Indígenas y misioneros en las imágenes de principios del siglo XX

Indígenas y misioneros en las imágenes de principios del siglo XX

Desde 1911, los informes de las misiones de comunidades religiosas en el territorio nacional incluyen imágenes, principalmente fotografías, que publican para dar cuenta de su labor como redentores, pues su objetivo era “civilizar a aquellos que consideraban salvajes para convertirlos en hijos de Dios y de la patria”. Las fotografías pretendían demostrar que estaban allí presentes, eran benefactores de los indígenas y “se sometían a todo tipo de sacrificios para redimir a los pobrecitos y desgraciados indios”.

Estas frases que surgieron de la lectura principalmente de los informes de misiones no solo en Colombia sino en otros países de América Latina sorprendieron a la historiadora Amada Carolina Pérez Benavides, docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana, porque lo que más le generaron fue preguntas. Como ratón de biblioteca y dado el interés por entender las relaciones que se vivían entre misioneros e indígenas, se dedicó a leer cuanto documento llegaba a sus manos que le diera pistas para comprender lo que allí sucedió en los primeros 30 años del siglo XX.

Se concentró en las imágenes en periódicos, revistas, informes de misión, libros, postales, recorrió nueve ciudades y actualmente, junto con la investigadora Alexandra Martínez, tienen más de 14.000. “Lo que nos interesaba era analizar la manera como se producían las imágenes, cómo circulaban y cómo se usaban, pues a partir de ellas se construyeron los imaginarios de ciudadanía y de diferencia”, le dice a Pesquisa Javeriana.

Postal Ensayos de agricultura en Sibundoy, Misiones de padres capuchinos (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.
Postal Ensayos de agricultura en Sibundoy, Misiones de padres capuchinos (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.

Esta postal exhibe lo que se ha denominado performance civilizatorio. En ellas se presenta a los frailes dirigiendo a los indígenas en labores relacionadas con el progreso y la civilización: la agricultura.

Las misiones recibían recursos del Estado para la educación de las poblaciones marginadas y el desarrollo del territorio, y de la Iglesia para evangelizar a las comunidades apartadas. Los misioneros, por tanto, debían rendirle cuentas al Presidente de la República y al Nuncio Apostólico, por lo que las misiones se convertían en un establecimiento entre privado y público. El uso de fotografías era una manera de demostrar lo que plasmaban en los textos.

Pérez se concentró en las imágenes de indígenas, que buscó en archivos de Bogotá, Bucaramanga, Cali, Cartagena, Medellín, Pasto-Sibundoy, Popayán, Quibdó y Santa Marta. En ellas “entra en juego una serie de negociaciones para definir qué es la ciudadanía pero también cómo los indígenas van señalando sus propias rutas de construir su presente y su futuro, porque, efectivamente, las misiones se imponen como una manera de construir la civilización pero los indígenas no son pasivos frente a ellas. Hay muchas formas de resistencia que se configuran y en las imágenes podemos ver esas tensiones de diferente forma”, explica.

Durante las primeras décadas del siglo XX se consideraba que la fotografía mostraba la realidad y se usó como registro incontrovertible del progreso. Pero como las imágenes no son neutras, el análisis buscó responder varias preguntas: quién las produce, para qué, cuáles son las características de los formatos y a qué público están dirigidas. “No las entendemos como reflejo sino como representación y ese es uno de los temas centrales de la investigación; es decir, constituyen una manera de ver el mundo pero, de alguna manera, también constituyen el mundo”.

Pérez se detiene en la imagen de las niñas vestidas con la ropa que les regaló el Ropero de Lourdes de Bogotá. “En la fotografía vemos a las niñas vestidas con esta ropa”, dice la investigadora; “sin embargo, vemos que no están cómodas. En la imagen hay una tensión muy fuerte porque están mirando hacia abajo, hacia el lado o tapándose la cara. El fotógrafo no logra configurar la escena por más que quiera hacerlo”, continúa.

Las niñas en la escuela de Santiago, vestidas con la ropa que donó el Ropero de Lourdes de Bogotá, por conducto de la Junta Arquidiocesana Nacional de las Misiones en Colombia. /Fuente: Las misiones en Colombia. Obra de los misioneros capuchinos en el Caquetá y Putumayo, 1912.
Las niñas en la escuela de Santiago, vestidas con la ropa que donó el Ropero de Lourdes de Bogotá, por conducto de la Junta Arquidiocesana Nacional de las Misiones en Colombia. /Fuente: Las misiones en Colombia. Obra de los misioneros capuchinos en el Caquetá y Putumayo, 1912.

Al leer los textos que acompañan las fotografías se confirma la interpretación de la imagen por parte de la investigadora, porque los misioneros mencionan que las niñas regalaban la ropa o la botaban en los ríos. Claro, era algo impuesto, atuendo muy diferente al que acostumbraban en sus comunidades.

Las imágenes eran tomadas por los misioneros, con sus pesadas cámaras, y ellos mismos seleccionaban las que saldrían publicadas en los diferentes formatos, que podían ser sus informes pero también en periódicos y revistas, o en postales que ponían a circular retratando prácticas específicas como la agricultura, la enseñanza de carpintería, la participación en fiestas cívicas y religiosas, etc. Era su manera de publicitar su labor para que los feligreses hicieran donaciones y legitimar su pertinencia frente a la Iglesia y el Estado. “Las publicaciones se convertían en un espacio de exhibición narrativa y visual de unos pobladores considerados otros para la sociedad mayoritaria”, de acuerdo con el artículo Fotografía y misiones: los informes de misión como ‘performance’ civilizatorio, publicado en la revista Maguaré, de la Universidad Nacional de Colombia. Los informes estaban dirigidos a sus patrocinadores –en Colombia, en otros países de América Latina y en Europa–, los libros, a un público más amplio, y las revistas se repartían en parroquias y escuelas.

Uno de estos textos, publicado en 1911, hablaba de los beneficios de la educación impartida por los misioneros: “Niños que hace poco no se distinguían exteriormente de las bestias, y que tenían aversión innata a los blancos, viven ahora gozosos en el pueblo, juegan y se divierten con sus compañeros y van dejando insensiblemente sus instintos salvajes. En sus corazones, que parecían insensibles a todo sentimiento delicado, se despiertan ya nobles aspiraciones. Por medio del canto suavizamos sus costumbres, y con la agricultura procuramos crearles afición a la propiedad”.

“No es simplemente una imagen objetiva sino que viene cargada con toda la subjetividad del misionero, pero también con toda la subjetividad de la mirada de Occidente, de la manera de producir verdad y generar una sensación en quienes ven esas imágenes que les permita luego aportar, a través de la caridad, a las misiones”.
Amada Carolina Pérez.

Pero los indígenas demostraban su inconformismo ante una situación que restringía su posibilidad de autodeterminación y su libertad, y en ese análisis ‘de filigrana’, como lo describe Pérez, es donde se concentra su investigación: “En esas tensiones es en lo que trabajamos, en qué es lo se muestra y lo que no se está mostrando”.

Aún queda por estudiar la apropiación de las imágenes por parte de diferentes públicos. “Podemos tener algunas pistas sobre cómo las usaban o si estaban en un contexto y luego las pasaban a otro, por ejemplo, de una revista a una postal”. Pero ¿cómo las interpretaron los diferentes públicos? Todavía no hay respuesta precisa a este interrogante. Será motivo de la segunda fase de la investigación.

Postal Indígenas mocoanos, Misiones de padres capuchinos, Caquetá (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.
Postal Indígenas mocoanos, Misiones de padres capuchinos, Caquetá (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.

En esta postal un hombre y tres mujeres posan con sus vestidos tradicionales para la foto, con la vegetación de fondo; dos de las mujeres miran hacia el piso mientras que la tercera mira a la cámara con una actitud corporal de retraimiento; el hombre mira de frente, con los brazos cruzados y una actitud corporal altiva. Parece que todos están incómodos con la fotografía que los exhibe con una viñeta en la que se ubica su tipo social y se lo enmarca en las misiones capuchinas colombianas.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Imágenes e impresos. Los usos y circulación de las imágenes en la construcción de la ciudadanía y la diferencia. Colombia, 1900-1930
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Amada Carolina Pérez Benavides
COINVESTIGADORA: Alexandra Martínez
Facultad de Ciencias Sociales
Departamento de Historia
Grupo de Prácticas Culturales, Imaginarios y Representaciones
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014-2016

Cuando las mujeres levantan su voz

Cuando las mujeres levantan su voz

Algunas mujeres de comunidades del territorio indígena kankuamo, como Río Seco, Ramalito, Atánquez y Los Áticos (Cesar), han vuelto a tejer mochilas y atarrayas, pese a que fueron obligadas a abandonar sus tierras y perdieron a sus seres queridos. Ahora, a través no solo del tejido artesanal sino del humano, han logrado comunicar sus historias de guerra y conflicto, gracias a su esfuerzo y a la oportunidad que les brindó un estudio conjunto entre ellas y las investigadoras de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, DonnyMeertens, Martha Lucía Gutiérrez Bonilla, Eliana Pinto y July Fajardo.

También participaron campesinas de los corregimientos de Aguas Blancas, Mariangola, La Mesa y Santa Cecilia (Cesar), quienes encontraron acogida en organizaciones comunitarias propias. Allí se integran en programas de acompañamiento psicosocial para superar los traumas causados por los hechos violentos.

En su reencuentro con sus tradiciones y sus valores sociales y comunitarios han hallado la fuerza para romper el silencio, contar sus historias de dolor y pérdida y, en muchos casos, volver a sus territorios. La motivación principal para superar un pasado traumático es exigir justicia.

La batalla no es solitaria. En muchas regiones de Colombia, e incluso de América Latina, otras mujeres indígenas y campesinas levantan su voz, por muchos años silenciada. De allí que varias instituciones sociales y académicas se dieran a la tarea de estudiar, comparar y propiciar el intercambio de experiencias respecto a los mecanismos de acceso a la justicia por parte de estas mujeres en zonas de conflicto armado en Colombia y Guatemala, y los obstáculos que enfrentan en el proceso.

Las diferentes reuniones entre investigadoras y mujeres de los dos países generaron un diálogo solidario, en el que expusieron los hechos de contexto que dieron origen a las experiencias de violencia en las zonas de estudio, los impactos sufridos en la vida personal, familiar y comunitaria, y las estrategias hasta hoy adelantadas para reclamar justicia y reparación. Las indígenas guatemaltecas, quienes llevan muchos años denunciando las violencias a las cuales habían sido sometidas durante la guerra en su país y aun después de los acuerdos de paz (1996), animaron a las comunidades colombianas a manifestarse en contra de las injusticias, específicamente en los casos de violencia sexual, que estas últimas habían preferido callar.

El Instituto de Estudios Regionales (INER) de la Universidad de Antioquia y el Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP) de Guatemala hicieron parte de la investigación, acompañando a las comunidades indígenas del Alto Naya (Cauca) y a la comunidad maya q’eqchis, respectivamente. Esta investigación fue apoyada por Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo de Canadá (CIID-IDRC).

El caso del Cesar

En la primera fase del proyecto de la Pontificia Universidad Javeriana se estableció contacto inicial con las mujeres de las comunidades campesinas y del pueblo kankuamo para ganar su confianza, algo que no resultaba fácil, teniendo en cuenta la naturaleza de las experiencias vividas. En esta etapa fue vital la ayuda de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) regional Cesar, y de diversas redes de mujeres convocadas por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y por el nodo de la red Iniciativas de Mujeres Colombianas por la Paz (IMO).

Durante la segunda etapa, las investigadoras efectuaron entrevistas a profundidad y talleres participativos para identificar las diferentes nociones de justicia (e injusticia) y las barreras para acceder a esta. La diversidad del lenguaje y las múltiples maneras de percibir el tiempo y construir las narrativas fueron aspectos de mutuo aprendizaje en el desarrollo del proyecto, y dieron luces para comprender los impactos del conflicto y los mecanismos de acceso a la justicia. En los talleres se valieron de técnicas como el dibujo y la música, principalmente, para facilitar el proceso de contar las experiencias traumáticas.

Durante la tercera fase, se realizó el acompañamiento psicosocial. En el territorio kankuamo se trabajó en la construcción conjunta de una ruta propia de acceso a la justicia indígena para las mujeres. Esta etapa también implicó la entrega y retroalimentación de la información obtenida durante las entrevistas por medio de talleres de devolución, en los cuales las comunidades apropiaron, discutieron y complementaron la visión y síntesis realizada por las investigadoras. A juicio de estas, la estrategia logró articular dos propósitos: la indagación contextualizada y el empoderamiento de las mujeres víctimas para un diálogo cualificado con sus comunidades e instituciones.

Más barreras que caminos

Las conclusiones del estudio han sido recogidas en un libro que será publicado este año, El camino por la justicia: victimización y resistencia de mujeres indígenas y campesinas en Guatemala y Colombia, auspiciado por el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo de Canadá (CIID-IDRC). Una segunda publicación aportará un estado del arte sobre el acceso a la justicia de mujeres indígenas y campesinas en el marco del conflicto armado de los dos países, a partir de la revisión de nociones como justicia, seguridad humana y justicia, justicia de género, justicia transicional, y de los marcos normativos y de derechos de las mujeres indígenas y campesinas en Colombia y Guatemala.

Para el caso colombiano, las primeras conclusiones de la investigación revelan que existen más obstáculos que caminos para acceder a la justicia. La primera barrera es el miedo de contar lo ocurrido y denunciar a los perpetradores, bien sea porque el acceso al sistema de justicia local puede estar vigilado o porque los procesos de desmovilización permitieron que rangos bajos de los grupos armados (paramilitares, en este caso) se convirtieran en habitantes de las comunidades a las que ellos mismos victimizaron.

La segunda barrera es de orden institucional y tiene varios matices. La tipificación del delito sexual contra la mujer en el marco del conflicto es relativamente reciente. “Esto incluye también la ausencia de mecanismos sensibles y especializados para recoger los testimonios de las mujeres víctimas de este tipo de violencia”, explica Gutiérrez. Una barrera importante se vislumbra en la confusión existente, tanto en la comunidad como en los operadores de justicia, sobre la gestión de las denuncias, específicamente sobre los detalles operativos de los diferentes marcos jurídicos creados por la Ley de Justicia y Paz (2005) y la Ley de Víctimas (2011). Otro matiz institucional es la desconfianza de las mujeres hacia las entidades encargadas de administrar justicia, basada en sus experiencias de discriminación y de no ser tomadas en serio por su condición femenina. A esto se añaden las historias de infiltración de grupos armados a estas instituciones, la lentitud, la pérdida de documentación o múltiples trabas que se presentan en el curso de los procesos. Muchas de las mujeres que participaron en la investigación utilizaron las entrevistas como una forma de contar por primera vez su historia, algo que no se habían atrevido a hacer ante la Fiscalía o las Personerías.

Por último, pero no menos importante, hay una barrera en cuanto a la actitud social de revictimizar. Esto significa que socialmente se piensa que las víctimas hicieron algo que justificó la violencia que recibieron. Las mujeres se refirieron a esos señalamientos de “por algo será” como una de las mayores injusticias que siguen viviendo.

Con la cámara al hombro

Los proyectos colombianos involucraron en su proceso de investigación-acción una capacitación en tecnologías digitales para las mujeres de las comunidades estudiadas. Como resultado, produjeron dos programas de radio y un documental, Una sola golondrina no hace verano, que recoge testimonios de la lucha emprendida en sus esfuerzos por conseguir justicia.

En estos productos se narran historias particulares, tales como la llegada de un grupo armado a Aguas Blancas, que ocasionó la muerte de 11 de sus habitantes, así como el desplazamiento forzado de numerosas familias. A pesar de los terribles recuerdos, muchas de ellas volvieron a su corregimiento al no encontrar oportunidades de supervivencia en los territorios a los que huyeron.

La impresión general que transmite el documental es que conseguir justicia es una tarea titánica. En medio de los problemas políticos hay muchos casos de errores burocráticos, por ejemplo, ayudas pecuniarias que son asignadas a nombre de los difuntos esposos de las víctimas, razón por la cual no pueden ser reclamadas. Se percibe al Estado como una entidad abstracta que promete pero no cumple.

En el video se evidencia cómo las experiencias traumáticas vividas por ellas las han impulsado a empoderarse de muchos temas, lo que las ha convertido en líderes sociales y las ha llevado a capacitarse en derechos humanos. Esto ha ocasionado un cambio en la organización social tradicional, anteriormente más centrada en los hombres.

Puede que proyectos como este tengan un final obligado dentro de los ciclos que propone toda investigación social. No obstante, y así lo reconocen las mismas mujeres, esta experiencia las ha impulsado a considerarlo como el principio de una historia que ellas deben escribir para poder ejercer sus derechos.


Para saber más:
  • » Fajardo Farfán, J. S.; Meertens, D.; Pinto, D. E; Gutiérrez M. L. & Ramírez Parra, P. (2014). “El camino por lajusticia: victimización y resistencia de mujeres indígenas y campesinas en Guatemala y Colombia”. EnColombia 2014. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
  • » Grupo de investigación Género, Subjetividad y Sociedad, INER, Universidad de Antioquia; Grupo de investigación Estado, Conflicto y Paz, Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana; Centro Ático, Pontificia Universidad Javeriana (productores). (2013). Una sola golondrina no hace verano. Documental dirigido por mujeres indígenas y campesinas, víctimas sobrevivientes de los departamentos de Cauca y Cesar. Disponible en: http://vimeo.com/87005452. Recuperado en: 05/01/2015.
  • » Gutiérrez Bonilla, M.L. & Pinto Velásquez, E. (2013, octubre). “No olvidar y recordar conaprendizajes. La perspectiva sobre lajusticia y elacceso a lajusticia de mujeres campesinas del departamento del Cesar – Colombia”. Múltiples (Just GovernanceGroupBulletin) 20: 5-7. Disponibleen:
    http://es.scribd.com/doc/211512572/Multiples-20-Acceso-a-La-Justicia-Para-Mujeres-en-Paises-Afectados-Por-Conflicto#. Recuperado en: 05/01/2015.
  • » Ruiz, M. (2013, 14 de noviembre). “La gobernadora”. Revista Arcadia.com. Disponible en: http://www.revistaarcadia.com/impresa/especial-mujeres/articulo/la-gobernadora/34259. Recuperado en: 05/01/2015.

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