Cáncer de cuello uterino: Colombia, al filo de la oportunidad

Cáncer de cuello uterino: Colombia, al filo de la oportunidad

Col Murillo C

El mejoramiento de las condiciones sociales y económicas de nuestra población, sumado al mayor acceso a servicios de salud, ha traído como consecuencia una reducción significativa de la incidencia y la mortalidad por cáncer de cuello uterino, pasando esta última de cerca de 30 por 100.000 habitantes en la década de los noventa, a 12 por 100.000 hacia 2015 (Globocan 2018).

A pesar de este importante avance, la realidad de nuestro país es aún distante de lo alcanzado por los países de altos ingresos, en donde la mortalidad por esta enfermedad es inferior a 5 por 100.000. De otra parte, la información disponible muestra una importante inequidad en el acceso a las actividades de detección temprana, lo cual se refleja en una mayor mortalidad para las mujeres colombianas con menor nivel educativo, las afiliadas al régimen subsidiado de seguridad social en salud  y las habitantes en zonas distantes del país, de acuerdo con estudios recientes.

Este panorama se presenta en medio de un escenario internacional cambiante en el que la Organización Mundial de la Salud (OMS) avanza en una propuesta para eliminar el cáncer de cuello uterino a nivel global. Gracias en gran medida al aporte de científicos colombianos, hoy es claro que la infección por Virus de Papiloma Humano (VPH) es una condición necesaria para el desarrollo de la enfermedad, conocimiento que generó la producción de vacunas que son 100% eficaces contra los tipos de VPH responsables del 70% de los casos de cáncer de cuello uterino en el mundo (cerca de 60% en Colombia) y la producción de pruebas diagnósticas con capacidad de detectar el 90% de las lesiones precancerosas del cuello uterino, permitiendo así su intervención para evitar que se conviertan en cáncer.

La existencia de estas medidas preventivas ubica al cáncer de cuello uterino como una enfermedad esencialmente prevenible y motiva la iniciativa de la OMS. Lo interesante de ello es que nuestro sistema de salud ha integrado las dos medidas: la vacunación de forma gratuita en niñas escolares, desde grado cuarto hasta grado once, y las pruebas de VPH, introducidas en el plan de salud en 2011 y reglamentadas como base de la detección temprana de lesiones precancerosas del cuello uterino para los regímenes subsidiado y contributivo a partir de la Resolución 3280 de este año 2018.

Con una mortalidad decreciente y con las herramientas básicas en nuestro sistema de salud, ¿qué nos impide, entonces, soñar con reducir la frecuencia de esta enfermedad hasta niveles tan bajos que resulten insignificantes para la salud pública nacional? Hoy seguimos teniendo cerca de 4.000 casos anuales y 2.000 muertes por esta causa; la vacunación, a pesar de su oferta gratuita, no cubre más del 10% de las niñas objeto de ella, y la detección temprana, a pesar de su amplia cobertura (alrededor de 80%), sigue teniendo limitaciones en el acceso oportuno al tratamiento de las lesiones detectadas, principalmente, como se dijo, en grupos poblacionales socialmente desfavorecidos.

Hay dos elementos fundamentales dentro de las causas de esta triste situación: uno de ellos, la complejidad de nuestro sistema de salud y las dificultades de acceso, pero el segundo, francamente lamentable, es la desinformación y papel negativo de los medios de comunicación, de grupos con intereses no claros frente a una vacuna que previene una infección de transmisión sexual, y de grupos académicos que con fundamentación equivocada generan temor frente a la vacunación. Con más de 350 millones dosis de vacuna aplicadas en el mundo, la OMS ha venido repetidamente dando partes de seguridad de la vacuna de VPH a partir de los reportes de los programas de salud pública de los países que la han introducido; no obstante, el episodio conocido de Carmen de Bolívar ha dejado una huella indeleble en nuestro programa de vacunación y en las mentes de madres y padres que se niegan a vacunar a sus hijas sin que exista una razón de peso para ello, más allá de la alimentación continua de temores por parte de especuladores sin fundamento.

La ciencia ha jugado su papel con una importante participación de nuestro país. Tenemos datos ciertos y datos propios. El sistema de salud se ha comprometido con ofrecernos las herramientas básicas para la eliminación de un tipo de cáncer, algo impensable hace unos años. Resultaría aciago que nuestro realismo mágico nos haga esquiva esta oportunidad y someta las mujeres colombianas a cien años más de mortalidad por cáncer de cuello uterino.

 


* Director del Centro Javeriano de Oncología, afiliado al Hospital Universitario San Ignacio. Profesor asistente de la Facultad de Medicina en la Pontifica Universidad Javeriana.

La Guajira, un buen ejemplo para pensar el sistema de salud

La Guajira, un buen ejemplo para pensar el sistema de salud

En una región donde predomina el desierto, en sus zonas rurales la temperatura puede llegar a los 42° centígrados, el agua es escasa, hay energía solo unas horas al día y en sus carreteras solo pueden transitar automóviles todoterreno, vive alrededor de medio millón de colombianos, muchos de ellos indígenas wayuu. Se los encuentra dispersos en sus rancherías, viviendo el día a día cerca de sus muertos pero lejos de todo, de sus escuelas y de los servicios de salud.

Hasta La Guajira llegaron investigadores javerianos y de la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health, de Baltimore, Estados Unidos, para identificar preferencias y percepciones de los guajiros frente a los servicios de salud de los diferentes regímenes a los que podían estar afiliados.

Encontraron que, si bien valoran seguros de salud que cubren a la familia, en los que pueden elegir médicos y hospitales y acudir a especialistas en caso de necesidad, pareciera que no son capaces de dar el paso del régimen subsidiado al contributivo, aun cuando cuenten con los recursos necesarios para hacerlo.


¿Cómo llegaron a esta conclusión?

“El estudio fue realizado hace más de cinco años y la normatividad ha cambiado”, advierte Jeannette Liliana Amaya, profesora investigadora del Instituto de Salud Pública de la Pontificia Universidad Javeriana.

En ese entonces los investigadores se desplazaron a La Guajira –cuna del vallenato– para adelantar una encuesta en la que entrevistaron a quienes actuaban como cabeza de familia de 400 hogares, mayores de 18 años y afiliados al Sisbén (Sistema de Selección de Beneficiarios para Programas Sociales) en las categorías 1 y 2, que corresponden a la población más pobre y vulnerable. En los 44 corregimientos quisieron averiguar por qué el 9% de la población del departamento no estaba afiliado a régimen alguno, el 18% estaba en el régimen contributivo (afiliado a una EPS) y el resto, o sea, el 73%, en el régimen subsidiado.

De casa en casa y de ranchería en ranchería, con el apoyo de unas fichas con imágenes que representaban algunas de las preguntas y de un traductor que no solamente hablaba wayuunaiki sino que podía explicar los tecnicismos –palabras como ‘prima’ o ‘copago’–, tuvieron una primera idea demográfica de los encuestados: el 78% eran indígenas nativos wayuu, tres de cada cuatro entrevistados eran mujeres, el promedio de edad de quienes participaron en la encuesta fue de 40 años, solo el 10% estaba casado y cada familia se componía, en promedio, de cinco personas. Más del 80% tenía estudios secundarios y casi la mitad estaban desempleados. Sin embargo, la tercera parte de los encuestados ganaba más del salario mínimo de ese entonces.

Cuando profundizaron en la percepción sobre la salud, encontraron que valoraban cinco beneficios que tenía el régimen contributivo frente al subsidiado, entre ellos, el poder escoger el médico y el hospital de su preferencia, las incapacidades médicas remuneradas, el tiempo de espera para recibir atención médica y el servicio de oftalmología.

Pero en líneas generales, teniendo en cuenta los 15 atributos que se les presentaron para seleccionar su preferencia, “la población piensa que sería benéfico para ellos la cobertura familiar, poder escoger el médico, el especialista y el hospital, y tener cobertura fuera de la ciudad”, dice Amaya.

Sin embargo, la población no manifestaba interés por cambiarse al régimen contributivo. “Una de las razones por las cuales la población subsidiada no se afilia al régimen contributivo es porque no tiene un empleo formal y no se siente obligada a afiliarse, independientemente de que tenga la capacidad de pago”, continúa Amaya.

Y no se siente obligada, primero, porque percibe que los miembros de su familia están sanos y, segundo, porque no quiere perder los beneficios del sistema subsidiado, principalmente por los bajos costos.

Cuando los pobladores se sienten enfermos acuden a la medicina tradicional, la que tienen a mano como primera opción. “Tienen que sentirse muy mal para pensar en consultar un médico”, explica Amaya. “En La Guajira, las necesidades de atención y las creencias sobre la salud y la enfermedad son propias de su cultura, los desplazamientos son complicados, no tienen los recursos económicos y la búsqueda de atención en salud les implica dinero y tiempo, que muchas veces no tienen”.

Así mismo, el estudio confirma que para el Gobierno es difícil identificar a los ciudadanos que podrían asumir el pago del régimen contributivo, resultado que aplicaría a todo el país. “Desde el Gobierno no existe la posibilidad de obligar a la población informal que tiene la capacidad de estar en el contributivo a dejar el Sisbén”, explica Amaya. “El porcentaje de trabajadores informales es cada vez mayor y el control de los ingresos es complejo e inestable, lo que hace que la gente tienda a evadir la afiliación al régimen contributivo”.

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La investigación continúa

En la época que hicieron el estudio, el Sisbén solo ofrecía atención básica en salud; por ello, los investigadores concluyeron llamando la atención de los tomadores de decisiones relacionados con la política en salud sobre los beneficios de tener más colombianos en el sistema contributivo.

“Desde el año 2009 se comenzó un proceso secuencial de unificación del Plan Obligatorio de Salud (POS) en busca de un mejor acceso y atención en salud para la población más vulnerable”, dice Amaya. Pero “unificar la operación de los regímenes contributivo y subsidiado en el Sistema General de Seguridad Social en Salud no es sencillo porque implica un impacto en varios ámbitos: económico, social, político, legal y en la administración misma del sistema”. En esas están en el Instituto de Salud Pública.

Para satisfacer las necesidades en salud en La Guajira, será necesario diseñar un sistema de salud acorde con las creencias, costumbres y condiciones económicas y geográficas propias de este departamento. En torno a este tema, el Instituto de Salud Pública se ha enfocado en aportar los requerimientos para la adaptación del Modelo Integral de Atención en Salud (MIAS) en La Guajira para que incorpore las necesidades y los procesos de salud y enfermedad de las poblaciones indígenas y los territorios rurales dispersos, y para que garantice el acceso oportuno e integral en salud.

Por ahora, el reto está en que todos los colombianos puedan acceder a servicios de salud óptimos.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Identifying Barriers to move to better Health Coverage: Preferences for Health Insurance Benefits among the Rural Poor Population in La Guajira, Colombia
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Jeannette Liliana Amaya
COINVESTIGADORES: Fernando Ruiz, Antonio J. Trujillo y Christine Buttorff
Cendex, Instituto de Salud Pública,
Pontificia Universidad Javeriana
Departamento de Política y Administración en Salud,
Escuela de Salud Pública Johns Hopkins
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2011-2014

También hay espacio para la ciencia

También hay espacio para la ciencia

Hoy domingo 17 de junio circula la edición número 44 de Pesquisa Javeriana, la revista de divulgación científica y tecnológica de la Pontificia Universidad Javeriana, que circula con las edición dominical que el diario El Espectador le envía a sus suscriptores.

Encuentre en nuestras páginas los siguientes temas :

  • Un reportaje sobre cómo los viveristas cundinamarqueses están transformando, gracias a la genética, el cultivo de orquídeas.
  • La investigación que revela cómo la nicotina podría curar enfermedades degenerativas como el mal de Parkinson.
  • El trabajo comunitario con habitantes de Ciudad Bolívar que ayudó a replantear el significado de la fe.
  • El hallazgo que permitió cambios vitales en el sistema de salud de la Guajira.
  • Las relaciones existentes entre la salud oral y las enfermedades cardiovasculares.
  • La unión de prácticas médicas que permitió mejorar las vidas de los pacientes de enfermedades raras en Colombia.
  • Perfil de Sandra Baena, la bióloga javeriana que ha dedicado su vida a la investigación de microorganismos.
  • La politóloga María Alejandra Quintero nos cuenta su trabajo con las comunidades del Valle del Cauca.
  • ¿Por qué la Selección Colombia de Fútbol invita a la unidad en momentos en los que las tensiones políticas parecen alejarnos?
  • En nuestra editorial, el voto de confianza que el sistema de ciencia colombiano ha depositado en la Pontificia Universidad Javeriana.

Pesquisa Javeriana invita a todos los interesados a asistir al Tercer Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad, que se llevará a cabo en el campus de Bogotá del 10 al 14 de septiembre del presente año.

Si usted desea consultar el contenido de nuestra edición impresa y no es suscriptor de El Espectador, puede acceder a la versión digital de la revista, en formato PDF, por medio de este enlace.

La humanización de la salud, problema de todos

La humanización de la salud, problema de todos

“La medicina no es propiedad de los médicos ni la salud es de quienes ostentan puestos directivos en el sistema. La salud y la medicina son propiedad de la sociedad”. Con este argumento, Eduardo Díaz Amado, profesor del Instituto de Bioética de la Pontificia Universidad Javeriana, presenta el libro La humanización de la salud: conceptos, críticas y perspectivas e invita a consultarlo por estar al alcance de cualquier persona que quiera ahondar sobre la situación actual de la atención médica en Colombia y comprender las diferentes visiones que existen al respecto.

El libro, que reúne 26 investigaciones de diversas profesiones relacionadas con la atención en salud, surgió del tercer Foro de Bioética Clínica “Humanizar la salud: significados, posibilidades y límites”, que realiza la Universidad cada dos años. Luego de la invitación de Díaz Amado a los ponentes de ese foro para construir artículos académicos que reflexionaran alrededor del concepto de la humanización, de las tensiones existentes en la actualidad en las profesiones de la salud y de los aportes de las humanidades médicas a este fenómeno, se recopilaron estos textos en la publicación editada por la Editorial Javeriana y presentada el pasado 16 de noviembre en el marco de los 20 años de existencia del Instituto de Bioética.

En el libro se puede encontrar artículos que hablan de cómo en un currículo de educación se introduce el tema de la humanización de la salud o de las experiencias en los hospitales, entre otros temas con abordaje crítico desde lo político y lo ético.

Si desea conseguir este libro, puede consultar el catálogo o pedir información en la Editorial Javeriana.

Parteras del Pacífico dialogan con el sistema de salud

Parteras del Pacífico dialogan con el sistema de salud

Cuentan que en Guapi (Cauca) cuando nació José Antonio Torres, más conocido en el mundo musical como Gualajo, la partera no encontró donde poner la criatura húmeda y tibia que sostenía en sus brazos. Lo único que vio a la mano fue una marimba de las que fabricaba el padre del recién nacido. Entonces depositó al bebé sobre las tablillas de chonta y procedió a cortarle el cordón umbilical. Se produjo entonces una simbiosis entre el recién nacido y la marimba, que con los años llevó a Gualajo a ser uno de los más reconocidos intérpretes de este instrumento en todo el mundo. Uno lo puede encontrar en el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, en Cali, pero también en la Torre Eiffel en París o el Central Park en Nueva York. Podría decirse que su nacimiento marcó su destino.

Como Gualajo, miles de habitantes del Pacífico han llegado al mundo gracias al oficio milenario de las parteras que, con ojo de experto, saben si una mujer tendrá un parto fácil o si dará a luz un niño o una niña.

A Filomena Valencia le tocó aprender el oficio de partera a los 13 años, cuando le llegó la hora a su hermana Nancy. “Ella me decía que le dolía la barriga. Me di cuenta que el bebé ya venía y fui a buscar una cuchilla de afeitar para cortar el cordón. Cogí al niño con las manos y le fajé el ombligo… Ese fue mi primer parto y desde entonces sigo haciéndolo con quien lo necesite”, indica esta mujer que vive en un barrio en Buenaventura al que se llega en ‘carpati’, como le dicen en el puerto a los camperos.

En la mente de esta mujer de casi noventa años se pierde la cuenta de los miles de nacimientos atendidos por ella. “Yo nací en Cocalito (Nariño) y toda la vida he estado partiando, primero allá y desde hace muchos años en Buenaventura. Tengo abuelas y tías parteras”, señala.

Para ella lo importante es la mano que tiene para atender partos y tumbar ombligos en tres días, gracias a su fórmula con base en cogollo de guayabo.

Filomena Valencia
Filomena Valencia

“Reconocemos en las parteras no solamente personas que traen niños al mundo, sino también unas consejeras que con su incorporación al sistema de salud podrían ayudar a reducir  la tasa de mortalidad materna e infantil en el Pacífico”.

 

Gómez Gómez, analizar el estado situacional y contextual de la interculturalidad y la salud con este grupo de mujeres. En otras palabras, los investigadores, pertenecientes al Grupo Interfacultades Salud y Calidad de Vida y al Grupo Ciencias Básicas y Clínicas de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Pontificia Universidad Javeriana Cali, quieren ver hasta qué punto los saberes ancestrales de la partería pueden conversar con el sistema de salud del Estado.

La salud en el Pacífico

La investigadora Rocío Carvajal Barona, estudiante de doctorado en estudios sociales, se ha introducido en el mundo de las parteras de Buenaventura gracias a su experiencia en salud pública en este puerto del Pacífico, donde ha trabajado por más de veinte años y de donde es oriunda su familia paterna. Pacientemente le ha seguido la pista a un proceso ancestral que se niega a desaparecer, toda vez que muchas mujeres prefieren la casa de una partera a la sala de maternidad de un hospital.

Para ella, Buenaventura es sinónimo de marginalidad y exclusión, situación que se ve reflejada en los índices en salud pública. “La condición de puerto, por ejemplo, hace que proliferen las enfermedades de transmisión sexual y que otras, como la tuberculosis, sigan teniendo gran incidencia”.

Históricamente, dice, las parteras han sido una opción para atender los alumbramientos en lugares de difícil acceso de los servicios de salud, y el Pacífico colombiano tiene muchos sitios donde todavía estos se prestan esporádicamente en barcos-hospitales o misiones aéreas.

De igual forma, las políticas públicas en esta región del país se implementan de manera tardía. “Cuando yo cumplía mi año de servicio social, después de graduarme como enfermera, apenas estaba naciendo la Secretaría de Salud Municipal de Buenaventura”, precisa la investigadora, quien desde entonces ha estado vinculada directa o indirectamente a los servicios de salud en el puerto.

En los últimos siete años su objeto de estudio han sido los procesos relacionados con la malaria, la tuberculosis y la salud sexual y reproductiva. Con las parteras se propone, junto con el médico e investigador Milton César

Jacinta Obregón
Jacinta Obregón

Diálogo de saberes

A Jacinta Obregón Santana, partera de 63 años, en más de una ocasión la han llamado del hospital de Buenaventura para que cure de mal de ojo a bebés nacidos allí. “Los médicos me dicen que haga lo que siempre hago en estos casos y los papás quedan más tranquilos cuando ven que en el mismo hospital les ayudan con ese problema”, explica.
La fama de esta mujer oriunda de El Charco le ha valido para que la llevaran a Cali y a Medellín a atender alumbramientos. “Este es un trabajo serio, y yo vivo de eso”, dice mientras nos recuerda, de paso, que su mamá “murió de parto”. Su primer alumbramiento lo atendió cuando tenía 19 años. También tiene sus secretos para tumbar el ombligo en tres días y lograr que la madre expulse los coágulos y la placenta luego de dar a luz de forma rápida y segura. “Arriba (refiriéndose al segundo piso de su casa) tengo mis matas y yo misma preparo lo que les doy a las parturientas… Una de mis condiciones es que los partos los atiendo aquí mismo, en mi casa”, comenta.
Carvajal señala que “las parteras, los sobanderos y sanadores tienen sus propios métodos para aliviar a las personas, y eso es algo que es importante tener en cuenta en la construcción de un nuevo concepto de salud intercultural… Por eso se hace necesario tener una mejor comprensión de la situación de la salud en las comunidades afro con el fin de acercarse a la construcción de modelos de atención diferenciales en salud incluyentes para las comunidades étnicas en Colombia”, explica.
En su investigación, Carvajal y Gómez analizaron los aspectos históricos, epistemológicos, políticos y sociales de la salud intercultural y práctica sobre salud materna desde los saberes ancestrales afro, así como los modelos locales de salud en Buenaventura. La sistematización, síntesis, interpretación, análisis y resultados o conclusiones del estudio están basados en el modelo de interculturalidad crítica o positiva expuesto por los autores Catherine Walsh y Xavier Albó.
Su enfoque —reconocido por la Organización Panamericana de la Salud— recoge planteamientos de análisis individual, grupal y estructural, alentando a realizar el mayor énfasis en el nivel estructural, y permitiendo sobrepasar los análisis culturales y simbólicos que se han realizado hasta el momento. “Reconocemos en las parteras no solamente personas que traen niños al mundo, sino también a unas consejeras que con su incorporación al sistema de salud podrían ayudar a reducir la tasa de mortalidad materna e infantil en el Pacífico. De esta forma, el sistema de salud tendría ojos en la misma comunidad”, precisa Carvajal.

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