En Bogotá suenan los cerros orientales

En Bogotá suenan los cerros orientales

Antes de entrar en materia, pido al lector que se imagine los siguientes lugares: un desierto, una playa, un bosque. Seguramente vendrán a su mente objetos visuales que podrá describir con detalle. Pero, ¿y los sonidos? Lo más probable es que no los haya imaginado. Roberto Cuervo, profesor del Departamento de Diseño de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la Universidad Javeriana, explica que cuando se habla de ‘imagen’ hay una referencia inmediata a algo visual, pero “es un modo de representación mental, que también puede ser sonoro”.

Desde hace seis años, Cuervo ha intentado hacerle resistencia al discurso hegemónico de lo visual. Aclara que no cree que lo visual sea malo, pero sí está convencido de que regirse únicamente por este aspecto elimina la posibilidad de tener un contacto más amplio con el entorno. “Desde lo acústico se pueden generar otras sensibilidades y contar otro tipo de historias”, asegura el profesor, cuya investigación- creación consiste en la grabación del paisaje sonoro de los cerros orientales de Bogotá, su composición y posterior reproducción en el espacio público a través de lo que él llama “artefacto sonoro urbano”.

La ciencia de la grabación y de la ‘escucha’ Cuervo propone la ‘escucha atenta’, que combina tres tipos de escucha ideales para realizar paseos sonoros: la causal, que determina la causa del sonido (el ladrido de un perro); la semántica, que establece el significado del sonido (una sirena de ambulancia que anuncia una emergencia), y la reducida, que precisa las cualidades del sonido en sí mismo (la altura, el timbre, la intensidad y/o la duración). Las grabaciones se hicieron durante más de un año, una vez al mes, en diversos recorridos por la montaña. Cada una se registró en una ficha técnica en la que se diligenciaron diferentes casillas como, por ejemplo, las coordenadas, la hora, la descripción del lugar (urbano, rural, parque…), los tipos de sonidos y su duración, el tipo de grabación, la grabadora utilizada y las especificaciones técnicas, entre otras.

sonoro


“Se llama Con-traste sonoro
porque quería comprender estos
dos ejes paralelos que recorren
la ciudad de norte a sur, y
establecer ese gran contraste
que hay en tan corta distancia”.
Roberto Cuevo,
investigador principal


Luego, Cuervo diseñó una estructura básica de composición sonora (no musical) que instaló en el andén de la carrera 7.a con calle 41 en agosto de 2015, la cual fue montada nuevamente en el marco del evento Artistas al Tablero en agosto de 2016 por medio de una instalación cuadrafónica con cuatro parlantes y dos sensores infrarrojos de movimiento.

Cuervo montó su composición sonora en el evento Artistas al Tablero.
Cuervo montó su composición sonora en el evento
Artistas al Tablero.

La interactividad se iniciaba cuando los peatones pasaban frente al artefacto sonoro, de manera que la composición podía ser modificada por ellos mismos: los sensores de movimiento capturaban la figura de las personas y les daban cualidades a sus movimientos horizontales, verticales y de profundidad. Con el desplazamiento del espectador, los sonidos se hacían más agudos o más graves; aumentaban o disminuían su volumen, lo que modificaba la mezcla y la composición en tiempo real.

A través de esta instalación de arte sonoro, los transeúntes de la carrera 7.a pudieron desarrollar una nueva sensibilidad hacia la riqueza ecológica de los cerros orientales bogotanos. De acuerdo con el profesor Cuervo, “el paisaje sonoro, al igual que las referencias visuales, genera identidad urbana”, por lo que se siente satisfecho cuando los peatones, en medio de tantos sonidos de altos decibeles que compiten por las mismas frecuencias, se detienen a escuchar lo que no pueden ver desde allí (los cuerpos de agua, los insectos, los pájaros…) y son conscientes de su existencia.

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Observación de aves, un aporte a la ciencia

Observación de aves, un aporte a la ciencia

Muchas veces sin saberlo, con sus fotografías, dibujos y notas, los observadores de aves contribuyen a conocer más sobre las diferentes especies que cruzan su mirada cada vez que participan en una salida de campo. Ataviados con binóculos, grabadoras, cámaras fotográficas, lápiz y libreta, sus registros dan cuenta del lugar donde las vieron, su forma y sus colores, sus costumbres y, en general, las características de su observación.

Esta actividad forma parte de lo que se llama ciencia ciudadana o investigación participativa, en las que el público general apoya con sus vivencias, conocimiento y recursos visuales —como dibujos y fotografías de las especies— o auditivos —como las grabaciones de sus cantos— a quienes, desde la academia, se encargan de analizar dicha información. Cada vez son más los observadores de aves en un país que, como Colombia, ocupa el primer puesto en diversidad de este grupo —más de 1.900 especies—, y cada vez serán más, porque incentivar el avistamiento de aves se ha convertido en una política de gobierno. El Ministerio de Comercio, Industria y Turismo ha promovido la actividad como un renglón más de ingresos para el país, y anunció que espera recibir unos 15.000 observadores en 2017.

En el mejor momento para la actividad, sale entonces a la luz pública el segundo volumen del Libro rojo de aves de Colombia, que describe el estado de amenaza en el que se encuentran muchas de las especies que, si no se hace nada al respecto, ya no estarán allí para los observadores de aves… y menos para generarle ingresos a Colombia. “De toda la sociedad colombiana depende que esta avifauna tenga un futuro o se extinga”, dice Luis Miguel Renjifo, principal autor de la obra y científico y observador de aves. “Pero lo que es aún más delicado es que con su desaparición dejarían de cumplir sus papeles ecológicos como dispersores de semillas, polinizadores, controladores de plagas y en general reguladores de los ecosistemas”.

Tabla


El Libro rojo de aves de
Colombia es el resultado de una
investigación muy compleja,
que fue posible gracias a la
colaboración, lo que implica
diferentes tipos de fortalezas
investigativas y actores, en
la cual la ciencia ciudadana
cumple un papel importante
al aportar datos de difícil
obtención”.
Luis Miguel Renjifo,
autor principal


Detrás de la publicación

Para llegar a editar los dos tomos, los integrantes del grupo núcleo, como lo llama Renjifo —actual vicerrector de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana—, han trabajado desde el año 2008, todos sin duda apasionados por la naturaleza y por las aves. Para el primer volumen, que incluye las aves de los bosques húmedos de los Andes y la costa Pacífica, siete investigadores hicieron los análisis con base en los modelos de distribución de las especies generados por Jaime Burbano y Jorge Velásquez —dos de los investigadores del grupo núcleo— y en las fichas que produjeron colaboradores expertos; en el volumen dos, que se concentró en ecosistemas abiertos, secos, insulares, acuáticos, continentales, marinos, tierras altas del Darién y Sierra Nevada de Santa Marta y bosques húmedos del centro, norte y oriente del país, cuatro de ellos continuaron la labor.

Y si bien este segundo volumen completa la información de todo el país, esta labor no termina. Es necesario hacer un seguimiento para conocer el progreso o retroceso del estado de conservación de las especies, explica la coinvestigadora del Libro rojo y profesora de cátedra de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales, Ángela María Amaya-Villarreal, porque las especies pueden cambiar de categoría a través del tiempo. “Por ejemplo —dice— al comparar nuestros resultados de este segundo volumen con el Libro rojo de aves del 2002, notamos que 15 especies entraron por primera vez a alguna categoría de amenaza y cuatro pasaron de la categoría Preocupación menor a Casi amenazadas. Además, siendo Colombia un territorio tan biodiverso, con relativa frecuencia se descubren nuevas especies, y algunas de ellas no acaban de ser descritas cuando ya están siendo sujetas al análisis de riesgo de extinción, y resultan amenazadas”.

Foto 3  Foto 2

 

 

 

 

 

 

El ecólogo Jorge Eduardo Botero, observador de aves y promotor de los ‘censos navideños’ (ver recuadro), fue uno de los 104 colaboradores que se encargaron de escribir las síntesis con la información de cada especie para esta segunda entrega, lo que incluye el nombre científico, el común en español y en inglés, la ecología (hábitos, tipo de hábitat, dieta, etc.), el tamaño de la población (en algunos casos), las amenazas que enfrenta (por ejemplo pérdida de hábitat, cacería, tráfico ilegal, contaminación) y medidas de conservación tomadas. Para hacerlo, consultó diferentes fuentes de información científicas, así como la plataforma eBird, proyecto desarrollado por el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell y la Sociedad Nacional Audubon, de Estados Unidos, que tiene versión en español y donde los observadores de aves pueden subir la información obtenida en sus salidas de campo, incluso de las aves que visitan su jardín.

Por su parte, el grupo núcleo de investigadores escribió la sección ‘Situación de la especie’, donde se encuentra el análisis de riesgo de extinción (con la categoría asignada) y los mapas de distribución y de idoneidad de hábitat de cada especie. Decenas de fotógrafos aportaron sus mejores tomas, que Daniel Uribe seleccionó para el libro. Cuando no había fotos, el artista Robin H. Schiele se encargó de dibujar las ilustraciones originales.

Para que una especie persista en el tiempo debe tener resueltas sus condiciones mínimas de sobrevivencia, y esa es obligación de varias instituciones del país, como las Corporaciones Autónomas Regionales. “Con este libro sabemos qué especies están amenazadas, por qué, dónde están, y sugerimos desarrollar medidas para evitar su extinción”, dice Renjifo, haciendo énfasis en que, además de la participación para la obtención de datos, los “esfuerzos de conservación pueden ser promovidos por la ciencia ciudadana”.

Los conteos navideños son una iniciativa que busca generar información para conocer el estado actual y los cambios que puedan tener las poblaciones de aves a lo largo del tiempo en lugares específicos, además de fortalecer el conocimiento y la generación de herramientas adecuadas para el manejo y la conservación de la avifauna.

La Sociedad Caldense de Ornitología coordina generalmente el desarrollo y recolección de datos de los censos navideños en Colombia, en los que participan expertos y ciudadanos interesados en observación de aves.

Los ciudadanos aportan a la ciencia

Fueron muchas las personas que aportaron información para hacer los análisis de este libro. Aparte de los 104 colaboradores antes mencionados, cientos de ciudadanos aportaron sus registros de observación de las especies. Esta participación colaborativa permitió recopilar la información que sirvió de base para evaluar el riesgo de extinción de las aves. “Sin esta valiosa participación ciudadana sería muchísimo más difícil lograr una investigación tan compleja como esta, considerando que, para hacer los análisis de riesgo de extinción, se requiere de información que se obtiene a varios niveles que no podría ser generada por un equipo de pocos investigadores. Además, otro aspecto que resultó muy beneficioso de esta colaboración fue acceder a registros que no necesariamente están publicados en artículos científicos o en bases de datos”, explica Amaya-Villarreal.

Sin duda, la mayor motivación de los ciudadanos, expertos y no expertos, para participar en esta investigación ha sido su pasión por el estudio, la ecología y la conservación de las aves. Fueron aportes ofrecidos de manera desinteresada y voluntaria a través de correos electrónicos dirigidos a los investigadores, o por medio del ingreso de la información obtenida por ellos, como resultado de sus salidas de campo, a plataformas de captura de información en línea como eBird o xeno-canto.

“eBird Colombia fue una fuente importante de registros recientes y confiables con los cuales pudimos construir los modelos de distribución de las especies, información muy importante para los análisis del riesgo”, continúa Renjifo, aunque confiesa que de todas maneras fue necesario invertir mucho tiempo en ‘limpiar’ los datos pues con “registros de baja precisión se obtienen modelos ecológicos de baja precisión”.

Fotografa aves

El encanto de las aves

“Hay una razón muy importante para que la apreciación por las aves sea muy alta, y es que ellas viven en el mismo mundo sensorial de los seres humanos: vemos los mismos colores, escuchamos el mismo rango de sonidos y la comunicación de las aves entre ellas se hace a través del sonido y de señales visuales, como en nuestro caso”, explica Renjifo.

Desde hace diez años, el médico veterinario Daniel Uribe creó Birding Tours Colombia, para promover el avistamiento de aves. Dice que desde los siete años las está observando; actualmente es un gran conocedor. Británicos, estadounidenses, canadienses, japoneses y de muchos países europeos vienen en grupos para salir a ‘pajarear’ por todo el país bajo su guía. “Las aves son indicadores importantes del estado de conservación y manejo del ecosistema”, dice.

En Colombia existen grupos de ciudadanos interesados en aves en los que, por lo general hay un ornitólogo. Además de los censos navideños y los de aves acuáticas, que se realizan en unas fechas específicas del año, casi todas las asociaciones de ornitología ofrecen salidas de campo periódicas. Cada vez son más los colombianos que madrugan a observar los pájaros despertando y cantando al asomarse el sol; y cuando se acostumbran a sistematizar la información obtenida y la comparten, se convierten en científicos ciudadanos. Y es que “para poder defender y conservar hay que conocer; y para poder conocer hay que amar”, concluye Uribe.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Libro rojo de aves de Colombia
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Luis Miguel Renjifo
COINVESTIGADORES: Ángela María Amaya-Villarreal, Jaime Burbano-Girón y Jorge Velásquez-Tibatá
Facultad de Estudios Ambientales y Rurales; Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible; Instituto de Investigación de Recursos Biológicos, Alexander von Humboldt; Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia, Ideam; Red Nacional de Observadores de Aves, RNOA; BirdLife International, y Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, UICN.
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2008-2017

Cazadores de huellas

Cazadores de huellas

En uno de los bosques andinos de la cordillera central colombiana, el sonido de la hojarasca y las corrientes de agua acompañan la excursión por el lugar. Con pasos cuidadosos, miradas fijas en el suelo, y con un GPS amarillo en mano, un grupo de biólogos rastrea las huellas de los mamíferos medianos y grandes de El Santuario de Flora y Fauna Otún Quimbaya ubicado en Risaralda.

Llevan ocho años en una misión casi titánica buscando rastros de pumas, dantas, osos de anteojos y zorros. Con esas pistas, han logrado monitorear la distribución y abundancia de las especies del lugar y proponer esquemas para la conservación de estas poblaciones silvestres.

Gracias al rastro en forma de huella que dejan por los senderos estos animales, los investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana han podido estudiar su comportamiento y el impacto del hombre sobre sus hábitats naturales. Esta aventura, en lo profundo de la naturaleza, les ha mostrado cómo el turismo no controlado que recorre la cuenca del río Otún se convierte en detonante de la sobreexplotación, una de las mayores amenazas para estos mamíferos, cuyas poblaciones están disminuyendo.

Asociado a este factor se encuentran los gatos y perros que acompañan a sus amos, pues se vuelven depredadores potenciales de las especies de fauna silvestre más pequeñas del lugar, así como transmisores de enfermedades, como ocurre entre los perros domésticos y los zorros.

La verde y espesa vegetación hace que un tercer detonante aparezca. Este corresponde a la cacería ilegal que presiona la concentración de dantas o tapires en ciertas zonas del Santuario, un comportamiento contrario a la naturaleza libre y salvaje de esta especie identificada por su alargado hocico. Pero eso no es todo, la modificación de los hábitats por la tala de árboles también ha sido un factor de amenaza para estas especies pues la vegetación que estos mamíferos usan para protegerse y como alimento es cada vez más escasa.


Un banco que almacena huellas de animales

Los investigadores del Banco de Huellas de mamíferos medianos y grandes de Colombia, ubicado en la Javeriana, han adelantado más de cinco proyectos de investigación recorriendo buena parte del territorio nacional. Actualmente es el único banco con estas características en el país y por ello su papel ha sido fundamental. Desde hace diez años Germán Jiménez, biólogo y profesor de la universidad, ha liderado este proyecto junto a su semillero de investigación en manejo y conservación de fauna silvestre, conformado principalmente por estudiantes de la carrera de biología.

La idea surgió porque no existía en el país una base de datos que respaldara la información obtenida en campo. Las “huellas tipo”, que fueron colectadas tras visitar diez zoológicos de Colombia, junto con una colección que Jiménez trajo de Costa Rica, se convirtieron en la referencia para comparar las muestras tomadas en campo. De esta manera ha sido posible verificar las especies a las que pertenecen. Hoy el banco cuenta con 1500 moldes de huellas para 23 especies de mamíferos que son identificados con un número único de colección.

Como resultado de los proyectos se ha promovido la apropiación social de este conocimiento llevando la ciencia a diversas regiones del país como Chocó, Amazonas, Boyacá y los Llanos orientales. Por ejemplo el que se desarrolló en el Chocó durante el 2008 donde una comunidad dedicada a la cacería de mamíferos, a partir de sus experiencias, empezó a construir su propio banco de huellas. El objetivo fue crear conciencia para salvaguardar las especies como venados, ñeques, lapas y chanchos, lo que benecifió a pobladores y animales. El resultado de este trabajo fue la publicación de su propio catálogo en colaboración con la autoridad ambiental.


¿Cómo se ‘caza’ una huella de mamífero?

“Obtener huellas de mamífero es una labor que requiere mucha constancia, entrenamiento y pericia” dice Jiménez. Es preferible hacerlo cuando inician las lluvias en la región. Luego se buscan los mejores sustratos o tipos de suelos, generalmente suaves y uniformes, donde las huellas quedan marcadas. Al recorrer los posibles senderos por donde suelen pasar los mamíferos se identifican los patrones que dejan las huellas, las cuales son capturadas por medio de moldes de yeso odontológico de secado rápido.

Este método indirecto, basado en la interpretación de los diferentes rastros dejados durante las actividades diarias de los animales, permite reconocer de manera económica los mamíferos que viven en un área sin necesidad de atraparlos o hacerle daño. Entre las ventajas está el conservar de manera física y a escala real la huella permitiendo su manipulación en el laboratorio para futuros estudios. Además facilita la identificación de las especies ayudando a entender cómo utilizan el hábitat y cómo varia su abundancia en el tiempo.

“Para los biólogos la huella es testigo del paso del animal”, continúa Jiménez, quien observó en una de sus investigaciones cómo el zorro cangrejero o perruno, empezaba a adaptarse a los humanos, al encontrar que consumía desperdicios de basureros y de vez en cuando cazaba pequeños animales de granja. Estos cánidos son portadores del parásito de la leishmaniasis, que puede afectar al ser humano.

Los estudios también mostraron que esa especie es generalista de hábitat, lo que implica que no es muy estricta en sus requerimientos a la hora de buscar un lugar para vivir, pues es capaz de explorar un territorio más amplio en busca de recursos alimenticios y de cobertura. Jiménez identificó hábitos crepusculares confirmando así la teoría de que la mayor parte de las especies pertenecientes a la comunidad de mamíferos de esta cuenca es de hábitos nocturnos, en gran parte a causa de la presencia humana. Este comportamiento les permitiría a los mamíferos evitar el contacto con las personas como medida de protección.

Las huellas en el camino son pieza clave para estos biólogos, quienes han podido promover acciones de conservación, con cambios positivos en la forma como se relacionan los humanos con su fauna silvestre, en un país tan biodiverso como Colombia. Después de algunos días, los biólogos vuelven a sus laboratorios con respuestas pero también con nuevas preguntas. Esperan una nueva oportunidad de salir a campo y seguir investigando en estos sitios que cautivan con sus verdes paisajes.

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El murciélago: siempre amenazado, poco comprendido

El murciélago: siempre amenazado, poco comprendido

Parecen exploradores a punto de entrar en otro planeta. Se enfundan en un overol grueso, botas pantaneras, una máscara de doble filtro, casco con linterna y guantes de carnaza, todo eso con un clima que ronda los 20 ºC. El grupo se adentra en la cueva y comienza a caminar con cuidado: los pies se hunden en el piso fangoso, la visibilidad se reduce con cada nuevo paso. No se ve nada y lo que importa es escuchar atentamente, presentir los aleteos.

“Desde la entrada de la cueva hasta donde se llegue, la máscara es obligatoria porque el principal riesgo es respirar esporas de hongos”, explica Jairo Pérez Torres, profesor asociado del Departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana y líder de la expedición. Desde 2010, junto a un grupo de estudiantes, ha caminado entre el guano, con un aire fecundo de histoplasma (hongo que al entrar en los humanos causa una severa enfermedad pulmonar) penetrando la cueva de Macaregua, en el municipio santandereano de Curití. Su objetivo: entender la vida de las nueve especies de murciélagos que escogieron la cueva como su hábitat, describir su forma de vida, averiguar el papel que juegan en el ciclo infeccioso del mal de Chagas y la leishmaniasis.

Más allá de que se tenga miedo a la oscuridad, a los espacios cerrados, a un suelo movedizo o a un aleteo no identificado, el lugar es un espectáculo. Enclavada en las montañas, a 1566 metros sobre el nivel del mar, la cueva se extiende por unos 600 metros y se divide en dos ramales: uno seco y otro húmedo, gracias al contacto con una quebrada.

En su investigación han encontrado los matices de una sana convivencia. Por ejemplo, en los primeros 300 metros de recorrido abunda el Carollia perspicillata, un individuo frugívoro que suele vivir en harems controlados por un macho alfa. Casi todos ellos se organizan en perchas (porciones del techo) con rugosidades, el sitio perfecto para que las crías, tras una primera fase de amamantamiento, se resguarden mientras la madre busca alimento.

Más adelante aparecen los insectívoros. Predominan dos especies: el Natalus tumidirostris, cuyas hembras y machos asumen un comportamiento huraño la mayor parte del año, que solo cede en la época reproductiva, y el Mormoops megalophylla, con un comportamiento tan inusual como intrigante: solo los machos viven en la cueva; en las épocas de apareamiento, ingresan las hembras, procrean y amamantan a las crías, pero un día se llevan a las hembras recién nacidas y dejan a los machos confinados a la oscuridad. Los científicos no han logrado establecer hacia dónde vuelan ni qué hacen allí.

La riqueza de la cueva es tal que se calcula una población cercana a los 20.000 individuos de nueve especies con diferentes hábitos alimenticios: además de frutas e insectos, consumen el néctar de las flores o la sangre de otros mamíferos.

Macaregua ha sido destacada como Sitio Importante para la Conservación de Murciélagos (SICOM) por la Red Latinoamericana para la Conservación de Murciélagos (RRELCOM). “Después de estos años de trabajo, logramos evidenciar que es la cueva con más especies registradas de murciélagos en el país”, afirma Pérez.

Un vecino incómodo

La convivencia de los santandereanos con los murciélagos no siempre ha sido pacífica. Aunque es común encontrar algunos individuos deambulando por las calles de Bucaramanga, capital del departamento, o a otros en los techos altos de las fincas y casas rurales de San Gil, Curití y Socorro, también hay familias que han tenido que reemplazar tejados enteros de sus casas porque se convirtieron en el nuevo hogar de un grupo de estos mamíferos voladores.

Pero el animal también ha sufrido a los humanos, especialmente en los últimos años, con el auge de la industria turística de la espeleología (estudio de las cavernas) y sus excursiones improvisadas a las cuevas de la región. Guías con muy poca precaución llevan a personas en camiseta y pantaloneta por las profundidades de la montaña y suelen espantar a los murciélagos para que vuelen. Sin saberlo, generan una situación de alto riesgo.

“Todo el ciclo de transmisión (insectos vectores, animales silvestres y humanos) de Leishmania y Trypanosoma está presente en la zona, y lo que queremos saber es el papel que juegan los murciélagos en él”, explica Claudia Liliana Cuervo, profesora asistente del Departamento de Microbiología de la Universidad Javeriana. Ella se asoció con el profesor Pérez hace tres años para estudiar si los quirópteros hacen parte del ciclo natural de transmisión de Trypanosoma cruzi o Leishmania spp, causantes de la enfermedad de Chagas y la leishmaniasis en la región. Según cifras del Instituto Nacional de Salud, en diciembre de 2015 se confirmaron en el departamento 173 casos crónicos para la primera y 505 para la segunda.

Los investigadores han analizado muestras de sangre de individuos recolectados en Macaregua. “Para este proyecto colectamos 101 murciélagos en dos salidas de campo, pertenecientes a tres especies que son las que en ese momento se encontraban en la cueva. La prevalencia de infección con Leishmania y Trypanosoma fue de un 52%”, resume Cuervo.

Los datos, publicados en el Congreso Internacional de Enfermedades Infecciosas que se realizó este año en India, indican que el murciélago es un reservorio natural del parásito. “Encontramos que el parásito está llegando al corazón del murciélago. Cuando eso ocurre en los humanos, ocasiona una cardiopatía que es mortal, pero es una infección muy larga, de muchos años, que aún no se ha logrado evaluar cómo es en el animal”, afirma Cuervo, lanzando una alerta clara: “perturbar su hábitat y generar migraciones puede llegar a favorecer un aumento de la transmisión de las infecciones a los humanos”.

 De ‘villano’ a benefactor

Lo que buscan los científicos de la Javeriana es generar conciencia sobre cómo la tala de bosques, las construcciones en zonas rurales y las visitas de no expertos contribuyen a acabar con los hábitats de los murciélagos y los obligan a emigrar a las áreas urbanas. En otras palabras, resaltar el papel de una especie que, desde los tiempos de la Colonia, y con el auge de las novelas de vampiros, tiene fama de ser una criatura diabólica, que chupa la sangre de humanos —en realidad solo hay una especie hematófaga que muerde al ganado— y transmite enfermedades.

En 2005, cuando trabajó en un proyecto en el Eje Cafetero, Pérez se convirtió en predicador de todos los efectos que conlleva su preservación: “En cualquier mercado del trópico, el 70% u 80% de las frutas que se encuentran son por el beneficio de los murciélagos, porque dispersan las semillas o las polinizan”. De hecho, en el sur de Estados Unidos, los campesinos se ahorran millones de dólares en plaguicidas porque, de noche, los quirópteros irrumpen en los cultivos buscando insectos para cazar.

Esta investigación, que de momento ha producido doce trabajos de pregrado de Biología y Ecología y siete tesis de maestría, pretende que el humano preserve el hábitat de una especie para su propio desarrollo, promueva un turismo responsable y consciente de los riesgos de entrar a las cuevas de la región y, sobre todo, tenga argumentos de mayor peso a la hora de realizar proyectos de educación ambiental con los pobladores de la zona.

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Científicos restauran paisaje del Neusa

Científicos restauran paisaje del Neusa

Como si fuera una obra de arte, investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana restauran el Parque Forestal Embalse del Neusa, en Cundinamarca, donde hace unos años solo pinos de más de 20 metros de altura conformaban el paisaje. No puede negarse que era un bonito bosque; era agradable caminar sorteándolos, con ese olor tan particular y ese colchón formado por sus hojas secas color café, en forma de aguijones largos y delgados –acículas­–, que a veces alcanzan un grosor de 30 centímetros. La verdad es que se trata de una especie foránea que desplazó a los árboles nativos en un intento por evitar la sedimentación del embalse.

La vegetación altoandina nativa fue talada: encenillos y siete cueros, gaques y chuques, tunos y arbolocos, chilcos, ají de páramo y arrayanes desaparecieron, y con ellos se fueron los conejos silvestres, los faras y los zorros de monte, así como algunos reptiles y anfibios que solían acercarse a la orilla del embalse.

Desde hace más de seis años, los investigadores suben hasta los 3.050 msnm del Neusa y, a medida que estudian las posibilidades de restaurar el ecosistema degradado por la acción de las especies exóticas para recuperar el bosque nativo original, proponen nuevos proyectos en los que integran a las comunidades campesinas de los municipios de Tausa y Cogua. Incluso los alumnos de la Institución Educativa Departamental San Antonio, Sede Páramo Bajo de Tausa, forman parte de las investigaciones: Sonia, Angie, Edwin, Sergio y Ronald, entre otros chicos de cuarto a décimo grados, acompañan a los científicos a trepar por la montaña para entender las dinámicas del bosque nativo y sembrar nuevos –pero realmente originarios– árboles del altiplano altoandino.

Ellos ya saben la diferencia entre reforestar y restaurar. “Con la reforestación logramos restablecer una cobertura vegetal y no necesariamente de especies nativas”, explica la bióloga Sofía Isabel Basto. En cambio, “la restauración ecológica asiste la recuperación de los ecosistemas degradados para recuperar los componentes y funciones en el ecosistema original”; es como ir tejiendo la historia misma del paisaje: “qué había antes, en qué cantidad, cuáles eran las relaciones entre una especie y otra”.


Tres proyectos en un solo ecosistema

El primer proyecto de investigación ha diseñado estrategias para implementar la restauración ecológica con especies nativas en terrenos donde se han talado los pinos y evitar que otras especies invasoras, como el helecho marranero, el retamo espinoso o la mora silvestre, comiencen a ‘marcar terreno’ por la facilidad que tienen de llegar, echar raíces y propagarse.

El proyecto de la Pontificia Universidad Javeriana busca acelerar el proceso de sucesión natural del bosque, pues de no hacerlo demoraría décadas en volver a su estado original.
El proyecto de la Pontificia Universidad
Javeriana busca acelerar el proceso de sucesión
natural del bosque, pues de no hacerlo demoraría
décadas en volver a su estado original.

En convenio con la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR), el grupo de investigación Unidad de Ecología y Sistemática (Unesis) estableció parcelas en tres sectores del parque –Guanquica, Chapinero y Laureles– para monitorear lo que ocurre después de la tala y caracterizar cuatro componentes: la vegetación, los suelos, la macrofauna edáfica –otros organismos que lo habitan, como hormigas, escarabajos, lombrices, arañas y ciempiés– y la avifauna, que es clave, pues sus especies son dispersoras de semillas, polinizadoras de plantas y controladoras de plagas. Con sus binóculos, cámaras y mucha paciencia, los ornitólogos encontraron 73 especies de aves, entre ellas copetones, picaflores, atrapamoscas, colibríes, carpinteros, cucaracheros y tángaras.

La Escuela de Restauración Ecológica (ERE) lleva 14 años de trabajo en restauración ecológica.

Por ser un grupo interdisciplinario, las reuniones luego de las salidas de campo han sido jugosas en información. Cada especialista cuenta sobre sus avances con un eje común: deben comparar cómo se comporta cada uno de estos componentes en tres sectores: uno tenía cuatro meses después de la tala, otro dos años y medio y, en el último, los pinos se habían talado hace cuatro años y medio. “Al conocer cuáles eran las especies que dominaban en cada grupo, pudimos hacer predicciones sobre las trayectorias que puede tomar el ecosistema después de la tala de especies exóticas”, explica la profesora Basto.

El segundo proyecto profundizó en los bancos de semillas, el conjunto de semillas viables que se acumulan en el suelo después de que han sido dispersadas y todavía no han germinado en el ecosistema. Si se encuentran suficientes de ellas en el suelo, el banco puede ser utilizado como fuente de material vegetal para reintroducir las especies perdidas en los ecosistemas degradados. En el bosque de pinos, las semillas se encuentran debajo del colchón formado por las acículas; en el bosque de encenillos, están debajo del colchón de musgo húmedo y requeteverde, características típicas de cada ecosistema.

Las aves, como dispersoras de semillas, las dejan caer al suelo y, cuando estas se acumulan, forman el banco de semillas.
Las aves, como dispersoras de semillas, las dejan caer al suelo y, cuando estas se acumulan, forman el banco de semillas.

En la plantación de pinos, en el bosque nativo y en los tres sectores postala estuvieron los investigadores y estudiantes de la región buscando semillas y caracterizando el lugar: revisando olores, colores, fauna… En el borde de la plantación, los investigadores encontraron las semillas en las deposiciones de las aves, y los niños aprendieron cómo ellas las dispersan.

“Lo que estamos viendo”, explica la profesora Basto, “es que muy pocas semillas se encuentran en el bosque nativo, no tantas como esperábamos, y definitivamente encontramos muchas menos en la plantación de pinos”. La zona postala de dos años y medio es la que presenta mayor abundancia y riqueza de semillas, en tanto que en la de cuatro años y medio se estabiliza la cantidad. Los investigadores esperaban que en esta última siguiera aumentando. ¿Qué pasa allí? El problema son las especies invasoras. Muchas de las semillas de las plantas exóticas pueden durar más de 30 años dormidas, despertarse, germinar y regenerar la especie.

Aquí entra el tercer proyecto, el más reciente, cuyo objetivo es evaluar estrategias para eliminar el retamo espinoso y restaurar las áreas que han sido invadidas por esta especie, que aquí crece más que en su nativa Europa, rodea los caminos y ahora florece en potreros donde antes se cultivaba papa criolla y zanahoria o donde pastaban vacas y ovejas.

Apoyados por el Acueducto de Bogotá, el proceso inicia con el corte manual o mecánico de la planta con machete, guadaña o motosierra; sigue con la trituración del material con una chipeadora y luego se aprovecha al convertirlo en compost.

Las semillas son el problema de esta planta, no solo porque produce muchísimas sino porque, como están en una vaina, las altas temperaturas del mediodía hacen que esta explote y las disperse hasta una distancia de casi diez metros a la redonda. La semilla es tan pequeña, entre uno y dos milímetros, que ni siquiera la chipeadora la puede triturar. Además, como pueden durar tanto, su banco de semillas es una amenaza para el ecosistema invadido y los vecinos.

Una de las especies invasoras más dañinas para el ecosistema altoandino es el retamo espinoso. Los investigadores trabajan por conocer la especie y la resistencia de sus semillas y buscan métodos para eliminarla.
Una de las especies invasoras más dañinas para el ecosistema altoandino
es el retamo espinoso. Los investigadores trabajan por conocer la especie y
la resistencia de sus semillas y buscan métodos para eliminarla.

Por eso, es necesario hacerle un tratamiento que la deje inviable y no germine, explica la bióloga Sandra Contreras. Luis Hernán Rodríguez, ‘Lucho’, administrador agropecuario, tausano y, por tanto, conocedor de su región, es el contacto en el Parque. Él es quien explica los tres tratamientos que prueban con materiales de la región para que en el futuro el campesino los pueda utilizar. Erradicar el retamo no será fácil, pero la ciencia puede dar pistas antes de que invada páramos, propague incendios y siga acabando con las plantas nativas, generalmente menos resistentes.


La ciencia del aprendizaje

“Neusa ha sido como un laboratorio donde se pueden hacer diferentes ensayos, se aprende y se aporta conocimiento que puede ser replicado en otras regiones”, concluye la bióloga Carolina Moreno, de la Escuela de Restauración Ecológica (ERE), liderada por el profesor José Ignacio Barrera, quien ha promovido varias tesis de pregrado en esta región andina. Él mismo concluye que “el Parque Forestal Embalse del Neusa ha sido un escenario de aprendizaje y de enseñanza sobre cómo restaurar los bosques altoandinos que han sido degradadados por diferentes tipos de disturbios y usos de suelo. Las diferentes estrategias aplicadas muestran que la restauración ecológica es una opción que puede acelerar los procesos de recuperación de la salud e integridad de los ecosistemas”.

El día de campo terminó con la siembra de árboles nativos. Cada niño adoptó uno, lo sembró y lo bautizó. Así, hoy deben estar creciendo Muñeco, Bebé, Hojitas y Loky. Los niños probablemente ya les estarán contando a sus padres y familiares estas y otras enseñanzas que no caben en este artículo diario de campo, mientras la investigación continúa.


Para leer más

  • Restaurando el Neusa. Una experiencia de restauración ecológica de áreas post-tala de especies exóticas en el Parque Forestal Embalse del Neusa. Pontificia Universidad Javeriana, Escuela de Restauración Ecológica (ERE), Corporación Autónoma Regional (CAR). Junio, 2015.

 


INVESTIGADORES PRINCIPALES: José Ignacio Barrera y Sofía Isabel Basto
Facultad de Ciencias
Departamento de Biología
Grupo de investigación Unidad de Ecología y Sistemática (UNESIS)
Escuela de Restauración Ecológica (ERE)
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014 – en ejecución.

 

 

Luchar a contracorriente para salvar a la guapucha

Luchar a contracorriente para salvar a la guapucha

El auto se orilla dejando una estela de polvo y tierra seca. Un hombre de gafas y sombrero, cuya piel color melaza contrasta con el sol, baja del interior; junto a él tres estudiantes descargan bolsas, baldes de plástico y equipo de laboratorio. Todos miran el cuerpo de agua unos metros más allá, se concentran en su color tierra. Se cambian la ropa y preparan las redes y el equipo. En unos cuantos minutos están en el agua, trabajando.

Desde la orilla, el profesor Javier Maldonado, director del Departamento de Biología de la Universidad Javeriana, los supervisa. Ha conducido por un par de horas entre el denso tráfico bogotano, ha mirado cómo aparecen el verde y la niebla en el panorámico y se ha adentrado entre caminos sin pavimentar. Ahora se encuentran en el río Bogotá, en el punto en el que el canal de desagüe del embalse de Tominé conecta con el río. Trabajan en un afluente sinónimo de los peores pecados humanos: contaminación, desidia, egoísmo, muerte.

“Venimos a diferentes puntos de la cuenca del río para colectar los ejemplares que utilizamos en los diferentes estudios y también datos en campo de la físico-química del agua y muestras de sedimento”, explica Maldonado.

Dentro del río toman muestras de agua que filtran con redes para después, en el laboratorio, verificar la presencia de comunidades de algas y microinvertebrados. Toman datos sobre los niveles del oxígeno, la temperatura y el pH en el río, los que sirven para determinar la calidad ambiental del agua. Entierran un bastón metálico con el que extraen muestras de sedimento para determinar la presencia de macroinvertebrados y materia orgánica.

Después usan la red de arrastre: una malla con cadenas que se fija a las orillas y con la que extraen especímenes acuáticos: cangrejos, larvas, moluscos, capitanes… Su objetivo, la captura que puede determinar el éxito o el fracaso de la jornada, es un pequeño pez plateado de no más de ocho centímetros de largo que se encuentra amenazada, según el Libro rojo de peces dulceacuícolas de Colombia.

Se trata de la guapucha (Grundulus bogotensis), la fuerza creadora detrás de dos investigaciones científicas que se vienen desarrollando desde 2012. “Intentamos establecer el estado actual de conservación de la especie en diferentes partes de la cuenca alta del río Bogotá”, explica Maldonado. Al fondo, paredes de polvo y tierra se alzan al paso de tractomulas que atraviesan los caminos de la sabana bogotana.

Desplazados por el progreso

Uno de los primeros recuerdos de Maldonado con la guapucha tiene que ver con su sabor. De niño, a inicios de los años ochenta, la veía en sus excursiones a los ríos que bordean su natal Ubaté. Eran otros tiempos, de aguas menos contaminadas, abundancia de peces e improvisados chefs ribereños: “Las asaban y las vendían en paquetes con maíz tostado. Era un plato muy típico de la laguna de Fúquene”.

Este diminuto pez ha nadado las aguas del altiplano cundiboyacense desde los días en los que no existía la noción de historia: es una especie endémica de la región junto al capitán de la Sabana (Eremophilus mutisii) y el capitán enano (Trychomycterus bogotense). Los tres eran parte de la dieta de los indígenas que se asentaron en lo que hoy se conoce como Cundinamarca y Bogotá.

La cultura occidental vino a conocer a la guapucha en 1821, cuando fue descrita por el naturalista alemán Alexander von Humboldt. Desde entonces, el desarrollo de la civilización la ha arrinconado: la contaminación de los afluentes ha limitado su presencia a las partes donde aún hay buena calidad de agua y donde el cauce del río no ha sido canalizado ni modificado sus condiciones naturales.

Hoy es muy poco lo que se sabe sobre el estado de conservación de la guapucha en el altiplano. “Se habían hecho estudios para indagar sobre aspectos básicos de la biología de la especie, de qué se alimenta, cómo es su reproducción, pero aún existen vacíos importantes de conocimiento que estamos intentando
llenar”, continúa Maldonado, quien en 2012, cuando regresó de su doctorado en Brasil e ingresó como profesor a la Pontificia Universidad Javeriana, recibió aprobación de la Vicerrectoría de Investigación para iniciar dos investigaciones sobre la especie.

Él es el primero en señalar una absurda ironía: su nombre (en muisca, ‘pez blanco’) contrasta con el presente de un río muerto, de aguas estancadas, receptor de todos los desechos de una cultura que trata a los afluentes como vía de escape para los remanentes de su progreso.

Producción de conocimiento

Como parte de uno de los proyectos adelantados, que busca establecer la diversidad genética de la especie, se desarrolló un estudio taxonómico y morfológico comparado de individuos originarios de la Sabana de Bogotá, la Laguna de La Cocha (Nariño) y las Lagunas de El Voladero (Ecuador).

El equipo publicó un artículo donde se presenta el genoma mitocondrial de la guapucha y espera publicar en 2016 resultados adicionales sobre la diversidad genética y estado de las poblaciones de la especie.

El segundo trabajo científico, que cerró su fase de investigación el pasado mes de febrero de 2016, estudia y analiza el efecto de residuos químicos y metales pesados sobre las poblaciones de guapuchas.

Profesores y estudiantes han realizado el mismo procedimiento en sus investigaciones de campo: entrar al agua, tomar muestras, colectar especímenes para estudio, preservarlos en alcohol o etanol (algunos los mantienen con vida para realizar bioensayos), diseccionarlos en el laboratorio y analizar sus órganos. “En un día alcanzamos a colectar en dos o tres puntos; a veces pasamos noches enteras analizando y organizando todo el material”, comenta Maldonado.

Los investigadores esperan publicar sus resultados definitivos en 2017, pero los hallazgos preliminares son preocupantes. Las guapuchas recolectadas en varios puntos de la cuenca del río Bogotá (además de Tominé, Tibitoc, el río Subachoque y la quebrada Susana) muestran afectación de órganos como el hígado, las branquias, los músculos y las aletas.

Su suerte no es muy diferente de los especímenes colectados en la cuenca de la laguna de Fúquene (en los ríos Lenguazaque y Ubaté), pues sufren por los residuos que la industria lechera arroja a los afluentes.

Otra realidad preocupante quedó consignada en el trabajo que determinó el efecto del endosulfán sobre la especie. Este es un pesticida prohibido por la ley, pero que se vende de forma clandestina, y es utilizado en actividades agrícolas en el altiplano. Los resultados del trabajo muestran que existe un efecto en la movilidad, comportamiento y consecuencias a nivel neurológico, lo que puede estar afectando a la especie en el río.

“Nuestro objetivo final es poder transmitir todos los resultados obtenidos a través de los proyectos de investigación a las autoridades e instituciones competentes para que sirvan de insumos en el diseño e implementación de un plan de manejo de la especie”, concluye Maldonado. Su trabajo ha llamado la atención de instituciones como la Autoridad Nacional Pesquera, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, el Instituto Humboldt y la Fundación Humedales, los cuales han facilitado desde recursos hasta acceso a información estadística para que las investigaciones lleguen a feliz puerto.

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Tomates eternamente jóvenes

Tomates eternamente jóvenes

Envejecer no es un problema solo de vanidad. Evitar el verse y sentirse viejo y arrugado ha llevado a la ciencia a recorrer caminos interesantes y algo controvertidos. Sin embargo, cuando se trata de verduras o frutas, las preocupaciones son otras: el envejecimiento en este caso implica pensar no solo en la pudrición, sino además en los evidentes cambios del sabor, color, textura y olor, que generan gastos a los comerciantes y un sentimiento de culpa a los consumidores por “no habérselo comido antes de que se dañara”.

La historia que viene a continuación es catalogada por sus investigadores como un “azar del destino”. Se presentó cuando las condiciones del medio, el tiempo y la observación llevaron a que el agrónomo y profesor de la Pontificia Universidad Javeriana Gerardo Moreno encontrara que un hongo restringía el proceso de envejecimiento y pudrición de la uchuva. Por esas situaciones que suceden de manera eventual en el mundo de la ciencia, conocidas como serendipias, el profesor Moreno notó que estas frutas, en contacto con unas levaduras, envejecían más lentamente que las que tenía habitualmente en su casa. Ya que la uchuva no era una fruta de alto impacto económico —como sí lo era el tomate—, y debido que los dos contaban con un alto contenido de agua en su interior y una piel o cutícula similares, resolvió tratar de entender cómo preservar tomates por mayor tiempo y en buenas condiciones. Así, un día decidió dejar en su oficina un tomate que al cabo de tres semanas ni se pudría ni perdía su color. Después de observarlo por varias semanas, resolvió abrirlo y tratar de aislar los microorganismos que se encontraban en su interior. Encontró una levadura llamada Candida guilliermondii.

Las preguntas que se hizo entonces el profesor Moreno fueron: ¿es este microorganismo el que lleva a evitar el envejecimiento y la pudrición del tomate? ¿Cuál fue la interacción de la levadura con el tomate para que este se preservara? El físico Alfonso Leyva y la estudiante de doctorado Pilar Infante buscaron la respuesta utilizando herramientas como la microscopía óptica, la microscopía de fuerza atómica y la imagenología de resonancia magnética (RMI). Para conocer cómo había ingresado la levadura en el fruto sin necesidad de ser inyectada, cortaron segmentos de tomate con piel o cutícula (ver imagen), los pusieron en una caja de Petri con medio de cultivo para hongos y colocaron una gota del hongo sobre la piel del tomate. Con el microscopio óptico tradicional observaron cómo la levadura fue colonizando el fruto, atravesó el epitelio y llegó al pericarpio de forma espontánea, sin necesidad de hacer cortes en la piel, e incluso sin causarle lesiones. La levadura continuó su viaje por los espacios intercelulares sin llegar al tejido placentario ni penetrar el interior de las células.

Tomates sin arrugas

Una vez comprobaron el ingreso del hongo en el tomate, investigaron la reacción del fruto ante la presencia del microorganismo. Para esto, rociaron de nuevo unos tomates con la solución salina que contenía la levadura, y otros, que actuaron como grupo control, con solución salina sin la levadura. Luego de 25 días de haber dejado el fruto a temperatura ambiente, se puso bajo un microscopio de fuerza atómica, aparato con el cual se puede estudiar la textura.

Después de cinco horas de haber iniciado el experimento (luego de poner el tomate en contacto con la levadura o solo con la solución salina) los científicos evidenciaron rugosidad en su superficie. Esto significaba que la piel se empezaba a ver arrugada y con vértices donde se pueden depositar los microorganismos que contribuyen con su pudrición. Sin embargo, 72 horas más tarde, en los tomates expuestos a la levadura las arrugas habían disminuido o eventualmente desaparecido, respecto al grupo control, y la cutícula se encontraba lisa y sin rugosidad.

En este punto del experimento ya se podía concluir que la levadura disminuía la característica de ‘arrugamiento’ propio de la vejez del tomate. La ausencia de espacios rugosos dificulta el depósito de microorganismos patógenos en la superficie de la fruta, con lo cual disminuyen las posibilidades de pudrición. Hacía falta entender por qué la fruta no se arrugaba. Fue por esto que los investigadores resolvieron llevar el tomate a estudios de imagenología mediante un aparato de resonancia magnética, herramienta muy utilizada en el diagnóstico de problemas en humanos, con la cual lograron visualizar su interior, sin dañar el tomate, y estudiar el comportamiento del agua dentro del fruto.

El secreto puede estar en el agua

Aprovechando la alta resolución del RMI, visualizaron el tomate completo durante los 21 días del experimento, lo que les permitió describir anatómicamente el fruto e identificar cambios en sus dimensiones, mediante dos estudios que demuestran el comportamiento del agua. Uno de ellos es el análisis de la densidad de protones, que determina las variaciones en la cantidad y en la distribución del agua en el interior del fruto. El otro es un estudio de difusión para mostrar el movimiento del líquido en su interior, en el cual observaron que el pericarpio se mantenía con un buen diámetro y sin rugosidad, con el agua uniforme y correctamente distribuida tanto en el pericarpio como en el tejido placentario y que esta se movía o difundía libremente en los espacios del tomate, aunque en menor medida en el pericarpio que en la placenta. Así, comprobaron que el tomate permanecía estable, sin arrugas y que en su interior el agua mantenía su cantidad y movilidad como en un fruto joven.

Varias son las preguntas que aún están en la mesa de la investigación: ¿qué pasa si consumimos este tomate, aunque sepamos que esta levadura no enferma al ser humano? ¿Será que, en un futuro cercano, los jabones para lavarnos la cara vendrán ya acompañados por esta Cándida o sus productos metabólicos? Y con eso podríamos decir ¡ciao al botox!

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Pistas para la alta productividad en fincas pequeñas

Pistas para la alta productividad en fincas pequeñas

A lo lejos se divisa Belén de Umbría, sobre una ladera risaraldense, donde la cordillera comienza a perderse en una selva que morirá en el océano Pacífico. Aparentemente un municipio cafetero, como tantos. Sin embargo, un zoom sobre el antiguo territorio de los umbras, en un entorno semejante a un pesebre –circunstancias que confluyeron en el nombre, Belén de Umbría– permite asegurar que no es un pueblo cafetero más: no solo porque es el principal productor del departamento y el décimo a nivel nacional, sino porque los caficultores de la zona han sabido adaptarse a desafíos tan ‘bravos’ como la crisis del mercado de los años noventa del siglo pasado y la variabilidad climática, al punto que, para 2012, la producción se mantuvo entre seis mil y siete mil hectáreas sembradas y cosechadas.

En este municipio, Jaime Forero Álvarez, profesor titular del Doctorado en Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, y su estudiante, Ligia María Arias Giraldo, investigan la producción cafetera colombiana. ¿Qué han hecho los caficultores de Belén de Umbría para adaptarse a cambios tan drásticos?, se preguntaron al iniciar el proyecto Adaptación de productores agropecuarios a cambios en las condiciones del mercado y a la variabilidad climática con énfasis en caficultores, el más reciente trabajo de un conjunto dirigido por Forero y la socióloga y profesora titular Elcy Corrales, alrededor de los sistemas de producción cafeteros y su viabilidad.

Una aproximación diferente

El actual equipo seleccionó a Belén de Umbría luego de años de estudio en diversas regiones del país, como Supía y Riosucio en Caldas, Restrepo y Buga en el Valle del Cauca y Ciudad Bolívar en el suroeste antioqueño. Tras advertir que no se trata de una muestra representativa en estricto sentido, pero resaltando el carácter aleatorio de la elección de este municipio, Forero y Arias señalan el aporte de la investigación a la comprensión de la caficultura colombiana y su valor como insumo para el diseño de políticas. Según Forero, “tenemos indicios muy fuertes para pensar que las estrategias de Belén de Umbría se pueden aplicar a buena parte de la Colombia cafetera”.

Por su parte, Ligia Arias sostiene: “estoy convencida de la fidelidad de los datos que se obtienen cuando se trabaja cara a cara con el productor (…). Por eso optamos por disminuir la muestra estadística formal, en favor de datos más confiables y mayor profundidad”.

La investigación comprende un levantamiento del sistema de producción actual para observar su evolución desde 1980, lo cual podrá correlacionarse con los momentos de cambio en los precios del mercado del café y de las condiciones climáticas. En breve se iniciará el censo de los cafeteros en siete veredas de Belén de Umbría, lo que permitirá escoger algunos para desarrollar estudios de caso en profundidad.

¿Qué han hecho los cafeteros de Belén de Umbría?

Ante la situación adversa en materia de precios del grano, los belumbrenses han evadido ciertas decisiones, como vender sus fincas, cambiar de cultivo totalmente o pasar a la producción ganadera sin dejar un cafeto en pie. Así, una encuesta inicial arroja la primera conclusión importante: que los caficultores pequeños, medianos y grandes son muy efi-cientes, una de cuyas estrategias fundamentales es la alternancia con cultivos como el plátano.

Estas estrategias no están lejos de lo encontrado en las investigaciones anteriores mencionadas: los productores cafeteros de Caldas y el Valle del Cauca intensifican cultivos complementarios como el plátano, el fríjol o el maíz, y alternan la caficultura con producción pecuaria intensiva a pequeña escala. En terrenos reducidos crían cerdos o aves y cultivan forrajes, sin quitarle espacio a los cafetales. Son modos de producción que tienden a reducir la utilización de agroquímicos y a aumentar las interacciones entre los diferentes componentes de la finca, que además dan espacio a la creatividad del agricultor. Para esto, han contado con el apoyo de la Federación Nacional de Cafeteros y otras instituciones: “Se forma un gran laboratorio con los agrónomos y con los técnicos. Se construye un capital social muy valioso”, dice el investigador.

Eficiencia y dimensión de la finca

En investigaciones anteriores se confirmó la eficiencia económica de los sistemas de producción cafeteros que muchas veces se llevan a cabo en fincas minúsculas: “se soluciona parcialmente el problema de escasez de la tierra y se la remplaza con inversión en capital relativamente modesta, de tal manera que se pueden incrementar significativamente sus ingresos mediante la intensificación del café y la diversificación de la producción, con actividades tanto agrícolas como pecuarias”, continúan Forero y Arias.

Los investigadores agregan que, en el caso de espacios muy reducidos, se puede ser eficiente económicamente y obtener una alta rentabilidad, pero las limitaciones en el tamaño de sus parcelas pueden impedirles obtener ingresos suficientes para salir de la pobreza.

En extensiones menores de dos hectáreas, a pesar de tener un sistema eficiente, un agricultor no alcanza a producir los ingresos para ‘salir de pobre’ y se ve obligado a rebuscar otras entradas en trabajos precarios. Sin embargo, con un poco más de tierra, haciendo énfasis en las estrategias de productividad, el campesino puede vivir de su finca y darle trabajo a otros. “Esto lo constatamos en numerosos casos de pequeños productores cafeteros ubicados en Riosucio y Supía, Caldas”, dicen.

Así, las estrategias de los caficultores para afrontar las crisis originadas en el clima o en el mercado, se han basado en la disminución de los costos monetarios mediante la sustitución de trabajo contratado y de insumos comprados. De acuerdo con Forero, “el mejor indicador de la viabilidad económica para los sistemas de producción familiares es la remuneración de la mano de obra: cuando la familia, por cada día de trabajo en su propia finca, obtiene un ingreso superior al que recibiría trabajando en otra parte, el sistema resulta viable en términos económicos, porque la remuneración dentro del sistema sobrepasa el costo de oportunidad de la mano de obra, y esto es efectivamente lo que sucede en todos los casos estudiados”, explica el investigador.

Una opción efectiva para las fincas pequeñas es la producción de cafés especiales (orgánicos, amigables con la naturaleza, de origen, gourmet, etc.), que constituye alrededor del 20% de la producción de café en Colombia, cotizada a precios más altos que los del café corriente.

Se trata de escenarios productivos que se adaptan para sostenerse en el tiempo, no solo desde la perspectiva económica, sino social y cultural, pues ofrecen soluciones para reforzar el tejido social, y mantienen tradiciones y conocimientos ancestrales reelaborados con la oferta tecnológica y el conocimiento actual disponibles, así como en un café de la plaza de Belén de Umbría se sigue oyendo a Carlos Gardel en versión digitalizada, reproducida por el computador del cantinero. Con el surgimiento de los cultivos dirigidos a producir cafés especiales, se implementan tecnologías que reducen el impacto sobre los ecosistemas.

Los estudios llaman la atención sobre la existencia, en América Latina, de un ‘capitalismo rural’ —diferente del ‘capitalismo agrario’ convencional—, en el que la empresa familiar coexiste y tiene relaciones funcionales con la empresa capitalista a través de una intensa circulación tanto de trabajo como de tierra y capital. Por el contrario, en el ‘capitalismo agrario’ se homogeneiza el paisaje socioproductivo, con la consecuente expulsión de los productores familiares. “Se podría decir que este capitalismo rural es la base productiva del paisaje cafetero, hoy en día considerado patrimonio cultural de la humanidad”, dice Forero.

Un mito que se viene abajo

Además, ‘de carambola’, como se diría en cualquier billar del eje cafetero, esta serie de investigaciones controvierte uno de los mitos más arraigados en Latinoamérica, aquel según el cual la agricultura familiar no da para vivir. De acuerdo con Forero, esta idea “es resultado de la especulación o del uso de datos muy precarios (…). Podemos asegurar que la agricultura familiar es viable, no solo en las áreas cafeteras, sino en otras partes del país”.

Son hallazgos científicos que reivindican, en un momento decisivo para el agro colombiano, el protagonismo social y económico del campo y de los campesinos, desdibujado por un ‘capitalismo salvaje’ que se ha querido imponer. Por ello es trascendental el rescate de actividades y modos de hacer específicos, alrededor de asuntos en los que ‘nos va la vida’, como la producción de comida y la defensa de los recursos naturales.


Para saber más:
  • » Forero Álvarez, J. y Corrales, E. (2007). La reconstrucción de los sistemas de producción campesinos. El caso de ASPROINCA en Riosucio y Supía. Bogotá: Swissaid, Pontificia Universidad Javeriana, Colciencias, Asproinca.
  • » Forero Álvarez, J. (2010). Colombian family farmers, adaptations to new conditions in the world coffee market. Latin American perspectives, 37(2) (V. J. Furio, Trad.).
  • » Forero Álvarez, J. (2012). Estrategias adaptativas de la caficultura colombiana. En: Samper y Topik (Eds.). Crisis y transformaciones del mundo del café. Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana.

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Dantas: la historia de una hermana perdida

Dantas: la historia de una hermana perdida

Estudiar genéticamente dantas o tapires no es tan común como hacerlo con monos, osos, delfines, pumas o jaguares, quizá porque no tienen una apariencia seductora. Con todos ellos ha trabajado el biólogo Manuel Ruiz-García, PhD en genética de poblaciones, para tratar de descifrar lo que podríamos llamar la genealogía de estos animales: ¿quiénes fueron sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos?; ¿de dónde provienen?; ¿por qué llegaron al lugar donde se radicaron?, y ¿cómo han evolucionado?
Los tapires son mamíferos vegetarianos, emparentados con los caballos y los rinocerontes, pero de menor tamaño. Son excelentes nadadores. Tienen un cuerpo sólido, un olfato muy sensible y un hocico alargado que utilizan para conseguir su alimento. Los llaman los ‘arquitectos de la selva’ por ser eficientes dispersores de semillas y porque van arrasando la maleza y abriendo avenidas naturales por donde pasan. Como dice el poeta Antonio Machado, “Hacen camino al andar”.

A raíz del anuncio del descubrimiento de una nueva especie de tapires por parte de un grupo de científicos con sede en Brasil, Ruiz-García volvió sobre sus notas, sus investigaciones y sus artículos científicos porque, desde que leyó el artículo publicado en el Journal of Mammalogy, le llamaron la atención varias de las afirmaciones que allí encontró. A partir de ese momento, pero sin descuidar otros trabajos que adelanta con su grupo de investigación, ha concentrado buena parte de su quehacer científico en refutar ese descubrimiento con base en diferentes técnicas, entre ellas, análisis de ADN de las muestras que ha recolectado desde 2006: pelo, dientes, sangre, pedazos de hueso y trozos de piel y músculo.

Lo que se sabía

La literatura científica habla de tres especies de tapires en América Latina. El primero es el andino o danta de montaña (Tapirus pinchaque), que es el más pequeño y solo se encuentra en Colombia, Ecuador y en la parte norte de Perú; su distribución geográfica es restringida y algunos lo consideran en vía de extinción. El segundo es el centroamericano (Tapirus bairdii); es el que tiene mayor tamaño, vive en México, Centroamérica y se lo puede ver también en el Pacífico colombiano. El último es el tapir de tierras bajas, sachavaca o anta (Tapirus terrestris), que se encuentra desde el norte de Colombia hasta el norte de Argentina y Paraguay.

Dada la colección de muestras que Ruiz-García había logrado reunir en sus viajes por el Amazonas peruano, brasileño, ecuatoriano, boliviano y colombiano, inició en 2007 los estudios, principalmente del T. terrestris, en colaboración con Benoit de Thoisy, del Instituto Pasteur en la Guayana Francesa. “En ese primer estudio (2010) se detectan cuatro linajes genéticos diferentes, pero que están entremezclados en las mismas áreas”, explica Ruiz-García. “En la Amazonia colombiana encontramos los cuatro linajes. En la Amazonia occidental se hallan las poblaciones de tapires con mayor diversidad genética, lo que puede considerarse como el punto de inicio de diversificación de la especie”.

El segundo estudio (2012) incluye también las especies T. pinchaque y T. bairdii. Fueron analizadas 201 muestras, principalmente del T. terrestris (141), y 30 de cada una de las otras dos, recolectadas en Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Guayanas, Paraguay y Argentina, así como en zoológicos de España y Estados Unidos. Esto se hizo para conocer la distribución geográfica de los tapires y, con base en estudios de secuencias del ADN, generar teorías sobre el origen de las tres especies del continente americano, desde México hasta el norte de Argentina.

Cabe señalar que, como es común en la dinámica de la investigación científica, Ruiz-García había compartido parte de las muestras, tanto con de Thoisy como con los investigadores brasileros.

Lo que se reportó como descubrimiento

En 2013 la Universidad Federal de Minas Gerais en Brasil reportó una nueva especie de danta, a la que sus investigadores denominaron Tapirus ‘kabomani’. El autor principal es el paleontólogo argentino Mario Cozzuol y uno de los coautores es de Thoisy. La danta es descrita como la de menor tamaño, con pelo más oscuro y frente más amplia.

Desde el punto de vista craneométrico, hacen énfasis en dos aspectos: T. ‘kabomani’ presenta una sutura frontoparietal mucho más al frente que la del T. terrestris; la otra diferencia es que, en el T. ‘kabomani’, la región de la frente detrás de los huesos nasales es mucho más ancha. El texto incluye una fotografía para mostrar esas características.

Desde el punto de vista molecular, los análisis que realizaron con base en tres genes de las mitocondrias sitúan al T. ‘kabomani’ como una especie genéticamente distante del T. bairdii, aunque menos del T. terrestris y del T. pinchaque.

Lo que refuta Ruiz-García

Desde entonces, Ruiz-García, uno de los investigadores con más muestras de tapires en Latinoamérica, ha publicado un artículo en la revista inglesa Mitochondrial DNA, otro fue aceptado en la revista norteamericana Journal of Heredity y escribió un capítulo para un libro que publicará la editorial Nova Science Publisher de Nueva York. En estos textos demuestra, desde el punto de vista morfológico y molecular, que no se trata de una especie nueva.

Un primer argumento que aduce se sustenta en la definición de especie del biólogo evolutivo alemán Ernst Mayr: se trata de un grupo natural de individuos que pueden cruzarse entre sí, pero que están aislados reproductivamente de otros grupos afines, lo que no puede aplicarse a organismos fósiles –porque no hay manera de conocer si cuando estaban vivos podían cruzarse–. De esta manera, los cráneos no podrían evidenciar por sí solos las dos especies. Es más –continúa Ruiz-García­, quien en el último año ha medido alrededor de 180 cráneos de tapires de toda Latinoamérica–, cuando los tapires son jóvenes, o se han quedado pequeños por problemas de alimentación, tienen mayor variación en esos dos puntos del cráneo en los que los investigadores ven las diferencias, con respecto a los individuos que se han desarrollado normalmente. “Responde entonces a variación ontogénica, [es decir], en el desarrollo de los cráneos de tapires de jóvenes a adultos”. Ruiz-García lo explica con el siguiente ejemplo: el cráneo de un pigmeo africano es muy diferente al de un sueco, pero eso no significa que no puedan cruzarse y que los híbridos no sean viables.

Por otro lado, los investigadores que están en Brasil afirman que el T. ‘kabomani’ vive en todo el Amazonas. Esto significaría “que no hay ninguna barrera geográfica que separe a los T. ‘kabomani’ de los T. terrestris, lo cual conlleva que se pueden cruzar sin ningún problema; por lo tanto, no son dos especies diferentes: según la definición de especie biológica de Mayr”, explica Ruiz-García.

El investigador remata diciendo que las tres especies conocidas en Latinoamérica son cromosómicamente diferentes “el T. bairdii sí se puede encontrar con el Terrestris en el Chocó, pero no se ha visto jamás este cruce entre ellos”.

Desde el punto de vista molecular, el argumento de Ruiz-García se fundamenta en un análisis que implicó 250 muestras de las tres especies de tapires, así como un mayor número de genes: 15 en total. Al analizarlas en el laboratorio, en el nuevo árbol filogenético los T. ‘kabomani’ y los T. terrestris quedan agrupados. De hecho, los T. ‘kabomani’ forman un linaje dentro de los T. terrestris. Otro hallazgo importante del estudio de Ruiz-García es que muestra que no existe correlación entre los resultados moleculares y la morfología de los tapires. “Al ampliar la muestra vemos que puede haber animales pequeños y oscuros, que no tienen las características moleculares de T. ‘kabomani’ que ellos han encontrado, y también animales muy grandes que ellos jamás habrían clasificado como la nueva especie, pero que molecularmente sí tienen las mismas características de lo que ellos llaman T. ‘kabomani’”. Con ello, Ruiz-García señala que un estudio de los cromosomas hubiera sido clave para observar alguna posible incompatibilidad reproductiva entre los T. ‘kabomani’ y los T. terrestris.

Estudios posteriores de Ruiz-García y sus colaboradores han reportado seis grupos diferentes de T. terrestris, y uno de ellos correspondería al T. ‘kabomani’. Así que no es que no exista, sino que se trata de un linaje incluido dentro del T. terrestris.

La ciencia es así

Ruiz-García se ha concentrado en investigar tapires y publicar para demostrar que el grupo brasileño está equivocado. “Eso es lo bueno de las polémicas en ciencia; si ellos no hubieran publicado el artículo, yo habría seguido trabajando en los tapires, pero más relajadito”, confiesa.

Y así como Ruíz-García ha conseguido en los últimos meses algunas muestras de tapires de tamaño pequeño procedentes de Bolivia para contribuir más en esta polémica científica, los investigadores de Minas Gerais también colectan más muestras para confirmar su descubrimiento.

“No puedo demostrar que no existen nuevas especies de tapires. Lo que sí puedo demostrar es que los argumentos que utilizan ellos para definir una nueva especie son incorrectos”, concluye el genetista javeriano.


Para saber más:

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