Construir paz desde 3 territorios: retos en el posacuerdo

Construir paz desde 3 territorios: retos en el posacuerdo

La firma del acuerdo de paz en 2016 ha repercutido en las condiciones de vida del campo colombiano. Ha sido una oportunidad no solo para desescalar el conflicto en algunas regiones, sino también para que las discusiones de los territorios giren en torno a temas que la violencia armada no dejaba priorizar.

En el marco del XVI Congreso La investigación– organizado por la Pontificia Universidad Javeriana-, se presentaron dos investigaciones con resultados significativos para analizar y pensar la construcción de paz territorial en dos regiones del país.

Diálogo y construcción de paz territorial para el Catatumbo

A lo largo de cuatro décadas, en el Catatumbo, subregión ubicada en Norte de Santander, han hecho presencia las guerrillas del Ejército de Liberación Nacional (ELN), Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc), el Ejército Popular de Liberación (EPL) y los paramilitares del Bloque Catatumbo que tuvieron su proceso de desmovilización en el 2004.

Ante tal diversidad de actores armados, la respuesta de los diferentes gobiernos ha sido una fuerte militarización de la región, explica Juan Carlos Peña, profesor del Instituto de Estudios Interculturales de Javeriana seccional Cali.

El experto, quien investiga las formas en que las comunidades del Catatumbo se han organizado para afrontar el conflicto armado y sus efectos, realizó la investigación Propuestas campesinas para el diálogo y la construcción de paz territorial en la ZRC del Catatumbo, que se centró en los municipios de El Carmen, Convención, El Tarra, Teorama, Tibú, San Calixto y Hacarí, todos en Norte de Santander.

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Allí, diferentes organizaciones campesinas han venido apostando por una alternativa para la consolidación de la Zona de Reserva Campesina, una figura legal que les permitiría la propiedad de la tierra y su titulación, un ordenamiento territorial más acorde a sus necesidades, la participación comunitaria, potenciar la economía campesina y sobre todo, la sustitución de cultivos de uso ilícito.

En este contexto se han creado espacios de diálogo para negociar y buscar soluciones a las problemáticas de la región. Entre estos están la Mesa de interlocución y acuerdo; la Cumbre agraria, étnica, campesina y popular; Encuentros nacionales de zonas de reserva campesina; La Comisión por la vida, la paz y la reconciliación y la Mesa humanitaria y construcción de paz en el Catatumbo.

Estas plataformas han surgido como respuesta de las comunidades ante la violencia del conflicto y los enfrentamientos armados. Algunos de estas se han convertido en escenarios de diálogo entre actores sociales y el gobierno local y nacional.

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Adicionalmente se formó la Ruta de protección de líderes y lideresas del nororiente antioqueño, una estrategia que busca proteger a las comunidades en emergencias de violencia armada o por fenómenos naturales. Esta funciona como un mecanismo de promoción de derechos del campesinado y prevención de diferentes tipos de  violencia, pero también de atención ante eventos extraordinarios como hostigamientos contra líderes de la comunidad.

El investigador Peña concluye en su investigación que en el territorio existen importantes apuestas para tramitar los conflictos de forma pacífica, que han logrado permanecer a lo largo del tiempo y son reconocidas por las comunidades como espacios para la construcción de paz.

Además, el experto hace un llamado para que estos espacios sean protegidos y potenciados a través de la formación y articulación institucional con mecanismos producto del acuerdo de paz, pues la capacidad organizativa y de convocatoria asamblearia que tienen las comunidades del Catatumbo es el camino para que las mismas comunidades sean las protagonistas en la concreción de la paz territorial.

La salud comunitaria en San Vicente del Caguán y La Macarena

La investigación Análisis de situación de salud comunitaria de las poblaciones de San Vicente del Caguán (Caquetá) y La Macarena (Meta), 2020-2021 presenta una caracterización social, demográfica, económica y de la situación de salud de los habitantes de San Vicente del Caguán (Caquetá) y La Macarena (Meta). Estos dos territorios fueron lugares históricos con permanencia de actores armados. A causa del conflicto no cuentan con información histórica sobre la salud comunitaria de la población.

Con la firma del acuerdo de paz entre las Farc y el gobierno nacional, la situación de orden público permitió la llegada de profesionales en la salud para hacer este estudio.  En él participaron organizaciones sociales y campesinas, la Pontificia Universidad Javeriana, la Universidad Nacional de Colombia y La Salle. Además, contó con la participación de la Cruz Roja Colombiana y la Cruz Roja Noruega.

Los resultados presentados por Sandra Milena Montoya, profesora del Instituto de Salud Pública de la Javeriana muestran varias deficiencias en las condiciones de salud en ambos departamentos. En total se encuestaron 100 hogares en La Macarena y 171 en San Vicente del Caguán.

La cobertura de servicios públicos es escasa, resalta la investigadora. El agua que llega a los hogares en ambos municipios no es apta para el consumo humano. El 81 % de encuestados no realiza ningún tratamiento al líquido. Durante el año pasado, la cobertura de afiliación al sistema de salud no superó el 25 % de la población rural.

Los encuestados manifiestan que los servicios de salud en la región no son adecuados en términos de acceso, disponibilidad y calidad. En La Macarena el 47,8 % de las personas que asisten a estos servicios, lo hacen a pie. En San Vicente, el 54 % se demora entre una y dos horas en promedio para llegar a la atención médica.

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Entre 2016 y 2018 las principales causas de muerte fueron las enfermedades isquémicas del corazón (obstrucción de venas y arterias) y los homicidios. Los casos de sífilis gestacional, VIH y Hepatitis B han estado en aumento desde 2015, revela el estudio. Además, ambos departamentos aumentaron los casos de desnutrición infantil.

El 45 % de hogares encuestados en La Macarena y el 50 % de San Vicente se reconocieron como víctimas del conflicto armado. Según la Unidad de Víctimas, a partir de 2015 los hechos victimizantes disminuyeron en un 77 % y 84 % respectivamente.

Entre las conclusiones presentadas por Montoya está el hecho de que en ambos municipios perviven las violencias basadas en género, por lo que es necesario repensar el rol de las mujeres en el posacuerdo.

Además, el primer punto del acuerdo de paz con las Farc establece la creación del Plan Nacional de Salud Rural y, para la investigadora, se deben tener en cuenta las construcciones identitarias y territoriales para generar programas acordes a las necesidades de cada región.

Ambas investigaciones rescatan efectos favorables para las comunidades del proceso de paz, ponen sobre la mesa nuevas discusiones y voces que en medio de las balas era difícil escuchar y si bien registran grandes avances, también plantean puntos de partida para que las comunidades tengan mayor protagonismo y puedan construir la paz desde los territorios.

Perfil del barrista de un equipo de fútbol: pasión, odio y amor

Perfil del barrista de un equipo de fútbol: pasión, odio y amor

A partir del siglo XXI, cuando surge la era industrial y la sociedad capitalista, aparece la categoría social histórica de juventud como evolución de la sociedad humana. Los jóvenes comienzan a ser protagonistas de las consecuencias del capitalismo y como resultado de esta situación deciden establecer una nueva forma de organización social desde lo tribal, conformando colectivos donde prima lo afectivo, lo emocional.

Algunos comparten varias ideologías, los mismos gustos o la pasión por algo que en muchas ocasiones es el fútbol o la música que se vuelve un pretexto para el desahogo de lo irracional; así aparecen las “tribus urbanas”, más conocidas como “subculturas juveniles”.

Para la mayoría de antropólogos y etnólogos este concepto de tribu dista mucho, pues consideran que le faltan muchas características de las tribus primitivas; sin embargo, los medios de comunicación han quedado seducidos por el nombre y a la equivalencia de andar en grupo para denominarlo tribu, así como un fenómeno de las grandes ciudades que no surge, de ninguna manera, en el contexto rural, solo urbano.

Los medios se han encargado de la divulgación del nombre, creando un imaginario en torno a toda manifestación juvenil, la cual ya está calificada bajo categorías: rastas, punketos, barras bravas, etc. El término barra brava se emplea en América Latina para designar a aquellos grupos organizados dentro de una hinchada que se caracteriza por producir diversos incidentes violentos dentro y fuera del estadio de futbol.

El fútbol y las barras bravas

El fútbol definido como uno de los fenómenos más importantes del siglo XX, es sinónimo de pasión, sentimientos, fiesta, danza, baile, música, odio, guerra simbólica, religión y política. Es precisamente una ocasión para expresar en forma colectiva un sentimiento, un mínimo cultural compartido que sella una pertenencia común.

Para el barrista, el balompié es, sin duda alguna, el deporte rey por su carácter deportivo, por su engalanado protocolo, por el gol o por la destreza de sus jugadores. Para la sociedad consumista, el fútbol es más que eso, es una pasión, parte de su vida, de una cultura que cada vez se expande y fortalece.

Sin embargo, no es imposible hablar de fútbol únicamente como el deporte que se presenta en la cancha, sino en la tribuna, y todo lo que gira y acontece alrededor de esta. Aquellos lugares donde los hinchas se reúnen antes, durante y después del compromiso; espacios en los cuales la tribuna y la ciudad nos muestran toda una dinámica social y simbólica específica a través de las barras bravas.

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¿Cómo son los barristas?

Estas barras nacen de una subcultura juvenil en donde lo que se busca es la pertenencia a un grupo determinado que comparten los mismos gustos, pensamientos radicales: nacionalismo, xenofobia, exaltación de la fuerza, virilidad agresiva, sentido del honor asociado con la capacidad de pelear y la demostración del más fuerte. Sus integrantes en su gran mayoría son jóvenes entre los 14 y 25 años, pertenecientes a distintos estratos y a diversas zonas de la ciudad, los cuales son considerados como un grupo vulnerable.

Las barras bravas son grupos de aficionados que apoyan en todo momento al equipo, siguen su trayectoria con especial fanatismo, no dudando sacrificarse por los colores de su club; hacen apropiación simbólica de algunos sectores y del estadio y defienden la ciudad donde su onceno es local.

Se reúnen en torno al fútbol creando nuevas formas de expresión: producción discursiva, símbolos y tradiciones. Nacen por necesidades de barrio y por promover algún gusto afín al fútbol. Son soñadores, idealistas, ilusos, agresivos, de amores, de odios, leales y guerreros, porque así son todas las necesidades de barrio.

Conciben el partido como un ritual en el que desempeñan un papel activo, hablan constantemente de su conjunto y de lo que ocurre con él, se dotan de emblemas y símbolos que llevan consigo o adhieren a su cuerpo con pintura y tatuajes. El sufrimiento y el compromiso no desaparecen luego de terminado el juego, hacen seguimiento permanente de las noticias en los medios de comunicación, se identifican con su divisa en cuerpo y alma, acuden siempre al estadio e incluso siguen a su conjunto en sus desplazamientos.

Generalmente, utilizan banderas, lienzos y diferentes instrumentos musicales; se caracterizan por ubicarse en las tribunas populares, aquellas que frecuentemente carecen de asientos y donde los espectadores deben ver el partido de pie. Tienden a presentar ciertos rasgos comunes: exaltación de la fuerza, el nacionalismo, el sentido del honor asociado con la capacidad de pelea, la necesidad de reafirmación, marginalidad urbana, y consumo de alcohol y drogas. Están conformadas por “parches” jóvenes, sus “capos” suelen ser de mayor edad.

Estas barras bravas han adquirido notoriedad progresivamente en Colombia desde comienzos de la década de 1990, época que representa a los aficionados reunidos en esos extraños colectivos que han hecho del estadio deportivo un elemento vital en cualquier sociedad, aunque también un campo de batalla en el cual quedan tirados los sueños y, a veces, las vidas de jóvenes que apenas empezaban a entender por qué eran tan agresivos y por qué no defendían ideologías, credos, doctrinas o metas. Solo defendían un equipo de fútbol.

Están conformadas por líderes y fanáticos que generalmente viven en el mismo sector de la ciudad, comparten el tiempo libre, el estudio, el sentido de dominio, de hermandad y el gusto por el fútbol. Reestructuran las marcas locales establecidas a partir de experiencias territoriales de arraigo en el espacio que habitan mediante la participación en redes de comunicación deslocalizadas construyendo nuevas identidades.

Se acompañan de un carnaval que es la fiesta que hacen antes, durante y después del partido de futbol, alentando al equipo y exponiendo varios símbolos muy significantes para la barra como los cantos y bailes (inspirados en la cumbia villera argentina característica de un barrista), las banderas (robarle la bandera a otra barra es el mayor motín y la peor humillación, es cuestión de honor para muchas y por ella se pelea hasta la muerte).4

Las mujeres en las barras bravas

Las barras integran parches o grupos conformados por hombres y mujeres. Estas últimas sienten pasión y sentido de pertenencia hacia su equipo, lo hacen a través de bailes, forma de hablar, signos, comportamientos y representaciones. Proponen encuentros, manejan procesos editoriales y coordinan reuniones. La barra es su espacio de expresión, actuación y gusto por el fútbol.

Cada fanática vive de una manera especial el futbol, practica un ritual que incluye dos procesos uno dentro del campo y uno fuera de él. Vive con fervor esta pasión por el fútbol e incluso se ha arraigado como parte importante en la barra, y busca el reconocimiento ante el grupo de hombres como la más grande y la mejor.

La mujer expresa fuertes lazos de solidaridad referidos a la defensa de su barra y sus integrantes como premisa fundamental de acción. Tanto mujeres como hombres en la barra configuran un campo productor de significados, ya que este grupo se ha convertido en un medio para construir identidades colectivas y generar una integración que no distingue las desigualdades y las diferenciaciones sociales.

La violencia

Las acciones violentas de las barras bravas son producto de un amor ciego y compulsivo hacia un equipo de fútbol que en algunos casos reemplaza el amor que falta en la casa del seguidor o en su vida íntima y social. Este amor; fanatismo y sentimiento, es el que los lleva a adquirir un sentimiento de odio contra el contendor. Asisten personas de todas las clases y formas de pensar. En la tribuna manifiestan los nacionalismos, las realidades étnicas y culturales asociadas a sentimientos nacionalistas

Expresan mensajes discriminatorios y humillantes de figuras públicas, estigmatizan movimientos políticos, defienden zonas de reserva campesina, promulgan por la familia como eje central de la sociedad, hacedoras de principios y valores, emprendedoras, amantes de las buenas costumbres, con afán por la preservación de sus raíces y tradiciones. Expresan su contracultura, adoptan el ideal de la lucha de clases para combatir al capitalismo, son racistas, fascistas, xenofóbicos, homofóbicos y creyentes de la teoría de la raza superior.

Ciudad, lucha de clases y territorialidad

Los barristas hacen alusión al vestuario como el conjunto de accesorios que no se trata solamente de un look sino de otorgar a cada prenda significación vinculada al universo simbólico que actúa como soporte para la identidad. Reinventan las modas que ofrece el mercado para imprimirles, a través de pequeños o grandes cambios, un sentido que fortalezca la asociación objeto-símbolo-identidad.

Estos comportamientos reflejan una inconformidad hacia lo impuesto, y junto a la moda, conforman una mezcla donde la diversidad de clases sociales agrupadas en las barras bravas desaparecen representándose como un grupo unido y fiel a su equipo que escenifica el juego, dramatiza la derrota o la victoria.

Los barristas se apropian de la metrópoli, la recorren, la exploran y dejan sus huellas, la conciben como suya, la luchan, la respetan y la aman, es su imaginario, es su sueño, son sus dueños. Las imágenes de la ciudad son múltiples y cada hincha va armando simbólicamente su propio territorio de acuerdo con los recorridos y con los deseos que pueda realizar en estos espacios.

El territorio surge y se transforma según el fanático ejerza las acciones de denominar su espacio y recorrerlo. Es el lugar donde el barrista ordena su mundo. Es el contexto cultural en el que se desarrollan las caracterizaciones de cada actor. Para el caso de los barristas, sus territorios son los escenarios donde confluyen todos los anhelos, mitos, símbolos, conflictos, ideas y pasiones desatadas en un ámbito propio y privado.

Las barras son un híbrido de manifestaciones sociales, en el que se mezclan elementos de lucha de clases, tendencias musicales, políticas, modas y copias de expresiones de otros países.

Con códigos políticos y hasta militares

Los barristas viven entre dos sentimientos encontrados: de inmensa fe en sus propias capacidades y de desconfianza en las instituciones. Se sienten divorciados de los actuales líderes de la política, de las fuerzas armadas, de los medios de comunicación, de los dirigentes deportivos y del sector empresarial.

Estos grupos se caracterizan porque abogan por la autonomía; por la existencia del derecho a la diferencia aunque sean ellos mismos que no la respeten en ocasiones. Son una amalgama de etnias, razas y tradiciones, invadidos por una cultura extranjerizante.

Transforman todo en accesorios coreográficos, de la religión adoptan los emblemas; de las organizaciones políticas los símbolos más provocadores; de los movimientos revolucionarios la imagen de sus ídolos: de la milicia el saludo con el brazo derecho en alto; y de los grupos militares algunos códigos. Integran todo elemento comunicativo que pueda aportar al espectáculo y a la barra con el fin de alentar al propio equipo o intimidar al adversario.

Los barristas buscan espacios para existir y unirse con los jóvenes; fomentan su barra o parche para tener más integrantes que apoyen sus expresiones; crean nuevas palabras, sitios de reunión, estilos de vestir, nuevos usos y desusos del cuerpo; hacen respetar su espacio, proponen razones para ejercer dominios y libertad para despistar la inconformidad, de la pasión mediante el amor hacia su equipo.

Lejos de ser una válvula de escape a las frustraciones y problemas de la vida diaria, el fútbol, el estadio y la ciudad, adquieren un sentido mítico el cual es proyectado en la escenografía elaborada durante los partidos. Ello permite entender por qué los fanáticos convierten la ciudad en una prolongación del terreno de juego, en un espacio de simbologías, territorialidad, de diseño de mapas, de identidad, en escenario de enfrentamientos sociales y políticos.

Entonces nos preguntamos ¿Qué podría suceder con estas barras? ¿Un vandalismo desatado, furioso? ¿Una nueva propuesta de prácticas comunicativas? ¿Nuevos territorios simbólicos por conquistar? ¿Una nueva forma de defender la ciudad? Son interrogantes para otra publicación con el fin de tratar de dar una interpretación dentro de un espacio y campo altamente subjetivo cómo es la participación de las barras bravas en el fútbol.

* William Ricardo Zambrano es posdoctorado en Dispositivos Digitales. Doctor en la Sociedad de la Información y del Conocimiento y magíster en Comunicación Social. Contacto: william_zambrano@cun.edu.co zambrano_william@hotmail.com.

Literatura infantil, clave para resolver conflictos de niños y niñas

Literatura infantil, clave para resolver conflictos de niños y niñas

Había una vez una niña bonita, bien bonita.
Tenía los ojos como dos aceitunas negras, lisas y muy brillantes.
Su cabello era rizado y negro, muy negro, como hecho de finas hebras de la noche.
Su piel era oscura y lustrosa, más suave que la piel de la pantera cuando juega en la lluvia”.

Este es el inicio del cuento Niña Bonita, escrito por la brasileña Ana María Machado. Es uno de los ocho cuentos que los profesores de Psicología de la Pontificia Universidad Javeriana, Andrea Escobar y Mario Gutiérrez, utilizaron como herramienta para entender el rol que asumen los niños frente a conflictos o situaciones que se les presentan en la cotidianidad a partir de la literatura. Buscan con ello trabajar temas como la ansiedad por el abandono o el encuentro con los amigos, entre otros.

Su interés por conocer cómo los niños se posicionan frente a los conflictos nace de diversas preguntas: ¿Cómo están resolviendo sus problemas? ¿Cómo hablan de sus puntos de vista? ¿Cómo los transforman? “Este proceso se da por medio del uso de herramientas que pertenecen a su cotidianidad, no por herramientas pedagógicas o psicológicas. El cuento resulta ser un mediador muy importante que propicia entender al otro y, gracias a éste, surgen posiciones diferentes en el diálogo, encuentros y desencuentros acerca de lo que pasa en la narración”, explica Escobar.

La metodología de investigación se concentró en varios espacios de lectura con los niños de un colegio en el barrio El Codito, al norte de Bogotá. En estos momentos compartidos por niños de transición a quinto de primaria, leyeron con ellos varios cuentos para ver cómo interactuaban con la historia teniendo en cuenta que hay un conflicto subyacente a lo largo del cuento y posiciones diferentes entre los personajes.

Niña Bonita, por ejemplo, cuenta la historia de un conejo blanco que ha quedado sorprendido por la belleza de una niña afrodescendiente, especialmente por su color de piel, que considera hermoso. Esta situación puso en conflicto a los niños no solo por su concepción de la belleza, sino de la mentira, pues cada vez que el conejo le preguntaba a la niña “Niña bonita, niña bonita, ¿cuál es tu secreto para ser tan negrita?”, la niña inventaba alguna respuesta. La resolución de conflictos en los niños se da desde aceptar que el otro puede equivocarse, y al ponerse en sus zapatos -en este caso de los personajes- entender que los demás sienten y piensan igual que ellos. A la vez hay cosas que les duelen, desarrollan comprensión y aceptación frente a quienes los rodean.

A partir de esta experiencia notaron reacciones particulares por cursos. Inicialmente, les llamó la atención que “el niño pequeño está mediado por el punto de vista del adulto y cuenta mucho más lo que pasa con éste. A la vez, lo que más rescatan suele ser la apariencia física del conejo o de la niña, pero más relacionados con me gusta o no me gusta, o con experiencias de la vida de ellos”, continúa Escobar. Por el contrario, a medida que aumenta la edad, la descripción de personajes pasa a un segundo plano y se van introduciendo temas nuevos, “por ejemplo, hablar de racismo fue algo que apareció hasta tercero de primaria y es traído por ellos gracias a la manera como los niños conversan frente al cuento infantil. Eso nos llevó a pensar si realmente los niños más pequeños estaban hablando de racismo en algún punto, y encontramos que no. Es algo que se va construyendo, entre otras cosas por el contacto del niño con el entorno, o con otros actores sociales”, agrega.

También resultó llamativo que la edad no impedía a los niños disfrutar de la lectura del adulto, pues, como dice la escritora infantil Yolanda Reyes, “el cuento lo que le genera al niño es la sensación de que mientras él esté con el adulto y el cuento dure, el vínculo no se va a acabar”. De ahí la importancia de leer cuentos con niños y niñas; es ese vínculo con el adulto lo que realmente lo hace interesarse por la historia del cuento.

Durante los momentos de reflexión que se llevaron a cabo después de leer los cuentos, los psicólogos notaron que aunque los niños tendían a ser quienes guiaban las conversaciones, las niñas aportaban comentarios con mayor contenido temático para las discusiones. Y aunque hubiese algunos niños que parecían distraídos o tímidos frente a la conversación propuesta, al conectarse, aportaban puntos de vista que muchas veces cambiaban el ritmo de la discusión e introducían otros temas de debate. Esto se encontró principalmente en los cursos superiores, es decir, niños de tercero, cuarto y quinto realizaron un análisis con mayor profundidad frente a la historia misma y la implicación de las identidades múltiples de los personajes en el desarrollo del cuento, lo cual demuestra que a medida que los niños crecen tienen mayor posibilidad de realizar análisis de los conflictos, contando con muchos más elementos que enriquecen la trama, y al leer cuentos con historias conflictivas podrán situarse desde muchas más perspectivas y entender el conflicto desde diferentes puntos de vista.

Desde el psicoanálisis, Escobar concluye: “Hay que tener cuidado con la estereotipación de los marcos teóricos. Muchas veces, en el afán de clasificar características, se fuerza un marco teórico sobre un hallazgo, y en este caso no podemos decir que todos los niños tendrían más o menos el mismo tipo de posicionamiento de la identidad frente a conflictos ni podemos hablar de una identidad única, total, acabada, íntegra, sino más bien de posiciones de la identidad de acuerdo con los temas que asumen”.

Una de las conclusiones principales de esta primera fase de la investigación es que es fundamental generar conversaciones desde la literatura con los niños. Desde las que se les permita no solo interactuar con la historia misma, sino con los conflictos que puedan vivir los personajes para reconocer al otro como un ser diferente de sí mismo. Además, dicen, se generan espacios de reflexión y aprendizaje en la vida propia, especialmente en el contacto con el otro que le permiten al niño desarrollar múltiples posibilidades para su identidad a un ritmo único en cada caso.

Del diseño a la mesa

Del diseño a la mesa

Entre sombreros andinos, ruanas tejidas y maracas, cuatro profesores de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Pontificia Universidad Javeriana cantan a una sola voz La cucharita, de Jorge Velosa, una de las canciones más representativas de la sabana cundiboyacense.

Se trata una práctica común entre los diseñadores Gloria Barrera Jurado, Cielo Quiñones Aguilar, Jairo Acero Niño y Nelson López Gamboa, todos profesores de la asignatura ‘Diseño y cultura’. Llevan más de 10 años rescatando las tradiciones culturales y prácticas identitarias de las comunidades colombianas a través del trabajo de co-creación con estudiantes.

Esta asignatura surgió del trabajo del grupo de investigación Diseño Socio Cultural, del cual hacen parte Quiñones y Barrera. Hasta el momento han resultado publicaciones como Conspirando con los artesanos: Crítica y propuesta al diseño en la artesanía, Diseño socialmente responsable: Ideología y participación, Autonomía Artesanal: Creaciones y resistencias del Pueblo Kamsá, entre otros.

De acuerdo con las investigadoras, en este proyecto se “abordan las problemáticas prioritarias del país en términos del reconocimiento de la diversidad cultural, de la protección de las expresiones culturales de los pueblos y la identificación de situaciones apremiantes como la crisis ambiental, la crisis civilizatoria y los problemas de homogeneización de la cultura”.

Así, los estudiantes crean productos para responder a realidades y problemáticas encontradas en las regiones analizadas interpretando las relaciones culturales, políticas, económicas y ambientales de sus grupos sociales.

“Hacemos una aproximación a diferentes pueblos de todo el país para rendirles un homenaje a aquellos que han sido invisibilizados e irrespetados como los pueblos originarios, los campesinos y los afrodescendientes”, dicen los docentes.

Pesquisa Javeriana estuvo presente en la última clase de esta asignatura con  aproximadamente 15 estudiantes, quienes recrearon los platos más representativos de las regiones Andina, Caribe y Pacífico.

El siguiente vídeo es una recopilación del trabajo realizado durante el ejercicio ‘Carnaval en la mesa’, proyecto en el que los estudiantes escogieron una fiesta colombiana, exploraron sus alimentos y los diferentes oficios artesanales para realizar una propuesta de diseño en torno a los servicios de mesa para estas cocinas tradicionales.

https://youtu.be/7hEm1nN0vS0

Migración: la experiencia de los niños según los niños

Migración: la experiencia de los niños según los niños

Hasta hace unos veinte años las investigaciones en antropología, las ciencias sociales y de la salud se enfocaban, en su mayoría, en estudios sobre los niños y no con los niños. En general, asumían que no era necesario tenerlos en cuenta en las investigaciones porque, tal vez, eran vistos como un apéndice de las familias: con raras excepciones se les entrevistaba, eran los padres quienes asumían la vocería. Esto pasaba en los estudios indígenas, afros, sobre la violencia y sobre la migración, claro. La caracterización de las migraciones dentro y fuera del país se lograba a partir de la voz de los adultos: de sus experiencias, vivencias y dramas.

A comienzos del siglo XXI las migraciones internacionales de colombianos aumentaron de manera notoria y varios investigadores relacionaron este fenómeno con las rupturas del núcleo familiar. Algunos juzgaron a los hijos de padres en situación de migración como personas abandonadas, peligrosas y perezosas. Se empezó a hablar de esas «malas madres» que los dejaban «botados»; se empezó a hablar de esos padres a quienes solo les interesaba el dinero.

Bajo ese contexto –en medio de ese paraguas «teórico»–, la enfermera y antropóloga de la Pontificia Universidad Javeriana, María Claudia Duque, decidió realizar su tesis de doctorado en Antropología, sobre migración desde la perspectiva de los niños –en este caso, desde la perspectiva de niños colombianos que vivían en Tampa, Florida, en Estados Unidos–. Gracias a esa decisión –no bien vista por algunos colegas–, desde hace unos quince años Duque se convirtió en una de las primeras investigadoras del país y de América Latina que vio a los niños como agentes que influyen y construyen realidades sociales; o sea, como informantes claves para comprender la cultura.

En su tesis doctoral de 2004 –Colombian Immigrant Children in the United States: Representations of Food and the Process of Creolization­– Duque concluye que los niños migrantes son agentes y actores capaces de construir identidades que se expresan en sus prácticas y gustos alimentarios.

Después del doctorado Duque volvió a Colombia y analizó, a través de entrevistas individuales y grupales, y encuestas, las experiencias de varios niños de Risaralda y Bogotá en circunstancias de migración parental. Descubrió que ellos son agentes que, aunque comparten realidades comunes con ciertos miembros de las familias, viven sus experiencias propias. Descubrió que la mayoría de niños entiende la migración de sus padres, a pesar de ser una situación difícil y dolorosa, como un sacrificio para el bien de toda la familia –incluyéndolos. Y lo anterior, desde la mirada de ellos, a veces vale la pena, a veces no, todo depende de la edad del niño, de qué padre se ha ido –si es uno, si son los dos, si es una madre cariñosa, si no lo es. También depende de los cuidadores que se encargan de su cuidado –si lo tratan bien– y, desde luego, depende de las estrategias para mantener los vínculos afectivos –las remesas, regalos que recibe desde el exterior, llamadas, fotos… Duque demostró que los niños colombianos viviendo migración parental no son hijos abandonados, imaginario que aún perdura entre algunas oenegés, medios de comunicación e investigadores sociales–.

«Las narrativas de los niños en su mayoría no hablan de rupturas, sino de transformaciones y formas familiares diferentes a la nuclear (padre, madre, hijo) (…) Los niños viviendo situaciones de migración parental pueden ser al mismo tiempo poderosos e impotentes miembros de sus familias», escribió la investigadora en su artículo Niños colombianos viviendo migración parental, en 2011.

«Las investigaciones de María Claudia sobre migración con niños fueron innovadoras y respondían a una necesidad investigativa que, hace diez años, pocos asumían por sus grados de dificultad –no es nada fácil trabajar con niños de seis años para adelante», dice William Mejía, economista y Magíster en Migraciones Internacionales, profesor de la Universidad Tecnológica de Pereira y coordinador de la red sobre migraciones Latinoamericanas, Colombiamigra.

Lo de María Claudia Duque ha sido una brega por romper estereotipos y evidenciar mundos complejos que no se pueden representar, simplemente, con un «pobrecitos» o un «malos padres». Eso de que la migración es un hacha que corta raíces, bueno, no es tan cierto, no es tan negro ni blanco. Las conclusiones de sus estudios no son maniqueas y abordan el tema desde su complejidad… Y esa complejidad tiene una intención: deconstruir los estereotipos y los prejuicios, y, así, delimitar los problemas, definir las acciones de intervención y políticas sociales: «La investigación tiene que ser política», dice la investigadora, y concluye: «Sí. Tiene que ser política, mas no politizada ni manipulada».

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Migración y niñez (serie de investigaciones desde 2003 hasta 2011).
INVESTIGADOR PRINCIPAL: María Claudia Duque Páramo.
Facultad de Enfermería – Departamento de Enfermería en Salud Colectiva – (Profesora jubilada).
PERÍODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2003 – 2011.

La Claraboya de Pesquisa | Episodio 1: Arrullos y currulaos (parte 1)

La Claraboya de Pesquisa | Episodio 1: Arrullos y currulaos (parte 1)

Bienvenidos a La Claraboya de Pesquisa, nuestro podcast de ciencia para personas que no son expertas en ciencia.

En este primer capítulo presentamos a Óscar Hernández, quién dirige las iniciativas de Creación Artística en la Vicerrectoría de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana. Su investigación sobre la música tradicional del Pacífico sur colombiano lo llevó a trazar una ruta para entender la influencia de las diferentes formas del arte en la construcción de la identidad regional y nacional.

Él será nuestro guía por este apasionante universo musical de los arrullos y currulaos.

Más información en: https://arrullosycurrulaos.tumblr.com/

Aquí, el segundo capítulo de esta conversación.

Transformaciones culturales de la geografía colombiana

Transformaciones culturales de la geografía colombiana

Desde el periodo colonial, empezaron a circular ciertas representaciones sociales sobre las poblaciones, que apelaban a las influencias de los climas, los paisajes y los particulares tipos de mestizajes. De esta manera, se fueron estableciendo asociaciones entre ciertos lugares y las características de la gente que los habitaba, lo cual se acentuaba por el aislamiento derivado de la particular geografía del país y los ineficaces esfuerzos para posibilitar su comunicación. “Muchas de estas representaciones”, dice el antropólogo javeriano Eduardo Restrepo, “tienen sus orígenes en concepciones propias del determinismo climático, geográfico o racial, hace mucho tiempo refutadas por la ciencia”.

Biodiversidad, multiculturalismo y patrimonio fueron los tres ejes de la investigación “Identidades regionales en los márgenes de la nación. Políticas y tecnologías de la diferencia en el Caribe, los Llanos Orientales y el Pacífico”, en la que confluyeron distintos estudios de las universidades Javeriana y Magdalena, para evidenciar, como concluye el trabajo, que “desde las mismas regiones o desde afuera se han creado ideas que hacen ver a los llaneros, chocoanos y costeños como pueblos inferiores en términos raciales y culturales, y como si fueran entidades homogéneas”.

A través del concepto de formación regional de la diferencia, elaborado por los investigadores, se demuestra que concebir al país como fracturado en regiones responde a “políticas e intervenciones concretas que refuerzan o transforman las representaciones sobre la naturaleza, la historia y la cultura en el Caribe, los Llanos y el Pacífico”.

Liderado por Restrepo, su colega Julio Arias Vanegas, ambos profesores e investigadores de la Universidad Javeriana, y por Fabio Silva, de la Universidad del Magdalena, el trabajo parte de varios estudios de caso. “Lo más valioso de esta investigación”, dice Restrepo a Pesquisa, “es haber apoyado tesis de pregrado y de maestría en estas tres regiones y desde una dinámica de trabajo de grupos de investigación”.

En los Llanos orientales

En dos municipios del Meta, Puerto Santander y San Martín, Ingrid Díaz estudió el patrimonio, entendido como “aquello que construye la idea del pasado o del presente y que fue o debe ser dejado como herencia para el futuro”, según se lee en su tesis. Díaz se enfocó en dos casos: el museo arqueológico de la cultura guayupe, que tiene piezas arqueológicas relacionadas con el pasado indígena de la región de Puerto Santander, y las Cuadrillas de San Martín, consideradas patrimonio cultural de la nación. Estas consisten en “danzas” que representan las batallas entre grupos definidos, como españoles, árabes, indios y negros, en las que intervienen 48 jinetes.

Díaz advierte que, al analizar los discursos y las prácticas desarrolladas por quienes toman decisiones sobre el patrimonio, “funcionarios y entidades, a través de programas y legislaciones, definen e intervienen, no solo el patrimonio, sino la cultura, los territorios, las poblaciones, la historia y las identidades de las poblaciones involucradas en la patrimonialización”, esta última referida al patrimonio cultural.

Sergio Ramírez trabajó la dimensión ambiental de los Llanos, analizando cómo la idea de conservación empieza a atravesar políticas públicas, de desarrollo sostenible y de turismo en Puerto Gaitán, municipio que ha sido calificado como “paraíso natural”. Rocío Martínez, por su parte, profundizó en la transformación de la manera de mirar a los indígenas, que pasaron de no ser considerados seres humanos a ser pensados como parte del multiculturalismo nacional.

El profesor Arias, quien coordinó el equipo en los Llanos, hizo una lectura histórica de las formas en que ha sido concebida la naturaleza de esta región, primero como “natural”, para la ganadería extensiva, y más reciente y aceleradamente como “natural”, para la agroindustria a gran escala. Arias muestra así que estas distintas concepciones han estado asociadas a formas específicas de exclusión de la tierra, y de jerarquización racial y cultural de sus pobladores rurales.

En el chocó

La investigación de Mónica del Valle versó sobre la imagen de la naturaleza y su relación con lo humano en la literatura chocoana, principalmente en la obra Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia, de Carlos Arturo Caicedo Licona, escritor de Quibdó, y cómo esa representación configura una identidad chocoana.

El trabajo de Sonia Serna, “En blanco y negro. Paisas y chocoanos en Quibdó”, se aproximó a la diferencia en la concepción de identidades dentro de la propia región. “La gente en el bajo Atrato tiene unas maneras de elaborar identidades locales —como el chocoano, el costeño, el chilapo, el cholo, el libre—, que no necesariamente operan en Nuquí o en Quibdó”, explica Restrepo. La investigación esbozó las categorías con que la gente se piensa a sí misma y piensa a los otros, y planteó límites entre las diferencias que existen de lo “chocoano” dentro del propio departamento.

¿Cómo la imagen del Chocó como región inhóspita, de naturaleza agreste, donde la civilización está ausente, se convierte en una gran riqueza por su biodiversidad y su valor genético y biológico? Esto se debe, de acuerdo con la investigación, al discurso ambientalista de los últimos años. Pero el del multiculturalismo también ha incidido mediante el proceso de etnización, lo que significa pasar de pensar en una gente que habita la zona occidental del país como campesinos o raza, a concebirla como grupo étnico, con tradiciones, prácticas particulares de producción y una relación armónica con la naturaleza.

En el caribe

La región caribe, coordinada por el profesor Silva, incluyó trabajos que demuestran cómo el discurso de “lo caribeño” se empieza a arraigar y reemplaza el de “lo costeño”, en un intento por reconceptualizar la región. Se trata de “un discurso que surge en un momento muy particular de la historia del país por parte de una élite de intelectuales y de poder”, explica Restrepo.

Andrés Forero hizo una etnografía del Museo del Caribe, en Barranquilla, y encontró que la narrativa se concentra en resaltar que “la región caribe es la más mestiza de Colombia, la más diversa en todos los sentidos de la palabra, y por el hecho de ser parte del Caribe insular”. Forero explica que “hay una intención consciente en el museo de no mencionar los conflictos sociales: las diferencias que se exponen no tienen que ver con la desigualdad social, sino con su carácter cultural”.

Por su parte, Álvaro Acosta se concentró en el proceso de creación del Centro Histórico de Santa Marta, una iniciativa apoyada por sectores económicos para generar proyectos turísticos, cuyo propósito es transformar el entorno, abandonado por la gente que tradicionalmente lo ocupaba, como los vendedores ambulantes. En este trabajo, dice Restrepo, Acosta explica “cómo se dan esas disputas por el espacio desde esta política de patrimonio del Centro Histórico”. Siguiendo la línea del turismo, Laura Chaves enfocó su trabajo en la perspectiva histórica de pensar este sector de la economía en los años setenta —al “estilo Rodadero”— en contra- posición a un turismo ecológico. “Ella muestra cómo, detrás de la producción de un espacio para que sea consumido como turístico, hay procesos políticos, militares e intereses económicos que se ponen en juego”.

Biodiversidad, multiculturalismo y patrimonio

Otros investigadores, como Álvaro Acevedo, estudiaron aspectos del concepto de lo caribeño en redes sociales; la producción artesanal como mercancías con identidad fue investigada por Daniel Ramírez; y Julián Montalvo hizo sus aportes al identificar instrumentos para la posible construcción de una identidad regional en el Caribe.

Uno de los resultados arrojados por la investigación fue que los discursos sobre la biodiversidad han impactado de manera más fuerte en el Chocó que en las otras dos regiones estudiadas porque, en términos de políticas públicas, allí está más claro el discurso de la conservación; y, en términos de procesos organizativos, el vínculo entre multiculturalismo y biodiversidad es evidente.

Con respecto al discurso del multiculturalismo, el estudio concluye que “ha transformado radicalmente las identidades regionales, pero sobre todo en ciertos sectores poblacionales” de una misma región.

Las conclusiones en cuanto al patrimonio también son diferentes de acuerdo con las regiones: mientras que en los Llanos el concepto está más ligado a procesos de apropiación locales, en el Caribe se articula más con el turismo para el “otro”.

“En últimas”, concluye Restrepo, “lo que hacemos es socavar la inocencia de las narrativas de la colombianidad, porque son producidas desde unos lugares, desde unas visibilidades, y también desde unas invisibilidades que ordenan gentes y geografías en proyectos, en nombre de los cuales se los somete: el desarrollo, la modernidad, la iniciativa empresarial, los trenes. Y nada de eso es inocente”.


Para saber más:
  • »  Restrepo, e.; Arias, J. & silva, F. (dirs.). (2011). “Identidades regionales en los márgenes de la nación: políticas y tecnologías de la diferencia en el Caribe, los Llanos Orientales y el pacífico”. Manuscrito.
  • »  Valle, M. del. (2011, julio-diciembre). “Glosa paseada bajo el fuego y la lluvia: cinco lentes para mirar el Chocó”. Perífrasis (Bogotá) 2 (4): 71-85.

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Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Barras de fútbol: violencia, identidad y territorialidad

Con estupor, un hincha del equipo visitante del fútbol profesional colombiano en el estadio El Campín observa cómo, 15 minutos antes de acabarse el encuentro, la policía le pide el favor de que abandone la tribuna. “¡Todavía no se ha acabado, faltan 15…!” reprocha el aficionado, pero la intención de la autoridad no cede.

“¡Por favor, haga caso que es por su seguridad, es peligroso para usted porque aquí las barras son muy bravas, es mejor que se retire!”, reitera el uniformado, mientras los hinchas locales, en total desafío contra el frío bogotano, cantan al unísono con la camiseta de su equipo en la mano. Ellos, los locales, extienden orgullosos su bandera de grandes proporciones, sus símbolos guerreros, mientras cantan ofensas al hincha contrario.

Detrás de esos símbolos, los uniformes y los cánticos a favor de un equipo y en contra de los rivales, se esconden aspectos como la territorialidad, la violencia y la identidad de miembros de la sociedad que deciden vivir y hasta morir en torno a una barra de fútbol.

Una investigación de tesis doctoral en antropología —efectuada en la Universidad Sorbonne Nouvelle Paris 3 por Jairo Clavijo Poveda, docente del Departamento de Antropología de la Javeriana— estudia estas manifestaciones colectivas. En ella el profesor buscó establecer la naturaleza de las prácticas sociales de los barristas.

En esta investigación etnográfica fue necesario convivir con dos de las barras de Bogotá y realizar una observación participante —como metodología— en la que se aplicaron entrevistas semiestructuradas, entre otros métodos de recolección de información.

“El elemento clave de análisis de las barras es el lenguaje, pues la acción más notoria de los barristas es reunirse para expresarse colectivamente a través de sistemas de representación tales como el habla, pero también formas no verbales como las imágenes, los signos, los símbolos utilizados”, comenta el investigador.

“Todos los domingos en la tarde.
Me voy a la cancha a ver al más grande.
En mi cabeza no me importa. Lo que diga todo el periodismo y la Policía”.

Antecedentes

Las primeras barras estructuradas en el país surgieron en 1987 y 1986 con los Saltarines del equipo Santa Fe y Escándalo verde del Nacional, respectivamente. Hacia 1991 se fundó la barra Blue Rain de Millonarios y posteriormente nació Comandos Azules. Todas adoptaron nuevas formas de comportamiento en los estadios para alentar a su equipo.

“Estos nuevos grupos adoptan los cantos barristas argentinos y movimientos en las tribunas, lo que empieza a llamar la atención de muchos jóvenes hinchas”, resalta la investigación.

En un inicio las acciones de los barristas se centraban en el estadio, pero no tenían como medio de expresión la violencia física. Sin embargo, sus integrantes fueron adoptando un lenguaje más agresivo contra los adversarios, lo que condujo a los primeros enfrentamientos con la policía dentro y fuera del estadio.

Sentido de pertenencia: entre territorialidad y violencia

Aunque en el imaginario del ciudadano común las barras están compuestas por jóvenes y adultos de clases medias y bajas, se comprobó en esta investigación que su proveniencia social es heterogénea. “A pesar de las posibles diferencias sociales todos se comportan de manera similar de acuerdo con unas reglas y jerarquías internas, bajo un compromiso implícito de inclusión”, afirma Clavijo.

Las barras construyeron una noción de territorialidad sobre los espacios en los que tienen existencia social. “Si un territorio es considerado de propiedad de la barra, se rige por una regla de exclusividad: no se admite ningún aficionado o barrista del otro equipo. Estas zonas les confieren un sentido de pertenencia y de legitimidad territorial, pues han sido conquistadas y defendidas por ellos. Frente al riesgo de invasión, los territorios son marcados por grafitis y por la presencia de barristas con camisetas y símbolos del equipo”, señala la investigación.

Mientras la Alcaldía de Bogotá ha contribuido a legitimar esos territorios al dar el estatus de dirigente a algunos integrantes de las barras y con dineros públicos se pintó el estadio con los colores de esas organizaciones, la policía concentra a los barristas en un sitio determinado.

Una de las conclusiones es que, por lo general, la violencia —una de las manifestaciones más distintivas de las barras—, es de carácter simbólico hacia los demás barristas, aficionados, equipos, árbitros y la policía. Estas acciones son símbolos inteligibles en el lenguaje barrista o en general del fútbol.

Aunque existe una idea general en las personas ajenas a las barras de fútbol sobre que se ejerce una violencia que trasciende el mundo del deporte, la investigación arroja resultados que controvierten este pensamiento colectivo.

“Toda violencia física y no física ejercida por los barristas es simbólica, pues se encuentra codificada y funciona como un lenguaje pleno de significaciones. Esta violencia se inscribe en el contexto de los partidos, que representan un tipo de ritual urbano para los barristas. Se puede afirmar que la violencia barrista no es exacerbada, se trata sobre todo de una violencia controlada”, explica la investigación.

Un ejemplo de ello es la lucha cuerpo a cuerpo, el uso de piedras, garrotes y armas blancas y no de armas de fuego en las que no se presenta un contacto corporal entre los agresores. Todas las acciones violentas son siempre pruebas de aguante o resistencia y de pertenencia al grupo. Es decir, la violencia funciona como un lenguaje cuyo fin es defender un territorio o el prestigio, escenificar la identidad y demostrar la pertenencia al grupo.

“Se puede evidenciar que la violencia barrista funciona como un sistema de intercambios entre barristas (agresiones, cantos, venganzas por razones de disputa territorial o deportiva) donde la utilización de códigos comunes de comunicación (actitudes, marcas, amenazas, peleas, etc.) define los espacios de las barras en la sociedad. Este sistema es posible ya que se deriva de la práctica del fútbol, un deporte que refleja la sociedad”, señala Clavijo.

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Barristas e identidad

“La identidad de los barristas en general funciona como sentimiento de pertenencia que se renueva durante el espacio ritual del partido. Este sentimiento funciona en dos sentidos: uno hacia la ciudad o región y otro hacia el propio grupo en tanto se es miembro de él. Se fortalece y se renueva gracias a unas prácticas sociales que se inscriben en un espacio ritual, pero también al reconocimiento individual y colectivo de inclusión al grupo y de exclusión a otros grupos. Este reconocimiento también proviene de la sociedad y del Estado, por ello, ciertos códigos de comunicación barrista son reconocidos socialmente”.

Como resultado de la interacción con los integrantes de las barras, la investigación concluye que los jóvenes buscan a través de estos grupos la inclusión que la sociedad en general les niega. En ellas son ‘alguien’, tienen una identidad y un sentimiento de fidelidad extremo, en este caso por un equipo de fútbol.

“Podemos afirmar que las prácticas barristas como su organización, acciones y símbolos, permiten pensar el fútbol como un espacio propicio para la toma de conciencia de los jóvenes barristas acerca de su existencia social como grupo contestatario”, concluye la investigación.


Para leer más:
Estudio de barras bravas de fútbol de Bogotá: Los Comandos Azules, Jairo Clavijo, Universitas Humanística, N. 58, P.U.J., Bogotá, jul. – dic. 2004. Disponible en: https://www.javeriana.edu.co/Facultades/C_Sociales/universitas/58.html
 

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