Investigaciones ambientales para una Colombia sostenible

Investigaciones ambientales para una Colombia sostenible

A finales de la década de los ochenta, nació en la Pontificia Universidad Javeriana, el Instituto de Estudios Ambientales para el Desarrollo, Ideade, un espacio creado para buscar soluciones sostenibles a las problemáticas ambientales que existen en Colombia.
El Ideade empezó a interesarse por estudiar problemas frecuentes de la industria colombiana relacionados con asuntos ambientales. Entonces, algunas empresas públicas y privadas acudieron al Instituto para recibir apoyo en sus procesos de producción y capacitación de los trabajadores.

Por ejemplo, con la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, se avanzó en el ordenamiento de las cuencas hídricas que abastecen la ciudad y en el manejo de ríos urbanos y humedales. Con Corpoboyacá, se trabajó en la formulación del plan de manejo ambiental de la ruta media del río Chicamocha, considerado una importante fuente hídrica para el país.

También se adelantaron estudios que analizaban la dimensión ambiental del cultivo de flores en el país. Otro tema en el que el Instituto incursionó fue en la observación del impacto del trabajo de los puertos carboníferos de la Costa Atlántica colombiana sobre las comunidades aledañas a su operación y la correspondiente responsabilidad ambiental que se deriva de los procesos de explotación minera.

En 1998, cuando se creó la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, el Ideade pasó a ser parte de ella con el desarrollo de tres campos de acción: la investigación, la educación continua y el servicio de consultoría.

Así, hoy, como producto de su trayectoria de dos décadas de actividad, el Instituto cuenta con numerosas investigaciones que abordan, dentro del marco del desarrollo sostenible, temas como la formulación de políticas y sistemas de gestión ambiental, el uso del patrimonio natural y cultural, las tecnologías ambientales para el manejo adecuado de los residuos, la ecología urbana y la educación ambiental.

Con el paso del tiempo, el Ideade se ha consolidado como una firma de asesores expertos, que asume grandes retos y que trabaja bajo la supervisión de la Universidad. Así como el Instituto aporta sus conocimientos a los procesos de consultoría, también se nutre de cada trabajo que realiza con las empresas colombianas.

Hoy, es un grupo interdisciplinario al que se vinculan arquitectos, ecólogos, ingenieros y biólogos, entre otros especialistas. Con sus programas de educación continua como cursos libres, diplomados, seminarios y talleres, ofrece diversas opciones de formación que permiten a los profesionales colombianos actualizar permanentemente sus conocimientos.

En la actualidad una de las actividades de repercusión en las que trabaja es en el asesoramiento técnico de la Red Pries, un proyecto que agrupa a 29 instituciones de educación superior de Bogotá, con el objetivo de mejorar la gestión ambiental de sus campus en un proceso de transformación cultural a partir del cual la comunidad universitaria tome conciencia del impacto de la producción de residuos en la calidad de
vida de los habitantes de la ciudad.

Hoy, el conjunto de estas universidades asociadas, produce 1.281 toneladas de residuos al semestre, de los cuales se podrían reciclar 565, proceso del cual se pueden derivar beneficios ambientales, sociales y económicos.

Con dos décadas de trayectoria, el Instituto de Estudios Ambientales para el Desarrollo, Ideade, aporta conocimiento para la formulación de políticas ambientales, el uso del patrimonio natural y cultural, elmanejo adecuado de los residuos y la proyección de la educación orientada al desarrollo sostenible.


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Diálogo de saberes en nuestro Amazonas

Diálogo de saberes en nuestro Amazonas

La biodiversidad, o diversidad biológica, es la abundancia de distintas formas de vida (desde los genes, pasando por las especies, hasta los ecosistemas) que, en sus complejas pero armoniosas interacciones, permiten que cada especie, incluido el hombre, satisfaga sus necesidades básicas y logre sobrevivir en la Tierra. Con respecto a este asunto, nuestro país goza de una posición privilegiada. Según Conservación Internacional, Colombia es el tercer país con mayor biodiversidad en el mundo, después de Brasil e Indonesia, y el país con mayor número de especies de aves y anfibios.

Sin embargo, la biodiversidad está disminuyendo, sin que los científicos hayan tenido la oportunidad de conocer muchos de los diferentes tipos de especies de flora y fauna que albergan nuestras selvas, ni podido estudiar aquellas plantas exuberantes que posiblemente albergan el secreto de la cura para gran cantidad de enfermedades.

Y no sólo está en crisis la diversidad biológica,también lo está la diversidad étnica.

Debido a su escasa población, a las dificultades de comunicación por la diferencia de lenguas, a la fragilidad de sus actividades económicas y a su aislamiento, las comunidades que habitan nuestras selvas, aquellas que poseen un conocimiento ancestral sobre el cuidado y aprovechamiento de su delicado y valioso hábitat, se encuentran en una situación muy vulnerable.

Durante los años 2002 a 2006,un grupo de investigadores del Departamento de Biología de la Universidad Javeriana, desarrolló varios estudios con una comunidad indígena y su entorno, en el curso de la investigación “Comparación de la artropofauna y vegetación asociada a tres unidades de paisaje de la comunidad Monilla Amena, haciendo énfasis en el análisis de mariposas, coleópteros coprófagos y hormigas”.

Ganancia de parte y parte

Por medio de uno de estos estudios, “Plantas útiles para la elaboración de artesanías de la comunidad Monifue Amena”, Camilo Cadena y sus colaboradores evidenciaron una utilización racional de la flora por parte de los indígenas. Por ejemplo, existe una palma con cuyas hojas fabrican techos, pero que no deben cortarse sino hasta que la planta tenga la edad adecuada, de lo contrario terminaría por extinguirse. Esto lo conocen y respetan todos los nativos, infortunadamente no ocurre lo mismo con los mestizos. Los investigadores hicieron un inventario detallado de las plantas y del uso que se les da, encontrando que la mayoría están relacionadas con actividades culturales y de subsistencia. “El trabajo aporta el inventario inicial para cualquier labor de aprovechamiento adecuado”, explicó a Pesquisa Giovanny Fagua, principal investigador del estudio. Así, uno de sus resultados son las recomendaciones a la comunidad para que controle de manera sostenible el aprovechamiento de los recursos a fin de evitar su sobreexplotación.

Y es que tal como lo resume Fagua, “el trabajo en la comunidad ha sido un diálogo de saberes donde de parte y parte hay ganancia”. Y agrega, “más importante aun que inventariar los seres que habitan un sitio, o reconocer los tipos de vegetación de un área, lo que impulsa al investigador es el deseo de interpretar lo que cuentan las plantas y animales de la riqueza potencial de un área o de su historia en el tiempo y, sobretodo, conocer la principal de nuestras riquezas: nuestra gente, y nuestras múltiples culturas”.
La comunidad Monifue Amena se encuentra en el resguardo Ticuna-Huitoto, junto con otras comunidades indígenas, a 13 kilómetros de la ciudad de Leticia, Amazonas. Está conformada por un centenar de personas y, aunque ocupa alrededor de 712 hectáreas, corre el peligro permanente de perder su tierra si el grupo se reduce. Desde un punto de vista político, a la hora de tomar decisiones, menos personas representan menos votos frente a las otras comunidades del resguardo y del municipio.

El grupo de investigadores logró el levantamiento de un mapa georeferenciado y detallado de los linderos de la comunidad, algo supremamente valioso ya que es una herramienta legal para defender sus predios y para obtener ayudas gubernamentales. Apoyados en parte por ese mapa, obtuvieron fondos para adecuar una carretera, pero una comunidad vecina terminó por apoderarse del proyecto mediante maniobras políticas y argumentando su mayor tamaño.

El proyecto de la Universidad Javeriana fue inscrito ante Corpoamazonia y aprobado como actividad investigativa mediante una resolución vigente hasta 2005.

Durante este periodo, se definió con la comunidad el trabajo cooperativo en tres campos:

La exploración y comparación de la artropofauna y vegetación del área de la comunidad, la creación de un programa para que allí los estudiantes de la carrera de Biología realicen pasantías o trabajos de grado, y la realización de proyectos conjuntos para el aprovechamiento adecuado de sus recursos naturales.

Como resultado de las prácticas, comenta Fagua, se han escrito, a la fecha, cuatro artículos científicos consagrados al área, que han sido publicados en revistas nacionales e internacionales. Adicionalmente, el material biológico, obtenido y conservado en las colecciones biológicas del Museo Javeriano de Historia Natural, ha servido para evidenciar nuevos registros de fauna en el país y para describir otras especies de artrópodos (bichos con cubierta externa dura, como arañas, ciempiés e insectos).

Este trabajo exploratorio ha puesto en evidencia la enorme riqueza biológica del área de la comunidad Monifue Amena, el segundo sitio con mayor número de especies de hormigas en el mundo. Y dado que las hormigas son un referente de la biodiversidad, podemos suponer que esta abundancia es extensiva a toda la flora y fauna del lugar, agrega Fagua.

Los Monifue Amena basan su sustento en la actividad agrícola, la caza y el etnoecoturismo, incluida la venta de artesanías. Otro de los proyectos propuestos fue la creación de un mariposario que favoreciera el atractivo de la reserva como foco turístico. Los investigadores hicieron un inventario de las mariposas existentes y mostraron cuáles se podían aprovechar, enseñándole a la comunidad cómo cultivar larvas para reducir la mortalidad natural.

Desafortunadamente, al igual que con el proyecto del mariposario, otros estudios y planes quedaron apenas iniciados debido a la finalización de la vigencia del permiso de investigación —entre ellos, el cultivo específico de algunos frutales muy particulares del área y con gran potencial de mercado, la realización de un libro-cartilla que recogiese, en Huitoto, los mitos que maneja la comunidad, y la venta en Bogotá, sin intermediarios, de sus productos artesanales.

Tal como comentó Fagua a Pesquisa, el permiso no fue renovado y Corpoamazonia solicitó iniciar nuevamente su trámite. “Dado que el primero demoró más de dos años en ser aprobado, esta respuesta equivalía a que simplemente debíamos terminar nuestras actividades”.

De esta forma se rompe una relación prodigiosa entre investigadores y comunidades con la cual los propósitos de trabajo se plantean como fruto del acopio del conocimiento obtenido por la exploración biológica, y el acumulado que tienen los habitantes de su ambiente, de su entorno, de sus especies y de la manera de utilizarlas sin destruirlas.


Para leer más…
+Cadena Vargas, C; Díazgranados Cadelo, M.; Bernal Malagón, H. (2007). “Plantas útiles para la elaboración de artesanías de la comunidad indígena Monifue Amena (Amazonas, Colombia)”. En revista Universitas Scientiarum. Edición especial, vol. 12, enero-junio 2007, págs. 97-116.
+Noriega, Jorge Ari; Botero, Juan Pablo; Viola, Marcelo; Fagua, Giovanny. (2007). “Dinámica estacional de la estructura trófica de un ensamblaje de Coleóptera en la Amazonia Colombiana”. En Revista Colombiana de Entomología 33 (2): 157-164.
 

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Diarios de motocicleta… por los bosques secos

Diarios de motocicleta… por los bosques secos


Entre 2000 y 2007, dos investigadores de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Universidad recorrieron los bosques secos del valle del río Magdalena para reconocer los árboles y arbustos más comunes de este ecosistema. Un catálogo ilustrado es el producto de esta investigación.

Por Silvia Montaña Niño

 

Para el ojo no entrenado de un viajero, la vista que bordea el valle seco del río Magdalena y del Caribe, atravesando los departamentos de Tolima, Huila y Bolívar, no pasa de ser una interminable y cautivadora sucesión de plantas que abarcan todos los matices del verde. Árboles, arbustos, matorrales y rastrojos imponen su presencia en el paisaje, hasta el punto de hacerlo parecer monótono y casi inescrutable. Pero para los ojos de los investigadores de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Universidad Javeriana, Augusto Repizo y Carlos Alfonso Devia (ingeniero agrónomo e ingeniero forestal respectivamente), ese mismo entorno es nada menos que la fuente de una riqueza invaluable dentro del ecosistema colombiano; para su mirada experta, dos árboles, en apariencia similares, pueden diferir tanto como una bicicleta de una motocicleta.

Y fueron precisamente estos medios de transporte los que muchas veces usaron los ingenieros en sus recorridos por senderos, carreteras y caminos de esta región, con el objetivo de emprender un reconocimiento de las especies, siempre con su equipo de trabajo a mano: una cámara fotográfica, mapas y diarios de campo donde se registraron las identificaciones, las características vegetativas y botánicas, y los usos de 31 familias de árboles y arbustos, y 56 especies (que constituyen un gran porcentaje de biodiversidad de este tramo de la geografía colombiana).

Los dos investigadores efectuaron excursiones científicas en la región durante siete años, catalogando las especies de plantas. La tarea comenzó con una exhaustiva búsqueda documental, que consolidó un estado del arte en el tema. Ambos profesores aprovecharon sus clases de la universidad y las salidas de campo con los estudiantes, para ir construyendo este compendio ecológico y estudiar a profundidad las especies y la bibliografía recopilada. Luego, los bosques y la región se convirtieron en las aulas-laboratorio ideales para avanzar en una labor investigativa meticulosa, en la cual se reconoció el saber sobre las aplicaciones y bondades que los pobladores (moradores, trabajadores y dueños de fincas) atesoran.

El resultado de sus esfuerzos quedó plasmado en un catálogo de campo ilustrado, Árboles y arbustos del valle seco del río Magdalena y de la región Caribe colombiana. Guía de campo, publicado por Editorial Pontificia Universidad Javeriana y la Corporación Autónoma Regional del Canal del Dique (Cardique). El catálogo fue socializado en el Tercer Congreso Internacional de Ecosistemas Secos en 2008, realizado en Santa Marta, y ahora es material vital en las aulas de la carrera de ecología y biología de la Javeriana y de otras universidades regionales.

El estudio ecológico constituye un trascendental avance en el conocimiento de los ecosistemas secos, por cuanto estas formaciones vegetales boscosas han permanecido relativamente desconocidas y porque se encuentran amenazadas. Según los expertos, lo anterior se explica, en gran medida, porque su fertilidad atrae los asentamientos humanos con fines de explotación de los suelos; de allí que estos ecosistemas tiendan a transformarse rápidamente. Además de estar sometidos a condiciones climáticas extremas (temperaturas promedio de 28 grados centígrados y escasas precipitaciones, entre 50 y 53 mm mensuales), los bosques secos se caracterizan por producir muchos insumos alimenticios: arroz, sorgo, algodón, maíz y soya, sólo por mencionar los más importantes.

Ecosistemas ignorados

Por otro lado, la importancia del estudio radica también en que sólo hasta hace pocos años estos hábitats merecieron la atención de biólogos, botánicos e ingenieros en Colombia. Las semillas que despertaron el interés por el estudio de los bosques secos tropicales fueron sembradas en el año de 1995 por el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, del que hacía parte el profesor Repizo y otros científicos. Desde allí se realizó un gran inventario de estos ecosistemas en Colombia, en el que participaron varias instituciones universitarias nacionales. En estas primeras misiones, Repizo tuvo la fortuna de trabajar, aprender, intercambiar metodologías y compartir la misma pasión por los ecosistemas secos con quien considera hoy en día como uno de sus mentores: el profesor de la Universidad de Saint Louis, Alwyn Gentry, autor de una de las biblias ecológicas más importantes en el tema, que se concentra en la región noroeste de Suramérica (Ecuador, Perú y Colombia).

“Hasta hace pocos años, nadie hablaba de los bosques secos. Las selvas tropicales húmedas, como pulmón y resguardo verde de las especies animales, siempre despertaron un mayor interés en los estudios ambientales. Sin embargo, en los últimos 10 años hemos venido haciendo un esfuerzo por explorar los fragmentos de bosques secos y conocerlos desde el punto de vista ecológico y sus dinámicas fenológicas, es decir desde los procesos de florecimiento, fructificación y polinización que llevan a cabo las especies de este ecosistema, de la fauna (aves, insectos por ejemplo) que los rodea, de sus vecinos ecológicos y además desde los usos que le dan los habitantes de la región”, recalca el profesor Repizo. Al respecto, el investigador adelanta la investigación en la dinámica fenológica con base en dos hipótesis: primero, que, para florecer y fructificar, las especies dependen de las condiciones climáticas regionales y, segundo, que las especies realizan sus procesos fenológicos independientemente del clima, y que éstos responden más bien a un proceso evolutivo.

Sobre otros aspectos, los investigadores mencionan entre sus hallazgos que muchas de las maderas finas que hacían parte de la vegetación original de esta región fueron extraídas desde principios del siglo XX y que fueron destinadas a la fabricación de enchapes en grandes teatros y salas de reunión europeas. Otras fueron materia prima en la construcción de ferrocarriles. El estudio estima que el paisaje natural original ha sufrido transformaciones importantes desde 1940. Los usos de la mayoría de las especies siguen siendo maderables, artesanales y ornamentales, aunque también se combinan los usos medicinales (las hojas, las ramas y las cortezas de estos árboles se utilizan en emplastos para bajar fiebres, calmar dolores, diarreas o como antisépticos). Muchos de sus frutos son consumibles y en general la vegetación de los bosques secos (entre los que se encuentran la ceiba, el caracolí, el gualanday, el almendro, el tachuelo, el totumo, entre muchos otros árboles), hacen parte del imaginario cultural de la región.
Así, el trabajo de los científicos tiene otro objetivo: promover el uso racional de estas especies para evitar su desaparición, pues, según una de las cifras más preocupantes, de la totalidad de bosques secos con que contaba el país en los años 40, hoy sólo queda menos del uno por ciento. De igual manera, consideran vital iniciar más investigaciones sobre especies como el camajón y el tatamaco, de las cuales la información sigue siendo incipiente en lo que concierne a las preferencias de hábitats, distribución e incluso de usos.

La expedición será continuada en una segunda fase por el profesor Repizo, enfocándose específicamente en los ciclos ecológicos y usos de cinco especies: el iguá, el pinde, el cumulá, el gusanero y el guayacán-polvillo. La idea es hacer partícipes a los niños y jóvenes de las escuelas de algunos municipios tolimenses en el conocimiento y construcción de otro catálogo ilustrado de la región.

 


Para leer más…
+Repizo, Augusto y Devia, Carlos. (2008). Árboles y arbustos del valle seco del río Magdalena y de la región Caribe colombiana: su ecología y usos. Guía de campo. Editorial Pontificia Universidad Javeriana y Cardique. Bogotá.
+Gentry, Alwyn. (1993). Field Guide to the Families and Genera of Woody Plants of Northwest South America. University of Chicago Press. Chicago.

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Bufeos en la cúspide

Bufeos en la cúspide

La ciencia como aventura. Éste podría ser el postulado que identifica una historia de ríos, biólogos, redes, genes, mitos, biopsias, laboratorios y operaciones matemáticas, en la que los delfines rosados que habitan los ríos de la Amazonia, la Orinoquia y la selva boliviana son los protagonistas.

El horizonte: 10.000 kilómetros de ríos por recorrer. La encrucijada: capturar delfines sin haber tenido experiencia previa. La misión: analizar la estructura genética del predador más importante de los ríos selváticos neotropicales. Un reto: comprender los mitos que hacen de este animal un espíritu acuático mágico en las comunidades indígenas de la zona.

En la primera línea de la aventura, se encuentra el catalán Manuel Ruiz-García, un biólogo que a los cuatro años ya dominaba la Enciclopedia Salvat de la fauna de Félix Rodríguez de la Fuente, con su sueño de niño multiplicado por 100 y 16 años en Colombia produciendo conocimiento fruto de la investigación en genética de poblaciones. Con él, estudiantes de maestría y doctorado de la Universidad Javeriana, pescadores y habitantes de las cuencas de ríos como el Amazonas, el Putumayo y el Orinoco en Colombia; el Napo, el Curaray, el Ucayali y el Marañón en Perú; el Mamoré, el Iruyañez, el Guaporé y el Tijamuchí en Bolivia; el Negro, el Yavarí o el Tapajós en Brasil.

Todo comienza en 2002, cuando, con el apoyo de Colciencias y el Fondo para la Acción Ambiental, se inicia la investigación Estructura y conservación genética de los delfines de río en las cuencas de la Amazonia y la Orinoquia, estudio que debería desarrollarse durante tres años con el objetivo de indagar las relaciones filogeográficas, la estructura poblacional y la diversidad genética en poblaciones de dos especies de delfines de río del género Inia. ¿Por qué hacerlo?

Se estima que el Amazonas alberga más de la mitad de la biodiversidad del planeta, almacena el 8% del dióxido de carbono de la biosfera y el 20% del ciclo de agua dulce de la Tierra. Los mamíferos y las aves que allí habitan están siendo afectados por la intervención humana. Desde el punto de vista biológico, como lo explica Ruiz-García, “el delfín rosado es uno de los grandes predadores que hay en los ríos de las selvas neotropicales, lo que es significativo ya que se encuentra en la cúspide de una pirámide alimenticia; de tal manera que si uno encuentra un área donde los predadores son abundantes, es porque las presas son abundantes, y si las presas son abundantes, las plantas de las que ellas se alimentan son abundantes y seguramente tienen la suficiente calidad para permitir la vida de todos esos organismos. Entonces, conocer cómo ha sido la evolución de una especie que está en la cúspide trófica de la Amazonia es importante para saber cuál es el estado de conservación de esas aguas y de esos lugares, y para establecer cómo ha sido la evolución climatológica y geomorfológica de las zonas donde habita”.

Tras las muestras

Pasaron 20 días en la primera salida de campo sin capturar un solo delfín en el río Ucayali y sus afluentes en la Amazonia peruana. Ruiz-García y su equipo cargaron 300 kilos de redes elaboradas en Medellín con las especificaciones necesarias para la captura de delfines, es decir, mallas gruesas con agujeros grandes para no lesionar a los animales. Al principio fue muy complicado, cuenta el biólogo, porque además, los pescadores que iban contratando no tenían experiencia. El delfín para ellos es un animal mítico y difícilmente interactúan con él.

Finalmente, en Requena, una pequeña población selvática cercana a la desembocadura del río Tapiche en el Ucayali, encontraron al pescador Isaías y a su familia, que aunque nunca habían capturado delfines, creían saber cómo podrían hacerlo: “Los primeros intentos no fueron certeros, pero en el tercero lo logramos hasta conseguir subir dos delfines a la canoa. Ahí, les tomaba una biopsia de la cola y el pequeño trocito del tejido se guardaba en alcohol absoluto a temperatura ambiente. Procedíamos también a medir 12 variables morfométricas para hacer estudios en cuanto al tamaño y la proporción de formas de las diferentes poblaciones en diversos ríos amazónicos. Luego, regresábamos el delfín al agua, sano y salvo”, explica Ruiz-García.

Fue una salida de dos meses en la que capturaron 24 delfines. Vinieron entonces tres años de trabajo y tres salidas más a campo navegando ríos en la Amazonia de Colombia, Bolivia, Brasil, Perú y Ecuador, con lo que adquirieron tal experiencia y habilidad que en cada tirada de redes atrapaban entre siete y ocho delfines. En total, el equipo de investigadores del grupo de Genética de Poblaciones Molecular y Biología Evolutiva (Unidad de Genética del Departamento de Biología de la Facultad de Ciencias, Universidad Javeriana) logró recolectar 240 muestras de músculo de delfines del género Inia y un número similar de la especie del delfín Sotalia guianensis que se encuentra en la desembocadura del río Amazonas en Brasil.

Tenían en sus manos el material que sería la base para la que es considerada, en los círculos científicos internacionales, una investigación pionera en el análisis de la estructura genética de un delfín de río, y que lleva al laboratorio de la Javeriana a ser reconocido como referencia mundial para los estudios de genética de poblaciones con marcadores moleculares en el delfín rosado.

De recetario

Instalados en el laboratorio, Ruiz-García y su equipo se disponen a afinar sus habilidades y lograr sacar el mayor provecho posible a la información que les arrojan los trozos de músculo de los bufeos, como también se conoce a los delfines de río. Ya están lejos de las aguas mansas que gustan a los delfines y de las temibles anacondas que osaron deslizarse entre las piernas de los biólogos una mañana en el río Mamoré en Bolivia. Allí las capturas debieron hacerse literalmente dentro del agua, mientras los investigadores esperaban que los animales los embistieran molestos por el ruido que generaba con este propósito el motor de una lancha para lanzárseles encima, cogerlos, montarlos a la canoa y tomar la valiosa muestra.

La cosa allí es como de cocineros, dice Ruiz-García: “Se lleva al laboratorio el trozo de músculo como es el caso de esta investigación, o de hueso, un pelo que tenga raíces o una gota de sangre con el fin de extraer el ADN de un individuo, para lo cual existen diversos métodos. Como quien lleva el trozo de carne o pescado a la cocina de un chef en donde él, a partir de diversas recetas, prepara el plato que desea”. Con el ADN de los individuos, los investigadores proceden a estudiar unos genes concretos, no los miles que podrían tener a su disposición. Es cuestión de saber elegir qué genes estudiar y de la pericia del científico para, con su conocimiento matemático y la calidad de su formación en genética de poblaciones, analizar e interpretar los datos.

El buen viento de la ecología molecular

En las células hay dos tipos de ADN, los genes que están en el núcleo y el ADN que está en las mitocondrias de las células. Ese ADN que está en las mitocondrias sólo es de linaje materno porque cuando el espermatozoide y el óvulo se fusionan, las mitocondrias que quedan en el embrión son las de la madre, mientras que de las del espermatozoide sólo entra el contenido de su núcleo. Estudiando las pequeñas diferencias que van apareciendo en ese ADN que está en las mitocondrias es posible reconstruir cómo han sido los linajes de hembras a lo largo de la historia.

Lo que observaron los investigadores fue que la gran diferencia entre los delfines de Bolivia y los del Amazonas y el Orinoco les permitía proponer que la forma boliviana no fuera una raza del delfín rosado, sino una especie propia, la Inia boliviensis, que sería endémica de Bolivia y de una parte de Brasil, el río Iténez o Guaporé. Y en relación con las dos supuestas subespecies que habría, una en el Orinoco y otra en el Amazonas central, las diferencias no resultaban tan grandes y, de hecho, en el Orinoco existen dos linajes maternos diferentes que provienen del Amazonas. Así, dice Ruiz-García, “en vez de creer que hay una especie con tres razas o subespecies, creemos que hay dos especies y dentro de ellas no hay subespecies, es decir, la Inia geoffrensis en el Amazonas y el Orinoco y la Inia boliviensis en Bolivia”.

Otro resultado confronta lo que se creía antiguamente producto de los estudios morfológicos y paleontológicos, en el sentido de que la más primitiva de esas tres poblaciones era la boliviana y que de ella se había generado la del Amazonas y el Orinoco. Sin embargo, el análisis de los datos arrojados muestra que la población original es la que está en el Amazonas. En un momento determinado algunos animales del Amazonas migraron a lo que hoy en día son los ríos bolivianos. Hubo un cambio climatológico, ascendieron las rocas, o bajó dramáticamente el nivel de las aguas, del fondo de ríos como el Madeira, y formaron una especie de tapón que no permitió que los animales de la Amazonia pudieran regresar. Con el tiempo, se dieron mutaciones que se acumularon de forma diferencial en los delfines bolivianos. Entonces, al quedar aislados y no poder intercambiar material genético con los otros individuos, esas características se aúnan en determinada población hasta volverla diferente de la que provenía.

Al cotejar este planteamiento con referencias de estudios geológicos y climatológicos, los investigadores observaron que los datos moleculares concordaban con las dataciones de los cambios climatológicos de los ríos en el período del Cuaternario. Un primer corte que dejó aislada a la población boliviana y los dos cortes que permitieron que las poblaciones del Amazonas pasaran a la cuenca del Orinoco coinciden con momentos geológicos en los que hay cambios muy importantes en la dinámica de los ríos, porque se está en un período glacial seco o interglacial húmedo. Entonces, también contrario a lo que se creía, estos procesos no se dieron hace cinco o seis millones de años, en el Mioceno, sino que son típicos del Cuaternario. “La última glaciación empezó hace 120.000 años, lo que coincide perfectamente con el punto de corte que encontramos para los delfines bolivianos”, anota Ruiz-García.

En el caso de los marcadores microsatélite, es posible medir cuál es el tipo de cruzamiento que hay en las poblaciones de delfines, si hay flujo génico histórico, si los animales migran actualmente o no, y si hay estructura social en la reproducción o ésta se da al azar. Con los microsatélites vieron, efectivamente, que los animales bolivianos son diferentes a los restantes. Parece ser que son muy filopáticos, es decir, que se reproducen en las mismas lagunas o en lagunas cercanas a donde nacieron. Así, a lo largo de los ríos hay una estructura genética bien marcada; es posible diferenciar a nivel molecular los animales de una laguna y los de otra, aun cuando morfológicamente son idénticos. “El poder que tienen los marcadores moleculares es que son capaces de determinar diferencias que a nivel morfológico no se observan”, precisa el científico.

A embarcarse de nuevo

Hoy, el delfín rosado de la Amazonia es una especie abundante, a diferencia de Asia en donde se declaró en 2006 la extinción del delfín chino, que hasta hace poco habitaba en grandes cantidades en el río Amarillo. El amazónico, sin embargo, enfrenta tres amenazas que deben ser tenidas en cuenta. La primera, estar siendo utilizado como cebo para atraer mapuritos, una especie de bagre pequeño que se ha vuelto parte esencial en la dieta de la zona, práctica que comenzó en Colombia y empieza a regarse como pólvora en la región. Segundo, la posible construcción de grandes represas hidroeléctricas, especialmente en Brasil, que van a cambiar la dinámica del agua, y con ella la de los peces de los que se alimenta el delfín rosado. Finalmente, la contaminación de los ríos, producida por la utilización de mercurio para extraer oro, como sucede actualmente en Bolivia. Al estar el delfín en la cúspide de la pirámide trófica, recibirá el nivel acumulado más alto de mercurio.

De este bufeo que, según los mitos indígenas extendidos en toda la Amazonia, se presenta en las noches transformado en un hombre blanco con un sombrero que oculta el espiráculo por donde respira, como un excelente bailarín que encandila a las muchachas, las lleva al río, les hace el amor y las devuelve a la orilla embarazadas, se tiene ahora información valiosa y precisa que podría ser utilizada para la futura conservación de los sistemas acuáticos en donde habita.


Para leer más…
+Ruiz-García, M., Murillo, A., Corrales, C., Romero-Aleán, N. & Álvarez-Prada, D. (2007). Genética de poblaciones amazónicas: la historia evolutiva del jaguar, ocelote, delfín rosado, mono lanudo y piurí, reconstruida a partir de sus genes. Recuperado el 16 de septiembre de 2009, de https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2524065
+Martínez-Agüero, M., Flores-Ramírez, S. & Ruiz-García, M. First Report of Major Histocompatibility Complex Class II Loci from the Amazon Pink River Dolphin (Genus Inia). (2006). Recuperado el 16 de septiembre de 2009, dehttps://www.funpecrp.com.br/GMR/year2006/vol3-5/gmr0202_full_text.htm
 

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Mapas de la conciencia

Mapas de la conciencia

Las palabras de Carlos Fuentes en Los cinco soles de México son reveladoras: “cuando las dinastías pusieron la grandeza del poder por encima de la grandeza de la vida, la delgada tierra y la tupida selva no bastaron para alimentar tanto y tan rápidamente, las exigencias de reyes, sacerdotes, guerreros y funcionarios”.

No sólo la arrogancia del poder deja marcas a su paso. Cada ser humano, cada sociedad, con sus formas de entender el mundo y sus hábitos cotidianos, han tocado la tierra produciendo señales que podrían ser heridas abiertas o síntomas positivos de recuperación.

Una mirada sistemática a las actividades del hombre, a través del uso de los recursos naturales y del territorio, muestra los impactos que ellas generan sobre la tierra y las transformaciones de la biodiversidad y los ecosistemas. Cómo han cambiado en Colombia con el paso del tiempo esos usos en espacios y contextos determinados, es la pregunta a la que está dando respuestas un grupo de investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana liderado por Andrés Etter Rothlisberger, doctor en Ciencias Ambientales y profesor titular de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales.

En el país, la información sobre el estado de la intervención de los ecosistemas es deficiente cuando la singularidad y la importancia de nuestros recursos naturales demandan, por el contrario, un cuidadoso seguimiento. Basta pensar en la deforestación de amplios territorios o en la expansión progresiva de la frontera agropecuaria para determinar la importancia de este tipo de estudios.

Para comprender estas transformaciones, los científicos cuentan con diversas aproximaciones teóricas. Una de ellas es la Huella Ecológica que, como explica el profesor Etter, fue desarrollada por el suizo Mathis Wackernagel y el canadiense William Rees; se trata de un enfoque que “pretende cuantificar el impacto de un individuo promedio sobre la biósfera partiendo de su consumo de energía, alimentos y recursos naturales, en relación con la capacidad que tiene el ambiente biofísico para subsanar este impacto, con lo que es posible derivar en el cálculo comparativo de índices por países y su variación en el tiempo”.

Las preguntas, entonces, empiezan a multiplicarse: ¿cuál es la capacidad de carga del planeta si cada vez se convierten los recursos en desechos más rápido de lo que la naturaleza puede convertir los desechos en recursos? ¿Cuánta tierra y cuánta agua se requieren para ritmos de consumo como los actuales? ¿Hay conciencia social y ambiental sobre los estilos de vida que se llevan? ¿Las políticas de Estado sobre uso de la tierra responden a información documentada, que permita hacer intervenciones apropiadas a la hora de planificar la conservación de la biodiversidad o de orientar la expansión de la frontera agropecuaria y los procesos de urbanización para mitigar sus efectos negativos en determinados territorios?

Los rastros de la Huella

Colombia no es un país con amplia tradición en investigaciones de Huella Ecológica. Si bien es cierto que estos estudios buscan mirar el tipo, el nivel y el grado de impacto que tienen o han tenido las actividades humanas sobre los recursos naturales, presentan el problema de ser a-espaciales. Deficiencia que pretende contrarrestar el equipo de Etter, en el Grupo de Investigación Ecología y Territorio, del que también hacen parte los profesores Clive McAlpine, Armando Sarmiento y Luis A. Villa, al introducir el elemento espacial en los análisis ya que los impactos pueden ser muy variados dependiendo del tipo de uso, el tiempo que lleva ese uso y el sitio específico en donde se ha dado. Se podría hablar, entonces, de “Huella Ecológica espacial de los usos sobre el territorio”.

El profesor Etter lo explica así: “un sitio más pendiente tiene una susceptibilidad mayor que otro de menor pendiente de que el suelo se degrade por erosión si, por ejemplo, se elimina la capa vegetal. O si a un lugar que tiene pocos nutrientes, que no es tan fértil, empiezo a extraérselos, la tendencia será a degradar la reserva de nutrientes. Y si se trata de un territorio de gran diversidad biológica y endemismo del que se elimina su cobertura vegetal y sus animales, el impacto es mayor que en otro con menor diversidad”.

Restringirse a los parámetros que utiliza la Huella Ecológica llevaría a hacer afirmaciones relacionadas con lo que sucede al agrupar la actividad de todos los colombianos comparada con el potencial que tiene el país como un todo de afrontar el impacto. De esta manera, gran parte de la Huella Ecológica en Colombia estaría concentrada en ciertos sitios como el altiplano cundiboyacense, donde está la mayoría de la población andina, pero no se estaría reflejando su verdadera incidencia, ya que se trata de un país diverso con un territorio muy heterogéneo.

Estudios como Análisis general especializado de Huella Ecológica en los paisajes colombianos, que motiva el presente artículo, muestran que en el país se dan cinco procesos principales de transformación del uso del territorio y de los ecosistemas que determinan la extensión espacial y la intensidad acumulada de la Huella Ecológica: la expansión de la frontera agropecuaria, la intensificación de la agricultura en sectores de alta productividad y accesibilidad, la urbanización, el abandono de tierras marginales y la creciente creación de áreas de conservación y de restauración de la biodiversidad y los servicios ambientales.

Lo que hay tras los resultados de la investigación, y que merece destacarse, es que presenta una nueva visión de país al permitir identificar a nivel macro “áreas en las que el conflicto entre las actividades humanas y el territorio, históricamente, ha sido mayor”, dice Etter.

Trazos para conocer

Los mapas son un componente determinante del trabajo porque permiten visualizar en el territorio la huella que ha dejado la historia de su ocupación por el hombre. Los investigadores levantan datos relacionados con el uso de recursos determinado por una actividad humana en un lugar específico. No es lo mismo desarrollar una ciudad que establecer un cultivo de papa. Es grande la diferencia entre un uso ganadero y uno minero, o incluso entre una agricultura de corte campesino y una de característica agroindustrial. A estos datos hay que sumarle los que se derivan de la variabilidad temporal, es decir, por cuánto tiempo se ha hecho ese uso en dicho lugar y cuál ha sido la sucesión de los usos.

Donde hay una determinada actividad humana es posible que antes haya habido otra. La mirada histórica permite contextualizar mejor lo que sucede en la actualidad.

Finalmente, se tiene en cuenta el contexto biofísico en el que se está haciendo el uso. El profesor Etter enfatiza: “No son iguales las consecuencias de la actividad ganadera en la región andina con fuertes pendientes que en la Amazonía en donde hay que tumbar la selva, o en los Llanos donde se pueden aprovechar los herbazales naturales”.

¿Qué se está haciendo? ¿Desde cuándo? ¿Cómo se ha hecho? ¿En dónde se está haciendo? Éstas son preguntas esenciales. Por lo general, el dominio temporal y el contexto no se aplican lo suficiente. Hacerlo contribuye a tener una visión más completa.
Viene el proceso de tomar toda la información e integrarla. Como la dimensión espacial adquiere relevancia e interesa decir “en este lugar pasa esto”, se requieren datos que puedan ser representados geográficamente en mapas. Así, los usos se visualizan sobre el espacio. “Hacemos operaciones con esos mapas”, dice Etter. Los investigadores cuentan hoy con herramientas valiosas como los sistemas de información geográfica, la tecnología de las imágenes satelitales y el modelamiento espacial, que permiten, precisamente, manipular e integrar la información sobre mapas, y verificar y corregir problemas relacionados con la calidad de la información, propios de países como el nuestro, ya que de ello dependen los márgenes de error y los niveles de precisión.

Los mapas que acompañan este artículo, resultados de la investigación, permiten visualizar el impacto de las actividades humanas sobre los ecosistemas y los recursos. Son, como lo dice Etter, “una aproximación cuantitativa y espacializada de un índice de Huella Ecológica para Colombia, con base en tres insumos: el tiempo de intervención del territorio (años de intervención directa), la intensidad de uso (usos actuales, distancia a vías de transporte y a poblados, índice de fragmentación, proporción de biomasa potencial) y la vulnerabilidad biofísica (fertilidad del suelo, pendientes, disponibilidad de agua)”. Así, es posible concluir que las áreas del país con mayor Huella Ecológica acumulada son la región Caribe, los altiplanos de la cordillera Oriental, y los valles interandinos secos. (Ver los mapas “Índices de Huella Ecológica para cada dimensión” e “Índice de Huella Ecológica para Colombia”).

Aportes para enriquecer la historia

Es preciso enfatizar otro ingrediente que da el sello a los trabajos de este grupo de investigadores: la perspectiva histórica. Merece la pena detenerse en los mapas que aportan al conocimiento del curso de los asentamientos humanos, ya que su “análisis y reconstrucción ayuda a la comprensión de la dinámica y la persistencia de los ecosistemas actuales”, dice Etter. En el artículo “Historical Patterns and Drivers of Landscape Change in Colombia Since 1500: A Regionalized Spatial Approach”, escrito por Andrés Etter, Clive McAlpine y Hugh Possingham, y publicado en la revista Annals of the Association of American Geographers, los investigadores identifican y analizan los factores históricos que direccionaron el cambio del paisaje durante siete periodos comprendidos entre los años 1500 y 2000. Allí, por ejemplo, es posible visualizar cómo los ecosistemas más afectados han sido los bosques andinos y los tropicales secos, siendo las tendencias más recientes el desmonte de los bosques húmedos de selva baja, especialmente en el Amazonas y en el Pacífico, o el impacto demográfico de la colonización y de la introducción del ganado como impulsores importantes en el cambio.

La pregunta a los investigadores parecería obvia: ¿es posible evidenciar el conflicto por la tierra que vive hoy Colombia con los resultados de estos estudios? Etter señala que “de alguna manera sí se puede hacer, pues si uno mira la geografía colombiana, gran parte de la tierra está dedicada a una ganadería extensiva. Grandes propiedades con bajos niveles de productividad y altos impactos sobre la base biofísica. Un costo muy alto frente a lo que realmente se está obteniendo. Es claro que hay muchos usos inadecuados soportados en formas de tenencia que no son las más apropiadas”.

Otra visión de país

Un ciudadano común, preocupado por el futuro de la tierra, podría apropiarse de esta información y llevarla a su vida cotidiana. En asuntos de participación ciudadana sería posible imaginar intervenciones en los debates sobre planes de ordenamiento territorial, en acciones populares que exijan la protección de los recursos naturales o en presiones para garantizar su adecuada planificación. Así como “en la construcción de una visión de país”, interviene Etter. “Que los niños puedan reconocer en dónde está el capital natural del país y cuáles son los lugares que han sido más afectados por la actividad histórica del hombre para comprender lo determinantes que son las decisiones sobre el uso de los recursos naturales”.

Y si se tratara, a partir de los resultados, de reflexionar sobre estilos de vida individuales y colectivos, perfiles de la gestión industrial o agropecuaria, formas de explotación de la minería y tendencias de la urbanización, muchas serían las alertas.
Los investigadores reconocen, por su parte, cinco ámbitos de incidencia: el asesoramiento local o nacional sobre el valor de los recursos ecológicos del país, el monitoreo y la gestión de esos recursos, la identificación de riesgos asociados con el déficit ecológico, la definición de políticas y la medición de progreso.

Desafortunadamente, el debate aún se restringe a círculos académicos. “En Colombia todavía hay un divorcio muy grande entre lo que se investiga y lo que realmente se aplica”, dice Etter. De hecho, “muchas de las decisiones que se toman en la planeación del desarrollo y en la gestión territorial no están sustentadas en conocimiento; con frecuencia son fruto de manejos políticos o de misteriosos datos que se vuelven verdades aceptadas sin serlo. Lo que estamos tratando de hacer inicialmente con estas investigaciones es detectar áreas críticas desde el punto de vista del impacto que han recibido los ecosistemas, que permitan fijar prioridades”.

No hay duda: la tierra nos soporta a sus espaldas. Imágenes poéticas como las del turco Nazin Hikmet hablan con otro lenguaje de esos mismos mapas de la conciencia: “Lo siento por las mariposas / cuando apago la luz / y por los murciélagos / cuando la enciendo / ¿Es que no puedo dar un paso / sin agraviar a alguien?”


Para leer más…
+Etter, A. & Sarmiento, A. (en prensa). La reconfiguración del espacio rural en Colombia: entre la expansión de la frontera agropecuaria y la intensificación de la agricultura. En F. Lozano (Ed). Las configuraciones de los territorios rurales en el Siglo XXI. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana.
+Etter, A. & Villa, L.A. (2006). El impacto humano sobre los ecosistemas y regiones colombianos. Revista Javeriana, 724, 30-33.
+Palacio, G. (Ed.). (2001). La naturaleza en disputa: Historia ambiental de Colombia, 1850-1995. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
Sitio oficial de Global Footprint Network, red global orientada a motivar el uso de la huella ecológica como herramienta para el diálogo mundial sobre la sostenibilidad y el futuro del planeta, recuperado el 2 de julio de 2009, de https://www.footprintnetwork.org/en/index.php/GFN/
 

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Indígenas e ingenieros trabajan para mejorar el medio ambiente en el Amazonas

Indígenas e ingenieros trabajan para mejorar el medio ambiente en el Amazonas

Entre las prioridades del equipo de trabajo, estaba la de examinar alternativas de tecnologías sostenibles para mejorar las condiciones de saneamiento ambiental que generaban desde problemas gastrointestinales hasta afecciones en la piel, principalmente, a la población infantil del resguardo. Esto explica por qué para el equipo era particularmente indispensable trabajar en el mejoramiento del agua potable y en el tratamiento tanto de las aguas residuales como de los residuos sólidos.

La ingeniera civil, magíster en Hidrosistemas de la Universidad Javeriana, Paula Andrea Villegas González —apasionada por el tema del agua— asumió el liderazgo de este proyecto cuando era joven investigadora de COLCIENCIAS en el año 2005, bajo la tutoría de los profesores Nelson Obregón, director de la Maestría en Hidrosistemas, y Jaime Lara, director del Área de tratamiento de agua de la Facultad de Ingeniería Civil.

Durante este proceso, ella investigó un conjunto de tecnologías sostenibles, desde el punto de vista ambiental y económico, para someterlas a la elección de la comunidad.

A su modo de ver, la participación de la comunidad en la selección de las tecnologías resultaba de vital importancia para el éxito del proyecto, pues aunque en años anteriores se había pretendido, sin éxito, dar solución al problema de la mala calidad del agua mediante la construcción de un acueducto y un alcantarillado, lo cierto es que se trató de una solución impuesta que, al no contar con el consentimiento de la comunidad, resultó inútil, porque al interior de esta no había operarios capacitados para enfrentar situaciones contingentes que se presentaran o el dinero suficiente para facilitar su mantenimiento y renovación.

De ahí que las tecnologías seleccionadas no solo debían ser de bajo costo y de fácil operación, sino también adaptables a las particulares condiciones culturales y ambientales para que pudieran ser sostenibles. Los problemas de la sedimentación del agua para el uso doméstico, la acumulación de aguas —consideradas como focos de infección—, la acumulación de basuras sin ninguna previsión ni tratamiento y la particular cosmovisión de la cultura indígena —donde el agua es vida y por lo tanto debe cuidarse— obligaban a que las soluciones se orientaran hacia la sostenibilidad ambiental y social.

No en otro sentido, la comunidad eligió, bajo el acompañamiento de la ingeniera Villegas y su equipo de trabajo, los filtros de vela (tecnología respaldada por la Organización Panamericana de la Salud que consiste en colocar filtros en recipientes para atrapar los sedimientos y bacterias, y logra mejorar la calidad del agua potable a un bajo costo y con un alto nivel de eficiencia). También decidieron construir un humedal artificial para conducir las aguas residuales y diseñar estrategias de separación de las basuras con el fin de aprovechar los residuos orgánicos para el compostaje.

No obstante la acertada elección de las tecnologías, lo más importante y atractivo del proyecto fue, para esta joven investigadora, el trabajo con los indígenas, su reconocimiento como un actor capaz de intervenir positivamente en el mejoramiento del ambiente que habita

y no sólo como un objeto al que es preciso entregarle las soluciones ya dadas.
Visto desde este punto de vista, es cierto que poner en primer plano la búsqueda de tecnologías sostenibles para el saneamiento ambiental en el resguardo indígena de Nazaret constituye un logro de Paula Villegas, pero también lo es que dicha comunidad se convirtió en un atractivo y en un camino que apenas comienza en la vida de la joven investigadora que en adelante quiere seguir dedicándose a investigar el problema del saneamiento en comunidades de indígenas y de desplazados, además de los problemas de saneamiento que resultan de las condiciones generadas por las catástrofes naturales.


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El agua está herida

El agua está herida

Una admirable obra de ingeniería hidráulica precolombina trazada a lo largo y ancho de más de medio millón de hectáreas en los valles de los ríos Sinú y San Jorge, da cuenta de una civilización próspera, rica y sostenible. Su gigantesca red de canales, camellones y diques estructurados en forma perpendicular al torrente fluvial, permiten aprovechar las corrientes anuales y lograr la fertilización de las tierras.

La antigua cultura indígena zenú que habitó la zona forjó un notable sistema social y económico, versátil para combinar actividades productivas alrededor de la pesca, la caza y la agricultura, y artísticas en cerámica, alfarería y orfebrería que, sin lugar a dudas, hacen parte del más rico patrimonio expresivo de Colombia.

Llaman la atención los rasgos de esta cultura anfibia: relaciones sociales y culturales basadas en la confianza, la solidaridad y el desarrollo de formas armónicas de contacto con el medio ambiente y de uso de los recursos naturales.

¿Qué trajo consigo el curso de la historia para encontrar hoy, en esos mismos fértiles valles, un panorama de violencia, desplazamiento y presión sobre la propiedad de la tierra en áreas de alto interés económico?, ¿por qué la degradación de los suelos, la sedimentación de los ríos y de las ciénagas?, ¿por qué el detrimento de la calidad y disponibilidad del agua potable, los cambios severos en las características de los humedales y la pérdida paulatina de la biodiversidad en la flora y en la fauna?

La voz de Pablo Flórez, el poeta del Sinú, lo describe de otra manera con su música: “Mis campos eran sanos, no estaban manchados. […] La luna está roja será porque sufre, como ave en congoja, se sube, se sube. Al oír cómo suenan, las metralletas, al inocente condenan y nadie protesta. Lloran las madres y nadie protesta, los ranchos están solos y nadie protesta, no suenan tambores, temen por sus vidas, hay luto hay temores, la cumbia está herida”.

Un enclave estratégico

Precisamente en el estudio y el análisis del curso de la historia están muchas de las claves para aproximarse a las respuestas.

Tres investigadores colombianos del Departamento de Desarrollo Rural y Regional de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana aportan a la comprensión de los complejos fenómenos que vive este territorio con su trabajo “Los cambios institucionales y el conflicto ambiental en La Mojana: un análisis desde la historia económica y la ecología política”, financiado por la Vicerrectoría Académica de la Universidad.

Luís Alfredo Muñoz, César Enrique Ortiz y Manuel Enrique Pérez encontraron en la metodología del Análisis Histórico Institucional Comparativo y Adaptativo un acercamiento valioso a la esencia de los conflictos sociales y ambientales. Optaron, también, por una mirada desde la ecología política para ofrecer un ángulo que contribuye a entender, según su perspectiva, “las causas estructurales del deterioro del medio biofísico y de las transformaciones de las instituciones que históricamente han demostrado fallas en las reglas de uso y conservación de los recursos sociales y naturales de la región”.

La investigación, que se desarrolló en 2004, contó con el acompañamiento de pobladores de cuatro municipios de la zona y de organizaciones comunitarias como la Asociación de Productores de la Ciénaga Grande de Lorica (Asprosig), que agrupa a campesinos, pescadores e indígenas de la cuenca baja del Sinú, y la Corporación para el Desarrollo Sostenible de La Mojana y el San Jorge (Corpomojana) en la región de San Marcos.

Los profesores, tal como lo narró Manuel Enrique Pérez a Pesquisa, se adentraron en cinco periodos históricos –prehispánico, conquista, colonia, república y siglo XX– con dos premisas.

La primera: “cada período representa sistemas institucionales que se consolidan temporalmente y revelan conflictos que actúan como dinamizadores del cambio”. Y, la segunda, “una débil comprensión de los orígenes, naturaleza y formas de manifestación de los conflictos genera hitos de transformación negativa que conducen al debilitamiento de las solidaridades colectivas en la sociedad rural y a la consolidación de factores de desintegración territorial y social”.

El análisis comparativo les permitió reconocer cómo la mayoría de los habitantes rurales se encuentra atrapada en un equilibrio donde las estructuras de tenencia de la tierra y las relaciones productivas son gobernadas por un sistema de instituciones e incentivos que dificulta el cambio hacia un modo de propiedad socialmente más eficiente.

Transformar los conflictos

El estudio es un recorrido rico en datos y organización de documentos e investigaciones, lleno de cruces y enlaces para entender qué significa este enclave estratégico de la geografía colombiana y, cuál es, en esencia, la dimensión del conflicto ambiental del territorio que acoge una de las cuencas con mayor biodiversidad en el mundo por interrelacionar páramos, bosques húmedos, bosques secos, ciénagas y manglares.
En el paso por la época prehispánica se enfatiza en cómo y quiénes poblaron las tierras, cuáles fueron los usos del suelo, cómo se dio la regulación del sistema hídrico y cuál fue el modelo de desarrollo –donde es contundente el uso y aprovechamiento sostenible del agua–. Una verdadera lección para quienes habitamos hoy la tierra.

La conquista española representa violentas rupturas en la organización social prehispánica y la implantación de instituciones orientadas a ejercer un fuerte control territorial y “a garantizar la provisión de alimentos para las poblaciones blancas, tributos para la Corona y flujo comercial significativo”, explica Pérez. Detrás de ella, y en su tránsito hacia la república, vinieron formas de corrupción, nuevos usos de la tierra, incursión de la ganadería extensiva, migraciones, desarrollo agroindustrial y relaciones de dominio que favorecen la obtención de rentas especulativas y profundizan el desequilibrio distributivo. La investigación logra un análisis minucioso del comportamiento institucional y devela el curso de los conflictos que empezaron a echar raíces en este período.

Ortiz, Pérez y Muñoz hacen una larga estación en el siglo XX, y nos enfrentan a la vertiginosa expansión y profundización de los problemas ambientales. De los impactos del Canal de Morrohermoso nos llevan a los de la represa de Urrá; y de los articulados con la violencia política y la concentración de la tierra a los derivados de la construcción de macroproyectos viales, portuarios, agroindustriales y acuícolas. Aquí muestran y explican el peso de un modelo de explotación que privilegia la rentabilidad del capital sobre la naturaleza.

El panorama, dicen, es desalentador: los conflictos tienden a agudizarse y afectan gravemente a las comunidades más vulnerables. Su llamado es al Estado y a sus políticas públicas para que “actúen mancomunadamente con los actores del territorio en el proceso de creación de una plataforma social para la transformación positiva de los conflictos y el incremento del bienestar de los pobladores del antiguo territorio zenú”.
Consideran que un nuevo pacto ético y político, basado en el conocimiento de la historia, las fallas institucionales y los efectos ambientales de la guerra, puede empezar a modificar un escenario amargo en cuyo centro está el deterioro y la pérdida del recurso vital del agua. Un indígena emberá lo explica llanamente: “nos oponemos al desarrollo ciego porque tenemos claro que un desarrollo sin alternativas y que no piensa en la gente, no sirve”.

Si no se actúa, seremos presas del Bracamonte, que con sus bramidos y baladros terroríficos hará correr a las gentes y a los animales lejos de sus ríos. Y la luna seguirá roja porque sufre.


Para leer más…
Ortiz Guerrero, César; Pérez Martínez, Manuel; Muñoz Wilches, Luís Alfredo. Los cambios institucionales y el conflicto ambiental. El caso de los valles del río Sinú y San Jorge. Colección Libros de Investigación. Vicerrectoría Académica. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2007.
 

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El potencial inexplorado de las formas de vida microscópicas

El potencial inexplorado de las formas de vida microscópicas

Paipa es uno de los destinos turísticos más importantes del departamento de Boyacá debido a que sus termales son bien conocidos por generar beneficios terapéuticos. Pero los turistas desconocen que, además de ser un escenario ideal para desconectarse del ritmo acelerado de la ciudad, los termales se constituyen en un valioso hábitat microbiano que los científicos están explorando para identificar, entre otras cosas, cómo pudieron ser las primeras formas de vida, dadas las condiciones extremas en las que se desarrollan estos microorganismos.

La riqueza en términos biológicos de estos ecosistemas microbianos va más allá de los aportes desde el punto de vista evolutivo. Se extiende a los diferentes usos que se les pueden dar a estos microorganismos en industrias como la alimenticia y la farmacéutica, y en procesos como la descontaminación de aguas residuales y la degradación de compuestos xenobióticos (sintetizados por el hombre). Esto se debe a que tales microorganismos tienen unas características particulares, tanto en el ámbito fisiológico como metabólico, que les permiten crecer en condiciones inhóspitas: temperaturas extremadamente altas o bajas y niveles de acidez altos, entre otras.

Pero, a pesar del gran potencial del estudio de los microorganismos que habitan ambientes de condiciones extremas, el tema ha sido poco explorado en Colombia. Se puede decir que la Unidad de Saneamiento y Biotecnología Ambiental (USBA), liderada por la doctora Sandra Baena, profesora asociada de la Facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana, es pionera en el tema. De esa manera, el “Estudio de la diversidad microbiana en ambientes extremófilos en aguas minerales termales de Boyacá, Colombia” es uno de los primeros desarrollos que se adelantan en dicha área.
En este proyecto investigativo han participado, junto con la doctora Baena, diferentes investigadores nacionales e internacionales como el doctor Bernard Ollivier del Institut de Recherche pour le Développement, IRD, de Francia y el profesor Bharat Patel de la Universidad de Griffith en Australia y se han formado estudiantes de la Facultad de Ciencias a nivel de pregrado y postgrado.

Con su grupo de estudiantes e investigadores, la doctora Baena recorrió durante tres años los termales del departamento de Boyacá menos intervenidos por la mano del hombre, específicamente en los municipios de Paipa e Iza. El objetivo del estudio fue determinar la diversidad de las comunidades microbianas en manantiales termales situados a 2.500 metros sobre el nivel del mar, con altos niveles de salinidad y temperaturas que oscilan entre 45°C y 70°C.

Para estudiar la estructura de las comunidades microbianas, el grupo utilizó métodos convencionales de crecimiento de organismos y métodos moleculares. Así mismo, se encargó de aislar y describir fenotípica y genotípicamente microorganismos dominantes sulfato-reductores, fermentadores y tiosulfato reductores no sulfato-reductores. Se aislaron más de 50 cepas microbianas de los manantiales termales de Boyacá, la mayoría de ellas organismos anaerobios termofílicos (que toleran temperaturas altas).
Dentro de los hallazgos importantes se resalta el reporte de una nueva especie de organismo halotolerante (que tolera ambientes salados), termófilo y sulfato-reductor denominada Desulfomicrobium thermophilum, involucrada en la transformación y ciclaje de materia orgánica. Además se han encontrado organismos de los géneros Thermoanaerobacter, Caloramator y Anoxybacillus.

La importancia del hallazgo de esta nueva especie es su alto potencial de bioconversión de sustratos de origen vegetal en productos finales como lactato y etanol, que se utilizan en la producción de plásticos biodegradables y biocombustibles. Todos los organismos aislados están actualmente depositados en la colección de microorganismos del Departamento de Biología de la Universidad.

La primera fase del proyecto concluyó en diciembre de 2007. Sin embargo, como lo asegura la investigadora principal: “Los proyectos no se acaban, es necesario continuar sobre estos resultados e identificar las aplicaciones potenciales de estos organismos en el país”. Y dado que ya se inició una línea de trabajo, la investigación se mantiene vigente y queda abierta al interés de otros investigadores y estudiantes de pregrado, maestría y doctorado que decidan continuar basados en los hallazgos de la primera fase.

Más allá de los hallazgos científicos

El trabajo en los manantiales de Boyacá sirvió como punto de partida para continuar investigando en otros escenarios, lo que permitió la participación de la USBA y de otros investigadores de la Facultad de Ciencias en la conformación del Centro Colombiano de Genómica y Bioinformática de Ambientes Extremos (GeBiX), financiado por Colciencias. Esta iniciativa reúne los esfuerzos de diferentes instituciones científicas del país y busca consolidar la capacidad nacional para hacer estudios metagenómicos para explorar y valorar la diversidad microbiana de ambiente extremos.

Por otra parte, el equipo de la doctora Baena acaba de iniciar un nuevo proyecto titulado “Estudio ecofisiológico de comunidades microbianas halófilas de manantiales salinos y termales de Risaralda, Colombia”, en el que participa Luz Teresa Valderrama, profesora de la USBA; Ivonne Venegas de Balzer, del grupo de Biotecnología Ambiental e Industrial del Departamento de Microbiología, e investigadores de la Universidad Tecnológica de Pereira. Así mismo, se ha vinculado al proyecto la Corporación Autónoma Regional de Risaralda, CARDER, dada la inclusión de un componente de educación ambiental en el proyecto. “Queremos que el Estudio no se limite a señalar qué microorganismos hay; queremos involucrar a la comunidad y que ellos conozcan su riqueza biológica y aprendan a utilizarla adecuadamente”, señala la doctora Baena.

Pero de todos los logros y hallazgos generados por el estudio, el que más satisface a la investigadora principal es la consolidación del grupo de investigación alrededor de jóvenes entusiastas y decididos a continuar su formación y a liderar las investigaciones futuras que se está gestando desde la academia: “Personalmente me anima ver el entusiasmo de los estudiantes y todo el potencial que tienen”.

De este modo, con la participación activa de los estudiantes de Ciencias, el apoyo y la financiación a proyectos de investigación y la participación activa de la comunidad, este equipo de investigación de la Facultad de Ciencias de la Universidad Javeriana impulsa en Colombia el aprovechamiento de la riqueza microbiana, una riqueza hasta ahora desconocida.


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Corales Juveniles, indicadores del futuro de la biodiversidad marina

Corales Juveniles, indicadores del futuro de la biodiversidad marina

Los arrecifes coralinos son considerados, junto con los bosques húmedos tropicales, los ecosistemas más diversos. Además, cumplen con una función protectora de las costas y ayudan, de forma indirecta, a la fijación de gas carbónico atmosférico. Según recientes reportes científicos, su deterioro ya va en un 30%, lo que representa serios impactos de orden biológico, ecológico y económico. Solo hay que pensar en las miles de especies que se resguardan y se alimentan en estos ‘bosques submarinos’ para hacerse una idea el efecto que su pérdida podría representar para la pesca artesanal, o en la infraestructura turística alrededor del mundo de la cual viven numerosas familias y genera que miles de viajeros paguen por visitar estos lugares paradisíacos.
En vista de esta situación, Luis Alberto Acosta, investigador del departamento de Biología de la Facultad de Ciencias de la Javeriana y miembro del grupo Unidad de Ecología y Sistemática —UNESIS—, en colaboración con sus estudiantes de postgrado y pregrado, está indagando la estructura actual de las comunidades coralinas del Caribe Colombiano y su capacidad para renovarse y mantenerse, así como los mecanismos que favorecen el incremento de la diversidad. Estos estudios, además de generar nuevas contribuciones al conocimiento, permiten predecir el futuro de los arrecifes colombianos, insumo clave para generar planes de manejo y conservación que garanticen la permanencia de estos pulmones oceánicos.

Los investigadores han obtenido mucha información estudiando el reclutamiento coralino, proceso mediante el cual los corales recién formados sexualmente se esparcen y se asientan en el fondo del mar para convertirse en parte de la comunidad (momento en que se les conoce como juveniles). La importancia de estos procesos radica, por ejemplo, en que la existencia de fallas en los mismos podría representar la extinción local de ciertas poblaciones de corales, lo que a su vez afectaría la estructura y el funcionamiento de los arrecifes.

En el caso de la costa Caribe colombiana, se sabe que las aguas de los ríos Sinú, Atrato y Magdalena traen cargas de contaminación, sedimentación y baja salinidad, entre otros, factores responsables de la pérdida de cobertura y de especies de corales así como de su fauna asociada en las islas continentales. También se cree que estas descargas de los ríos causan la mortalidad de gametos, larvas y juveniles de corales.

Por esta razón, el estudio incluyó el análisis de los arrecifes continentales de Isla Fuerte (influenciada por los ríos Sinú y Atrato) e Isla Grande (río Magdalena). También se analizaron los arrecifes oceánicos de San Andrés y Providencia, que reciben poca influencia de grandes ríos. Los investigadores se sumergieron en estas aguas y establecieron zonas de estudio tanto a nivel horizontal (islas) como vertical (profundidad). Allí midieron la riqueza (cantidad de especies en un área determinada), la densidad (número de corales juveniles en un área determinada) y después, establecieron comparaciones entre los arrecifes continentales y oceánicos. Dentro de los resultados más relevantes encontraron que:

• El total de corales juveniles para las islas continentales fue de 535, pertenecientes a 31 especies y 18 géneros, mientras que en islas oceánicas el total fue mayor, con 2465 juveniles correspondientes a 40 especies y 21 géneros.
• Los arrecifes continentales presentaron menor riqueza y densidad de juveniles que los arrecifes oceánicos.
• Por su parte, la densidad y riqueza promedio de juveniles en cada rango de profundidad también fue mayor en los arrecifes oceánicos que en los continentales.
• Se pudo comprobar que el menor reclutamiento coralino en arrecifes continentales está relacionado con la sedimentación y la proliferación de macroalgas, como consecuencia de los ríos que al desembocar en el mar afectan muchos procesos biológicos (reproducción, asentamiento y reclutamiento de corales, entre otros).

Para Luis Alberto “los resultados sugirieren que el reclutamiento de los arrecifes continentales, aunque existe, no necesariamente será suficiente para la recuperación natural de las poblaciones de corales y del arrecife. Por lo tanto, es importante establecer planes de manejo para mitigar los disturbios en arrecifes continentales”. Dada la importancia del proceso de reclutamiento y su uso como potencial indicador del estado de los arrecifes, se sugiere incorporarlo en los monitoreos que actualmente se realizan en el país para evitar que nuestros mares sean el depósito de basuras de Colombia.

Recientes estudios realizados por Luis Alberto y su grupo de trabajo evidencian que estos arrecifes están conectados por corrientes marinas que transportan larvas y gametos; de existir las condiciones adecuadas (aguas de buena calidad), los diferentes procesos biológicos permitirían la recuperación de nuestros arrecifes y la biodiversidad que albergan.

Algunas cifras sobre arrecifes coralinos:

• Los arrecifes de coral se encuentran en 100 países, cubren un área de 284.300 Km2 y representan el 0,2% de la plataforma oceánica.
• Son hábitat del 25% de las especies marinas y del 20% de la pesca mundial.
• La mayor extensión de arrecifes colombianos en el océano se encuentra en los archipiélagos de San Andrés y Providencia y en el continente, en las Islas del Rosario y San Bernardo.
• Cerca de un 15% de la población mundial y un 10% de colombianos dependen directa o indirectamente de estos ecosistemas.
• Los arrecifes son fuente de alimentos, farmacéuticos, recreación y turismo.
• Los arrecifes son barreras naturales que protegen las costas, que de estar en buen estado evitarían pérdidas de hasta 18 metros de playas por año en el los litorales Pacífico y Caribe.
• Cerca del 60% de los arrecifes del mundo se habrán perdido para el 2030.


Para leer más…
Martínez, Silvia y Acosta, Alberto, “Cambio temporal en la estructura de la comunidad coralina del área de Santa Marta – Parque nacional Natural Tayrona (Caribe colombiano)”, bol. invemar, dic. 2005, vol.34, no.1, p.161-191. ISSN 0122-9761. Disponible en: https://www.scielo.org.co/scielo.php
 

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Microorganismos de ambientes extremos en la mira

Microorganismos de ambientes extremos en la mira

Colombia es un país megadiverso en flora y fauna; sin embargo, hay un desconocimiento de la vida microbiana presente en ambientes extremos, que impide su utilización. Ante esta problemática el GeBiX responde a la Convocatoria de Centros de Excelencia de Colciencias en Genómica y Bioinformática de Microorganismos, abierta en diciembre de 2006.

La investigadora María Mercedes Zambrano, coordinadora del Grupo de Genética Molecular de la corporación CorpoGen, contactó a diferentes investigadores nacionales, entre ellos a la investigadora Sandra Baena de la Unidad de Saneamiento y Biotecnología Ambiental (USBA) de la facultad de ciencias de la Javeriana, que desde el año 2002 desarrolla estudios de diversidad microbiana de ambientes extremos en Boyacá.

A este llamado se sumaron otros investigadores de esa misma Facultad: Diana Álvarez, del grupo de Genética de Poblaciones Molecular y Biología Evolutiva; Ivonne Venegas de Balzer, del grupo de Biotecnología Ambiental e Industrial, y Carlos Manuel Estévez-Bretón, del grupo de Bioquímica Computacional y Estructural y Bioinformática; así como las universidades Nacional de Colombia, de Caldas, del Cauca, del Valle; ParqueSoft, y la Universidad de los Andes.

Para el desarrollo de sus investigaciones, el GeBiX escogió el Parque Nacional Natural de los Nevados donde habitan microorganismos resistentes a condiciones extremas de temperatura, pH y a altas concentraciones de sales, que pueden ser aprovechables en muchas aplicaciones industriales como la oleoquímica, la farmacéutica, la cosmética y la textil.

Este Centro de Excelencia será virtual y comenzará sus actividades en el año 2008, por un período inicial de cinco años.


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