Smart Town, innovación social para los jóvenes de Colombia

Smart Town, innovación social para los jóvenes de Colombia

Juan Pablo tiene quince años y dice que llegó en avión al laboratorio de robótica de Soacha, Cundinamarca. Sonríe. Sus ojos se achican detrás de las gafas. Mentira: a veces camina, otras coge buseta. En cambio, a sus compañeros de la comuna Altos de Cazucá los recoge un bus privado porque la zona tiene fronteras invisibles y atravesarlas es peligroso. Con cuatro amigos, Juan Pablo diseña un dispositivo antirrobo que se lleva en la maleta: “Si le abren el cierre empieza a sonar y titilar. Es perfecto para el Transmilenio”, dice. A su lado está Santiago, también quinceañero, soachuno y uno de los tantos que perdió noveno por contabilidad: sacó 2,9… “Pero no le diga a mi mamá”, advierte en voz baja. Sus amigos se ríen. De repente, algo explota.

Todos —unos 30 jóvenes entre 15 y 19 años— miran hacia la esquina. Ninguno se sorprende porque no es la primera vez que pasa: son los del grupo del lado probando una alarma que emite sonidos cuando detecta el humo del fuego. Uno de sus integrantes, Duván, amante del rap y de la ranchera, encoge su cabeza entre los brazos y reniega: les toca empezar de nuevo. En la otra punta del salón, el tutor —el profe—, sonríe. Así es Smart Town, y así funcionan sus ‘colaboratorios’, lugares donde más de 600 jóvenes de Soacha, Zipaquirá y Girardot, una vez a la semana y durante tres horas, desarrollan sus talentos y valores ciudadanos a través de la robótica, los dispositivos móviles, la biotecnología y la nanotecnología de manera creativa y abierta.

Municipios inteligentes

En 2012, la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación de Cundinamarca recibió decenas de propuestas de proyectos científicos para financiar con fondos de regalías. Estas iniciativas, de acuerdo con Rocío Puentes, coordinadora de proyectos regionales de la Vicerrectoría de Investigación de la Javeriana, debían cumplir con ciertos criterios: generar nuevo conocimiento, favorecer la apropiación y uso de ese conocimiento por parte de la ciudadanía y lograr impacto en la sociedad. “Un día, después de las fechas de aplicación, la Secretaría reunió a más de ocho grupos con proyectos sobre pedagogía”, recuerda Johann Osma, profesor de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de los Andes, uno de los investigadores que presentó un proyecto: “nos dijeron que teníamos que hacer una sola propuesta entre todos”. Empezaron a negociar, unos se fueron y, finalmente, “alimentando egos y tratando que todos tuvieran su parte”, confiesa Enrique González, profesor titular del Departamento de Ingeniería de Sistemas de la Universidad Javeriana y director del grupo de investigación Sistemas Distribuidos y Redes (SIDRe), lograron un marco articulador: Smart Town.

Los investigadores de estas universidades, así como de la Corporación Universitaria Minuto de Dios, encontraron que los jóvenes de muchos municipios de Cundinamarca no tenían alternativas suficientes de formación en sus territorios ni oportunidades de acceso a ciertas tecnologías, como las de información y telecomunicaciones (según el Ministerio de TIC, tan solo el 9% de la población del departamento está suscrita a un plan mensual de Internet); por ende, no perciben su municipio como una opción de vida y emigran, con sus talentos, a las grandes ciudades, causando, a largo plazo, niveles altos de improductividad y desarrollo bajo en sus zonas de origen (según el DANE, más del 40% de la población nativa de Cundinamarca reside en otro territorio, más del 70% de ellos en Bogotá).

El equipo identificó la necesidad de un modelo pedagógico que fortaleciera las habilidades de los jóvenes —y de paso su arraigo— para solucionar los problemas de sus territorios. Así, con una idea y un presupuesto de más de tres mil millones de pesos, los investigadores dijeron “manos a la obra” e iniciaron la metodología e implementación del proyecto en tres etapas. La primera trabajó el marco conceptual, el estado del arte y el análisis del contexto de los tres municipios. Encontraron que Girardot, con vocación turística, tiene una población flotante tres veces mayor al número de residentes; Soacha tiene problemas ambientales por las industrias areneras, legales o ilegales; en Zipaquirá el empleo local es mínimo, a pesar del turismo y la industria lechera que predomina. En la mayoría de los casos el sistema educativo se apoya en metodologías tradicionales, con limitaciones para promover la creatividad y la innovación; además, los incentivos para dinamizar el desarrollo regional son insuficientes y las políticas gubernamentales no han sido efectivas para generar pertenencia territorial en los jóvenes. Los investigadores confirmaron, además, el gran potencial que tienen los municipios, sobre todo en sus jóvenes y en las oportunidades de desarrollo a partir de la riqueza del territorio.

En la segunda etapa diseñaron el modelo de aprendizaje con base en el concepto de constructivismo social del psicólogo ruso Lev Vygotzky. El modelo aplica el aprendizaje activo soportado en cuatro pilares: construcción, creatividad, colaboración y comunidad. Crearon un espacio de aprendizaje llamado ‘colaboratorio’, donde interactuarían los tutores y los ‘aprendientes’. Los jó- venes desarrollarían sus habilidades científicas y sociales a través de cartillas, cuyo contenido dependía de las problemáticas del municipio. Por ejemplo, los jóvenes de nanotecnología de Soacha harían pruebas de granulometría para separar arena fina y crear concreto de mejor calidad; los de Girardot abordarían el turismo desde el tratamiento de aguas, y los de Zipaquirá reconocerían la diversidad de su flora y fauna para definir rutas ecológicas.

Prueba piloto

Después de quince meses de trabajo y de afinar el modelo, los investigadores estaban listos para desarrollar todo lo que en el papel parecía perfecto. En el transcurso de las sesiones de trabajo de la tercera y última etapa, los participantes utilizaron la ciencia y la tecnología para solucionar problemas de sus municipios o, al menos, saber que existen y que hay alternativas de desarrollo científico para lograrlo: “llegamos a la conclusión que el mundo no es solo ingeniería y que la solución, por lo menos en este caso, no era formar ingenieros que crean empresas; la solución era crear un modelo de aprendizaje en el que la tecnología fuera mediadora y estímulo para cultivar competencias y habilidades”, dice González, director de Smart Town.

Al final, todos los estudiantes mostraron sus productos: el grupo de Duván terminó el dispositivo antifuego. Aplausos. Juan Pablo llegó caminando al colaboratorio y Santiago fue con su mamá; juntos exhibieron el aparato que chillaba cuando se abría una maleta. Fue tanta la satisfacción de los papás y los niños que varios se acercaron al equipo de trabajo preguntando por las próximas inscripciones. La respuesta quedó en puntos suspensivos: “…esta es la primera vez que se habla de miles de millones para ciencia y tecnología en Colombia, pero, ¿qué pasa? Seguimos siendo cortoplacistas”, reclama Osma. González complementa: “Smart Town dejó un modelo educativo que queda disponible a la sociedad; las herramientas implementadas son adaptables a cualquier territorio, lo que generaría importantes ahorros al Estado cada vez que quiera desarrollar el proyecto y poner en operación los colaboratorios en otros municipios. Además, pronto se publicarán libros de investigación donde se compartirán los resultados. En ese sentido el proyecto fue un éxito; sin embargo, si no hacemos algo, eso se puede quedar en un estante… El reto es corregir los errores, buscar recursos, seguir en los mismos municipios, también ir a otros departamentos, y hacer más incubadoras de talento para que Colombia tenga muchos smart towns”.

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Liseth Yamile Wilches Buitrago

Liseth Yamile Wilches Buitrago

Hay quienes descubren su vocación en la primera etapa de sus vidas; otros tardan años en encontrarla; a algunos, en cambio, la vida misma les marca una ruta vocacional de acuerdo con sus pasiones. Este último es el caso de Liseth Wilches Buitrago, estudiante del Doctorado en Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana, quien sin tener muy claro su rumbo profesional supo hallar la verdadera pasión de su vida: la investigación.

Desde niña Liseth sintió fascinación por las ciencias de la salud. Esa afinidad con la anatomía y la biología se evidenciaba en sus calificaciones y en las charlas que mantenía con sus allegados. Al finalizar su bachillerato Liseth optó por matricularse en la carrera de Odontología en la Javeriana.

Durante su pregrado siempre se esmeró por adquirir información extra, lo que le permitió profundizar en los conceptos impartidos en las aulas: indicios del rol que más adelante desarrollaría.

Una vez se graduó como odontóloga, Liseth, como muchos jóvenes colombianos, tuvo que enfrentarse a la crudeza de un mundo laboral estrecho en el que las “palancas” son el trampolín para conseguir empleo y en el que la competitividad hace que los salarios sean bajos.

Frente a esa realidad, Liseth empezó su práctica profesional en La Dorada, Caldas, y más adelante regresó a Bogotá en donde trabajó, en medio de una complicada situación salarial, en distintas empresas del sector privado.

Con la certeza de saberse desconforme con su realidad laboral y sin tener claridad sobre la idea de armar un consultorio propio, decidió profundizar en su saber. Fue así como ingresó a la Especialización en Ortodoncia de la Pontificia Universidad Javeriana.

La prevención, el diagnóstico y el tratamiento de las anomalías de la forma de los dientes, así como su posición y la corrección de las alteraciones dentales resultaban fascinantes para Liseth. Sin embargo, la odontóloga no se sentía plenamente cómoda cursando la especialización. Algo le faltaba.

Fue entonces cuando prefirió cancelar sus estudios y decidió, por consejo de Liliana Otero, directora del Centro de Investigaciones Odontológicas (CIO), hacer una pasantía en el centro de investigación. Allí por primera vez Liseth sintió que estaba desarrollando el lado práctico de su carrera en compañía de otros estudiantes, pero que a la vez estaba realizando aportes a la academia desde la investigación.

Esa primera tarea la llevó más adelante a trabajar bajo la tutoría de la doctora Liliana Otero en diferentes líneas de investigación: biología del movimiento dentario, bioingeniería de tejidos y alteraciones en el desarrollo y crecimiento craneofacial (fisura labiopalatina no sindrómica). Gracias a estas intervenciones Liseth logró hacerse acreedora de una beca de Colciencias, que le permitió llevar a cabo con éxito una investigación llamada “Comparación de la respuesta biológica generada por un sistema de brackets convencional y brackets de autoligado”.

Según la doctora Otero, Liseth ha sido el nexo perfecto entre los residentes de posgrado y las investigaciones que en el ámbito institucional se vienen ejecutando en el Centro de Investigaciones Odontológicas (CIO). “Su conocimiento en el área de odontología y de técnicas de laboratorio ha permitido a los estudiantes del posgrado comprender mejor las temáticas de los trabajos de grado de su especialidad y hacer parte activa de la práctica en el laboratorio”, señala la tutora.

Pero eso no es todo. La labor investigativa de esta profesional de la odontología ha contribuido también al buen desarrollo de los trabajos que se realizan en red con otras universidades del país. En palabras de Otero: “Liseth está siempre atenta a trasmitir las inquietudes de los investigadores de otras universidades, para que estos tengan una respuesta oportuna a sus requerimientos”.

Hoy Liseth sueña con terminar su doctorado, tener una experiencia profesional en el exterior y contribuir desde su rol investigativo a la academia, para que su campo profesional cuente con mejores herramientas teórico-prácticas, y así brindarle un mejor servicio a la sociedad.


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David Andrés Zamora Ávila

David Andrés Zamora Ávila

Desde que se fue a vivir a Facatativá, David soñaba con ser astronauta. Sin embargo, al mismo tiempo sentía una gran inquietud por los problemas del agua en su ciudad. Pasados los años y haciendo caso de su vocación matemática, David ingresó a estudiar ingeniería civil en la Universidad Javeriana. Una de sus metas al finalizar este ciclo académico era presentar un trabajo de grado en el que pudiera optimizar la rehabilitación de las redes de distribución de agua potable. Pero como la investigación generalmente está vinculada a un hecho cercano de quien investiga, David quiso involucrar en su experiencia a la población que lo vio crecer: Facatativá.

El estudiante se reunió con los directivos de la empresa de acueducto de dicho municipio y empezó a gestar un plan que le devolviera al modelo matemático de la red de distribución de agua potable la verdadera esencia para la cual había sido concebido: representar de forma aproximada las condiciones reales de caudal y presión, de modo que lo convirtiera en una herramienta para el soporte y la toma de decisiones de la empresa encargada de su gestión. Zamora desarrolló un algoritmo para la calibración del modelo digital de la red a través de la inclusión de elementos socioeconómicos y técnicos. De igual manera, logró establecer las mejores alternativas en la rehabilitación para una zona piloto de Facatativá (barrio Pensilvania), a partir de múltiples alternativas de soluciones que beneficiaran a los usuarios y a la empresa.

Como era de esperarse, ese primer trabajo investigativo obtuvo varios alcances: la editorial Académica Española lo contactó para hacer de su trabajo de grado un libro. Gracias a este primer esfuerzo David, de la mano de Nelson Obregón, director del Doctorado en Ingeniería de la Universidad Javeriana, pudo acceder a una beca de la Fundación Ceiba para estudiar la Maestría en Hidrosistemas de la misma universidad.

Pero esos no son los únicos logros de esta promesa de la ingeniería. Mientras David concentraba su disciplina en sus estudios de posgrado, se presentó junto a su tutor, el ingeniero Andrés Torres, a la beca Virginia Gutiérrez de Pineda, y se convirtió en becario de Colciencias. En esta oportunidad, los ingenieros presentaron un proyecto denominado “Métodos Machine Learning aplicados a la predicción de contaminantes en hidrosistemas de saneamiento urbano a partir de espectrometría UV-visible”, con el que buscaban detectar contaminantes en ríos urbanos, sistemas combinados de alcantarillado y afluentes de plantas de tratamiento de agua residual. Mediante la investigación y a través de modelos matemáticos resaltaron la importancia de conocer la dinámica en la calidad hídrica en los sistemas de saneamiento urbano a una escala de tiempo menor y por medio de tecnologías de medición in situ y en continuo, con el fin de conocer su estado y proponer alternativas de cambio.

Para el ingeniero Andrés Torres, David Zamora es “una persona con una gran curiosidad intelectual, abierto a nuevos desarrollos y desafíos y a nuevos retos, lo que hace de él un investigador por naturaleza”. Torres ha tenido la oportunidad de ver a David desempeñándose en terreno, en laboratorio, en computador, en tareas administrativas e incluso en actividades docentes y, según dice, “a pesar de las dificultades propias de investigaciones que contemplan tantas instancias, David ha combinado todo de manera excepcional, lo que lo ha vuelto un profesional muy valioso, con una experiencia que pocos han tenido”.

En la actualidad David divide su tiempo entre la maestría y diferentes proyectos laborales con empresas privadas. Este joven bogotano dice sentirse privilegiado por ser uno de los pocos profesionales del país que ha podido escoger la investigación como opción laboral: “Creo que existen muchos interesados en investigar y, mediante la investigación, en innovar, pero lamentablemente los recursos para la búsqueda y experimentación en Colombia no son suficientes; en esa medida me considero afortunado”.

Las próximas metas que David quiere alcanzar son realizar su doctorado en Holanda, aumentar sus conocimientos para volver a su país e implementar modelos que le permitan a Colombia darle un mejor uso al agua, elemento imprescindible para la vida humana.


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Daniel Alejandro Castelblanco Mendoza

Daniel Alejandro Castelblanco Mendoza

Cuando era niño, en época de vacaciones, Daniel Castelblanco solía viajar por tierra con su familia para conocer diferentes regiones del país. De esos paseos y recuerdos hay uno que lo marcó particularmente: aquel durante el cual vio a su padre, en las bocas del río San Juan, hablando con un indígena sobre la creación del universo. Esa imagen de su padre, contador de profesión y lector apasionado, hablando con un indígena sobre cosmogonía, en una región del Pacífico colombiano en la que convergían las miradas de los indígenas y de los afrocolombianos, lo influenció tanto como el hecho de haber crecido en un hogar lleno de libros y tener una madre historiadora.

Por eso no es casualidad que a Daniel le encante escuchar y contar historias, ni que sea un gran lector. Y quizá por eso tampoco es de extrañar que en el momento de escoger una carrera universitaria optara por la literatura y que hoy esté dedicado a la investigación.

En 2007, como literato recién egresado de la Universidad Javeriana, Daniel probó suerte como profesor de colegio. Sin embargo, al encontrar esa experiencia poco estimulante decidió explorar otras opciones. Sin mucha premeditación, empezó a participar en los talleres de formación del Instituto Pensar, y pronto el intercambio intelectual con reconocidos investigadores y el ambiente académico lo atraparon. “La presencia de las plantas sagradas en la poesía indígena contemporánea” fue el proyecto que presentó a través de Pensar a Colciencias y por el cual fue becado como Joven Investigador junto con el comunicador Gabriel Villarroel en 2009.

En el desarrollo de su proyecto viajó por Chile, Perú y Bolivia, y recorrió pueblos desconocidos para él siguiendo el rastro de poetas indígenas como Leonel Lienlaf, Pedro Pablo Huirme y Hugo Jamioy, entre otros.

Como “una búsqueda fascinante” describe Daniel la experiencia de haber ido hasta el lugar de origen de los poetas, haber dormido en casa de algunos de ellos, haber participado en distintas fiestas populares y haber descubierto los territorios que inspiraron la obra literaria que tanto le interesa.

Paralelamente al desarrollo de su proyecto, Daniel hacía parte del Teatro de la Memoria, participaba en una obra sobre el Bicentenario de la Independencia y pertenecía a un grupo de sikuris (instrumento de viento típico en el altiplano de Bolivia y el Perú) en el que empezó a interesarse por la etnomusicología.

“Su fortaleza, su actitud de asombro y fascinación ante nuevos temas que se le aparecen en el proceso de búsqueda” son características que destaca de Daniel el profesor Cristo Figueroa, quien fue su tutor en el proyecto de Colciencias. Asimismo, Figueroa, director del Departamento de Literatura de la Universidad Javeriana, asegura que el talante interdisciplinario de Daniel es otra de sus grandes fortalezas.

Según Figueroa, aunque no es frecuente que estudiantes de literatura se interesen en la investigación, en los últimos cinco años se ha dado una apertura y hay mayor inclinación a investigar distintas formas estéticas. “El caso de Daniel es un ejemplo para resaltar lo que se genera cuando se cruzan miradas y se establecen relaciones significativas entre objetos culturales y discursos sociales, culturales y aun políticos”.

Debido a la amplitud de sus intereses, la investigación se convirtió en el espacio profesional perfecto para Daniel. Además de permitirle viajar y profundizar en los asuntos que lo apasionan, ser investigador le dio autonomía para no dejar de lado sus otras inquietudes.

Desde hace tres años vive en Washington, donde acaba de terminar una maestría en
Estudios Culturales en la Universidad de Georgetown; trabaja con Joanne Rappaport, antropóloga norteamericana que hace investigación colaborativa con la comunidad nasa en el departamento del Cauca, y pertenece al grupo musical Tierra Morena, en el que junto a un peruano, un guatemalteco, un norteamericano, un marroquí y un puertorriqueño explora las músicas latinoamericanas.

En los próximos meses, además de iniciar su doctorado en la misma universidad y en la misma área, seguirá como profesor de español y comenzará a dictar la asignatura Literatura y Sociedad en América Latina. Aunque estará en Estados Unidos por un par de años más, Daniel asegura que esta experiencia ha alimentado su amor por Colombia y su interés por regresar a trabajar en su país.


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Juan Sebastián Correa Moreno

Juan Sebastián Correa Moreno

Paciente, observador y reflexivo. Para Jorge Alberto Restrepo Torres, profesor de la Facultad de Economía de la Universidad Javeriana, esas son las características que hacen de Juan Sebastián Correa Moreno, un exitoso investigador en ciencias económicas. El profesor Restrepo, hoy colega de Juan Sebastián, fue durante 2009 el tutor del trabajo de Correa como Joven Investigador de Colciencias.

Para este joven economista egresado en 2008, la investigación, más que una elección, fue el resultado de una suma de factores. Muy temprano, como estudiante de pregrado, fue monitor y luego, al avanzar en su carrera, se unió a un proyecto como asistente de investigación. Eso, sumado a su buen promedio y a su gusto por el ambiente académico, definió la ruta de Juan Sebastián hacia la investigación.

Así, después de hacer su práctica profesional, presentó ante Colciencias, con el apoyo de su facultad, el proyecto: “¿Aprendizaje en el Beauty Contest?”, por el que fue becado por un año como Joven Investigador. El trabajo consistió en mirar los niveles de razonamiento de las personas con un juego que propuso John Keynes en 1936 conocido como Beauty Contest, que buscaba explicar las fluctuaciones de precios en el mercado de valores, y que sugiere que, en el contexto de un juego en el que hay un premio de por medio, las personas basan sus respuestas en lo que sospechan que los otros concursantes van a decir.

El experimento consistió en pedirle a un grupo de estudiantes que cada uno escogiera un número entre cero y cien. Quien escogiera el número más cercano a los dos tercios del promedio de las decisiones de todos los participantes ganaría el juego y recibiría una retribución. Juan Sebastián explica que si todo el mundo fuera perfectamente racional, que es lo que dice la teoría, todo el mundo habría escogido el cero, o el mínimo valor posible, y todos habrían ganado. Sin embargo, el ejercicio permitió identificar que nadie es infinitamente racional, sino que existen dos etapas de racionalidad, en las que las personas anticipan lo que piensan que los demás concursantes van a decir. Pese a que el ejercicio se repetía hasta quince veces, muy poca gente escogía el cero.

Este trabajo se enmarca en lo que se denomina economía experimental, uno de los principales intereses de investigación de Juan Sebastián, y que consiste en “encontrar evidencia a favor o en contra de diferentes teorías económicas”. En este campo se usan métodos experimentales, bien sea en el laboratorio o directamente en campo, para intentar explicar cómo y por qué la gente toma determinadas decisiones.

Hoy Juan Sebastián es profesor de tiempo completo de la Facultad de Economía de la Universidad Javeriana y trabaja en su tesis de Maestría en Economía. Sigue explorando la economía experimental y su próximo proyecto es una investigación que busca analizar de qué forma las normas sociales afectan lo que la gente registra en su declaración de impuestos, es decir, si en el momento de declarar impuestos los ciudadanos se preocupan por lo que piensan de ellos, o si independientemente de la norma social, hacen lo que consideran más conveniente para sí mismos.

Desde el aula, en sus clases de Principios de Economía, Microeconomía Intermedia y Teoría de Juegos, Juan Sebastián trata de motivar a sus alumnos para que reconozcan el valor de la investigación en economía. “Ese es un poco el sentido de lo que uno está haciendo ahí”, señala. Sin embargo, tanto Juan Sebastián como el profesor Restrepo coinciden en que es difícil atraer a los estudiantes a la investigación.

“Los estudiantes de economía, como muchos jóvenes, son relativamente cortoplacistas y buscan retribuciones monetarias mayores a las que ofrece la investigación. No existe demasiado apoyo en Colombia para la investigación, hay que decirlo. Además, la investigación exige preparación, sacrificios y dedicación. No todos están dispuestos a dar eso”, asegura Restrepo.

Pese a esa dificultad, Juan Sebastián le apuesta a que cada vez más estudiantes se interesen por la investigación. La libertad y la posibilidad de ser creativo que le brindan esta actividad y la docencia son lo que más valora del área profesional por la que optó. Su recomendación para los más jóvenes es que se mantengan conectados con la academia y estén en permanente contacto con los temas de economía que se están debatiendo, tanto en Colombia como en el resto del mundo.


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Laura María Quiroz López

Laura María Quiroz López

Laura Quiroz reconoce que, cuando la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana decidió inscribir su trabajo de grado en el Concurso Nacional Mejores Trabajos de Grado “Otto de Greiff”, prefirió no crearse muchas expectativas. “No pensé que fuera a ganar algo ahí, porque siempre creí que, aunque yo había hecho un gran esfuerzo, el nivel que se manejaba en el concurso era superior”.

Aproximadamente cuatro meses después, cuando la llamaron tres veces a confirmar su asistencia a la ceremonia de premiación, sospechó las buenas noticias. El pasado mes de junio fue galardonada con el tercer lugar de la decimoquinta versión del prestigioso concurso con su trabajo: “Acerca de la desigualdad socioeconómica en la educación media en Bogotá. Lo que escapa a la política educativa”.

Esta investigación, que inició cuando hacía su práctica profesional con la organización Dejusticia, bajo la tutoría de Mauricio García Villegas, también recibió Mención de Honor en la Universidad Javeriana e hizo a Laura merecedora de una beca que otorga la firma Cifras y Conceptos en la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Recientemente este trabajo también estuvo concursando por el Premio Alejandro Ángel Escobar 2011, en la Categoría Ciencias Sociales y Humanas.

Su investigación buscaba principalmente identificar la relación que existe entre las condiciones socioeconómicas de los estudiantes de Bogotá, el acceso a la educación y la calidad de esta. Tras consultar y someter a análisis cuantitativo datos como la asistencia de estudiantes en el sector oficial y no oficial, y el puntaje de los estudiantes en la prueba de Estado del Icfes, Laura pudo concluir que la educación media en la capital del país es un medio de reproducción de desigualdad y no una vía de movilidad y ascenso social. “El sistema educativo expresa y mantiene la desigualdad social que es anterior a la desigualdad escolar; por ello, el papel social de la política educativa en Bogotá tiene un alcance limitado”.

Y aunque su labor como investigadora le ha generado múltiples reconocimientos, Laura asegura que su interés es trabajar desde las políticas públicas, y de este modo velar por que los resultados de las investigaciones sean tenidos en cuenta. “Yo soy una convencida de que la investigación es una importante fuente para tomar decisiones políticas, porque muestra el estado de cosas de una situación social determinada. Por eso quiero ser capaz de llevar a la realidad lo que revelan esas investigaciones. Creo que esa es una forma linda de honrar la investigación, para que no se quede simplemente en libros y documentos de política”. Laura incursionó en la investigación desde que estaba en segundo semestre en el Centro de Estudios Sobre Integración (CESI), uno de los grupos de investigación de su facultad.

Mientras avanza en sus planes y se prepara para presentarse a una beca en Harvard (y en el London School of Economics y Oxford, como segunda y tercera opción), para hacer una maestría en políticas públicas, Laura sigue vinculada a la investigación. Actualmente se desempeña como asistente del proyecto “Desde la escuela: construcción de memorias sobre la violencia en Colombia 1948-2008”, que adelanta el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Colombia (Iepri) y que está próximo a finalizar. Adicionalmente, está cursando una materia de Economía Matemática en la Maestría de Economía de la Universidad Javeriana, para irse familiarizando con la parte matemática del trabajo en políticas públicas, y se alista para cursar, en el primer semestre de 2012, una especialización en Evaluación Social de Proyectos en la Universidad de los Andes.

Esta joven paisa, la única de su familia que se inclinó por los estudios políticos, no descarta, en el largo plazo, participar activamente en política, incluso desde un cargo de elección popular. Y, dada la determinación con que expone sus puntos de vista y la claridad con que habla de sus proyectos, la idea no resulta para nada insensata. Por lo pronto, tiene claro que quiere trabajar por las poblaciones vulnerables en entidades como el Departamento Nacional de Planeación, Acción Social o los ministerios de Educación y de Protección Social, desde donde pueda hacer una conexión entre lo académico y lo práctico, entre la investigación y la acción política.


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Paola Chaparro Borja

Paola Chaparro Borja

Paola Chaparro es socióloga de la Universidad Nacional, tiene un Máster en Investigación en Estudios Latinoamericanos del Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Sorbona Nueva (París III), tomó clases de diseño de modas en Barcelona, y ahora, mientras considera la opción de iniciar un doctorado en territorios y dinámicas sociales y regresar a la Ciudad Luz, vende carteras que ella misma diseña y fabrica.

Solo tiene 31 años, pero además de lo ya mencionado, fue joven investigadora de Colciencias en 2006 con un proyecto titulado “Habitabilidad y calidad de la vivienda social en Iberoamérica desde el marco de las ciencias sociales”, que desarrolló en el Instituto Javeriano de Vivienda y Urbanismo (Injaviu), bajo la tutoría de la directora del Instituto, Olga Lucía Ceballos.

Desde que se graduó ha trabajado en investigación, principalmente apoyando la aplicación de metodologías cualitativas en investigaciones sobre problemáticas urbanas. Según asegura, le encantan las ciudades, y lo que más le gusta es trabajar la investigación integrada al trabajo con comunidades. Precisamente por eso estudió sociología, para contar con herramientas suficientes, no solo para analizar y entender realidades, sino para tener la posibilidad de proponer soluciones.

Gracias a su curiosidad, la diversidad de sus intereses y su particular preocupación por lo social, ha desempeñado un rol importante en los distintos proyectos de investigación que ha apoyado en el Injaviu, en donde la mayoría de investigadores son arquitectos. Su primer contacto con el Instituto fue en un proyecto sobre cualificación de la vivienda popular por el espacio público en Bogotá, que buscaba identificar los cambios que había generado la renovación de espacios públicos en comunidades de las localidades de Bosa, Ciudad Bolívar y Suba. Más recientemente se unió a una investigación sobre condiciones de habitabilidad y estado de salud de la población colombiana que se llevó a cabo en Suba.

Durante su año como joven investigadora, consolidó el estado del arte de la investigación sobre vivienda social en América Latina, lo que le permitió concluir que para solucionar el problema de la vivienda social en la región hace falta voluntad política y más investigación: “Curiosamente la investigación sobre vivienda social no es tan vasta como uno quisiera. Por eso, creo que es necesario que haya más grupos estudiando este tema”, señala. Según la revisión, Argentina, Chile y México son los países que mayores avances registran en esta materia, mientras que Bolivia y Ecuador tienen un rezago.

Tras concluir esa investigación, viajó a París a hacer su máster y allí retomó el tema de las ciudades y la población de escasos recursos, esta vez para su tesis de posgrado titulada La segregación socioespacial urbana como experiencia. El caso de Bogotá. Por medio de este trabajo, Paola quiso averiguar, entre otras cosas, qué significa vivir tan lejos de los centros empresariales y comerciales, e, incluso, qué implicaciones tiene reconocer que se vive en un barrio marginal y que la gente reaccione con desconfianza.

Lo que más le atrae a Paola de la investigación es su poder como herramienta generadora de cambios de mentalidad, aunque también reconoce que la mayoría de veces la toma de decisiones políticas no se basa en los resultados de la misma. “A mí me parece que hace falta que las instituciones y el Estado se interesen por saber qué es lo que están diciendo las investigaciones y la academia. Hace falta que la academia sea escuchada, que haya más publicación de resultados y mayor divulgación”.

Tras haber tenido la oportunidad de estudiar y vivir fuera del país, asegura que en Colombia se necesita más inversión en investigación. “En Europa la investigación es fundamental porque ellos creen en la construcción de conocimiento como uno de los ejes de desarrollo”. Por esa razón, aunque está explorando la posibilidad de volver a viajar al viejo continente para hacer su doctorado, no quiere que su investigación “se quede allá”, y por ello busca enlazar su trabajo con algún proyecto que tenga aplicabilidad en Colombia.


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Mónica Gabriela Huertas Valero

Mónica Gabriela Huertas Valero

En cierta ocasión, cuando era estudiante de bacteriología, Mónica Huertas se encontró con un artículo sobre la bacteria Helicobacter pylori en el que se narraba la historia de los investigadores que demostraron que esta era agente causal de distintas patologías gástricas y cómo habían sido capaces de inocular la bacteria en sus organismos para comprobar su hipótesis. La historia, aterradora para la mayoría de lectores, le pareció maravillosa a Mónica, quien recuerda esa anécdota como el comienzo de su pasión por la investigación.

Hoy, Mónica Huertas, bacterióloga con Especialización en Microbiología Médica de la Universidad Javeriana, es estudiante del Doctorado en Ciencias Biológicas de la misma universidad, becaria de Colciencias (Convocatoria 2008) y está vinculada al grupo de investigación en genética molecular microbiana de la Corporación Corpogen.

El proyecto en el que trabaja como tesis doctoral consiste en identificar los genes de una bacteria llamada Klebsiella pneumoniae, responsables de que esta colonice distintos dispositivos médicos que se le implantan a pacientes en hospitales―catéteres, sondas, válvulas cardiacas, prótesis, etc.―, causando enfermedades. La Klebsiella pneumoniae es una bacteria presente en el organismo humano, en la flora intestinal, que en condiciones normales no genera enfermedades, pero que es “oportunista” y, por lo tanto, cuando se le encuentra en dispositivos médicos es clasificada como un patógeno de infección intrahospitalaria.

Los casos de personas que entran a un hospital por una afección determinada y días después de estar internados resultan con una patología infecciosa distinta a la causante de su ingreso, son ejemplos de cómo diferentes bacterias que se encuentran en los hospitales pueden afectar la salud de las personas. Es lo que sucede con la Klebsiella pneumoniae, que puede causar sobreinfección en heridas quirúrgicas, sepsis (síndrome de respuesta inflamatoria sistémica), neumonía e infecciones urinarias, entre otras.

Precisamente, al caracterizar los genes responsables de que las bacterias vivan sobre los distintos dispositivos médicos y se unan entre ellas formando biopelículas, se está dando un primer paso para prevenir, en el futuro, las infecciones intrahospitalarias que se propagan de esta forma. Según explica Mónica, la formación de biopelículas ya se ha estudiado con otros patógenos como Escherichia coli, Staphylococcus aureus, Pseudomonas aeruginosa, entre otros, pero se sabe poco en Klebsiella. Por ello, esta investigadora dedica la mayor parte de su tiempo a estudiar los genes mutantes de la bacteria en los laboratorios de Corpogen, bajo la dirección de la Doctora María Mercedes Zambrano Eder, Directora Científica de dicha corporación. El título del proyecto es: Análisis de mutantes involucrados en la formación de biopelículas de Klebsiella pneumoniae.

Sin embargo, esta no es la primera vez que Mónica trabaja como investigadora en un laboratorio. En 2004, después de acabar la Especialización, estuvo vinculada al grupo de investigación en enfermedades infecciosas del departamento de Microbiología de la Universidad Javeriana, en la línea denominada: “Desarrollo de Agar y medios selectivos con potencial diagnóstico”, bajo la dirección de la Doctora Alba Alicia Trespalacios. En ese entonces su objetivo era obtener Agar-Agar de un alga denominada Gracilaria por medio de un procedimiento “muy rudimentario” que consistía en pesar las algas, cocinarlas con cloro y ponerlas a secar a 80 grados centígrados hasta obtener una pequeña muestra de lo que podía ser Agar-Agar. En este proyecto se concentró durante todo el 2004.

A sus 33 años, esta bacterióloga ha tenido la oportunidad de trabajar desde distintos frentes: desde la academia como docente, en un hospital haciendo diagnóstico de microbiología clínica y en el laboratorio como investigadora. Asegura que si bien la investigación es muy exigente y demanda mucha dedicación, “deja muchas satisfacciones y aprendizajes”. A gusto con su rol de científica, le gustaría tener, en el futuro, una línea de investigación propia e impulsar más proyectos de investigación que le permitan seguir enseñando a otras personas y, de igual forma, generar empleo para generaciones futuras.


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Cuidar de sí, cuidar al otro, cuidar el mundo

Cuidar de sí, cuidar al otro, cuidar el mundo

¿Qué lleva a alguien a cuestionar y redefinir lo que considera valioso o por lo menos digno de esfuerzo y atención? ¿Se trata acaso de grandes acontecimientos como los que atraen al periodismo y satisfacen su vocación por aquello que se sale de lo normal? ¿O lo verdaderamente extraordinario es menos estruendoso? ¿Qué significa para una persona, por ejemplo, sobrellevar el peso de una ausencia, el dolor de una pérdida o la certeza de una enfermedad que la acompañará siempre? ¿Pueden esas experiencias traumáticas ser la oportunidad y el impulso para intentar vivir de otra manera?

Para el grupo de investigadores conformado por los sociólogos Ricardo Barrero y Nelson Gómez, el antropólogo Jairo Clavijo y las estudiantes Catalina Hernández y Raquel Díaz, vinculados a la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Javeriana, la confianza en la fuerza callada de lo cotidiano y en sus posibilidades de transformación, estuvo en el origen de un interés que se puede considerar inédito en la comunidad académica del país: buscar quiénes están detrás de la demanda de bienes de consumo asociados a nociones como lo sano y lo natural, no para construir un estudio de mercadeo o unas tipologías de consumidores que desde el prejuicio o el sentido común se califican como “nueva era” o “neohippismo”, sino para entender las sutiles transformaciones sociales de lo que algunos llaman “la segunda modernidad”, abanderada por sujetos reflexivos que toman decisiones sobre su cuerpo y su destino al margen de una afiliación institucional o una reivindicación política.

Los investigadores siguieron pistas y rutas que aparentemente se han vuelto parte del paisaje urbano, buscando las motivaciones que congregan a grupos de personas detrás de las fachadas de tiendas naturistas, restaurantes vegetarianos, gimnasios o salones para el cuerpo, entre otros nuevos espacios de socialización. En la primera fase de la investigación, que definen como de observación participante, buscaron en distintas zonas de Bogotá “lugares tipo” que les fueron revelando dos formas de relación con este ámbito de consumo: “Una aleatoria y pasajera, conformada por personas sin un interés por profundizar y definirse a través de un estilo de vida, y una permanente, donde estos lugares se convierten en sitios de referencia”, según Ricardo Barrero.

La investigación Cuerpo sano y espiritual: prácticas de consumo y estilo de vida, fruto del grupo de investigación en “Cultura, conocimiento y sociedad”, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana, no ofrece resultados cuantitativos, pues no se tienen datos del universo completo de estos consumidores, pero sí logró vislumbrar, por lo menos, tres tipos diferentes de personas que circulan por estos escenarios y que se corresponden con tres formas de pensamiento:

La racionalidad mágica: aquella que confía en el poder mágico de ciertos objetos, a los que se les atribuye alguna cualidad e influencia sobre el curso de la vida de las personas. Se trata de una amplia gama de productos como esencias florales, velas, baños, riegos, hierbas, mejunjes, inciensos, estatuillas o amuletos, entre otros. En este caso se revela un retorno o supervivencia del pensamiento mágico que le otorga al objeto elegido un sentido salvífico, sanador o protector.

La racionalidad instrumental: cuyo norte es el pragmatismo y la búsqueda de soluciones a aspiraciones específicas de éxito y notoriedad. Ejemplos de prácticas que se pueden ubicar en este ámbito son las rutinas que se desarrollan en los gimnasios para objetivos como bajar de peso o lucir más deseables a los ojos de los demás; el uso de fragancias para oler mejor, o el consumo de determinados productos para lograr resultados concretos, entre otras. Estas prácticas están más definidas por lo que está de moda y por aquello que ofrece la promesa del prestigio y la distinción.

La conciencia reflexiva: aquí los individuos buscan un camino de escape a sus vidas aceleradas y definidas por la posesión de bienes materiales, para encaminarse en una búsqueda espiritual de un carácter más permanente y que va configurando un estilo de vida.

Asimismo, la investigación identificó tres ámbitos de interacción. Se tomó la noción de ámbito desde la definición del historiador argentino Luis Alberto Romero, como una denominación “lo suficientemente amplia como para incluir desde un sindicato, un comité político o una sociedad de fomento barrial hasta una taberna o el ámbito familiar”. Para Romero, estos ámbitos pueden ser “más o menos estructurados, a veces espontáneos, a veces fuertemente institucionalizados, a veces durables y otras efímeros”. Los ámbitos de interacción caracterizados fueron: el terapéutico y médico, el de consumo y el de las redes sociales.

El primero se plantea como una alternativa a la medicina alopática y las personas transitan por él por motivaciones relacionadas con cuestiones de salud, circunstancias sentimentales o búsquedas espirituales. En este ámbito las personas optan por un estilo de vida distinto al que usualmente tenían y generan cambios en los diferentes escenarios de su vida social: las relaciones familiares, la selección de amistades o el tipo de vínculos laborales que están dispuestas a aceptar.

Para caracterizar el ámbito del consumo, los investigadores visitaron cuarenta lugares que clasificaron como: 1) tiendas orgánicas, 2) restaurantes vegetarianos, 3) salones para el cuerpo y 4) de creencias variadas. Aquí, se encontraron dos tipos de relaciones sociales. Por un lado, el de los sujetos que desarrollan unas convicciones sobre el cuerpo en relación con lo sano y lo espiritual y que se motivan a adoptar un estilo de vida distinto, a hablar de ello y a exhibirlo como un hecho social positivo. De otro lado, el del consumo ligado a la moda, a la novedad, al estar al día en torno a lo que más se vende.

Por último, se caracterizó el ámbito de las redes y los grupos sociales. Estos pueden operar de forma institucionalizada como lo hacen las iglesias o los escenarios de encuentro permanente, o de manera más flexible, pero igualmente efectiva, como la constitución de redes de apoyo o de intercambio de información. El espacio de la interacción se puede dar a la salida de una clase o de una terapia, cuando se espera en un consultorio, cuando se toma un café, cuando se va a un restaurante vegetariano o a una tienda orgánica y se produce el encuentro con otros; o se puede dar de manera más formal, por medio de cursos, seminarios, conferencias o a través de la vinculación a grupos de estudio. En cualquier de los dos casos se trata de espacios en donde se comparten lecturas, se cuentan experiencias y se recomiendan médicos o productos. La relación con los otros contribuye a reafirmar opciones. Sin embargo, se trata, en esencia, de unos comportamientos asociados al individualismo y la autonomía personal, aunque pongan en tensión nociones aparentemente contradictorias como lo físico y lo espiritual, lo frágil y lo trascendente, o lo flexible y lo institucional.

¿Un nuevo individuo en una nueva sociedad?

Para Ricardo Barrero, Director del Pregrado de Sociología y coinvestigador del proyecto, el interés por emprender una investigación de este tipo se justifica en el deseo de conocer cómo se está formando un nuevo individuo consciente de sí y reflexivo. Esta es la razón por la cual, en su desarrollo final, el proyecto se concentró en 16 entrevistas en profundidad con personas que han tomado la decisión de seguir otro estilo de vida, basado en la reflexividad, con la atención puesta en la constitución de su propio yo, en un ejercicio permanente de evaluación y búsqueda, de indagación sobre su cuerpo y de examen sobre su vida y lo que la sostiene, tanto a nivel material como espiritual.

Para estas personas el cuerpo es el centro de su existencia, pero no por ello se les puede definir como hedonistas o superficiales. Se trata, en últimas, de una búsqueda espiritual en la cual el cuerpo no es aquello que se recibe cultural o biológicamente, sino un delicado instrumento que se puede transformar, que puede evolucionar. “Es la idea del cuerpo como proyecto”, afirma el profesor Barrero. “Es una forma de individuación que tiene como horizonte lo sano y lo natural”, agrega el profesor Gómez.

Aunque en esta fase la investigación se desarrolló con personas de clase media y con niveles educativos profesionales, el profesor Barrero se niega a hablar de determinantes sociales que expliquen la adhesión a estas prácticas: “Aunque obviamente se necesita un capital cultural para acceder a este estilo de vida y, de alguna forma, una capacidad de consumo, pues muchas de estas opciones, por ejemplo la alimentación orgánica, son más costosas que las tradicionales. Pero estas consideraciones no están en el centro”, añade Barrero.

Por el contrario, muchos de estos individuos toman opciones laborales o existenciales que pueden ir en contra del pragmatismo o el sentido común, pues la jerarquía de valores convencionalmente aceptada entra en crisis. “Cosas gratuitas como respirar bien, o tener tiempo para compartir con sus seres queridos o para el cuidado de sí pueden volverse las más valiosas”, insiste Barrero. “Pero no se trata de una resistencia en el sentido en el que se usa esta palabra actualmente, porque la resistencia implica una forma de oposición que no está en el horizonte de estas personas”.

A la vez, los investigadores llegaron a la conclusión de que estos sujetos cambiaron radicalmente, no por la influencia de un discurso exterior, sino por acontecimientos vitales o experiencias personales. “…yo me estaba separando de mi pareja y como que eso me llevó a decir no, yo no quiero vivir así, yo quiero ser feliz y buscar qué tengo que cambiar en mí o qué tengo que buscar o qué tengo que entender de la vida para ser feliz. Fue una experiencia de dolor la que me hizo buscar esos caminos de regreso a uno mismo”, afirma una de las 16 personas cuyos testimonios se incluyen en la investigación.Otra comenta: “…no quería ser una persona común que trabaja, estudia y que quiere logros materiales, sino que quería también practicar la vida espiritual, darle como ese sentido a mi vida”. Y una más añade: “la clave en el fondo para sufrir menos es mejorar la calidad de vida… tengo que alimentarme mejor, tengo que hacer deporte, tengo que hacer un trabajo de higiene mental y emocional”.

Por lo menos en el caso de las personas entrevistadas, el proselitismo está descartado. No se trata pues de una opción política en sentido duro, que pretenda modificar la sociedad. El camino es cambiarse a sí mismo. La utopía se ha individualizado y la vida interior se revela como la última Arcadia posible.

¿A dónde van las emociones?

La investigación y el contacto con los investigadores revelan, además, los distintos intereses que los mueven. Mientras Nelson Gómez se muestra atraído por los lugares de consumo y sus dinámicas particulares, a Ricardo Barrero le interesa comprender la construcción social de las emociones. “¿Por qué la gente siente compasión, por ejemplo? ¿De dónde surge, más allá de toda ética religiosa, la idea de cuidar al otro y cuidar de sí? ¿Cómo es posible el cuidado del mundo como prioridad?”, dice, mientras revela los posibles sentidos de futuras investigaciones, que continuarían lo esbozado en esta. Él piensa que algunos espacios de aplicación de la actual investigación, más allá del deseo innato de conocer la sociedad y sus motivaciones, pueden ser los ambientes pedagógicos, especialmente en la primera infancia, desde los cuales sería posible lograr transformaciones a largo plazo.

A su vez, reconoce la posibilidad de otras metodologías que permitan un conocimiento mayor de las personas inmersas en esta revolución a pequeña escala: “Hacer historias de vida, por ejemplo; escribir biografías, poner en relación esas experiencias”. Sería una forma de replantear los códigos en los cuales nos movemos para reconocer el éxito social, una oportunidad para repensar y redefinir los modelos de comportamiento que toda sociedad necesita, mucho más aquellas sociedades como la nuestra, con urgencia de reconstituirse éticamente para encontrar un futuro posible.


Para leer más…
Gómez, N.; Clavijo, J. y Barrero, R. (2011). “Cuerpo sano y espiritual: prácticas de consumo y estilo de vida”. Revista Humanística (en proceso de publicación).
“Ser sano: un estilo de vida”. (2011). Hologramas sociales (programa radial Javeriana Estéreo 91.9). Disponible en: https://cienciassocialesalalcance.wordpress.com/ Recupe-rado en 20/05/2011
 
 

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Jorge Enrique Córdoba Sánchez

Jorge Enrique Córdoba Sánchez

La realización de actividades repetitivas es una de las causas del llamado síndrome del túnel del carpo, una de las enfermedades laborales de mayor prevalencia entre la población trabajadora. En los cultivos de flores, quienes cortan los tallos de las rosas, no solo hacen esta tarea una y otra vez, sino que para ello usan una especie de tijeras que, además de ser muy pesadas, no se ajustan al tamaño promedio de la mano de los colombianos, pues la mayoría de estos instrumentos son producidos en Europa.

Jorge Córdoba, junto con un compañero de la universidad, comenzó a diseñar una herramienta para los empleados del sector floricultor que, a diferencia de la que usan actualmente, les permitiera mantener la mano en posición derecha al realizar el corte. Ese fue el tema de su trabajo de grado como diseñador industrial de la Universidad Javeriana, un trabajo que, además de ser declarado meritorio en 2007, se convirtió en su puerta de entrada al mundo de la investigación.

Con el título en la mano Córdoba estaba abierto a atender las oportunidades que se le presentaran: “uno tiene la idea de que va a salir de la universidad a trabajar en una empresa grande”. Pero la primera opción no fue la que se imaginaba. Leonardo Quintana, profesor de la Javeriana, quien le había sugerido diseñar la herramienta para floricultura en su trabajo de grado, le propuso que aplicara a una beca de Colciencias como joven investigador para darle continuidad a su proyecto.

“Sin saber qué iba a hacer ni qué era investigación”, pero con la inquietud de todo recién egresado, aceptó. Aplicó y obtuvo la beca. Durante ese año se vinculó al Centro de Estudios de Ergonomía de la Universidad Javeriana (CEE), que es dirigido por el profesor Quintana, y se dedicó a hacer prototipos funcionales del diseño propuesto. Después de varios bocetos, se escogieron dos modelos, los cuales se fabricaron con ayuda del Centro Tecnológico de Automatización Industrial de la misma Universidad.

Bajo el encanto de ese mundo que empezaba a conocer, volvió a aplicar a la beca de Colciencias, nuevamente para abordar la problemática de los trabajadores de cultivos, pero desde otra perspectiva. Fue seleccionado. De la mano del profesor Rafael García, participó en un proyecto para determinar el índice funcional de la mano de los trabajadores del sector floricultor de la Sabana de Bogotá. Con esta nueva mirada del tema asumió el segundo gran problema de la herramienta importada de Europa: su tamaño.

El estudio antropométrico permitió establecer que el tamaño promedio de la mano de esta población es entre un 20 y un 25% menor al de los europeos, lo que justifica la necesidad de fabricar una herramienta acorde con las características de la población colombiana. Ahora, el joven científico se enfrenta al reto de empezar a probar los prototipos que se fabricaron.

Después de haber estado vinculado al CEE cerca de tres años, se siente a gusto con el camino que tomó: “De aquí no quiero salir. La investigación permite tomar el conocimiento para hacer propuestas novedosas, claro está, todo con base en pruebas”.
Córdoba nació y creció en un hogar de estudiosos y creativos, lo que de alguna forma debió influir para que se le reconozca hoy por su dinamismo y su interés en el aprendizaje constante, según señala el profesor Quintana. Su mamá es artista plástica, su padre es abogado y su hermana, bióloga, trabaja en el Centro Internacional de Agricultura Tropical.

Mientras algunos de los compañeros con los que se graduó se dedican al desarrollo de objetos que acompañan estrategias publicitarias, al diseño de mobiliario o al diseño gráfico, sus jornadas trascurren en la producción de conocimiento, como él mismo señala. Actualmente, desde el CEE explora en el diseño de cuartos de control, es decir, aquellos lugares desde los que una determinada industria o empresa controla que los procesos funcionen de forma adecuada, teniendo en cuenta variables como temperatura, iluminación y exposición a vapores, entre otros.

La docencia es uno de los campos en los que quiere incursionar, con el objetivo de demostrar que los profesionales no solo están destinados a ser empleados o empresarios. Desde la academia, Córdoba se propone invitar a los jóvenes a que se conviertan en generadores de conocimiento.


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