Un recorrido histórico por los Premios Nobel

Un recorrido histórico por los Premios Nobel

Con el anuncio de que los médicos estadounidenses William G. Kaelin Jr. y Gregg Semenza, al igual que el biólogo británico Sir Peter Ratcliffe, obtuvieron el Premio Nobel de Medicina, se dio inicio hoy a una de las semanas más esperadas por la comunidad científica, académica, literaria y política del mundo: la revelación de los ganadores de este reconocido galardón internacional.

Hacia las 5:00 de la mañana, hora colombiana, y después de que el vocero del Instituto Karolinska explicara que el premio se debía a “sus descubrimientos sobre cómo las células sienten y se adaptan a la disponibilidad de oxigeno”, Kaelin Jr., Semenza y Ratcliffe se convirtieron en los galardonados número 110, 111 y 112 en la categoría de Medicina, la cual se entregó por primera vez en 1901.

A lo largo de estos 118 años se ha reconocido el trabajo, investigación y dedicación de 691 científicos y académicos en las áreas de Medicina, Física, Química y Economía (este último comenzó a entregarse en 1968 por iniciativa del banco central sueco), al igual que a la obra literaria de 114 creadores y la mediación propuesta por 133 líderes y expertos en la resolución de conflictos globales.

Con este reconocimiento, se han galardonado a 938 personas y organizaciones con la distinción creada a partir del testamento del químico y empresario sueco Alfred Nobel, más conocido por la invención de la dinamita; consciente del poder destructivo de su obra, en 1895 consignó como su última voluntad que su fortuna fuera dividida en cinco partes para financiar “a aquellos que, durante el año anterior, le hayan prestado el más grande beneficio a la humanidad”.

Por ser una semana destacada en el campo científico, Pesquisa Javeriana conmemora la historia de los Premios Nobel por medio de esta infografía.

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Educación, una recomendación Nobel para Colombia

Educación, una recomendación Nobel para Colombia

“La educación es un elemento vital para defender los valores científicos y democráticos de nuestra sociedad”. Con aquella frase, el científico francés Serge Haroche, Premio Nobel de Física en 2012 y miembro de la actual Misión de Sabios, concluyó su charla ante un auditorio compuesto por académicos, estudiantes universitarios, bachilleres y público en general, que se reunió el pasado 17 de junio en la Pontificia Universidad Javeriana para escucharlo hablar sobre la importancia de la verdad científica en una era donde la información falsa (las llamadas fake news) circula libremente al alcance de todos.

Haroche, una de las más destacadas mentes en el campo de la física cuántica, las leyes que aplican al universo de las partículas, de los átomos y de los fotones, resaltó la importancia de que el ciudadano de a pie recurra a fuentes de alto valor científico para que no sea presa fácil de intereses políticos o particulares, ni para que ponga en riesgo su salud al hacer caso a información no cotejada ni probada por la ciencia.

En su visita, y tras diversas reuniones con académicos para tratar temas específicos de su trabajo, habló con Pesquisa Javeriana y resaltó la importancia de las nociones cuánticas, como la de la superposición (la posibilidad de que un elemento se encuentre en dos estados al mismo tiempo), en la vida cotidiana:

Durante su intervención en la Javeriana, Haroche destacó que cualquier innovación científica es el producto del trabajo previo que otras mentes han producido, generando así un camino que permite la generación de nuevos conocimientos y la aplicación de nuevas teorías; asimismo, recalcó que todo investigador debe atribuirle una porción de su éxito a la suerte.

Dos elementos que, él mismo reconoce, han estado presentes en su historia personal.

Haroche no dudó en resaltar que el trabajo en la ciencia no solo es posible para cualquier país, sino que es un camino deseable sin importar de dónde se parta. Al respecto, y poniendo como ejemplo a Corea del Sur, destacó el camino que una sociedad como la colombiana debe seguir para consolidar progresos a nivel científico.

“Hace 60 años, Corea del Sur era un país incluso más pobre que Colombia pero hizo un tremendo esfuerzo por educar a su población, por desarrollar la investigación, y ahora es uno de los países más ricos del mundo, con uno de los mejores sistemas educativos del mundo y empresas de talla mundial como Samsung”, aseguró, destacando que la fórmula surcoreana reside en la inversión de grandes cantidades de recursos a la ciencia: “Para lograrlo, hay que realizar inversiones constantes en el tiempo”.

Por último, el científico francés hizo una recomendación especial para que Colombia logre desarrollar todo su potencial científico:

Datos sobre Serge Haroche

● De nacionalidad francesa, nació en Marruecos en el seno de una familia con tradición de profesores. Se trasladó a Francia a mediados de los años 50, cuando terminó la etapa del protectorado francés en la nación africana.
● En 1971 obtuvo su doctorado en física de la Université Paris VI (hoy conocida como Université Pierre et Marie Curie). Su tutor fue el físico Claude Cohen-Tannoudji, quien recibió el Nobel de Física en 1997.
● Haroche es reconocido por su trabajo en espectroscopia láser, campo en el cual se utiliza este instrumento para estudiar la interacción entre la materia y la radiación electromagnética.
● Su trabajo más reconocido es la creación de una trampa de fotones usando láseres y espejos superconductores curvados; al capturarlos, pudo estudiar las interacciones cuánticas entre la luz y la materia.
● Por estos experimentos recibió el Premio Nobel de Física en 2012, el cual compartió con el físico estadounidense David J. Wineland.

El cambio climático comienza por los océanos

El cambio climático comienza por los océanos

Durante los últimos 11.000 años los océanos liberaron dióxido de carbono. Ahora, por la acción del ser humano se han convertido en sumideros de CO2 por la constante quema de combustibles fósiles. Así lo sentencia el profesor de oceanografía de la Universidad de Hawái, Christopher Sabine, en entrevista con Pesquisa Javeriana.

Esta situación generada por la industrialización, y en general por la actividad humana, representa una nueva fuente de carbono que no formaba parte del ciclo natural de nuestro planeta. Ahora, ese CO2 se está sumergiendo y llegando hasta las profundidades marinas. ¿Se puede convertir en una bomba de tiempo?

Si los océanos están ofreciéndole un servicio a la humanidad, reduciendo el impacto del cambio climático por absorber todo este dióxido de carbono que estamos liberando, este beneficio no aplica a muchas de las especies marinas porque, al mismo tiempo, las aguas oceánicas se están volviendo más ácidas y esto hace que para algunas especies el costo sea alto.

Como por ejemplo al pez payaso, que vive en aguas profundas de los trópicos y también nada en muchos acuarios con sus vistosos tonos naranja interrumpidos por franjas blancas y bordes negros. Pues el agua ácida les hace perder su sentido del olfato y así no puedan sentir la cercanía de un depredador.

La Pontificia Universidad Javeriana se suma actualmente a la investigación oceanográfica con el montaje de un laboratorio que liderará un programa de monitoreo sobre acidificación marina en el país, particularmente en el Pacífico colombiano. El objetivo de la investigación será responder si existen zonas marinas como fuentes liberadoras de dióxido de carbono a la atmósfera o, por lo contrario, como sumidero de CO2 atmosférico.

Lo cierto es que todos los esfuerzos que se realicen para entender lo que está ocurriendo con nuestros océanos es bienvenido. Por ahora, y a pesar de que el presidente estadounidense Donald Trump no cree en el cambio climático, el profesor Sabine, uno de los investigadores del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) que ganó el Premio Nobel de Paz en 2007, continúa en Hawái sus investigaciones financiado por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) y la Fundación Nacional de Ciencia (NSF), ambas instituciones públicas de los Estados Unidos.

Sabine sabe que el reto está presente en todo momento y confía en que esta situación cambiará en el futuro. ¿Cuál entonces es su recomendación para una política pública real y posible?

La influencia de Elinor Ostrom

La influencia de Elinor Ostrom

Col Daniel Castillo
Conocí a Elinor Ostrom en 2005, en su taller de análisis de políticas públicas en la Universidad de Indiana. Yo había sido invitado a participar en un seminario en el que se hablaba de los retos de la gobernanza de los recursos de uso común; acostumbrado a los típicos espacios académicos con figuras muy importantes haciendo presentaciones y desapareciendo del escenario, esperaba algo similar, pero fue sorprendente. Me encontré en un lugar realmente interdisciplinar con todo el espacio para poner sobre la mesa mi perspectiva y discutir con los demás participantes, en especial con la profesora Ostrom, presente y disponible permanentemente.

Así, tuve con ella una de las conversaciones más significativas de mi vida académica sobre mis estudios de doctorado. Fue una charla en la que no hablamos casi de asuntos técnicos sino más de temas personales en cuanto a mis expectativas con el doctorado y sus opiniones al respecto. De este encuentro salí con un plan claro, incluido director de tesis al que conocí en la misma reunión, además de un proyecto dentro del cual desarrollaría mi investigación y del cual la profesora Ostrom era codirectora. Lo interesante es que, en un grupo de aproximadamente quince asistentes al evento, ella tuvo conversaciones del mismo tipo con todos; al final cada uno de los participantes regresó a su casa con una luz nueva para sus tránsitos vitales, que incluían desde estudios futuros, proyectos y preguntas de investigación hasta opciones de cambio de lugar de trabajo.

En 2012 conocí al antropólogo Fikret Berkes en Estambul, a quien después de saludar me dijo: “Ah, usted es uno de los afortunados de haber estado cerca de ella y beneficiarse de su influjo”. Eso significaba Elinor Ostrom, una especie de faro al cual, en cada oportunidad que uno se acercaba, tenía una respuesta, una idea o una orientación, simple, clara y amorosa; lo mismo ocurrió durante los diferentes encuentros con ella, en 2006 en la Javeriana, en 2009 y 2010 en el Centro para el Estudio del Comportamiento, Instituciones y Ambiente de la Universidad de Arizona, del cual era codirectora y cofundadora.

Después de conocer a la profesora Ostrom, uno entendía el profundo significado de la cooperación y de la interdisciplinariedad, elementos que hicieron parte inherente de su vida y que practicaba diariamente. Incluso,  uno pasaba a hacer parte del grupo de personas elegibles para contribuir mediante inversión de tiempo con su esposo, el politólogo Vincent Ostrom, de más de 90 años, mientras ella estaba en reuniones y charlas académicas; como Vincent no podía estar solo, nos turnábamos acompañándolo y oyendo sus historias mientras la profesora Ostrom volvía. Me correspondió el turno una mañana durante la cual se encargó de explicarme las razones por las cuales lo más importante es que la gente pueda ser autónoma y que se les permita resolver sus propios problemas.

Los esposos Ostrom iniciaron su relación de pareja durante la investigación de doctorado de ella, siendo Vincent su director. Él fue un influyente politólogo, quien, entre otras cosas, ayudó a impulsar la Constitución de Alaska, la cual tiene una dimensión muy importante en recursos naturales. Entre los dos desarrollaron el concepto de gobernanza policéntrica, entre otros temas, además de ser pioneros en la puesta en práctica del trabajo interdisciplinario por medio de su taller de análisis de políticas públicas. Esta relación fue muy productiva en el campo académico, donde se fue madurando la pregunta que orientaría la investigación de la profesora Ostrom y a la que dedicó su vida profesional: ¿Cómo hacen los usuarios directos de los recursos de uso común para manejar y resolver los problemas asociados a su utilización y mantenimiento? Las respuestas comenzaron a tomar forma a principios de los años 90.

Estos hallazgos tienen que ver con el autogobierno y la necesidad de permitir y crear espacios propicios para que las personas diseñen sus propias reglas de juego sin que el Estado las imponga, lo cual ha tenido consecuencias importantes en la teoría del diseño de políticas públicas, pues la idea de fondo consiste en la inconveniencia de diseñarlas como si fueran panaceas y, más bien, entender los contextos locales y particulares de cada comunidad, compartir el poder y permitir esquemas de co-manejo Estado-comunidad para, realmente, generar sostenibilidad.

Sin ser economista, y por demostrar esta idea, Elinor Ostrom ganó el Premio Nobel de Economía en 2009, la única mujer en obtenerlo hasta el momento.

 


*Profesor asociado del Departamento de Desarrollo Rural y Regional, en la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales.

El año sin Premio Nobel de Literatura

El año sin Premio Nobel de Literatura

Henao de Brigard
Este año, la Academia Sueca tomó la decisión de no conceder el premio Nobel de Literatura. Las graves denuncias de acoso sexual y corrupción afectaron la credibilidad de la institución y condujeron a la renuncia de varios de sus miembros, entre ellos la de su presidente, Sara Danius, y la de la escritora Katarina Frostenson, cuyo marido, el francés Jean-Claude Arnault, fue acusado de acosar y abusar de 18 miembros femeninos. Arnault utilizaba un centro cultural —del cual era director, y que se había constituido en el filtro de la escena cultura sueca— para presionar y acosar a las mujeres.

Gran parte de la fama de la Academia se debe al aura de inaccesibilidad que la rodea, la cual ha conducido a que sus miembros hayan tomado con frecuencia decisiones discutibles: unas de ellas arriesgadas, otras mediocres, y algunas otras hasta absurdas. Lo ocurrido ha desvelado que, en realidad, era un grupo que aprovechaba su poder mundial a cambio de favores locales.

Entre tanto, y con la ayuda de un grupo de juristas, la Academia Sueca ha efectuado una interpretación de los estatutos, que datan de 1786, para ajustarla a los tiempos actuales; los resultados, sin embargo, no se han dado aún a conocer.

Hacía 75 años que la Academia Sueca no dejaba de conceder el Premio Nobel de Literatura. En este tipo de casos, se concede un premio doble al año siguiente. Así, pues, en 2019 tendremos a dos ganadores.


*Profesor asociado del Departamento de Literatura, Pontificia Universidad Javeriana.

Escribiendo la historia de científicos nobeles

Escribiendo la historia de científicos nobeles

¿Qué es lo que hace a un científico digno del Premio Nobel? Luis Alejandro Barrera lleva varios años intuyéndolo. Doctor en bioquímica, actual coordinador de la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo (CEIM) del Hospital Universitario San Ignacio, y considerado como el impulsor de la investigación y la legislación  en Colombia  en favor de los pacientes de las llamadas ‘enfermedades raras’, ha llegado a una conclusión: un Nobel no es un investigador común.

“Son pertinaces: plantean hipótesis, formulan teorías, se lanzan obsesivamente a confirmarlas  nada los hace echar para atrás. Cuando encuentran una dificultad, la  superan buscando nuevas rutas y métodos que otras disciplinas han desarrollado, y sobre todo tienen la firme convicción de que pueden triunfar donde otros no han tenido éxito. Esas son características esenciales”, responde después de revisar en la pantalla de su computador, en su oficina, las vidas de los científicos que de una u otra manera, con su investigación, su trabajo, sus obsesiones han contribuido a mejorar la vida de los pacientes que sufren los errores innatos del metabolismo, enfermedades de cuyo estudio se han derivado grandes aportes a la ciencia y a la medicina.

Aquellas historias y personajes se encuentran en varios archivos de Word, uno de los proyectos a los que este científico le ha dedicado los más recientes años de su vida. Allí, le ha rastreado los pasos a, por ejemplo, Sir Archibald Edward Garrod, el médico británico que en los últimos días del siglo XIX se lanzó a investigar por qué los pañales de algunos bebés se ennegrecían al contacto con la luz. Aunque no ganó el premio Nobel, su trabajo en la alcaptonuria (la enfermedad de la orina negra) abrió un nuevo campo de la ciencia: los errores innatos del metabolismo, enfermedades que se originan en un error genético que muchos  padres trasmiten a sus hijos.

Garrod predijo a comienzos del siglo XX que el defecto se debía a un gen defectuoso que producía una enzima inactiva; en 1958 descubrieron que el problema de la alcaptonuria (una de las tres enfermedades genéticas estudiadas originalmente por él) se daba por deficiencia de la enzima homogenístico oxidasa, que hacía que se acumulara ácido homogenístico responsable de la coloración negra de la orina en los pacientes alcaptonuricos. Mucho más tarde, en 1996, se   descubrieron las mutaciones del gen HGD, confirmando así, un siglo después, las predicciones del científico británico.

Con ese ejemplo, Barrera explica otra particularidad de este tipo de investigadores: “Son universales y están prestos a aprender de otras ciencias, es decir, utilizan los avances y nuevos desarrollos en otros campos como la física, la química, la bioinformática o en la biología para avanzar en sus investigaciones.

En las más de 300 páginas que ha sumado hasta el momento, y que sigue corrigiendo y poniendo a punto, Barrera ha dado con la vida y las historias de algunos de ellos. Muchos de esos encuentros los ha revivido en su memoria. Como el de Earl Sutherland, Nobel de Medicina en 1971 por su descubrimiento de los mecanismos de acción de las hormonas, tema que lo cautivó cuando cursó en los años 70 su maestría en Ciencias en EE.UU. A mediados de esa década, Barrera se trasladó a Miami para estudiar su doctorado solo unos meses después del fallecimiento de Sutherland, pero con su coinvestigador pudo continuar el tema que lo ocupaba en su mismo laboratorio y también tuvo el privilegio de tener acceso a lo que eran sus bitácoras diarias de investigación.

En su manuscrito, Barrera también ha dado con historias que reflejan desigualdades sociales, como la de los esposos Carl Ferdinad y Gerty Cori, científicos checos que llegaron a EE.UU. en los años 20 para continuar con sus investigaciones en medicina. “En algún centro de investigación les permitieron trabajar juntos, pero ella ganaba 10 veces menos que él y hacía lo mismo”, recuerda Barrera sobre la pareja que ganó el Nobel de Medicina en 1947 por el descubrimiento de la conversión catalítica del glucógeno; a pesar de este detalle, resalta que sus logros se obtuvieron en parte por su complementariedad  en todos los espacios de sus vidas: “Oyendo al hijo, uno entiende que eran el complemento perfecto: a ella  le gustaba la antropología y las biografías, a él la poesía y el arte. Uno empezaba un frase y el otro la completaba”.

Esa desventaja también la sintió en carne propia Rosalyn Yalow, Nobel de Medicina en 1977 por el desarrollo del inmunoensayo para la cuantificación de las hormonas péptidas. Un logro que casi no se da por ser una científica trabajando en los años 50, cuando la investigación científica era dominada casi exclusivamente  por hombres:. Para poder aproximarse a la escuela de posgrado ’por la puerta de atrás’, como ella misma decía,  aceptó ser secretaria de un notable bioquímico para lo cual tuvo que aprender taquigrafía. Posteriormente la invitaron  en la Universidad de Illinois para dictar cursos de pregrado donde era la única mujer entre 400 compañeros varones. Yalow afirmaba: ’Cualquier cosa que haga la mujer debe hacerlo dos veces mejor que un hombre para que sea considerada la mitad de buena’”.

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Rosalyn Yalow (izq.) y Gerty Cori (der.) ganaron el Premio Nobel sobreponiéndose a un campo dominado casi que exclusivamente por hombres.

¿Cómo surgen los científicos que ganan el Nobel? Una mirada rápida a la vasta historia del premio en las categorías de Medicina y Química (se entrega desde 1901) señala que lo han recibido, hasta la edición de 2017, unas 418 personas de 29 universidades, de las cuales 21 son de Estados Unidos sin que todos los investigadores hayan nacido en ese país; de hecho, hubo una época en que la mayoría eran inmigrantes que huían de la persecución nazi.

Estos datos no son ajenos en las extensas sesiones de escritura de Barrera; de hecho, ha creado su propia explicación del fenómeno: “Una proporción muy grande de investigadores los concentran universidades como Harvard, Cambridge, Chicago, Columbia, Oxford, MIT, Caltech, Humboldt, Paris, porque allí se privilegia la investigación de frontera y, para ello, concentran recursos físicos y humanos de las más alta calidad y pagan bien. Por otra parte, una buena universidad atrae ya ganadores de premios Nobel o candidatos en potencia, porque los escalafones y el prestigio moderno se basan también en cuántos Nobel tiene una universidad”.

Por otra parte, el apoyo  de los padres y maestros en los primeros años suele ser fundamental en la carrera de un investigador: “La mayoría de los grandes científicos recuerdan a uno de sus maestros en los primeros  años de escuela o en la adolescencia que los marcó con su entusiasmo y amor por la ciencia”, asegura Barrera. Excepcionalmente, el ejemplo viene de casa como lo demuestra la historia de la francesa Irène Joliot-Curie, que ganó el Nobel de Química en 1935 por el descubrimiento de la radiactividad artificial; ella aprendió la pasión por la investigación de sus padres, los científicos —y también nobeles— Pierre y Marie Curie.

Para Barrera, quien se concentra en la etapa final de edición de su libro y en escoger de entre la lista de diez títulos el indicado, son la disciplina, la inspiración y algo de suerte los factores que pueden convertir a un niño curioso en un científico de renombre. Suele explicarlo a través de una cita de Pasteur que frecuentemente recordaba Sir Hans Adolf Krebs —por supuesto, Nobel de Medicina en 1953 por describir el ciclo que lleva su nombre—: “La suerte es necesaria pero solo favorece a la mente preparada”.

“A todos nos llegan momentos de inspiración, unos los utilizan y otros no… A uno la vida le ofrece una cantidad de buenas  oportunidades, pero si las deja pasar…”, concluye Barrera con una carcajada, no sin antes volver la mirada a la pantalla de su computador para sumergirse de nuevo en la historia que está a punto de terminar.

El hombre que enfrió los átomos

El hombre que enfrió los átomos

El estadounidense William Daniel Phillips, premio Nobel de Física en 1997, demostró que los átomos se podían enfriar más de lo que las teorías predecían, de tal manera que se empezaran a mover como en cámara lenta permitiendo atraparlos con más facilidad para estudiarlos mejor.

Eso ocurrió en 1988. Pero la tarea no fue fácil: él, su grupo de investigadores y los científicos con quienes compartió el premio –Steven Chu y Claude Cohen-Tannoudji– tuvieron que utilizar tres métodos diferentes para medir la temperatura de las moléculas porque sus resultados generarían una gran sorpresa en el mundo científico. Había que confirmar y volver a confirmar.

Este avance ha sido clave para continuar con la investigación que hoy en día trabaja en Estados Unidos con la física colombiana Ana María Rey y con Jung Ye, experto en metrología de precisión, para generar relojes atómicos y desarrollar la mecánica cuántica.

Los tres estuvieron en Bogotá, con motivo de la clausura de las cátedras ‘Huellas que inspiran’ y ‘Sesquicentenario de la Universidad Nacional de Colombia’.