Los pasos a una democracia sin mentira ni engaño político

Los pasos a una democracia sin mentira ni engaño político

A dos meses de que los colombianos vayan a las urnas para elegir a los próximos alcaldes, gobernadores, diputados y concejales del país para el periodo 2020 – 2023, y teniendo en cuenta que la primera generación de los llamados centennials podrá ejercer su derecho al voto, la Pontificia Universidad Javeriana y la Universidad de los Andes organizaron el ‘Simposio internacional sobre mentira y engaño en política’, evento diseñado para la reflexión pública y académica sobre estos temas como prácticas comunes en la política contemporánea.

¿Cuáles son las características que definen la mentira y el engaño en la política? ¿Qué riesgos corre una democracia con estas actividades? ¿Qué actitud deberían asumir los ciudadanos frente a estas mentiras? Estas fueron algunas de las preguntas que articularon el encuentro realizado entre el 26 y el 30 de agosto pasados.

Iván Ramón Rodríguez, docente de la Universidad de la Salle y conferencista de la charla ‘Miedo y engaño en la política’, dijo que “el uso del miedo hace parte de la dominación social, pues no hay nada más eficaz para gobernar al pueblo que la superstición y, particularmente, la idea de que los soberanos no disponen de la libertad para gobernar como creen”. De ahí, que la mentira política sea “un discurso lógico, suficientemente coherente, dicho con autoridad, capaz de movilizar a la gente para alcanzar un objetivo político y preparado para tomar tranquilamente distancia de lo ocurrido”, en palabras de Francisco de Roux, sacerdote jesuita y presidente de la Comisión de la Verdad

Desde una mirada crítica de la filosofía, la profesora emérita de la Javeriana, Ángela Calvo de Saavedra, reconoció que, en efecto, hay una relación intrínseca e histórica entre la religión y la política, pues “su semejanza no solo corresponde a un origen común sino a la importancia que ocupa en ambas el término ‘creencia’”.

Es decir, la creencia social que en algunos casos es ejercida por el miedo, tal como lo afirmó Rodríguez al recordar las prácticas del gobierno romano, basadas en “una estrategia que no expira hoy sino que permite leer el presente desde el miedo y hace que los ciudadanos confíen ciegamente en sus gobernantes, aquellos que parecen comprender los asuntos de Estado desde una inteligencia superior que la población no posee”.

Por eso, uno de los riesgos que vive la democracia con la mentira y el engaño es que “las personas dejen de acceder a la información necesaria para tener opiniones sólidas; que recurran únicamente a aquellos que piensan lo mismo, originando polarización y violencia, evitando confiar en un sistema político que se basa en el diálogo y discusión ciudadana, y dudando, además, de la sociedad en su conjunto”, de acuerdo con Juan Samuel Santos, profesor de la Facultad de Filosofía de la Javeriana. No en vano, solo 19’636.714 colombianos de 36’783.940 habilitados asistieron a las urnas para depositar su voto durante las elecciones presidenciales 2018.

La mentira política consiste en organizar un discurso lógico, con un interés de conseguir poder, suficientemente coherente y capaz de movilizar a un pueblo para alcanzar un objetivo político”.
Francisco de Roux.

Por último, para entender el comportamiento de los colombianos ante el engaño, De Roux afirmó que, aunque los gobernantes pueden alcanzar sus posiciones políticas con mentiras o miedo, la tendencia de los colombianos es buscar al culpable, ver cómo destruirlo y acabarlo políticamente, ya que “la sociedad entera ha sido tremendamente herida por un periodo de violencia prolongado, lo cual la carga de traumas, problemas y conflictos, especialmente cuando surge un gobernante que maneja el discurso político”, puntualizó.

Así, es urgente despertar a una ciudadanía crítica que tome distancia de la ira, indignación y odio producidos por la mentira política para identificar a quiénes están moviendo las pasiones y emociones del país; una ciudadanía capaz de comprender la realidad histórica, que sea hábil para interpelar a sus gobernantes y sus propuestas y, sobre todo, que combine la discusión académica tradicional con la experiencia de representantes de movimientos sociales e instituciones gubernamentales para instaurar la práctica diaria de la verdad como lema de gobernanza y democracia.

Como, por ejemplo, en las próximas elecciones regionales.

De la prosperidad al caos: la vía venezolana

De la prosperidad al caos: la vía venezolana

Alguna vez hubo en la esquina superior de Suramérica un país diferente: con carreteras e infraestructuras de lujo, una clase media que se daba el lujo de adquirir productos de las mejores marcas e ir fines de semana completos a Estados Unidos, y una clase alta que se preciaba de comprar apartamentos de lujo en Miami. En aquel país, bendecido con unas reservas petroleras enormes y con precios internacionales altos para sus exportaciones, el desempleo se mantenía en niveles considerables frente a los de sus vecinos, el nivel de consumo estaba por encima de la media regional y, pensando en un futuro mejor, se invertían grandes presupuestos en educación universitaria y servicios sociales. Solían llamarlo la ‘Venezuela Saudita’.

Pero a la vuelta de 40 años pasó de un extremo a otro: en términos económicos, al desabastecimiento repetido de productos básicos y una inflación en alza; en los sociales, a la mayor expulsión de población en su historia, que ha llegado a ser calificada de ‘crisis humanitaria’; y en los políticos, a un régimen autoritario cerrado, hoy prácticamente aislado en el escenario internacional.

Las causas, los protagonistas y el desarrollo de aquella transformación serán abordados durante el XV Congreso La Investigación en la Pontificia Universidad Javeriana. El 12 de septiembre, durante el segundo día de actividades, se realizará el panel Mitos y realidades sobre Venezuela, en el cual la académica colombiana Socorro Ramírez, postdoctora en Ciencia Política e investigadora de la Universidad Nacional de Colombia, y el venezolano Tomás Straka, doctor en Historia y profesor de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), en Caracas, dialogarán sobre el pasado, presente y futuro del vecino país, con Martha Lucía Márquez, directora del Instituto Pensar de la Javeriana.

Con motivo de este diálogo, Pesquisa Javeriana conversó con Márquez sobre los cambios que están ocurriendo en Venezuela, las decisiones de sus dirigentes y los efectos que todo esto tiene en la política interior y exterior de Colombia.


Pesquisa Javeriana: ¿Cómo se dio el tránsito de Venezuela de un país modelo en la región a uno tan problemático, tan conflictivo…?

Martha Lucía Márquez: Para comenzar, no estoy de acuerdo con esa definición de ‘país modelo’. Venezuela hizo su transición a la democracia en el año 1958 y en 1961 redactó una Constitución que garantizaba los derechos sociales, en un escenario en el que había los recursos para cumplir con esas garantías gracias a los ingresos petroleros. Pero desde ese momento se construyó también un modelo de Estado, que algunos autores han llamado ‘Estado mágico’, porque satisfacía las necesidades de los ciudadanos y parecía hacer realidad sus sueños. Por ejemplo, con el recurso petrolero se podían garantizar altos salarios a los empleados públicos, a los trabajadores petroleros, subsidios a las clases bajas y apoyo a los empresarios.

Por eso, se puede decir que la crisis económica actual de Venezuela tiene mucho de histórico porque se mantuvo ese mismo modelo de Estado a pesar de que en un momento se agotaron los recursos para financiarlo. Específicamente, el chavismo sobredimensionó el ‘Estado mágico’ incurriendo en más gastos de los que podía pagar, gastos no sólo para los venezolanos sino, incluso, para subsidiar a otros países como lo que se hizo en el marco de PetroCaribe.

A esta crisis contribuyó también algo coyuntural, como fue que a partir del año 2008 comenzaron a caer los precios del petróleo y el Estado se quedó sin poder pagar todos esos compromisos que había adquirido; adicionalmente, muchísimos recursos se perdieron por cuenta de la corrupción. En conclusión, la fórmula fue la de un Estado gigante e hiperactivo, originado en 1958, que se magnificó en la Revolución Bolivariana, llegando incluso a atender gastos de otros países. Por eso no se puede decir que el Estado venezolano haya sido un Estado modelo.

Ahora bien, en el campo político, aunque se puede decir que la democracia venezolana nació en 1958 puesto que desde ese entonces los presidentes fueron elegidos por elecciones regulares más o menos transparentes, el sistema político  se edificó sobre la capacidad del Estado de repartir la renta petrolera para crear consenso entre la población. Por eso, la crisis de la democracia venezolana comienza justamente cuando a finales de los años 80 el Estado no tiene cómo pagar para crear consenso entre los ciudadanos y ni atender sus demandas, lo que es antecedente de la llegada al poder de Hugo Chávez .


PJ: ¿Y los otros países de la región, lo consideraban un modelo regional?

MLM: Esta pregunta es más complicada, porque depende de cuándo y desde dónde se mire a Venezuela. En los años 70, cuando Caracas impulsó el tercermundismo, era modelo para América Latina pero no para Estados Unidos. En tiempos de Chávez, Venezuela vuelve a ser mal vista por Estados Unidos por el cuestionamiento al ALCA y la creación del ALBA pero era bien vista por los países que recibían petróleo subsidiado y que tenían acuerdos de cooperación regional con ella.

Hoy, para muchos países de la región, a excepción tal vez de Bolivia, Nicaragua y Cuba, Venezuela aparece como una amenaza a la seguridad regional por el número de venezolanos que han emigrado, que ―dicen algunos― son cerca de cerca de 4 millones que han salido por la crisis económica. La mala imagen del país también se relaciona con la connivencia del régimen con el narcotráfico.


PJ: ¿Y Colombia?

MLM: En cuanto a las relaciones binacionales ha habido una larga historia de cooperación así como momentos de conflicto ―lo que se comentará en el panel del Congreso― . Por ejemplo, desde la desgolfización de las relaciones al finalizar los años 80 primaron las relaciones de cooperación puesto que el mayor desafío para Colombia era su conflicto armado, lo que no quiere decir que en el pasado no hubiera cierto recelo por las compras y la dotación de las Fuerzas Armadas Venezolanas. Estas compras se hicieron porque Venezuela era consciente del valor estratégico del petróleo, razón por la cual ha hecho siempre una inversión grande para defender sus reservas de amenazas externas.

Más recientemente, durante el gobierno de Hugo Chávez que coincidió con la presencia de Álvaro Uribe en el poder, hubo momentos de distanciamiento entre los países, pero también de cooperación, por ejemplo, Caracas actuó como facilitador del Proceso de Paz; también fue mediador en procesos de liberación con los secuestrados. No obstante, tras la muerte de Chávez  y la sucesión de Maduro, las relaciones entraron en una fase de deterioro que permanece.

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Martha Lucía Márquez, directora Instituto Pensar. / Cortesía, archivo particular


PJ: La semana pasada se reveló que el gobierno de Nicolás Maduro está sosteniendo diálogos con EE.UU. para aliviar las tensiones y las sanciones impuestas. ¿Cree, entonces, que la salida militar a la crisis venezolana queda descartada?

MLM: Creo que Estados Unidos está endureciendo sus sanciones para lograr una salida negociada, en otras palabras, que las sanciones han sido escalonadas. Una de las últimas fue el bloqueo de activos de CITGO, y el anuncio de que los países y las empresas que compraran crudo venezolano, serían sancionadas por Estados Unidos. Con esto evidentemente, los directamente impactados van a ser los ciudadanos, pero progresivamente lo van a ser también las burocracias del Estado y los militares… eso aumenta la posibilidad de que ellos, que son los que finalmente están apoyando al gobierno ―y me estoy refiriendo a rangos medios― puedan apartarse del régimen, como ya ha ocurrido, porque de hecho hay un número enorme de ellos en las cárceles. Eso también lleva al aislamiento de la cúpula en el poder, que se lucra al mantener el control del Estado ―lo que uno podría llamar una cleptocracia de gobierno que se apropia de los recursos―, pues la pone en una situación mucho más difícil que debe llevarla a una negociación.

En otras palabras, lo que se quiere construir es un escenario en el cual, quien está en el poder, sienta que es muchísimo más costoso y riesgoso permanecer ahí que dejar su puesto, y será entonces un escenario de negociación en el que participaran no solo Estados Unidos y la oposición, sino China y Rusia. Allí el régimen buscará su salida en las mejores condiciones.

Este escenario cada vez está más cerca pero no a la vuelta de la esquina puesto que las transiciones tienen su timing; son procesos largos, y lo digo en teniendo en mente la transición del Frente Nacional en Colombia, que fue una negociación que duró dos años. Lo que sí es claro es que el régimen de Maduro no es sostenible en el tiempo por su baja legitimidad, su aislamiento internacional, por la migración descontrolada y por la precaria situación económica.


PJ: Estamos hoy a menos de año y medio de que se acabe esta década. Pensando ya en los próximos 10 años, ¿hay posibilidad de que haya un gobierno socialista en América Latina? Y si la hay, ¿qué lecciones debería aprender de Venezuela y su socialismo del siglo XXI?

MLM: Lo que se ha conocido y en algunos casos se ha autonombrado como socialismo del siglo XXI son, en realidad, regímenes políticos muy distintos. En él se incluyen la propuesta indigenista de Evo Morales, las laboristas de Luis Inazio Lula da Silva y Dilma Rousseff, que contaban con un apoyo obrero muy grande, y, por supuesto, el socialismo bolivariano de corte militarista. Son experiencias todas muy distintas que, en los últimos cinco años, fueron reemplazadas por gobiernos de derecha. Sin embargo, en las últimas semanas, a raíz de la derrota de Macri se avizora un nuevo ciclo de gobiernos de izquierda con el posible regreso del partido justicialista en Argentina.

Estos partidos de izquierda, y entre ellos las propuestas socialistas , siempre tendrán eco entre la población latinoamericana mientras la región continúe siendo el continente más inequitativo del mundo. Sería de esperar que esos gobiernos aprendan de la experiencia venezolana un sentido de realismo político, particularmente que entiendan que los Estados no pueden incurrir en gastos que no puedan sufragar y que lo que tienen que hacer es priorizar gastos dirigidos a los sectores muchísimo más vulnerables, sin poner en riesgo la estabilidad macroeconómica. Adicionalmente, deben prevenir  los riesgos del autoritarismo, explorando formas de construir consensos sin la necesidad de darle excesivos poderes a los presidentes. Finalmente,
deben abocarse a una tarea que tiene que librar prácticamente todo el mundo, esta es la batalla contra la corrupción, que se ve muchísimo más favorecida cuando hay autoritarismo y no existe la alternancia del poder.


PJ: ¿Por qué la academia colombiana tiene que estudiar a Venezuela? ¿Y qué es lo que debe estudiar?

Un llamado a los electores

Un llamado a los electores

El 16 de septiembre de 1993, Rodolfo Llinás inició su intervención en la instalación de la Misión de Sabios con estas esperanzadoras palabras: “Este es un momento mágico para Colombia. Por primera vez, que yo sepa, un gobierno acepta la posibilidad de hacer un gran vuelco en el triángulo interactivo de la educación, la ciencia y el desarrollo tecnológico de este país. Esto se debe subrayar como una revolución positiva y sin precedentes”. Veinticinco años después, atientas de un nuevo proceso electoral del cuerpo legislativo y presidencial, las promesas anunciadas se ahogan en una perspectiva oscura para esta triada de la que habló el reconocido neurofisiólogo colombiano, formado en la Pontificia Universidad Javeriana. Esa revolución nunca se concretó, ni siquiera con la Ley 1286 de 2009.

Las apuestas de esta política pública, sin ser la salvación de la investigación y la innovación colombianas, apuntaban a fortalecer la producción de nuevo conocimiento en el país, para impulsar el desarrollo social, económico y productivo y “propiciar una nueva industria nacional”, como lo indicaba la citada ley. Entre sus estrategias se proyectó formular un Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI) e incorporar estos tres elementos como ejes transversales en la política económica y social del país, además de fortalecer las capacidades de la comunidad científica, para que sean relevantes en esferas regionales e internacionales; así como ajustar instrumentos, mecanismos financieros y de liderazgo para solventar el Sistema de CTI, entre otros.

Y las expectativas no tienden a mejorar cuando se confirmó una reducción del presupuesto en ciencia, tecnología e innovación para 2018, mucho menos cuando se esperaba una reglamentación por parte del Consejo Nacional de Política Económica y Social, que “arreglaría la casa”, pero finalmente se quedó en borrador. Nuestro país invierte hoy alrededor del 0,4 % de su producto interno bruto (PIB) en actividades de ciencia y tecnología, lo que no implica recursos netos directos para la producción de nuevo conocimiento. Por el contrario, las cifras del Banco Mundial indican que los países destinan en promedio más del 2 % de su PIB a ciencia e innovación.

Más allá de las cifras que evidencian nuestra desventaja global, lo cierto es que este es un año de reflexiones y de apuestas para alcanzar un crecimiento sostenido y sustentable. Y qué mejor que ir de la mano de la ciencia para este propósito. Sería, sin duda, un círculo virtuoso. Así es que tenemos el reto de exigir un nuevo enfoque a los dirigentes que habremos elegido en las urnas para los próximos cuatro años.

Los desafíos que enfrentamos como país en reconstrucción nos exigen altas cuotas de creatividad, claridad y respaldo académico. La ciencia, la tecnología y la innovación son el camino garantizado para cumplir dichas transformaciones. Hay que fortalecer la política pública en CTI para que cuente con herramientas jurídicas y presupuestales que permitan a los dirigentes defender a capa y espada el desarrollo basado en el conocimiento. Como sociedad podemos contribuir, desde nuestros diferentes roles, a que la ciencia haga parte de nuestra agenda pública, nuestra cotidianidad y nuestras soluciones.


Luis Miguel Renjifo Martínez
Vicerrector de Investigación
Pontificia Universidad Javeriana

Desde hoy, la edición 43 de Pesquisa Javeriana

Desde hoy, la edición 43 de Pesquisa Javeriana

Las elecciones para Congreso y Presidencia han marcado el inicio de este 2018. Siendo un tema de trascendencia, Pesquisa Javeriana le ha dedicado su informe especial de la edición 43, la primera del año, al análisis académico sobre cómo los partidos y los candidatos han configurado la actual campaña y qué pueden esperar los votantes en el corto plazo.

También lo invitamos a leer en este número:

  • Nuestra editorial sobre el papel que la ciencia está jugando en el actual panorama político.
  • Un reportaje sobre cómo se está transformando la Amazonía andina por cuenta de los proyectos hidroeléctricos en su cuenca.
  • La investigación que recaba información genética para prevenir o tratar tempranamente el cáncer de seno y de ovario en las mujeres.
  • El Proyecto Tramas, iniciativa de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, que rastrea las prácticas de prevención del VIH en la comunidad homosexual femenina.
  • La crónica sobre la transformación del teatro costumbrista colombiano al teatro moderno.
  • Analizamos cómo el cine documental está representando a las víctimas de la violencia.
  • La iniciativa académica de Colombia, Argentina y México para fortalecer la democracia en torno al manejo de los recursos naturales.
  • Infografía sobre los aportes que las investigadoras javerianas han realizado a la ciencia y el arte del país.

Si usted desea acceder a estos contenidos y no es suscriptor de El Espectador, puede descargar la edición digital (PDF) de nuestro número 43 en este enlace.

Un cubrimiento electoral aún por mejorar

Un cubrimiento electoral aún por mejorar

La elección de Donald Trump como presidente en 2016 cambió la forma en que se pensaba la política en Estados Unidos. Que un candidato polémico, sin experiencia en cargos públicos, con una retórica sin límites y que acusara a sus adversarios sin reserva alguna ocupara la Oficina Oval puso de manifiesto no solo el descontento del electorado con la política tradicional en el país del norte, también que algo había cambiado para siempre en su cultura electoral.

A tal punto se llegó que los académicos comenzaron a estudiar si los medios sociales y el exceso de las llamadas fake news (noticias falsas) en internet tuvieron que ver en el resultado electoral. Sin embargo, una investigación publicada en el Columbia Journalism Review, la publicación indexada de esa universidad especializada en temas periodísticos, encontró todo lo contrario: fueron los reportajes de campaña de los considerados medios serios (The New York Times, The Washington Post, The Chicago Tribune, entre otros), centrados más en las acusaciones y rumores de campaña, al igual que las historias personales de los candidatos, y no en sus propuestas programáticas de gobierno, los que incidieron en la decisión de los votantes.

Guardadas las proporciones, Colombia parece estar viviendo una situación similar. La actual campaña presidencial se ha centrado en las acusaciones de uno u otro candidato hacia sus contrincantes, en pronunciamientos salidos de la diplomacia que marcaba este tipo de procesos décadas atrás y en una exacerbación de los ánimos gracias a las redes sociales, los cuales han llevado a seguidores de uno u otro partido a protagonizar ataques contra contendientes políticos.

Ante esta situación, Pesquisa Javeriana habló con Mario Morales, profesor asociado del Departamento de Comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana y Director del Observatorio de Medios –adscrito a la Facultad de Comunicación y Lenguaje–, sobre cómo los medios de comunicación están cubriendo la actual campaña presidencial, los temas que están privilegiando en la contienda y aquellos a los que deberían darle un mayor despliegue periodístico.