenar los reservorios.

Pero la cosa no es así de simple, porque sobre estos la comunidad tiene una visión mística: a los jagüeyes los habitan dioses que controlan la lluvia, la sequía y el arcoíris, y que garantizan el acceso y uso del agua. Es a Pulowi (su diosa) a quien le corresponde enviar a Juya’a (la lluvia).

De ese calado es la complejidad de la situación. De ahí que para Nelson Obregón, a estas alturas de la vida —tiene 52 años—, sea tan evidente que el problema del agua, aquí y en Cafarnaúm, no es científico ni tecnológico, sino ético y psicosocial, pues cualquier solución que altere una cosmogonía o una dinámica cultural no es sostenible, a menos de que sea consensuada. Esa convicción es la que ha venido tejiendo este cucuteño emotivo y carismático que encontró en el agua un amoroso pretexto para estudiar y comprender la vida. No en vano el perfecto matrimonio entre oxígeno e hidrógeno constituye el 70 % de nuestro cuerpo y de lo que contiene la tierra.

Encontrar ese camino y transitar por él no fue una decisión premeditada, sino un acto de la Divina Providencia. No podía ser de otro modo para este espíritu creyente, fervorosamente mariano. De pequeño fue un bachiller ejemplar de la Escuela de Varones número 21 de Guaimaral, el barrio popular de su infancia. Cuando llegó el momento de decidir qué carrera seguir —un privilegio al que accedió el menor de seis hijos—, lo único que atinó a escribir en el formulario de inscripción de la Universidad Francisco de Paula Santander fue “ingeniería civil”, pues tenía solo un referente: la imagen de su padre, un hombre humilde que transportaba material y equipos de construcción en su volqueta, y que solía estar rodeado de ingenieros. A esa sucesión de fotogramas en su mente se aferró con ilusión de conocimiento y progreso.

Su historia de consagración al estudio se repitió, pese a tantas limitaciones. Pero ese solo fue el abrebocas para un hombre que estudió con hambre —literal y figuradamente— no solo su pregrado, sino también su maestría en Ingeniería Civil con énfasis en Ingeniería de Recursos Hídricos y Ambientales, en la Universidad de los Andes. Bogotá lo sedujo rápidamente y esta ciudad terminó dándole todas las oportunidades, de la mano de lo que él llama, sin rodeos, ángeles: su coterráneo y compañero de andanzas, Óscar Robayo; su profesor de maestría, Mario Díaz-Granados; y su mentor de doctorado, Carlos Puente, son solo algunos.

Aunque la capital ha sido su cuenca, su primer viaje fuera del país resultó definitivo para conjurar en él esa visión holística y esencial que lo caracteriza. En 1993 aterrizó en la Universidad de California, en Davis (EE. UU.), sin pronunciar palabra alguna de inglés, pero con la intención de asistir al investigador Puente en un proyecto puntual como auxiliar de laboratorio, encargado de hacer modelamiento matemático y computacional. Combinó su trabajo con el aprendizaje del idioma a través de lecturas técnicas, cursos cortos, el brío mismo de la subsistencia y un lenguaje universal que le arranca pasiones: el fútbol. A punta de muchos partidos, este mediocampista que proclama su afecto por el “doblemente glorioso” Cúcuta Deportivo se ha granjeado decenas de amistades.

Aquella estadía prevista para un año se extendió por un lustro, dado su creciente apetito de saber. Puente, a quien considera como un segundo papá, lo animó a hacer el doctorado en Hidrología y lo sumergió en las aguas profundas de las Ciencias de la Complejidad. “Me enseñó lo que significa ser un Ph.D., un philosophical doctor. De entrada me dijo que la hidrología no era una ciencia y que si quería entender genuinamente la naturaleza debía estudiar su fundamentación. Tomé muchos cursos de física, matemática, termodinámica, fluidos, teoría del caos, turbulencias, entre otros, que no solo me sirvieron para entender mi entorno y cimentar el conocimiento desarrollado, sino para convertirme en un mejor ser humano, que, en últimas, es el objetivo de un doctorado”, relata Obregón, en medio de una oficina austera que revela su actual grado de desapego.

El problema del agua, dice el hidrólogo Nelson Obregón, no es científico ni tecnológico, sino ético y psicosocial. 

Con título en mano, lo esperaba una tentadora propuesta de trabajo en la Bahía de San Francisco, pero sintió el llamado del terruño. En 1998 regresó a Bogotá sin ninguna oferta laboral. No obstante, él, que juega con las car- tas abiertas y es un convencido del poder de fluir —como el agua—, pronto halló su lugar: la academia. En 1999 ingresó como profesor asociado a la Pontificia Universidad Javeriana y, un año después, la Universidad Nacional de Colombia también le abrió sus puertas.

En la Javeriana, donde ya completa 21 años de trabajo ininterrumpido, ha tenido sus mayores logros: liderar la creación y dirigir la Maestría en Hidrosistemas, el Doctorado en Ingeniería y el Instituto Javeriano del Agua (IJA), un centro de investigación y pensamiento concebido para generar, articular y transferir conocimiento en torno a la gestión de este recurso vital, bajo una visión multidisciplinaria que integra proyectos de consultoría e investigación en sistemas socioecológicos, seguridad hídrica, ecosistemas y biodiversidad, aprovechamiento, conservación e infraestructura sostenible del agua, y que para ello se vale de la capacidad de las 18 facultades del alma máter.

Estos son sus tres hijos institucionales —como los llama—, aunque no los únicos. Además de otros tres de su entraña, tiene muchos hijos académicos. Aparte de los cientos que han pasado por su aula durante el pregrado, ha liderado más de 60 tesis de maestría, tanto de la Javeriana como de otras universidades, y 14 de doctorado, algunas en disciplinas distintas de la ingeniería.

Más allá de los registros de su hoja de vida —seis premios, cocreador de dos softwares, coautor de cinco libros y 53 artículos, entre otros— son sus alumnos los que le hinchan el corazón cuando piensa en un legado. Su pupila Paula Villegas asegura que “su facultad de acoger muchas áreas de estudio e integrar múltiples herramientas de trabajo me cambió mucho la mirada y la forma de resolver problemas. Es sereno, asertivo y con muy buen sentido del humor; un verdadero tutor que inspira”. Francisco Guerrero, quien fue estudiante suyo en maestría, agrega: “Una de las cosas que más recuerdo de él es esa manera que tiene de mezclar filosofía con sabiduría popular para crear una suerte de píldoras para la memoria. Una de ellas era ‘para un gallo fino siempre habrá otro gallo más fino’, con la que pretendía inculcarnos estar siempre vigilantes de nuestro ego, o ‘es más importante que el doctorado pase por usted que usted pase por el doctorado’”.

Nelson Obregón lleva más de 21 años ininterrumpidos como profesor e investigador de la Pontificia Universidad Javeriana, liderando proyectos como la Maestría en Hidrosistemas y el Doctorado en Ingeniería.

Aunque desde hace unos meses dejó de dictar clases en razón de su compromiso con el IJA, desde hace unos años Obregón se piensa a sí mismo como un profesor integrador, aquel que construye los puentes de unión del saber para poner de relieve las conexiones intrínsecas del universo. Lo conmueve tanto ese propósito que hace más de una década tomó dos decisiones aparentemente mundanas, pero para él trascendentales: no usar celular y despertarse todos los días a las dos de la mañana para pensar. “Me encanta la tecnología y hasta he dictado cursos de inteligencia artificial, pero pienso que los celulares han generado una gran despersonalización de las relaciones y han puesto en jaque una condición humana excepcional: el placer de pensar”. Ese es su mecanismo para cultivar la sabiduría de las personas y los hechos a su alrededor, y aportarles su cosecha a las comunidades y a los territorios: el lugar donde hoy está su corazón.

Página-anterior                    Siguiente-página                  Regresar-a-p51

¡Y llegó la primavera!

¡Y llegó la primavera!

La nieve que había sido una compañera constante, se ha ido y tengo que confesar que extraño su belleza; sin embargo, los diferentes colores como el café, el amarillo, el verde claro, el verde oscuro, un rojizo, que empiezan a surgir en las hojas de los árboles retoñando, también es algo muy hermoso de contemplar.

Además, se empieza a observar otro tipo de fauna que va llegando, a medida que el frío va cediendo. Como es el caso de la culebra rayada común (Thamnophis sirtalis), una especie de reptil diurno e inofensivo que habita en Estados Unidos y Canadá, de más o menos 60 centímetros de largo, tiene una cantidad muy baja de veneno que puede ser tóxica para anfibios, ratones y otros animales pequeños, pero no es peligrosa para el hombre. Estos reptiles salen de su periodo de brumación (disminución de actividad y alimentación durante el invierno) al inicio de la primavera.

Nohelia-Mayo4
Culebra rayada común (Thamnophis sirtalis)

Tuve la oportunidad de ir a remar al bello lago Grafton, un cuerpo de agua de alrededor de 1.3 km2 situado dentro de una reserva, ya que es un sitio activo de anidación de un ave que llega en primavera a los lagos de Norteamérica y Canadá. El colimbo grande (Gavia immer), es un animal realmente imponente. Observar sus colores verde, blanco y negro, que con los reflejos del sol se tornan a índigo, es ciertamente un espectáculo. Esta especie es un ave acuática buceadora y migratoria, que se encuentra en Norte América y Europa, mide entre 60 y 100 centímetros de largo, siendo más grande que los patos y llegando a pesar entre dos y seis kilogramos; además es piscívora (se alimenta de peces), a los cuales atrapa buceando. Puede llegar a profundidades de hasta 60 metros y durar sumergida por un periodo de tiempo de hasta tres minutos.

Colimbo grande o common loon (Gavia immer) nadando en el lago Grafton
Colimbo grande o common loon (Gavia immer) nadando en el lago Grafton

Otra especie de ave que logré ver en el lago Grafton, fue el ganso de Canadá (Branta canadensis) (fotografía del banner). Esta especie es monógama y por lo general sus individuos permanecen juntos, con su pareja, desde el segundo año de sus vidas hasta cuando mueren. A finales del invierno y principios de la primavera tienen sus polluelos, a los que vimos nadando en fila, permanentemente protegidos por cada uno de sus padres, ubicados al inicio y al final de la línea. Si se sienten bajo algún tipo de amenaza, el macho empieza a desplegar comportamientos agonísticos, como vocalizaciones frecuentes, apertura de sus alas y persecución. Pueden llegar a medir entre 80 y 110 centímetros y a pesar entre tres y ocho kilogramos. Son principalmente herbívoros, pero también pueden consumir insectos y peces.

Otra especie que observé al comienzo de la primavera fue una ranita muy particular, en realidad muchas personas dicen que ella es la que avisa con su canto el comienzo de esta estación. La rana de la primavera peeper (Pseudacris crucifer), mide tan solo entre 25 y 40 milímetros y pesa de tres a cinco gramos. La verdad es sorprendente como un animal tan pequeño puede llegar a vocalizar tan fuerte. Estar a pocos pasos de ellas era un poco aturdidor, pero aunque se oyen muy fuerte y claro, podrán imaginarse que no fue fácil encontrar un ejemplar en medio de la noche. Además de su pequeño tamaño, se camuflan muy bien entre las ramas de las orillas de los cuerpos de agua.

Nohelia-Mayo3
Ranita peeper de la primavera (Pseudacris crucifer)

Me encantó el invierno en el Norte de Estados Unidos y la primavera también ha traído su magia, y bueno, tal como están las cosas, lo más probable es que también pueda ver las sorpresas del verano.

El agua en Colombia: retos y desafíos para la gestión integral, conservación y usos del recurso hídrico

El agua en Colombia: retos y desafíos para la gestión integral, conservación y usos del recurso hídrico

Colombia cuenta con una riqueza hídrica excepcional, lo que ha permitido la formulación y ejecución de diversos proyectos de desarrollo en torno al agua, que implican grandes desafíos en su gestión diferencial e integral dentro del territorio dada la complejidad de los escenarios donde se desenvuelven. Proyectos tales como la hidroeléctrica de Ituango (Antioquia), la ampliación de la vía Santa Marta – Barranquilla, las actividades mineras del Cerrejón (Guajira), el fracturamiento hidráulico, la navegabilidad del río Magdalena y la construcción de un megapuerto en el Golfo de Tribugá (Chocó), traen consigo importantes afectaciones a los cuerpos naturales de agua y a los sistemas de que dependen de ella, causando daños irreparables en su estructura y función, para satisfacer a una sociedad en constante crecimiento.

Esto, no solo representa un riesgo para el ciclo hidrológico, ya que son cada vez más son más marcadas las transformaciones en todo el territorio nacional, sino que además se convierte en un riesgo para la salud humana y de los ecosistemas, especialmente por la aparición de enfermedades como el dengue, la alteración de los hidrosistemas, los conflictos por el uso y manejo del recurso hídrico y la falta de acceso en algunas zonas del país. Por tanto, es necesario avanzar en su conocimiento y puntualizar en decisiones fundamentadas por parte de los actores sociales e institucionales, que garanticen la sostenibilidad de los ecosistemas y el agua en el largo plazo, lo cual representa un desafío trascendental en la gestión y sostenibilidad del recurso. En este contexto, el ciclo de seminarios del Doctorado de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, invitó a distintos expertos para presentar sus percepciones y avances sobre el tema.

Es claro que la gestión del agua debe ser integrada con el territorio, donde exista una planificación participativa y articuladora que permita incluir los diversos intereses y necesidades de los actores, percepciones y conocimiento de este recurso, ya que las presiones sobre este, dependen de las dinámicas socioeconómicas y culturales en las que se encuentra inmerso. Por ejemplo, en la Represa del Cercado ubicado entre los municipios de Distracción y San Juan del Cesar (Guajira) y en el Distrito de Riego a Gran Escala de María La Baja, región de Montes de María (Bolívar), el agua es percibida como un recurso necesario en escenarios extractivos principalmente, de monocultivos como el arroz y la palma. Para lograrlo, se han construido infraestructuras al servicio de estas actividades, muchas veces con poca rigurosidad técnica y con una visión cortoplacista, afectando el acceso, uso y control del recurso de manera sostenible.

Guajira-Andres-BlancoIMG_20200202_133440974

De igual manera, la Ciénaga Grande de Santa Marta (Magdalena), ha tenido un proceso histórico de transformación del agua producto de diversos intereses de actores políticos y sociales. Desde las canalizaciones para cultivos, pasando por la ampliación de la frontera agropecuaria, la deforestación, la implementación de grandes obras de infraestructura (carreteras, diques) y la consolidación de distritos de riego, se han modificado los afluentes del sistema. Esto resulta, en una fuerte modificación del complejo cenagoso, alterando su funcionalidad y resiliencia frente a cambios futuros, limitando la oferta de servicios ecosistémicos, fundamentales para la subsistencia y cotidianidad de las comunidades, cuyos medios de vida dependen de este ecosistema.

Hablando de proyectos futuros, el Golfo de Tribugá ha tomado una relevancia reciente, por la iniciativa del gobierno actual, de desarrollar un puerto multipropósito de aguas profundas en el Chocó. Su ubicación geográfica estratégica (en el Pacífico Norte de Colombia) le confiere particularidades oceanográficas que lo diferencian del Centro y Sur del Pacífico colombiano, además de la inmensa riqueza biológica que allí se concentra. Aunque son claros los intereses de algunos sectores económicos y políticos en la construcción de este puerto, existe una preocupación por la alteración e impacto negativo que se puede generar hacia este ecosistema. Esto trae consigo desafíos en la gestión del territorio por parte de las autoridades ambientales y académicas, en el sentido de generar una planificación y gobernanza articuladora y cooperativa, que busquen garantizar la integridad del sistema.

Por otra parte, los procesos de urbanización y de expansión urbana, también alteran el ciclo hidrológico, debido a la eliminación de cobertura vegetal, la generación de residuos sólidos y líquidos, al incremento de áreas impermeables que reducen la infiltración y otras actividades asociadas. La concentración de la población en los centros urbanos y la facilidad en el acceso al recurso, gracias a la infraestructura de acueducto y alcantarillado, influyen en el comportamiento humano frente al manejo del agua en las ciudades, lo que puede llevar por una parte al uso insostenible del recurso y por otra, al almacenamiento de agua para diversos usos, que en algunos casos es mal manejado, favoreciendo la aparición de vectores que trasmiten enfermedades como el Dengue, Chikunguña y Zika, entre otras.

Es así como modelos matemáticos desarrollados por el Dr. Mauricio Santos Vega y su equipo del Grupo de investigaciones en biología matemática y computacional, de Ingeniería Biomédica de la Universidad de los Andes, buscan ayudar a entender cómo y porqué en la ciudad de Ibagué, por ejemplo, las poblaciones humanas almacenan agua para usos sanitarios y de reserva, muchas veces sin las medidas de manejo adecuadas, favoreciendo la proliferación del mosquito, vector de enfermedades virales que representan un riesgo para la salud pública de la población.

Adicionalmente, frente a las diferentes formas de ver el agua y los impactos generados sobre ella, existe la necesidad de plantear soluciones para su gestión integra y uso sostenible. Desde el análisis de narrativas y la ecología política, se puede tener una aproximación a otras formas de analizar el agua, según la profesora Catalina Quiroga y su equipo del grupo de investigación Cultura y Ambiente de la Universidad Nacional de Colombia. Más allá de tener una mirada en función de su uso del recurso hídrico para las actividades económicas, las comunidades también tienen un rol importante en asignar un significado propio en donde se ve expresada su cotidianidad, lo que les permite tanto a estas como al Estado, reconocer estas percepciones, en ocasiones antagónicas, pero que coinciden en ofrecer soluciones técnicas y políticas más acertadas de acuerdo con la realidad socioecológica de cada territorio.

Además, la Dra. Sandra Vilardy y su equipo del grupo de investigación de la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes, resaltan la necesidad de comprender las dinámicas dentro de los hidrosistemas abordando la gestión con base en las complejidades del territorio, a partir de la construcción de la capacidad de resiliencia de los mismos, por medio de lo cual se permita negociar los intereses y necesidades de los diversos actores que usan el recurso. Necesariamente, se debe tener una forma de gobernanza articuladora y cooperativa que incluya elementos basados en la memoria e identidad del territorio, la diversidad ecológica, las innovaciones, el aprendizaje y la adaptación.

Asimismo, resalta la necesidad de consolidar redes de interacción hacia esferas policéntricas, multinivel, multidisciplinarias y con los habitantes, que complementen las debilidades institucionales, reconociendo las limitaciones y sesgos en la comprensión de los fenómenos ecológicos, sociales y culturales, para generar y divulgar información, así como para el diseño de herramientas de política pública y gestión territorial, como insumos para asesorar a los tomadores de decisiones, y que permita revitalizar el capital social, humano y el bienestar de los pobladores.

Otro aspecto a considerar es la búsqueda de alianzas estratégicas con universidades, organizaciones locales y otras instituciones de investigación, que permitan generar estudios científicos con mayor rigurosidad y de alta calidad, a fin de obtener información más acertada, que complemente la evaluación de impactos y riesgos ambientales para la toma de decisiones. Este es el propósito de la Dra. Natalia Botero, directora de la Fundación Macuáticos, durante su estancia postdoctoral en la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, quien en conjunto con otras instituciones, como la Universidad de los Andes, la Comisión Colombiana del Océano y Applied Ocean Sciences, busca realizar estudios que permitan obtener informaciones de línea base para los tomadores de decisiones sobre los impactos que pueden tener contaminantes como el mercurio o como el ruido generado por el tráfico marítimo en la salud de las ballenas jorobadas, en áreas estratégicas para su reproducción como es el Golfo de Tribugá.

También es importante promover espacios de discusión con distintos actores sociales dentro de los cuales se visibilicen los impactos ambientales que pueden ocasionar los diferentes proyectos de infraestructura, minería, hidrocarburos, urbanísticos y asociados, tanto para las comunidades locales como para los ecosistemas. Es aquí, donde cobra importancia el enfoque socioecológico que incluye la complejidad del sistema: sociedad y entorno natural, y que aún hoy, se continua en proceso de exploración y entendimiento, donde exista una mirada sistémica y no sectorial para generar soluciones a los problemas relacionados con el agua. Además, debe existir una interdisciplinariedad en el análisis, que permita articular los marcos conceptuales y tratar de acercarse a la realidad de los impactos y relaciones causales, con el fin de entender los mecanismos por los cuales se generan estos problemas.

En este contexto, según el Dr. Nelson Obregón, director del Instituto Javeriano del Agua, resulta necesaria la evaluación de los impactos ambientales ex-ante dentro de un marco de sistemas socioecológicos, utilizando las herramientas tecnológicas disponibles con el fin de tratar de modelar los efectos que pueden generar los proyectos y actividades humanas en diferentes escenarios sociales y naturales, articulando los instrumentos de política pública, algunos como planes de ordenamiento territorial, planes de riesgos ambientales, planes de gestión y conservación del recurso hídrico. Este nivel de análisis permite cuestionarse si los instrumentos establecidos son realmente eficientes o si, por el contrario, a pesar de que se cuenta con un amplio número de ellos, en la práctica, son inoperantes.

En definitiva, el agua debe entenderse como un eje articulador del territorio, que soporta el funcionamiento de los ecosistemas, la diversidad biológica y el desarrollo social, y por ello, su gestión integral debe ser prioritaria, pues a partir de ella se construyen realidades socioculturales y se moldean los socioecosistemas. Referirse a la sostenibilidad del territorio en torno al agua, y a su relación con la esfera socioeconómica y cultural de las regiones a diferentes escalas, en un marco de análisis de los sistemas socioecológicos, permite comprender al agua, no sólo como un servicio ecosistémico de suministro, sino como un componente fundamental para hablar de planeación ambiental del territorio, estructura ecológica y servicios ecosistémicos. De manera complementaria, incorporar nuevas formas de trabajo en redes, que articulen los instrumentos de planificación del agua y el territorio desde lo local, lo regional hasta lo nacional, es una necesidad para crear una coordinación interinstitucional que aporte a la sostenibilidad ambiental de los hidrosistemas de nuestro territorio.


* Autores: Rosa Hernández-Gómez, Clara Morales-Rozo, Hélmer Llánez, José María Castillo, Natalia Espinosa, Andrés Blanco, Andrea Luna-Acosta.

¡Hasta pronto, Antártida!

¡Hasta pronto, Antártida!

En los últimos días tuve la oportunidad de conocer la base italiana Mario Zucchelli. Nos organizaron por grupos para poder bajar y pisar por primera vez la Antártida. En aproximadamente dos horas hicimos un recorrido para conocer las instalaciones de la base y a algunas personas que trabajan allí; nos llevaron también a una casita de madera donde todos los que visitan la base escriben lo que quieran y plasman su firma. Fue una experiencia diferente e interesante, pues llevábamos más de un mes abordo, sin hacer mucho ejercicio y con el movimiento constante del barco.

Luego llegó el día del adiós. Dejamos el ‘Continente Blanco’ y tomamos rumbo a Nueva Zelanda. En ese instante me di cuenta de que el tiempo se había acabado. No sé en qué momento se pasaron casi 30 días en ese paraíso. Nos encontrábamos en frente de la estación italiana cuando la jefe científica de la expedición hizo sonar la bocina del barco en tres ocasiones, en señal de despedida. Yo simplemente me quedé afuera, observando el hermoso paisaje, mirando por última vez al volcán Melbourne, un volcán activo de alrededor 2700 metros de altura. En ese momento empecé a tomar fotos de la espectacular Antártida y me embargaron muchos sentimientos, no pude evitar que las lágrimas rodaran por mis mejillas. Sentí mucha alegría por haber tenido esta mágica experiencia, pero mucha tristeza por dejar el que, para mí, es el lugar más hermoso de la Tierra. Tengo mucha gratitud con el universo y con todas las personas que hicieron posible que este sueño se hiciera realidad. Hay muchos deseos de repetirlo.

Volcán Melbourne
Volcán Melbourne.

Así empezamos seis días de navegación con rumbo a Lyttelton (Nueva Zelanda). Desafortunadamente nos tocó pasar entre dos tormentas en el Pacífico Sur, por lo cual el movimiento se hizo más fuerte a medida que salíamos del mar de Ross. Tengo que confesar que no fueron días muy placenteros, de nuevo muchos de los investigadores se sintieron mal y tuvieron que pasar el mayor tiempo del viaje en cama. Yo sentía un poco de dolor de cabeza, pero lo malo es que no se puede hacer ninguna actividad, no podía sentarme a trabajar en el computador porque me mareaba, solo estuve los dos primeros días en el puente de la embarcación tratando de ver algún mamífero marino, luego me tocó estar en la parte más baja del barco, conversando con otros investigadores, tratando de tocar guitarra, tratando de hacer que el tiempo pasara rápido. Sin embargo, le dije a un investigador que si ese era el precio que tenía que pagar para ir a la Antártida, estaba dispuesta a pagarlo todas las veces que fuera necesario.

Cuando nos encontrábamos llegando a Nueva Zelanda, el clima se calmó un poco y pude volver a retomar los avistamientos. Así fue como observé saltando el lobo marino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri), sacando su cabeza del agua para ver el bote y nadando en varias ocasiones.  Su distribución se restringe a Nueva Zelanda y al suroccidente de Australia; puede llegar a medir entre 1.5 y 2 metros; tienen orejas externas y aletas traseras que rotan hacia delante; pueden bucear de 10 a 15 minutos y bajar a profundidades de hasta 300 metros. En la isla sur de Nueva Zelanda hay varias colonias de esta especie.

 

Lobo marino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri)
Lobo marino de Nueva Zelanda (Arctocephalus forsteri)

El último avistamiento que tuve fue el de los delfines de Héctor (Cephalorhynchus hectori). Fueron solo dos minutos en los que cuatro individuos se acercaron a la embarcación, luego jugaron en la proa y desaparecieron. Esta especie es endémica, es decir que solo la podemos ver en Nueva Zelanda. Desafortunadamente esta especie se encuentra en peligro de extinción, las mallas de pesca han sido las principales responsables de su estado de amenaza ya que muchas son hechas con materiales muy delgados y que en muchos casos estos animales no detectan cuando se alimentan. Este es uno de los cetáceos más pequeños, llegando a medir aproximadamente 1.5 metros y a pesar aproximadamente 50 kilogramos.

Delfín de Héctor (Cephalorhynchus hectori)
Delfín de Héctor (Cephalorhynchus hectori)

Quiero agradecer a la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana, especialmente al director del Departamento de Biología, Carlos Rivera Rondón, y a la productora general de la revista Pesquisa Javeriana, Claudia Marcela Mejía Ramírez, por su trabajo, apoyo y compañía, para vivir este sueño conmigo. También al jefe de la expedición, Riccardo Scipinotti, quien con su esfuerzo y alegría constante generó un muy buen ambiente de trabajo abordo; además, gracias a toda la tripulación del buque Laura Bassi y a los  investigadores con los que compartí momentos que quedarán por siempre en mi memoria.

>> Conoce aquí la aventura completa.


* La participación de la egresada javeriana en biología Nohelia Farías Curtidor a esta expedición cuenta con la financiación de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana.