El planeta pierde terreno

El planeta pierde terreno

La degradación de los ecosistemas a través de las actividades humanas está empujando al planeta hacia una sexta extinción masiva de especies. Esa fue una de las categóricas sentencias que anunció hace tres meses la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas, IPBES, cuando entregó el Informe de evaluación en materia de degradación y restauración del suelo a nivel mundial, un sesudo estudio realizado por cerca de 150 expertos de 45 países durante tres años.

Y ahora que se aproxima el Día mundial de la lucha contra la desertificación y la sequía (junio 17) vale la pena revivir el tema, profundizar en las conclusiones de dicho informe y destacar las propuestas para por lo menos reducir el ritmo al que se degradan los territorios y minimizar sus efectos. Lo paradójico es que la principal causa de este fenómeno es la actividad humana y los s perjudicados somos los humanos, porque le estamos demandando a la tierra más de lo que nos puede proveer. Víctimas de nuestro propio invento.

Primero que todo, Robert Scholes, copresidente del informe, explica que la degradación es la pérdida permanente de la capacidad que tienen los suelos terrenos o campos para soportar la vida, no solamente del ser humano sino de todos los organismos. Y la restauración ocurre cuando se recupera el funcionamiento de las poblaciones biológicas y los servicios ecosismicos en estas regiones afectadas.

Se degradan los territorios por la expansión agrícola, la extracción minera y de recursos naturales y la urbanización. Le estamos quitando espacio a la naturaleza. Dice el informe que para el año 2014 más de 1.500 millones de hectáreas de ecosistemas naturales habían sido convertidas a tierras de cultivo y solo la cuarta parte del planeta “ha escapado a los impactos sustanciales de la actividad humana”, que corresponde a zonas “muy frías, muy altas, muy secas o muy húmedas”, como lo advirtió Scholes en rueda de prensa. Para 2050, si seguimos al ritmo que vamos, este porcentaje será de menos del 10%.

En las zonas degradadas los suelos se han erosionado, ya no son tan fértiles por la disminución de contenido orgánico y ha aumentado su toxicidad, principalmente por la acumulación de sales. Unos de los ecosistemas más afectados en el mundo son los humedales: desde el año 1900 se ha perdido el 54% de los que existían.

El informe inicia con cifras que llaman a la acción inmediata: la situación descrita pone en riesgo el bienestar de al menos 3.200 millones de personas. Dice Scholes que a nivel mundial la vida de dos de cada cinco personas está impactada de manera significativa por esta razón. Y con la pérdida de hábitats por la degradación, “entre 1970 y 2012, el índice de tamaño de la población promedio de especies de vertebrados terrestres silvestres cayó en un 38% y el de las especies de agua dulce, en un 81%”.

La degradación también es una de las principales causas del cambio climático: solo la deforestación es responsable de alrededor del 10% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero, pero si restauramos contribuiremos en un tercio a reducirlas. Gran mensaje para la región del Amazonas, que citó Scholes específicamente.

Finalizó diciendo que hay una asociación clara y evidente entre la degradación de los ecosistemas, la pobreza y la migración, todos factores que se han incrementado en los últimos años. De acuerdo con Naciones Unidas, entre 2000 y 2015, el número de migrantes en el mundo aumentó de 173 a 244 millones.

En la presentación del informe a la prensa, Scholes mencionó en África países como Zimbabue, Lesoto y el cinturón que va desde Angola hasta Mozambique como unas de las regiones con grandes extensiones de tierras degradadas, pero “este es un problema de todos los países del mundo”.

El panorama no es alentador, sin embargo, los expertos también hicieron énfasis en las experiencias exitosas para evitar o revertir este fenómeno, que van desde buenas prácticas agrícolas y silvopastoriles hasta el control sobre las fuentes de contaminación y la planificación espacial urbana replantando especies nativas, ampliando parques, respetando cauces de los ríos y el tratamiento de aguas residuales.

En diálogo con Pesquisa Javeriana, Judith Fisher, autora invitada como coordinadora de uno de los capítulos del informe, explicó la manera como muchas de estas prácticas exitosas provinieron no del conocimiento científico sino del conocimiento tradicional de comunidades indígenas. El informe incluye, por ejemplo, el uso de los calendarios ancestrales para la agricultura o el conocimiento de las costumbres de reproducción de ciertas aves y mamíferos. Esa información fue clave para explicar “cómo restaurar, manejar y evitar la degradación de los suelos”.

El informe recomienda mejorar el monitoreo, coordinar acciones de política para armonizar las agendas de agricultura, silvicultura, energía, agua, infraestructura y servicios, entre otras acciones.

Desertif 1


Los estudios en Colombia

La Lista roja de los ecosistemas colombianos, trabajo publicado en 2017 y liderado por el profesor Andrés Etter, de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, coincide con el IPBES.

En particular, la degradación de los suelos por erosión y salinización son factores preponderantes en más del 80% de los ecosistemas catalogados en estado crítico en las regiones secas y áridas del Caribe y los Andes, como los bosques secos tropicales, arbustales xerofíticos adaptados a ambientes secos y formaciones desérticas. Esta situación está asociada a la desprotección del suelo por falta de coberturas vegetales protectoras, usos ganaderos insostenibles, minería y malas prácticas de mecanización agrícola, entre otras razones. Estas condiciones ponen en serio peligro las posibilidades de restauración y conservación de estos ecosistemas, y su capacidad de garantizar la provisión de servicios ecosistémicos para la sociedad a futuro.

Por otro lado, de acuerdo con el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, IDEAM, además de la erosión, otros aspectos que se asocian a la degradación de los suelos son la desertificación, la compactación, la salinización y el cambio climático. En un reciente estudio que midió la degradación de los suelos colombianos por salinización, concluyó que el 90% de las tierras de la Guajira lo están, seguido por los departamentos de Atlántico y Magdalena. La salinización es un proceso de degradación química, resultado del aumento, ganancia o acumulación de sales en el suelo que afecta los procesos productivos, la seguridad alimentaria y la biodiversidad.

La meta 15 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible se refiere a “proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, efectuar una ordenación sostenible de los bosques, luchar contra la desertificación, detener y revertir la degradación de las tierras y poner freno a la pérdida de biodiversidad biológica”.

Pero si seguimos como vamos, en unos años, como dijo Brigitte Baptiste, directora del Instituto de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, en la Guajira no habrá posibilidades de vida.

Efectos de hidroeléctricas: urge una visión integral

Efectos de hidroeléctricas: urge una visión integral

Como el aleteo de la mariposa que puede tener repercusiones en el otro lado del mundo, las hidroeléctricas no solo impactan en el sitio donde se construyen, también sus efectos se sienten a cientos y miles de kilómetros aguas arriba o aguas abajo del río que se represa.

En la cuenca del río Magdalena, las 33 hidroeléctricas operando y dos en construcción de tamaño grande y mediano están alterando la salud del afluente como un todo y de las planicies inundables de la Depresión Momposina, al norte de Colombia, en los departamentos de Bolívar, Cesar, Córdoba, Magdalena y Sucre. La evaluación para construir otras 99 posibles iniciativas y cumplir las metas de capacidad de generación de electricidad a 2050 tendrá que estar sustentada en un enfoque integral, para que los estudios de impacto ambiental no se limiten a analizar el ecosistema puntual donde se planean ubicar sino tengan en cuenta los efectos que su construcción puede generar en toda la cuenca.

Esta es una de las conclusiones del artículo científico publicado a comienzos de mayo en Hydrology Earth Systems Sciences por investigadores colombianos, estadounidenses y holandeses, titulado Basin-scale impacts of hydropower development on the Mompós Depression wetlands, Colombia.

El artículo, resultado de investigaciones desarrolladas por más de cuatro años, envía un mensaje clave a los tomadores de decisión: “Es necesario hacer la planificación teniendo en cuenta el impacto acumulado de todos los proyectos en toda la cuenca, y no proyecto por proyecto”, explica uno de sus autores, Héctor Angarita, investigador del Instituto de Ambiente de Estocolmo. “Dejemos de ver esto a escala de los proyectos individuales, que es lo que generalmente hacemos en el contexto institucional actual de Colombia”, dice y sugiere tener en cuenta consideraciones ambientales y sociales del sistema hidrológico integral porque “en la actualidad, hay lugares que están muy afectados”.

Un impacto que es evidente y evalúa el artículo es la afectación sobre las especies de peces migratorios, por encontrar barreras cuando nadan aguas arriba para cumplir parte de sus ciclos de vida: “Los peces perciben las señales que la dinámica natural de los periodos de aguas bajas, aguas altas y sus transiciones les envían, para iniciar los procesos de migración desde las partes bajas del río hacia aguas arriba y, de esta forma, llegar a sus áreas de desove. Sin embargo, resulta que esas rutas ya prácticamente están colapsando por el bloqueo que significa los muros de las hidroeléctricas”, dice el ecólogo Javier Maldonado, de la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana.

Maldonado no solo está preocupado porque, como estudia los peces y es un experto en ellos, los quiere vivos; es que allí, en la Depresión Momposina, se desarrolla una de las principales pesquerías de la cuenca del Magdalena, basada principalmente en especies migratorias, y especies emblemáticas como el bocachico –Prochilodus magdalenae– o el bagre rayado –Pseudoplatystoma magdaleniatum–, sufren las consecuencias de la perturbación al caudal natural de los ríos. La fragmentación incluso puede aumentar el riesgo de extinción de esas especies, como fue demostrado en otro estudio publicado en 2017 por Maldonado y colaboradores. Este es el mejor ejemplo de que aquello que sucede en las zonas bajas depende de eventos que ocurren aguas arriba, a muchos kilómetros de distancia.

Los autores usaron un software para proyectar los efectos potenciales de la expansión de hidroeléctricas en la Depresión Momposina a 2050, que no solamente tiene en cuenta los aspectos ingenieriles sino también factores socioeconómicos y agrícolas. “Habíamos construido un modelo para toda la macrocuenca del Magdalena en la herramienta WEAP (Water Evaluation and Planning System). Lo que hacía falta para representar correctamente los procesos que determinan el movimiento del agua dentro de la cuenca era entender las planicies inundables”, explica Angarita, ingeniero civil con maestría en hidrosistemas y candidato a PhD. Eso significa todo lo que puede alterarse porque el río no solamente depende de la conexión longitudinal de su canal principal, es decir, desde donde nace hasta donde desemboca. “También existe una conectividad lateral”, agrega Maldonado, refiriéndose a todo lo que lo rodea. “E s muy importante porque es la que determina, por ejemplo, la persistencia en el tiempo de todos los sistemas cenagosos, base de la pesca de la cuenca del Magdalena, así como de muchas actividades agrícolas de la cuenca que se desarrollan en las zonas de planicie”.

Si se perturba esa dinámica del agua, es decir, la interdependencia entre el río y sus planicies inundables, el sistema colapsa y su naturaleza muere. “Diseñar las nuevas capacidades de esta herramienta para modelar este componente de intercambio de aguas entre los ríos y las planicies inundables fue una de nuestras innovaciones en esta investigación”, afirma Angarita.

Así, el estudio concluye que en las condiciones actuales ya se han alterado significativamente la macrocuenca y los humedales de la Depresión Momposina: “En particular, la pérdida de conectividad longitudinal de los hábitats de desove de los peces migratorios (-54%) y la disminución del transporte de sedimentos (-39%), mientras el régimen y la variabilidad hidrológica de los humedales se mantienen cerca de las condiciones naturales a una escala temporal mensual”.

Si se aplican las proyecciones a 2050, el escenario puede empeorar. La construcción y operación de hidroeléctricas podría descompensar el ciclo natural de las aguas dulces que recorren nuestro territorio. Abrir las compuertas para que el agua fluya de manera artificial hará que todos los procesos ecológicos naturales que dependían de la dinámica natural de la cuenca se pierdan totalmente, y eso implica pérdida de productividad en especies de interés económico y cultural.

El flujo natural del agua en la cuenca es importante pero también lo es la sedimentación natural de los ríos, que es la que transporta los nutrientes. Esa también se está perdiendo. “Los muros de las represas de las hidroeléctricas no solo tienen efectos en contención del flujo de agua, sino que también atrapan y acumulan los sedimentos que deberían llegar aguas abajo para aportar nutrientes al río y a las planicies de inundación”, explica Maldonado. En consecuencia, disminuyen los peces… y la pesca. Entre otros impactos que genera la ausencia de sedimentos en los ecosistemas aguas abajo, se incluye la transformación del paisaje y hábitats de los ríos a lo largo del tiempo.

Paisaje desde la Hidroeléctrica El Quimbo, en el departamento del Huila.
Paisaje desde la Hidroeléctrica El Quimbo, en el departamento del Huila.


Los científicos proponen

“Los ríos son estructuras jerárquicas y anidadas que están conectados y sobre esa característica particular son muy sensibles a intervenciones puntuales”, explica Angarita. Un solo embalse en el lugar equivocado puede destruir completamente los procesos ecológicos de la cuenca; si se pone en otro lugar, es posible tener el mismo beneficio sin afectar todo el sistema. “La propuesta es que, en la identificación de nuevos proyectos, los impactos a escala de toda la cuenca sean considerados y se evalúen las medidas apropiadas para evitar o minimizar efectivamente sus consecuencias negativas y riesgos sociales y ambientales, a la vez que se obtienen los beneficios de estas obras”.

La bióloga javeriana Juliana Delgado, investigadora de The Nature Conservancy y coautora de la publicación, remató: “Lo que hemos podido analizar con las herramientas y el marco metodológico que TNC ha venido implementando en la cuenca del Magdalena-Cauca con autoridades ambientales nacionales y regionales y otros actores, es que tenemos un rango amplio de oportunidades para tomar mejores decisiones si consideramos los riesgos ambientales y sociales en etapas tempranas de la planificación de proyectos hidroeléctricos. El análisis, con una visión integral y a una escala adecuada, es indispensable para evitar o disminuir riesgos ambientales y sociales en la expansión del sector hidroeléctrico, que de otra forma no son considerados o son subestimados”.

Con lo sucedido recientemente en la represa de Hidroituango, el proyecto hidroeléctrico más grande del país construido en el río Cauca, principal tributario de la cuenca del río Magdalena, “en este momento cobra más importancia demostrar el potencial de este tipo de análisis”, afirma Delgado.

En los escenarios contemplados por los investigadores está Hidroituango porque, continúa, “es parte del ‘estado actual’ de la cuenca, en términos de impactos acumulativos por fragmentación de la red fluvial, con la pérdida del 28,8% de la conectividad original de la red principal de la macrocuenca, la alteración hidrológica del río Cauca y el atrapamiento de sedimentos del 79,2% en este mismo río”.

“Sin embargo”, concluye, “en las evaluaciones que hemos hecho excluyendo este proyecto de la línea base, el rango de opciones para evitar y disminuir impactos acumulativos en la cuenca es mucho mayor”.

En conclusión, no se trata de satanizar las hidroeléctricas sino de reconocer y minimizar los impactos con alternativas viables. Es claro el interés del país en aprovechar los privilegios de su geografía con fines hidroenergéticos, pero también lo es que a nivel mundial existe la tendencia a moverse hacia otras formas de producción de energía menos impactantes, tanto ambiental como socialmente. Tanto así que, por ejemplo, en Europa existe toda una iniciativa de remoción de sus hidroeléctricas. ¿Cuál será el camino que Colombia tomará al respecto?

Hidroeléctricas en la Amazonía, una amenaza para la cuenca

Hidroeléctricas en la Amazonía, una amenaza para la cuenca

Esta es una buena noticia para el país, dice el ecólogo Javier Maldonado-Ocampo, experto en peces de agua dulce, profesor del departamento de Biología de la Pontificia Universidad Javeriana y coautor del artículo científico publicado hoy en la última edición de la revista de acceso abierto Science Advances, titulado Fragmentation of Andes-to-Amazon connectivity by hydropower dams.

El dorado (Brachyplatystoma rousseauxii), un bagre que recorre alrededor de 8.000 kilómetros por aguas amazónicas, siendo reconocido como el que hace la mayor migración a nivel de agua dulce en el mundo, es uno de los peces perjudicados con la construcción de estas represas. Como él son muchas las especies que se ven afectadas, incluyendo las comunidades indígenas y campesinas de la cuenca amazónica que viven de la pesca y otros servicios de los ríos. El dorado es uno de los peces más importantes para las pesquerías comerciales de la cuenca.

Durante las migraciones anuales de peces, los indígenas del río Caquetá pescan en los rápidos. /Sandra Bibiana Correa
Durante las migraciones anuales de peces, los indígenas del río Caquetá pescan en las aguas rápidas. /Sandra Bibiana Correa


Sí generan energía, ¿pero a costa de qué?

Los investigadores estudiaron ocho de los ríos más importantes de la región. Las represas, dice el estudio, alteran el hábitat de las especies de peces y crean insalvables barreras para su movimiento a través de los ríos.

Concluyen que el desarrollo hidroenergético tiene consecuencias que rompen la conectividad de la biodiversidad entre los Andes y el Amazonas, y esa interrupción hace que el flujo del río ya no sea natural. “Como se corta, se afecta la temperatura del río y los cambios de temperatura son muy importantes para la supervivencia de las larvas de los peces migratorios”, explica Maldonado.

Los ocho ríos amazónicos del estudio
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Se afecta también lo que Maldonado llama “el pulso natural del río”, que se refiere a épocas de inundaciones y aguas bajas porque ya no se presentan de manera natural sino que dependen de que una determinada hidroeléctrica, según la demanda de energía a producir, abra o cierre sus compuertas para dejar pasar el agua y generar energía. “Se pierde el pulso natural de inundación, lo cual afecta toda la diversidad acuática y todos los sistemas de sobrevivencia de las comunidades amazónicas que dependen del plano de inundación”.

Las represas también influyen en el flujo natural de los sedimentos del rio, “que son los que le dan la riqueza al agua, los que nutren los planos de inundación”, continúa Maldonado. “Si hay una retención tan alta de sedimentos, aguas abajo no llegan y todos estos sistemas ricos en nutrientes ya no lo serán, con las graves consecuencias a nivel de todos los componentes de la biodiversidad y los servicios que prestan a las comunidades para agricultura, para pesca, para todo”.

Las represas en los ríos de la Amazonía andina generalmente desvían a distancias de varios kilómetros todo el caudal del agua. /Elizabeth Anderson
Las represas en los ríos de la Amazonía andina generalmente desvían a distancias de varios kilómetros todo el caudal del agua. /Elizabeth Anderson


El camino navegado por la investigación

“La huella del desarrollo de hidroeléctricas en la región Andino-Amazónica ha sido drásticamente subestimada”, dice el estudio, señalando que el número de represas encontradas en el mapa es casi dos veces mayor a lo reportado previamente.

Si bien no se trata de una investigación basada en salidas de campo, los científicos usaron varias metodologías para recabar información de fuentes confiables, y con ojo detectivesco analizaron los datos: algunos parcialmente eran de libre acceso como la información de los países sobre sus proyectos hidroeléctricos (localización, capacidad de generación de energía, altura de la presa). Luego, con el listado completo , los mapearon en la red hídrica de la región Andino Amazónica apoyados en la plataforma HydroSHEDS, y de esta forma calcularon el Índice de Conectividad Dendrítica (DCI, por sus siglas en inglés), que en últimas es el que les permitió determinar el porcentaje de fragmentación de las cuencas analizadas bajo dos escenarios de desarrollo hidroenergético, el actual y el futuro.

En entrevista con Pesquisa Javeriana, la autora principal del artículo, la ecóloga Elizabeth Anderson, codirectora del Instituto Tropical de Conservación y profesora asistente del Departamento de Tierra y Ambiente de la Universidad Internacional de Florida, con sede en Miami, dijo que el estudio presenta “una perspectiva regional sobre la transformación de ríos por el desarrollo hidroeléctrico en la región Andino-Amazónica. La escala grande del estudio fue un gran desafío, especialmente el reto de conseguir y unir información de cinco países: Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, y Brasil”.

No obstante, como estas iniciativas son de trabajo colaborativo en donde constantemente se buscan alianzas estratégicas para el caso de la información y los datos de los peces distribudos en la región, el proyecto Amazon Fish, que construye la base de datos más completa sobre biodiversidad de peces dulceacuícolas para toda la cuenca del Amazonas, liderado en Colombia por la Universidad Javeriana, alimentó el estudio con todos los datos disponibles a la fecha.

¿Qué ha salvado a la Colombia amazónica?

Son dos razones, de acuerdo con Maldonado: “El mayor desarrollo hidroenergético del país ha estado enfocado en la cuenca del Magdalena-Cauca, pero es muy probable que, como ya está colapsada, se voltee la mirada hacia sitios como el Caquetá y el Putumayo. Pero también porque era zona roja, con presencia del conflicto armado”.

 

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Los ríos Caquetá (izq., foto de Daniela Molano) y Putumayo (der., foto de Álvaro del Campo) surcan y
le dan vida a la Amazonía colombiana.

El escenario de las hidroeléctricas podría cambiar significativamente en el futuro para Colombia, recalca el estudio, en tanto los acuerdos de paz traen acceso y seguridad, atractivos intereses para los negocios en la región Amazónica.


El llamado al futuro

Los investigadores proponen un cambio hacia un mayor reconocimiento de lo ecológico, lo cultural y los vínculos económicos con ríos en los Andes y en la cuenca Amazónica.

“Los ríos que todavía mantienen alto nivel de conectividad entre los Andes y las zonas bajas amazónicas representan una gran oportunidad para la conservación en la Amazonía”, explica Anderson. “De hecho, la protección de ríos es uno de los temas de más urgencia, como una nueva frontera para la conservación. Ha habido mucha inversión en áreas protegidas terrestres –eso es muy bueno–, pero ahora se necesita un mayor esfuerzo para que la sociedad en general empiece a reconocer qué ríos de flujo libre también son objetos de conservación, parecido a un bosque intacto de pie. El dinamismo natural de los ríos –¡que se mueven!– es algo critico a su funcionamiento y bienestar”.

Anderson quisiera que este estudio resalte la importancia de los ríos andinos para toda la Amazonia por sus “valiosas contribuciones en cuanto a la exportación de sedimentos, nutrientes, agua y materia orgánica, su papel clave para el cumplimiento del ciclo de vida de muchas especies migratorias de peces, y los fuertes vínculos entre ríos y cultura humana en la Amazonía occidental. Hay necesidad de nuevos marcos legales para la conservación de ríos de flujo libre. Ya Colombia felizmente tiene el marco de Rio Protegido. Es un buen punto de partida para la protección de sus aguas”.

Los residuos no son basura

Los residuos no son basura

Predecir el comportamiento humano es una labor compleja que siempre tendrá un margen de error. Pero es posible hacer conjeturas, analizar tendencias y determinar parámetros para diseñar, con simulaciones en computador, modelos sobre cómo personas, objetos y tecnologías deben interactuar para lograr un determinado fin. Ese fue el trabajo desarrollado por los ingenieros Sandra Méndez y Rafael González, con el cual aportan al conocimiento científico mientras contribuyen a la solución de un problema concreto: la gestión de los residuos sólidos, particularmente los eléctricos y electrónicos.

Su iniciativa comenzó con un estudio sobre cómo la Pontificia Universidad Javeriana ha gestionado, a lo largo de los años y desde que existe información disponible, los desechos ordinarios, los peligrosos y los aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE). Para ello, se apoyaron en la teoría actor-red, según la cual actores humanos y no humanos –sin distinción ni preponderancia de uno sobre otro– se interrelacionan, median sus acciones y están en constante coevolución. Este marco teórico nació en las ciencias sociales a finales de 1970 y ha sido ampliamente utilizado en estudios sociotécnicos.

A la luz de esta teoría se concibe, por ejemplo, que no es lo mismo tener una caneca justo a la salida de una cafetería que detrás de un árbol o sacar desechos de un edificio alto que de uno bajo. Todos los actores que interactúan en cada red son agentes activos.

Con eso en mente, Méndez y González caracterizaron el origen, las diferentes etapas y las transformaciones de la gestión de los desechos en la Javeriana, un lugar que refleja, a pequeña escala, la realidad vivida en un pueblo o una ciudad: en ella conviven diversos tipos de personas en diferentes tipos de espacio.

Hallaron que cada facultad, departamento o área tenía un manejo distinto e independiente de sus residuos, que cumplir la ley era el motor de acción para procesar los desechos peligrosos, a diferencia de los ordinarios, cuyo manejo estaba motivado por el interés intrínseco de algunos profesores y estudiantes. También encontraron que las iniciativas particulares, como el establecimiento de comités operativos, campañas o documentos guía, surgidos en varias áreas del campus, no solo generaron hitos en la dinámica de la gestión, sino que se constituyeron en el principal soporte para los tomadores de decisión. La conclusión fue que en ningún momento la Universidad aplicó metodologías ni tomó decisiones de forma sistémica en el manejo de sus residuos, es decir, considerando todas las variables sociales, políticas, culturales, económicas, técnicas, tecnológicas y físicas que intervienen en la gestión.

A partir de estos resultados y sustentados en la teoría actor-red, los investigadores se concentraron en los RAEE para diseñar un modelo de gestión que luego sometieron a simulación por computador. “Esto nos permitió jugar con distintas condiciones y variables en el manejo de los residuos. Si bien simular el comportamiento de un individuo es complejo, la filosofía de este método no busca detectar la conducta individual sino la colectiva. De ahí que los científicos lo usen para identificar muchos patrones sociales”, explica González, doctor en Sistemas de Información. “Aunque este modelo muestra tendencias y permite comparar parámetros en órdenes de magnitud (en este caso, cuánto disminuirá la generación de residuos y otros datos), no arroja cifras exactas y no es un modelo predictivo”, añade.

Méndez, por su parte, fue más allá, y basándose en estas simulaciones realizó talleres, entrevistas y otras actividades fuera del campus, con el fin de intentar replicar todo a escala nacional. La metodología que diseñó permitió hacer un diagnóstico de la gestión de los RAEE en el país, y eso ayudó a entidades públicas y privadas en la construcción de una política pública que pone a Colombia a la vanguardia de América Latina. “Su trabajo fue un insumo adicional para la formulación de la política, que es la visión de país sobre lo que queremos con respecto a los RAEE, y traza las estrategias para cumplir esa gestión”, señala Diego Escobar, de la Dirección de Asuntos Ambientales Sectorial y Urbana del Ministerio de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible. La política fue lanzada en mayo pasado, contó con la cooperación internacional suiza –especialmente a través del programa Sustainable Recycling Industries– y varios países ya la han tomado como referencia.

Aplicación Redposconsumo

En 2014, la generación de los RAEE domésticos en Colombia se estimó en 252.000 toneladas, es decir, 5,3 kilogramos por habitante, cifra que aumenta de forma proporcional al consumo desbordado de aparatos.

El Gobierno creó la aplicación RedPosconsumo, disponible en GooglePlay, que identifica los puntos de recolección de llantas, pilas, medicamentos vencidos, baterías de plomo-ácido, envases de plaguicidas, bombillas, computadores y periféricos en todo el país.

  • RedPosconsumo ofrece información sobre las diversas clases de residuos y los programas y campañas de recolección y posconsumo.
  • También permite a los usuarios interactuar entre sí en tiempo real.
  • Aunque originalmente fue lanzada en 2014, su perfeccionamiento se dio en el marco de la nueva política pública.

 

Este proyecto se consolidó en la tesis doctoral de Méndez, que recibió la mención de laureada por contribuir decididamente al conocimiento científico. “La innovación de nuestro enfoque fue emplear la teoría actor-red en el manejo de residuos sólidos, algo en lo que no había antecedentes en el mundo, y crear un modelo computacional que abordara la gestión de manera sistémica”, señala esta ingeniera civil, cuya investigación será publicada como un capítulo del libro Social Systems Engineering: The Design of Complexity.

Actualmente, Méndez desarrolla una guía de diseño sistémico de políticas para la gestión de los RAEE en países en vía de desarrollo, con el fin de compartir la experiencia de Colombia.

La nueva política es un paso pertinente, pero el verdadero desafío es su apropiación social. “La importancia de programas de manejo de residuos y posconsumo está basada en la academia y ahora en la regulación, pero en la realidad este sector está saturado por malas prácticas e incluso mafias”, dice Sergio Zuluaga, cofundador de Weee.Global, firma que ofrece soluciones para el aprovechamiento de los RAEE. “Solo ante la inminencia de una visita, auditoría o procedimiento, este tema cobra relevancia para las empresas, y hasta que no logremos cerrar la brecha entre conciencia social, políticas públicas y el día a día de la operación empresarial, vamos a tener muchas distorsiones en el sistema”, advierte.

La transformación social es el eslabón que falta para que la cadena academia-investigación-política pública se convierta en un círculo virtuoso. Por supuesto, tomará tiempo y persistencia. La nueva política proyecta ese cambio para 2032, pero, por el bien de todos, ojalá se logre antes.


Para leer más

  • Política Nacional de Gestión de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE).

TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Actor-Network Theory on Waste Management: A University Case Study
INVESTIGADORA PRINCIPAL: Sandra Méndez-Fajardo
COINVESTIGADOR: Rafael A. González
Facultad de Ingeniería
Departamentos de Ingeniería Civil e Ingeniería de Sistemas
Pontificia Universidad Javeriana
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014

La escuela que restaura los paisajes nativos

La escuela que restaura los paisajes nativos

Fue una idea sencilla. Un día de julio de 2002, el profesor José Ignacio Barrera llegó a su clase de la Pontificia Universidad Javeriana y les propuso a sus estudiantes formar un club: se reunirían cada semana, leerían un artículo científico para esa sesión y lo discutirían entre todos. Su cita, entonces, se fijó para todos los viernes a las 4:00 de la tarde.

Hoy, cuando su pequeño club de lectura se ha convertido en la Escuela de Restauración Ecológica (ERE), el grupo de investigación reconocido más allá de Colombia que ejecuta proyectos vitales para restaurar la vegetación nativa en ecosistemas afectados, ha formado profesionales codiciados por el mundo académico y laboral.

En este momento, el profesor Barrera, con el apoyo de las facultades de Ciencias y de Estudios Ambientales y Rurales, trabajan para inaugurar en 2018 la Maestría en Restauración Ecológica que la Javeriana le ofrecerá al país.

José Ignacio Barrera, impulsor y líder de la escuela.
José Ignacio Barrera, impulsor y líder de la escuela.

El siguiente audio es un homenaje de Pesquisa Javeriana al trabajo que Barrera y sus estudiantes han realizado durante los pasados 15 años, y al que falta por hacer, tal como el profesor reconoce: “Como grupo, hay un reto muy grande y es que el país entra en este proceso de postconflicto, y creo que ahí podemos incidir mucho en lo que es la restauración de los ecosistemas y la ganancia de confianza de las poblaciones afectadas por la violencia con el Estado”.

 

*En esta historia utilizamos y editamos la canción N35-40-19-800 de Springtide, vía Free Music Archive, bajo la licencia CC BY-NC-SA 3.0.

 

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Para leer más sobre este tema:

En junio 2016, acompañamos a los integrantes de la Escuela de Restauración Ecológica en su trabajo de recomponer el paisaje y la vegetación del Embalse del Neusa, en Cundinamarca. Puede leer nuestro reportaje aquí.

Las aves que Colombia perdió de vista

Las aves que Colombia perdió de vista

El Libro rojo de aves de Colombia trae noticias desalentadoras porque habla de aquellas especies que están en riesgo de extinción. Lo positivo es que advierte sobre el tipo de amenazas que vive cada una de las identificadas y hace propuestas para frenar su desaparición.

El volumen II analizó en detalle 114 especies, de las cuales 82 se encuentran bajo amenaza de desaparición y una se registra como “extinta” (ver recuadro). Pesquisa Javeriana presenta una galería de algunas de ellas con un alto grado de amenaza.


Podiceps andinus

Rojo 1
Ilustración: Robin H. Schiele.

La última vez que se vio a este zambullidor cira (Podiceps andinus), especie endémica colombiana, fue en 1977 en el Lago de Tota. Frecuentaba las lagunas de la sabana cundiboyacense, pero parece que la erosión, la contaminación, el drenaje y el deterioro en la calidad de las aguas la fue acabando. También se le atribuye su desaparición al cambio de vegetación en los hábitats que frecuentaba. Es la única que reportan los investigadores que está completamente extinta.


Thryophilus sernai – Scytalopus perijanus

Cucarachero paisa (izqu.) y tapaculo de Perijá.
Cucarachero paisa (izq) y Tapaculo de Perijá. Fotografías: Daniel Uribe y Juan Pablo López O.

No acababan de encontrar al tapaculo de Perijá (Scytalopus perijanus) y al cucarachero paisa (Thryophilus sernai) −dos especies nuevas para la ciencia−, cuando los investigadores descubrieron que ya están amenazadas. El primero habita en los bosques de niebla y páramos bien conservados y su desaparición responde, principalmente, a la pérdida y fragmentación de estos ecosistemas del Caribe colombiano por la extracción de madera y actividades agrícolas y ganaderas. Al cucarachero paisa le gusta volar a ambos lados del río Cauca, en el bosque seco tropical. Su canto lo delata pero ya no se oye con frecuencia, pues su población disminuye con rapidez.


Heliangelus Zusii

Rojo 3
Ilustración: Robin H. Schiele.

Es posible que este colibrí, también llamado heliangelus (Heliangelus zusii), de Bogotá, esté ya extinto. Solo se conoce un espécimen colectado en 1909, pero los investigadores intuyen que aún existen poblaciones en algún enclave seco de la cordillera Oriental o del Macizo colombiano. Poco se sabe de él.


Eriocnemis godini

Rojo 4
Ilustración: Robin H. Schiele.

Como el heliangelus, este colibrí llamado zamarrito gorjiturquesa (Eriocnemis godini) está en peligro crítico, casi extinto. Se le conoce por tres especímenes disecados en el Museo Americano de Historia Natural y otro en el Museo Británico de Historia Natural, aparentemente provenientes de los departamentos de Nariño y Cauca.


Netta erythrophthalm

Rojo 5
Ilustración: Robin H. Schiele.

Si bien el pato negro (Netta erythrophthalm) se encontraba fácilmente en Colombia y en gran parte de Suramérica, durante décadas desapareció en el país hasta que, en 2012, un grupo de funcionarios del Santuario de Fauna y Flora de la Ciénaga Grande de Santa Marta reportó cuatro individuos surcando sus cielos. La cacería y el deterioro de humedales puede ser la causa de que esta especie se encuentre amenazada.


Crax Alberti

Rojo 6
Fotografía: Daniel Uribe.

A este paujil o pavón colombiano también se le llama paujil de pico azul (Crax Alberti). Es endémico de Colombia y se encuentra, cuando se le avista, en cuencas medias y bajas de los ríos Cauca y Magdalena, generalmente por debajo de los 800 metros sobre el nivel del mar. La mayoría de los registros corresponden a machos que emiten pujidos de cortejo y, por otro lado, a hembras solitarias. Hoy en día habita en tres reservas regionales: el cañón del río Alicante y Bajo Cauca Nechí, ambas en Antioquia, y en la Reserva El Paujil, entre Boyacá y Santander.


Vultur gryphus

Rojo 7
Fotografía: Rodrigo Gaviria Obregón.

No podía faltar −desafortunadamente− el majestuoso cóndor de los Andes (Vultur gryphus), en peligro crítico de extinción y, dice el libro, que, de continuar la situación, pronto desaparecerá. Siendo el ave emblemática del escudo de Colombia, la población silvestre actual no alcanza los cien individuos y los reintroducidos son menos de 50. El deterioro y transformación de los hábitats por acción humana son sus principales amenazas, además de la cacería, por considerarse −equivocadamente− como un peligro para el ganado.

Números que deben preocupar

‘El libro rojo de aves de Colombia’ analiza el turbio panorama de la fauna en el país, encontrando:
1 especie extinta
2 especies en peligro crítico, probablemente extintas
9 especies en peligro crítico
30 especies en peligro
31 especies vulnerables
10 especies casi amenazadas
7 especies con datos insuficientes

De ellas, 29 son endémicas.


Leptotila jamaicensis
  Icterus leucopteryx

Tortolita caribeña (izq.) y turpial jamaiquino. Fotografías: Mikko Pyhälä y Daniel Uribe.
Tortolita caribeña (izq.) y turpial jamaiquino. Fotografías: Mikko Pyhälä y Daniel Uribe.

Estas dos especies −la tortolita o paloma caribeña (Leptotila jamaicensis) y el turpial jamaiquino o caribeño (Icterus leucopteryx)− se encuentran solamente en la isla de San Andrés. Su distribución es cada vez más reducida por la pérdida de hábitat y la vulnerabilidad a los huracanes. El macho y la hembra del turpial caribeño construyen nidos colgantes en forma de bolsa, que van tejiendo pacientemente con materiales flexibles como fibras de hojas de palmas y pelo de caballo.


Cistothorus apolinari
 – Pseudocolopteryx acutipeonis

Cucarachero de apolinar (izq.) y doradito oliváceo.
Cucarachero de apolinar (izq.) y doradito oliváceo. Fotografías: José Oswaldo Cortés Herrera y Daniel Uribe.

En los humedales y lagunas de la cordillera Oriental, especialmente en el altiplano cundiboyacense, se ven aún algunos individuos de este cucarachero de pantano o cucarachero de apolinar (Cistothorus apolinari). Pero la contaminación de los humedales y posiblemente la acción del cambio climático global parecen estar afectando las poblaciones. Los autores del Libro rojo de aves de Colombia llaman la atención sobre el control poblacional de ratas, gatos y perros para evitar su extinción. El doradito oliváceo (Pseudocolopteryx acutipeonis), por su parte, vive una situación similar a la del cucarachero: los registros son escasos en los humedales de la Sabana de Bogotá. Se desplaza mediante vuelos cortos entre los juncos de los humedales.


En los dos volúmenes del Libro rojo de aves de Colombia se encuentran la totalidad de las especies de aves residentes en el país de forma permanente o estacional; en el volumen II, los autores recomiendan encarecidamente proteger las montañas del Darién que albergan, junto con la Sierra Nevada de Santa Marta, la mayor concentración de especies amenazadas.

 

Medalla ambiental

La Fundación Alejandro Ángel Escobar otorgó el Premio Nacional Alejandro Ángel Escobar en la categoría “Medio ambiente y desarrollo sostenible”, a los investigadores que lideraron la publicación del Libro rojo de aves de Colombia.

En su fallo, la Fundación resaltó que este trabajo de más de 10 años de investigación, publicado en dos volúmenes, sirve “como soporte para definir prioridades de conservación, declaración de áreas protegidas, formular políticas, planes de manejo, asignar recursos y concientizar a la sociedad sobre la vulnerabilidad de la naturaleza”.

Coordinada por Luis Miguel Renjifo, vicerrector de Investigación de la Pontificia Universidad Javeriana, la investigación contó con los valiosos aportes de Ángela María Amaya, Juan David Amaya, Jaime Burbano (investigadores asociados a la Javeriana), Gustavo Kattan (científico de la Javeriana, sede Cali), María Fernanda Gómez (de ONU Medio Ambiente) y Jorge Iván Velásquez (del Instituto Humboldt).

El reconocimiento se entregará a los ganadores el 4 de octubre de 2017.

 

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Cazadores de huellas

Cazadores de huellas

En uno de los bosques andinos de la cordillera central colombiana, el sonido de la hojarasca y las corrientes de agua acompañan la excursión por el lugar. Con pasos cuidadosos, miradas fijas en el suelo, y con un GPS amarillo en mano, un grupo de biólogos rastrea las huellas de los mamíferos medianos y grandes de El Santuario de Flora y Fauna Otún Quimbaya ubicado en Risaralda.

Llevan ocho años en una misión casi titánica buscando rastros de pumas, dantas, osos de anteojos y zorros. Con esas pistas, han logrado monitorear la distribución y abundancia de las especies del lugar y proponer esquemas para la conservación de estas poblaciones silvestres.

Gracias al rastro en forma de huella que dejan por los senderos estos animales, los investigadores de la Pontificia Universidad Javeriana han podido estudiar su comportamiento y el impacto del hombre sobre sus hábitats naturales. Esta aventura, en lo profundo de la naturaleza, les ha mostrado cómo el turismo no controlado que recorre la cuenca del río Otún se convierte en detonante de la sobreexplotación, una de las mayores amenazas para estos mamíferos, cuyas poblaciones están disminuyendo.

Asociado a este factor se encuentran los gatos y perros que acompañan a sus amos, pues se vuelven depredadores potenciales de las especies de fauna silvestre más pequeñas del lugar, así como transmisores de enfermedades, como ocurre entre los perros domésticos y los zorros.

La verde y espesa vegetación hace que un tercer detonante aparezca. Este corresponde a la cacería ilegal que presiona la concentración de dantas o tapires en ciertas zonas del Santuario, un comportamiento contrario a la naturaleza libre y salvaje de esta especie identificada por su alargado hocico. Pero eso no es todo, la modificación de los hábitats por la tala de árboles también ha sido un factor de amenaza para estas especies pues la vegetación que estos mamíferos usan para protegerse y como alimento es cada vez más escasa.


Un banco que almacena huellas de animales

Los investigadores del Banco de Huellas de mamíferos medianos y grandes de Colombia, ubicado en la Javeriana, han adelantado más de cinco proyectos de investigación recorriendo buena parte del territorio nacional. Actualmente es el único banco con estas características en el país y por ello su papel ha sido fundamental. Desde hace diez años Germán Jiménez, biólogo y profesor de la universidad, ha liderado este proyecto junto a su semillero de investigación en manejo y conservación de fauna silvestre, conformado principalmente por estudiantes de la carrera de biología.

La idea surgió porque no existía en el país una base de datos que respaldara la información obtenida en campo. Las “huellas tipo”, que fueron colectadas tras visitar diez zoológicos de Colombia, junto con una colección que Jiménez trajo de Costa Rica, se convirtieron en la referencia para comparar las muestras tomadas en campo. De esta manera ha sido posible verificar las especies a las que pertenecen. Hoy el banco cuenta con 1500 moldes de huellas para 23 especies de mamíferos que son identificados con un número único de colección.

Como resultado de los proyectos se ha promovido la apropiación social de este conocimiento llevando la ciencia a diversas regiones del país como Chocó, Amazonas, Boyacá y los Llanos orientales. Por ejemplo el que se desarrolló en el Chocó durante el 2008 donde una comunidad dedicada a la cacería de mamíferos, a partir de sus experiencias, empezó a construir su propio banco de huellas. El objetivo fue crear conciencia para salvaguardar las especies como venados, ñeques, lapas y chanchos, lo que benecifió a pobladores y animales. El resultado de este trabajo fue la publicación de su propio catálogo en colaboración con la autoridad ambiental.


¿Cómo se ‘caza’ una huella de mamífero?

“Obtener huellas de mamífero es una labor que requiere mucha constancia, entrenamiento y pericia” dice Jiménez. Es preferible hacerlo cuando inician las lluvias en la región. Luego se buscan los mejores sustratos o tipos de suelos, generalmente suaves y uniformes, donde las huellas quedan marcadas. Al recorrer los posibles senderos por donde suelen pasar los mamíferos se identifican los patrones que dejan las huellas, las cuales son capturadas por medio de moldes de yeso odontológico de secado rápido.

Este método indirecto, basado en la interpretación de los diferentes rastros dejados durante las actividades diarias de los animales, permite reconocer de manera económica los mamíferos que viven en un área sin necesidad de atraparlos o hacerle daño. Entre las ventajas está el conservar de manera física y a escala real la huella permitiendo su manipulación en el laboratorio para futuros estudios. Además facilita la identificación de las especies ayudando a entender cómo utilizan el hábitat y cómo varia su abundancia en el tiempo.

“Para los biólogos la huella es testigo del paso del animal”, continúa Jiménez, quien observó en una de sus investigaciones cómo el zorro cangrejero o perruno, empezaba a adaptarse a los humanos, al encontrar que consumía desperdicios de basureros y de vez en cuando cazaba pequeños animales de granja. Estos cánidos son portadores del parásito de la leishmaniasis, que puede afectar al ser humano.

Los estudios también mostraron que esa especie es generalista de hábitat, lo que implica que no es muy estricta en sus requerimientos a la hora de buscar un lugar para vivir, pues es capaz de explorar un territorio más amplio en busca de recursos alimenticios y de cobertura. Jiménez identificó hábitos crepusculares confirmando así la teoría de que la mayor parte de las especies pertenecientes a la comunidad de mamíferos de esta cuenca es de hábitos nocturnos, en gran parte a causa de la presencia humana. Este comportamiento les permitiría a los mamíferos evitar el contacto con las personas como medida de protección.

Las huellas en el camino son pieza clave para estos biólogos, quienes han podido promover acciones de conservación, con cambios positivos en la forma como se relacionan los humanos con su fauna silvestre, en un país tan biodiverso como Colombia. Después de algunos días, los biólogos vuelven a sus laboratorios con respuestas pero también con nuevas preguntas. Esperan una nueva oportunidad de salir a campo y seguir investigando en estos sitios que cautivan con sus verdes paisajes.

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Luchar a contracorriente para salvar a la guapucha

Luchar a contracorriente para salvar a la guapucha

El auto se orilla dejando una estela de polvo y tierra seca. Un hombre de gafas y sombrero, cuya piel color melaza contrasta con el sol, baja del interior; junto a él tres estudiantes descargan bolsas, baldes de plástico y equipo de laboratorio. Todos miran el cuerpo de agua unos metros más allá, se concentran en su color tierra. Se cambian la ropa y preparan las redes y el equipo. En unos cuantos minutos están en el agua, trabajando.

Desde la orilla, el profesor Javier Maldonado, director del Departamento de Biología de la Universidad Javeriana, los supervisa. Ha conducido por un par de horas entre el denso tráfico bogotano, ha mirado cómo aparecen el verde y la niebla en el panorámico y se ha adentrado entre caminos sin pavimentar. Ahora se encuentran en el río Bogotá, en el punto en el que el canal de desagüe del embalse de Tominé conecta con el río. Trabajan en un afluente sinónimo de los peores pecados humanos: contaminación, desidia, egoísmo, muerte.

“Venimos a diferentes puntos de la cuenca del río para colectar los ejemplares que utilizamos en los diferentes estudios y también datos en campo de la físico-química del agua y muestras de sedimento”, explica Maldonado.

Dentro del río toman muestras de agua que filtran con redes para después, en el laboratorio, verificar la presencia de comunidades de algas y microinvertebrados. Toman datos sobre los niveles del oxígeno, la temperatura y el pH en el río, los que sirven para determinar la calidad ambiental del agua. Entierran un bastón metálico con el que extraen muestras de sedimento para determinar la presencia de macroinvertebrados y materia orgánica.

Después usan la red de arrastre: una malla con cadenas que se fija a las orillas y con la que extraen especímenes acuáticos: cangrejos, larvas, moluscos, capitanes… Su objetivo, la captura que puede determinar el éxito o el fracaso de la jornada, es un pequeño pez plateado de no más de ocho centímetros de largo que se encuentra amenazada, según el Libro rojo de peces dulceacuícolas de Colombia.

Se trata de la guapucha (Grundulus bogotensis), la fuerza creadora detrás de dos investigaciones científicas que se vienen desarrollando desde 2012. “Intentamos establecer el estado actual de conservación de la especie en diferentes partes de la cuenca alta del río Bogotá”, explica Maldonado. Al fondo, paredes de polvo y tierra se alzan al paso de tractomulas que atraviesan los caminos de la sabana bogotana.

Desplazados por el progreso

Uno de los primeros recuerdos de Maldonado con la guapucha tiene que ver con su sabor. De niño, a inicios de los años ochenta, la veía en sus excursiones a los ríos que bordean su natal Ubaté. Eran otros tiempos, de aguas menos contaminadas, abundancia de peces e improvisados chefs ribereños: “Las asaban y las vendían en paquetes con maíz tostado. Era un plato muy típico de la laguna de Fúquene”.

Este diminuto pez ha nadado las aguas del altiplano cundiboyacense desde los días en los que no existía la noción de historia: es una especie endémica de la región junto al capitán de la Sabana (Eremophilus mutisii) y el capitán enano (Trychomycterus bogotense). Los tres eran parte de la dieta de los indígenas que se asentaron en lo que hoy se conoce como Cundinamarca y Bogotá.

La cultura occidental vino a conocer a la guapucha en 1821, cuando fue descrita por el naturalista alemán Alexander von Humboldt. Desde entonces, el desarrollo de la civilización la ha arrinconado: la contaminación de los afluentes ha limitado su presencia a las partes donde aún hay buena calidad de agua y donde el cauce del río no ha sido canalizado ni modificado sus condiciones naturales.

Hoy es muy poco lo que se sabe sobre el estado de conservación de la guapucha en el altiplano. “Se habían hecho estudios para indagar sobre aspectos básicos de la biología de la especie, de qué se alimenta, cómo es su reproducción, pero aún existen vacíos importantes de conocimiento que estamos intentando
llenar”, continúa Maldonado, quien en 2012, cuando regresó de su doctorado en Brasil e ingresó como profesor a la Pontificia Universidad Javeriana, recibió aprobación de la Vicerrectoría de Investigación para iniciar dos investigaciones sobre la especie.

Él es el primero en señalar una absurda ironía: su nombre (en muisca, ‘pez blanco’) contrasta con el presente de un río muerto, de aguas estancadas, receptor de todos los desechos de una cultura que trata a los afluentes como vía de escape para los remanentes de su progreso.

Producción de conocimiento

Como parte de uno de los proyectos adelantados, que busca establecer la diversidad genética de la especie, se desarrolló un estudio taxonómico y morfológico comparado de individuos originarios de la Sabana de Bogotá, la Laguna de La Cocha (Nariño) y las Lagunas de El Voladero (Ecuador).

El equipo publicó un artículo donde se presenta el genoma mitocondrial de la guapucha y espera publicar en 2016 resultados adicionales sobre la diversidad genética y estado de las poblaciones de la especie.

El segundo trabajo científico, que cerró su fase de investigación el pasado mes de febrero de 2016, estudia y analiza el efecto de residuos químicos y metales pesados sobre las poblaciones de guapuchas.

Profesores y estudiantes han realizado el mismo procedimiento en sus investigaciones de campo: entrar al agua, tomar muestras, colectar especímenes para estudio, preservarlos en alcohol o etanol (algunos los mantienen con vida para realizar bioensayos), diseccionarlos en el laboratorio y analizar sus órganos. “En un día alcanzamos a colectar en dos o tres puntos; a veces pasamos noches enteras analizando y organizando todo el material”, comenta Maldonado.

Los investigadores esperan publicar sus resultados definitivos en 2017, pero los hallazgos preliminares son preocupantes. Las guapuchas recolectadas en varios puntos de la cuenca del río Bogotá (además de Tominé, Tibitoc, el río Subachoque y la quebrada Susana) muestran afectación de órganos como el hígado, las branquias, los músculos y las aletas.

Su suerte no es muy diferente de los especímenes colectados en la cuenca de la laguna de Fúquene (en los ríos Lenguazaque y Ubaté), pues sufren por los residuos que la industria lechera arroja a los afluentes.

Otra realidad preocupante quedó consignada en el trabajo que determinó el efecto del endosulfán sobre la especie. Este es un pesticida prohibido por la ley, pero que se vende de forma clandestina, y es utilizado en actividades agrícolas en el altiplano. Los resultados del trabajo muestran que existe un efecto en la movilidad, comportamiento y consecuencias a nivel neurológico, lo que puede estar afectando a la especie en el río.

“Nuestro objetivo final es poder transmitir todos los resultados obtenidos a través de los proyectos de investigación a las autoridades e instituciones competentes para que sirvan de insumos en el diseño e implementación de un plan de manejo de la especie”, concluye Maldonado. Su trabajo ha llamado la atención de instituciones como la Autoridad Nacional Pesquera, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, el Instituto Humboldt y la Fundación Humedales, los cuales han facilitado desde recursos hasta acceso a información estadística para que las investigaciones lleguen a feliz puerto.

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Construcción, otro sector en la onda verde

Construcción, otro sector en la onda verde

Quince millones de toneladas —el equivalente al peso de una montaña de 174 metros de altura— se generan como residuos de construcción y demolición en la capital colombiana cada año, según un estudio de la Secretaría Distrital de Ambiente de Bogotá en 2011.

Se trata de una cifra alarmante (dos toneladas al año por cada habitante), superada solamente por países como Dinamarca, Finlandia o Alemania antes de la crisis de 2010. Sin embargo, un año después de esa fecha la Comisión Europea reveló que cada uno de estos países reutiliza más del 50 % de los materiales, mientras que en Colombia estas iniciativas no superan el 10 %.

Un grupo de investigadores del Departamento de Ingeniería Civil de la Pontificia Universidad Javeriana avanza desde 2011 en el estudio del aprovechamiento y reutilización de este tipo de escombros de construcción en Bogotá, donde —según la Secretaría Distrital de Hacienda— se encuentra concentrado el mayor licenciamiento de la construcción del país, con un 26,8 % del total nacional.

Desaprovechamiento nocivo para el medio ambiente

Las construcciones y las actividades de demolición y reforma de todo tipo de edificaciones generan materiales de desecho que, según explica el profesor de la Javeriana y coinvestigador del proyecto, Jesús Orlando Castaño, “son considerados no peligrosos y poseen alta susceptibilidad de ser aprovechados mediante la transformación y la reincorporación como materia prima para nuevos productos”.

De acuerdo con la investigación, actualmente los mayores productores de residuos de estas características en Bogotá son el Instituto de Desarrollo Urbano (IDU) y los constructores privados, cuyos residuos de construcción y demolición desembocan en vertederos legales. Según la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca, estos ascienden a 94 puntos en el país, aunque los residuos a veces han terminado en escenarios ilegales.

Se trata de una situación no sostenible y dañina para el medio ambiente pues, para el ingeniero Castaño, representa una pérdida de recursos potenciales, ya que se desechan elementos de las obras que tienen potencial de ser valorizados y se obliga al consumo de nuevas provisiones de recursos naturales.

No obstante, reconoce que, en estos vertederos legales, entre el 5 y el 10 % de los residuos están siendo sometidos a procesos de reciclaje y reutilización por un par de empresas que expiden certificado de disposición legal de escombros y comercializan productos granulares que cumplen con la normativa colombiana para la construcción. Finalmente se encuentran los denominados “molineros”, que producen arenas mediante un programa de recuperación de materiales de construcción artesanal, aunque en su mayoría generan productos que no cumplen con las normativas de calidad exigidas en este sector.

De cualquier manera, estas iniciativas todavía no resuelven el problema ambiental, pues resultan aisladas e ineficaces frente al alto volumen de residuos que se generan en una ciudad como Bogotá. “Queríamos encontrar soluciones y usos a los escombros, para que dejaran de engrosar las escombreras”, dice la profesora javeriana e investigadora del proyecto Adriana Gómez, quien afirma que lograr este propósito requería de pruebas técnicas que sustentaran, en el caso colombiano, la tendencia mundial de transformar la industria de la construcción en una actividad sostenible.

Tras los arsenales de los laboratorios

Fue entonces cuando los investigadores se instalaron en sus complejos laboratorios de la Universidad Javeriana. “El concreto está compuesto por cemento, agregado grueso, agregado fino, agua y aditivos. Quisimos que esos agregados (materiales no renovables) fuesen sustituidos por el material proveniente de las demoliciones, para hacer un reciclado de este, y ver si cambiaban sus propiedades físicas o mecánicas”, explica la ingeniera Gómez.

El investigador principal del proyecto, Manuel Ocampo, señala que luego de un proceso de trituración, separaron los agregados en diferentes tamaños y los usaron para reelaborar el concreto. “Encontramos que hay parte del material reciclado que se puede utilizar, pero hasta el momento no se han dado buenos resultados usando el 100 % del reciclado, ya que sigue siendo necesario mezclar este material con una parte nueva extraída de la cantera”, puntualiza.

Los procedimientos técnicos que desarrollaron los investigadores demostraron que sí es viable reutilizar los residuos de construcción y demolición. “Estos materiales, en determinadas proporciones y tratamientos, funcionan igual que un concreto normal (recién elaborado con material de cantera) y no se pierden las propiedades mecánicas ni físicas”, devela la profesora Gómez.

De esta manera, no sería necesario utilizar de primera mano todos los recursos no renovables —es decir, la piedra en su estado natural—. Además, habría una variabilidad en el precio porque el material extraído de la cantera sería como de primera calidad, pero el otro se obtendría a menor valor.

También se contribuye a solucionar la escasez de materias primas, teniendo en cuenta que, para acceder a esos recursos de primera calidad, actualmente es necesario traerlos de departamentos como Meta o Tolima, e incluso de municipios aledaños a Bogotá, ya que en la ciudad no se encuentran agregados óptimos que cumplan con los estándares requeridos en el país.

“Así, se da valor a esos residuos para beneficio del medio ambiente. Contaminamos y explotamos menos, lo que sin duda constituye un aporte social importante”, concluyen Castaño y Ocampo, quienes complementan que esto comienza a formar parte de las labores de algunas cementeras como Cemex o Manufacturas de Cemento, empresas que, además, les han permitido a los investigadores de este proyecto realizar estudios técnicos en sus plantas. Sin embargo, estas compañías no tienen como propósito vender el producto final al público de manera masiva.

De la viabilidad a la rentabilidad

Investigaciones de este tipo en el campo de la ingeniería civil han abierto un espacio para el desarrollo de nuevos estudios y la participación de jóvenes investigadores, como los magísteres Leonardo Lasso y Rodrigo Misle, quienes en 2012 adelantaron un proyecto enfocado al estudio de las posibilidades de generación de empresa a partir de este vacío en la industria. Demostraron, mediante modelos económicos y financieros, que el aprovechamiento de los residuos de construcción y demolición, además de ser viable, resulta rentable. Los ingenieros indicaron que los márgenes de utilidad pueden ser realmente altos. En concreto, una inversión inicial que ronda los 15.000 millones de pesos puede ser recuperada en casi 7 años y luego genera ganancias.

Se trata de modelos económicos basados en tres posibles escenarios: el primero, una empresa del Distrito; el segundo, con un actor privado en cooperación con el Distrito; y el tercero, un actor privado (con o sin financiación bancaria). En todos los casos la iniciativa muestra que, a corto plazo, retorna la inversión, incluso con ganancias superiores al 30 % luego de 10 años.

“Por el momento, comenzamos a exponer esta novedosa idea de negocio en el mundo empresarial, pero detectamos un recelo para entrar en ese mercado, puesto que aún es desconocido y las regulaciones para el aprovechamiento de estos escombros no son claras”, finaliza Castaño, tutora del proyecto.

Así mismo, señala que quizás debería ser la administración distrital la que proporcione las herramientas para el proceso de aprovechamiento de material de escombros, por medio de la creación de plantas de transformación de primer nivel, capaces de realizar un aporte al medio ambiente y aliviar el efecto negativo de la construcción en la ciudad.


Para saber más:
» Castaño, J., Misle, R., Lasso, L., Cabrera, A. & Ocampo, M. (2013, octubre-diciembre). “Gestión de residuos de construcción y demolición (RCD) en Bogotá: perspectivas y limitantes”. Tecnura 17 (38): 121-129.

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