Ser o no ser cómplice

Ser o no ser cómplice

Por: Fernando Araújo Vélez* // Fotografía: Max Pixel**

El fútbol es un deporte que genera pasiones y alegrías, pero también inmensos dolores hasta el punto de querer tirar la toalla por lo que un día se amó, se quiso y se siguió con el alma. Primera entrega de un especial sobre este deporte, en los días previos al Mundial de Rusia 2018.

Fernando Araújo Col

Como usted y como aquél, yo también fui hincha de la Selección Colombia. Y como usted y como aquél, lloré cuando perdía y celebré sus pocas victorias. Eran los años 70 y 80. Willington Ortiz, Víctor Campaz, Diego Umaña, Jairo Arboleda, Pedro Zape y Alejandro Brand, por nombrar solo algunos, eran esa magia que me hacía falta para vivir. Los días de una semana estaban marcados por los partidos de fútbol, o el fútbol era la puerta abierta a la vida. Pero luego fueron sucediendo hechos oscuros y fui conociendo lo que ocurría, o lo que había empezado a ocurrir con el fútbol en Colombia.

Trabajaba ya en un periódico y allí escribía sobre fútbol. En La Prensa empecé a comprender que el resultado de un juego, o lo que veíamos sobre un campo de fútbol, era consecuencia de mil circunstancias, de personajes sombríos, siniestros, de historias teñidas de sangre, de mucha sangre, de mentiras y robos, de resultados amañados en un escritorio. Había un fútbol detrás del fútbol.

Ese fútbol se me presentó completo el 5 de septiembre del 93, luego del legendario 5-0 sobre Argentina en las Eliminatorias para el Mundial del 94. Ese día, esa noche, vi que el fútbol iba de la mano de la muerte, y que algunos de los jugadores que tanto admiraba eran cómplices de quienes habían tomado el poder del fútbol en Colombia a punta de bala y picana. El 6 de septiembre aterricé en Bogotá, ignorante de lo que había ocurrido. Y poco a poco, con estupor, y luego con pánico, me fui enterando de los cien muertos que había dejado la celebración del 5-0. Vi la ciudad regada de botellas y de banderas quemadas y de harina y colillas de cigarrillos. En fin, restos de la alegría de una simple victoria.

Restos de la alegría de una simple victoria en un país como Colombia, donde la vida no vale nada y donde una simple discusión puede terminar con una cuchillada o un tiro en la frente. No había taxis. No había buses. El país había dejado de funcionar sobre el dolor de las familias de las víctimas. Una hora más tarde llegó la Selección de Colombia. El desfile, el himno, el patrioterismo, los políticos subidos al carro de la victoria, igual que los empresarios y los periodistas, los miles de lagartos y uno que otro hincha. Era el baile del oportunismo, al ritmo de los arribistas.

Desde ese día, Colombia fue el centro de cientos de miles de mentiras; el aficionado, el centro del engaño. Quien osara decir que el equipo no iba a quedar campeón del mundo en Estados Unidos, era considerado enemigo público de la nación. Un apátrida. Y llegó el Mundial. Y el equipo perdió. Y de ese perder, de las mentiras, del engaño, de la estupidez, de los periodistas vendidos, de los empresarios vendedores, de la desorganización, de la vanidad de los líderes del equipo, y tantas y tantas cosas más, surgió una noche de sábado un pistolero en un restaurante de Medellín y acribilló a Andrés Escobar. Jamás en la historia del fútbol un jugador había sido asesinado por sus actuaciones en una copa del mundo. Escobar fue el primero.

El 2 de julio del 94 terminé de decidir que yo no quería hacer parte de aquel baile multicolor y sangriento. Comprendí que con nuestro silencio, con nuestro apoyo, nuestro mirar hacia otro lado, nuestro dejarnos llevar por las multitudes, éramos cómplices de todos los crímenes del fútbol. Éramos, de alguna manera, criminales.

 


*Escritor y periodista, editor cultural del diario El Espectador. En sus libros de no ficción, como Pena máxima (1995) y No era fútbol, era fraude (2016), denuncia al fútbol como un deporte que ha dejado de ser transparente. Fue estudiante javeriano, y a la universidad ha regresado a dictar clases y conferencias. Sobre sus días de pregrado, recuerda: “Mi relación con el fútbol en la Javeriana se inició desde que comencé a estudiar allá, pues lo primero que hice una vez me matriculé fue subir a la cancha de fútbol. Desde entonces, me dediqué a armar el equipo de la facultad todos los años, a comprar los uniformes –incluso con mi dinero– y a ver a cuanto prospecto aparecía en primer semestre. En mis ratos libres, el tinto era en las graderías de la cancha de fútbol, y en mis tiempos de clase, el estudio era con diagramas para definir cómo jugaría nuestro equipo el siguiente partido”.

**Fotografía obtenida de Max Pixel (CC0).

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