La vejez, asunto  de todas las edades

La vejez, asunto de todas las edades

El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”, dice la canción para interpretar la experiencia de la vejez, que a veces llega con sorpresa. Esta es una realidad experimentada desde siempre por las personas, a título individual, y desde hace unas décadas por la población, sometida a un contundente proceso de envejecimiento demográfico.

La ‘transición demográfica’, un fenómeno que ocurre en muchos países, en Colombia se inició en la primera mitad del siglo XX: al comienzo, se presentan alta fecundidad, alta mortalidad y baja expectativa de vida al nacer. Hacia los años 30, descubrimientos como la penicilina impactan la mortalidad y aumentan la esperanza de vida. A mediados de siglo, la población crece al ritmo más alto de la historia demográfica del país: 3% como promedio anual; la mortalidad está en descenso, pero siguen naciendo muchos niños: siete hijos por mujer, en promedio. Llegan los años 60 con los anticonceptivos modernos: nacen menos, se mueren menos y los grupos numerosos nacidos bajo la altísima fecundidad, con el paso del tiempo, mueren más viejos. En 1990 la fecundidad baja a 2,5 hijos en promedio, al tiempo con reducciones de la mortalidad y aumentos en la esperanza de vida. En las últimas décadas, la fecundidad y la mortalidad tienen niveles relativamente bajos. De todos estos cambios acumulados en el tiempo, resulta el crecimiento de la población con 60 y más años.

En la actualidad, la especial atención que demandan las personas mayores tiene que ver no solo con su volumen creciente, sino también con las inequidades sociales persistentes. Aún es largo el camino para alcanzar la vejez digna para todos, entendida como el goce de un conjunto de derechos humanos que adquieren un sentido especial en la última etapa de la vida.

Como parte de su misión de ofrecer insumos de calidad para el diseño y ejecución de políticas públicas sobre esta realidad, el Instituto de Envejecimiento de la Pontificia Universidad Javeriana integra los esfuerzos de la demografía y la geriatría alrededor del proyecto Envejecimiento demográfico, derechos humanos y protección social de la vejez. Colombia 19512020. Focalización de la política nacional de envejecimiento y vejez, situación actual del país y perspectivas para un futuro próximo.

Los investigadores se basan en los censos de población del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, DANE (1954-2005), y en las proyecciones del periodo 2006-2020, así como en las estadísticas vitales de mortalidad, otros sistemas de registros nacionales y grandes encuestas socio-demográficas.

La vejez mayoritariamente tiene  cara de mujer

Estos estudios confirman que, entre toda la población mayor de 60 años, de por sí vulnerable, hay un grupo que se ubica en primera fila: las mujeres. Su profunda desprotección se da, en primer lugar, por ser mayoría absoluta en la vejez. Al tiempo que nacen más varones, la mortalidad masculina es más alta en todos los rangos de edad, con énfasis entre los 15 y 25 años por la importancia de la mortalidad violenta. En Colombia, el conflicto armado y aún más los índices de violencia juvenil urbana intensifican la sobremortalidad masculina, que es un fenómeno universal.

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A esto se agrega la fragilidad social de muchas mujeres mayores: todas han trabajado, empezando por las labores del hogar. Sin embargo, por lo general han sido empleos informales, sin ahorro pensional u otros beneficios. Muchas mujeres mayores no tuvieron oportunidades de estudio ni de preparación para el trabajo cuando jóvenes; no pudieron ahorrar, no tienen casa propia y, cuando pierden su cónyuge, aparecen la soledad y la precariedad material, de acuerdo con la coinvestigadora Margarita Medina.

Departamentos y ciudades con poblaciones más y menos envejecidas

“En todos los departamentos de Colombia, el crecimiento de la vejez es considerablemente más alto en comparación con la población total”, es una de las conclusiones del estudio. Sin embargo, la transición demográfica no ocurre con igual celeridad en todas las regiones. A partir de la clasificación realizada, la investigadora Medina concluye que, en términos generales, mejores condiciones de vida y mayor desarrollo socioeconómico favorecen una población más longeva y, por ende, más numerosa.

De esto resulta que, si bien la población con 60 o más años, localizada en territorios con mayor desarrollo es más numerosa, probablemente tendrá mayores posibilidades de protección social, en especial por parte del sistema pensional.

Entretanto, en el campo y municipios pequeños permanece una población con 60 o más años que, si bien no es tan numerosa, configura uno de los grupos más frágiles dentro de los vulnerables, debido a la brecha profunda entre el campo y la ciudad en materia de calidad de vida, cobertura de pensiones, servicios y oportunidades.

No son dádivas, son retribuciones

El Instituto de Envejecimiento, que dirige el médico geriatra Carlos A. Cano, plantea que los programas para mejorar las condiciones de los mayores no pueden calificarse de ‘asistenciales’ pues, por un lado, está el aporte de esta población al mundo laboral y familiar a lo largo de muchos años y, por otro lado, se debe considerar que, en sus familias, se dan relaciones de reciprocidad: las personas mayores dan mucho más de lo que reciben en términos de afecto, escucha, consejos, cuidado de otros miembros del hogar y apoyo material: “con frecuencia, la experiencia y sabiduría de la persona mayor no se reconoce, y repetidas veces predomina una imagen social negativa de la vejez”, agrega Medina.

Pero no solo eso. El aporte económico de los mayores tiene una dimensión demostrable: un estudio sobre los subsidios asignados a la vejez vulnerable, Programa Colombia Mayor, elaborado para el Departamento Nacional de Planeación, con la participación del Instituto de Envejecimiento, señala que los recursos económicos recibidos por ellos en muchos casos se invierten en la familia e impactan positivamente la calidad y cantidad de la alimentación y el nivel educativo de los miembros del hogar.

Llamados de atención

El Instituto de Envejecimiento invita a las familias, a la sociedad, al Estado y al sector privado, a las ONG, a comprender que el envejecimiento es un asunto de todas las edades y de toda la sociedad, así como a tener una visión holística de las demandas de la población mayor, en sus múltiples dimensiones.

Las políticas deben potenciar las capacidades de las personas; prevenir y atender sus riesgos de salud; favorecer la autonomía personal; impulsar programas nutricionales; garantizar la protección frente a la violencia; valorar la sabiduría de los mayores; desarrollar programas culturales; favorecer la conformación de redes sociales que los protejan; atender necesidades y demandas de protección legal, y mantener y fortalecer los subsidios estatales.

También se debe aterrizar, a nivel departamental y municipal, una política pública social para la vejez, ausente en muchos casos.

Para leer más

  • Instituto de Envejecimiento de la Pontificia Universidad Javeriana. (2014). De los hechos a la acción de la política, focalización de la Política Pública Social de Envejecimiento y Vejez del Distrito Capital. 2013-2014. (CD interactivo).
  • Instituto de Envejecimiento de la Pontificia Universidad Javeriana. (2013). “Salud y entornos sociales de personas mayores Residentes en Bogotá”. Componente cualitativo del Estudio SABE Bogotá (Salud, bienestar, envejecimiento). (CD interactivo).
Adultos mayores:  reconocer sus saberes para cuidarlos mejor

Adultos mayores: reconocer sus saberes para cuidarlos mejor

Érase una viejecita… que vivía en un barrio marginal de Bogotá. Sufría de diabetes y la martirizaba una úlcera varicosa en su pierna derecha, una “lora”, como se denomina popularmente esta lesión. El servicio de salud aprobó un tratamiento para acabar con el problema, el cual incluía la visita periódica de una enfermera para aplicarle un medicamento. En el hospital no sabían que la paciente alternaba el procedimiento con la aplicación de hojas de plátano, en cuyo poder cicatrizante confiaba… Hasta que la pierna mejoró. Mientras que el personal de salud atribuía el resultado a su tratamiento, la viejecita pensaba que eran sus hojitas de plátano. Y colorín colorado…

El cuento, que no es fantasía, ilustra la problemática que aborda el proyecto de investigación “Trayectorias de cuidado popular de las personas mayores con enfermedades crónicas en áreas urbanas marginales de Bogotá D. C.”, realizado por investigadores de la Facultad de Enfermería de la Universidad Javeriana, en el que invitan al sistema de salud a considerar las prácticas culturales que utilizan los adultos mayores con enfermedades crónicas para mejorarse. “Ello garantizaría un abordaje más congruente de su problemática”, dice la enfermera Fabiola Castellanos, PhD, una de las investigadoras principales, hoy decana de la Facultad de Enfermería.

Trayectorias del estudio

La vejez es un proceso natural al que se le ha dado poca atención. “Si los problemas de salud de los adultos mayores no son abordados adecuadamente, pueden llegar a provocar un impacto negativo para el sector salud”, explica Daniel Eslava, PhD, coautor de la investigación. Lo anterior no solo por el incremento en las enfermedades, sino por la pérdida del grado de autonomía que viene con la edad.

Al estudiar las trayectorias de cuidado de estos ancianos enfermos crónicos en situación de pobreza, Castellanos y Eslava constataron que la cultura –en este caso, la manera como los humanos, según su contexto, comprenden el mundo, su propio cuerpo y los procesos de salud y enfermedad– ejerce un papel fundamental para enfrentar enfermedades como las que enfoca la investigación: hipertensión, cardiopatías, enfermedad pulmonar obstructiva crónica y diabetes.

En el estudio participaron 18 adultos mayores entre los 56 y los 90 años, atendidos por las secretarías de Salud y de Integración Social del Distrito, con las cuales la Facultad de Enfermería de la Universidad Javeriana estableció un acuerdo. Con las herramientas de la antropología, los investigadores realizaron un estudio etnográfico (descripción de la población), que incluyó observación participante, diarios de campo y entrevistas, para explorar la subjetividad y el contexto.

En coincidencia con otros estudios realizados, los autores identificaron tres momentos vividos por los adultos mayores para construir su trayectoria del cuidado: el primero implica comprender la situación y nombrarla: “estoy tullido”, “tengo la sangre dulce”, “sufro de ahogos”; el segundo abarca la toma de decisiones para enfrentar la enfermedad por parte del paciente y de su familia; el tercer momento corresponde a las prácticas realizadas por unos y otros.

Estas personas asisten a los servicios de salud y reclaman los medicamentos, pero siguen las indicaciones a su manera, combinándolas con tradiciones populares, costumbres, consejos de parientes, curanderos u otros practicantes de medicinas alternativas. La recursividad siempre está presente en el sentido de que “hay que hacer de todo para mejorarse”, según ellos mismos lo afirman, y en esa fórmula la fe es un factor esencial para explicar el advenimiento de la enfermedad y para buscar la mejoría.

Los investigadores subrayan el escaso conocimiento desde la medicina alopática de las prácticas culturales del país, respecto de la salud y la enfermedad. Sugieren que aquí no existe el reclamado diálogo de saberes, y que por lo general todo se reduce, por parte del personal de salud, a descalificar prácticas diferentes sin conocerlas; y, por parte de los pacientes, a ocultarlas para prevenir un regaño.

Dejar descansar el cuerpo

“Me dijeron que soy crónico”. Esta frase, pronunciada con frecuencia por los pacientes, revela un desconocimiento de la enfermedad crónica. La mayoría se aferra a la idea de que es posible mejorarse definitivamente y no comprende que la única salida es vivir con la enfermedad y aprender a manejarla. A medida que la persona comienza a sentirse bien, cree que se está curando y resuelve suspender los medicamentos, con consecuencias tan delicadas que muchas veces termina en las unidades de urgencias.

“Estas personas no se sienten enfermas si no están definitivamente en la cama, postradas”, explica la investigadora Castellanos, y agrega que hay allí un problema de educación y comunicación. Como un aporte a su solución, los autores del trabajo elaboraron la cartilla El adulto mayor y la enfermedad crónica, que ofrece orientación general sobre la enfermedad crónica en un lenguaje sencillo.

El estudio identificó una creencia generalizada entre esta población: el cuerpo se afecta negativamente con “tanta pasta” que formulan los médicos, de manera que, si la persona se siente mejor, se debe “dejar descansar el cuerpo”, como ellos mismos afirman. Es el momento en que se reemplaza, por ejemplo, un medicamento para bajar la tensión por el agüita de uchuva.

Males del cuerpo, males del alma

Para los investigadores, los profesionales de la salud deben cuestionarse la percepción de que su verdad es la única y, así, un día lograr que el médico le indique al paciente tomarse su pastilla con el agüita de uchuvas. “La idea es poner a dialogar las prácticas de cuidado de adultos mayores con las que sugieren los profesionales”, explica la doctora Castellanos.

Y, más allá, este trabajo plantea la preocupación por una población olvidada: “El adulto mayor es subvalorado con más razón cuando aparentemente ‘no produce sino gastos’. Sin embargo, a pesar de las dificultades propias de su edad, ellos aportan a la sociedad, tienen mucho que decir, mucho que enseñar, mucho que compartir”, dice el investigador Eslava.

Pero el sistema de salud no hace esfuerzos por establecer con ellos una buena comunicación, dentro de una consulta adaptada a sus necesidades, diferente de la modalidad actual en la que la prisa no permite la expresión de los pacientes mayores, que hacen reminiscencias, que no responden directamente las preguntas, que se van por las ramas. Así resulta imposible, por ejemplo, considerar asuntos tan profundos como la soledad, la falta del compañero y entender que se puede morir de pena moral. El sistema no tiene respuestas para ello.

Toda esa reflexión conduce a la generación de nuevos conocimientos para nutrir los currículos de las ciencias de la salud y mejorar las competencias de los estudiantes frente a los desafíos del adulto mayor, que consisten básicamente en lograr más años de vida saludable, partiendo de la base de que envejecer no es enfermarse. No por azar la Facultad de Enfermería desarrolla actualmente la propuesta de una maestría en cuidado del adulto mayor.

“El desafío es poder interpretar lo que el adulto mayor vive en su proceso de enfermarse para poder individualizar su cuidado, garantizar su privacidad, posibilitar su interacción con el personal de salud, respetando y promoviendo su participación en la toma de decisiones que tengan que ver con el mejoramiento de su estado de salud”, concluyen los investigadores.


Para saber más:
  • » Castellanos Soriano, F. & Eslava Albarracín, D. (2014, enero-junio). “Me dijeron que soy crónico: lo que estoy haciendo para cuidarme”. Investigación en Enfermería: Imagen y Desarrollo (Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá) 16 (1): 11-25.
  • » Castellanos Soriano, F. & López Díaz, A. L. (2013). “El cuidado popular de las personas ancianas en situación de discapacidad y pobreza”. Investigación en Enfermería: Imagen y Desarrollo (Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá) 15 (2): 115-135.

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¿Qué tienes que contar reloj molesto?

¿Qué tienes que contar reloj molesto?

En Colombia, la población anciana crece sostenidamente; un hecho al que va asociado el incremento de las enfermedades relacionadas con la edad como la osteoporosis, la hipertensión arterial y las demencias.
La Clínica de Memoria del Instituto del Envejecimiento de la Facultad de Medicina y el Hospital Universitario San Ignacio de la Pontificia Universidad Javeriana son pioneros en la investigación sobre el tema.

Por Marisol Cano Busquets

“ Vive con alegría, que la vida es un instante”. Un verso del poeta persa Omar Jayyam, que sacude con fuerza, que hace mirar hacia atrás, pero pone frente a un proceso inexorable: el envejecimiento.

Los individuos envejecen; las poblaciones también. En Colombia, todos los subgrupos de la población anciana están aumentando, lo que representa grandes retos para la salud pública, las políticas estatales, la economía, las relaciones sociales y el entorno familiar.
¿Cuándo se considera que una persona es vieja? Las aproximaciones a esta respuesta son diversas y se transforman con el tiempo, debido a los cambios económicos, demográficos o políticos que sufre una sociedad. Algunas corrientes hacen la distinción entre “viejos-jóvenes”, es decir, los menores de 70 años; “viejos”, quienes se encuentran entre los 70 y los 80 años; y “viejos-viejos”, aquellos que están en el rango de edad de 80 a 100 años. Para la organización de las Naciones Unidas, con quien coincide la “Política nacional de envejecimiento y vejez 2007-2019” del Ministerio de la Protección Social colombiano, se habla de vejez al referirse a mujeres y hombres que tienen 60 años o más, ó mayores de 50 años si se trata de personas pertenecientes a poblaciones en riesgo, como los indigentes o los indígenas.

Es un grupo poblacional que no ha sido suficientemente estudiado en el país a pesar de que existen muchas instituciones y profesionales interesados en el envejecimiento. Para los mayores de 80 años la situación es aún más crítica debido a las problemáticas médicas y sociales que supone. Asuntos como la pobreza, la exclusión, la vulnerabilidad, el maltrato o las demencias requieren un mayor conocimiento para atenderlos adecuadamente.

En el país, un buen número de personas viejas continúa trabajando fuera del hogar, muchas veces en el mercado informal, sin la protección social necesaria; aún se encuentra lejana la realización de un derecho como el de la pensión, especialmente para las mujeres. La longevidad, además, también se traduce en mayor discapacidad y vulnerabilidad, relacionada con enfermedades crónicas y situaciones de viudez, de pobreza, de restricción de las redes sociales, y a la ausencia de servicios.

Demencia en los “viejos-viejos”

Cecilia de Santacruz, Pablo Reyes, Diana Matallana, Patricia Montañés y Carlos Cano,
investigadores del Instituto del Envejecimiento de la Facultad de Medicina y el Hospital Universitario San Ignacio de la Pontificia Universidad Javeriana, han dedicado sus vidas a estudiar a ese grupo que envejece, que ha recorrido el camino, que ha
visto pasar los días, que suspira cuando recuerda la juventud, que entre reflexiones y memorias cabecea y “al fin queda dormido sobre la mesa”, como diría el mexicano José Emilio Pacheco.

Uno de los trabajos del instituto, “Vejez, evaluación neuropsicológica y demencia. Particularidades de personas de 80 y más años consultantes a una ´clínica de memoria´ en Bogotá”, realizado en 2008 a partir del estudio de 401 historias clínicas, da respuestas sobre las características generales de las personas de 80 años atendidas en la Clínica de Memoria del Hospital Universitario San Ignacio entre 1997 y 2007, los diagnósticos más usuales y las especificidades sobresalientes en la evaluación cognoscitiva y neuropsicológica de quienes padecen demencia tipo Alzheimer.
Para explicar los principales cambios cognoscitivos asociados con la edad, los investigadores Cano y de Santacruz explican que las modificaciones de las funciones de un cerebro de 65 años no son iguales a las de uno de 80 años o más. En este último grupo, “la memoria de trabajo, o memoria a corto plazo, se modifica levemente, en especial en los tiempos de reacción, es decir, las tareas se hacen un poco más lentas. Por otro lado, la memoria reciente o, en concreto, la memoria episódica, se disminuye ligeramente, con lo que el proceso de aprendizaje es más lento. No obstante, las otras memorias se conservan”.

Si bien es cierto que, con frecuencia, se aceptan los mínimos cambios cognoscitivos como parte del envejecimiento normal, los profesores afirman que este hecho no sólo limita el entendimiento del problema, sino que lleva a que la persona afectada sea privada de un tratamiento más humano y coherente con su problemática. Precisamente, afirman que, “si bien los olvidos son corrientes en la vida diaria, el no identificarlos cuando se tornan muy frecuentes y trastornan el funcionamiento habitual, puede hacer que se postergue la búsqueda de atención y, por tanto, de las intervenciones que mejorarían la calidad de vida de la persona que padece una demencia. Ella puede ser excluida de la vida laboral sin el reconocimiento de su patología y de la indemnización correspondiente, o generar conflictos en las relaciones por cuanto se piensa que está simulando o que no hace el esfuerzo suficiente para cumplir con sus actividades”.

¿Qué es entonces la demencia?, parecería ser la pregunta indicada. Los investigadores explican que es la pérdida de funciones mentales, empezando por la memoria, pero que también comprometen el lenguaje, la coordinación motora o de movimiento, el juicio, el raciocinio, la abstracción, y, en consecuencia, las funciones social, familiar o laboral de la persona afectada.

Es posible identificar diversos tipos de demencia; entre ellas sobresalen las degenerativas, las vasculares, las secundarias y las mixtas. La más frecuente de las degenerativas es la enfermedad de Alzheimer. “En las causas secundarias se destacan tumores cerebrales, infecciones en el sistema nervioso, déficit de sustancias como la vitamina B y el ácido fólico”, explican los investigadores.

En Colombia, la población general se incrementa un 1,9% anual, la de mayores de 80 años crece a una tasa promedio anual de 4%, de ahí la importancia de los estudios que se concentran en ella, especialmente porque se trata del grupo más afectado —pero curiosamente el menos estudiado— por la demencia.
A pesar de la falta de información confiable, los investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana señalan que, a partir de estudios locales o regionales e investigaciones propias, se puede afirmar que la prevalencia de las demencias podría variar de un 5 a un 7% de la población colombiana, y que la incidencia asociada con la edad, podría calcularse hasta en un 17% en las personas mayores de 85 años.

Cuando las facultades decaen

La Clínica de Memoria del Instituto del Envejecimiento de la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana ha propuesto un enfoque de trabajo muy valioso para aproximarse a un fenómeno tan complejo como el del envejecimiento. Profesionales de distintas disciplinas, como la geriatría, la neurología, la psiquiatría, la neuropsicología y la medicina familiar, integran su equipo básico. Es una modalidad de trabajo interdisciplinaria y “conjuga actividades de servicio y docentes en torno a la construcción de conocimiento acerca de las demencias y otras patologías relacionadas que se nutre y revierte en acciones diagnósticas y terapéuticas”, cuentan los investigadores.

Quien consulta a la Clínica se encuentra con un proceso que incluye entrevista familiar, examen físico y evaluación general, examen neurológico completo, valoración de factores de riesgo social, entrevista psiquiátrica y examen mental, valoración de neuroimágenes, interconsultas, exámenes paraclínicos, escalas de depresión, pruebas neuropsicológicas, valoración de lenguaje, atención y memoria. Esto garantiza un adecuado estudio clínico y una certeza diagnóstica muy alta, algo esencial cuando se estudia a poblaciones en estos rangos de edad. Contemplar las perspectivas de la familia y los cuidadores, así como aspectos sociales, laborales y del entorno, entre otros, enriquece el trabajo de investigación y permite apoyar adecuadamente al paciente y a su familia.

La investigación que nos ocupa se planteó como objetivo identificar aspectos persona­les, familiares y de la valoración y diagnós­tico de las personas mayores de 80 años atendidas en la Clínica de Memoria del Hospital San Ignacio en Bogotá, profundizando en aquéllas con demencia tipo Alzheimer. Los resultados más importantes, explican los doctores Cano y de Santacruz, señalan que la mayoría de las personas que consultan la Clínica son mujeres menores de 85 años, bajo la responsabilidad, casi en la totalidad de los casos, de familiares —mujeres también en una altísima proporción—, quienes se encargan de acompañarlas y cuidarlas. Un dato consistente con el incremento de la esperanza de vida en Colombia, principalmente para las mujeres, que viven en promedio casi seis años más que los hombres. “El promedio de escolaridad es más alto que el de la población general de esta edad, ocho años en relación con cinco, lo cual puede explicarse por las características de la Clínica de Memoria. Menos de un 10% son calificadas como ´normales´ o con deterioro cognoscitivo leve, en tanto que el diagnóstico de demencias es el más frecuente, seguido por trastornos psiquiátricos, entre los que se incluyen depresión, trastornos de adaptación o trastornos de afecto. La demencia tipo Alzheimer se encuentra en primer lugar con un 66,9%. La evolución de la enfermedad es comúnmente de cinco años y menos, y entre esta categoría y los diez años, se ubica el 98% de los pacientes estudiados”, puntualizan.

El alto porcentaje de pacientes diagnosticados con la enfermedad de Alzheimer permite profundizar en sus características. La evaluación neuropsicológica de los pacientes mayores de 80 años que la padecen arrojó evidencias de decaimiento en las funciones de la atención dividida, o en la capacidad para manipular dos tipos de información al mismo tiempo. También se observó una disminución en la velocidad de procesamiento, si se compara ésta con la de los adultos jóvenes, así como un “deterioro importante en las funciones de aprendizaje de nueva información de tipo verbal, además de otras áreas como el lenguaje (disminución en la fluidez verbal), mantenimiento de la atención, y copia de dibujos”, explican Cano y de Santacruz. Así, a medida que aumenta la pérdida de funcionalidad, se presenta un declive en las funciones lingüísticas.

Con esta investigación se da un paso adelante en el conocimiento de las características de la población colombiana mayor de 80 años —aunque llama la atención sobre los vacíos y la falta de datos que aún prevalece en este campo—. Una tarea en la que se desempeña sistemáticamente el grupo de profesionales de la Clínica de Memoria. Se resalta, por ejemplo, otro de sus trabajos, “Los caminos de la exclusión, trastorno mental y vejez”, que aporta conocimiento sobre las vicisitudes, las necesidades y las opciones en el ejercicio y la garantía de sus derechos, de las personas mayores de 60 años con trastorno mental y de las familias, desde su propia percepción.

Al cuidado del cuidado

Una sociedad en la que empieza a tomar relevancia numérica el grupo poblacional de mayores de 80 años, debe prepararse para abordar el tema. Hay asuntos críticos para tener en cuenta. Al ser consultados sobre ello, los investigadores resaltaron que es muy
“importante el reconocimiento de la participación de las personas viejas en la vida familiar y social, pues en el país más de un 95% de ellas convive con sus familiares y aporta de distintas maneras al hogar, no necesariamente con una contribución económica, pero sí en la realización de las labores domésticas, en la crianza, en la vida afectiva, mediante sus conocimientos”.

Las familias o las personas encargadas de asistir a los viejos no cuentan hoy en día con los servicios y apoyos indispensables para el cuidado en casos de enfermedad o discapacidad. El país tiene una deuda con ellos en múltiples sentidos, especialmente si se hace referencia a personas con demencia. Es necesario aportar información acerca de la enfermedad para facilitar su comprensión y acerca de servicios a los que pueden acudir; apoyar en el cuidado, bien sea distribuyendo tiempos y tareas entre los familiares, o buscando ayudas en el entorno; crear redes y grupos de colaboración; desarrollar programas y servicios que faciliten el cuidado; así como destacar la gratitud y el altruismo implícitos en el cuidado a pesar de los esfuerzos y renuncias que conlleva, puntualizan los investigadores.

Los días y los meses pasan para todos. La esencia de la vida, en palabras de Jayyam, es un “sueño, una quimera, un engaño, un instante. (…) / ¡Mira la caravana de la vida que pasa! / Disfruta cada instante que escapa, jubiloso (…)”.


Para leer más…
+Página web del Instituto del Envejecimiento de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana: https://puj-portal.javeriana.edu.co/portal/page/portal/Facultad%20de%20Medicina/inst_enve_que
+Cano, Carlos; De Santacruz, Cecilia; Novoa S.J., Carlos; Matallana, Diana; Morelo, Leonilde Morelo; Vásquez, Socorro; Santacruz, Hernán. (2009). “Contingencias éticas y sociales del diagnóstico en las demencias”. En: revista de la Asociación Colombiana de Gerontología y Geriatría. Vol. 23, núm. 2. https://www.acgg.org.co/pdf/pdf_revista/2009/23-2.pdf. Recuperado 20/05/2010
 

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