La mujer en la ciencia: hay avances, pero quedan vacíos

La mujer en la ciencia: hay avances, pero quedan vacíos

Este artículo titulado La mujer en la ciencia: hay avances, pero quedan vacíos, fue publicado originalmente el 10 de febrero de 2021.

Hace 86 años accedió por primera vez una mujer a la universidad en Colombia. Para ese entonces, ya llevaban más tres siglos funcionando las primeras universidades en el país. Solo con este dato se perciben diferencias en las condiciones que han enfrentado las mujeres en la vida académica. Desde hace ya algunos años, y desde diferentes ciencias, se ha investigado este fenómeno.

Helena Sutachan es pasante doctoral en el Instituto Pensar y su tesis doctoral trata sobre este tema. “Lo que se puede rastrear es que sí hay un aumento lento y progresivo de la presencia y de la visibilidad de las mujeres en los entornos académicos. Sobre todo, en algunas áreas específicas relacionadas con disciplinas del cuidado, ciencias sociales y humanas, pero también en las ciencias naturales y exactas”, dice. “Que el año pasado haya habido tres ganadoras del premio Nobel en las disciplinas de física y química, de alguna forma revela que sí se está dando una ampliación de la presencia de la mujer en el escenario académico internacional”, agrega.

Si bien las cifras de graduados a nivel nacional muestran que la mayoría son mujeres, para la investigadora hay otros espacios en los que la situación es diferente. Según el Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología (OcyT), de la planta docente universitaria del país el 37% son mujeres y representan el 36% de los investigadores. “Esto quiere decir que sí vamos bien pero que hay que trabajar más en la integración de las mujeres en los diferentes niveles del mundo académico”.

 

Para Sutachan hay un tema fundamental que define la presencia de la mujer en el mundo académico y pasa por el ámbito cultural. “Cuando uno crece convencido de que los niños son mejores para las matemáticas y las niñas son mejores para el arte y el cuidado, esa es la primera barrera”, afirma. “Esto hace que se desestimule en las niñas el interés por el acceso a la ciencia. Aunque eso ha venido cambiando, todavía pasa”. Las cifras parecen respaldarla. Según el Sistema Nacional de Información de la Educación Superior – SNIES, las carreras con mayorías femeninas son nutrición, sociología, las vinculadas a bellas artes, trabajo social, comunicación social y lenguas modernas. Mientras que las carreras con mayorías masculinas son las ingenierías, física, filosofía y matemáticas. Para María Alejandra Tejada, integrante de la Red Colombiana de Mujeres Científicas y asesora de la Vicerrectoría de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana, esta elección es importante porque esta última serie de carreras, (ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemática, STEAM por sus siglas en inglés), son las que generan mejores salarios.

Para ambas investigadoras se puede hablar de paridad salarial en el mundo universitario y científico porque están estandarizados por escalafones muy detallados. Sin embargo, para Sutachan el nivel de formación juega en contra para las mujeres. El Ministerio de Educación Nacional reporta que entre 2010 y 2016 se graduaron 8.900 doctores en Colombia, en promedio, el 36% fueron mujeres. “Sí existe una brecha que no se representa en pagar menos por el mismo cargo, sino que la mujer tiene menos acceso al nivel de formación doctoral, entonces no puede aspirar a ese nivel salarial”, explica.

Otro factor que le parece conflictivo está relacionado con el uso del tiempo. Algunas universidades tienen política de incentivos económicos por investigación, así mientras más publicaciones, más ingresos. El Departamento Administrativo Nacional de Estadística – DANE, viene desarrollando una encuesta sobre el uso del tiempo libre con la intención de medir cómo se reparten las labores del hogar dentro de las familias. “Lo que busca es medir quién hace qué, y muestra que las principales cargas de un hogar están más en las mujeres que los hombres, actividades denominadas en la economía del cuidado”, agrega Tejada. Esto resulta problemático para ambas investigadoras porque invertir más tiempo en temas de cuidado dentro del hogar, termina quitándole tiempo a la mujer para la producción investigativa y, por lo tanto, se ve reflejado en menores ingresos que sus pares. Algunos estudios demuestran que esta situación empeoró durante la cuarentena en 2020.

Esto se suma a un reclamo histórico de los movimientos feministas frente a su vida profesional y es la decisión de la maternidad. Muchas mujeres sienten que tener hijos se convierte en una limitante de las oportunidades en espacios de investigación y docencia. “Que a mí en una entrevista de trabajo, como me ha pasado, me pregunten que si quiero tener hijos o si pienso hacerlo próximamente, me indica que eso sería un problema frente a mí vinculación laboral”, asevera Sutachan. Asegura también que es necesaria una política que garantice que optar por la maternidad no sea un obstáculo para el acceso y permanencia de la mujer en estos espacios.

 

“En el rol de la mujer profesional versus el tema familiar, aún seguimos teniendo muchas brechas en el país”. María Alejandra Tejada, Vicerrectoría de Investigación

 

Una demanda que se ha visibilizado con mayor intensidad en los últimos años es la del abuso y acoso sexual que padecen muchas mujeres dentro de la academia. “Hay numerosos testimonios de estudiantes de pregrado o de nivel posgradual que en algún punto deciden dejar sus estudios o perder alguna oportunidad de una estancia o un trabajo que mejora su perfil porque detrás había un docente o investigador acosándolas”, relata Sutachan. Las redes sociales han sido claves para estas denuncias por la presión mediática que generan. Aunque menciona avances en la discusión, la investigadora ha encontrado que pocas universidades del país están generando protocolos y políticas para enfrentar esta situación. “Yo creo que esas resistencias eventualmente tienen que ir cediendo porque es un fenómeno que es real y amerita una intervención institucional cada vez más sólida”, enfatiza. Para ella, la universidad también debe ir reconociendo sus falencias en cuanto a las reflexiones sobre género y debe reconocer la dimensión patriarcal de algunas de sus políticas.

Resalta también que en políticas públicas hay avances positivos. En el último año se duplicaron los reconocimientos del programa ‘Para las Mujeres en la Ciencia’  pasando de siete a 14, priorizando las ciencias naturales y exactas. Además, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e innovación creó el Fondo + mujer + ciencia, para la vinculación de la mujer al mundo científico e investigativo. Estos esfuerzos son bien recibidos por la investigadora, pero advierte que al mismo tiempo es necesario revisar otros factores. “Es importante que cualitativamente se revise cuáles son las circunstancias sociales y culturales que impiden que las mujeres alcancen unas trayectorias exitosas en la academia, y qué puede hacerse frente a eso”, afirma Sutachán. “Hay bastantes avances en México y en Chile; sobre todo se basa en ver las estadísticas, cuántas personas se presentan a las convocatorias de becas y posgrados, líderes de grupos de investigación, mujeres en cargos de docencia, en cargos directivos, de gestión, y es justamente cuando tú ves los datos que puedes construir las políticas y los lineamientos”, agrega Tejada. Así entonces se requieren políticas integrales que aborden diferentes frentes.

Son muchas las demandas de las mujeres en el mundo científico y académico que pasan por diferentes niveles y que no solo suceden en Colombia, sino que son discusiones que se están dando en todo el mundo. Algunas pasan por política pública, que según Tejada, el estado tiene herramientas y compromisos para cerrar las brechas de género como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer – CEDAW, la Declaración de Beijing o el punto 5 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. En otras son las universidades las encargadas de asumir y generar políticas institucionales para dar más garantías a las docentes, investigadoras y directivas. Y finalmente también son temas para discutir desde el ámbito cultural como sociedad.

A pesar de que falta mucho, Sutachan es optimista. “Ver a las mujeres desde el pregrado tan comprometidas con el movimiento feminista, me hace sentir una esperanza enorme. Cada vez son más estudiantes comprometidas no solo con su profesión y su disciplina sino con reconocer que son mujeres en un entorno que ha sido hostil hacia la mujer, históricamente hablando”, finaliza.

Durante esta semana la Red Colombiana de Mujeres Científicas realizará varios eventos para discutir algunos de estos temas. Aquí la agenda completa.

Parir dignamente

Parir dignamente

El día tres del mes de junio del año pasado, Carolina Parra ingresó a una clínica de clase media en la ciudad de Bogotá; a sus 32 años daría a luz a su segundo hijo. Ingresó cuando el reloj marcaba las 4 de la tarde. Para las 5:30 pm las contracciones eran intensas, cada seis minutos sentía cómo el corrientazo de magnitud indescriptible pasaba por todo su cuerpo. A las 6:00 pm le dieron ingreso a la sala de gestantes, le ordenaron quitarse la ropa y ponerse la bata. Las contracciones aumentaban a un ritmo acelerado. La ubicaron en una camilla y tras unas horas de espera y un tacto, la ginecobstetra indicó que no podía recibir la epidural, inyección con un medicamento que ayuda a adormecer la parte inferior del cuerpo y disminuye el dolor, pues ya tenía la dilatación indicada para parir.

La doctora se retiró comunicando a la madre que en pocos minutos la pasarían a la sala de parto. En ese momento, dice Carolina, no aguantó más y rompió fuente. Cuando trataron de llevarla a la sala de parto era demasiado tarde. Sin epidural, sin acompañante a causa de las restricciones por el actual coronavirus, y esperando a que la trasladaran al lugar adaptado para el procedimiento, a las 8:10 pm nació su hijo, “a mi hijito lo tuve prácticamente sola en esa camilla, no me ayudaron. Luego lo pusieron sobre mi vientre, le cortaron el cordón umbilical, nos revisaron a los dos y nos llevaron a una habitación. Desde ahí la atención fue muy diferente”.

Todas las mujeres tienen derecho a recibir el más alto nivel de cuidados en salud, que incluye el derecho a una atención digna y respetuosa en el embarazo y en el parto. Más aún cuando prácticas violentas o discriminatorias podrían tener consecuencias adversas directas tanto para la madre como para el bebé, así lo declara la Organización Mundial de Salud. De aquí que el parto humanizado aparezca como salvavidas para poner fin a este problema de salud pública y erradicar la falta de respeto y violación de derechos en los procesos de gestación. Al respecto, dice la investigadora javeriana en Salud Pública Elba María Bermúdez, “las actividades médicas deben propender por una comunicación asertiva para evaluar las mejores opciones para la madre y el bebé; que la mujer esté lo más confortable posible, su sufrimiento se mitigue y sus tiempos y expectativas se respeten y en general, esto es lo que busca el parto humanizado”.

Sin embargo, testimonios como el de Carolina y otros incluso atravesados por el maltrato verbal y físico, en ocasiones, se mantienen y son reflejo de un sistema de salud provisto de prácticas que culturalmente han sido aceptadas a lo largo de los años: se desconoce el dolor, “no grite señora, no sea escandalosa”; la negativa en la administración de analgésicos; la medicalización o uso de técnicas para ralentizar o acelerar el parto, entre otras.

Este es el caso de Andrea*, madre primeriza, “una enfermera se me echó encima mientras la doctora esperaba a que saliera la bebé. Me dijo que tenía que hacer eso porque se estaba demorando mucho en salir, ¿me pregunto si eso era necesario?”, señala la mujer de 29 años. Este recurso recibe el nombre de técnica de Kisteller y ha sido prohibido en países como el Reino Unido, ya que es considerado como altamente peligroso.

Pareciera que los procedimientos médicos han sido diseñados y acomodados para quienes ejercen la actividad y no para quien está recibiendo el servicio, dice Bermúdez. La silla obstétrica, por ejemplo, explica la experta, representa por sí misma un acto de violencia, “fue diseñada de forma horizontal para que él o la ginecobstetra que recibiera a los bebés, tuviera la comodidad de la visión; no pensaron en la molestia y en la falta de ergonomía para la mujer al parir. La mujer al dar a luz, como lo hacen las indígenas o las campesinas, se tendría que hacer de manera verticalizada para que el bebé salga por gravedad”.

 

Pareciera que los procedimientos médicos han sido diseñados para quienes ejercen la actividad y no para quien está recibiendo el servicio.

 

Como estas, otras intervenciones se han normalizado y no siempre son necesarias, como la episiotomía (incisión que se hace en el tejido entre la abertura vaginal y el ano); el rasurado, o las cesáreas no indicadas. Según estudio del Atlas de Variaciones Geográficas en Salud de Colombia 2015, las cesáreas en Colombia excedieron el porcentaje de partos por cesárea previsto por la OMS, pues los profesionales de la salud de todo el mundo han considerado que la tasa ideal de cesárea debe oscilar entre el 10% y el 15% y Colombia sobrepasa este número con una cifra del 61,10% de los partos en un año.

“La cesárea es un procedimiento médico que hace parte de la tecnificación de la atención del parto”, dice Diana Rubio, profesora de la facultad de psicología de la Universidad Javeriana y doctora en salud pública. “Por supuesto que ha salvado vidas y ha mejorado los resultados en salud de las mujeres y de sus hijos. El problema es que cuando no están indicadas rompen los tiempos del trabajo de parto de la mujer”.

 

El parto ideal debe existir para cada mujer

Si bien el país cuenta con documentos técnicos que promueven el parto humanizado, aún no hay una ley que lo regule. Incluso, gran parte del personal médico no sabe lo que implica atender un parto de forma humanizada, pues como dice la doctora Bermúdez, el desarrollo de los procedimientos tal como los hacen son catalogados como correctos, pues así lo han aprendido en su formación académica y en la práctica. “Es cultural, son acciones legitimadas y repetidas generación tras generación; por esto es necesario desaprender y romper estas estructuras que han sido interiorizadas”.

La implementación de la humanización significa que la protagonista es la futura madre y no el médico o la médica. Por otro lado, la materna debe ser entendida en su dolor y en sus necesidades, “ellas no se lo están inventando, hay mujeres a las que parir les representa mayor molestia y dolor que a otras”, explica la doctora Rubio.

 

La materna debe ser entendida en su dolor y en sus necesidades.

 

A esto se suma, respetar que inmediatamente nazca el niño éste sea puesto en contacto piel a piel con la madre, “muchos neonatólogos retiran al bebé a los pocos minutos del nacimiento para hacerle todos los exámenes que requiere. Eso lo entendemos profundamente, pero todos esos exámenes se pueden hacer después de dos horas o una hora de contacto piel a piel, pues ya sabemos los múltiples beneficios que trae esta práctica”, agrega la javeriana Elba Bermúdez.

Por su parte, bien es sabido que uno de los derechos de la mujer gestante es ser acompañada durante el nacimiento de su hijo o hija, y el parto humanizado le apuesta a que esto se cumpla, pero además promueve que la madre tome la decisión de quién quiere que la acompañe, “no todos los bebés son producto de una relación de pareja saludable, por lo que, por ejemplo, no todo papá puede estar allí. La madre debe elegir”, comenta Bermúdez.

Las expertas Rubio y Bermúdez coinciden en que es de vital importancia la comunicación médico-paciente, la escucha y el respeto por los derechos y expectativas de las maternas.

 

En pandemia el parto se complejiza

Carolina Parra fue una de las millones de madres que dio a luz en medio de la pandemia. “Desde que inició la cuarentena en todo momento sentí miedo al saber que los controles se iban a complicar y el ingreso a los centros de salud iba a ser difícil”, dice.

Durante la pandemia, debido a las medidas tomadas por los gobiernos, los servicios de salud sexual y reproductiva limitaron seriamente su regularidad, continuidad y acceso, y, por si fuera poco, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas, los sistemas de salud tuvieron que redirigir los recursos de salud sexual y reproductiva a otros tipo de servicios, impactando negativamente el acceso de las mujeres a métodos anticonceptivos, atención prenatal y a otros servicios esenciales, poniendo en riesgo la vida y salud de las mujeres.

Por ejemplo, Carolina cuenta que tuvo dificultades para que le hicieran su última ecografía. “Llamé y llamé y no me asignaron la cita, no estaban asignando por todo lo de la Covid-19. Yo estaba preocupada, pues yo sabía que el bebé no estaba bien posicionado. Tuve que ir a un hospital en pleno brote del virus para que me hicieran una ecografía (casi que por urgencia), y finalmente lo logré, pero corriendo muchos riesgos”.

El caso de la señora Parra finalmente salió favorecido en medio de las dificultades. No obstante, muchas de las mujeres de zonas rurales que estaban pasando por la misma situación, no pudieron movilizarse a los centros urbanos para obtener la atención esperada en cuanto a ecografías y exámenes, situación que a su vez dejó al descubierto una realidad de acceso a los servicios. “Las mujeres que están en este país tenemos un sistema de salud increíblemente dividido en el privado, el subsidiado y quienes no acceden. Los primeros seguramente son los que están informados y el recurso humano también sabe cómo tiene que atender a estos pacientes, por lo que es más probable que tengan a sus hijos en mejores condiciones, pero, este es un privilegio del que no gozan la mayoría de mujeres en el país”, reflexiona la doctora Bermúdez.

 

Las mujeres que están en este país tenemos un sistema de salud increíblemente dividido.

 

La experta expone que es el sistema el que tiene que llegar a las personas, pero hay grandes áreas rurales de Colombia que no tienen acceso a los servicios de salud por falta de gobernabilidad, y, si acceden de forma subsidiada tienen que someterse al mal trato y poca o nula información. Por esto, cada vez se hace más importante valorar esta lucha por el parto humanizado y no perder de vista trabajos tradicionales como la partería, la cual favorece a las mujeres en lugares donde el gobierno no se hace presente, destaca la javeriana.

Hay que decir que las distintas barreras forzadas por la pandemia han venido disminuyendo. “Al entender el comportamiento del virus los protocolos se han podido ir adaptando de manera que los servicios se están retomando bajo condiciones que evitan poner en riesgo la vida de las gestantes y los neonatos y aquí hay que aplaudir el manejo que ha hecho el personal de la salud”, señala la psicóloga Diana Rubio.

 

Un personal de la salud educado para el parto humanizado

Hacer posible el parto humanizado no es sólo una responsabilidad del personal de la salud, esto pasa por los currículos universitarios, por los entes estatales y administrativos, por la cultura que se transmite en las rotaciones médicas al personal de la salud, etc. Toda esta lucha tiene muchos actores y aristas que cubrir, dice Elba María Bermúdez. “Lo que queremos es que el o la bebé que va a llegar sea acogido en los mejores términos, que se le empiecen a asegurar sus derechos desde que está en el vientre y que la mamá disfrute el proceso a sus anchas”, dice.

Entretanto, el trabajo investigativo continua: “nuestra labor ahora no es otra que la de demostrar la necesidad de esta buena práctica, los beneficios y tener bases teóricas y científicas para respaldar proyectos de ley que regulen el parto humanizado, con la ilusión de que esto se siga implementando y se haga de manera obligatoria”, finaliza la doctora Bermúdez.

* Nombre cambiado por solicitud de la fuente.

Brechas de género: cada vez más amplias por la pandemia

Brechas de género: cada vez más amplias por la pandemia

Ante las cifras sobre desempleo, horas de trabajo no remunerado y otros indicadores del panorama económico del país, las brechas de género son cada vez más evidentes. Pese a la importancia de las mujeres para el mercado laboral, los avances hasta ahora, aunque destacables en muchos casos, han sido lentos, irregulares, insuficientes y diferenciados.

Esta es la principal conclusión de un estudio divulgado en noviembre por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (Dane) a través de la publicación Mujeres y hombres: brechas de género en Colombia.

Para profundizar en este análisis, Pesquisa Javeriana dialogó con Paula Herrera Idárraga, profesora del Departamento de Economía de la Pontificia Universidad Javeriana. Actualmente lidera los informes sobre brechas de género en el Mercado Laboral en Colombia durante la Pandemia, junto al proyecto Género y Economía y el Dane.

 

Pesquisa Javeriana: ¿De dónde surgen las brechas de género?

Paula Herrera Idárraga: Depende de la óptica desde donde uno las analice, pero yo diría que las brechas de género surgen por una cuestión de roles que son una construcción social, es decir, la sociedad es quien decide cuál es el rol del hombre y de la mujer dentro de la misma. En esta lógica, a las mujeres desde hace mucho tiempo se les ha dado el rol de quienes cuidan y quienes hacen labores domésticas dentro del hogar, mientras que al hombre se le ha dado un rol de proveedor -quien lo sustenta.

 

PJ: Se creería que los departamentos con economías más fuertes tienen mayor participación laboral de las mujeres, como es el caso de Cundinamarca, Valle del Cauca o Santander. Pero ¿qué está haciendo La Guajira, por ejemplo, para tener una de las cinco tasas globales de participación femenina más altas en el país?

PHI: Hay que tener en cuenta que la participación laboral tiene un comportamiento de ‘U’ con respecto al desarrollo económico. Puede ser muy alta en el despegue de la economía porque las mujeres están vinculadas como trabajadoras familiares o en procesos productivos como los agrícolas, siendo parte de la mano de obra.

En la medida en que las economías empiezan a desarrollarse, la participación laboral de las mujeres cae porque hay más desarrollo, más ingresos y las actividades ya no se llevan a cabo en estructura familiar, sino en estructuras de mercado, en las cuales las mujeres empiezan a perder ese estatus que antes tenían cuando el desarrollo era incipiente.

Finalmente, cuando el desarrollo es aún mayor, la participación laboral femenina se incrementa porque aumentan los niveles educativos de las mujeres, sus oportunidades y su remuneración.

También podríamos pensar que la participación laboral femenina no solo depende del desarrollo territorial, sino también de otras variables como los aspectos culturales que pueden ser distintos entre regiones igualmente desarrolladas, por ejemplo, Antioquia, que está por debajo del promedio nacional en esta tasa. Allí puede que los factores culturales primen más que los económicos.

 

PJ: ¿Se podría decir que la maternidad se convierte en un obstáculo para el desarrollo laboral de las mujeres?

PHI: Sí. La razón de ello tiene que ver con los roles de género porque las mujeres terminan siendo las responsables y quienes más tiempo dedican a los cuidados de los menores, los hijos y de los mayores.
Incluso, como lo ha analizado la economista Claudia Goldin, una vez nacen los hijos las mujeres se ausentan del mercado laboral, eso genera un espacio en su trayectoria en donde no acumulan experiencia y tienen depreciación de su capital humano. Cuando vuelven a vincularse, la única forma como lo logran es con salarios menores que los de sus pares hombres, que no tuvieron esa ausencia durante la crianza de los hijos.

 

PJ: Además de promover la educación de las mujeres, ¿qué otros aspectos se deberían fortalecer para eliminar las brechas de género?

PHI: Es importante pensar en políticas públicas y mecanismos que les permitan a las familias disminuir esas cargas de cuidado de los menores, es decir, pensar en guarderías y colegios de jornada única más larga, en lo ideal subvencionadas o gratuitas por parte del Estado, que coincidan con los horarios laborales de los padres. Ante esto, también se podrían pensar tipos de trabajos más flexibles para poder conciliar la vida familiar con la laboral.

Por ejemplo, en el caso particular colombiano se está hablando de una licencia de paternidad similar a la de las mujeres para que las empresas perciban igualmente costoso contratar a una mujer que a un hombre.

 

La discriminación positiva consiste en poner cuotas para la contratación de mujeres.

 

PJ: ¿Por qué hoy aún persisten los sesgos en las profesiones que las mujeres eligen?

PHI: Esto es como el problema de cuál fue primero: el huevo o la gallina. Si una mujer percibe que aunque estudia mucho y trata de ir hacia profesiones que son masculinizadas y romper los ‘techos de cristal’, no consigue ocupar los mismos cargos que los hombres y ganar los mismos salarios, en muchos casos la señal que se envía a otras mujeres es que a pesar de los esfuerzos no va a lograr lo mismo que un hombre.

En la medida en que las mujeres no vean referentes femeninos en cargos de poder, esto será una señal que les seguirá demostrando que es difícil llegar allí.

 

PJ: ¿Para romper las brechas, las mujeres se estarían recargando de trabajo tanto remunerado como no remunerado?

PHI: Sí, las mujeres lo están haciendo. Yo creo que se les está pidiendo demasiado. Aquí es cuando hablamos de la súpermujer que puede hacer todo. Lo cierto es que si una de ellas quiere tener familia, trabajo, hijos y ser una gran profesional, en muchos casos tendrá unas jornadas muy largas o la ayuda de otras mujeres, lo que se conoce en la literatura como las ‘cadenas de cuidado’. Esto significa que las súpermujeres muchas veces realmente lo logran a ‘costillas’ de otras que están dejando sus hogares y aquí es donde viene otro concepto del que casi no se habla: los ‘pisos pegajosos’.

 

PJ: ¿Cómo ve las brechas de género después de la pandemia?

PHI: Aumentando. Los datos ya lo indican. Incluso nosotros venimos alertando sobre estas brechas desde que se publicaron los dos primeros informes sobre Brechas de género en el mercado laboral colombiano – impactos COVID-19, desarrollados en conjunto con el Dane. Por ejemplo, en octubre la tasa de desempleo de las mujeres aumentó 7,6 puntos porcentuales con respecto a 2019, mientras que los hombres 2,9.

Durante la pandemia todos estos indicadores los estamos tratando como una crisis, pero resulta que las mujeres en octubre de 2019 ya enfrentaban una tasa de desempleo del 12,5% y nadie estaba hablando de eso, entonces eso es lo que nos muestra que las mujeres siempre hemos estado en aprietos en temas de desempleo.

Lea la Gran Encuesta Integrada de Hogares (GEIH) Octubre 2020.

 

PJ: ¿Cuál es el desafío para hombres y mujeres?

PHI: Cualquier cambio en donde para uno de los grupos suponga sacrificios y cambio de mentalidad, va a existir incomodidad. Creo que se debe tener un cambio de conciencia desde temprana edad, es decir, estamos frente a una sociedad muy machista y cuando hablamos de machismos no solo es por el lado de los hombres, sino también por el lado de las mujeres.

Cuando uno mira el porcentaje tan grueso de hombres y mujeres que están de acuerdo con afirmaciones sobre cuáles son los roles de género del tipo “el deber de un hombre es ganar dinero y el de la mujer es cuidar del hogar y la familia”, vemos una realidad en donde tenemos un gran reto por delante y es deconstruir esas formas como la sociedad ha decidido que los hombres y las mujeres deben comportarse y asumir ciertas responsabilidades al interior del hogar.

Lo que viven las mujeres trans en un consultorio

Lo que viven las mujeres trans en un consultorio

Paloma* tiene 30 años, es alta, de tez morena, cabello oscuro y acuerpada. Dice que su lucha diaria es contra la discriminación, pues ha cargado con ella por más de seis años. La vive cada que accede a algún servicio de salud se siente segregada. Cuando va al médico nota cómo las miradas recorren su cuerpo, como si fueran un escáner con actitud amarillista. Esta situación, según el proyecto TranSer, evidencia las dinámicas de discriminación para con las mujeres trans que han permeado los servicios de salud.

La vida no es fácil para Paloma. Usan la palabra señor para referirse ella y el personal de salud lo hace de forma reiterativa. El portero se lo dice, luego lo repite la recepcionista al requerirla; a pesar del tono cortés, la enfermera la llama una vez más y el médico lo reafirma: ¡señor, cuénteme en qué puedo ayudarlo! “Llega un momento en el que uno ya no aguanta. Yo voy vestida de mujer, me identifico como mujer y soy una mujer. Entonces, ¿por qué me dicen señor?”, comenta Paloma.

Ser trans en sociedades caracterizadas por el poder hegemónico, patriarcal y machista históricamente ha implicado vivir bajo relaciones marcadas por la inequidad, la injusticia y la exclusión, dice Paula Andrea Hoyos, psicóloga e investigadora de la Pontifica Universidad Javeriana Cali, quien en el marco del proyecto TranSer (2019-2022), para el fortalecimiento de una sexualidad plena, satisfactoria y saludable en mujeres trans de Colombia, se ha dedicado a estudiar esta problemática desde diferentes aristas, una de ellas, las dinámicas de discriminación de estas mujeres en el sector salud.

La palabra trans es una gran sombrilla que acoge a quienes se identifican como transexuales, transgénero, travestis o transformistas. La investigación que está en curso hasta ahora ha trabajado con mujeres que se identifican como transexuales y transgénero; las primeras sienten un rechazo por sus órganos sexuales con los que nacieron y las personas transgénero solo ocasionalmente?: “yo no tengo problema con mis órganos sexuales, el hecho de que yo haya hecho mi tránsito a mujer no significa que odie mi genitalidad”, dice una de ellas.

El estudio ha tenido efectos de empoderamiento e incluso ha sido terapéutica para las participantes, comenta la profesora Hoyos. Con los resultados quieren hacer un llamado para construir procesos más dignos de atención en salud y sensibilizar sobre las diferentes necesidades de esta población que van más allá de prevenir el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) u otras infecciones de transmisión sexual (ITS), como usualmente se ha comprendido. “No se trata de seguir hablando de cifras o epidemiologías, sino de lo que ellas requieren, por esto aquí son unas investigadoras más”, afirma Hoyos.

Según indican las cifras reportadas por Colombia Diversa, el país hace parte de las sociedades reproductoras de discriminación y violencia contra la comunidad LGBTI. Entre enero de 2018 y junio de 2019 se presentaron 120 homicidios de personas con identidad diferente a la heteronormativa. Para la profesora Hoyos, son víctimas frecuentes de homicidios, abuso sexual; presentan mayor prevalencia de depresión y ansiedad, y, además, las barreras para acceder al sistema de salud se multiplican, pues no cuentan con servicios de género, ni con atención diferencial.

“Muchas de nosotras evitamos ir a la EPS; aunque quisiéramos ir preferimos automedicarnos para no someternos a la discriminación”, asiente Paloma y así lo pone en evidencia el estudio javeriano. Con la participación de alrededor de 139 mujeres de cinco ciudades del país –Cali, Armenia, Cartagena, Bucaramanga y Bogotá–, los investigadores partieron de un abordaje hermenéutico interpretativo de las experiencias de mujeres trans en relación con los servicios de salud y fue a través de un trabajo de escucha activa y participativa que empezaron a identificar cuáles son sus necesidades.

Aunque el problema de la atención en salud es generalizado a nivel nacional, cuando se trata de personas trans los procesos son aún más difíciles. “Es una realidad de nuestro país, en el que frecuentemente se dilatan los tiempos de atención y consultas, pero, esto se perpetúa en poblaciones que se identifican de una forma diferente a lo que socialmente ha sido establecido como normativo”, afirma la investigadora.

Barreras y necesidades en la atención en salud

Según el estudio TranSer, las barreras que enfrentan las mujeres trans en relación con el acceso a los servicios de salud están directamente ligadas al estigma y discriminación, o en otros casos a las trabas para adquirir los tratamientos o procedimientos, por lo que recurren a consultar a otras fuentes para llevar a cabo su proceso de transformación, poniendo en riesgo su salud.

Las mujeres, según el estudio, coinciden en que frecuentemente perciben conductas discriminatorias por parte de los médicos, enfermeras, porteros, actitudes que se van replicando por las personas que vienen detrás (estudiantes de medicina, practicantes de enfermería, entre otros). “El problema está relacionado con las estructuras inequitativas e injustas frente a expresiones de género no hegemónicas, con la poca información por parte del personal de salud alrededor de lo que ellas sienten, y poca capacitación de cómo comprender mejor al ser humano, sus emociones y comportamientos, además de todo lo que implica la diversidad sexual y de género”, afirma la profesora Hoyos. Por esto, una de las insistencias de las mujeres trans, dentro de la investigación, es la necesidad de que los profesionales de la salud tengan los conocimientos y las competencias para acompañarlas.

Una de las cosas que ellas expresan reiterativamente es que sean diagnosticadas psiquiátricamente con una discordancia de género o disforia de género, lo que no es bueno para la salud ni el bienestar de la persona, expresa Hoyos. No obstante, explica que en el país se mantiene el criterio del diagnóstico para que una persona pueda acceder a procesos de reafirmación del género, ya sea la terapia hormonal y/o cirugías, bajo el discurso de que esta es una forma de confirmar la decisión que ha tomado la persona.

Esta etiqueta continúa perpetuando la discriminación y noción de las identidades trans como enfermedades. “Es importante que las personas se tomen el tiempo de pensar, si quieren, el cómo y el cuándo desean hacer el tránsito, es verdad, pero ellas no quieren estar en un proceso de dos años que las expone a las etiquetas psiquiátricas y menos quieren estar obligadas; ellas expresan requerir de un acompañamiento médico para informarse de forma idónea, al igual que un acompañamiento psicosocial con el que se sientan cómodas, aceptadas y seguras, no enfermas”, comenta la investigadora.

Así, es una prioridad la atención de mujeres trans en términos de salud, indica la investigación. Para ese fin debería haber fortalecimiento de la educación universitaria integral, diseño de rutas de atención con enfoque diferencial, seguimiento al consumo de sustancias psicoactivas por la relación que existe entre la hormonización y la reducción de deseo sexual y los estados de ánimo, dado que pueda presentarse que algunas mujeres trans recurran al consumo de algún tipo de sustancia para “compensar” los efectos secundarios del proceso, explica Hoyos.

“Para ellas, el construirse y expresarse como las mujeres que desean es muy importante, por eso recurren, usualmente, a edades muy tempranas a la autoformulación y automedicación, sin ningún acompañamiento idóneo, esto puede traer graves consecuencias para su salud, incluso puede llevarlas a la muerte” dice Hoyos.

La terapia hormonal requiere ser manejada de forma profesional y bajo buenas prácticas clínicas. De aquí que, tal como invita la investigación, las valoraciones médicas y psicosociales deban estar orientadas a la reducción de riesgos, la promoción de la salud y el bienestar de las mujeres trans, pues el acceso a un servicio de salud digno es un derecho que no se debe vulnerar. Al respecto, Paloma es insistente al decir que el camino ha sido difícil y falta trabajar muchísimo.

En Colombia no solo discriminan por el género y la orientación sexual, también lo hacen por la etnia o por el status socioeconómico, dice Hoyos, pero ser diferente hace parte de la naturaleza y, de la vida misma: “es verdad que nos hace falta información y educación en todo lo que implica la diversidad de género. Sin embargo, como seres humanos también debemos comprometernos con las acciones cotidianas, construir relaciones más amorosas, cooperativas, respetuosas y legitimadoras de las diferencias”

*Nombre cambiado por solicitud de la fuente.

Mujeres migrantes en Colombia: entre desafíos y dificultades

Mujeres migrantes en Colombia: entre desafíos y dificultades

En los últimos diez años, la entrada de ciudadanos extranjeros al país se ha incrementado, siendo la capital el principal destino. Según datos de Migración Colombia, a diciembre de 2019 habían ingresado 1.032.016 venezolanos, de los cuales el 45% son mujeres. Como lo explica la profesora Camila Esguerra Muelle, del Instituto Pensar, de ese porcentaje la gran mayoría de ellas terminarían realizando labores de cuidado precarizado y no reconocido.

Este tipo de trabajos se conocen como empleos inseguros o de poca calidad que exponen a sus trabajadores a situaciones de riesgo constante. Esto sucede en el ejercicio del cuidado, pues como argumenta la investigadora, el empleo doméstico es uno de los que más riesgos laborales implica pues se enfrentan a circunstancias ergonómicas, físicas, psicosociales, de acoso y explotación laboral.

Bajo este contexto social, Esguerra realizó la investigación ‘Migración y cadenas globales de cuidado’, resumida a través del ‘working paper’ Se nos va el cuidado, se nos va la vida: Migración, destierro, desplazamiento y cuidado en Colombia. “Cuando hablamos de cuidado nos referimos a la reproducción material y simbólica de la vida; es la dependencia en las relaciones con los territorios y la naturaleza que lo rodea”, aclara la entrevistada. Ejemplos visibles de estas acciones son las labores domésticas, familiares, agrarias, de la tercera edad y cuidado personal.

En su estudio, la antropóloga analiza la formación de las cadenas globales de cuidado y explica que cuando son escasas, las mujeres en condiciones de pobreza del mismo país o migrantes rurales se encargan de cubrirlas; ellas a su vez, al emigrar, dejan un vacío en el cuidado de sus propios hogares, el cual es cubierto por otras personas.

Aunque el cuidado no es valorado, este hace parte de la economía del mundo, pues según la ENUT (Encuesta Nacional del Uso del Tiempo), el 20% del Producto Interno Bruto (PIB) en Colombia se produce a partir de los trabajos de cuidado no remunerado. De este, el 16% es realizado por mujeres en situación de pobreza.

Un ejemplo cotidiano de los retos a los que se enfrentan las niñas en condición de vulnerabilidad es que en algunos casos son entregadas desde pequeñas a familias con alta capacidad adquisitiva, con el fin de que cumplan con labores domésticas y a cambio de una promesa de educación. Según explica Esguerra, las personas que hacen estos intercambios no son conscientes de que realizan trata de personas, muchas veces con menores de edad.

Además, si se tiene en cuenta que existen aproximadamente ocho millones de personas desplazadas en el país, la migración no es exclusivamente venezolana. “Más de la mitad de los desplazados por la violencia y el narcotráfico son mujeres que vienen a las grandes ciudades a cuidar y muchas de las que llamamos venezolanas son en realidad colombianas retornadas, que el conflicto armado de este país sacó hace 20 años”, complementa.

El problema principal de estas mujeres es que carecen de cuidado, el cual se evidencia en enfermedades físicas y psicológicas como depresión, ansiedad, insomnio y dolores físicos. A esto se le suma otro escenario: ellas trabajan en promedio un mes más por cada año que los hombres y son peor remuneradas, según la ENUT. “Eso es lo que configura las profundas desigualdades de género en el mundo. Nadie cuida a las cuidadoras porque esto se ha asumido como un asunto privado, que se naturaliza como una labor propia de las mujeres”, argumenta la investigadora.

Esguerra concluye que se debe aceptar el reconocimiento de las labores de cuidado como un asunto de Estado. “No basta con hacer pactos de redistribución del trabajo en la casa. El Estado debe asumir el cuidado como un derecho y un bien social, entendiendo que todos los seres vivos necesitamos de este, de lo contrario seguirá habiendo un mercado informal y precarizado, que pone en riesgo a las migrantes y seguirá soportado en la explotación de mujeres y personas feminizadas”, puntualiza.

La enfermería: un jardín de rosas

La enfermería: un jardín de rosas

Julieta lleva más de cinco años trabajando en una Unidad de Cuidados Intensivos. Su trayectoria como enfermera la ha llevado a administrar con frecuencia fentanilo, un medicamento para tratar el dolor en pacientes con cáncer. Un día, al llegar a turno, se encuentra con una situación que le llama la atención: un paciente que lleva varios días hospitalizado, recibe una dosis elevada de dicho medicamento. Julieta se lo comenta al médico intensivista que está a cargo para que tome medidas al respecto, sin embargo, para su sorpresa, la respuesta es frustrante, común y poco alentadora:
— Su labor aquí es administrar la dosis, no cuestionarla.

Esta situación es una de las tantas a las que Edilma Marlén Suárez, doctora en Ciencias Sociales y Humanas, está acostumbrada a escuchar en su labor como docente de Ética en la Especialización en Enfermería en Cuidado Crítico y en la de Enfermería Pediátrica, ambas de la Pontificia Universidad Javeriana. Su experiencia de más de 21 años como profesora en enfermería le ha permitido evidenciar los problemas de orden disciplinar y dilemas éticos que se desarrollan en la relación médico – enfermera en ámbitos clínicos.

Edilma, como la llaman sus estudiantes, es profesional en enfermería, especialista en Bioética y máster en Administración en salud y Estudios políticos; aunque su formación ha sido netamente javeriana, su vocación y pasión por la docencia en enfermería, y cómo se ejerce en Colombia, la llevaron a asumir el reto de entender por qué “mientras se les dice a los estudiantes que el profesional de enfermería es autónomo y que no es la mano derecha del médico, en la vida práctica las enfermeras mantienen una actitud de reverencia y sumisión a él, que es observada y reproducida por los estudiantes”.

De acuerdo con datos de la Asociación Nacional de Enfermeras de Colombia (ANEC), el 40% de las profesionales no tiene vivienda propia, el 55% tiene personas a cargo y un 27% corresponde a mujeres cabeza de hogar. Estas cifras fueron fundamentales para esta amante de la política, porque con ellas argumentó la precariedad en el ejercicio profesional de la enfermería y ratificó que la imposición de una serie de teorías, modelos y paradigmas en los programas académicos son poco efectivos, ya que están pensados para un sistema de salud diferente al colombiano.

Debido a esta situación, en 2015 Edilma le apuntó, a través de su investigación doctoral, a argumentar que en la formación universitaria en enfermería existe un currículo oculto, uno de género, del cual la población no es consciente y tiene efectos en el ejercicio el profesional.

“Mi meta con este trabajo es denunciar una realidad histórica en la enfermería, que he vivido y desde la cual no asumo una posición de neutralidad; lo que busco es desnaturalizar y problematizar la subjetividad imperante en la enfermería como única verdad”, menciona.


La búsqueda de respuestas

El primer paso en su trabajo investigativo consistió en estudiar las formas de gubernamentalidad, en un programa universitario de enfermería, entre las décadas de 1950 y 1960. Es decir, conocer cuáles son las ideologías políticas que han incidido en la conducta de las personas para entender cómo se han construido las relaciones de poder y moldeado a las enfermeras como sujetos trabajadores, heterónomos, sumisos y subordinados.

Edilma, quien también es amante del origami, recuerda que lo primero que hizo fue un trabajo netamente de registro, de recolección de documentos, fichas técnicas y contextualización teórica. Visitó el archivo de la Facultad de Enfermería de la Javeriana y el Archivo Histórico de la misma institución; examinó información en periódicos como El Tiempo y El Espectador, y exploró textos sobre la historia de la salud pública, la enfermería y las mujeres en Colombia.

Entrevistó a cuatro mujeres del programa de formación en enfermería entre 1950 y 1960, mujeres que actualmente tienen entre 70 y 85 años, con la intención de enriquecer su investigación y cotejar sus respuestas con los eventos históricos que halló en la documentación. Edilma hizo una depuración y sistematización de la información, con lo cual problematizó su tema de estudio: la enfermera como sujeto trabajador.

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Una cadena de pistas

Su inquietud, perseverancia y desdén por los problemas disciplinares de su profesión la llevó a encontrar las relaciones de poder creadas en la formación de las jóvenes enfermeras. Por ejemplo, la influencia del comportamiento social conservador del siglo XIX en las prácticas de las mujeres y la familia, particularmente en lo relacionado con los valores católicos coloniales; este ideal también se afianzó con la estructura patriarcal de la época, responsable de que las mujeres solo pudieran recibir formación universitaria en carreras consideradas propias de su género: culinaria, recreación, práctica de campo de enfermería, cosmetología e industria artesanal. De hecho, fue hasta el 10 de diciembre de 1934 cuando se presentó al Congreso de la República un proyecto de ley para solicitar el derecho de las mujeres a la educación universitaria.

Las normas impartidas por textos como el Manual de urbanidad y buenas maneras, de Manuel Antonio Carreño, ratificó el modelo patriarcal. De hecho, este documento “marcó un hito muy importante porque indicó la separación de clases”, reconoce Edilma, ya que “había mujeres pobres, a quienes la formación y la educación les servía para hacer las actividades domésticas, por lo tanto no debían ceñirse a este manual, mientras que aquellas de clases medias y altas eran quienes recibían la educación basada en este tipo de cartillas y en la economía doméstica, la culinaria y manualidades”.

La responsabilidad por el cuidado de los otros y de la familia también fue un discurso de poder inculcado en las mujeres con el argumento de que así contribuían con la felicidad del hogar. No en vano, la Escuela de Comadronas y Enfermeras, que en 1937 pasó a ser la Escuela Nacional de Enfermeras, se articuló con el modelo de formación técnica. En esta misma vía, la Pontificia Universidad Javeriana abrió la Escuela de Economía Social y Enfermería en 1941.

Adicionalmente, la femineidad, el servicio al prójimo, la abnegación, la valentía, la generosidad y el espíritu de sacrificio como perfil de quienes querían ingresar a la academia para formarse en enfermería, y la influencia del modelo pedagógico y programa académico estadounidense, fueron los insumos para que Edilma encontrara los saberes históricos insertados en sus estudiantes y el porqué de la dificultad en el relacionamiento con los médicos en ambientes laborales.

La institucionalización de la salud en el país durante el crecimiento del capitalismo estadounidense hizo que la formación en enfermería pasara de ser un programa clínico e instrumental a recibir una formación centrada en el conocimiento administrativo hospitalario. De esta manera, las profesionales estarían en la capacidad de asumir responsabilidades organizacionales en tanto los médicos asumían su rol científico. A esto, cabe añadir que la conformación de gremios, como el Comité de Expertos en Enfermería de la Organización Mundial de la Salud, el Comité Permanente de Enfermería en el Ministerio de Salud, y de la creación de la Asociación Colombiana de Facultades de Enfermería, por mencionar algunas instituciones, afirmó el modelo de gubernamentalidad planteado al inicio de la investigación.

“Cuando vi el fin de la gubernamentalidad en la conducta de las mujeres, encontré que las instituciones se encargaron de normalizar a las enfermeras, de  homogeneizar sus conocimientos, haceres y saberes, y a la vez las motivó a trabajar desde el cuidado al otro para que los trabajadores se enfermaran menos y fueran más productivos. Este es el fin económico que ha preservado”, asegura Edilma.

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En ese sentido, cabe preguntarse por qué, a pesar de que más del 50% del personal de salud corresponde a enfermeros y enfermeras, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), su escasez aún supera los 800.000 puestos de trabajo. ¿Se debe a la falta de regulación en los salarios? ¿A las dificultades en la movilidad y migración de las enfermeras? O, siguiendo la línea de la docente javeriana, ¿a los ambientes de trabajo inadecuados?

Julio Cesar Castellanos Ramírez, director general del Hospital Universitario San Ignacio, señala que su percepción sobre la relación médico-enfermera en un ambiente laboral clínico es “subordinada, aunque en algunos pocos servicios muy especializados se acerca a una relación de pares”.

Por el momento, esta preocupación no solo atañe a la OPS, también es un motivo para considerar la línea divisoria entre las funciones de las enfermeras y los médicos, ya que no solo corresponde a normas y leyes institucionales sino también a prácticas culturales arraigadas en las mujeres y al orden patriarcal establecido con los años.

A una tradición de los valores femeninos relacionados con la docilidad y el silencio, a prácticas de sumisión y cordialidad asumidas por las jóvenes de las clases altas, quienes tenían la posibilidad de acceder a la educación, y a un grupo selecto mujeres que, tanto a mediados del siglo pasado como ahora, se han emancipado con la decisión de ingresar a la universidad y ejercer un rol consciente de su profesión.

Es decir, un jardín de rosas que, así como en el pasado era sembrado tradicionalmente frente al edificio de la Facultad de Enfermería de la época (Ed. Cataluña) en alusión a la alegría, belleza, modestia y elegancia con la que las enfermeras graduadas consagraban su vida a la ciencia y la salud pública, ahora, al mismo jardín le crecen espinos por las inconformidades de las rosas al ejercer su profesión.

 


INVESTIGACIÓN: Gubernamentalidad en la formación universitaria en enfermería en Bogotá, durante las décadas de 1950 y 1960. El jardín de rosas.
INVESTIGACIÓN: Edilma Marlén Suárez
AÑO: 2015-2019

Sofía: de niña curiosa a sabia investigadora

Sofía: de niña curiosa a sabia investigadora

Sofía está a menos cinco grados bajo cero (-5ºC). El frío es terrible y a duras penas reconoce cómo el sol se asoma entre las colinas de Sheffield, el lugar más verde de toda Inglaterra. Peak District fue su hogar, un pequeño pueblo a las afueras de esta ciudad donde vivió desde 2007, cuando se aventuró a sacar adelante su doctorado en ciencias. Fue su casa, su laboratorio de experimentación con semillas, su motivo, su razón. Estas diminutas partículas dadoras de vida, y el olor a pasto podado en la mañana, la mantenían atada a Colombia, a los recuerdos de las intensas heladas de los 70 cuando su mamá ponía sobre la mesa un jarrón con flores mientras la preparaba para ir a estudiar.

Hoy, siete años después de haber regresado a Bogotá, son esos 8.434 Km y 13 horas, 55 minutos de vuelo lo que lamentablemente la separa de sus más grandes amores: las colinas y los laboratorios donde pasó semanas completas analizando semillas, y un inglés que le cambió la forma de ver el mundo: Geoffrey, quien le hizo ver que “con él, la vida es mejor”.

Ella es bumanguesa de origen pero ‘rola’ de corazón. Llegó a la capital a los dos años, cuando su papá fue trasladado. Su cabello era color café, con destellos dorados; su sonrisa siempre fue característica, ingenua y un tanto pícara. Creció junto a sus dos hermanos menores, José y Luis, con quienes jugaba a “los autos”. Ella tenía un gusto particular por su maquinaria, sus ruedas. Aunque fue la niña consentida de papá, era la del ‘temple’ en casa, la mujercita con carácter y ‘berraquera’, la misma que heredó de su mayor inspiración: su abuela Alejandrina Herrera.

Sofía recuerda que le encantaba escuchar las historias de vida de su papá, Orminso Basto, un campesino que creció en Armero y desde los seis años recogía arroz para pagarse la educación, y claro, las de su madre, Concepción Mercado, oriunda de El Guamo, Bolívar, quien por años se dedicó a la costura para sacar adelante su hogar. Su madre era una mujer firme, de convicciones fuertes y una determinación ejemplar ante la cultura machista de la Costa Atlántica de mitad del siglo XX; de hecho, fueron ella y su abuela quienes le inculcaron la pasión por la educación, ese deseo efervescente por sumergirse entre las páginas viejas de los libros en las bibliotecas. Sofía leía todo lo que podía, no en vano su nombre proviene del griego sophia, que significa “sabiduría”. El resultado de una mezcla entre la genética y la influencia familiar.

Inquieta, carismática y con una sonrisa tan brillante como su intelecto, su gusto por la lectura y las curiosas historias que su padre le contaba en las noches la hicieron persistente, incluso un poco intensa en su capricho por aprender a escribir lo más rápido posible. Así, un pizarrón y unas cuantas tizas de colores terminaron en su casa; era un recuadro verde, colgado sobre la puerta de la cocina, un tablero donde esculpía con palitos y bolitas lo que resultó ser su más grato recuerdo de la niñez: aprender las vocales siguiendo las instrucciones de su mamá.

Sofía no olvida su primer día de clase. Como todas las mañanas, se despertó con un intenso olor a mazorca y café tostado, sobre el comedor la esperaban un par de envueltos de maíz con tinto; pero ese lunes de 1977 fue diferente: por fin repasaría las planas sobre sus cuadernos ferrocarril junto a más niños como ella. Todavía conserva el recuerdo de su padre asomado sobre la ventana, con sus ojos llenos de lágrimas al dejarla en el salón.

De ahí en adelante, el colegio Nuestra Señora del Pilar, en Bogotá, se convirtió en su aliado. Fue por doce años su manual de estrategias para escapar de los “problemas de los adultos”. A sus seis años su vida tomó una nueva dirección: su padre partió de casa. Sofía decidió asumir la responsabilidad de ayudar y cuidar a sus hermanos menores, sin embargo, no olvida que su papá le contaba cada noche la historia del “lado oscuro de la luna”, un cuento con el que descubrió que el hombre viajó al espacio y que le hizo determinar radicalmente que se dedicaría a explorar la ciencia. Su destino.

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La filosofía fue cómplice en la misión de sobrevivir. En décimo grado reflexionó, durante sus clases, sobre el sentido de la vida. Tenía 16 años cuando tomó la decisión de no tener hijos. En Once, recuerda, por primera vez rompió los esquemas, se liberó de una educación restrictiva, autoritaria y poco crítica. Las taras de mitad de siglo. Soy rebelde, de Jeanette, se convirtió en su canción favorita. Fueron esos versos los que hablaron por ella, sobre lo que estaba viviendo en los momentos de crisis durante su adolescencia:

“Yo soy rebelde porque el mundo me ha hecho así /
porque nadie me ha tratado con amor /
porque nadie me ha querido nunca oír. /
Yo soy rebelde /
porque siempre sin razón /
me negaron todo aquello que pedí”.

Terminó el colegio. Con el tiempo empezó a ver de a poco a su padre mientras él seguía influenciando su vida académica, inculcándole la importancia de estudiar para salir adelante y enseñándole lo valioso de hacer las cosas bien hechas. Sofía llevaba una vida disciplinada, no salía al parque, al cine y mucho menos pensaba en las ‘rockolas bailables’. Sus grandes ojos se tornaron muchas veces rojos al pasar horas entre las páginas de inmensos libros de ciencias. Eso sí, sus notas eran tan altas como sus aspiraciones: estudiar biología y llegar a una maestría y un doctorado en un país de habla inglesa aún sin conocer el idioma.

Esta joven siempre tuvo un gusto particular por las ciencias, por la sensación que le despertaba descubrir y explorar nuevos mundos. Con los años se volvió tímida, callada y muchas veces introvertida, pero eso no fue un impedimento para que sus notas hablaran por ella. Hacia 1989 dio el primer paso para cumplir sus sueños al inscribirse en la carrera de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana tras recibir una beca del Sena por sus altas calificaciones. Estudiar era su hobbie; nunca practicó algún deporte pero ejercitaba su mente todos los días en la Biblioteca Alfonso Borrero Cabal S.J. Tenía el deber de obtener las mejores notas porque, de no hacerlo, perdería su beca.

Fisiología vegetal y el curso de invertebrados fueron sus materias favoritas. Para entonces, Sofía ya vivía con su familia en el barrio Álamos Norte, en Bogotá, y tardaba más de una hora en llegar a la Javeriana. Su lonchera siempre iba cargada de frutas: manzanas, bananos, peras, unas cuantas fresas y a veces uvas, porque era un privilegio que no se veía todos los días. “Yo creo que desde niña tenía una tendencia vegetariana. No me gustaba el huevo y ahora me toca de a poco; no me gusta la carne roja, pero después, cuando empiezas a ver que es escasa, entonces las cosas son distintas”, menciona.

Por esa misma época abrió sus ojos a un mundo rico en conocimiento, a un universo fílmico, literario y musical. Carl Sagan se convirtió por muchos años en su amor platónico; la película Como agua para chocolate, en su plan de fin de semana; y la obra Air, de la Suite Orquestal Nº 3 BWV, de Johann Sebastián Bach, las melodías y armonías perfectas para acompañar sus horas de estudio. Terminó su pregrado con 24 años, pero no podía pensar en pagar sus estudios de posgrado o doctorado porque ahora debía, junto con su tía Rosiris, proveer para su hogar. Su madre sufría de quebrantos de salud y sus hermanos estaban estudiando en la Universidad Nacional: José, Arquitectura, y Luis, Economía.

Sofía empezó a dictar clases en 1993, eran monitorías en Fisiología Vegetal y Fundamentos de Biología. Después de terminar sus estudios de pregrado, visitó por varios meses las oficinas administrativas de la Facultad de Ciencias en busca de una plaza como docente, pero no la encontró. Un martes de 1996 “se le hizo el milagrito”. Fue contratada como maestra de hora cátedra con su primera clase: Biología evolutiva, la misma que hoy, 23 años después, dicta a estudiantes de Nutrición y Dietética, Bacteriología, Enfermería, Biología y Ecología. Sofía considera que su habilidad para enseñar y la empatía con sus estudiantes son las razones por las cuales está a la cabeza de los cursos básicos para esas carreras. “Siempre me ha gustado y se me ha facilitado enseñarle a la gente; desde muy pequeña enseñaba matemáticas en el colegio, de ahí fue cómo empecé a ayudar en la Universidad”, añade.

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Su deseo insaciable por explorar y descubrir nuevos mundos, por superarse y salir adelante, la llevó a pagar sus cursos de inglés en el Centro Colombo Americano. Sabía que la ciencia sobre la que aprendía con diccionario en mano estaba en inglés. Un reto más en su vida, un peldaño más para escalar. Así se propuso con su primer sueldo ahorrar para pagarse los cursos y postularse en universidades extranjeras para hacer su maestría.

Obtuvo tres becas para viajar al exterior, pero las tres se las negaron en la etapa final por no tener un puntaje alto en el idioma: las dos primeras, en 1998 y 1999, para estudiar en Holanda, y la tercera en 2000 para estudiar en Nueva Zelanda. Fue una época triste y desoladora. Lloró y lloró mucho. Aprender inglés se había convertido en su mayor reto. Pero, aunque todo se desvanecía, tomó la decisión de limpiarse el polvo de sus rodillas e iniciar de nuevo, terminar esta tediosa etapa y empezar, en febrero de 2005, su maestría en Biología en su alma mater. El idioma ya era un problema superado, lo había dejado atrás.

“Soy una persona muy perseverante; si me caigo, me levanto, y si me toca 20 veces, 20 veces me levanto. Si inicio algo, lo termino. Soy muy responsable”.

Sin embargo, no fue su final feliz. Recuerda que el momento más emocionante de su vida ocurrió el 12 de junio de 2006, al recibir dos noticias que cambiaron su destino: la aprobación de una beca que entrega la Javeriana a los profesores para apoyar su formación y perfeccionamiento en inglés, y la beca del Programa Alβan, (becas de alto nivel de la Unión Europea para América Latina) para hacer un Ph.D en la Universidad de Sheffield, Reino Unido, en Ciencia Animal y Vegetal.

Tuvo un mes para estar en Inglaterra, radicarse allí e iniciar clases; menos de una semana para entender los problemas de los ecosistemas que estaba estudiando; un par de días para acostumbrarse a esta nueva cultura, una sociedad totalmente independiente, y casi que, en tiempo real, desarrollar la habilidad de grabar y transcribir sus clases de estadística avanzada en inglés para entenderlas. Según recuerda, sus compañeros definían su doctorado como una “historia de terror”. No tenía las condiciones apropiadas para alimentarse, vestirse o incluso vivir porque era eso o terminar satisfactoriamente sus investigaciones, era eso o pagar la parte de la matrícula que no alcanzaba a cubrir con sus becas para que no la devolvieran a Colombia.

Fueron cuatro años de trabajo arduo, días completos dentro del laboratorio analizando los efectos del cambio climático y la polución por nitrógeno en los bancos de semillas. Cuatro años extrayendo muestras para conocer las especies de semillas que estaban en el suelo de las parcelas, en las colinas del Peak District, donde nació un amor intenso y profundo por Geoffrey Odds, un contador con alma de artista, como Sofía lo define.

“Yo lo conocí en 2008, a los seis meses de estar en Inglaterra. Compartimos la vida en Sheffield durante tres años y medio, luego nos casamos en 2016 pero ahora él está allá y yo acá, en Colombia. No es tan fácil, exige sacrificio y compromiso, además es necesario enfocarse porque mi tarea ahora consiste en dictar clases y hacer investigación”, menciona esta científica apasionada por el mango y el color azul en cualquiera de sus variedades.

Sofía regresó a Colombia en marzo del 2012. Como fruto del amor por la ciencia, su perseverancia y disciplina, escribió dos artículos para revistas del grupo Nature, reconocido por incluir las publicaciones científicas más serias, prestigiosas e importantes del mundo. Su investigación sobre los efectos del cambio climático en los bancos de semillas en condiciones de extrema sequía y humedad también fue publicada en la revista npj Climate and Atmospheric Science, mientras que su estudio sobre el efecto de la polución por nitrógeno circuló en las páginas de la revista Nature Communications.

Su investigación sobre la respuesta de las semillas ante las perturbaciones antropogénicas y el cambio climático ha convertido a esta mujer en una de las científicas más destacadas de la Javeriana, en un referente de perseverancia, constancia y valor y un ejemplo de cómo una pizca de curiosidad puede hacer que una niña ingenua llegue a ser una mujer apasionada por la ciencia.

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Comprender y predecir la vulnerabilidad de los ecosistemas frente al aumento de las sequías y la contaminación atmosférica ha sido su tarea por años. Porque, como ella bien sabe, “la ciencia es un mundo maravilloso, es lo que me hace feliz, es mi forma de vida y sí, quienes se dediquen a ella pueden ser felices haciendo ciencia, porque descubrir y entender cómo funciona el mundo es maravilloso”. Por ahora, Sofía busca liderar en Colombia un proceso de comprensión de las semillas, motivar a sus estudiantes para que vean en ella y en muchas mujeres más que sí es posible llegar a ser una consagrada científica, con calidad humana y un buen corazón. Y en un futuro no muy lejano, regresar a los brazos de su amado Mr. Odds.

Un año lleno de ciencia e historias

Un año lleno de ciencia e historias

Acabamos de vivir un año intenso en todo sentido, en el cual no solo definimos un nuevo rumbo en Colombia para el próximo cuatrienio, también vibramos con los triunfos de nuestros deportistas, nos sorprendimos con novedosos descubrimientos, sufrimos con tragedias y trabajamos, a nivel personal, por lograr cada una de las metas propuestas.

Para Pesquisa Javeriana, 2018 fue un año lleno de inmensos retos representados en nuevos proyectos, la posibilidad de ofrecerles a nuestra audiencia nuevos formatos y la firme confianza en contar historias, con el más alto rigor periodístico, y con las cuales buscamos que la ciencia saliera del aula, del libro y del laboratorio donde se construye.

¿Con qué objeto? Para que cualquier persona, en Colombia o en otro lugar del mundo, con un saber profundo sobre ciertos temas o con una curiosidad sencilla, pueda acceder al conocimiento forjado desde la Pontificia Universidad Javeriana y aplicarlo a su vida cotidiana, con la esperanza de que así no solo encuentre las respuestas a las preguntas que lo agobian: también para que genere nuevas preguntas, y acepte el reto de responderlas.

Ha sido un año especial, en el que abordamos cuestiones tan importantes para la vida diaria como el acoso femenino en el transporte público, nuevos y esperanzadores tratamientos en salud, innovaciones en transporte lunar, los desafíos del arte, entre muchos otros temas.

Por ello, queremos compartirles nuestras mejores historias, esperando que nos sigan acompañando en este 2019 lleno de renovados desafíos y proyectos, en los que queremos seguir trayendo la ciencia javeriana al alcance de todos. Y, por supuesto, en el que nos embarcaremos en nuevas y apasionantes historias.


1.
Ciencia en Colombia, ¿una utopía?

/Lisbeth Fog Corradine
/Lisbeth Fog Corradine

Todo está dispuesto para que el presidente Iván Duque cree el nuevo Ministerio de la Ciencia. Sin embargo, desde inicios de 2018, Pesquisa Javeriana viene advirtiendo del profundo y estructurado desorden que vive el sistema de ciencia y tecnología en el país, al igual que ha analizado sus profundos retos. En su columna, Lisbeth Fog, nuestra editora general, abordó esta cuestión desde el germen mismo de esta nueva institucionalidad científica: Colciencias.


2. Efectos de hidroeléctricas: urge una visión integral

/Cortesía, The Nature Conservancy
/Cortesía, The Nature Conservancy

La emergencia de Hidroituango puso sobre la mesa el riesgo de este tipo de proyectos tanto para las poblaciones cercanas como para el medio ambiente. Por ello, destacamos las graves consecuencias ambientales que tiene para la Depresión Momposina la construcción de los proyectos hidroeléctricos en la cuenca del río Magdalena-Cauca.


3. El árbitro juega de local, ¿mito o verdad?

2018 Arbitro
/Joan Philip Charry

El Mundial de Fútbol Rusia 2018 nos llevó a indagar sobre la relación que la ciencia ha tenido con el deporte rey. Así nos sumergimos en la investigación de Andrés Rosas, decano de Economía de la Javeriana, sobre el posible favoritismo de los árbitros hacia el equipo local, el cual se manifiesta con mayor frecuencia al añadir tiempo de reposición si éste va abajo en el marcador.


4. Marco, el vehículo javeriano en la Nasa

/Cortesía, Giovanni Viteri
/Cortesía, Giovanni Viteri

Un desafío planteado por la Nasa llevó a 15 estudiantes javerianos de Diseño Industrial a desarrollar, en tiempo récord, un vehículo espacial para recorrer la superficie de cuerpos celestes en futuras expediciones espaciales. Así revivimos las vertiginosas horas de este desarrollo que concursó con otras propuestas internacionales.


5. Siguiéndole los pasos a Humboldt

/Cortesía, Editorial Javeriana
/Cortesía, Editorial Javeriana

2018 fue el año para recordar la obra del naturalista y expedicionario alemán Alexander von Humboldt. Y fue gracias a Humboldtiana neogranadina, la voluminosa reconstrucción liderada por Alberto Gómez, director del Instituto de Genética Humana, sobre los viajes que el científico europeo realizó a nuestras tierras a comienzos del siglo XIX, que Pesquisa Javeriana realizó un especial periodístico sobre su memoria.

En este podcast nos centramos en el desafío de reconstruir los pasos de Humboldt casi dos siglos después.


6. La educación no salva a las niñas

/Joan Philip Charry
/Joan Philip Charry

Ser mujer en Colombia es una labor complicada. Las constantes denuncias de violencia de género, manifestadas en cuestiones como el acoso sexual en el transporte público, han llevado al país a adoptar legislaciones especiales para proteger a la mujer, pero es un trabajo en el que falta mucho por hacer. Aún quedan problemas estructurales como esta investigación desarrollada por las investigadoras javerianas Luz Karime Abadía y Gloria Bernal, sobre la desventaja que las niñas deben enfrentar desde el salón de clase y que puede comprometer su futuro.


…Y una mención especial

/Joan Phillip Charry - María Paula Ramírez
/Joan Phillip Charry – María Paula Ramírez

Dentro de las metas que nos propusimos para 2018 estuvo siempre el desafío de construir puentes entre la comunidad científica y la población. Y una de nuestras mayores felicidades se produjo cuando Viviana Garzón, estudiante de grado Once en el Colegio Rural El Uval, en Usme, llamó a nuestras oficinas para preguntarnos sobre el retamo espinoso.

Esta sencilla indagación nos llevó a organizar, de la mano de la Escuela de Restauración Ecológica (ERE) de la Javeriana, una jornada académica en esta institución escolar, en la cual los académicos javerianos le enseñaron a la comunidad las estrategias para controlar esta especie invasora.

Cáncer de cuello uterino: Colombia, al filo de la oportunidad

Cáncer de cuello uterino: Colombia, al filo de la oportunidad

Col Murillo C

El mejoramiento de las condiciones sociales y económicas de nuestra población, sumado al mayor acceso a servicios de salud, ha traído como consecuencia una reducción significativa de la incidencia y la mortalidad por cáncer de cuello uterino, pasando esta última de cerca de 30 por 100.000 habitantes en la década de los noventa, a 12 por 100.000 hacia 2015 (Globocan 2018).

A pesar de este importante avance, la realidad de nuestro país es aún distante de lo alcanzado por los países de altos ingresos, en donde la mortalidad por esta enfermedad es inferior a 5 por 100.000. De otra parte, la información disponible muestra una importante inequidad en el acceso a las actividades de detección temprana, lo cual se refleja en una mayor mortalidad para las mujeres colombianas con menor nivel educativo, las afiliadas al régimen subsidiado de seguridad social en salud  y las habitantes en zonas distantes del país, de acuerdo con estudios recientes.

Este panorama se presenta en medio de un escenario internacional cambiante en el que la Organización Mundial de la Salud (OMS) avanza en una propuesta para eliminar el cáncer de cuello uterino a nivel global. Gracias en gran medida al aporte de científicos colombianos, hoy es claro que la infección por Virus de Papiloma Humano (VPH) es una condición necesaria para el desarrollo de la enfermedad, conocimiento que generó la producción de vacunas que son 100% eficaces contra los tipos de VPH responsables del 70% de los casos de cáncer de cuello uterino en el mundo (cerca de 60% en Colombia) y la producción de pruebas diagnósticas con capacidad de detectar el 90% de las lesiones precancerosas del cuello uterino, permitiendo así su intervención para evitar que se conviertan en cáncer.

La existencia de estas medidas preventivas ubica al cáncer de cuello uterino como una enfermedad esencialmente prevenible y motiva la iniciativa de la OMS. Lo interesante de ello es que nuestro sistema de salud ha integrado las dos medidas: la vacunación de forma gratuita en niñas escolares, desde grado cuarto hasta grado once, y las pruebas de VPH, introducidas en el plan de salud en 2011 y reglamentadas como base de la detección temprana de lesiones precancerosas del cuello uterino para los regímenes subsidiado y contributivo a partir de la Resolución 3280 de este año 2018.

Con una mortalidad decreciente y con las herramientas básicas en nuestro sistema de salud, ¿qué nos impide, entonces, soñar con reducir la frecuencia de esta enfermedad hasta niveles tan bajos que resulten insignificantes para la salud pública nacional? Hoy seguimos teniendo cerca de 4.000 casos anuales y 2.000 muertes por esta causa; la vacunación, a pesar de su oferta gratuita, no cubre más del 10% de las niñas objeto de ella, y la detección temprana, a pesar de su amplia cobertura (alrededor de 80%), sigue teniendo limitaciones en el acceso oportuno al tratamiento de las lesiones detectadas, principalmente, como se dijo, en grupos poblacionales socialmente desfavorecidos.

Hay dos elementos fundamentales dentro de las causas de esta triste situación: uno de ellos, la complejidad de nuestro sistema de salud y las dificultades de acceso, pero el segundo, francamente lamentable, es la desinformación y papel negativo de los medios de comunicación, de grupos con intereses no claros frente a una vacuna que previene una infección de transmisión sexual, y de grupos académicos que con fundamentación equivocada generan temor frente a la vacunación. Con más de 350 millones dosis de vacuna aplicadas en el mundo, la OMS ha venido repetidamente dando partes de seguridad de la vacuna de VPH a partir de los reportes de los programas de salud pública de los países que la han introducido; no obstante, el episodio conocido de Carmen de Bolívar ha dejado una huella indeleble en nuestro programa de vacunación y en las mentes de madres y padres que se niegan a vacunar a sus hijas sin que exista una razón de peso para ello, más allá de la alimentación continua de temores por parte de especuladores sin fundamento.

La ciencia ha jugado su papel con una importante participación de nuestro país. Tenemos datos ciertos y datos propios. El sistema de salud se ha comprometido con ofrecernos las herramientas básicas para la eliminación de un tipo de cáncer, algo impensable hace unos años. Resultaría aciago que nuestro realismo mágico nos haga esquiva esta oportunidad y someta las mujeres colombianas a cien años más de mortalidad por cáncer de cuello uterino.

 


* Director del Centro Javeriano de Oncología, afiliado al Hospital Universitario San Ignacio. Profesor asistente de la Facultad de Medicina en la Pontifica Universidad Javeriana.