Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

Luis Alejandro Barrera, el doctor que hizo la tarea

El teléfono sonó en medio de la jornada laboral. Su secretaria le informó que lo llamaba el padre Gerardo Arango S. J., quien para esos días, a mediados de los 90, era rector de la Pontificia Universidad Javeriana. La conversación del jesuita fue escueta: “Tengo algo muy importante de qué hablarte. Te pido el favor que vengas mañana a las 10 de la mañana a hablar conmigo”.

A la hora acordada, Luis Alejandro Barrera, quien era subdirector de Colciencias, se sentó a escucharlo. Hoy, 20 años después, recuerda muy bien el ímpetu del sacerdote: “Él era muy hábil en la forma de convencer a los demás”. La charla giró en torno al trabajo burocrático cotidiano, a su experticia en el área de la bioquímica médica y a su paso previo por las aulas de la Universidad de los Andes.

Y así, Arango le hizo una propuesta: “Tú trabajas en errores innatos del metabolismo, en las enfermedades poco frecuentes y estudiadas por las que no se ha hecho casi nada en Colombia. Necesitas varias disciplinas y un hospital. Nosotros lo tenemos, también el Instituto Neurológico, la Facultad de Medicina, más de cuarenta especialidades… ¿Qué más puedes pedir? ¿Por qué no te vienes a trabajar con nosotros?”.

Ese fue el germen del actual Instituto de Errores Innatos del Metabolismo (IEIM), uno de los sueños realizados de Barrera y la punta de lanza de la Javeriana en la investigación, diagnóstico y desarrollo de tratamiento para ese 8 a 10 % de las ‘enfermedades raras’. Como su prevalencia es muy baja, tienen poca atención de los sistemas de salud del mundo y hay escasos tratamientos. Cualquier terapia debe, obligatoriamente, pasar por un intenso trabajo de investigación, lo cual toma entre 10 y 15 años de desarrollo científico y presupuestos en millones de dólares.

Intentar desarrollar nuevas terapias para esas enfermedades es una de sus batallas predilectas. “Parte del sueño del instituto es que esas proteínas se produjeran en condiciones más asequibles para un país como Colombia, pues deben invertirse entre 800 y 1.000 millones de pesos al año por paciente”, comenta Barrera.

En 1997, al finalizar la charla, el padre Arango y Barrera llegaron a un acuerdo: el científico trabajaría en la Javeriana, se dedicaría a la investigación de errores innatos del metabolismo y a la formación de un equipo profesional y multidisciplinario; además, haría la articulación con la estrategia de doctorados. A cambio, la Universidad conseguiría los recursos para instalar un laboratorio de punta.

Barrera c

El pacto devolvía al científico a su escenario natural. A las jornadas de trabajo investigativo de entre 12 y 14 horas, que su esposa, Annie, y sus hijos, Camilo y Felipe, supieron concederle y respetarle. Su familia reconocía que ese es su sello personal: el trabajo constante y entregado. Y lo es porque de niño se propuso siempre ser el mejor.

Barrera nació en las montañas boyacenses en una época convulsionada. Natural de Jericó, enclave conservador, vivió en sus primeros años las dinámicas de la violencia partidista. “Los pocos liberales eran los de mi familia”, explica sin ahondar mucho. A los cuatro años, bajo amenazas, su familia tuvo que huir a Tunja.

Gracias a su mamá, aprendió a leer con el periódico y a escribir. Eso le permitió entrar directamente a tercero de primaria, donde se topó con una dificultad que lo marcaría: todos sabían más que él. Pero en lugar de amilanarse, se comprometió consigo mismo a estudiar todos los temas, a destacarse. Cuando se le pregunta por esa etapa de su vida, se ríe: “Siempre fui lo que ahora llaman ñoño”. La estrategia funcionó: fue becado en el colegio, la normal (educación para formar profesores) y la universidad.

A mediados de los años 60 se graduó de Licenciatura en Química y Biología en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en Tunja. De esta época proviene su interés por la bioquímica gracias al ciclo de Krebs, el proceso metabólico que ayuda a convertir los alimentos ingeridos en energía. De allí su amor por conocer el funcionamiento de lo imperceptible en el cuerpo humano.

Ya con el diploma de pregrado en una mano y una beca en la otra, emigró a la State University of New York, en Buffalo, para realizar su maestría en Ciencias. “Era la primera vez que montaba en avión, y sacar una Coca-Cola de una máquina era… ¡magia!”, confiesa con una risa, al mismo tiempo que acepta que nunca perdió el acento boyacense al hablar inglés.

Pero, de nuevo, las dificultades. El aprender un tema complejo en otro idioma y hacerlo en una sociedad de alta competitividad, donde era inaceptable pedirle prestados los apuntes de clase a un compañero, lo recluyeron en la biblioteca –donde leía a fondo para entender los temas más difíciles del pénsum (como la físico-química de macromoléculas)– y el laboratorio, donde hacía horas extras y redondeaba su presupuesto. En los días libres, procuraba ir al barrio chino de Toronto, en Canadá, para premiarse con una de sus pasiones: la comida.

El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.
El estudio y la lectura, dos pasiones que han marcado la trayectoria profesional del profesor Luis Alejandro Barrera.

En la época en que realizaba su tesis ocurrió un encuentro fortuito. Entre su material de lectura se topó con un artículo de Earl Sutherland (quien en 1971 sería Nobel de Medicina) sobre el mecanismo de acción de las hormonas. “Era estudiar y entender el control hormonal de los procesos metabólicos”, explica. Cuando regresó a Colombia en 1968, se propuso hacer investigación sobre ese tema.

Pero el país le tenía deparadas otras funciones, pues un profesional con sus credenciales en ese momento era sumamente valioso para el Estado. Lo integraron al Icfes y, más tarde, a Colciencias, para que ayudara a articular una política seria sobre la investigación en las universidades. Por su parte, la Universidad de los Andes lo incorporó a su equipo docente.


La nueva generación de científicos

La pregunta del millón entre los estudiantes de Bacteriología de los Andes era: “¿A quién le toca clase con Barrera?”. Después venían las palmaditas en la espalda y los deseos de buena suerte para el infortunado. “Era uno de los profesores más exigentes”, recuerda Olga Yaneth Echeverri, quien a mediados de los años ochenta se inscribió a Bioquímica Teórica y Bioquímica Clínica. “Él siempre empezó sus clases a las siete de la mañana y cerraba la puerta a las 7:02”.

Su estilo no fue de exámenes, sino que todos los estudiantes debían conocer un tema a fondo. En cualquier momento podía llamar a uno al tablero y hacerle una pregunta, cuya explicación necesitaba un profundo conocimiento, o simplemente pedirle que realizara caminos metabólicos en el tablero. Punto aparte merecen sus pruebas finales: le gustaba hacer preguntas con opción múltiple condicionada.

“Mi afán principal era que la gente no memorizara tanto sino que razonara, y ese fue un buen logro porque, para entonces, la educación estaba muy centrada en memorizar y los exámenes iban en base con lo que el profesor decía en clase, no se estimulaba el razonamiento y aproximarse al conocimiento nuevo, a ser iconoclasta, a pensar distinto”, explica Barrera.

Para esa época, estaba de regreso en Colombia tras culminar su doctorado en Bioquímica en la Universidad de Miami, donde trabajó el propio Sutherland (quien desafortunadamente murió poco antes de su llegada). Barrera pudo retomar su trabajo y tuvo la gran fortuna de tener acceso a las bitácoras de sus investigaciones. Ya había convertido los errores innatos del metabolismo y las alteraciones genéticas que devienen en enfermedad en su área de experiencia, y dado que los Andes creyó que ese sueño daría frutos en investigación, se construyó un laboratorio con sus recomendaciones.

Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.
Esculpida en plastilina, esta obra de arte fue un regalo de sus estudiantes.

Los estudiantes más destacados, como Echeverri, se convirtieron en sus coinvestigadores. Sus jornadas de trabajo se centraban en trazar objetivos, experimentarlos, discutir los resultados y pensar nuevas fases. Ellos lideraron su trabajo cuando, en los noventa, el Estado lo volvió a sumar a Colciencias para reformular la política pública de investigación. Y lo siguen haciendo hoy, consolidando el papel del IEIM en el panorama de la salud en Colombia.


Enfermedades huérfanas

“Mucho de lo que es el instituto hoy en día se debe a su capacidad de gestión”, reconoce Johana Guevara, profesora asociada del IEIM, doctora en Ciencias Biológicas y otra de sus estudiantes que hoy trabaja a su lado. Integrada al Hospital Universitario San Ignacio, hoy la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo se ha convertido en una esperanza para los pacientes con enfermedades huérfanas en Colombia. Todo inició con la idea de crear una asociación que apoyara y empoderara a las familias con información valiosa sobre la enfermedad y las posibilidades de un tratamiento; y más tarde, tras un foro realizado por Barrera en el Senado de la República, se propuso un proyecto que, a partir del trabajo conjunto con asociaciones de pacientes, resultó en la Ley 1392 de 2010, que garantiza los derechos de sus pacientes y cuidadores. Y en cuanto al trabajo científico, el IEIM diagnostica y desarrolla diferentes tratamientos para esta población, como terapia de reemplazo enzimático, terapia génica, chaperonas moleculares, entre otros.

Hoy, tras toda una vida de trabajo, investigación y formación, en la cual cosechó premios y reconocimientos de instituciones como la American Association for Clinical Chemistry, la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y la Academia Nacional de Medicina, Barrera se encuentra jubilado. Pero las cosas nunca han sido fáciles.

“Mi familia dice que ahora me pagan la mitad, pero trabajo dos veces más”, dice entre risas. En realidad, ha cambiado de silla, mientras su faena académica continúa. Trabaja actualmente en dos libros: uno sobre la historia de los errores innatos del metabolismo y otro más específico sobre el diagnóstico y tratamiento de esas enfermedades. Este último ya se publicó impreso, pero, con ayuda de sus colegas del IEIM, lo está transformando en un programa de autoaprendizaje por internet. “La idea es llegar a todas las universidades y sitios del país, que cualquier universidad que no tiene profesor sobre este tema, que todos los profesionales de la salud tengan una cátedra sobre esas enfermedades”. Otro de sus afanes es el cuidado de su único “nieto”: la Clínica de Errores Innatos del Metabolismo, del Hospital San Ignacio.

Su agenda también contempla espacios para seguir adelante con el proceso investigativo del IEIM y generar nuevas ideas. “El trabajo conjunto es a otro nivel, ya podemos trabajar en proyectos que teníamos en el tintero desde hace rato”, comenta Guevara. Las reuniones suelen ocurrir en su oficina de la Javeriana, donde, entre concepto y concepto, surgen las anécdotas, las historias y el humor.

Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.
Los esposos Luis Alejandro y Annie siempre sacan tiempo para caminatas y excursiones donde quiera que estén.

El tiempo libre lo dedica a su familia y a viajar. “El paisaje de Boyacá es una acuarela completa”, cuenta al hablar de Jenesano, el pueblo en donde se refugia en compañía de su esposa. Allí disfruta del verde, camina junto a los ríos, monta en bicicleta y hace excursiones por los pueblos del departamento. Eso sí, reconoce que volver a Jericó no entra en su itinerario inmediato.

“Hay cosas que uno guarda en la memoria y otras que no recuerda mucho”, reconoce. Entre las que sí conserva está la imagen de aquel niño que dedicaba gran parte de su tiempo a estudiar, a actualizarse, a tratar de ser el mejor de su clase. El doctor de hoy, mirando retrospectivamente a ese niño soñador, resume: “Sin duda, hizo la tarea”.

La Javeriana premia a sus investigadores

La Javeriana premia a sus investigadores

Doce investigadores fueron galardonados con el Premio Bienal Javeriano de Investigación 2017 durante la clausura del XIV Congreso La Investigación en la Pontifica Universidad Javeriana, que tuvo lugar la semana pasada (del 11 al 15 de septiembre) en la sede Bogotá.

El premio se entrega en dos modalidades: Mejor trabajo de investigación y Vida y obra en investigación, en cuatro áreas del saber: Ciencias de la Salud; Ciencias Naturales, Físicas, Exactas y del Medio Ambiente; Ciencias Sociales, Humanas y Artes; e Ingenierías, Arquitectura y Diseño.

El actual decano de la Facultad de Medicina, Carlos Gómez Restrepo; las profesoras investigadoras de la Facultad de Comunicación y Lenguaje, Maryluz Vallejo Mejía, y de la Facultad de Ciencias, Sandra Baena Garzón; y Nelson Obregón Neira, de la Facultad de Ingeniería –todos de la Sede Central de la Universidad–, recibieron el premio a la Vida y Obra en Investigación.

La Vicerrectoría de Investigación recibió 33 postulados para la modalidad Mejor Trabajo de Investigación y 34 para la de Vida y Obra en Investigación. Un jurado externo para cada área del saber evaluó las candidaturas en ambas categorías.


Premios a la Vida y Obra

El ingeniero civil Nelson Obregón, PhD en Hidrología de la Universidad de California, Davis, Estados Unidos, es experto en hidroclimatología, cuencas hidrográficas, caracterización de hidrosistemas, entre otras. Toda una vida dedicado a la investigación científica, dice que el objetivo es buscar soluciones a los problemas de las comunidades en Colombia. “La investigación se concibe como el placer de buscar pero con el propósito de impactar, de mejorar la calidad de vida”, le dijo a Pesquisa Javeriana.

Nelson Obregón al recibir el reconocimiento en la categoría Vida y obra.
Nelson Obregón (izq.) al recibir el reconocimiento en la categoría Vida y obra.

Por su parte, la periodista y profesora del Departamento de Comunicación, Maryluz Vallejo, confesó que su pasión por la investigación inició en la Universidad de Navarra, continuó en la de Antioquia y se afianzó en la Javeriana, donde lleva 16 años como docente-investigadora y, actualmente, como coordinadora de la Línea de Estudios de Periodismo del grupo de Comunicación, Medios y Cultura. “Cómo combinar la investigación con la docencia es lo que le da sentido a nuestra profesión de docentes”, asegura. Autora de varios libros y directora de la revista Directo Bogotá desde 2004, Vallejo se siente privilegiada por el apoyo con el que ha contado siempre, no solo por parte de la universidad sino también de entidades externas. Pero más aún, de poder divulgar los resultados de sus investigaciones. “Mi doble oficio, porque también soy periodista, hace que no conciba nada de lo que escribo sin difundirlo”.

Mary Luz Vallejo (izq.), de la Facultad de Comunicación y Lenguaje, recibe su reconocimiento.
Maryluz Vallejo (izq.), de la Facultad de Comunicación y Lenguaje, recibe su reconocimiento.

El médico psiquiatra Carlos Gómez, del departamento de Epidemiología Clínica y Bioestadística, también se enorgullece de ser profesor e investigador simultáneamente. Recomienda a sus estudiantes “que empiecen a investigar desde temprano, que escriban, que no le tengan miedo a investigar, a pensar y a crear”.

Carlos Gómez (izq.), decano de Medicina, agradece el premio recibido.
Carlos Gómez (izq.), decano de Medicina, agradece el premio recibido.

Sandra Baena, bióloga con doctorado en ciencias con énfasis en microbiología, biología celular y estructural, es investigadora y fundadora de la Unidad de Saneamiento y Biotecnología Ambiental, USBA, de la Javeriana, y miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Siempre quiso ser investigadora. Una labor que “es de mucha perseverancia, a ratos cansa, pero los éxitos chiquitos son los que a uno lo alimentan todos los días”, dice, refiriéndose al trabajo con los estudiantes, los resultados de las investigaciones, y “lo que uno ve que va construyendo día a día”.

La investigadora Sandra Baena (izq.) posa con el diploma que la reconoce como ganadora en la categoría Vida y obra.
La investigadora Sandra Baena (izq.) posa con el diploma que la reconoce como ganadora en la categoría Vida y obra.


Los mejores trabajos de investigación

En el Área de Ciencias de la Salud, el Premio Bienal Javeriano en Investigación 2017 se entregó a​ quienes diseñaron una nueva tijera para la agricultura. Ellos fueron Leonardo Augusto Quintana, Jorge Enrique Córdoba S., Javier Fajardo y Álvaro Hilarión, de la Facultad de Ingeniería de la Sede Central de la Universidad. Su trabajo se titula Herramienta ergonómica para el corte de flores y frutos con mangos de agarre perpendiculares y de accionamiento rotativo.

En el Área de Ciencias Naturales Físicas, Exactas y del Medio Ambiente, el galardonado fue Henry Alberto Méndez Pinzón, de la Facultad de Ciencias de la Sede Central de la Universidad, por su trabajo titulado Charge-transfer crystallites as molecular electrical dopants.

En el Área de Ciencias Sociales, Humanas y Artes, el premio fue compartido entre dos investigadores: Wilson López López, de la Facultad de Psicología de la Sede Central de la Universidad, por su trabajo Prohibition, Regulation or Free Market: A Mapping of Colombian People’s Perspectives Regarding National Drug Policies, y Tatiana Saavedra Flórez, de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Seccional Cali, por la investigación titulada Dioselina Tibaná y la cocina de la Ironía Política.

Finalmente, en el Área de Ingenierías, Arquitectura y Diseño, el premio se entregó a Luis Fernando Macea Mercado, de la Facultad de Ingeniería de la Seccional de Cali, por su investigación titulada Discrete choice approach for assessing deprivation cost in humanitarian relief operations.

Juan Gabriel Ruiz: el científico que sabe de amistad

Juan Gabriel Ruiz: el científico que sabe de amistad

En su trayectoria profesional ha logrado algo fuera de lo común: conciliar al médico clínico, al ‘de las trincheras’, con el científico, y evitar su desencuentro; ‘meterle ciencia’ al día a día de una profesión que fácilmente cae en la rutina y en las soluciones mecánicas. Tal vez este es su mayor aporte a la profesión por la que optó a los 16 años de edad.

Esa fórmula se aplica en numerosos proyectos en los que ha estado comprometido Juan Gabriel Ruiz Peláez, pediatra, epidemiólogo clínico, docente, médico clínico e investigador.

Durante la rotación en Pediatría en la Universidad Javeriana lo sedujo la rama que se ocupa de los “locos bajitos” —como diría el cantautor catalán Joan Manuel Serrat—, cuando halló en dos de sus maestros una mezcla ideal de ciencia y humanismo. “Los profesores Eduardo Borda y Ernesto Sabogal combinaban el rigor científico con su tremenda responsabilidad, su sano escepticismo, su duda metódica cartesiana y un sentido de humanidad inigualable”, explica Ruiz. Considerar el contexto familiar, social y cultural del paciente, porque este determina en gran medida las decisiones clínicas que se adoptan, se convirtió desde entonces en un axioma para él.

Epidemiología clínica: base teórica de la revolución

La vida le ofreció a este profesional una oportunidad para perseguir esa idea compleja del médico: una beca de la Fundación Rockefeller para entrenarse en Epidemiología Clínica en la Universidad de Newcastle (Australia). Hacia allá partió, recién casado.

Poco entendía entonces de qué se trataba esta área, que se asociaba a la ligera con la epidemiología general, afín a la salud pública y a la estadística, pero que era algo diferente. Ruiz la define como aquella rama del conocimiento que “entrena al médico clínico en el método científico, para tomar mejores decisiones al lado de la cama del paciente”.

Como resultado de la necesidad de diseminar los principios de la epidemiología clínica —que este investigador compara con el Evangelio— surge en varios centros académicos mundiales la medicina basada en la evidencia —“como el Catecismo Astete”, dice— que ‘aterriza’ y simplifica el lenguaje de una disciplina abstracta. El doctor Ruiz y su equipo introdujeron estos desarrollos en Colombia y en parte en Iberoamérica. De lo que se trata es de no renunciar a la metodología científica para manejar la incertidumbre inherente al trabajo con seres humanos.

El arte de no tragar entero

El balance de la experiencia australiana fue ampliamente satisfactorio. Para comenzar, la consolidación de una relación de pareja que ha perdurado 32 años y, luego, la irrupción de un científico dispuesto a ‘armar la revolución’ a su regreso al San Ignacio.

Su perspectiva parte de una actitud crítica, del estímulo al pensamiento divergente, de reconocer que lo que hoy es verdad mañana puede no serlo y de la irreverencia frente a los dogmas. Para muchos, qué sanos han sido estos vientos, en un mundo en el que “las ciencias médicas tienden a aplastarlo a uno”, según lo reconoce el propio Ruiz. “Los médicos aspiran a tener la certeza de las cosas y se toman decisiones en negro o blanco, cuando la realidad está llena de grises. La idea es ser capaz de tomar decisiones que la mayoría de las veces hagan más beneficio que daño en presencia de una incertidumbre proveniente de distintas fuentes”, agrega.

Canguro: amor a primera vista

El programa Canguro, cuya semilla plantaron hace cuarenta años los neonatólogos del Hospital Materno Infantil de Bogotá, resultó ser el terreno ideal para que Ruiz desarrollara su formación.

Todo comenzó con la aterradora tasa de mortalidad (¡30%!) de bebés prematuros, generada por el hacinamiento inevitable que obligaba, incluso, a confinar a dos pacientes en una incubadora, ampliamente expuestos a infecciones. Teniendo en cuenta que el problema fundamental de los nacidos antes de tiempo es su dificultad para regular la temperatura, una vez superada la etapa crítica, se propuso una fórmula que imitaba a los marsupiales al remplazar la incubadora por el cuerpo de la madre, al que el bebé se adosaba día y noche, donde quiera que ella estuviera.

Sin embargo, a pesar de su abrumadora lógica, el programa se apoyaba en escasísimos estudios y publicaciones y se llevaba a cabo en un terreno empírico, con el sustento, importante pero insuficiente, de la buena voluntad.

En los años noventa, fascinados con el programa Canguro, el doctor Ruiz y su colega Nathalie Charpak se comprometieron a darle piso científico al programa, porque si bien este reducía la mortalidad de los prematuros, aún moría el 19 %. Tras el derrumbe de algunos paradigmas y de un trabajo investigativo de años, hoy día la mortalidad en Canguro es de menos del 1 %.

Pero tal vez lo más importante ha sido la reivindicación del rol de la madre y la familia —el papá y los hermanos conforman una ‘familia cangurizada’— en la recuperación del prematuro. Las investigaciones ratificaron los beneficios de este método en términos afectivos e inmunológicos.

Presente florido

Desde la Universidad Internacional de la Florida, donde trabaja como profesor de Epidemiología Clínica desde octubre de 2015, luego de ser profesor de la Pontificia Universidad Javeriana por más de 31 años, Ruiz anuncia que por ahora no regresará a Colombia, por las posibilidades de ejercicio profesional que tiene en Estados Unidos y que están más allá del horizonte previsible en nuestro país: “me queda gasolina para un ratico”, asegura; y además porque vivir a nivel del mar es preferible para la familia en este momento.

Por supuesto, sigue siendo el mismo ser humano que extrañan sus alumnos y colegas, que son sus amigos, quienes en casa de Juan Gabriel y su esposa Silvia se sienten en la propia, que escuchan cantar al antiguo rockero y se entregan al delicioso pasatiempo de ‘echar carreta’ sobre lo divino y lo humano. Entre ellos hay quienes han recibido sus servicios de ‘celestino’ a título gratuito, estudiantes de provincia que han convalecido en su propia casa y que lo han visto consentir a su gata y llorar a su perro. Él también echa de menos a su “gentuza”, como la llama con cariño.

 

Testimonios

El doctor Ruiz es mi amigo, he sido su alumna, su subalterna y su jefe. Siempre me ha respetado. Es amoroso y tiene un sentido humano gigante. Siempre le he dicho que es una madre: sufre por lo que le pasa al estudiante, a un paciente, a los colegas, es cien por ciento leal.

Nos enseñó a cuestionar las decisiones que tomábamos y a buscar en la literatura el porqué de lo que estábamos haciendo.

Carolina Guzmán, profesora y exdirectora del Departamento de Pediatría, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

Él fue consultor de mi trabajo de grado, fue mi maestro, y teníamos discusiones sobre todos los temas… para mí, Juan Gabriel es como un papá. Él quiere que la gente que trabaja con él llegue siempre más lejos.

Fue pediatra de mi hijo…. En ese rol es capaz de tranquilizar fácilmente a una madre primeriza angustiada. Siempre dispuesto a escuchar, muy respetuoso con su paciente.

Socorro Moreno, psicóloga, epidemióloga clínica, profesora asistente, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

Conocí a Juan Gabriel cuando estudiaba ingeniería electrónica y trabajaba en el área de sistemas de la Universidad. Él tenía un problema en el computador y me enviaron a ayudarle. El problema se solucionó en 15 minutos, pero nos quedamos toda la tarde hablando… Ese fue uno de los eventos que ha cambiado mi vida.

Es muy cercano y amable, su actitud es humilde, es rico conversar con él.

John Camacho, ingeniero electrónico, profesor instructor, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

Como profesor, en los turnos nocturnos no se iba a dormir hasta que no descifrara todo lo que podía ocurrir con un paciente. A las tres de la mañana nos llevaba a buscar libros para estudiar.

Nos demostró lo importante que es la familia; nos enseñó a expresar y pelear por nuestras convicciones. Un maravilloso profesor para la vida.

Claudia Granados, pediatra, epidemióloga clínica, profesora, Facultad de Medicina, Universidad Javeriana.

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