La enfermería: un jardín de rosas

La enfermería: un jardín de rosas

Julieta lleva más de cinco años trabajando en una Unidad de Cuidados Intensivos. Su trayectoria como enfermera la ha llevado a administrar con frecuencia fentanilo, un medicamento para tratar el dolor en pacientes con cáncer. Un día, al llegar a turno, se encuentra con una situación que le llama la atención: un paciente que lleva varios días hospitalizado, recibe una dosis elevada de dicho medicamento. Julieta se lo comenta al médico intensivista que está a cargo para que tome medidas al respecto, sin embargo, para su sorpresa, la respuesta es frustrante, común y poco alentadora:
— Su labor aquí es administrar la dosis, no cuestionarla.

Esta situación es una de las tantas a las que Edilma Marlén Suárez, doctora en Ciencias Sociales y Humanas, está acostumbrada a escuchar en su labor como docente de Ética en la Especialización en Enfermería en Cuidado Crítico y en la de Enfermería Pediátrica, ambas de la Pontificia Universidad Javeriana. Su experiencia de más de 21 años como profesora en enfermería le ha permitido evidenciar los problemas de orden disciplinar y dilemas éticos que se desarrollan en la relación médico – enfermera en ámbitos clínicos.

Edilma, como la llaman sus estudiantes, es profesional en enfermería, especialista en Bioética y máster en Administración en salud y Estudios políticos; aunque su formación ha sido netamente javeriana, su vocación y pasión por la docencia en enfermería, y cómo se ejerce en Colombia, la llevaron a asumir el reto de entender por qué “mientras se les dice a los estudiantes que el profesional de enfermería es autónomo y que no es la mano derecha del médico, en la vida práctica las enfermeras mantienen una actitud de reverencia y sumisión a él, que es observada y reproducida por los estudiantes”.

De acuerdo con datos de la Asociación Nacional de Enfermeras de Colombia (ANEC), el 40% de las profesionales no tiene vivienda propia, el 55% tiene personas a cargo y un 27% corresponde a mujeres cabeza de hogar. Estas cifras fueron fundamentales para esta amante de la política, porque con ellas argumentó la precariedad en el ejercicio profesional de la enfermería y ratificó que la imposición de una serie de teorías, modelos y paradigmas en los programas académicos son poco efectivos, ya que están pensados para un sistema de salud diferente al colombiano.

Debido a esta situación, en 2015 Edilma le apuntó, a través de su investigación doctoral, a argumentar que en la formación universitaria en enfermería existe un currículo oculto, uno de género, del cual la población no es consciente y tiene efectos en el ejercicio el profesional.

“Mi meta con este trabajo es denunciar una realidad histórica en la enfermería, que he vivido y desde la cual no asumo una posición de neutralidad; lo que busco es desnaturalizar y problematizar la subjetividad imperante en la enfermería como única verdad”, menciona.


La búsqueda de respuestas

El primer paso en su trabajo investigativo consistió en estudiar las formas de gubernamentalidad, en un programa universitario de enfermería, entre las décadas de 1950 y 1960. Es decir, conocer cuáles son las ideologías políticas que han incidido en la conducta de las personas para entender cómo se han construido las relaciones de poder y moldeado a las enfermeras como sujetos trabajadores, heterónomos, sumisos y subordinados.

Edilma, quien también es amante del origami, recuerda que lo primero que hizo fue un trabajo netamente de registro, de recolección de documentos, fichas técnicas y contextualización teórica. Visitó el archivo de la Facultad de Enfermería de la Javeriana y el Archivo Histórico de la misma institución; examinó información en periódicos como El Tiempo y El Espectador, y exploró textos sobre la historia de la salud pública, la enfermería y las mujeres en Colombia.

Entrevistó a cuatro mujeres del programa de formación en enfermería entre 1950 y 1960, mujeres que actualmente tienen entre 70 y 85 años, con la intención de enriquecer su investigación y cotejar sus respuestas con los eventos históricos que halló en la documentación. Edilma hizo una depuración y sistematización de la información, con lo cual problematizó su tema de estudio: la enfermera como sujeto trabajador.

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Una cadena de pistas

Su inquietud, perseverancia y desdén por los problemas disciplinares de su profesión la llevó a encontrar las relaciones de poder creadas en la formación de las jóvenes enfermeras. Por ejemplo, la influencia del comportamiento social conservador del siglo XIX en las prácticas de las mujeres y la familia, particularmente en lo relacionado con los valores católicos coloniales; este ideal también se afianzó con la estructura patriarcal de la época, responsable de que las mujeres solo pudieran recibir formación universitaria en carreras consideradas propias de su género: culinaria, recreación, práctica de campo de enfermería, cosmetología e industria artesanal. De hecho, fue hasta el 10 de diciembre de 1934 cuando se presentó al Congreso de la República un proyecto de ley para solicitar el derecho de las mujeres a la educación universitaria.

Las normas impartidas por textos como el Manual de urbanidad y buenas maneras, de Manuel Antonio Carreño, ratificó el modelo patriarcal. De hecho, este documento “marcó un hito muy importante porque indicó la separación de clases”, reconoce Edilma, ya que “había mujeres pobres, a quienes la formación y la educación les servía para hacer las actividades domésticas, por lo tanto no debían ceñirse a este manual, mientras que aquellas de clases medias y altas eran quienes recibían la educación basada en este tipo de cartillas y en la economía doméstica, la culinaria y manualidades”.

La responsabilidad por el cuidado de los otros y de la familia también fue un discurso de poder inculcado en las mujeres con el argumento de que así contribuían con la felicidad del hogar. No en vano, la Escuela de Comadronas y Enfermeras, que en 1937 pasó a ser la Escuela Nacional de Enfermeras, se articuló con el modelo de formación técnica. En esta misma vía, la Pontificia Universidad Javeriana abrió la Escuela de Economía Social y Enfermería en 1941.

Adicionalmente, la femineidad, el servicio al prójimo, la abnegación, la valentía, la generosidad y el espíritu de sacrificio como perfil de quienes querían ingresar a la academia para formarse en enfermería, y la influencia del modelo pedagógico y programa académico estadounidense, fueron los insumos para que Edilma encontrara los saberes históricos insertados en sus estudiantes y el porqué de la dificultad en el relacionamiento con los médicos en ambientes laborales.

La institucionalización de la salud en el país durante el crecimiento del capitalismo estadounidense hizo que la formación en enfermería pasara de ser un programa clínico e instrumental a recibir una formación centrada en el conocimiento administrativo hospitalario. De esta manera, las profesionales estarían en la capacidad de asumir responsabilidades organizacionales en tanto los médicos asumían su rol científico. A esto, cabe añadir que la conformación de gremios, como el Comité de Expertos en Enfermería de la Organización Mundial de la Salud, el Comité Permanente de Enfermería en el Ministerio de Salud, y de la creación de la Asociación Colombiana de Facultades de Enfermería, por mencionar algunas instituciones, afirmó el modelo de gubernamentalidad planteado al inicio de la investigación.

“Cuando vi el fin de la gubernamentalidad en la conducta de las mujeres, encontré que las instituciones se encargaron de normalizar a las enfermeras, de  homogeneizar sus conocimientos, haceres y saberes, y a la vez las motivó a trabajar desde el cuidado al otro para que los trabajadores se enfermaran menos y fueran más productivos. Este es el fin económico que ha preservado”, asegura Edilma.

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En ese sentido, cabe preguntarse por qué, a pesar de que más del 50% del personal de salud corresponde a enfermeros y enfermeras, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), su escasez aún supera los 800.000 puestos de trabajo. ¿Se debe a la falta de regulación en los salarios? ¿A las dificultades en la movilidad y migración de las enfermeras? O, siguiendo la línea de la docente javeriana, ¿a los ambientes de trabajo inadecuados?

Julio Cesar Castellanos Ramírez, director general del Hospital Universitario San Ignacio, señala que su percepción sobre la relación médico-enfermera en un ambiente laboral clínico es “subordinada, aunque en algunos pocos servicios muy especializados se acerca a una relación de pares”.

Por el momento, esta preocupación no solo atañe a la OPS, también es un motivo para considerar la línea divisoria entre las funciones de las enfermeras y los médicos, ya que no solo corresponde a normas y leyes institucionales sino también a prácticas culturales arraigadas en las mujeres y al orden patriarcal establecido con los años.

A una tradición de los valores femeninos relacionados con la docilidad y el silencio, a prácticas de sumisión y cordialidad asumidas por las jóvenes de las clases altas, quienes tenían la posibilidad de acceder a la educación, y a un grupo selecto mujeres que, tanto a mediados del siglo pasado como ahora, se han emancipado con la decisión de ingresar a la universidad y ejercer un rol consciente de su profesión.

Es decir, un jardín de rosas que, así como en el pasado era sembrado tradicionalmente frente al edificio de la Facultad de Enfermería de la época (Ed. Cataluña) en alusión a la alegría, belleza, modestia y elegancia con la que las enfermeras graduadas consagraban su vida a la ciencia y la salud pública, ahora, al mismo jardín le crecen espinos por las inconformidades de las rosas al ejercer su profesión.

 


INVESTIGACIÓN: Gubernamentalidad en la formación universitaria en enfermería en Bogotá, durante las décadas de 1950 y 1960. El jardín de rosas.
INVESTIGACIÓN: Edilma Marlén Suárez
AÑO: 2015-2019

Claudia Marcela López Burbano: “La investigación me permite transformar realidades”

Claudia Marcela López Burbano: “La investigación me permite transformar realidades”

Los pacientes que sufren de enfermedades genéticas necesitan mucha atención”, dice Claudia Marcela López Burbano con un gesto de preocupación, pero con la seguridad que la caracteriza. “Acompañarlos en su proceso y ofrecerles una mejor calidad de vida es lo que me mueve”.

Y es que el servicio y la compasión por los demás han sido su motivación desde niña, actitudes que aprendió de su padre, un comprometido amante y defensor de los animales. “Mi padre siempre ha sentido un amor profundo por todas las clases de animales, es algo que admiro profundamente. Desde los sapos que a veces invaden nuestra casa, pasando por las zarigüeyas que nos visitan de noche, hasta los cinco perros con los que actualmente vivimos”, cuenta, sonriente, esta joven médica.

Justamente de este respeto por la vida en todas sus formas surgió la necesidad de hacer de aquel sentimiento una profesión, un estilo de vida. Y fue en la medicina donde Claudia Marcela encontró una posibilidad para hacerlo.

Aunque sus padres no tenían nada que ver con la medicina ―abogado él, ella ingeniera de sistemas―, y pese a que sus amigos estaban convencidos de que estudiaría alguna ingeniería, ya que era muy buena en matemáticas, la pasión de esta joven payanesa por servir a los demás desde la salud no les dio lugar a sus predicciones.

“Siempre me gustó la medicina por el contacto directo que tienes con las personas; cuando empiezas a ir a los hospitales, te das cuenta de que muchas veces los pacientes van porque necesitan que alguien los escuche, necesitan sentirse valorados, y eso me llena”.

Durante su paso por la Universidad Javeriana Cali, decidió un día vincularse al Semillero de Innovadores en Salud (Issem), hecho que le dio un nuevo rumbo a su vida: el de la investigación. Ahí conoció a la profesora y genetista Paula Margarita Hurtado, quien ha sido su mentora desde entonces y con la que inició su trabajo en la línea de genética y enfermedades huérfanas.

“Ella es una estudiante muy inquieta”, la describe Hurtado, “no se queda con lo que enseñamos en clase. Fue muy interesante ver cómo desde que se vinculó al semillero asumió su liderato de manera espontanea; estos son espacios muy autónomos y la voluntad de estudiantes como ella marca la diferencia”.

Claudia Marcela quiere explorar hasta lo más profundo de su profesión. “Hacer visible lo invisible”, dice, tomando la frase de la organización World Birth Defects Day. “Existen enfermedades que afectan a un grupo muy reducido de personas, pacientes que no se visibilizan ni en la comunidad ni en el sistema de salud, y es necesario cambiar esta realidad”, señala en tono categórico, con una expresión de inconformidad que es difícil dejar pasar.

En febrero de 2018, esta joven médica, de aspecto amable pero de carácter firme, inició su año rural en investigación: “Creo que investigar te hace mejor médico, te da la capacidad de identificar problemas y estructurar soluciones, transformando el enfoque clínico de tus pacientes. Es una oportunidad de lograr gran impacto mediante acciones pequeñas”.

Gracias al trabajo con su profesora de genética y ahora jefa, descubrió el aspecto humano de este campo, las grandes necesidades de las personas que sufren estas enfermedades y de su entorno: se trata de familias que carecen de información sobre qué hacer para mejorar la calidad de vida de estos pacientes; sufren de ansiedad y en muchos casos no cuentan con los recursos necesarios para adelantar un tratamiento. “Nosotros como médicos podemos hacer algo para acompañarlos personalmente en este camino tan difícil”, afirma Claudia Marcela.

Actualmente, se encuentra vinculada al Programa de Vigilancia Epidemiológica y Seguimiento de Defectos Congénitos, dentro del cual visita clínicas para examinar a todos los niños recién nacidos. En este proceso, identifica si existe alguna anomalía o defecto hereditario de carácter estructural funcional. “Los niños pueden nacer con un dedo extra, lo que se denomina como un defecto estructural, o pueden sufrir de ceguera o problemas auditivos, lo que sería un defecto funcional”, explica.

Esta joven investigadora, que sonríe al mencionar que su sueño es tener una gran fundación para animales callejeros, y que disfruta de fotografiar atardeceres, sabe que desde todas las áreas del conocimiento es posible hacer algo para servir a los demás, y no duda que en la genética médica está el camino que seguirá recorriendo para brindar esperanza a aquellos que la necesitan.

Aprender y jugar: cómo lograr diagnósticos de atención en salud divirtiéndose

Aprender y jugar: cómo lograr diagnósticos de atención en salud divirtiéndose

“En un mundo inundado de información irrelevante, la claridad es poder”. Es la primera frase ―que funciona a modo de sentencia― que ha escogido el autor israelí Yuval Noah Harari en su reciente libro 21 lecciones para el siglo XXI. Y desde esta perspectiva se puede iniciar el recorrido por el trabajo de un grupo interdisciplinario de ocho investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana. El objetivo que los convocó fue contribuir al desarrollo de capacidades en los médicos y otros profesionales de la salud que tienen la responsabilidad en Colombia de registrar o codificar los diagnósticos y los problemas de salud que afectan a la población, por medio de una aplicación didáctica móvil.

El reto que afrontó esta investigación no se limitaba solo a resolver un asunto relacionado con el aprendizaje o la memoria. Se trataba de responder una pregunta: ¿cómo registrar un diagnóstico acertado cuando el médico u otro profesional de la salud se enfrenta a una extensa información distribuida en 21 capítulos de patologías del ser humano que se traducen en más de 2.000 categorías de enfermedades y 20.000 códigos alfanuméricos de los posibles diagnósticos de enfermedades y problemas relacionados con la salud?

En 2015 se conformó este grupo interdisciplinario que asumió el desarrollo de una aplicación didáctica móvil, llamada Codifico, con una perspectiva transdisciplinar. Sandra Milena Agudelo-Londoño, experta en gerencia de sistemas de información en salud, lideró este trabajo en compañía de otros siete investigadores provenientes de campos como administración, economía, medicina e ingeniería de sistemas, con la asesoría inicial de una especialista de la Facultad de Educación.


De casos reales a juegos serios

El día de la madre de 2018, un paciente de 91 años llega al servicio de urgencias de una institución de salud mental en Bogotá, acompañado de su esposa e hija, porque sufre síntomas de un trastorno mental. La historia clínica no está en la institución, pero su familia suele llevar una carpeta con los diagnósticos y tratamientos previos, generados por diversos médicos e instituciones.

En un apartado, se lee que presenta insuficiencia cardíaca crónica, insuficiencia renal, hipertensión arterial, enfermedad respiratoria crónica e hipotiroidismo, entre las más relevantes que fueron codificadas. Pero ese día se confirma el diagnóstico de una demencia senil vascular. Y se verifica que el paciente no ha recibido atención y tratamiento integral por sus diversas enfermedades. A los dos meses, este paciente fallece en su casa con varios procedimientos de atención pendientes y otro diagnóstico probable, consignado en otra historia clínica: demencia senil tipo alzhéimer.

Este caso demuestra la importancia de un diagnóstico integral que permita el tratamiento no solo de los síntomas evidentes sino de otras patologías que pudiera tener el paciente. Así, la codificación sistemática de las enfermedades beneficia diagnósticos correctos, la elaboración de una adecuada historia clínica, la formulación acertada de medicamentos y su administración en los diversos niveles del sistema de salud.

Para cumplir con un apropiado registro o codificación, los médicos y otros profesionales de la salud utilizan el sistema denominado Clasificación Internacional de Enfermedades y Problemas Relacionados con la Salud (CIE-10), adoptado por 110 países y traducido a 40 idiomas. En la actualidad, la Organización Mundial de la Salud (OMS) tiene a su cargo su revisión y actualización. En Colombia se implementó su uso obligatorio en el sistema de salud a partir del 2003.

¿Cómo el grupo llegó al desarrollo de una aplicación educativa móvil a partir de los casos reales y cotidianos que tienen rostros en el sistema de salud? En este trayecto, el Hospital Universitario San Ignacio, en Bogotá, que en 2017 atendió más de 171.000 citas, se convirtió en el escenario de esta investigación. El grupo consideró que el paso decisivo era incursionar en los juegos serios como estrategia del aprendizaje de los médicos y otros profesionales de la salud.


Innovar en el aprendizaje: los videojuegos

Los investigadores identificaron alternativas, antes de llegar al diseño de la aplicación móvil Codifico, en el rango de los juegos serios. Como lo precisa Agudelo, esta denominación comprende una aplicación interactiva que tiene el desafío de ser divertida para jugar y que incorpore criterios de aprendizaje. Además, debe comunicar al usuario una habilidad, un conocimiento o una actitud que puedan ser aplicados en el mundo real. La atribución de ser ‘serio’ tiene lugar cuando el juego cuenta con un propósito pedagógico.

La humanidad enfrenta múltiples cambios culturales, sociales y empresariales producidos por la revolución tecnológica. Comprenderlos, aceptarlos y adaptarse a ellos depende en gran medida de la educación y la investigación que pueda generarse en los centros educativos de enseñanza superior.

Iñigo Pradal Aguinaga
Dirección Comercial Iberoamérica, Gestionet

El desarrollo del videojuego Codifico es sencillo pero contundente. En el primer nivel, el jugador se encuentra en espacios de la ciudad, la playa o la selva. Un equipo de tres médicos, que conoce los secretos del sistema internacional de clasificación de enfermedades, va recibiendo a diversos pacientes (por sexo, edad, grado de extensión de la enfermedad y patologías diferentes) que buscan un diagnóstico preciso y, además, obtener un registro de calidad. Al contacto del usuario con la pantalla, los pacientes manifiestan sus signos y síntomas, y son objeto de exámenes y análisis clínicos que le permiten al médico seleccionar, entre tres patologías probables, el diagnóstico certero y su respectivo código CIE-10.

Perder o ganar, vida o muerte, dependen de esta elección. Así como en el mundo real, los profesionales de la salud siguen, en contra del reloj, lógicas múltiples de criterio y de pacientes. Al final, si la elección es correcta, la tensión del juego no se detiene, porque aparecen sucesivos pacientes que demandarán su atención. En el segundo nivel, de mayor complejidad, el jugador debe analizar la evolución de la atención de los pacientes y su historia clínica, simulando el tiempo que estos permanecen en un centro de atención médica.

En la actualidad, la aplicación Codifico se encuentra en las tiendas en línea de Android e iOS, y se ha iniciado una segunda etapa que se convierte en otro reto para la universidad: ingresar a una fase de comercialización de una herramienta tecnológica. Como señala Norma Constanza Moreno Rodríguez, de la Dirección de Innovación, desde la perspectiva de la política de investigación de la universidad, “estos resultados contribuyen a la apropiación y circulación del conocimiento, reconociendo que la retribución redundará en el propio fomento de la investigación que impulsa la institución en la sociedad”.

El desarrollo de una aplicación como Codifico potencia la investigación y la solución a problemas fundamentales de la sociedad, como la salud. Pero el reto podría continuar con el desarrollo de herramientas de inteligencia artificial. En ello coincide con la reflexión de Yuval Noah Harari, cuando señala que las herramientas de inteligencia artificial en ciencias de la salud “podrían proporcionar una atención sanitaria mucho mejor y más barata a miles de millones de personas, en particular a las que normalmente no reciben ningún tipo de atención sanitaria”.


Para leer más:

  • Gorbanev, I., Agudelo-Londoño, S., González, R., Cortes, A., Pomares, A., Delgadillo, V., Muñoz, Ó. A systematic review of serious games in medical education: quality of evidence and pedagogical strategy. Medical Education Online, 2018, 23(1), pp. 1-9.

 


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: APP Codifico. Aplicación didáctica móvil para desarrollar capacidades de codificación diagnóstica CIE-10 en profesionales de medicina y codificadores en salud
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Sandra Milena Agudelo-Londoño
COINVESTIGADORES: Iouri Gorvanev, Rafael A. González, Ariel Cortés, Alexandra Pomares, Vivian Delgadillo, Óscar Muñoz, Francisco J. Yepes
Instituto de Salud Pública, grupo Gerencia y Políticas de Salud
Facultad de Medicina y Hospital Universitario San Ignacio, Departamento de Medicina Interna
Facultad de Ingeniería, grupo de investigación Istar
Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas, Grupo de Estudios sobre Dirección Estratégica y Organizaciones (Gedeo)
PERIODO DE INVESTIGACIÓN: 2015-2017

La magia de la psiquiatría

La magia de la psiquiatría

Juro que es cierto, lo vi con mis propios ojos. El decano Carlos Gómez-Restrepo, en la sala de su casa, jugaba con una lucecita roja entre sus dedos. Podría creerse que tenía un bombillo diminuto, pero no. Era exactamente lo que estoy diciendo: una lucecita roja que agarraba con los dedos. Lo más inverosímil era que la sacaba de cualquier parte: del florero de la mesa, de mi oreja, de atrás de su cabeza. Jugaba con ella, la movía de aquí para allá y hasta se la pasaba de una mano a la otra. “Hacer magia depende de conocer muy bien el truco y ese truco es lo que divierte”, decía. Un tío le enseñó cuando tenía unos nueve o diez años, y practicaba en sus vacaciones en Manizales, llenas de primos, tías, abuelos y otros parientes.

El amor por la psiquiatría vino después. De hecho, un poco tarde porque empezó estudiando psicología. “Luego decidí entrar a Medicina a la Javeriana y ahí me preparé para ser psiquiatra”, recuerda Gómez-Restrepo. Tenía un sinfín de opciones de especialidad para escoger, e incluso alcanzó a interesarse por la neurocirugía, la neurología y hasta la ginecobstetricia, pero siempre le gustó más tratar con la gente, comprender sus inquietudes y profundizar en detalles de sus vidas. Pero no lo malinterpreten. Para él, lo biológico es básico en la medicina y está en todas las áreas, pero la psiquiatría privilegia de una manera particular lo psíquico y las relaciones sociales, y eso era lo que le llamaba la atención. “Cuando uno define salud como un completo bienestar físico, mental y social, y no solo como la ausencia de enfermedad, comprende la magnitud de esta especialidad; entiende su elección cuando piensa la salud como la manera de hacer que las personas logren un mayor bienestar, puedan amar, trabajar, desarrollar sus capacidades, obtener las metas que se plantean y participar en la construcción de un mundo mejor y más equitativo”, explica el decano.


No solo psiquiatra

Carlos Gómez-Restrepo es tal vez el único psiquiatra mago que conozco, pero vale aclarar que no es el único rasgo particular de este médico. Después de terminar su especialización y de haber hecho algunos diplomados, cursos y rotaciones en España, viajó a Estados Unidos para estudiar una maestría en Epidemiología Clínica en la Universidad de Pensilvania. Lo hizo gracias a una beca de la Fundación Rockefeller, la Javeriana y la Red Internacional de Epidemiología Clínica (Inclen, por su sigla en inglés).

Corría el año 1993 y para entonces “era como el tercer psiquiatra en el mundo que estudiaba eso”, asegura Gómez-Restrepo, quien agrega que se trataba de una disciplina nueva dedicada a la investigación clínica y a profundizar en herramientas metodológicas con el fin de dar lo mejor a los pacientes. Según explica, la epidemiología clínica utiliza el método científico para hacer buena investigación y dar predicciones sobre el estado de algún paciente, saber qué tipo de terapia puede servirle más o establecer las pruebas diagnósticas que requiere. En sus propias palabras, “da herramientas para discernir entre qué es útil y qué no, para ser muy crítico con lo que uno hace y muy propositivo para hacer cosas mejores”.

/Betto
/Betto

Cuando regresó de Estados Unidos se empezó a dedicar también a la academia, con el fin de compartir su conocimiento con nuevas generaciones de médicos. A mediados de los 90 se involucró como profesor en el Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Javeriana, y luego como su director, desde 2000 hasta 2007, tiempo en el cual diseñó los primeros posgrados en Colombia en Psiquiatría de Enlace y en Psiquiatría de Niños y Adolescentes. Posteriormente le fue encargada la dirección del Departamento de Epidemiología Clínica y Bioestadística de la misma universidad, de 2010 a 2017, donde ideó el primer doctorado de esta disciplina en el país y la Maestría en Bioestadística.


No deja de enseñar

El decano supo que quería ser docente cuando estaba en cuarto semestre de Medicina y su profesor de fisiología, el neurofisiólogo Arturo Morillo, lo escogió como monitor. Ahí se dio cuenta de la felicidad que le produce que otros aprendan, encontrar técnicas diferentes para cada estudiante y, sobre todo, aprender a partir de esa labor. “Esto es un juego de partes en el que uno da mucho de lo que sabe pero también aprende muchísimo de sus alumnos, de sus formas de ver el mundo, de sus preguntas”, asegura Gómez-Restrepo.

Hace un año, en septiembre de 2017, cuando el rector lo llamó para decirle que había sido seleccionado por sus más de 400 compañeros profesores para ser decano, pensó en la tarea que implicaba aprender otros detalles administrativos que no dominaba. Pero eso no le preocupó. También se le vino a la cabeza el tiempo que tendría que invertir en esta nueva labor, pero aun así aceptó, siempre y cuando pudiera seguir enseñando. Él insiste en que esa posición lo obliga a estar en contacto con todas las personas que hacen parte de la facultad, incluyendo los estudiantes, y de esa forma no solo puede darse cuenta de las necesidades de la gente y los inconvenientes que puedan encontrar, sino que “evita que me quede estático en materia de conocimiento. Me hace leer todo el tiempo, actualizarme, prepararme”.

Tampoco ha dejado de ver pacientes. El día que nos vimos, por ejemplo, acababa de llegar de consulta y no se le notaba un solo rastro de cansancio. Sigue yendo al Hospital Universitario San Ignacio a hacer sus turnos en psiquiatría, y también atiende en su consultorio privado, donde aplica sus terapias. Le pregunté entonces si la magia y la psiquiatría se parecen y, para mi sorpresa, dijo que sí. “Cuando una terapia se hace bien, la gente cambia de forma sorprendente”, respondió. Luego agregó que la pequeña diferencia es que ahí no había ningún truco, “sino una buena metodología que ayuda a las personas. Tanto, que parece como si fuera magia en acción”.

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Los trucos, que pasan de generación en generación, se los está enseñando a su hija menor, Valentina, a quien le encanta la magia. La idea del decano es que un día, cuando ella aprenda a barajar muy bien, logre que todas las cartas de un naipe se vuelvan de una misma pinta. De sus otros tres hijos, solo la segunda estudia medicina y ya está en el internado. Según el decano, no decidió por ella: “siempre espero que mis hijos escojan lo que más les gusta y que encuentren su camino, que vivan plenamente sus vidas y que hagan un mundo mejor”.

La mayor es ingeniera química y al tercero le gustan el fútbol y el derecho. Pero si en algún momento sienten que no están haciendo lo que quieren, Gómez-Restrepo ―como el buen profesor que es― les señala el valor de la duda y el disfrute de investigar, innovar y conocer. Asegura que siempre hay tropiezos y todo el mundo corre ese riesgo, “pero eso es bueno porque después se enriquecen, aprenden y salen adelante”. Y esa forma de ver la vida, que también tiene su esposa, Andrea Padilla, profesora de jurisprudencia, la comparte con los alumnos con que se topa todos los días en la universidad, como un consejo para sus vidas después de egresados.

Encontrándole respuestas a la locura

Encontrándole respuestas a la locura

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”

Este es el inicio de una de las obras maestras de la literatura que narra la locura de Don Quijote de la Mancha, un hombre sinrazón que envuelve y encanta a Sancho Panza para que lo acompañe en sus aventuras, a Miguel de Cervantes para que narre el cuento, y al lector para que lo lea. Desde que yo leí ese libro, la locura como concepto me llenó de curiosidad y comencé a leer sobre el tema y tratar de encontrarle una explicación.

Hallé que la locura se define como el pensamiento o juicio que “no es normal”, por lo que la gente le teme, pero a mí me trajo más preguntas sobre la mente, el pensamiento, la conciencia y el comportamiento, temas que investigamos en el grupo de investigación de psiquiatría Medicina y Nuevas Tecnologías (MNT).

Explicar qué es el grupo para mí es una tarea difícil ya que le he dado todo mi cariño y esfuerzo para que crezca en este tiempo, me ha enseñado a dinamizar, organizar y trabajar con mis pares y con mis superiores. También ha traído cambios en mi vida personal, como la posibilidad de no estigmatizar a los pacientes con enfermedades mentales, entenderlos y comprender que la insania no es algo ajeno a nosotros y que, por el contrario, es cotidiana, hace parte de nuestros cuerpos.

MNT se creó hace cuatro años por el estudiante Daniel Solarte Bothe y el doctor Germán Casas, quienes, con la misma curiosidad mía y, tal vez, mayor, lo fundaron como un espacio para liberar todas las ideas singulares que relacionan las mentes de las personas con sus contextos sociales como, por ejemplo: ¿los niños pueden cambiar su comportamiento por un juego? ¿Los sueños se relacionan con la creatividad? ¿En la demencia cambian nuestras emociones?

A partir de eso, el doctor Hernando Santamaría tomó la tutoría del grupo y se multiplicaron los proyectos de investigación centrados en buscar y entender diferentes comportamientos y relacionarlos con el medio, utilizando inicialmente como muestras a los estudiantes de nuestra universidad. Lo que es más interesante es que es un grupo que viene de la iniciativa de estudiantes, la toma de decisiones y los proyectos los hacemos los estudiantes dándole a las personas de pregrado la oportunidad de ser investigadores. El doctor Hernando Santamaría García, Ph.D, y el Departamento de Psiquiatría del Hospital San Ignacio, a cargo del  doctor Carlos Filizzola, nos guían en los diversos pasos de la investigación sin opacar nuestro trabajo.

Fueron tantos los hallazgos hace tres años que nos obligaron a hacer un evento académico para presentar todas las novedades que habíamos encontrado. Así se realizó el primer Simposio de Neurociencias, Cognición y Sociedad en 2016, en el que se ofrecieron charlas con expertos sobre las nuevas investigaciones y hallazgos respecto a las ciencias de la mente; además, se brindó el espacio para exponer posters y hacer explicaciones rápidas de otros grupos de investigación.

Para la edición de 2017, y tras casi un año de correos electrónicos, mensajes, reuniones y largas noches de preparación, logramos un evento extraordinario. Con más de 1.000 interesados por redes sociales, aproximadamente 500 asistentes y 20 charlas con expertos en áreas de la psiquiatría, neurociencia, economía, filosofía y antropología, fueron dos días con muchos aprendizajes y demostraciones de dominio de las temáticas.

Los días 9 y 10 de noviembre de este año se realizará la tercera edición del Simposio, con tres invitados internacionales y una nueva modalidad de talleres de uso e interpretación de diferentes herramientas en la investigación de cognición, como la resonancia magnética funcional, el eye tracker y la creación de paradigmas, sumado a las charlas.

Los simposios han requerido un arduo trabajo, pero son una marca del grupo y de nuestra capacidad; lo que más disfruto es el día a día con los integrantes del grupo, ya que se han convertido en mis grandes amigos, todos unidos por los mismos gustos. Los viernes nos reunimos estudiantes de primer a doceavo semestre para discutir y hablar sobre los temas que nos interesan o sobre el desarrollo de los proyectos; en este espacio también damos clases para repasar o aprender lo que propongamos.

Este año me retiro como coordinadora y, aunque es triste, creo que es el momento oportuno. Este es un grupo que, como mencioné antes, es de estudiantes para estudiantes de todas las carreras. La capacidad de un joven para investigar es increíble y con grandes proyecciones. Por eso, el MNT tiene un futuro y puede crecer aún más.

 


* Estudiante VIII semestre de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana. Desde hace dos años coordina el grupo de investigación de psiquiatría Medicina y Nuevas Tecnologías, adscrito a la Facultad de Medicina, departamento de Psiquiatría.

Historias de medicina en la Colonia

Historias de medicina en la Colonia

La calma fue interrumpida por el hombre que entró abruptamente al edificio de tres plantas de la Real Audiencia de Santafé. Dominado por el dolor y la angustia, les informó a todos los presentes que su hermano acababa de morir y que tenían que ayudarlo. Lo dramático de la escena obligó a los funcionarios a enterarse del misterio: acompañaron al denunciante hasta su casa y, efectivamente, encontraron a un hombre tendido en la cama, sin signos vitales. Su relato de los sucedido daba a entender que uno de los posibles causantes de la muerte era el boticario: una fórmula errada había llevado a su familiar hacia el más allá.

Esta escena, ocurrida en 1626 en la ciudad de Santafé, la ciudad que más tarde se convertiría en capital del Virreinato de la Nueva Granada (y de la actual república de Colombia), es la antesala de uno de los primeros casos de mala práctica médica registrados en nuestra historia colonial. Conocido como El caso de la muerte por purga, fue hallado en los documentos del Archivo General de la Nación por Paula Ronderos, bibliotecóloga de la Academia Nacional de Medicina profesora del Departamento de Historia, de la Facultad de Ciencias Sociales, en la Pontificia Universidad Javeriana. De hecho, es un registro de una de las primeras cacerías de brujas que se tomaron lugar en la, por entonces, floreciente ciudad.

“A raíz de este caso, la Audiencia comienza a averiguar quién hace medicina en Santafé. Ordena una batida, cogen a todo el mundo y le piden sus títulos”, narra Ronderos, quien trabajó este caso en su tesis de pregrado de Historia de la Universidad de los Andes. Según el relato acusador, el finado ingirió, la víspera de su muerte, una escudilla (porción pequeña) de leche, papas y cebollas albarranas que le causaron un ataque crítico de gases, lo cual llevó a la familia a consultar con urgencia al boticario, quien recetó una purga de cen y maná. Ante la sospecha de una mala práctica médica, las autoridades coloniales tomaron cartas en el asunto.

El resultado de esta solicitud de títulos es una muestra significativa de la distintas profesiones que ejercían la medicina durante el siglo XVII. Se sabe que el primer cirujano que tocó tierras americanas vino en una de las expediciones de Cristóbal Colón, el cual fue el germen de una actividad transplantada desde Europa. “El sistema médico de los siglos XVI y XVII tiene una cabeza, que es el Tribunal del Protomedicato, que funcionaba en Madrid; después, cuando avanza el proceso de la Colonia, hay un protomédico en Nueva España, en México, y también en Lima. Y así comienza a traerse todo ese sistema burocrático de la medicina”, explica Ronderos.

La práctica médica estaba estructurada dentro de un sistema jerárquico. En lo más alto se encontraban los médicos, quienes estudiaron la ciencia en latín en los centros de formación europeos. Ellos diagnosticaban los males, recetaban medicamentos y sugerían cambios de dieta, pero siempre con una regla de oro: no tocar al paciente: “En la lógica peninsular, ensuciarse las manos es un acto que te inscribe en un lugar social menor, por eso tenemos esa obsesión con los médicos y los abogados”.

Este texto, de Pedro López de León, fue una de las referencias teóricas y prácticas para los cirujanos de la Nueva Granada.
Este texto, de Pedro López de León, fue una de las referencias teóricas y prácticas para los cirujanos de la Nueva Granada.

En el siguiente nivel jerárquico se encontraban los cirujanos, también formados en España en latín y en lenguas romances. Se encargaba de intervenir en enfermedades agudas y sobre todo en accidentes relacionados con heridas: por ejemplo, era común verlos con su instrumental (que incluía pinzas, tenazas, martillo y bisturí, entre otros) en los puntos de avanzada de los ejércitos durante el siglo XVII. Otra de sus funciones era valorar la salud de los esclavos recién llegados al puerto de Cartagena, pues de su dictamen dependía el valor a pagar (también se ocupaban de mantener y procurar su salud).

Durante la Colonia fueron comunes las pugnas entre médicos y cirujanos, titulados y empíricos, pues el contacto con los pacientes los hicieron conscientes de que en América no podía aplicarse la misma medicina que en la península ibérica. A raíz del control de títulos médicos practicado en 1626 se hace alusión a Miguel Cepeda de Santa Cruz, cirujano empírico, quien en una serie de cartas encontradas en el Archivo General de la Nación resaltó el enorme valor de su oficio. “Él argumenta que vale más la experiencia en Indias que todos los títulos en Madrid pues insistía que el contexto afectaba la terapéutica a aplicar”, comenta Ronderos.

El siguiente escalón en la jerarquía médica era para el boticario, el encargado de seguir las indicaciones del médico en su fórmula y fabricar el remedio respectivo. Su formación seguía una dinámica de gremio: el aprendiz seguía las instrucciones del maestro boticario en las tareas más básicas (barrer, ordenar el inventario, etc.) durante su niñez, y a medida que crecía iba adquiriendo más responsabilidades; cuando alcanzaba el nivel de conocimientos de su maestro, estaba estipulado que debía irse de la ciudad porque era inconcebible que compitiera con su mentor.

Finalmente, la jerarquía la cerraba el barbero. Además de las funciones que sobreviven hoy en día, de cortar cabello y afeitar, él era quien practicaba las sangrías. “La idea que se tiene en esa época es la de un cuerpo fluido, compuesto de humores: sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema Y a cualquier enfermedad, una de las estrategias es sacar la presión líquida que se tiene dentro del cuerpo”, resalta Ronderos. Su modo de proceder era realizar una incisión con navaja en el cuello, el brazo o la cabeza para extraer un litro de sangre. Por si fuera poco, también era el ortodoncista de la época, encargado en extraer las muelas que causaban dolor: con un descarnador (un instrumento filudo pequeño, parecido a una hoz) removía la encía que rodeaba a la pieza dental para después removerla con una tenaza. Cabe resaltar que la anestesia era una simple ilusión.

Pero otros oficios se desprendían ajenos a la jerarquía médica oficial, más relacionados con el saber tradicional indígena y esclavo: parteras, curanderos, sobanderos y yerbateros.

Instrumentos como estos definieron la práctica de los cirujanos en el siglo XVII (tomado en el Museo de la Medicina Ricardo Rueda González).
Instrumentos como estos definieron la práctica de los cirujanos en el siglo XVII (tomada en el Museo de la Medicina Ricardo Rueda González).

Su investigación fue el tema principal de la conferencia Hospitales y cirujanos en la Nueva Granada, realizada el pasado 26 de octubre. A su vez, esta sesión hace parte de un proyecto titánico de la Javeriana: la cátedra Rodrigo Enríquez de Andrade, una serie de conversaciones a lo largo de 2017 sobre la historia de la medicina con la que el Instituto de Bioética, el Instituto de Genética Humana, el Departamento de Historia y el Archivo Histórico Javeriano,conmemorando los 75 años de la Facultad de Medicina, busca plantear la necesidad de que los médicos regresen al humanismo médico.

Esta corriente, en boga durante buena parte del siglo pasado, concebía al médico como un referente humanista, que le daba un valor humano al paciente y se pensaba como un agente que podía traer cambios sustanciales, por medio de su trabajo, a la sociedad. Sin embargo, la llegada de la Ley 100 y del modelo asegurador en salud cambió la concepción: ahora el paciente tiene un tiempo de consulta límite y el doctor debe cumplir con protocolos estrictos que no generen sobrecostos a las empresas donde trabajan.

De esta forma se ha ido perdiendo un sello del humanismo médico: el médico que, más allá de su saber profesional, leía sobre historia, escribía literatura, enseñaba de arte y música, planteaba dilemas filosóficos en clase y enseñaban la tradición histórica de su oficio. “Las nuevas generaciones no están involucrándose en pensarse como una disciplina humana”, asegura Ronderos, en parte porque se concibe que, si el saber adicional no da réditos concretos, es un simple accesorio. “Es urgente que los estudiantes se den cuenta de que la historia de la medicina es un saber relacionado con el presente de la profesión y que su conocimiento forma médicos humanistas, mejores profesionales, de mente más amplia”.

Una facultad ejemplo de medicina

Una facultad ejemplo de medicina

De sombrero, chaleco, abrigo y corbata (para algunos, corbatín). Así recibieron la sesión los estudiantes que el 25 de febrero de 1942 asistieron, en los salones del Colegio Mayor de San Bartolomé en Bogotá, la primera clase de la Facultad de Medicina de la Pontificia Universidad Javeriana. Liderada desde la decanatura por José del Carmen Acosta, médico graduado de la Universidad Nacional de Colombia y experto en hematología, la nueva carrera daba la bienvenida a quienes buscaban ejercer esta profesión en un país que apenas llegaba a los 10 millones de habitantes, que iniciaba el proceso de urbanización y donde, en la capital, se contaba con una cama de hospital por cada 349 habitantes.

Claro que, desde una perspectiva histórica, ellos fueron los herederos de los primeros estudiantes que, en 1636, asistieron a la sesión inaugural que dictó el licenciado español Rodrigo Enríquez de Andrade, protomédico (la más alta autoridad médica del virreinato para la época) con jurisdicción sobre la Nueva Granada, en la que sería la primera cátedra sobre Medicina dictada en el territorio que más tarde se consolidaría como república y se llamaría Colombia.

La creación de la Facultad de Medicina de la Javeriana impuso de inmediato sobre la orden jesuita la obligación de consolidar un hospital universitario, donde, además de prácticas médicas, los estudiantes pudieran atender las dolencias de una población en ascenso. Pero este sueño solo se haría realidad 10 años después, con una cuidadosa planeación económica y urbanística que daría como resultado el Hospital Universitario San Ignacio.

Según el libro Entre la mutua dependencia y la mutua independencia: El Hospital San Ignacio y la Facultad de Medicina de la Universidad Javeriana, 1942-1990, sus primeros años de funcionamiento se limitaron al primer piso de la edificación donde se instalaron los servicios de consulta externa con algunas especialidades médicas y quirúrgicas. No sería sino hasta el 8 de octubre de 1959 cuando todos los servicios de salud, que hasta entonces se prestaban en el Hospital de La Providencia, se trasladaron a los terrenos de la Carrera Séptima con Calle 40, donde posteriormente iría surgiendo la ciudad universitaria javeriana.

Así lucía el Hospital Universitario San Ignacio hacia los años 60.
Así lucía el Hospital Universitario San Ignacio hacia los años 70.

Hoy, 75 años después de esa primera clase, la facultad, con su programa de pregado, sus 33 especialidades médicas, sus tres maestrías y su doctorado en Epidemiología Clínica, además de los institutos de investigación asociados a ella, se ha consolidado como una de las más relevantes e influyentes en la medicina del
país y de América Latina.

Para celebrar esta fecha, tanto la facultad como el hospital han organizado el congreso académico 75 años: Ayer, hoy y mañana, en el cual no solo se hablará sobre la historia de la práctica médica en el país o las innovaciones en investigación, también se abordarán las posibilidades de reinvención de la práctica médica. El evento contará con la participación de ilustres profesionales como los doctores Alejandro Jadad Bechara, catedrático de la Universidad de Toronto; Diego Cadavid, vicepresidente de Desarrollo Clínico de la firma estadounidense Fulcrum Therapeutics; y Juan Carlos Páramo, cirujano del Mount Sinai Medical Center de Florida (EE.UU.).

El evento se realizará entre el 2 y el 4 de noviembre en el Auditorio José Félix Restrepo de la Universidad Javeriana.

El anatomista

El anatomista

Sostengo con ambas manos el resbaladizo corazón de un cerdo recién llegado de un expendio de carnes local al Departamento de Ciencias Básicas de la Salud de la Universidad Javeriana Cali. El órgano en forma de cono es morfológicamente idéntico al de un humano, quizás algo más grande. Del otro lado de la mesa de disección, en el Laboratorio de Psicología, el profesor de anatomía Guillermo Adrián Rivera Cardona trabaja diestramente, limpiando y separando las arterias de las paredes del músculo con un par de tijeras diseñadas para cortar tejidos delicados sin perforarlos.

“Esta es la arteria interventricular anterior, pero no se puede ver, pues siempre está cubierta por grasa. Y estas otras son las coronarias; observamos que son tan delgadas como la mina de un lápiz. Esas son las que se taponan con coágulos o trozos de colesterol”, dice el profesor con la seguridad del que ha hecho esto miles de veces. “Necesitamos que los estudiantes de medicina las identifiquen fácilmente. Por eso les enseñamos lo que estamos haciendo ahora: una repleción vascular de corazón. En otras palabras, entrar a una estructura hueca con un tubo plástico e inyectar una resina con un pigmento rojo o azul para representar el color de la sangre, de tal manera que la estructura se llena y la vena o arteria se hace claramente visible”.

Tener en la mano un corazón real y tridimensional es infinitamente más valioso que verlo en un atlas de medicina o incluso en un software, por sofisticado que este sea. Por eso, la repleción de órganos es apenas una de las técnicas de preservación anatómica en las que trabaja el profesor Rivera. La más novedosa de todas reposa en el cuarto de al lado, aún empacada en cajas provenientes de la empresa Biodur, recién llegadas de Heidelberg, Alemania.

Son los equipos para la plastinación, un proceso creado en 1977 por Gunther von Hagens, el cual preserva tejidos, órganos y cuerpos enteros, reemplazando el agua y la grasa con resinas especiales. La plastinación produce muestras –como órganos o especímenes– que no huelen, no se dañan, que pueden ser manipulados por los estudiantes, y que retienen al mismo tiempo sus propiedades originales. “No la llamamos plastificación porque eso suena como fabricar juguetes”, explica Rivera. Uno de los ejemplos más llamativos de la tecnología se aprecia en el evento internacional Bodies: The Exhibition.

La plastinación produce órganos y especímenes que no huelen, no se dañan, que pueden ser manipulados por los estudiantes, y que, al mismo tiempo, retienen sus propiedades originales.

 

 Tres pasos a la eternidad

El proceso se hace en tres etapas: primero, se deshidrata el órgano usando acetona o alcohol isopropílico; luego se mete en una cámara con silicona líquida fría a -18 °C y se sella al vacío, de tal manera que la silicona impregna forzadamente los espacios donde había agua. Finalmente, se rocía con un gas de polímeros preparado especialmente para el efecto, que endurece y seca los tejidos.

“El que adquirimos para empezar es un equipo básico, de unos 20.000 euros, en el cual podremos procesar unos 30 kilos de material biológico al tiempo. Lo primero que vamos a plastinar es un cerebro humano, aunque eso no será antes de dos años”, dice Rivera, y añade que en Colombia el material biológico humano no se recibe en calidad de donación sino de custodia, y eso bajo ciertos parámetros dispuestos por el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses.

Así luce un corazón de cerdo tras finalizar el procedimiento de plastinación.
Así luce un corazón de cerdo tras finalizar el procedimiento de plastinación.

“La Universidad va a construir un edificio paralaboratorios especiales, incluyendo el de morfología y anatomía, y ese será el más moderno del país”, revela sin ocultar su ilusión. “De momento, la Facultad de Ciencias de la Salud y el Programa de Psicología trabajan juntos para impulsar las técnicas anatómicas en la región del suroccidente colombiano”, añade. En preparación para ello, la Javeriana envió a su anatomista estrella a entrenarse en la Universidad de Santo Tomás en Santiago, Chile, una de las pioneras de la plastinación en Latinoamérica al patentar sus propios equipos.

La pasión de este payanés por el estudio descriptivo del cuerpo humano desde que tenía 20 años era tal, que se fue pagando los semestres haciendo monitorías, dictando clases particulares de anatomía y, al comienzo, hasta trabajando como vigilante en una empresa de seguridad privada para costear los primeros tres semestres de anatomía en la Universidad del Cauca. En 2013 la Javeriana lo nombró profesor de tiempo completo, y hasta hace poco fue presidente de la Asociación Colombiana de Morfología.

“Saber anatomía es como llegar a una ciudad que no conoces, pero que has estudiado bien a través de sus mapas”, comenta. “Pero el anfiteatro clásico de enseñanza de anatomía se basa en el uso de material cadavérico conservado con formol y fenol, que son sustancias cancerígenas y malas para el ambiente. Por eso, nosotros implementamos materiales no dañinos para la salud, y les damos a las piezas anatómicas una estética agradable”. Así como el bonito corazón de cerdo de 5.000 pesos que estamos trabajando.

“Saber anatomía es como llegar a una ciudad que no conoces, pero que has estudiado bien a través de sus mapas”.
Guillermo Adrián Rivera Cardona.

“Ahora que tengo limpia la arteria, le amarro dos trozos de piola: por un lado, para que no se salga la sonda y, por el otro, para que el látex no se devuelva. Hazlo tú”, ofrece el anatomista entregándome la inyección con el líquido rosado. Comienzo a empujar el émbolo y en segundos las arterias se ponen rosadas y se inflan; como por arte de magia, aparecen ramas y capilares más pequeños que antes eran totalmente invisibles: este es el corazón que uno ve en las ilustraciones médicas, solo que es un objeto real, que pesa y tiene textura.

Rivera, un perfeccionista, piensa que todavía hay espacio para mejorar: “Aún no atinamos a encontrar una tinta que pinte rojo intenso; no importa cuántos frascos usemos, siempre se ve rosado”.

Rosadas o rojas, de todas maneras las arterias no tienen pierde. El artístico corazón será ahora sumergido en una concentración mínima y no nociva de formol, mezclado con esencia de menta, para que no ofenda las delicadas narices de los estudiantes y cumpla la misión de inspirar a los aprendices.


Para leer más

  • Rivera Cardona, G. A., García, A. y Moreno Gómez, F. A. (2015). Técnica de diafanización con alizarina para el estudio del desarrollo óseo. Revista Colombiana Salud Libre, 10(2), 109-115.

TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Aplicación de una técnica anatómica amigable con el medio ambiente y la salud humana, en la preservación de corazones de cerdo como apoyo a la enseñanza de la anatomía
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Guillermo Adrián Rivera Cardona
COINVESTIGADORES: Carlos Alberto Muñoz Ardila, Martín Alonso Ruíz Orozco y Oscar Humberto Ríos Ramírez
Departamento de Ciencias Básicas de la Salud, Pontificia Universidad Javeriana Cali
Departamento de Morfología, Universidad del Cauca
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2016-2017

Álvaro Faccini Martínez. Investigar para curar y curar para investigar

Álvaro Faccini Martínez. Investigar para curar y curar para investigar

Álvaro Adolfo Faccini Martínez, hijo de médicos, empezó su juventud pensando que sería diseñador. Sin embargo, mientras estudiaba en el Colegio San Bartolomé la Merced, fue descubriendo poco a poco que su verdadera vocación era la medicina. Álvaro es hoy médico de la Universidad Militar Nueva Granada, con maestría en Ciencias Biológicas de la Pontificia Universidad Javeriana, y estudiante del Doctorado en Enfermedades Infecciosas de la Universidade Federal do Espírito Santo en Brasil.

Desde el pregrado tuvo gran interés en las enfermedades infecciosas, así que decidió ser médico rural en investigación, al tiempo que estudiaba su maestría. Fue entonces cuando se le abrió un nuevo mundo en su experiencia médica: sintió que le daba aire a su vida académica, descubrió que la investigación era otra rama importante en la medicina y que tenía la oportunidad de transitar un camino diferente al que siguen la mayoría de médicos.

Durante su maestría se concentró en el estudio de las rickettsiosis, enfermedades infecciosas causadas por bacterias transmitidas al hombre a través de garrapatas, pulgas, piojos y ácaros. Esta investigación, que realizó junto con otros investigadores del Departamento de Microbiología de la Universidad Javeriana, fue desarrollada en Villeta, Cundinamarca, en el marco del proyecto Caracterización de factores climáticos y ecológicos de una especie de garrapata y su relación con la epidemiología de la rickettsiosis en un área endémica, con la cofinanciación de Colciencias. El principal hallazgo del estudio es que se hizo evidente la circulación de la bacteria rickettsia tanto en animales domésticos como en garrapatas del municipio. Así mismo, se encontró que las rickettsiosis hacían parte de las causas de síndrome febril agudo en los pacientes que consultaron al Hospital Salazar de Villeta entre noviembre de 2011 y marzo de 2013.

Fue en este proceso cuando descubrió su pasión por la investigación y junto con su tutora, Marilyn Hidalgo, y compañeros de estudio redescubrió el trabajo de laboratorio, el trabajo de campo, la escritura académica y se encontró con el gran aporte de la interdisciplinariedad. Álvaro afirma que, gracias al trabajo conjunto con veterinarios, microbiólogos, bacteriólogos y biólogos, aprendió a investigar mejor.

Le gustó el área de las enfermedades infecciosas porque es muy dinámica y siempre hay algo nuevo por estudiar —nuevos microorganismos, nuevos mecanismos de resistencia, dice—; también, porque considera que son pocos los médicos que estudian enfermedades que afectan principalmente a poblaciones rurales en situación de pobreza. “Hacer producción científica sobre estas enfermedades olvidadas es una posibilidad de dar a conocer la verdadera realidad de una población desatendida que merece diagnósticos oportunos, tratamientos eficaces y mejores políticas de salud pública” afirma.

Álvaro está convencido que su experiencia en la medicina no se agota en el ejercicio de una ciencia aplicada, sino que tiene el deber de contribuir a su progreso a partir de la producción de nuevo conocimiento científico. Así, su sueño es seguir en el ámbito clínico tratando pacientes y haciendo investigación de manera simultánea. “Cuando uno hace investigación se ve obligado a la actualización permanente, eso lleva a nuevos aportes para determinadas enfermedades”, dice; “y a su vez, la interacción con el paciente invita a profundizar en el comportamiento de una enfermedad, a estudiar su perfil epidemiológico, lo que se puede compartir con la comunidad científica para construir más conocimientos en esa área de estudio”.

Este médico, abierto a la observación, dispuesto a dudar y a contribuir a generar mayor conocimiento científico, tiene claras sus metas: lograr que la medicina expanda su conocimiento en estas enfermedades, que los pacientes reciban mejores tratamientos, que las instancias gubernamentales mejoren sus políticas y que los agentes locales implementen acciones de salud pública pertinentes para la realidad social de aquellas personas excluidas que son quienes más lo necesitan.

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