El año que dedicamos al ambiente

El año que dedicamos al ambiente

Visitamos el mar profundo, atravesamos los ríos amazónicos, recorrimos senderos ecológicos, plantamos nuevas especies en las montañas andinas. El 2018 fue un año de desafíos ambientales para Pesquisa Javeriana, uno en el que nos empleamos a fondo para contar las intensas investigaciones que científicos javerianos han venido realizando en aras de preservar y proteger nuestros ecosistemas.

De esa forma fuimos testigos de excepción de expediciones submarinas, analizamos los efectos convulsos que el desarrollo hidroeléctrico ha tenido sobre Colombia, indagamos por la salud de especies submarinas, como los tiburones, conversamos con las comunidades que protegen las especies nativas en su territorio, entre muchas otras actividades, con las cuales produjimos historias sobre la huella que vamos dejando en nuestro planeta.

Aquí les presentamos nuestros mejores trabajos, y renovamos así nuestro compromiso en 2019 para seguir indagando sobre las transformaciones que el hombre ha realizado en el planeta, al igual que sus consecuencias.


1.
Encuentran pequeños peces en aguas subterráneas de los Llanos

/Alexander Urbano, Jhon Zamudio y Jorge García.
/Alexander Urbano, Jhon Zamudio y Jorge García.

Un sencillo ejercicio de observación en una finca del pie de monte llanero les permitió a los científicos javerianos descubrir, con gran asombro, la presencia de pequeños bagres (parecidos a lombrices) de origen amazónico en la cuenca del Orinoco. En este reportaje, acompañamos a los ictiólogos javerianos en su identificación.


2. Turismo ecológico, con sello de calidad

/Cortesía, Juan Ricardo Gómez.
/Cortesía, Juan Ricardo Gómez.

El avance del ecoturismo llevó al biólogo Juan Ricardo Gómez a centrar su tesis doctoral en las certificaciones ecológicas concedidas a los hoteles. De su mano, analizamos las enseñanzas que el modelo costarricense ha consolidado y la forma en la que las autoridades colombianas lo vienen implementando.


3. Amazon Fish, el reto de consolidar la riqueza acuática de la Amazonía

/Tiago Carvalho
/Tiago Carvalho.

La inquietud de académicos europeos, estadounidenses y suramericanos sobre los peces de la Amazonía los llevó a crear el proyecto Amazon Fish, la base de datos con la que pretenden recabar la mayor información sobre la fauna subacuática de esta región. En este artículo, y a partir del memorando de entendimiento firmado con el gobierno colombiano para implementarlo, reconstruimos los pasos de ecólogos e ictiólogos por los ríos selva adentro.


…Y una mención especial

/Diederik Ruka.
/Diederik Ruka.

Cundinamarca se ha convertido en un bastión para los viveristas que cultivan orquídeas nativas. Por ello, la Pontificia Universidad Javeriana se alió con el Instituto Humboldt y el Jardín Botánico de Bogotá para, por medio de capacitaciones, desarrollar buenas prácticas con las comunidades locales. Nuestros periodistas consignaron en video sus aprendizajes y experiencias.

Viveristas cultivan conocimiento desde sus fincas

Viveristas cultivan conocimiento desde sus fincas

Investigación e innovación tecnológica y apropiación social de conocimiento científico de orquídeas nativas de Cundinamarca es el proyecto desarrollado entre académicos del Instituto de Investigación en Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, el Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá y la Pontificia Universidad Javeriana con viveristas, productores y comercializadores de la región.

Pesquisa Javeriana estuvo presente en el cierre del proyecto en Chinauta, Cundinamarca, conversando con los cultivadores quienes explicaron por qué este proyecto se convirtió en un proceso de apropiación social del conocimiento.

 

Luego de tres años de trabajo (2015 – 2018), productores y distribuidores de orquídeas del departamento de Cundinamarca encontraron que si creaban agremiaciones, intercambiaban especies nativas de estas flores y educaban a la comunidad de provincias como San Antonio del Tequendama y Sumapaz sobre la biodiversidad de la región, podrían potenciar su uso y conservación. No en vano, Fusagasugá, otro municipio beneficiado por la investigación, es conocida nacionalmente como la ‘Ciudad jardín de Colombia’ y el hogar de la Exposición Nacional de Orquídeas que se realiza anualmente.  

Estos hallazgos son parte del resultado del proyecto de investigación que presentó la Gobernación de Cundinamarca ante el Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación del Sistema General de Regalías para aumentar el conocimiento sobre las orquídeas en el departamento y orientar a los productores locales de la zona sobre su conservación.

Como resultado de la investigación se diseñó un plan de trabajo entre viveristas, productores y comercializadores de la región y académicos con el fin de diversificar el material vegetal usado en el cultivo de sus flores e implementar las buenas prácticas de producción para potenciar su comercialización sin desconocer los marcos normativos.

 

 

Viveristas cultivan conocimiento desde sus fincas

Viveristas cultivan conocimiento desde sus fincas

Investigación e innovación tecnológica y apropiación social de conocimiento científico de orquídeas nativas de Cundinamarca es el proyecto desarrollado entre académicos del Instituto de Investigación en Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, el Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá y la Pontificia Universidad Javeriana con viveristas, productores y comercializadores de la región.

Pesquisa Javeriana estuvo presente en el cierre del proyecto en Chinauta, Cundinamarca, conversando con los cultivadores quienes explicaron por qué este proyecto se convirtió en un proceso de apropiación social del conocimiento.

Luego de tres años de trabajo (2015 – 2018), productores y distribuidores de orquídeas del departamento de Cundinamarca encontraron que si creaban agremiaciones, intercambiaban especies nativas de estas flores y educaban a la comunidad de provincias como San Antonio del Tequendama y Sumapaz sobre la biodiversidad de la región, podrían potenciar su uso y conservación. No en vano, Fusagasugá, otro municipio beneficiado por la investigación, es conocida nacionalmente como la ‘Ciudad jardín de Colombia’ y el hogar de la Exposición Nacional de Orquídeas que se realiza anualmente.

Estos hallazgos son parte del resultado del proyecto de investigación que presentó la Gobernación de Cundinamarca ante el Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación del Sistema General de Regalías para aumentar el conocimiento sobre las orquídeas en el departamento y orientar a los productores locales sobre su conservación.

Como resultado de la investigación se diseñó un plan de trabajo entre viveristas, productores y comercializadores de la región y académicos con el fin de diversificar el material vegetal usado en el cultivo de sus flores e implementar las buenas prácticas de producción para potenciar su comercialización sin desconocer los marcos normativos.

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Lupa sobre las orquídeas de Cundinamarca

Lupa sobre las orquídeas de Cundinamarca

Nelcy Rut es una mujer de mediana estatura, pelo corto y delicadas pero firmes manos con las que suele acariciar uno de sus más grandes tesoros: una orquídea Stanhopea impactante por sus enormes pétalos color salmón. Rut no solo es conocida por ser la heredera de una tradición de seis generaciones en el cultivo de flores, también porque conserva más de 30 especies de orquídeas nativas del municipio de San Antonio del Tequendama, Cundinamarca.

Es una mujer de carácter; la fuerza en su voz y la seguridad con la que defiende la riqueza biológica de su departamento la han convertido en una de las lideresas regionales de un programa piloto de la Gobernación de Cundinamarca. Este fue creado para aumentar el conocimiento sobre la riqueza, la ecología, el estado de conservación y la propagación de las orquídeas en ese departamento, y para fortalecer las actividades productivas de los cultivadores de las provincias de Sumapaz y Tequendama.

“Cuando construimos el proyecto tuvimos en cuenta puntos clave”, cuenta el investigador javeriano Néstor García. “Uno, que en Colombia hay una diversidad gigantesca de orquídeas; dos, que son muy importantes como especies ornamentales, y tres, que muchas de las especies son traficadas y extraídas del medio silvestre, lo cual las ha puesto en riesgo de extinción”.

Gracias a esta diversidad y al auge que despertó entre 1783 y 1816 la Real Expedición Botánica, liderada por José Celestino Mutis con el registro de más de mil especies de orquídeas, las élites europeas empezaron a recorrer Cundinamarca con el fin de colectar las más grandes y vistosas flores para sus propias colecciones. Hoy, 200 años después, se han identificado más de 25.000 especies de orquídeas, de las cuales unas 4.270 están en el territorio nacional, lo que convierte a Colombia en el país con mayor número de especies en el mundo.


La investigación en etapas

El proyecto, desarrollado a través del Fondo Ciencia, Tecnología e Innovación del Sistema General de Regalías, con la gestión de Rocío Puentes, coordinadora de proyectos regionales de la Pontificia Universidad Javeriana, se implementó en tres etapas:

En la primera, investigadores del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, el Jardín Botánico José Celestino Mutis de Bogotá y la Javeriana se encargaron de levantar el estado de las orquídeas en el departamento a partir de una exploración social, biológica y económica realizada en campo con las comunidades, y de la recopilación de las normas y políticas sobre el uso de estas especies en la región.

Esta información demostró que en Cundinamarca crecen de manera silvestre 1.003 especies de orquídeas, de las cuales 91 son comercializadas, entre las que están la Cattleya trianae o ‘lirio de mayo’, conocida por ser el símbolo patrio y tener plasmados en su pétalo central los colores amarillo, azul y rojo de la bandera colombiana; la Masdevallia caudata, caracterizada por crecer entre sombras y zonas humedas, y la Miltoniopsis vexillaria o ‘pensamiento de orquídeas’, que se destaca por sus amplias flores blancas en forma de mariposa y por sus intensos tonos lila en el centro de sus pétalos.

Durante la segunda fase, el grupo de trabajo seleccionó las orquídeas con potencial para comercialización para estudiar su estado de conservación, analizar los medios de propagación in vitro y convencional y, posteriormente, hacerles un estudio de correspondencia genética en el laboratorio de la investigadora javeriana Myreya Pinedo-Castro. El propósito era corroborar la identidad taxonómica de las especies, de acuerdo con Camilo Cárdenas, líder del proyecto de propagación in vitro del Jardín Botánico.

Teniendo en cuenta su fragancia, atractivo visual, longevidad, tamaño, número de ‘botones’ y la frecuencia de floración, identificaron 20 especies, entre ellas la Encyclia cordigera, reconocida por su forma de estrella y su particular tono púrpura; la Comparettia falcata, también llamada ‘llovizna magenta’ por sus pequeños pétalos que alcanzan menos de dos centímetros; la Lueddemannia pescatorei, de color amarillo intenso, y la Miltoniopsis phalaenopsis, de delicadas hojas blancas con diminutas manchas rosa. En esta etapa el grupo identificó que, de la totalidad de especies nativas de Cundinamarca, 38 están amenazadas: dos especies están en peligro crítico (CR), 14 en peligro (EN) y 22 en estado de vulnerabilidad (VU).

La tercera fase consistió en el desarrollo de actividades de apropiación social del conocimiento a través de cursos liderados por el Jardín Botánico, cuyos investigadores compartieron con los viveristas métodos tradicionales de propagación de orquídeas a través del riego con suplementos orgánicos como el agua de coco, la pulpa de banano o el jugo de piña y, de forma in vitro, mediante el cultivo de tejidos en laboratorios para usar las células vegetales y así regenerar las especies amenazadas.

La investigación encontró que en Cundinamarca crecen de manera silvestre 1.003 especies de orquídeas.
La investigación encontró que en Cundinamarca crecen de manera silvestre 1.003 especies de orquídeas.


Retos para la conservación y el uso sostenible de las orquídeas

La investigación finalizó con el lanzamiento del libro Orquídeas de Cundinamarca: conservación y aprovechamiento sostenible, el cual fue presentado públicamente el pasado mes de abril y en cuyo prólogo Brigitte L. G. Baptiste, directora general del Instituto Humboldt, escribió: “Este es un aporte a la implementación del Plan Nacional para el Estudio y Conservación de las Orquídeas del país mediante la generación de información sobre diversos aspectos de este grupo de plantas en el departamento y la identificación de necesidades y oportunidades a nivel global”.

Sin embargo, aún son bastantes los retos que quedan por enfrentar. Por ejemplo, la formalización del sector viverista y la legalización de empresas formales dedicadas al cultivo de orquídeas, ya que las especies propias de los municipios de San Antonio del Tequendama y Fusagasugá no son suficientes para competir con el mercado internacional debido a la priorización de las especies importadas sobre las nativas al momento de adquirir un ejemplar. Actualmente, una cultivadora como Nelcy Rut vende las Epidendrum, Stelis y Pleurothallis entre 10.000 y 40.000 pesos, mientras que un vendedor al detal la comercializa a precios que van desde los 30.000 a los 70.000 pesos.

Garantizar un modelo sólido de divulgación que les permita a los viveristas conocer las normativas para la comercialización de las especies vegetales en el país es otro desafío que implica un trabajo colaborativo entre instituciones como la CAR, Corpoica y Corporinoquia. Así, la cifra de orquídeas decomisadas por mercadeo ilegal disminuiría: más de 4.557 plantas fueron decomisadas y llevadas al Jardín Botánico para su conservación durante lo corrido del 2017.

Por último, el proyecto requiere una siguiente fase en la que se evalúe el impacto de las estrategias de conservación y uso sostenible de orquídeas en fincas y las actividades productivas de los viveristas. Nelcy Rut, quien tiene más de 20 años en la agricultura, reconoce que gracias al proyecto se ha interesado en usar el método de cultivo in vitro para sacarle mayor provecho a su tierra y en enseñarles a otros a hacer lo mismo.


Para leer más:

  • Castellanos-Castro, C. y Germán Torres-Morales. 2018. Orquídeas de Cundinamarca: conservación y aprovechamiento sostenible. Bogotá: Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, Pontificia Universidad Javeriana, Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria (Corpoica), Gobernación de Cundinamarca.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Investigación e innovación tecnológica y apropiación social de conocimiento científico de orquídeas nativas de Cundinamarca
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Néstor Julio García Castro
COINVESTIGADORES: Myreya Pinedo-Castro y Manuel Ruiz-García
Departamento de Biología, Facultad de Ciencias, Pontificia Universidad Javeriana
Corporación Colombiana de Investigación Agropecuaria (Corpoica, Centro Tibaitatá)
Jardín Botánico José Celestino Mutis
Instituto de Investigaciones en Recursos Biológicos Alexander von Humboldt
Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Gobernación de Cundinamarca
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2015-2018

Científicos restauran paisaje del Neusa

Científicos restauran paisaje del Neusa

Como si fuera una obra de arte, investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana restauran el Parque Forestal Embalse del Neusa, en Cundinamarca, donde hace unos años solo pinos de más de 20 metros de altura conformaban el paisaje. No puede negarse que era un bonito bosque; era agradable caminar sorteándolos, con ese olor tan particular y ese colchón formado por sus hojas secas color café, en forma de aguijones largos y delgados –acículas­–, que a veces alcanzan un grosor de 30 centímetros. La verdad es que se trata de una especie foránea que desplazó a los árboles nativos en un intento por evitar la sedimentación del embalse.

La vegetación altoandina nativa fue talada: encenillos y siete cueros, gaques y chuques, tunos y arbolocos, chilcos, ají de páramo y arrayanes desaparecieron, y con ellos se fueron los conejos silvestres, los faras y los zorros de monte, así como algunos reptiles y anfibios que solían acercarse a la orilla del embalse.

Desde hace más de seis años, los investigadores suben hasta los 3.050 msnm del Neusa y, a medida que estudian las posibilidades de restaurar el ecosistema degradado por la acción de las especies exóticas para recuperar el bosque nativo original, proponen nuevos proyectos en los que integran a las comunidades campesinas de los municipios de Tausa y Cogua. Incluso los alumnos de la Institución Educativa Departamental San Antonio, Sede Páramo Bajo de Tausa, forman parte de las investigaciones: Sonia, Angie, Edwin, Sergio y Ronald, entre otros chicos de cuarto a décimo grados, acompañan a los científicos a trepar por la montaña para entender las dinámicas del bosque nativo y sembrar nuevos –pero realmente originarios– árboles del altiplano altoandino.

Ellos ya saben la diferencia entre reforestar y restaurar. “Con la reforestación logramos restablecer una cobertura vegetal y no necesariamente de especies nativas”, explica la bióloga Sofía Isabel Basto. En cambio, “la restauración ecológica asiste la recuperación de los ecosistemas degradados para recuperar los componentes y funciones en el ecosistema original”; es como ir tejiendo la historia misma del paisaje: “qué había antes, en qué cantidad, cuáles eran las relaciones entre una especie y otra”.


Tres proyectos en un solo ecosistema

El primer proyecto de investigación ha diseñado estrategias para implementar la restauración ecológica con especies nativas en terrenos donde se han talado los pinos y evitar que otras especies invasoras, como el helecho marranero, el retamo espinoso o la mora silvestre, comiencen a ‘marcar terreno’ por la facilidad que tienen de llegar, echar raíces y propagarse.

El proyecto de la Pontificia Universidad Javeriana busca acelerar el proceso de sucesión natural del bosque, pues de no hacerlo demoraría décadas en volver a su estado original.
El proyecto de la Pontificia Universidad
Javeriana busca acelerar el proceso de sucesión
natural del bosque, pues de no hacerlo demoraría
décadas en volver a su estado original.

En convenio con la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), el grupo de investigación Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis) estableció parcelas en tres sectores del parque –Guanquica, Chapinero y Laureles– para monitorear lo que ocurre después de la tala y caracterizar cuatro componentes: la vegetación, los suelos, la macrofauna edáfica –otros organismos que lo habitan, como hormigas, escarabajos, lombrices, arañas y ciempiés– y la avifauna, que es clave, pues sus especies son dispersoras de semillas, polinizadoras de plantas y controladoras de plagas. Con sus binóculos, cámaras y mucha paciencia, los ornitólogos encontraron 73 especies de aves, entre ellas copetones, picaflores, atrapamoscas, colibríes, carpinteros, cucaracheros y tángaras.

La Escuela de Restauración Ecológica (ERE) lleva 14 años de trabajo en restauración ecológica.

Por ser un grupo interdisciplinario, las reuniones luego de las salidas de campo han sido jugosas en información. Cada especialista cuenta sobre sus avances con un eje común: deben comparar cómo se comporta cada uno de estos componentes en tres sectores: uno tenía cuatro meses después de la tala, otro dos años y medio y, en el último, los pinos se habían talado hace cuatro años y medio. “Al conocer cuáles eran las especies que dominaban en cada grupo, pudimos hacer predicciones sobre las trayectorias que puede tomar el ecosistema después de la tala de especies exóticas”, explica la profesora Basto.

El segundo proyecto profundizó en los bancos de semillas, el conjunto de semillas viables que se acumulan en el suelo después de que han sido dispersadas y todavía no han germinado en el ecosistema. Si se encuentran suficientes de ellas en el suelo, el banco puede ser utilizado como fuente de material vegetal para reintroducir las especies perdidas en los ecosistemas degradados. En el bosque de pinos, las semillas se encuentran debajo del colchón formado por las acículas; en el bosque de encenillos, están debajo del colchón de musgo húmedo y requeteverde, características típicas de cada ecosistema.

Las aves, como dispersoras de semillas, las dejan caer al suelo y, cuando estas se acumulan, forman el banco de semillas.
Las aves, como dispersoras de semillas, las dejan caer al suelo y, cuando estas se acumulan, forman el banco de semillas.

En la plantación de pinos, en el bosque nativo y en los tres sectores postala estuvieron los investigadores y estudiantes de la región buscando semillas y caracterizando el lugar: revisando olores, colores, fauna… En el borde de la plantación, los investigadores encontraron las semillas en las deposiciones de las aves, y los niños aprendieron cómo ellas las dispersan.

“Lo que estamos viendo”, explica la profesora Basto, “es que muy pocas semillas se encuentran en el bosque nativo, no tantas como esperábamos, y definitivamente encontramos muchas menos en la plantación de pinos”. La zona postala de dos años y medio es la que presenta mayor abundancia y riqueza de semillas, en tanto que en la de cuatro años y medio se estabiliza la cantidad. Los investigadores esperaban que en esta última siguiera aumentando. ¿Qué pasa allí? El problema son las especies invasoras. Muchas de las semillas de las plantas exóticas pueden durar más de 30 años dormidas, despertarse, germinar y regenerar la especie.

Aquí entra el tercer proyecto, el más reciente, cuyo objetivo es evaluar estrategias para eliminar el retamo espinoso y restaurar las áreas que han sido invadidas por esta especie, que aquí crece más que en su nativa Europa, rodea los caminos y ahora florece en potreros donde antes se cultivaba papa criolla y zanahoria o donde pastaban vacas y ovejas.

Apoyados por el Acueducto de Bogotá, el proceso inicia con el corte manual o mecánico de la planta con machete, guadaña o motosierra; sigue con la trituración del material con una chipeadora y luego se aprovecha al convertirlo en compost.

Las semillas son el problema de esta planta, no solo porque produce muchísimas sino porque, como están en una vaina, las altas temperaturas del mediodía hacen que esta explote y las disperse hasta una distancia de casi diez metros a la redonda. La semilla es tan pequeña, entre uno y dos milímetros, que ni siquiera la chipeadora la puede triturar. Además, como pueden durar tanto, su banco de semillas es una amenaza para el ecosistema invadido y los vecinos.

Una de las especies invasoras más dañinas para el ecosistema altoandino es el retamo espinoso. Los investigadores trabajan por conocer la especie y la resistencia de sus semillas y buscan métodos para eliminarla.
Una de las especies invasoras más dañinas para el ecosistema altoandino
es el retamo espinoso. Los investigadores trabajan por conocer la especie y
la resistencia de sus semillas y buscan métodos para eliminarla.

Por eso, es necesario hacerle un tratamiento que la deje inviable y no germine, explica la bióloga Sandra Contreras. Luis Hernán Rodríguez, ‘Lucho’, administrador agropecuario, tausano y, por tanto, conocedor de su región, es el contacto en el Parque. Él es quien explica los tres tratamientos que prueban con materiales de la región para que en el futuro el campesino los pueda utilizar. Erradicar el retamo no será fácil, pero la ciencia puede dar pistas antes de que invada páramos, propague incendios y siga acabando con las plantas nativas, generalmente menos resistentes.


La ciencia del aprendizaje

“Neusa ha sido como un laboratorio donde se pueden hacer diferentes ensayos, se aprende y se aporta conocimiento que puede ser replicado en otras regiones”, concluye la bióloga Carolina Moreno, de la Escuela de Restauración Ecológica (ERE), liderada por el profesor José Ignacio Barrera, quien ha promovido varias tesis de pregrado en esta región andina. Él mismo concluye que “el Parque Forestal Embalse del Neusa ha sido un escenario de aprendizaje y de enseñanza sobre cómo restaurar los bosques altoandinos que han sido degradadados por diferentes tipos de disturbios y usos de suelo. Las diferentes estrategias aplicadas muestran que la restauración ecológica es una opción que puede acelerar los procesos de recuperación de la salud e integridad de los ecosistemas”.

El día de campo terminó con la siembra de árboles nativos. Cada niño adoptó uno, lo sembró y lo bautizó. Así, hoy deben estar creciendo Muñeco, Bebé, Hojitas y Loky. Los niños probablemente ya les estarán contando a sus padres y familiares estas y otras enseñanzas que no caben en este artículo diario de campo, mientras la investigación continúa.


Para leer más

  • Restaurando el Neusa. Una experiencia de restauración ecológica de áreas post-tala de especies exóticas en el Parque Forestal Embalse del Neusa. Pontificia Universidad Javeriana, Escuela de Restauración Ecológica (ERE), Corporación Autónoma Regional (CAR). Junio, 2015.

 


INVESTIGADORES PRINCIPALES: José Ignacio Barrera y Sofía Isabel Basto
Facultad de Ciencias
Departamento de Biología
Grupo de investigación Unidad de Ecología y Sistemática (UNESIS)
Escuela de Restauración Ecológica (ERE)
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014 – en ejecución.

 

 

Smart Town, innovación social para los jóvenes de Colombia

Smart Town, innovación social para los jóvenes de Colombia

Juan Pablo tiene quince años y dice que llegó en avión al laboratorio de robótica de Soacha, Cundinamarca. Sonríe. Sus ojos se achican detrás de las gafas. Mentira: a veces camina, otras coge buseta. En cambio, a sus compañeros de la comuna Altos de Cazucá los recoge un bus privado porque la zona tiene fronteras invisibles y atravesarlas es peligroso. Con cuatro amigos, Juan Pablo diseña un dispositivo antirrobo que se lleva en la maleta: “Si le abren el cierre empieza a sonar y titilar. Es perfecto para el Transmilenio”, dice. A su lado está Santiago, también quinceañero, soachuno y uno de los tantos que perdió noveno por contabilidad: sacó 2,9… “Pero no le diga a mi mamá”, advierte en voz baja. Sus amigos se ríen. De repente, algo explota.

Todos —unos 30 jóvenes entre 15 y 19 años— miran hacia la esquina. Ninguno se sorprende porque no es la primera vez que pasa: son los del grupo del lado probando una alarma que emite sonidos cuando detecta el humo del fuego. Uno de sus integrantes, Duván, amante del rap y de la ranchera, encoge su cabeza entre los brazos y reniega: les toca empezar de nuevo. En la otra punta del salón, el tutor —el profe—, sonríe. Así es Smart Town, y así funcionan sus ‘colaboratorios’, lugares donde más de 600 jóvenes de Soacha, Zipaquirá y Girardot, una vez a la semana y durante tres horas, desarrollan sus talentos y valores ciudadanos a través de la robótica, los dispositivos móviles, la biotecnología y la nanotecnología de manera creativa y abierta.

Municipios inteligentes

En 2012, la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación de Cundinamarca recibió decenas de propuestas de proyectos científicos para financiar con fondos de regalías. Estas iniciativas, de acuerdo con Rocío Puentes, coordinadora de proyectos regionales de la Vicerrectoría de Investigación de la Javeriana, debían cumplir con ciertos criterios: generar nuevo conocimiento, favorecer la apropiación y uso de ese conocimiento por parte de la ciudadanía y lograr impacto en la sociedad. “Un día, después de las fechas de aplicación, la Secretaría reunió a más de ocho grupos con proyectos sobre pedagogía”, recuerda Johann Osma, profesor de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de los Andes, uno de los investigadores que presentó un proyecto: “nos dijeron que teníamos que hacer una sola propuesta entre todos”. Empezaron a negociar, unos se fueron y, finalmente, “alimentando egos y tratando que todos tuvieran su parte”, confiesa Enrique González, profesor titular del Departamento de Ingeniería de Sistemas de la Universidad Javeriana y director del grupo de investigación Sistemas Distribuidos y Redes (SIDRe), lograron un marco articulador: Smart Town.

Los investigadores de estas universidades, así como de la Corporación Universitaria Minuto de Dios, encontraron que los jóvenes de muchos municipios de Cundinamarca no tenían alternativas suficientes de formación en sus territorios ni oportunidades de acceso a ciertas tecnologías, como las de información y telecomunicaciones (según el Ministerio de TIC, tan solo el 9% de la población del departamento está suscrita a un plan mensual de Internet); por ende, no perciben su municipio como una opción de vida y emigran, con sus talentos, a las grandes ciudades, causando, a largo plazo, niveles altos de improductividad y desarrollo bajo en sus zonas de origen (según el DANE, más del 40% de la población nativa de Cundinamarca reside en otro territorio, más del 70% de ellos en Bogotá).

El equipo identificó la necesidad de un modelo pedagógico que fortaleciera las habilidades de los jóvenes —y de paso su arraigo— para solucionar los problemas de sus territorios. Así, con una idea y un presupuesto de más de tres mil millones de pesos, los investigadores dijeron “manos a la obra” e iniciaron la metodología e implementación del proyecto en tres etapas. La primera trabajó el marco conceptual, el estado del arte y el análisis del contexto de los tres municipios. Encontraron que Girardot, con vocación turística, tiene una población flotante tres veces mayor al número de residentes; Soacha tiene problemas ambientales por las industrias areneras, legales o ilegales; en Zipaquirá el empleo local es mínimo, a pesar del turismo y la industria lechera que predomina. En la mayoría de los casos el sistema educativo se apoya en metodologías tradicionales, con limitaciones para promover la creatividad y la innovación; además, los incentivos para dinamizar el desarrollo regional son insuficientes y las políticas gubernamentales no han sido efectivas para generar pertenencia territorial en los jóvenes. Los investigadores confirmaron, además, el gran potencial que tienen los municipios, sobre todo en sus jóvenes y en las oportunidades de desarrollo a partir de la riqueza del territorio.

En la segunda etapa diseñaron el modelo de aprendizaje con base en el concepto de constructivismo social del psicólogo ruso Lev Vygotzky. El modelo aplica el aprendizaje activo soportado en cuatro pilares: construcción, creatividad, colaboración y comunidad. Crearon un espacio de aprendizaje llamado ‘colaboratorio’, donde interactuarían los tutores y los ‘aprendientes’. Los jó- venes desarrollarían sus habilidades científicas y sociales a través de cartillas, cuyo contenido dependía de las problemáticas del municipio. Por ejemplo, los jóvenes de nanotecnología de Soacha harían pruebas de granulometría para separar arena fina y crear concreto de mejor calidad; los de Girardot abordarían el turismo desde el tratamiento de aguas, y los de Zipaquirá reconocerían la diversidad de su flora y fauna para definir rutas ecológicas.

Prueba piloto

Después de quince meses de trabajo y de afinar el modelo, los investigadores estaban listos para desarrollar todo lo que en el papel parecía perfecto. En el transcurso de las sesiones de trabajo de la tercera y última etapa, los participantes utilizaron la ciencia y la tecnología para solucionar problemas de sus municipios o, al menos, saber que existen y que hay alternativas de desarrollo científico para lograrlo: “llegamos a la conclusión que el mundo no es solo ingeniería y que la solución, por lo menos en este caso, no era formar ingenieros que crean empresas; la solución era crear un modelo de aprendizaje en el que la tecnología fuera mediadora y estímulo para cultivar competencias y habilidades”, dice González, director de Smart Town.

Al final, todos los estudiantes mostraron sus productos: el grupo de Duván terminó el dispositivo antifuego. Aplausos. Juan Pablo llegó caminando al colaboratorio y Santiago fue con su mamá; juntos exhibieron el aparato que chillaba cuando se abría una maleta. Fue tanta la satisfacción de los papás y los niños que varios se acercaron al equipo de trabajo preguntando por las próximas inscripciones. La respuesta quedó en puntos suspensivos: “…esta es la primera vez que se habla de miles de millones para ciencia y tecnología en Colombia, pero, ¿qué pasa? Seguimos siendo cortoplacistas”, reclama Osma. González complementa: “Smart Town dejó un modelo educativo que queda disponible a la sociedad; las herramientas implementadas son adaptables a cualquier territorio, lo que generaría importantes ahorros al Estado cada vez que quiera desarrollar el proyecto y poner en operación los colaboratorios en otros municipios. Además, pronto se publicarán libros de investigación donde se compartirán los resultados. En ese sentido el proyecto fue un éxito; sin embargo, si no hacemos algo, eso se puede quedar en un estante… El reto es corregir los errores, buscar recursos, seguir en los mismos municipios, también ir a otros departamentos, y hacer más incubadoras de talento para que Colombia tenga muchos smart towns”.

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El salto del Tequendama, geografía de la mirada

El salto del Tequendama, geografía de la mirada

El paisaje, representado por artistas en infinidad de manifestaciones, ya no es el mismo de hace unas décadas, no solamente por los cambios que ha sufrido a través de los años —generalmente por la intervención del ser humano—, sino por la mirada de quienes lo plasman en una fotografía, un dibujo, una escultura, un video…

“En términos de paisaje”, dice el artista Diego Benavides, director del departamento de Artes Visuales de la Pontificia Universidad Javeriana, “el Salto del Tequendama ha sido un ícono en la historia de los viajeros, en la historia del arte de Colombia y ha sido representado en muchos contextos; es un paisaje que hoy en día se representa crítico”. El fotógrafo Mateo Pérez, profesor del departamento, lo complementa: “a través de la fotografía, el paisaje hoy en día se ve menos romántico que hace unos 50 años, cuando se fotografiaban las bellas cascadas y los exuberantes bosques”.

En la actualidad, dicen, las manifestaciones artísticas del paisaje señalan problemas políticos, sociales, económicos y ecológicos, y qué mejor que el Salto del Tequendama para expresar toda esa carga conceptual en un proyecto de investigación-creación que emprendieron juntos y que ofrece como uno de sus productos una exposición que se realizó en el centro de arte contemporáneo Espacio Odeón, “donde los artistas muestran cierto tipo de tensión”, como lo describió la curadora Ximena Gama: “el Salto como un paisaje majestuoso y que atrae la mirada de los turistas, el Salto como un ícono histórico de la nación, pero también el
Salto como vertedero de la incontrolada contaminación del río Bogotá y como un abismo propicio para arrojarse al vacío”.

El proyecto de investigación-creación El Salto del Tequendama, del viajero ilustrado al encanto frustrado une armónicamente la mirada contemplativa de la historia con la mirada crítica del presente. Lo hace a través de la fotografía de Pérez, de los dibujos, los videos y la combinación de objetos para diseñar esculturas de Benavides, y la investigación de relatos y descripciones con imagen desde el mito de Bochica, pasando por los viajeros de los siglos XVIII y XIX, hasta las crónicas de la prensa colombiana, con sus noticias sobre los famosos suicidios que suceden en este lugar. Al mismo tiempo, es el ejemplo de una forma alternativa de generación de nuevo conocimiento.

El proyecto surge porque tanto Benavides como Pérez habían trabajado gráficamente el Salto del Tequendama. El primero, desde el dibujo, el video, el cruce de diferentes medios en la construcción de la imagen; y el segundo, desde la fotografía: “Teníamos en común el paisaje del Salto del Tequendama”, dice Pérez. Luego investigaron relatos y artículos periodísticos e hicieron revisión de las imágenes históricas sobre el Salto. Las permanentes visitas al lugar los inspiraron: “Es un sitio que vale la pena repensar”, agrega Benavides.

“Descubriendo los viajeros ilustrados nos interesó la experiencia del viaje, volver al sitio… Mateo empezó a meterse por otros lados para tomar la fotografía, exactamente desde el lugar donde el viajero o el pintor desde hace siglos o décadas había hecho el cuadro, la acuarela o la fotografía. Quisimos sentir lo que sentía el viajero en su momento y de ahí salieron viajes muy interesantes”, continúa Benavides.

Los investigadores Benavides y Pérez hicieron un recorrido de unas cuatro horas hasta llegar a la base del Salto. “Es un bosque secundario de niebla y tratamos de hacer un relato del camino que recorre Alexander von Humboldt tomando fotografías y haciendo videos inéditos porque no existen fotografías desde ese sitio”, relata Pérez. Por el camino conocieron a unos campesinos que les contaron sobre las cuevas en donde hay pinturas rupestres, aparentemente inexploradas todavía. “Son de muy difícil acceso porque esta zona es muy escarpada; es un cañón peligroso”, dice.

Desde hace siglos, exploradores han querido dejar evidencia del Salto del Tequendama en relatos como Lucas Fernández de Piedrahita (1666), Alexander von Humboldt (1801), Agustín Codazzi (1855) y Loraine Petre (1904), en dibujos, pinturas y grabados como los de Frederich Edwin Church, Ricardo Borrero Álvarez y Edward Walhouse Mark, y en fotografías de profesionales y aficionados.

El cambio más fuerte es la contaminación del río Bogotá y eso afecta fuertemente todo el paisaje: el agua, las rocas y la vegetación. Los suicidas debieron estar necesariamente en el relato, porque incluso en la primera visita que hicieron los investigadores presenciaron un caso. “Ese hecho impactó de una manera real y muy fuerte el destino del proyecto”, dice Pérez; “este es un paisaje de muerte”.

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