Águila crestada: un depredador en peligro de extinción

Águila crestada: un depredador en peligro de extinción

Con una canasta amarrada al tronco de su cuerpo, Pilio recorre los cafetales del sur de Antioquia recogiendo uno a uno los granos de café, al tiempo que Isabel, su esposa, alimenta con ‘puchos’ de avena y trigo a sus gallinas. Esta tarea la realizan desde hace más de 40 años, al ritmo de bambucos y pasillos, entre los cerros de Jardín, un pueblo ubicado a 134 kilómetros de Medellín. Para ella, las gallinas son su vocación pues además de ser su compañía se han convertido en fuente de alimento al poner cerca de 300 huevos al año. Sin embargo, el vuelo diario de un ave rapaz sobre su finca se ha convertido en un problema. Se trata del águila crestada, una especie que debido a la deforestación de zonas boscosas busca su alimento en hábitats rurales, y que actualmente está en peligro de extinción según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Tanto para Isabel como para Pilio y muchos campesinos más, esta ave representa una amenaza para la supervivencia de los animales domésticos en sus fincas, razón por la que hay una tendencia a matarlas. Debido a ello, con la intención de promover decisiones basadas en evidencia científica para mejorar las interacciones entre las personas y la naturaleza, Juan Sebastián Restrepo-Cardona, magíster en Conservación y Uso de Biodiversidad de la Pontificia Universidad Javeriana, se ha dedicado a estudiar por más de cuatro años nidos del águila crestada en los departamentos de Antioquia, Boyacá, Cundinamarca y Huila. Su propósito: analizar los factores socio-ecológicos que influyen en el conflicto entre los campesinos y el águila, y al mismo tiempo desarrollar un trabajo educativo en el que las comunidades den un significado a la vida silvestre a partir de ejercicios de ciencia participativa.

“Este es un proyecto muy enriquecedor porque trabajamos de la mano con las comunidades locales. Son los campesinos quienes nos dicen dónde están los nidos de las águilas, ya que esta es una especie de paisajes rurales y son las personas quienes están interactuando con ellas todo el tiempo. Los pobladores participan durante todo el proceso, son la clave para la conservación del águila”, afirma Restrepo-Cardona, biólogo de profesión.

Una parte del proyecto consiste en identificar la ubicación geográfica de los nidos de esta especie para colectar información sobre las presas con las cuales los adultos alimentan a sus polluelos durante los periodos de crianza, para posteriormente cruzar esos datos con los cambios del paisaje del ecosistema de la región. De ahí que, si bien los mamíferos arbóreos como perros de monte, micos, monos y zarigüeyas, entre otros, son fundamentales en su dieta, la reducción del bosque es un factor que lleva a esta águila a depredar aves de corral, especialmente gallinas (Gallus gallus). A esto se suma que por la deforestación la especie ha perdido el 60.6% de su hábitat original en el país. Con este resultado, el egresado javeriano y sus colaboradores hicieron una publicación en la revista Tropical Conservation Science en 2019 con el artículo Deforestation may trigger Black-and-chestnut Eagle predation on domestic fowl.

“La deforestación es una de las causas de la depredación de gallinas por el águila y encontramos evidencia científica que nos ayuda a soportar esto”: Juan Sebastián Restrepo-Cardona.

Por su parte, para identificar la percepción que las comunidades locales tienen sobre este animal, Juan Sebastián Restrepo trabajó con la organización The Peregrine Fund y la asesoría de Luis Miguel Renjifo y María Ángela Echeverry, de la Universidad Javeriana, en la implementación de 267 encuestas a personas mayores de 14 años en cuatro municipios elegidos para el estudio. Con este ejercicio, este egresado de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales encontró que en su mayoría la percepción de los campesinos hacia el águila era negativa por factores socio-demográficos como el manejo dado a las gallinas en las fincas y el género, debido a que una mujer rural como Isabel, en este caso, es quien vive de primera mano la experiencia de pérdida de sus aves domésticas por cuenta del águila crestada.

Estimativos indican que la población colombiana de águila crestada oscila entre 160 y 360 parejas.
Estimativos indican que la población colombiana de águila crestada oscila entre 160 y 360 parejas. Foto: Felipe Quintero

 

El conflicto entre los campesinos y el águila crestada

De acuerdo con los datos presentados en el Libro rojo de aves de Colombia, se estima que en la actualidad existen menos de 1.000 águilas crestadas en el mundo, distribuidas en la cordillera de los Andes y la Sierra Nevada de Santa Marta. Los interesantes resultados presentados en la primera etapa de su tesis de maestría llevaron a Restrepo-Cardona a preguntarse si la persecución por depredación de gallinas era una amenaza importante para Spizaetus isidori en el país.

Para validar esta pregunta, el investigador recurrió a archivo histórico, ejemplares de especies conservados en colecciones biológicas de varias universidades y centros de investigación del país, conocedores de la especie, bases de datos de corporaciones autónomas regionales y literatura profunda sobre el tema. El resultado fue revelador ya que, entre 1943 y 2019, los registros presentaron 81 casos de águilas que murieron o fueron capturadas: 47 ejemplares que recibieron disparos, 16 fueron capturadas (3 para ser traficadas) y dos se electrocutaron con líneas eléctricas de alta tensión.

Con esta información, Restrepo-Cardona y sus colaboradores concluyeron que la persecución hacia el águila ocurre como una prevención o represalia ante la depredación de gallinas, siendo la principal causa de mortalidad para la especie en Colombia, en donde ha perdido el 60.6% de su hábitat original y enfrenta otras amenazas como la electrocución y el tráfico ilegal. Con base en estos resultados, la revista PLOS ONE publicó en enero de 2020 el artículo Human-raptor conflict in rural settlements of Colombia, en el que está consignado el estudio.

 

De las 63 águilas que recibieron disparos o fueron capturadas, en el 60% la excusa fue la depredación de gallinas. Además, el 53% de los eventos ocurrieron entre 2000 y 2019.

 

 

Entre 2014 y 2019, al menos 23 águilas fueron cazadas o capturadas ilegalmente en Colombia.
Entre 2014 y 2019, al menos 23 águilas fueron cazadas o capturadas ilegalmente en Colombia. Foto: Felipe Quintero

 

Una responsabilidad de carácter social

A pesar de que los resultados de esta investigación son desalentadores en materia de supervivencia del águila crestada, existen oportunidades para lograr la conservación de esta especie. Por eso, surge un llamado urgente a tomar acciones para mitigar y prevenir el conflicto humano-águila en territorios reproductivos de esta ave a partir las siguientes recomendaciones:

  1. Mantener o incrementar los bosques.
  2. Aumentar las poblaciones de mamíferos arbóreos que ejercen el rol de presas.
  3. Reducir la exposición de aves domésticas con el uso de corrales adecuados.
  4. Otorgar compensaciones económicas a los campesinos al sufrir la pérdida de gallinas por ataques del águila, como en el posible caso de Pilio e Isabel.
  5. Desarrollar programas educativos e investigaciones socio-ecológicas.
  6. Implementar un trabajo pedagógico con comunidades locales.

 

“La planeación efectiva para la conservación del águila debe ir más allá del sistema de áreas protegidas e integrar enfoques socio-ecológicos en prácticas de conservación en paisajes dominados por humanos”, añade Restrepo-Cardona, quien actualmente participa en un proyecto de colaboración internacional para la conservación del águila crestada en Suramérica.

 

El trabajo en paisajes rurales es fundamental para la conservación del águila crestada en Colombia.
El trabajo en paisajes rurales es fundamental para la conservación del águila crestada en Colombia. Foto: Juan Carlos Noreña
‘Sembrar nos une’, ¿es suficiente para salvar los bosques colombianos?

‘Sembrar nos une’, ¿es suficiente para salvar los bosques colombianos?

Debido a la contingencia sanitaria ocasionada por el COVID-19, fue postergada la jornada Sembrar Nos Une, de Minambiente, que pretendía la siembra de cinco millones de árboles durante este fin de semana.

No obstante, teniendo presente el Día Internacional de los Bosques, es una buena ocasión para reflexionar sobre la acelerada pérdida de bosque en el país y en el mundo. Evidencia de ello es que en 2019 se afectaron dos millones de hectáreas por incendios forestales en la Amazonia, según el Instituto Nacional de Investigaciones Especiales de Brasil (INPE).

La sucesión natural es la manera como los diferentes ecosistemas renuevan las especies que lo conforman a lo largo del tiempo. La restauración ecológica asiste los procesos de renovación de biosferas que han sido perturbadas por causas naturales o antrópicas (acciones humanas). Es válido el esfuerzo del gobierno nacional de comprometerse con la siembra de 180 millones de árboles en dos años. Sin embargo, eso no es restauración, según afirman los expertos de la Universidad Javeriana que fueron entrevistados (Ver video).

Esa masiva reforestación no lleva necesariamente a la recuperación de los ecosistemas, dado que esa asistencia a los procesos de sucesión natural debe tener en cuenta la integralidad y la simultaneidad de las acciones restauradoras. Cabe tener en cuenta que Colombia posee 70 tipos de ecosistemas naturales que se relacionan entre sí y por consiguiente cualquier impacto en uno de estos genera repercusiones en los que los rodean. Por eso, el Plan Nacional de Restauración Ecológica, Rehabilitación y Recuperación de Áreas Degradadas busca orientar las acciones para recobrar la diversidad de los ecosistemas impactados en el país. Una inadecuada implementación durante la restauración ecológica no solo es una pérdida de recursos, sino que además puede generar otro tipo de impactos y afectaciones a dicho territorio.

Ignacio Barrera, coordinador de la Maestría en Restauración Ecológica; y los profesores Sofía Basto y Fabio Gómez, del Departamento de Biología, aclaran cómo los procesos mencionados deben realizarse de forma integral y simultánea entre los diferentes ecosistemas y resaltan la importancia de implementar el Plan Nacional de Restauración a nivel territorial, con apoyo de los gobiernos locales, las corporaciones autónomas regionales y las comunidades.

Imágenes de apoyo Pesquisa Javeriana | Videezy | Pixabay | Pexels

Una experiencia de restauración ecológica integral

La Escuela de Restauración Ecológica de la Universidad Javeriana diseñó un plan de rehabilitación de los ecosistemas que fueron impactados por la construcción del embalse Amaní y de la Central hidroeléctrica La Miel 1, al nororiente de Caldas, municipio de Samaná. Esta iniciativa incluyó un elemento innovador durante su implementación: la recuperación del tejido social afectado también por el conflicto armado.

 

Fragmentos de oportunidad: restaurando arrecifes de coral

Los ecosistemas de coral son los encargados de regular la acidez del océano. La pérdida de estos altera la capacidad que tiene el mar de regular la temperatura del planeta. El profesor Fabio Gómez comparte parte de su experiencia como restaurador de corales a través de una técnica llamada Fragmentos de oportunidad.

Imágenes cortesía Procoreef

De pasturas a cultivos de palma de aceite: ¿una reconversión sostenible?

De pasturas a cultivos de palma de aceite: ¿una reconversión sostenible?

Según datos oficiales del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), en 2018 Colombia perdió 197.159 hectáreas de bosque por actividades de deforestación. En concordancia con estas cifras y con el permanente llamado de alerta que hacen diferentes líderes ambientales a nivel mundial, en el país empiezan a salir propuestas científicas para hacer uso sostenible de sus suelos.

Un nuevo estudio realizado por la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL) y el Instituto Federal Suizo de Investigación sobre Bosques, Nieve y Paisajes (WSL) y la participación de la Pontificia Universidad Javeriana, publicado este miércoles por la revista Science Advances, demuestra que la conversión de grandes territorios de potreros de ganadería de baja productividad en plantaciones de palma de aceite puede ser neutral en términos de emisiones de carbono. Este estudio hace parte del proyecto OPAL (Oil Palm Adaptive Landscapes), financiado por el Fondo Suizo de Investigaciones, en el que participan investigadores de Suiza, Indonesia, Camerún y Colombia.

Juan Carlos Quezada, estudiante de doctorado del Laboratorio de Sistemas Ecológicos (ECOS) de EPFL y autor principal del estudio, y Andrés Etter, profesor de la facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana y co-investigador del proyecto, afirman que este estudio ejecutado en los Llanos Orientales muestra a los principales países productores de aceite de palma que tienen grandes áreas de transformadas en pastizales para ganadería, que estos podrían convertirse favorablemente a cultivos como la palma de aceite, lo cual limitaría la pérdida masiva de carbono resultante de la deforestación y sería una alternativa para proteger los bosques tropicales.

Cabe tener en cuenta que la producción de aceite de palma ha sido criticada por los ambientalistas debido a su gran huella de carbono y su impacto negativo en la biodiversidad. Por ejemplo, la expansión de la palma de aceite en Indonesia y Malasia, los dos productores más grandes del mundo, ha causado directa o indirectamente pérdida de millones de hectáreas de bosques tropicales, reduciendo así la flora y fauna y liberando cantidades significativas de CO2 a la atmósfera.

El estudio

Para el investigador Quezada, una de las claves de éxito de su trabajo es que se ha demostrado con datos de campo que la transformación de pasturas a cultivos de palma de aceite que ocurre en los Llanos Orientales de Colombia es mucho más sostenible en emisiones de carbono comparada con la realidad que se presenta en el sudeste asiático, donde la conversión se da en el bosque primario tropical  y genera altos impactos ambientales por destrucción de la biodiversidad y emisiones de carbono como consecuencia de la deforestación.

Una de las características de los pastizales, especialmente aquellos mal manejados y degradados, es que reúnen grandes áreas de pastos con pocos árboles dispersos. Al plantar cultivos densos de palma de aceite que pueden alcanzar hasta 15 metros de altura, se incrementa la tasa de captura de carbono por unidad de superficie, gracias a las raíces, troncos y hojas de las palmeras, así como a la vegetación que los rodea.

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“Nuestro estudio tiene mucha importancia porque hemos logrado encontrar plantaciones de palma de aceite de 56 años que derivaron de pasturas en el Piedemonte Llanero. Esto es bastante novedoso en materia de investigación de la palma ya que la mayor parte de los estudios analizan los efectos durante un ciclo que son 25 o 30 años dependiendo del manejo, mientras que nosotros en los Llanos tuvimos la oportunidad de encontrar plantaciones que van terminando su segundo ciclo”, afirma el experto.

Otro aspecto importante para tener en cuenta es la profundidad del muestreo. Para el científico en mención, la toma de muestras se realizó a una profundidad de 50 centímetros en el suelo mientras que la mayor parte de las investigaciones solo analizan los primeros 20 centímetros de profundidad. “Hemos visto que a nivel del subsuelo hay un cambio importante en la dinámica del carbono y en el largo plazo, cuando hicimos los cálculos a nivel del ecosistema, evidenciamos que no hubo pérdidas de carbono. Esto es ampliamente beneficioso comparado con lo que pasa en los países donde más se produce palma de aceite, ya que no se incurre en esa deuda de carbono que llega a ser hasta de 180 toneladas por hectárea”, especifica Quezada.

Andrés Etter, co-investigador del estudio, resalta que esta es la primera vez que se hace un estudio tan exhaustivo, donde se toma en cuenta más de un ciclo de cultivo de la palma. Esto permite tener una visión mucho más completa de qué es lo que realmente pasa con las reservas de carbono aéreo y subterráneo en el agroecosistema palmero.

Cuando se le pregunta al profesor de la Javeriana por el impacto sobre la biodiversidad de las zonas, es categórico en responder que por ser áreas previamente transformadas y en parte degradadas donde no se están reemplazando bosques nativos o sabanas, la afectación de la flora y la fauna es menor.

Juan Carlos Quezada finaliza explicando que “en nuestro estudio se tomaron datos de campo y demostramos que el cambio de uso de tierra en Colombia (cuarto productor mundial de aceite de palma) es diferente al del sudeste asiático y esto le puede permitir al país y a otros con situaciones similares aprovechar esa ventaja competitiva debido a que en los países consumidores ubicados en Norteamérica y Europa existe una preocupación permanente por la deforestación que se genera en los principales estados productores”.

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Palma de aceite y sostenibilidad: enemigos mediáticos

Noviembre 17 de 2018. Seis hombres y mujeres de igual número de nacionalidades persiguieron y abordaron el barco Stolt Tenacity, que navegaba por el golfo de Cádiz, al suroeste de la península Ibérica. No se trató de una conquista pirata ni de una persecución policial. “Save our rainforest” y “Drop dirty palm oil”, decían las dos pancartas que desplegaron los intrusos. El navío transportaba un cargamento de aceite de palma con rumbo a Países Bajos, y quienes protestaban eran ambientalistas de la organización no gubernamental Greenpeace.

El del barco no es un caso aislado. El año pasado, en Francia, agricultores bloquearon 13 refinerías para impedir la importación masiva de aceite de palma. Problemáticas relacionadas con deforestación, explotación laboral, amenaza a la biodiversidad, despojo de tierras y contaminación del agua han incentivado protestas similares en Indonesia, Malasia, Italia y otros países.

Para investigadores del tema como Andrés Etter Rothlisberger, doctor en Ecología de la Universidad de Queensland y actualmente profesor en la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, en general las protestas se dan porque hay vacíos de información. Por eso, parte de su trabajo durante los últimos años ha buscado guiar investigaciones que aclaren las dudas generadas por el cultivo de la palma de aceite.

“Mi interés por el tema se inició con la promoción de la política de biocombustibles”, dice la investigadora Carmenza Castiblanco, experta en economía del ambiente. “A partir de allí quise centrar mi trabajo en el biodiésel como alternativa energética sustentable”.

Aunque en muchas ocasiones el debate se centra en el aceite de palma como fórmula para producir biocombustibles luego de su proceso de cultivo, extracción y refinamiento, son múltiples los usos que se le pueden dar a este producto: en el sector cosmético y en el de artículos comestibles, como helados, salsas, confitería, galletas, margarinas, mantequilla de maní y otros.


La palma de aceite: el caso colombiano

El trabajo de Castiblanco, dirigido por el profesor Etter, comenzó analizando el impacto de los cultivos de palma sobre los ecosistemas del país, luego continuó con un estudio comparativo entre los indicadores sociales de los municipios que cultivan palma frente a los que no lo hacen, y finalizó con un examen de los incentivos económicos destinados a la producción palmera.

Algunos de esos resultados contrastan con la información que ha desatado la polémica mundial. Aunque la deforestación de bosques tropicales en Indonesia y Malasia es incuestionable (se arrasan decenas de miles de hectáreas anualmente), en Colombia la situación es distinta, pues el 51% de las nuevas plantaciones entre 2002 y 2008 no se realizaron en bosques sino en terrenos destinados a ganadería, sin los impactos ambientales que genera la tala de los bosques tropicales. Además, según las proyecciones realizadas por Castiblanco y colaboradores, para el año 2020, “por motivo de cultivos de palma, el porcentaje del área deforestada del país se ubicaría entre el 1% o 2%”.

Por otro lado, aunque las proyecciones indican que, para 2020, 6.750 hectáreas de cultivos de arroz y 22.000 de banano en la zona norte de Colombia serán reemplazadas por palma de aceite, el porcentaje de producción de la palma sigue siendo bajo: de 40 millones de hectáreas cultivables que hay en el país, en 2018 se destinaron 516.961 a la palma de aceite, es decir, el 1,3%.

La palma se cultiva en 116 municipios de 21 departamentos. Uno de los desafíos de su implementación es lograr mejores condiciones de vida en sus zonas de influencia, porque, de acuerdo con una de las investigaciones de Castiblanco y Etter, los municipios con palma aceitera tienen en algunos casos indicadores de necesidades básicas insatisfechas más altos, a pesar de registrar mayor recaudo económico. Así, un mejor ingreso para los cultivadores de palma no garantiza un aumento en la distribución igualitaria de los ingresos regionales y no contribuye necesariamente a la reducción de la pobreza rural.

Los investigadores intuyen que en muchos casos esto ocurre por la alta concentración de tierra: hay solo unos pocos dueños y por tanto no se reparten las ganancias de manera equitativa. Además, la violencia rural desencadenó desplazamiento forzado durante varias décadas y llegó a generar indicadores de pobreza que alcanzaron el 42% en nueve departamentos de la Costa Norte de Colombia donde se cultiva la palma.

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Cooperación internacional para desmitificar la palma de aceite

Desde 2015, Andrés Etter y Daniel Castillo, quien también es profesor de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, trabajan en el proyecto Oil Palm Adaptative Landscapes (OPAL), financiado por la Swiss National Science Foundation y liderado por la Universidad Politécnica Federal de Zurich (ETH), en Suiza, que se desarrolla en Indonesia, Camerún, Suiza y Colombia ―líder productor en Latinoamérica―, con el fin de entender los diferentes matices de la producción de aceite de palma. En total, participan 14 organizaciones, de las cuales tres son colombianas: la Javeriana, la consultora NES Naturaleza y el World Wildlife Fund-Colombia (WWF-Colombia).

Uno de los tópicos a los que le apunta el proyecto es el uso del agua, pues los cultivos de palma son señalados de generar elevados costos hídricos para su producción. En ese sentido, Gabrielle Manoli, de la ETH, estudió el uso del agua comparando su rendimiento en cultivos de palma de aceite, coco, soya y otros que eventualmente se relacionan con opciones menos costosas ambientalmente que la palma africana. Manoli encontró que, si bien es cierto que la palma de aceite es la que más agua consume por unidad de área, es la que mayor productividad tiene por hectárea respecto a cualquier otro cultivo, y en términos de producción de aceite es la más eficiente.

Otros aspectos, como el impacto en la biodiversidad, también fueron abordados por Etter, Natalia Ocampo, John García-Ulloa y Jaboury Ghazoul, de la ETH, y sobresale que la mayoría de las especies de vertebrados que están amenazadas en Colombia no se encontrarían vulneradas por los cultivos de palma, pues habitan por encima de los 1.000 metros sobre el nivel del mar y la palma no puede cultivarse en esa altura.

Un elemento ambientalmente sensible es el relacionado con las emisiones de carbono por el uso de la tierra. Con el fin de entender el caso colombiano, Juan Carlos Quezada y colaboradores del proyecto OPAL desarrollaron un estudio detallado de la dinámica del carbono en los suelos y la biomasa de cultivos de palma en áreas ganaderas de los llanos en Colombia, y concluyeron que, en términos de emisiones de carbono, el resultado fue neutro, a diferencia de lo que ocurre con el caso asiático, donde la palma está mal calificada por su huella de carbono, producida por la deforestación.


La realidad de los palmeros

La directora del Instituto Humboldt, Brigitte Baptiste, reconoce que “la palma colombiana es distinta a la del resto del mundo, es más benévola”, y plantea retos para el sector, como el uso del agua y los temas de justicia social ambiental asociados a ella, así como la palma ilegal. “A los palmeros les cuesta reconocer las cosas negativas, por temas de prestigio. Mi consejo es: acepten públicamente cuáles son los retos de la palmicultura en Colombia y afróntenlos; una autocrítica siempre es bienvenida”.


Juegos de rol para entendernos mejor

¿Qué piensan los cultivadores, ambientalistas y dueños de tierras sobre la palma y su relación con la biodiversidad y el impacto ambiental? La postura de cada uno termina en discusión, y a veces esas visiones no encuentran un escenario ideal para crear soluciones. Es allí donde Daniel Castillo, investigador de la Javeriana, hace el aporte de su experiencia con los companion modeling (ComMod), su tema de doctorado en la Universidad Paris-Ouest Nanterre La Défense.

“Es una metodología de investigación social. La idea es construir representaciones de los problemas entre todos los actores, para ver de qué está hablando cada uno y evidenciar cómo entienden la situación”, explica Castillo.

Estos juegos, que se han realizado en Camerún, también han tenido lugar en los Llanos Orientales, en Colombia. “Los resultados han sido interesantes. Los productores, al tener el rol de extractoras, entienden las dificultades que ellas pueden atravesar en la compra o recibo del fruto; y la extractora, al tener el rol de productor, entiende las dificultades del campo. Igual sucede con los miembros de Gobierno u ONG que entran al juego”, describe Alejandra Rueda, miembro de la consultora NES, otra de las organizaciones que desarrolla el proyecto OPAL, y quien ha estado al frente de la implementación de los juegos en esta región.

El ecólogo Andrés Etter, en salida de campo, explica uno de los juegos diseñados para trabajar con las comunidades.
En una salida de campo, el ecólogo Andrés Etter (en cuclillas) explica uno de los juegos diseñados para trabajar con las comunidades.

OPAL se desarrolla con la mirada cercana del organismo conservacionista WWF. En un escenario donde los aceites vegetales ocupan el segundo lugar en importancia (detrás de los cereales), y la producción de aceite de palma crece a un promedio anual de 7,8%, representando el 33% del mercado (según datos de WWF), las dos organizaciones trabajan en “aterrizar lo que la ciencia y la academia producen para llevar ese conocimiento al fortalecimiento de los procesos de toma de decisión. Creemos que parte de nuestro rol es poder utilizar estos productos para robustecer el diálogo con actores de la palma”, explica Camila Cammaert, representante de WWF-Colombia en el proyecto.

El trabajo de OPAL continuará hasta 2020. La idea es responder a los desafíos y problemáticas que siguen poniendo en tela de juicio la producción del aceite de palma. “No es en pro de la palma”, concluye Etter, “es para entender mejor la problemática con base en evidencias de información de campo, incluyendo la visión de todos los actores. Así alimentamos la discusión para construir una situación más sostenible para la palma. ¿Cómo podemos adaptar ese recurso para generar la mejor solución desde el punto de vista socioecológico, que tome en cuenta el contexto de cada caso en el que se implementa? Ese es el reto”.

 

Para leer más:

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Oil Palm Adaptative Landscapes (OPAL)
INVESTIGADORES PRINCIPALES EN LA PUJ: Andrés Etter Rothlisberger, Daniel Castillo
COINVESTIGADORES: Nataly García, Pedro Chapeta, Valentina Fonseca
Facultad de Estudios Ambientales y Rurales
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2015- actualmente

Una fe que salva al planeta

Una fe que salva al planeta

Salute, a la votre, cheers”, “Bottom’s up” o “¡Salud!” suelen ser expresiones que, junto a un brindis, acompañan reuniones o eventos sociales. Como costumbre, alrededor del mundo, millones de personas se encuentran para celebrar, según sus culturas y religiones, festividades como cumpleaños, navidades, Semana Santa, rituales en comunidades indígenas y otros particulares como el Hanukkah de los judíos, quienes conmemoran la edificación del segundo templo en Jerusalén; el Ramadán para los musulmanes, que es el noveno mes del año y durante él ayunan desde el alba a la puesta del sol; o el Ratha Yatra de los hare krishna, en el cual adoran a su dios Yáganat.

Estos momentos van acompañados por alimentos, cada uno según su gastronomía. En Colombia, por ejemplo, un plato para la cena de año nuevo es un lomo de res sobre leña. La receta es sencilla: tres libras de lomo, semillas de soja, cinco cucharadas de vino blanco, aceite de palma y troncos de madera. Suena delicioso, ¿no? Pero, tal vez lo que no sabemos es que esta combinación tiene los elementos necesarios para aportar una alta cuota al índice de deforestación de los bosques tropicales en el mundo.

El crecimiento de la infraestructura global, el gasto energético con los millones de bombillos encendidos durante las festividades, la extracción de madera, las inmensas listas de libros y cuadernos en temporada escolar o los troncos con los que encendió la fogata de la cena, y los cultivos ilícitos junto a la ganadería extensiva son las principales causas de que el 17,4% de las emisiones de gases de efecto invernadero provengan de la degradación de los bosques tropicales.

Debido a esta grave situación, surgió la Iniciativa Interreligiosa de Bosques Tropicales el 19 de junio de 2017 en Oslo, Noruega, una alianza internacional y multirreligiosa, liderada por la Organización de las Naciones Unidas, con el propósito de convocar a los principales líderes de tradiciones religiosas, pueblos indígenas, comunidades afrocolombianas, científicos y ONG para comprometerse a defender el planeta y poner fin a la deforestación.


Un pacto entre creencia y medio ambiente

Si bien es cierto que los bosques tropicales benefician a la humanidad porque protegen las cuencas hidrográficas, contribuyen al equilibrio del oxígeno, del dióxido de carbono y de humedad en el aire, y son el hogar de 1.600 millones de personas en el planeta, no se debe desconocer una cifra alarmante: cerca de 40 campos de fútbol de bosques desaparecen cada minuto en el mundo.

Según el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, de la cobertura total de bosques del país (58’633.631 hectáreas), 26,10 millones están en territorios nacionales de comunidades indígenas (koguis, emberas y ticunas, por mencionar algunas) y 4,24 millones en territorios de comunidades afrocolombianas. Esto llama fuertemente la atención ya que la responsabilidad del Gobierno no solo implica velar por los derechos de la ‘madre tierra’ sino también los derechos de quienes la habitan.

Por eso, a finales de 2018, la Pontificia Universidad Javeriana fue la casa del primer encuentro interreligioso entre representantes de la iglesia presbiteriana, anglicana, católica, evangélica y la ortodoxa griega, los pueblos indígenas de la Amazonía, líderes del islam, comunidades negras, afrodescendientes y raizales, y líderes hare krishna en Colombia.

¿Su propósito? Detener el impacto medioambiental a través de un llamado social a la moral y la espiritualidad, entendiendo la fe como motor para aunar esfuerzos y ponerle fin a la deforestación tropical, teniendo en cuenta que “Colombia, Perú, Brasil, República Democrática del Congo e Indonesia conforman el 70% de los bosques tropicales en el mundo”, según Juan Bello, jefe de la oficina ONU Medio Ambiente.

De esta jornada resultaron varios compromisos: fomentar modelos económicos que superen el extractivismo y la industrialización a partir de la visión indígena del buen vivir con la tierra, respetar la autonomía de los pueblos indígenas en la administración de sus territorios ancestrales, exigir la erradicación de las fumigaciones y convocar a las comunidades de fe para que participen y asuman su rol como gestores del cuidado del medio ambiente.

También surgieron llamados de atención al Gobierno nacional respecto a la construcción de políticas públicas que garanticen la conservación de los bosques tropicales y sus pobladores. “Creemos que hay que hacer una incidencia política para que podamos llevar, desde nuestras comunidades de fe, información sobre cómo cuidar el planeta a todos los rincones del país”, dijo Francisco Duque Gómez, presidente del Consejo Interreligioso en Colombia.

Cabe recordar lo mencionado por el papa Francisco en la encíclica  Laudato Si: “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar”; al referirse al medio ambiente, lamentablemente añade: “La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”.


El problema y el reto

Imagine que se embarca en una expedición a través de la Amazonía colombiana. Seguramente se encontrará entre inmensos bosques, tupidos por árboles y arbustos de unos cinco metros de altura o más, y lo primero que verá serán perezosos meciéndose sobre ramas, anguilas eléctricas por sus ríos, descargando cerca de 600 voltios al contacto con otras especies y un salvaje pero intrigante caimán negro. Sin embargo, esta escena puede no ser la misma de seguir escuchando noticias como que en 2017 la Amazonía peruana perdió cerca de 143.000 hectáreas o lo equivalente a 200.000 campos de fútbol a causa de la deforestación. Un tema serio.

Esto llama la atención sobre los graves efectos de este problema medioambiental. De hecho, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la destrucción del hábitat y las especies que lo ocupan, el calentamiento global y los gases de efecto invernadero con la tala de árboles que evitan el proceso natural de respiración y la absorción del CO2 de la atmósfera, la erosión del suelo y el aumento de inundaciones serían solo la punta de un iceberg capaz de terminar con la biodiversidad y las condiciones de hábitat de la humanidad, tal y como la conocemos.

Por eso, organizaciones nacionales e internacionales han tomado medidas para controlar estas consecuencias. Por ejemplo, el Gobierno expidió la Política Nacional de Gestión Integral de la Biodiversidad (2012) con la cual establece acciones para balancear los intereses de la sociedad frente a la biodiversidad y el mantenimiento de sus servicios; el Acuerdo Climático de París, gestionado durante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que establece medidas para la reducción de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), y recientemente, el fallo dictado por la Corte Suprema de Justicia que reconoce al Amazonas como sujeto con derechos.

De esta forma, Colombia, además de ser el segundo país con mayor biodiversidad del planeta o el primero en conservar la mayor variedad de aves y orquídeas, también es el hogar de comunidades indígenas, ancestrales, religiosas, afrodescendientes, entre otras. Que, aunque diferentes entre sí, conservan una misma intención, una misma responsabilidad. Cuidar su casa común, el planeta.