Crear. Qué término tan complicado. Hacer que algo que antes no existía encuentre un lugar en el mundo: objetos, espacios, textos, metodologías, imágenes… Crear es una palabra grande, viene con cierto mérito y a veces arrastra la idea de que está fuera del alcance de quienes no hacemos arte, diseño, arquitectura y demás. El problema, más que de la creación, es de percepción. Una percepción que cambió para mí en un par de días, cuando entendí que crear es amplio, cotidiano, casi omnipresente, y es eso lo que lo hace fascinante.
Dos espacios, en particular, le dieron la vuelta al concepto de creatividad en mi cabeza. Ocurrieron durante el VII Encuentro Javeriano de Arte y Creatividad de la Pontificia Universidad Javeriana. Allí se desarrollaron los Laboratorios de Creación, espacios interdisciplinares abiertos al público para experimentar mediante la exploración colectiva.
Asistí a dos de ellos, muy distintos: uno se preguntaba cómo formular soluciones para una comunidad que enfrentaba las consecuencias de un terremoto. El otro buscaba acercarnos a formas de vida invisibles para nuestros ojos. En ambos, sin embargo, crear significó imaginar posibilidades allí donde todavía no era posible verlas.
Crear desde los indicios de lo invisible
Duré siete años de mi vida corriendo —siempre tarde— a clases en los añejos edificios de la Facultad de Ciencias de la sede Central de la Pontificia Universidad Javeriana. Todo allí siempre fue algo rígido: batas blancas, guantes de nitrilo y gafas de seguridad. Con la apertura del nuevo edificio de esta Facultad, los corredores de ladrillo de los viejos edificios parecieron quedar habitados solo por fantasmas… recuerdos de su historia y de las miles de personas que han paseado entre sus muros, incluyéndome.
El laboratorio de creación Indicios de lo invisible: habitar el laboratorio entre el arte y la microbiología decidió hospedarse allí, en el edificio Valtierra. El laboratorio 233 me recibió como de costumbre: una bata desechable, un gorro para el cabello, guantes de nitrilo y tres cajas de Petri llenas de medio de cultivo que aún no alojaba vida alguna adentro.
“Una es para hongos y las otras para bacterias”, me explicó Sonia Parisi, estudiante de microbiología industrial. En las cajas podíamos sembrar lo que quisiéramos, desde microorganismos cultivados previamente hasta lo que fuera que estuviera en el ambiente. La siembra podía acompañarse de dibujos hechos con hojas de papel durex y lápices.

Después de examinar las cajas, alcé la vista y, para mi sorpresa, me encontré con el lugar que había visitado tantas veces, solo que… enrarecido. El laboratorio se había convertido en un medio de cultivo de fantasmas, de microorganismos invisibles al ojo humano. En una de las esquinas crecía una estructura de tela que devoraba el techo y se derramaba hasta el suelo. Las ventanas arrojaban luz de colores a través de imágenes de cultivos microbiológicos. En los mesones se extendían colonias de microbios inmortalizadas en resina, ilustraciones con biomateriales y, en el tablero, una frase rezaba “La vida encontró formas de existir que nosotros no sabemos imaginar”.
Todo era producto de un proceso en el que los microorganismos de la colección biológica de la Javeriana y del laboratorio —al borde de ser desalojado— se convirtieron en expresiones creativas desde las artes visuales y la microbiología, dirigidas por los profesores Diego Benavides, Marcela Franco, Yomayra Puentes, Deyci Rodríguez y Pablo Cornejo, de las facultades de Artes y Ciencias Básicas de la Javeriana. Así, la vida pudo manifestarse desde lo invisible, ya fuera en artefactos visuales o en cajas de Petri llenas de hongos algodonosos y bacterias lustrosas.
Nuestra tarea fue, entonces, dejarnos conmover por toda esa vida que aceptaba manifestarse a una escala en la que nuestros ojos —tan precarios e insuficientes— pudieran percibirla.
A mí me inundó una sensación de ternura enorme, casi ritual. En mi pecho palpitaron todos esos fantasmas que el transitar por el edificio había sembrado en mí. En esos pasillos me maravillé por la vida, fumé —furtivamente— mi primer cigarrillo, me enamoré y desenamoré. Mi emoción fue tal que la sentía derramarse por el espacio. Fue entonces cuando las cajas que Sonia me había entregado cobraron sentido: eran la forma en la que podía poner todos los fantasmas de mi recuerdo en una dimensión alcanzable y humana.

Me fui a una esquina, cerca de aquella obra que crecía de piso a techo, y destapé la primera caja de Petri. Cerré los ojos y la besé —con permiso de los profesores —. El sabor del medio de cultivo era amargo y un poco salado, la textura blanda, y la temperatura, fría. Al contacto con la piel se notaba frágil, así que cuando lo acaricié con el dorso de mi dedo índice, tuve que hacerlo con la misma suavidad con la que se acaricia a un ser amado.
Luego, en otra caja, vinieron los “besitos de mariposa” —unos que se dan rozando las pestañas contra la piel mientras se parpadea—. Y en la última, pegué al medio de cultivo un trozo rasgado de papel durex en el que había dibujado un hongo y, con ayuda de la profesora, sembré un hongo verde y algodonoso que ya había crecido en otra caja de Petri.
Aún no sé cómo se ve lo que ha crecido en ellos —el tiempo de los microorganismos no obedece a los afanes humanos—, pero me conmueve pensar que en el 233 se tejió un puente entre lo que usualmente no percibimos y lo que somos: humanos que sienten, viven y van recogiendo y derramando fantasmas microbiológicos por dondequiera que pasen. Yo creo que puentes como estos son los necesarios para reconocernos como parte de un todo. Así tal vez podamos imaginar un futuro donde el planeta sea lugar suficiente para sostener todas las formas de vida.
Crear colectivamente para transformar la crisis
“Cuando la tierra tiembla, no solo se agrietan las paredes, sino que se quiebra la identidad, el hogar, la memoria y la seguridad”. Las palabras de la profesora Carolina Guardiola resonaron en un salón universitario de mesones largos y con un tablero en blanco. Allí, junto a Diego Bermúdez, su compañero del Departamento de Hábitat y Creación de la seccional Cali de la Pontificia Universidad Javeriana, se propuso transformar las ideas de los asistentes a su Laboratorio de Creación en propuestas con asidero en la realidad.
Bermúdez y Guardiola, junto a otros profesores, han pasado sus últimos días poniendo su conocimiento y capacidades al servicio de quienes vieron su vida radicalmente afectada por el terremoto del 10 de agosto de 2026 en Cali. Durante ese tiempo, notaron la necesidad de organizar las voluntades para que las acciones realmente tengan impacto.
“Hubo ocasiones en las que salíamos de alguna casa y solo podíamos mirarnos y llorar en silencio”, relató Guardiola, “pero la creatividad sirve para convertirse en parte de las soluciones”. Por eso, su apuesta fue traer el reto a Bogotá y proponernos imaginar futuros optimistas ante la crisis, a través de respuestas ante tres necesidades concretas generadas por el desastre en Cali: memoria, cuidado y permanencia de las ayudas. El laboratorio lo hicimos siguiendo una metodología nacida del diseño llamada Colores por la Vida.
“Cualquier proceso creativo es un acto de optimismo, siempre impulsa e invita a mirar hacia adelante con esperanza”: Iván Motta, profesor del Departamento de Hábitat y Creación de la seccional Cali y asistente al Laboratorio.
Guardiola y Bermúdez dividieron el grupo en tres –uno por cada necesidad–. A mi grupo le correspondió la última, es decir, pensar en cómo dinamizar las ayudas para que se conviertan en un plan a mediano y largo plazo. Para resolver el reto, los profesores brindaron un prompt para inteligencia artificial que nos guio a través de cada una de las etapas de la metodología.
El primer momento fue una cartografía participativa, un espacio donde el equipo vuelca sus ideas. En esta etapa, la IA nos arrojó preguntas orientadoras como ¿en qué se diferencia una ayuda de emergencia de una que realmente pudiera cambiar la vida de una comunidad?. Después de un rato de discusión, concluimos que, para que una ayuda cambiara la vida de quienes la recibían, la acción debía estar más cimentada en la propia comunidad que en agentes externos y que, para ello, era necesario hacer un mapeo de habilidades, talento, necesidades y disponibilidad de las personas de la comunidad.
Esta lluvia de ideas fue orientada al lugar preciso en el que deseábamos actuar durante la etapa de exploración. A través de una serie otras preguntas asistidas con IA, concluimos que queríamos actuar para que las ayudas se pensaran como un proceso de construcción continua con la comunidad. Por eso, en la etapa de prototipado llegamos a varias respuestas: una cartografía social de sueños con respecto al territorio y una plataforma en la que fuera posible registrar necesidades comunitarias, talento, procesos y tiempo a donar por las personas, de tal forma que fuera más sencillo gestionar la ayuda.
Puede parecer básico, pero alcanzamos estas ideas después de 40 minutos de discusión. Cuando los demás grupos compartieron sus procesos y sus fascinantes ideaciones, en mi cabeza quedó la incógnita sobre la capacidad de creación de una metodología como esta si se desarrollara durante un tiempo más prolongado y existiera la posibilidad real de poner estos planes en práctica.
Al mismo tiempo, otra idea comenzó a rondarme: aunque todos los participantes viniéramos de áreas en apariencia diferentes, las ideaciones de cada equipo terminaron encontrando tierras comunes, como el diálogo, el encuentro, el servicio y, sobre todo, la creación colectiva. Es decir, varios procesos tejidos alrededor de un mismo fin tienen una posibilidad enorme de sinergia.
“Las crisis son la oportunidad para dejar de vivir en automático. La creación sirve para dejar de ser parte del problema y convertirse en solución”, concluyó Guardiola. Sus palabras abrazaron una experiencia que, a través de ideas simples, pero guiadas, demostró que la creación no solo nos ayuda a imaginar futuros optimistas, sino que nos ofrece los pasos necesarios para alcanzarlos.



