Memoria en torno a un sancocho

Memoria en torno a un sancocho

En septiembre finalizó la primera etapa de la construcción de memoria colectiva de la comunidad negra y campesina de Puerto Gaviotas, Guaviare, la cual tomó cuatro años de trabajo y resultó en el libro El vuelo de las gaviotas, lanzado en en la Pontificia Universidad Javeriana. En él participaron investigadores del Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia, el Centro de Estudios Sociales y Culturales de la Memoria (CESYCME) de la Facultad de Ciencias Sociales y las comunidades de Puerto Gaviotas y Calamar, en alianza con el Centro Nacional de Memoria Histórica.

El siguiente relato se construyó a partir de entrevistas a los investigadores creadores del libro y su respectiva retroalimentación:

 

Ver a Don Laureano Narciso Moreno Gómez, miembro y líder del Consejo Comunitario de Calamar, Guaviare, de quien luego sabríamos que es un chocoano, que ha atravesado, durante sus 82 años diferentes territorios del país, que desde joven participó en las luchas sindicales azucareras en el Valle del Cauca, de donde en gran medida surgió su capacidad de planeación y organización. Hombre carismático, un líder nato, apodado ‘Tío Nacho’ por adultos y jóvenes, a quienes reitera: “yo ya estoy terminando mi papel, es hora de que ustedes se apropien y sigan por el camino de la paz y de la recuperación de nuestras tierras”. Verlo exponer cómo su comunidad necesitaba con urgencia dar cuenta de sus luchas, sus resistencias, para tener lo que les pertenecía: la tierra, que en Colombia es la columna vertebral del conflicto. Saber que había viajado más de 10 horas para vernos desde Puerto Gaviotas, y percibir la confianza que nos brindaba, a pesar de que la mayoría de nosotros éramos estudiantes, hizo que no hubiera lugar a dudas. Supimos que nuestra respuesta debía ser sí, un sí sincero y comprometido, a él y a la comunidad negra y mestiza de Puerto Gaviotas y Calamar.

Y eso fue lo que marcó el proyecto de fortalecimiento con el Consejo Comunitario que arrojó, como uno de sus resultados, el libro El vuelo de las gaviotas, el cual no surgió de la intencionalidad del “investigador” desde Bogotá sino de una demanda comunitaria, de una preocupación local por el derecho a la vida; que se entrelazó con las motivaciones de jóvenes que le apuestan a los procesos de investigación como ejercicios de transformación de la realidad social en las regiones del país. Nosotros, que hacemos parte de dos espacios recientes pero potentes: el Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Javeriana, y el Centro de Estudios Sociales y Culturales de la Memoria (CESYCME) de la Facultad de Ciencias Sociales.

Tras un sí de 12 jóvenes y del profesor Jefferson Jaramillo Marín, lo siguiente fue un viaje de 12 horas para conocer a la comunidad y el territorio. Salimos a las 10 de la noche en bus, llegamos a las 6 a.m. a San José del Guaviare, desayunamos un pescado delicioso en el restaurante El Dorado y luego salimos hacia Calamar, trayecto que dura entre dos y cuatro horas en camionetas D-MAX, dependiendo del estado de la carretera. Como es la zona norte del trapecio amazónico, se sentía la humedad y el calor.

En Calamar, nos reunimos con la comunidad en un salón que había gestionado el Consejo Comunitario. Nos fijábamos en los rostros y las expresiones, en cómo nos transmitían la necesidad de acompañamiento y fortalecimiento para seguir con el proceso de titulación colectiva de tierras a la vez que iban relatando sus propias historias, las historias de sus familias.

Ese día hicimos una especie de pacto, fue el día más importante porque acordamos que la estrategia del proyecto era desarrollarlo conjuntamente, una investigación-acción-participativa que profundizara en los vínculos y en los afectos, y que nos ubicaba a nosotros como facilitadores de un proceso que era de la comunidad. Desde ese momento, mediados de 2015, en el Salón Comunal se leía en las carteleras los acuerdos, compromisos que en un comienzo no eran más que letras en las paredes; sin embargo, bajo los principios ético-políticos del semillero, y teniendo de antesala el desarrollo de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y las FARC-EP, estábamos pactando acuerdos de respeto, confidencialidad, apoyo mutuo y la posibilidad de construir un futuro transformador como una gran familia que trabaja ante la necesidad y que hace de esta una virtud.

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Laureano Narciso Moreno Gómez, líder del Consejo Comunitario de Calamar / Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

Es así como El vuelo de las gaviotas se tejió con las historias de la comunidad y con nuestras inquietudes conceptuales y metodológicas. En ese crisol de narraciones y sentires en el que nos dejaron entrar, al inicio todo giraba en torno a preguntas que nos hacíamos para entender cómo y porqué había pasado lo que sucedió en esta región. Nuestra experiencia en trabajo con negritudes era poca, pero paulatinamente comprendimos sus maneras particulares de habitar el espacio y las facilidades que tienen para transmitir sus vivencias a través de la tradición oral. Esto lo vimos cada vez que hacíamos visitas y estancias, más de 15 en los cuatro años de trabajo; siempre hubo un biche o arrechón para brindar y una gallina o un cachirre para compartir.

Historias de la violencia que sufrió Puerto Gaviotas surgían en torno a un delicioso sancocho de gallina con yuca y arroz. Historias negras. Historias indígenas. Historias de mujeres y hombres. Historias de dolor. Historias de reivindicación. Historias de resistencia. Historias de colonización. Diálogos en torno a un plato caliente, eso era lo que teníamos y éramos, palabras que tejían las historias de Puerto Gaviotas y que las transformaban en cada pronunciación.

Historias en las que descubrimos que en Colombia los territorios se alimentan de otras tierras, de otras costumbres y de otras formas de relacionarse con la naturaleza, pues en Puerto Gaviotas se encontraba población negra que llegó del Valle del Cauca, del Chocó y de Nariño, también había indígenas, campesinos que habían llegado por diversos motivos de muchos lugares de Colombia, algunos venían de Santander, Cali, Antioquia, Boyacá, la región Andina; todos con una misma necesidad: encontrar mejores condiciones de vida y la posibilidad de echar piquita para tener un terreno y montar rancho.

Día a día nos adentramos en un sinnúmero de memorias que llevaron al fortalecimiento colectivo del proceso. Memorias que dialogaban sobre un mismo hecho y  cogieron forma en los relatos. Nosotros dialogábamos con las memorias de jóvenes, mujeres, líderes, lideresas, hombres, ancianos, profesores, profesoras, raspachines; lo que propiciábamos eran los espacios de conversación. Sin embargo, no es fácil cuando se trabaja con tantas voces y se busca generar un relato colectivo, tener claro qué es hacer memoria.

El manuscrito de Ostaciana Moreno nos suscitó ese momento de reflexión. Cuando nos sentamos a leerlo descubrimos un relato impactante y doloroso que describía la muerte de un hijo, nos impactó mucho pues habíamos construido una historia que podía revictimizar. Poníamos la atención en sucesos de mucho dolor, y eso nos regresa a la pregunta: ¿Qué es hacer memoria?

cartografía social, investigadores con la comunidad – Foto tomada por Luis Fernando Gómez Investigador del Cesycme
Cartografía social, investigadores con la comunidad /Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

 

Nuestra intención no era revivir hechos atroces sino centrarnos en las historias de vida y rescatar las solidaridades, los repertorios colectivos de amor y las múltiples resistencias. Éramos muy conscientes de que el conflicto en Colombia ha generado millones de situaciones de violencia y dolor, pero no queríamos poner el foco de atención allí. Así que tras discutir reiteradamente, les preguntamos a las mujeres si querían que esa parte de sus relatos siguiera haciendo parte del texto, porque cada historia que lo componía se había nutrido desde los recuerdos de varias personas con coincidencias, dolores, esperanzas, sanaciones, perdones y olvidos estratégicos.

En ese encuentro nos dividimos en grupos. Cada joven escritor, según el relato que había construido, leyó su fragmento a las personas que posiblemente se reconocerían con cada uno de los siete relatos: la de Marceliano Moreno y la lucha de los negros en el Guaviare, la de Ostaciana Moreno y las huellas femeninas de la colonización negra, la de Floro: ¡ya son tres generaciones peleando y corriendo!, la de laa profesora Norelis Mosquera y la colonización educativa del Guaviare, la de los hermanos Rodríguez: de la tierrita a Puerto Morocho, la de Hugo Angulo,  el andariego juvenil que se quedó en Puerto Gaviotas, y la de los hermanos Carrizo, entre el miedo y la esperanza..

Cuando las mujeres, ancianos, jóvenes u hombres, escuchaban la lectura e iban ubicándose y reconociendo los lugares por donde transitaron, se sonreían o decían en voz alta: “Esa es mi historia”. Algunos lloraban, otros reían cuando les parecía ver aquellos paisajes que habían descrito en conversaciones, se sonrojaban y decían: “Ahí inicia mi parte”, “Esa soy yo”, “Ese es mi marido”, “Ese es mi hijo”. Eran instantes en que estábamos juntos en un espacio de confianza mutua donde todos construíamos una historia común.

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Paisaje del Guaviare /Luis Fernando Gómez – Cortesía CESYCME

La gente disfrutaba y compartía en torno a sus relatos, los corregían y se entusiasmaban al verse reflejados. Nosotros nos llegamos a sentir creadores de las historias; sus retroalimentaciones, comentarios y aportes nos recordaban que eran memorias colaborativas, que, yendo más allá de la guerra y las situaciones de dolor que genera, estábamos tejiendo un relato a muchas manos.

El vuelo de las gaviotas fue eso, construir y deconstruir una palabra, un gesto, un paisaje, llorar sobre mojado, revivir y resignificar, callar, decidir cuándo contar, qué olvidar o cómo sonreírle al pasado. Siete relatos que visibilizan historias de vida colectivas, historias de esas otras colombias que difícilmente se pueden escuchar en las calles, los parques, los salones, en otros lugares distintos al Salón Comunal en que se gestaron, y que solo son posibles en el encuentro cómplice de comunidades con proyectos de futuro trazados y grupos de investigadores que asumen el fortalecimiento comunitario como un propósito central del ejercicio académico.

El relato con el que cuentan hoy los habitantes de Puerto Gaviotas y que narra sus trayectorias, resistencias y demandas, les permite contar con una nueva herramienta para interlocutar con otras organizaciones, con instituciones del Departamento, alcaldías, asociaciones de negritudes, la gobernación y con otros grupos que quieren hacer procesos de memoria histórica de sus comunidades. Con un testimonio que da cuenta de su condición de sobrevivientes del conflicto armado, de la importancia de haber preservado muchas de sus costumbres ancestrales en una región distante de sus lugares de origen y de la necesidad de la titulación colectiva de las tierras que antes habían habitado, como parte de los procesos de reparación colectiva en un país que demanda memoria pero olvida con sistematicidad. La comunidad actual de Puerto Gaviotas y quienes tuvieron que abandonar ese territorio se han fortalecido y algunos tejidos sociales vuelven a tenderse en la posibilidad de un retorno.

Don Laureano dice agarrando el libro en lo alto: “Esta es la bandera del Guaviare, esta es la bandera de la paz en el Guaviare”. Y al llevar el libro a buen término podemos estar seguros de que cumplimos el papel como parte de la academia: fortalecer y aportar a procesos comunitarios sin crear relaciones extractivas, dependientes y paternalistas, por esto decimos que creemos en una academia crítica que dialogue con las agendas de las comunidades.

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Investigadores y miembros de la comunidad de Puerto Gaviotas y Calamar -/Colectivo Supresión Alternativa – Cortesía CESYCME

 


Miembros del Semillero Colectivo de Estudios sobre Memoria y Conflicto en Colombia: Johana Paola Torres, Luis Fernando Gómez, Diego Mauricio Fajardo, Diana Paola Salamanca, María Alejandra Grillo, Juliana Cubides, Marcos Alejandro Daza, Tomás Vergara, Daniel Ortiz, Laura Alexandra Valencia, Andrés Pacheco, Jefferson Jaramillo, Juan Sebastián Torres.

Sobre esta experiencia, el CESYCME produjo un documental que puede consultar aquí.

Acceda al libro resultado de la investigación aquí.


* María Gabriela Novoa es coordinadora de Comunicaciones de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana.

Indígenas y misioneros en las imágenes de principios del siglo XX

Indígenas y misioneros en las imágenes de principios del siglo XX

Desde 1911, los informes de las misiones de comunidades religiosas en el territorio nacional incluyen imágenes, principalmente fotografías, que publican para dar cuenta de su labor como redentores, pues su objetivo era “civilizar a aquellos que consideraban salvajes para convertirlos en hijos de Dios y de la patria”. Las fotografías pretendían demostrar que estaban allí presentes, eran benefactores de los indígenas y “se sometían a todo tipo de sacrificios para redimir a los pobrecitos y desgraciados indios”.

Estas frases que surgieron de la lectura principalmente de los informes de misiones no solo en Colombia sino en otros países de América Latina sorprendieron a la historiadora Amada Carolina Pérez Benavides, docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana, porque lo que más le generaron fue preguntas. Como ratón de biblioteca y dado el interés por entender las relaciones que se vivían entre misioneros e indígenas, se dedicó a leer cuanto documento llegaba a sus manos que le diera pistas para comprender lo que allí sucedió en los primeros 30 años del siglo XX.

Se concentró en las imágenes en periódicos, revistas, informes de misión, libros, postales, recorrió nueve ciudades y actualmente, junto con la investigadora Alexandra Martínez, tienen más de 14.000. “Lo que nos interesaba era analizar la manera como se producían las imágenes, cómo circulaban y cómo se usaban, pues a partir de ellas se construyeron los imaginarios de ciudadanía y de diferencia”, le dice a Pesquisa Javeriana.

Postal Ensayos de agricultura en Sibundoy, Misiones de padres capuchinos (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.
Postal Ensayos de agricultura en Sibundoy, Misiones de padres capuchinos (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.

Esta postal exhibe lo que se ha denominado performance civilizatorio. En ellas se presenta a los frailes dirigiendo a los indígenas en labores relacionadas con el progreso y la civilización: la agricultura.

Las misiones recibían recursos del Estado para la educación de las poblaciones marginadas y el desarrollo del territorio, y de la Iglesia para evangelizar a las comunidades apartadas. Los misioneros, por tanto, debían rendirle cuentas al Presidente de la República y al Nuncio Apostólico, por lo que las misiones se convertían en un establecimiento entre privado y público. El uso de fotografías era una manera de demostrar lo que plasmaban en los textos.

Pérez se concentró en las imágenes de indígenas, que buscó en archivos de Bogotá, Bucaramanga, Cali, Cartagena, Medellín, Pasto-Sibundoy, Popayán, Quibdó y Santa Marta. En ellas “entra en juego una serie de negociaciones para definir qué es la ciudadanía pero también cómo los indígenas van señalando sus propias rutas de construir su presente y su futuro, porque, efectivamente, las misiones se imponen como una manera de construir la civilización pero los indígenas no son pasivos frente a ellas. Hay muchas formas de resistencia que se configuran y en las imágenes podemos ver esas tensiones de diferente forma”, explica.

Durante las primeras décadas del siglo XX se consideraba que la fotografía mostraba la realidad y se usó como registro incontrovertible del progreso. Pero como las imágenes no son neutras, el análisis buscó responder varias preguntas: quién las produce, para qué, cuáles son las características de los formatos y a qué público están dirigidas. “No las entendemos como reflejo sino como representación y ese es uno de los temas centrales de la investigación; es decir, constituyen una manera de ver el mundo pero, de alguna manera, también constituyen el mundo”.

Pérez se detiene en la imagen de las niñas vestidas con la ropa que les regaló el Ropero de Lourdes de Bogotá. “En la fotografía vemos a las niñas vestidas con esta ropa”, dice la investigadora; “sin embargo, vemos que no están cómodas. En la imagen hay una tensión muy fuerte porque están mirando hacia abajo, hacia el lado o tapándose la cara. El fotógrafo no logra configurar la escena por más que quiera hacerlo”, continúa.

Las niñas en la escuela de Santiago, vestidas con la ropa que donó el Ropero de Lourdes de Bogotá, por conducto de la Junta Arquidiocesana Nacional de las Misiones en Colombia. /Fuente: Las misiones en Colombia. Obra de los misioneros capuchinos en el Caquetá y Putumayo, 1912.
Las niñas en la escuela de Santiago, vestidas con la ropa que donó el Ropero de Lourdes de Bogotá, por conducto de la Junta Arquidiocesana Nacional de las Misiones en Colombia. /Fuente: Las misiones en Colombia. Obra de los misioneros capuchinos en el Caquetá y Putumayo, 1912.

Al leer los textos que acompañan las fotografías se confirma la interpretación de la imagen por parte de la investigadora, porque los misioneros mencionan que las niñas regalaban la ropa o la botaban en los ríos. Claro, era algo impuesto, atuendo muy diferente al que acostumbraban en sus comunidades.

Las imágenes eran tomadas por los misioneros, con sus pesadas cámaras, y ellos mismos seleccionaban las que saldrían publicadas en los diferentes formatos, que podían ser sus informes pero también en periódicos y revistas, o en postales que ponían a circular retratando prácticas específicas como la agricultura, la enseñanza de carpintería, la participación en fiestas cívicas y religiosas, etc. Era su manera de publicitar su labor para que los feligreses hicieran donaciones y legitimar su pertinencia frente a la Iglesia y el Estado. “Las publicaciones se convertían en un espacio de exhibición narrativa y visual de unos pobladores considerados otros para la sociedad mayoritaria”, de acuerdo con el artículo Fotografía y misiones: los informes de misión como ‘performance’ civilizatorio, publicado en la revista Maguaré, de la Universidad Nacional de Colombia. Los informes estaban dirigidos a sus patrocinadores –en Colombia, en otros países de América Latina y en Europa–, los libros, a un público más amplio, y las revistas se repartían en parroquias y escuelas.

Uno de estos textos, publicado en 1911, hablaba de los beneficios de la educación impartida por los misioneros: “Niños que hace poco no se distinguían exteriormente de las bestias, y que tenían aversión innata a los blancos, viven ahora gozosos en el pueblo, juegan y se divierten con sus compañeros y van dejando insensiblemente sus instintos salvajes. En sus corazones, que parecían insensibles a todo sentimiento delicado, se despiertan ya nobles aspiraciones. Por medio del canto suavizamos sus costumbres, y con la agricultura procuramos crearles afición a la propiedad”.

“No es simplemente una imagen objetiva sino que viene cargada con toda la subjetividad del misionero, pero también con toda la subjetividad de la mirada de Occidente, de la manera de producir verdad y generar una sensación en quienes ven esas imágenes que les permita luego aportar, a través de la caridad, a las misiones”.
Amada Carolina Pérez.

Pero los indígenas demostraban su inconformismo ante una situación que restringía su posibilidad de autodeterminación y su libertad, y en ese análisis ‘de filigrana’, como lo describe Pérez, es donde se concentra su investigación: “En esas tensiones es en lo que trabajamos, en qué es lo se muestra y lo que no se está mostrando”.

Aún queda por estudiar la apropiación de las imágenes por parte de diferentes públicos. “Podemos tener algunas pistas sobre cómo las usaban o si estaban en un contexto y luego las pasaban a otro, por ejemplo, de una revista a una postal”. Pero ¿cómo las interpretaron los diferentes públicos? Todavía no hay respuesta precisa a este interrogante. Será motivo de la segunda fase de la investigación.

Postal Indígenas mocoanos, Misiones de padres capuchinos, Caquetá (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.
Postal Indígenas mocoanos, Misiones de padres capuchinos, Caquetá (Colombia). /Fuente: Archivo Diócesis Mocoa-Sibundoy.

En esta postal un hombre y tres mujeres posan con sus vestidos tradicionales para la foto, con la vegetación de fondo; dos de las mujeres miran hacia el piso mientras que la tercera mira a la cámara con una actitud corporal de retraimiento; el hombre mira de frente, con los brazos cruzados y una actitud corporal altiva. Parece que todos están incómodos con la fotografía que los exhibe con una viñeta en la que se ubica su tipo social y se lo enmarca en las misiones capuchinas colombianas.


TÍTULO DE LA INVESTIGACIÓN: Imágenes e impresos. Los usos y circulación de las imágenes en la construcción de la ciudadanía y la diferencia. Colombia, 1900-1930
INVESTIGADOR PRINCIPAL: Amada Carolina Pérez Benavides
COINVESTIGADORA: Alexandra Martínez
Facultad de Ciencias Sociales
Departamento de Historia
Grupo de Prácticas Culturales, Imaginarios y Representaciones
PERIODO DE LA INVESTIGACIÓN: 2014-2016

Cuando las mujeres levantan su voz

Cuando las mujeres levantan su voz

Algunas mujeres de comunidades del territorio indígena kankuamo, como Río Seco, Ramalito, Atánquez y Los Áticos (Cesar), han vuelto a tejer mochilas y atarrayas, pese a que fueron obligadas a abandonar sus tierras y perdieron a sus seres queridos. Ahora, a través no solo del tejido artesanal sino del humano, han logrado comunicar sus historias de guerra y conflicto, gracias a su esfuerzo y a la oportunidad que les brindó un estudio conjunto entre ellas y las investigadoras de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, DonnyMeertens, Martha Lucía Gutiérrez Bonilla, Eliana Pinto y July Fajardo.

También participaron campesinas de los corregimientos de Aguas Blancas, Mariangola, La Mesa y Santa Cecilia (Cesar), quienes encontraron acogida en organizaciones comunitarias propias. Allí se integran en programas de acompañamiento psicosocial para superar los traumas causados por los hechos violentos.

En su reencuentro con sus tradiciones y sus valores sociales y comunitarios han hallado la fuerza para romper el silencio, contar sus historias de dolor y pérdida y, en muchos casos, volver a sus territorios. La motivación principal para superar un pasado traumático es exigir justicia.

La batalla no es solitaria. En muchas regiones de Colombia, e incluso de América Latina, otras mujeres indígenas y campesinas levantan su voz, por muchos años silenciada. De allí que varias instituciones sociales y académicas se dieran a la tarea de estudiar, comparar y propiciar el intercambio de experiencias respecto a los mecanismos de acceso a la justicia por parte de estas mujeres en zonas de conflicto armado en Colombia y Guatemala, y los obstáculos que enfrentan en el proceso.

Las diferentes reuniones entre investigadoras y mujeres de los dos países generaron un diálogo solidario, en el que expusieron los hechos de contexto que dieron origen a las experiencias de violencia en las zonas de estudio, los impactos sufridos en la vida personal, familiar y comunitaria, y las estrategias hasta hoy adelantadas para reclamar justicia y reparación. Las indígenas guatemaltecas, quienes llevan muchos años denunciando las violencias a las cuales habían sido sometidas durante la guerra en su país y aun después de los acuerdos de paz (1996), animaron a las comunidades colombianas a manifestarse en contra de las injusticias, específicamente en los casos de violencia sexual, que estas últimas habían preferido callar.

El Instituto de Estudios Regionales (INER) de la Universidad de Antioquia y el Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP) de Guatemala hicieron parte de la investigación, acompañando a las comunidades indígenas del Alto Naya (Cauca) y a la comunidad maya q’eqchis, respectivamente. Esta investigación fue apoyada por Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo de Canadá (CIID-IDRC).

El caso del Cesar

En la primera fase del proyecto de la Pontificia Universidad Javeriana se estableció contacto inicial con las mujeres de las comunidades campesinas y del pueblo kankuamo para ganar su confianza, algo que no resultaba fácil, teniendo en cuenta la naturaleza de las experiencias vividas. En esta etapa fue vital la ayuda de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) regional Cesar, y de diversas redes de mujeres convocadas por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y por el nodo de la red Iniciativas de Mujeres Colombianas por la Paz (IMO).

Durante la segunda etapa, las investigadoras efectuaron entrevistas a profundidad y talleres participativos para identificar las diferentes nociones de justicia (e injusticia) y las barreras para acceder a esta. La diversidad del lenguaje y las múltiples maneras de percibir el tiempo y construir las narrativas fueron aspectos de mutuo aprendizaje en el desarrollo del proyecto, y dieron luces para comprender los impactos del conflicto y los mecanismos de acceso a la justicia. En los talleres se valieron de técnicas como el dibujo y la música, principalmente, para facilitar el proceso de contar las experiencias traumáticas.

Durante la tercera fase, se realizó el acompañamiento psicosocial. En el territorio kankuamo se trabajó en la construcción conjunta de una ruta propia de acceso a la justicia indígena para las mujeres. Esta etapa también implicó la entrega y retroalimentación de la información obtenida durante las entrevistas por medio de talleres de devolución, en los cuales las comunidades apropiaron, discutieron y complementaron la visión y síntesis realizada por las investigadoras. A juicio de estas, la estrategia logró articular dos propósitos: la indagación contextualizada y el empoderamiento de las mujeres víctimas para un diálogo cualificado con sus comunidades e instituciones.

Más barreras que caminos

Las conclusiones del estudio han sido recogidas en un libro que será publicado este año, El camino por la justicia: victimización y resistencia de mujeres indígenas y campesinas en Guatemala y Colombia, auspiciado por el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo de Canadá (CIID-IDRC). Una segunda publicación aportará un estado del arte sobre el acceso a la justicia de mujeres indígenas y campesinas en el marco del conflicto armado de los dos países, a partir de la revisión de nociones como justicia, seguridad humana y justicia, justicia de género, justicia transicional, y de los marcos normativos y de derechos de las mujeres indígenas y campesinas en Colombia y Guatemala.

Para el caso colombiano, las primeras conclusiones de la investigación revelan que existen más obstáculos que caminos para acceder a la justicia. La primera barrera es el miedo de contar lo ocurrido y denunciar a los perpetradores, bien sea porque el acceso al sistema de justicia local puede estar vigilado o porque los procesos de desmovilización permitieron que rangos bajos de los grupos armados (paramilitares, en este caso) se convirtieran en habitantes de las comunidades a las que ellos mismos victimizaron.

La segunda barrera es de orden institucional y tiene varios matices. La tipificación del delito sexual contra la mujer en el marco del conflicto es relativamente reciente. “Esto incluye también la ausencia de mecanismos sensibles y especializados para recoger los testimonios de las mujeres víctimas de este tipo de violencia”, explica Gutiérrez. Una barrera importante se vislumbra en la confusión existente, tanto en la comunidad como en los operadores de justicia, sobre la gestión de las denuncias, específicamente sobre los detalles operativos de los diferentes marcos jurídicos creados por la Ley de Justicia y Paz (2005) y la Ley de Víctimas (2011). Otro matiz institucional es la desconfianza de las mujeres hacia las entidades encargadas de administrar justicia, basada en sus experiencias de discriminación y de no ser tomadas en serio por su condición femenina. A esto se añaden las historias de infiltración de grupos armados a estas instituciones, la lentitud, la pérdida de documentación o múltiples trabas que se presentan en el curso de los procesos. Muchas de las mujeres que participaron en la investigación utilizaron las entrevistas como una forma de contar por primera vez su historia, algo que no se habían atrevido a hacer ante la Fiscalía o las Personerías.

Por último, pero no menos importante, hay una barrera en cuanto a la actitud social de revictimizar. Esto significa que socialmente se piensa que las víctimas hicieron algo que justificó la violencia que recibieron. Las mujeres se refirieron a esos señalamientos de “por algo será” como una de las mayores injusticias que siguen viviendo.

Con la cámara al hombro

Los proyectos colombianos involucraron en su proceso de investigación-acción una capacitación en tecnologías digitales para las mujeres de las comunidades estudiadas. Como resultado, produjeron dos programas de radio y un documental, Una sola golondrina no hace verano, que recoge testimonios de la lucha emprendida en sus esfuerzos por conseguir justicia.

En estos productos se narran historias particulares, tales como la llegada de un grupo armado a Aguas Blancas, que ocasionó la muerte de 11 de sus habitantes, así como el desplazamiento forzado de numerosas familias. A pesar de los terribles recuerdos, muchas de ellas volvieron a su corregimiento al no encontrar oportunidades de supervivencia en los territorios a los que huyeron.

La impresión general que transmite el documental es que conseguir justicia es una tarea titánica. En medio de los problemas políticos hay muchos casos de errores burocráticos, por ejemplo, ayudas pecuniarias que son asignadas a nombre de los difuntos esposos de las víctimas, razón por la cual no pueden ser reclamadas. Se percibe al Estado como una entidad abstracta que promete pero no cumple.

En el video se evidencia cómo las experiencias traumáticas vividas por ellas las han impulsado a empoderarse de muchos temas, lo que las ha convertido en líderes sociales y las ha llevado a capacitarse en derechos humanos. Esto ha ocasionado un cambio en la organización social tradicional, anteriormente más centrada en los hombres.

Puede que proyectos como este tengan un final obligado dentro de los ciclos que propone toda investigación social. No obstante, y así lo reconocen las mismas mujeres, esta experiencia las ha impulsado a considerarlo como el principio de una historia que ellas deben escribir para poder ejercer sus derechos.


Para saber más:
  • » Fajardo Farfán, J. S.; Meertens, D.; Pinto, D. E; Gutiérrez M. L. & Ramírez Parra, P. (2014). “El camino por lajusticia: victimización y resistencia de mujeres indígenas y campesinas en Guatemala y Colombia”. EnColombia 2014. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
  • » Grupo de investigación Género, Subjetividad y Sociedad, INER, Universidad de Antioquia; Grupo de investigación Estado, Conflicto y Paz, Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana; Centro Ático, Pontificia Universidad Javeriana (productores). (2013). Una sola golondrina no hace verano. Documental dirigido por mujeres indígenas y campesinas, víctimas sobrevivientes de los departamentos de Cauca y Cesar. Disponible en: http://vimeo.com/87005452. Recuperado en: 05/01/2015.
  • » Gutiérrez Bonilla, M.L. & Pinto Velásquez, E. (2013, octubre). “No olvidar y recordar conaprendizajes. La perspectiva sobre lajusticia y elacceso a lajusticia de mujeres campesinas del departamento del Cesar – Colombia”. Múltiples (Just GovernanceGroupBulletin) 20: 5-7. Disponibleen:
    http://es.scribd.com/doc/211512572/Multiples-20-Acceso-a-La-Justicia-Para-Mujeres-en-Paises-Afectados-Por-Conflicto#. Recuperado en: 05/01/2015.
  • » Ruiz, M. (2013, 14 de noviembre). “La gobernadora”. Revista Arcadia.com. Disponible en: http://www.revistaarcadia.com/impresa/especial-mujeres/articulo/la-gobernadora/34259. Recuperado en: 05/01/2015.

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